Fuera empezaba a nevar, el tiempo era verdaderamente helado mientras el sol mostraba sus primeros y tímidos rayos sobre el manto níveo que cubría el suelo.

Llamé a Gullfaxi, la cual no dudó en venir trotando alegremente como si estuviera en un prado lleno de flores en vez de en un campo negado donde seguía cayendo nieve. Tenía las crines doradas llenas de copos de nieve, lo que delataba que se había vuelto a escapar de los establos para ir por su cuenta un rato. Lo solía hacer más a menudo de lo que me gustaría.

Le acaricié el hocico y apoyé mi frente en la suya, respirando profundamente.

No dudé en subirme a su lomo, aunque no llevase la silla, y agarrarme a sus crines, como solía hacer. Me gustaba montar a pelo, las sillas y demás eran demasiado incómodos, y sabía que Gullfaxi pensaba lo mismo.

Miré a Freki, para saber si podría seguirnos el ritmo. El muy hijo de su madre ya se había ido. Reí suavemente antes de darle la señal a Gullfaxi para que empezara a correr.

Cada vez que empezaba a correr, me provocaba la misma sensación que al subirme a una montaña rusa, una tensión en la boca del estómago que me dejaba el corazón en la garganta. Era la misma sensación que cuando llamaba a una tormenta o invocaba rayos. Adoraba esa sensación, hacía que se me subiese la adrenalina y el ánimo.

Pero ahora debía ir con pies de plomo. Los gigantes habían capturado dos grupos de un tamaño considerable, y no tenía ni idea de cuántos gigantes eran ni de si tenían más aliados con ellos.

Gullfaxi se puso a correr sobre la superficie del lago sin ni siquiera dudarlo. Apenas se veía nada con lo rápido que corría, todo a mi alrededor era un borrón.

Apoyé la cabeza en la crin de la yegua, rodeando su fibroso cuello con los brazos y cerré los ojos con fuerza. Ojalá llegase a tiempo.

Recé a mi abuela Frigg y a las Nornas para que me brindasen fuerza. Y a regañadientes también recé a mi padre. Él era el que había provocado esta situación, así que más le valía hacer algo para solucionarla.

No se podía matar impunemente y por diversión, aunque se pudiera ver a los gigantes de hielo como malvados, con lo cual yo no estaba para nada de acuerdo.

Ellos habían sido víctimas nuestras durante siglos; nos habíamos ganado esta guerra a pulso.
Pero no sólo de eso tenía culpa mi padre, de lo que más tenía culpa era de que jóvenes guerreros se dejasen la vida voluntariamente en el campo de batalla para poder ir al Valhalla y estar con los dioses. Él era el culpable de dejar a tantos padres sin hijos. Todos querían parecerse al valiente y aguerrido Thor.

Y lo peor, era que como su hija, todo el mundo pensaba que apoyaba esta línea de pensamiento. Llevo toda la vida luchando contra esto, diciendo que una buena estrategia puede más que un hacha grande. Pocos son los que han hecho caso, pero poco a poco logro que van siendo más los que me escuchan.

Cruzamos el bosque a toda velocidad, los árboles apenas sí se distinguían entre todo el caos que veía. Gullfaxi fue frenando y finalmente paró junto a Freki, que nos estaba esperando, escondido entre la espesura.

Me bajé de ella y le hice un gesto para que se fuera: no quería que los gigantes la capturaran y encarcelaran como la última vez. No podría soportar verlo sin querer reducir a cenizas a los cabrones que la encerraron. Otra vez.

Le hice una seña a Freki para que me siguiera y me arrebuje en mi capa, calándome la capucha sobre el rostro. Nos acercamos lentamente al linde del campamento gigante.

Las grandes tiendas de pieles se veían hasta donde abarcaba mi vista, algunas con comida colgando delante de la entrada. Supongo que a los gigantes les gustaba la comida cruda; con tal de no acercarse al fuego debían pagar.

En ese momento pasaron dos gigantas delante de los arbustos donde estábamos. Di gracias a los dioses porque ellos no pudieran olernos como hacían los monstruos. Algo bueno tenía que tener al final ser familia de ellos.

Medían dos metros y algo, más bajas que los varones de su especie, y llevaban el pelo blanco-azulado trenzado de forma compleja. No pude entender lo que estaban diciendo, ese maldito idioma parecía un conjunto de gruñidos que no estaba muy segura de poder repetir.
Seguí a las gigantas, que fueron a servir la comida a algunos guerreros. Debía de haber mucho más de cien gigantes en ese maldito campamento.

Maldije mi suerte y me apoyé contra el tronco de un árbol. Debía averiguar donde estaban ya y liberarlos para irnos silenciosamente. Como montara ruido, estaba más que muerta.

Cerré los ojos y me concentré, pero no me vino nada. ¿Justo ahora esas malditas brujas me tenían que cerrar el grifo? Maldita sea su estampa.

Escuché un crujido detrás mío y me tensé. Freki y yo retrocedimos lentamente hacia la dirección contraria.

Una risa suave me paró. No era sardónica, como sería de esperar. Era agradable, suave, incluso se podría decir compasiva.

-La abuela me dijo que estarías aquí, pero no me lo podía creer. Luego Bestla me ordenó que viniera a ayudarte y seguía sin creérmelo. Es increíble como una visita tan pequeña y encantadora como tú puede causar tantos problemas.

Miré hacia él. No era tan alto como los gigantes, pero pasaba el tamaño de una giganta. Su pelo era de un dorado casi blanco y tenía la piel blanca, no azulada. Sus ojos eran azules, sí, pero eran de un azul cálido, no helado.

-¿Quien eres?- pregunté, con gesto desconfiado.

Él rió.

-¿Que quién soy? ¡Soy tu hermano, Magni! Bueno, medio hermano.

Asentí, recordando que mi padre una vez había tenido un hijo con una giganta. Sólo él podía ser tan hipócrita como para matar gigantes sabiendo que tenía un hijo de esa raza.

-¿Y cómo me vas a ayudar, exactamente?

Él ladeó la cabeza, divertido y sorprendido.

-Llevándote con los otros semidioses para que los liberes, por supuesto. Pero…

-Nos iremos en silencio- me adelanté-. De otra forma, estaríamos muertos antes de poder dar dos pasos.

Magni sonrió y asintió. Me cogió de la mano y me llevó por zonas desiertas del campamento mientras me contaba su vida. Era demasiado hablador y confianzudo, pero seguía siendo hermano mío, lo que me recordaba mucho a Dave. Sobre todo me contó de la giganta de la que estaba enamorado.

-Esa Fenja tiene que ser toda una belleza.

Sus mejillas se tiñeron de rosa.

-Muchos dicen que su hermana, Menja, es más hermosa, pero se equivocan completamente.

Escondí una sonrisa debajo de la capucha y seguimos hasta llegar a unas tiendas de campaña. Entramos y vimos a todos los míos encadenados.

-Karee- sollozó de alivio un niño de ocho años. Le acaricié el pelo consolándolo cuando se abalanzó a mi cintura, estrechándome con fuerza.

-Shhh, tenemos que estar callados o no podremos salir: aunque os liberase y estuviesen todos en plena forma, no podríamos vencer a tantos gigantes. No vamos a escapar en silencio, ¿vale?

Todos asintieron, pero reconocí a alguien bufando desde el fondo.

-Vaya, Karee, ¿ahora te alias con gigantes? Que bajo has caído.

-No tanto como tu por dejarte capturar o traer niños pequeños a esta misión- Yorick se sonrojó profundamente y me volví a mi hermano, quien tenía la cabeza gacha. Este sabía lo que le esperaba-. Dave, te presento a nuestro medio hermano, Magni.

Levantó la cabeza tan rápido que creo que casi se rompió el cuello.

-¿Medio hermano?- parecía sorprendido e ilusionado.

Magni me ayudó a soltarlos y Dave y él hablaron mucho. Los pequeños miraban al medio-gigante con la boca abierta mientras yo liberaba muy bruscamente a un par de gemelos

-Lo siento- gran mentira.

Axell me sonrió con esos ojos verde enfermizos, como diciendo que no era nada. Cada vez que le miraba a los ojos, veía el cuerpo de la niña que habían matado. Costaba mucho no reducirlos a una pila de cenizas en esos momentos.

Nos fuimos en silencio, aún a riesgo que el orgullo de Yorick se rompiera al volver a la Casa con semejante fracaso.

Se lo merecía, y yo iba a cumplir mi plan B, aunque no quisiera hacerlo.

Magni nos abrazó a mi y a Dave con fuerza.

-Tened cuidado, hermanitos. Las Nornas os guarden.

-Tú también, Magni- le dije-. Y dale besos de mi parte a mi cuñada.

Se sonrojó mientras nos íbamos. Skylar, Fedric y Kristof nos esperaban para irse; éramos los últimos.

-Nos vas a matar, ¿no?- dijo Skylar.

Sonreí fríamente.

-Todo a su tiempo- los chicos se estremecieron-, ahora debemos llegar a casa.

El verdadero líder deja de lado sus derechos y sus deseos para servir a los demás.