Lo primero de lo que me aseguré, fue de que Elyn se fuera con los pequeños para que no corriera ningún peligro. Se quejó, mucho, pero cuando me miró a los ojos, no le quedó otra que obedecer mis órdenes. No pensaba dejar que muriese ni resultara herida.
Antes de que eso pasase me dejaría desollar viva, no sólo por lo que le pudiese ocurrir, sino cómo mi hermano reaccionase a lo que le ocurriese.
Formamos una barrera con los muebles en el sexto nivel, bloqueando de momento los avances de los gigantes.
Miré a los demás, que se estaban agrupando detrás de la barrera que habíamos formado entre todos mientras rechazábamos un avance.
Estaban en pijama, como yo, pero con algunas piezas de armadura puesta y sus armas en las manos. Sería una imagen muy graciosa si no estuviéramos en esta situación.
Varios de ellos tenían manchas de sangre humana y parecían querer llorar, pero la rabia se relajaba en sus rostros con mayor fuerza que el deseo de romper a llorar como si fueran un puñado de recién nacidos.
Me puse frente a ellos, con mi espada y escudo en manos, la cota de malla puesta encima del pijama de marvel y el rostro solemne.
Daven y sus chicos estaban en una esquina, con mis amigos. Todos me miraban fijamente, a la espera de que impartiera las órdenes.
Paseé la mirada sobre ellos. Veía coraje y miedo, desesperanza y sed de venganza, rabia y lágrimas.
Ellos eran pueblo, mi responsabilidad. Antes de dejar que murieran más de ellos, moriría yo.
-Esta noche- dije-. Los gigantes se han colado en nuestro hogar. Han derramado la sangre de nuestros hermanos, y nosotros les corresponderemos. No lo haremos por rabia, ni venganza. Lo hacemos por justicia, porque se han colado a traición en nuestro hogar, matado a nuestros hermanos y amenazado a nuestros niños. Ninguno de ellos saldrá con vida de estos pasillos.
Ellos me jalearon, incluidos el par de adultos que se nos habían unido al enterarse de la situación. La mayoría llevaba sus armas y ropas de los viejos tiempos y, si no, también de veían pistolas, pero con balas de Hierro Divino, por supuesto. Si no, no afectarían a los gigantes y a los trolls en lo más mínimo.
Rompimos la barrera que habíamos formado, dejando a algunos atrás para que protegiesen a los que se quedaban y empezó el ataque.
Nos dividimos en grupos de tres equipos, cada uno por un pasillo. No se esperaban esa distribución ni orden en tan poco tiempo. Yo había esperado esa sorpresa.
Astrid iba a mi lado, con su hacha de guerra, a la cabecera de nuestro grupo. Nos seguían Aaren, con su arco en mano en la retaguardia y Fedric, con su hacha de mango largo.
Me incliné a un lado, esquivando el tajo que me lanzó el hacha de un gigante. Hice un giro con los pies y me di la vuelta para encararle. Antes de que pudiera lanzar el mandoble, Daven le había agarrado por el cuello y casi le había arrancado la cabeza con las manos.
Había visto muy pocas veces a Daven usando a Mesingjord. No le gustaba la fuerza que le confería, pero aún así era útil. Y era un regalo de nuestro padre.
Luchamos con ganas y fuerza. No se esperaba una reagrupación tan rápida por nuestra parte, por lo que matamos a varios antes de que reaccionarán al cambio drástico de la situación. Desgraciadamente eso no evitó que tuviésemos bajas.
Se veían un par de cadáveres de nuestros hermanos caídos apoyados en las paredes de los pasillos. No tardaron en acompañarles varios gigantes de hielo.
Y así, poco a poco, fuimos reconquistando os niveles, pero al partir del segundo nivel ya estaban más reagrupados. Nos reunimos todos en la escalera ascendente y me miraron.
Avancé y fui la primera en pasar al siguiente nivel. Los gigantes me miraron impactados y temerosos. No podía culparles.
Iba de arriba a abajo manchada de sangre mía y de mis amigos. El pelo lleno de ceniza de los trolls que había matado y una mirada fuerte y decidida, con los labios apretados y la barbilla en alto.
Algunos salieron espantados, pero otros se resignaron y me plantaron cara.
No tardaron en estar muertos en el suelo, con el pecho atravesado por una herida de espada.
Uno me lanzó un hacha, que me pasó rozando la mejilla, haciéndome un corte. Me agache y mi espada le golpeó en la parte posterior de las piernas, seccionándole las arterias y dejándole desangrándose en el suelo, inmóvil por los tendones que le habían sido seccionados. Kristof los remató.
Me volví hacia los que aguardaba detrás de mi.
-Bueno, ¿os pensáis quedar ahí o vais a luchar de una vez, panda de vagos?
Rieron con desgana y me siguieron, corriendo por los pasillos hasta que vi un destello pequeño, enclenque y patético de pelo negro grasiento.
-¡Seguid sin mí! ¡Aaren dirigelos!
Y fui corriendo detrás de ese par de bastardos.
No podía dejar de pensar que esto era culpa mía. Debí matarlos cuando pude, como a Yorick. Muchos de los nuestros habían perecido por mi cobardía.
Mi mano no volvería a temblar.
Y, fuera, comenzó la tormenta.
Cuando eres parte de algo más grande que tú, tienes que ser desinteresado. Hay que hacer sacrificios.
