A pesar de que la tormenta estaba fuera, sin tocarme y a varias decenas de metros de mí, notaba la vitalidad que siempre me ofrecía la lluvia corriendo por las venas como una corriente eléctrica. Por esta razón amaba tanto las tormentas; me llenaban de energía cuando ya estaba al borde del colapso, y ahora esa energía me iba a hacer mucha falta.
Reconocía la escena que se ofrecía ante mí, la misma que vi antes de escaparme cuando fui salvar a Dave cuando llegamos a la Casa. Mi primera misión.
Las paredes llenas de borrones de sangre. Sangre humana, de mis hermanos y hermanas, y los cuerpos sin vida de esos mismos hermanos decorando las esquinas de esos pasillos.
Y esos bastardos corriendo delante mío, intentando llevarme hacia alguna trampa para que Vafprúdnir me matase. Seguro que se creían que no lo sabía.
Ese gigante llevaba queriendo matarme desde el segundo en que se enteró de mi existencia y la de mi hermano. Él pensaba que sólo así podría vengar a todos los gigantes que mi padre había matado en todos estos milenios. Ojo por ojo y diente por diente, ¿no?
Y quizás si fuera lo más justo que podría suceder, pero no pensaba dejar que me convirtieran en una ofrenda para esa Vendetta.
Esas cosas sólo llevaban a más dolor a la larga; no merecían la pena. Él debería saberlo más que yo, pues había visto pasar milenios, pero muchas veces la rabia nos ciega, y la venganza siempre es una verdadera y encantadora tentación. Te dice que su haces eso, todo valdrá la pena, que derramas esa sangre por algo mejor.
Las mayores masacres de la historia se han guiado por eos preceptos, si no me falla mucho la memoria.
Axell giró una esquina velozmente, seguido por su hermano. Cuando giré por esa misma esquina, me encontré ante tres gigantes. Sus escudos y ligeras armaduras de metal en vez de cuero endurecido me mostraron su rango: eran los generales de confianza de Vafprúdnir.
El más adelantado de todos me lanzó un mandoble que apenas logré esquivar tirándome al suelo y derrapando entre sus piernas. A pesar de haber logrado escapar de un golpe fatal, la espada me rozó la mejilla derecha, desde el pómulo a la barbilla. Quedaría una cicatriz, estaba segura de ello.
Pasé esquivándolos a duras penas y seguí tras los gemelos, pero otros dos gigantes me taparon la huida, dejando que los gemelos del demonio se perdieran en los pasillos tras ellos.
Estaba acorralada por cinco gigantes que eran el doble de grandes que yo. Esto pintaba muy mal, pero por peores situaciones había pasado.
Salté a tiempo para esquivar la lanza que me habría atravesado el vientre y saqué la espada y el escudo con un movimiento fluido. Si iba a morir, lo haría con mis armas en mano. Pero de todas formas, este no era el día de mi muerte.
Lancé un golpe a uno de los gigantes que estaban detrás de mí, esquivando al mismo tiempo a un mandoble de los de atrás. Como siempre, el tamaño jugó en su contra y no se movió lo suficiente como para poder esquivar el golpe que le lancé.
La espada le atravesó la rodilla, y antes de que pudiese gritar, una corriente eléctrica le frió desde dentro, pasando a sus compañeros, pues estaban muy pegados los unos a los otros.
Vale que estos pasillos eran grandes, pero no habían sido pensados para albergar gigantes. Y esa era una de las desventajas de ir con armaduras de hierro en túneles tan estrechos.
Parece que algunos todavía no habían aprendido que el metal conducía la electricidad.
Mientras sus tres compañeros se convertían en polvo, los de atrás intentaron ensartarme otra vez con la dichosa lanza, pero rodé hacia delante, golpeando a uno con el escudo en la rodilla, rompiéndola en el proceso y pasando la espada por la parte de atrás de las piernas del otro, seccionando arterias y tendones.
Gritaron como cerdos en el matadero, y para ahorrarles el sufrimiento, me levanté con fuerza detrás de ellos y en un giro, les corté la cabeza a los dos.
Había perdido a los gemelos de vista demasiado tiempo; ahora bien podrían estar en cualquier lugar. Bueno, al menos había escapado de esta encerrona. Algo era algo.
Sólo podía esperar que se encontrasen con alguno de los otros y matasen a alguno, pero con mi suerte, eso era muy difícil.
Me puse a la espalda la espada y el escudo, corriendo para ir al encuentro de los demás lo antes posible. Al poco se me unió Freki, con el pelaje lleno de ceniza gris y la boca con la rebosando de la sangre azul pálido de los gigantes.
Supongo que nuestro aspecto debió de acojonar a todos los gigantes que estaban en el comedor, en el segundo nivel. Por lo visto nos habíamos adelantado a los demás, pero no me preocupé mucho al ver que la mayoría de mis oponentes salían en desbandada hacia el exterior.
De verdad teníamos que dar mucho miedo Freki y yo para que reaccionarán de esa manera tan exagerada.
Los pocos gigantes que se quedaron a enfrentarme no duraron mucho. Cuando acabamos con ellos sí podía decir que Freki estaba empapado de sangre azul. Es más, si lo escurría, seguro que chorreaba ese líquido.
Dave y los demás llegaron cuando decapitaba al último de los gigantes de un mandoble. Me giré para verlos, apartando un mechón azul de mi rostro.
-¿Cuantos han caído?- exigí saber.
Noté los rostros sombríos y apreté los labios. Estaba lista para escuchar cualquier cosa.
-Más de una decena seguro, pero creo que no llegarán a la veintena. En total con los que cayeron antes, serían unos cincuenta.
Eso nos cayó a todos como una losa. Cincuenta hermanos perdidos en una sola noche, más todos lo que no pudieran soportar las heridas causadas por los gigantes.
Fuera de la Casa, la tormenta azotó los árboles y las barcas en las que huían a los gigantes, y sólo aumentó su furia cuando subimos hasta la cabaña que daba al exterior.
Salí a recibir a la lluvia, que me limpió la suciedad y sangre que llevaba encima. Mía, de los míos y mis enemigos.
Desde la entrada, vimos apoyados unos en los otros, cómo los gigantes se iban en barcas después de hundir las nuestras en el fondo del lago.
Eran al menos unos cincuenta, y las barcas que llevaban estaban en mal estado. Con algo de suertese, la mayoría se hundirían con la tormenta.
Entonces vi a Vafprúdnir, al frente de una de las barcas, mirándome fijamente, con furia y un reto. No desvié la mirada, aceptando el reto. Ahora más que nunca debía mostrarme dura y fría.
Se perdieron entre la bruma que provocaba el amanecer en la superficie del lago. Un amacener hermoso que muchos de los nuestros no podrían disfrutar nunca.
Volví a los tuneles, dejando a mis hermanos celebrando nuestra victoria y venganza con gritos de alegría.
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El resto del día no fue tan festivo.
Nos pasamos el día limpiando la sangre y recogiendo a nuestros muertos de los pasillos. Los que no estaban haciendo eso, cuidaban a los pequeños o construían las barcas para los rituales funerarios.
Recogí a una niña del suelo. No tendría más de nueve años, y su pijama rosa estaba manchado por sangre seca. Tenía un corte del cuello al ombligo.
La llevé con cuidado hasta la sala con los demás. De momento ya eran más de treinta muertos, más los que todavía no habíamos recogido y los agonizantes que había en la enfermería.
-¡Karee!
Vi a mi hermano, que venía corriendo hacia mí, con un gesto de dolor tan grande que el corazón se me paró en el pecho.
-¿Qué pasa?- exigí cuando llegué a su altura, agarrándolo por el brazo para llevarlo aparte.
-No encuentro a Elyn- susurró con desesperación.
Me colgelé. No. Había dejado a Elyn a salvo con los niños, debía de estar con ellos. Esto sólo era una mala broma, nada más.
-Define no encuentro- espeté.
-No está con los niños- se agarró del pelo-. Los peques dijeron que se fue poco después de nosotros. Nadie la ha visto desde entonces.
Una sombra me cubrió el alma. No.
-Vamos- le agarré del brazo y lo fui arrastrando por toda la Casa.
-¡Karee! ¡Daven!- Kristof nos llamó con gesto sombrío desde la sala de entrenamiento. Cuando vio a Dave se le llenaron los ojos de lágrimas -. Dave, yo...
Era tarde. La vio.
Tenía los ojos abiertos, apoyada en la pared. Su pelo rubio estaba lleno de sangre y su daga estaba al lado de la mano, sólo con dos gotas de sangre de gigante. Una gran herida de lanza le atravesaba el pecho.
Dave abrió la boca, demasiado impactado como para poder reaccionar. Cayó de rodillas con fuerza, cogiendo el rostro de Elyn en las manos. Y entonces gritó. Era un grito que nunca podría olvidar ese grito, profundo y desgarrador; el grito de un corazón roto.
Nuestros amigos se mantenían al margen mientras Dave lloraba como un bebé. No sabían cómo reaccionar a estas situaciones; aquí nadie solía llorar, y menos como él lo estaba haciendo.
Yo me arrodillé a su lado, cerrando los ojos de Elyn y agarrándole, para que llorase sobre mi hombro. Me aferró con tanta fuerza que por poco no me asfixia, pero no me quejé y le deje desahogarse.
Poco a poco, logré alejarlo de ella, haciendo o un gesto a Aaren para que se hiciese cargo de su cuerpo.
Dave seguía aferrado a mí, llorando a moco tendido.
Yo también tenía ganas de llorar como él, pero no podía permitírmello. Una losa me cubría el pecho mientras cargaba a mi hermano y no podía dejar de pensar en una cosa:
Es mi maldita culpa.
Ya me lo dijeron las Nornas hace tiempo. Me dieron a elegir y lo hice cuando me subí al tren con Percy. Soy un monstruo egoísta que ha matado al amor de su hermano.
Ojalá fuese yo la muerta. No había nada que desease más en estos momentos.
No, no, no, las Nornas me taladraron el cráneo. Tú tienes la culpa de esa muerte, pero era una muerte necesaria. Ya lo verás, niña. Aún falta mucho para tu hora.
¿Muerte necesaria? Sentía ganas de romper a llorar, y no sólo del dolor. ¿Y mis sobrinos? ¿Ellos también eran una pérdida necesaria?
La charla de anoche con Elyn...
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Elyn me llevó a parte con nerviosismo, para que nadie puede el secreto que iba a contarme.
Yo ya sospechaba lo que iba a contarme, pero quería oírlo e sus labios.
Llegamos a la pista de hockey y nos sentamos en los bancos.
-Ya lo sospechas, ¿verdad?- preguntó .
Quería que lo dijera yo primero. ¡Ja! No iba a dejar de disfrutar de esto ni de coña.
-No sois muy discretos, por lo que sí lo sospechaba. Ahora sólo dilo.
Sonrió con nerviosismo, mirándome con esos ojos verdes que ya no observarían nada. Se llevó las manos al vientre en un gesto protector.
-Estoy embarazada.
Me esforze por no sonreír. Estaba a punto de estallar de felicidad.
-¿Lo sabe Dave?
Se sonrojó y negó con la cabeza, aún intentando reprimir la sonrisa.
-Eres la primera en saberlo. Mañana se lo contaré a Dave, pero antes quería saber tu opinión.
La abracé de pronto con fuerza.
-Bienvenida a la familia, Elyn.
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Al final una lágrima salada rodó por mi mejilla derecha, escociendo en la herida que me había ephecjo hacía poco.
Pero me merecía ese dolor y mucho, muchísimo más.
¿Sabes cuál es mi problema? Que quiero ayudar a todo el mundo, sabiendo que quién más ayuda necesita soy yo.
