DON'T GO HOME WITHOUT ME
XLII.
El hogar está donde el corazón duele.
Hay días muy extraños como esa mañana en la que ella se despierta primero que él y juguetea en la cocina, prepara el desayuno y canta melodías desconocidas con una voz más afinada de la que se podría esperar de ella.
Esos días extraños él se limita a mirarla bailar entre los cucharones y las sartenes con el cabello despeinado, y los ojos adormilados. Y la mira y la mira y la sigue mirando por un rato muy largo porque no puede despegar la vista de ella; y hay tantas cosas mal en esa última oración que a pura fuerza de voluntad obliga a sus ojos a dejar de seguir su tonta sonrisa y a sus oídos a parar de disfrutar su torpe melodía para hacer un comentario sarcástico, casi hiriente, sólo para recuperar la cordura y volver a equilibrar las cosas para que su relación vuelva a lo que debe ser.
Se supone que él tiene muy claro que no hay futuro para ellos y lo suyo es pasajero. Admirarla y pensarla como una (desastrosa) ama de casa no ayuda a no atarse más a ella.
