Salí algo después que mi hermano de la biblioteca. Pero, antes de hacerlo, debía ordenar el desastre que había montado allí dentro.

Aunque tampoco sabía bien por qué me esforzaba en hacerlo; era la única persona que entraba allí. Bueno, tener todo ordenado era una de mis pequeñas manías.

Me había quedado algo trastocada por la confesión de Dave. La verdad nunca lo había pensado con detenimiento.

Sabía que se preocupaban por mí, pero tampoco me había esperado que fuera tanto. Será porque yo soy así, pero siempre me he encontrado bien así. Cerca, pero algo alejada. Los quería a todos con locura, y no soportaba estar haciéndoles daño inconscientemente.

Me dirigí hacia la caseta que daba al exterior, subiendo por las escaleras. Necesitaba respirar algo más que el aire viciado que había en los túneles a los que llamaba hogar.

Además había otro motivo, pero no se lo iba a contar a mi hermano después de que me echase esa bronca. La sorpresa lo tranquilizará un poco y se olvidará de mí durante un buen rato.

Me crucé con varios niños que corrían entre los pasadizos con espadas de madera, jugando a ser héroes. No paraban de reír y gritar, divertidos, mientras se lanzaban esatocadas los unos a los otros.

Era bueno ver que algunos sí tenían una buena infancia. Nuestros esfuerzos tenían sus buenos frutos. Al menos ellos nunca se verían aislados y maltratados como tantos otros semidioses.

Sacudí la cabeza, quitándome esos pensamientos funestos y subí las escaleras que llevaban a la caseta.

Allí estaban ya mis amigos, quitándose la ropa mojada por la inclemente nieve que caía fuera y acomodándose, de nuevo alegres de estar en el hogar.

Me apoyé contra el marco de la puerta con una sonrisa; Astrid y Linnae tenían otra de sus discusiones.

-¿No podrías tranquilizarte por una vez, Linna?

Linnae la fulminó con la mirada desde toda su altura.

-Me tranquilizaré cuando dejes de portarte como una cría.

Holger bufó, divertido.

-Es Astrid- le recordó a Linnae-, no le pidas peras al olmo, pelirroja.

Las tres pelirrojas presentes le miraron mal, y Holger habría acabado con el hacha de Astrid en el cráneo si no hubiese intervenido Elyn.

-Karee, creía que tardarías mucho en llegar todavía.

Sonreí a mi cuñada, separándome de la pared acercándome a ellos.

-Volví antes de lo que creía por cierto asunto. Más tarde debemos hablar de ello.

Mis amigos asintieron, sabiendo por mi gesto que no era ni el momento ni el lugar. Había ciertos asuntos que era mejor arreglar en privado.

-Es bueno saber que te has mantenido ocupada, Barbie. Una vez te largas sin explicaciones. La próxima más te vale que te coja una panda de trolls antes que yo, que te quede bien claro.

Ignoré el comentario de Astrid de pleno y me volví hacia Aaren.

-¿Gullfaxi está donde siempre?

Él asintió, mirándome seriamente con sus ojos grises.

-Sí, te esperamos a la vuelta.

-Sólo será un momento. Tenemos mucho que hablar.

Fui hacia la puerta, oyendo a Sven decir detrás:

-Sabe que está nevando mucho, ¿no?

No pude evitar sonreír antes de cerrar la puerta a mis espaldas al oír un:

-Es Karee- de Maija, como si esa fuera la explicación de todas las cosas del mundo.

Y es verdad que nevaba mucho, pero si no fuera así, no saldría. Algo tenían la nieve y la lluvia que me llenaban de energía. No estaba mejor que cuando sentía los helados copos acariciarme las mejillas, que apenas quedaban descubiertas por la capucha.

Gullfaxi se había escapado de su establo, como siempre, para irse a jugar entre los copos de nieve, saltando como una potranca.

Adoraba verla así, tan alegre y juvenil. Los sacrificios que hacía merecían la pena.

Freki y yo nos acercamos a ella, que vino trotando y restregó su morro contra mi mano. Apoyé mi frente en la suya.

-Hola, chica. Te hemos echado de menos- levanté la cabeza y miré sus ojos de oro líquido-. ¿Te apetece dar una vuelta, preciosa?

Me subí a su lomo, montando a pelo y Freki se fue a tumbar bajo uno de los árboles. El pobre aún seguía cansado por traernos a casa.

Me agarré a la crin de Gullfaxi y dejé que corriera a su ritmo, atravesando el lago medio helado, pues era tan rápida que cruzaba el agua corriendo sin problemas.

Hundí la cabeza en la crin dorada y no pude evitar ponerme a pensar.

El fylgja de lobo, no tenía duda alguna de que era el mío. Y el de oso…

Un escalofrío me recorrió la columna. Ese debía de ser Yorick. Yo no quiero llevar a cabo mi plan, pero tengo que proteger a los míos. Si no, todo lo que e hecho no habrá merecido la pena.

Y luego estaba el mensaje que me había dado Skaði. ¿Qué demonios iba a hacer? Con Yorick al mando estaba claro como el agua que no habría había tantas otras cosas que también lo impedían…

Suspiré temblorosamente contra el cuello de Gullfaxi, que solo aumentó el ritmo de su carrera. Todo a nuestro alrededor no era más que un conjunto de borrones.

Y Dave… lamentaba preocupar a todos, pero si no era yo, ¿quién se libraría por adelantado de tantos problemas? Yo no quería que ninguno de ellos corriera los peligros que yo, por eso siempre iba la primera.

Hablando de problemas, también estaba Percy. Ése sí era un problema de los gordos. Ni él ni Frank eran de los míos, eso estaba claro, al igual que la niña morena que les acompañaba. Pero, entonces, ¿qué eran?

Porque también eran distintos de los nativos americanos que conocí cuando ayudé a los Landvaettir.

Joder, cuantos quebraderos de cabeza.

¿Y por qué, a veces, cuando había intentado ver el futuro, las Nornas me lo habían mostrado de niño?

Había visto cosas malas. Tan malas que no se podían ni describir a edades muy tempranas, pero esa visión siempre me rompía el corazón en un millar de pedacitos: Percy de pequeño, llorando desconsolado y con algún bofetón en su mejilla infantil, mientrasegaban a su madre.

Malditos sentimientos. El mundo, y yo en particular, estaría mejor sin ellos.

Fría, despiadada. Así debería ser. Pero no podía, había muchas razones que me impedían ser así. Y personas en particular.

De pronto me di cuenta de que Gullfaxi se había detenido.

Me erguí y miré alrededor, atenta a cualquier peligro. No pude evitar gruñir cuando vi dos pequeñas sombras en la rama de un árbol cercano.

-¿Ahora también vais a fingir ser pájaros normales?- les espeté.

Hugin y Munin se acercaron a mi, pero a distancia prudencial.

-Tenemos noticias, hija de Asgard- dijo Hugin.

-Y no te gustarán- agregó Munin.

¿Por qué estas cosas siempre me pasaban a mi?

Yo siempre fui una chica solitaria. Muy de hacer la mía sin importarme lo que dijesen los demás, pero cuando crecí me di cuenta de que necesitaba a alguien. Alguien que me escuche, que me quiera y que, en definitiva, me ame y me de lo que quiero: una relación estable, seria, sin mayor compromiso que un amor duradero.