DON'T GO HOME WITHOUT ME
XLVIII.
El hogar está donde el corazón duele.
Su impresión de Shimura Tae cambia demasiado desde su última charla. Es una especie de sentimiento incómodo porque nunca le agradó de verdad, pero ahora la mira con otros ojos. De alguna manera le ha recordado a su hermana mayor cuidando de él; no físicamente, por supuesto, pero sí en su manera de preocuparse por él, estando de su lado («sé que eres quien está sufriendo más y el que menos culpa tiene».); desde la charla sincera que tuvo con él hasta la oportunidad que le ha creado. Llega a pensar incluso que Shinpachi tiene mucha suerte de ser su pequeño hermanito, que le envidia. Claro, el pensamiento se esfuma con rapidez.
Pasan los minutos y, con la nostalgia haciendo mella en su espíritu, Okita espera a que Kagura se aparezca en el parque bajo los cerezos semi desnudos del final del invierno, donde toda su historia comenzó. Otae le ha prometido que iría y él ha creído ciegamente en su palabra.
Kagura aparece con el cabello ligeramente más largo y de su color natural o, al menos, de un tinte que se asemeja al bermellón con el que ha nacido. Parece incómoda y avergonzada. Se acerca lo suficiente para escucharlo, pero tan lejos que ni siquiera parece que están juntos.
—La Jefa me ha pedido venir —parece que se está excusando—. Me ha dicho… yo… Ya estoy aquí —parece resignarse a no poder decir lo que necesita, así que calla, incómoda y sin palabras, cosas que no le van.
—No voy a comerte. No tienes por qué estar tan lejos —intenta allanar el terreno Okita que se cuestiona quien ha terminado esa relación y quien se supone que ha terminado más lastimado. Quien debería pedir las disculpas y arreglar las cosas.
Kagura se acerca pero no le mira de frente. Sus ojos se pierden en el paisaje del final de las nevadas y en el cielo gris que los cubre.
—Te dije que te fueras —Sougo comienza. No va a irse más por las ramas. Se ha ido tanto por ellas a lo largo de los años que por eso han terminado así— no porque no te amara —lo dice en voz alta. Palabras extranjeras que no creyó fueran con él y que mucho menos sería capaz de sentirlas y expresarlas—, sino porque creí que no hacías lo mismo.
—Yo…
—Espera, espera, China. Me he ensayado esto al menos unas cincuenta veces en el espejo. Dame unos segundos más por mi trabajo duro —ella asiente apenas sosteniéndole la mirada—. Hay un montón de mierda entre los dos que necesita ser ventilada si queremos seguir adelante, así que aquí voy: No me gusta cuando te largas y no me dices nada. No me gusta todo ese tiempo que pasas sin comunicarte. No me gusta esa manera en la que siempre intentas hacer como que nada es importante para ti porque soy lo suficiente marica y sensible que me la creo. No me gusta que no estemos definidos. No me gusta no saber cómo pensar de ti. ¿Mi novia? ¿Mi amante? No me gusta tampoco esta especie de relación abierta que mantenemos. No es lo que quiero. Quiero más, ¿entiendes? Quiero que seamos algo serio. Estoy lo suficientemente loco que, si no estuviera completamente consciente que estamos aquí para resolver un estúpido problema de comunicación, te estaría pidiendo matrimonio ahora mismo. Pero sé que eso no te va. No va con tus planes. Realmente tampoco con los míos. Casarse no es la respuesta. La respuesta ni siquiera es el amor. Sobra entre los dos. Sabes que sobra. La respuesta es que nos entendamos, que hablemos, que dejemos de tener miedo a lo que hará el otro y cubrirnos con un escudo por si las dudas. Adivinar no es la respuesta. Nosotros somos del tipo que se arriesgan, ¿no es cierto? ¿Por qué es sólo entre los dos que estamos siendo cautelosos? Vamos a darlo todo. Yo voy a hacerlo. Sólo necesito que me dejes.
Kagura abre y cierra la boca como un pez, anonadada. Parece molesta, conmovida y feliz. Todo a la vez. Pero las bestias siempre serán bestias y ella se decanta por la ira.
—¡¿Ah, sí?! Vale, pues también hay un montón de cosas en las que me jodes, uhm uh. A veces eres ridículamente cariñoso. ¡No soy tan cursi, nop! Te pavoneas por tener una puta casa para ti mismo. ¿No te has escuchado diciendo "mi casa", "mi tele", "mi comida"? ¡Es como si me estuvieras gritando: nada es tuyo, no lo toques! ¡Y por eso lo toco más, sí! ¡A veces sentía que era más un maldito motel que un maldito lugar para quedarme! ¡Y tú también haces como si todo te valiera un cacahuate! ¡Tampoco me dijiste nada y cuando me dijiste me corriste, uh-uh! ¡¿Cómo se supone que reaccione a eso?! ¡Por eso me fui! ¡Eres bastante bastardo!
La cara de Kagura está sonrojada de ira e hiperventila por tanto gritar. Okita sonríe de medio lado porque eso es lo que estaba buscando: que hablara. Que dejara de guardarse cosas justo como él.
—Lo siento —dice rápido y sincero—. Estaba intentando no acabar lastimado. ¿Sabes hace cuanto que siento esto por ti!
—¡No! ¡Para mí es nuevo! ¡Bastante reciente!
—Para mí son años —admite sin ninguna clase de vergüenza. Ya han llegado demasiado lejos como para ponerle trabas a su lengua—. Mientras tú ibas y venías pensando que éramos cualquier cosa yo ya estaba haciendo estupideces por ti.
—Estuviste de acuerdo en no ser nada. Nunca dijiste nada.
—Nunca dijiste nada tú tampoco. Es problema de los dos. Deja de escabullirte.
—¡Cómo iba a decirte si no lo decías! ¡El hombre es quien habla primero, sí!
—No te hagas la mujer del siglo pasado y no te saltes lo importante: Te amo. Quiero que seamos algo serio. Quiero que pienses en mí como parte de tu vida. Yo haré lo mismo por ti. No. Ya lo hago. Estemos juntos en presente y en futuro.
—Si te retractas voy a sacarte los ojos —amenaza antes de abrazarlo hasta fracturarle una costilla—. Voy a confiar en ti, uh-uhm. No lo arruines.
Apretada contra su pecho, Kagura susurra un "te amo" que Sougo apenas y escucha, pero lo hace feliz.
