Me sentía mal.
Desde mi encuentro con Hugin y Munin, una mano invisible no había parado de estrujarme el corazón. Sabía que algo malo iba a salir de todo esto. Y encima Fedric y Kristof me llevaron a parte para obligarme a dejarlos salir.
¿No estaba ya lo bastante angustiada como para que esos dos me cayeran encima? ¿Enserio?
A este paso, iba a acabar enterrada antes de poder cumplir los dieciséis.
Notaba que los pulmones apenas me funcionaban y no tenía ni idea de lo que hacer. La tensión no abandonaba mi cuerpo.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que me había pasado esto. Es más, me sobraban varios dedos, por no decir la mano entera.
No había podido dormir. Había pasado un par de horas dando vueltas en la cama después de hablar con mi hermana pequeña, Andrea, me había sido imposible conciliar el sueño. Y Elyn no paraba de dar vueltas entre las sábanas como en una pesadilla.
No necesitaba muchas más señales para saber que algo iba mal.
Pero aun así estaba en la biblioteca, completamente acobardada. Temía salir y que esos dos idiotas me lo dijeran:
«No lo volverás a ver, lo sentimos».
Se me quitaba el aliento y se me humedecían los ojos sólo de pensarlo. Daven siempre había estado allí, la posibilidad de no volver a verlo para mi era tan estúpida como aterradora. Pero eso no quitaba que no fuera posible.
¿Pero no se suponía que había elegido el camino correcto a seguir? ¿Qué iba a ser feliz?
Malditas Nornas con sus malditas mentiras y su manía de enrevesar las cosas hastauntos inimaginables.
Me paré en medio de la biblioteca, respirando profundamente, serenandome y dándome la vuelta para mirar a Freki, que estaba tumbado en el suelo, mirándome fijamente con esos dos ojos enormes, serenos y dorados.
-Debo ir, ¿no es así?
Freki se levantó, yendo hasta la puerta y parándose para mirarme. A veces odiaba a ese lobo: siempre tenía que ser la voz de la razón, ¿no?
Solté un suspiro tembloroso y me resigné a seguirle. Recorrimos los desiertos pasillos de la Casa hasta llegar a las escaleras ascendentes, donde siempre había una corriente terriblemente fría.
Y yo estando en zapatillas, chándal y camisa de asillas. Bueno, ¿qué más da? Total, si a mi me gusta el frío. Y ni hay nada que quite más el sueño que una buena sesión de frío por las mañanas.
Subimos a la pequeña y destartalada caseta de madera y salimos con dificultad, pues la ligera nevada había trabado un poco la puerta.
El cielo estaba completamente negro, y aún caían unos pocos copos de nieve que se derritieron en mi pelo y mejillas, otros quedando atrapados en mis pestañas.
Salí un poco más, con Freki, mirando entre los árboles, intentando vislumbrar lo que buscaba.
Unos aleteos por encima de mi y el gruñido de mi compañero me dijeron que los había encontrado.
Sí, esto no podía llevar a nada que fuera bueno.
Me giré para ver a Hugin y Munin posados en la caseta de madera. Últimamente me estaba encontrando mucho con ese maldito par.
Era una verdadera lástima que mi abuelo los necesitara tanto; podría hacer una sopa tan buena con ellos que Maija estaría realmente orgullosa de mi.
Crucé los brazos, resistiendo al viento helado y esperando a que fueran ellos los que hablasen primero. Ya bastante harta me tenían como para malgastar mi saliva con ellos.
Munin hizo una especie de ruido, como si riera. Fruncí en ceño.
-Ya nos tiene fichados, la niña. Clavadita al padre. Pero debe relajarse.
Gracias a Frigg, Hugin le dio a su hermano con la ala.
-Cállate, idiota. Es mortal, pero no deja de ser la princesa de Asgard. Y no le interesa lo que pienses.
Si era cierto que no me importaba lo que pensaran, pero estaba mejor callado: odio con toda mi alma cuando me recuerdan mis "títulos". Y, un poco también, que me relacionaran con mi padre.
Y de un tema a otro y tiro por que me toca, estos dos idiotas se pusieron a discutir por no sé qué tontería sobre su comida. ¿Qué había hecho yo para merecerme esto? ¿Nacer? O, venga ya.
-Parad- gruñí, sobresaltandolos a los dos-. Me interesan muy poco vuestros asuntos. Decid lo que hayáis venido a hablar y marchaos antes de que le dé permiso a Freki para daros caza.
Munin silbó.
-Que genio, esta salió a su padre.
Llevé la mano a mi cintura, donde siempre llevaba esa extraña daga de bronce, pero Hugin habló antes de que pudiera desenfundarla.
-Está vivo- se me quitó una losa del pecho, pero mantuve mi rostro impasible-. Los han capturado, pero la mayoría están en buen estado.
Asentí, miré a Freki y entramos en la caseta sin volver a mirarles.
Fuimos a toda prisa a nuestra habitación y empecé a equiparme para salir.
Me puse unos pantalones ceñidos negros de grosor considerable, una camisate de cuello alto gris oscura y las botas negras, con los guantes y el abrigo de piel de lobo. Todo esto sin contar mis inseparables armas.
No llevaría a nadie más que Freki conmigo. Bastante terrible era ya que hubiera puesto en peligro a mi hermano como para arriesgar a cualquier otroen esata misión suicida.
Me puse la mochila en el hombro y me dio un deja vú de cuando me escapé para ayudar a mi hermano por primera vez, hacía ya casi diez años.
Me di la vuelta para ir a la cocina a coger las provisiones para el viaje, y no pudo ser mayor mi sorpresa al encontrarme a Elyn apoyada en la puerta, impidiendome salir, con la mirada febril y temerosa, la frente empapada de sudor.
Nos miramos a los ojos, recordando una escena mucho atrás, cuando nos odiabamos. Si por aquel entonces alguien me hubiera dicho que la aceptaría por cuñada, le habría dado tal puñetazo que habría tenido que estar comiendo con pajita el resto de su lamentable existencia.
-Tráelo de vuelta- me exigió con voz temblorosa-. Juralo.
-Aunque me deje la vida en ello. Lo traeré de vuelta. Lo juro por Var.
Ella me miró con los ojos llorosos y asintió, dejandome la puerta libre. Cuando pasé por su lado, me agarró el brazo con una fuerza que no sabía que tuviese.
-Cuando vuelvas…-dudó-. Cuando vuelvas debemos hablar.
Intenté mirarle a los ojos, pero me esquivó. Simplemente asentí y me fui lo más deprisa posible hacia el exterior. Ella se ocuparía de decirle a los demás donde había ido.
No sabía cuánto tiempo más los dejarían encerrados antes de matarlos. O peor, dárselos a sus amigos trolls para que se dieran un festín con ellos.
Sólo podía rezar a todos los dioses que conocía para poder llegar antes de eso.
Todo el mundo casándose, teniendo hijos y yo aquí, planeando viajar por el mundo. No hay prisa.
