Por mucho que hubiera estado intentándolo con todas mis fuerzas, no pude evitar sisear cuando el algodón mojado en alcohol rozó el corte de mi mejilla.

-Deja ya de quejarte- me reprendió Linnae-. Esto te pasa por haberte ido por tu cuenta por millonésima vez- frunció el ceño profundamente, cogiendome por la barbilla para examinarme mejor ela herida-. Te quedará cicatriz. No es un buen lugar para cicatrices.

-Lo sé, pero, ¿qué importa? Hay peores cosas que una cicatriz.

Me mordí los labios, intentando no pensar. Como pensara mucho, me derrumbaría, y no podía permitirme eso. Y ahora menos que nunca; debía ser fuerte por todos nosotros.

Linnae me limpió la mejilla, pues el corte no era lo suficientemente profundo como para darle puntos. En cambio, me dio tres puntos en un corte que me habían hecho los gigantes en la cadera sin yo darme cuenta. Tendría que entrenar más.

Todos estábamos en la enfermería después de ocuparnos de nuestros muertos y limpiar la Casa de la sangre de nuestros amigos y enemigos.

Mis amigos estaban atendiendo también sus heridas, a mi alrededor. Era todo un caos, pero por suerte los niños ya se habían tranquilizado y los mayores también estaban ayudando. Incluso habían llegado de los pueblos para apoyarnos.

Había visto la enfermería después de batallas, pero jamás la había visto tan llena como ahora. Los gemidos de dolor de los heridos graves y el permanente olor a sangre y hierbas. Las tímidas lágrimas de algunos, que se esforzaban en ocultar su dolor.

Suspiré, recogiendo las rodillas sobre la camilla y abrazándolas, apoyando la cabeza encima.

La maldita mejilla me escocía como el diablo.

Todos estaban apoyándose los unos en los otros, muchos escondiendo las lágrimas que soltaban. Incluso mi hermano estaba siendo consolado por todos nuestros amigos, que le daban palmadas en la espalda y pañuelos.

Yo no sentía ánimos de acercarme para hablar con él y que llorase otra vez en mi hombro; no tenía fuerzas para nada en estos momentos.

Y viendo todo está escena, sólo podía pensar una cosa: ¿Y quién me consuela a mí?

Mi hermano ya tenía bastante con lo suyo, no se lo pensaba contar a Andy(es demasiado pequeña y aún tiene inocencia) y nuestros amigos estaban con él. Aunque de todas formas no podría contarles a ellos cómo me sentía. Ellos recurrían a mí hasta para decidir de qué color se ponían la ropa interior, ¿cómo se sentirían si yo les contase lo desesperada y cansada que me sentía? ¿Que ya no quería saber nada de nadie? ¿Qué sólo deseaba sentarme a llorar en una esquina?

Era una de las desventajas de ser yo que nadie veía: todos creían que no necesitaba nada de nadie. Claro, al ser la hija de Thor, carecía de sentimientos. Nunca me podían hacer daño.

No tenía ningún hombro sobre el que poder apoyarme un rato. Bueno, sí, tenía a Freki, pero por mucho que él me apoyase, jamás me podría decir palabras de consuelo y cosas por el estilo.

¿En resumen? Estaba siempre rodeada de gente y terriblemente sola.

Una de las grandes ironías de la vida.

Me levanté de la camilla, haciendo una mueca al notar el latigazo que me recorrió al mover la cadera herida, y que sólo provocó que la herida de la mejillas se volviera a abrir, soltando algo de sangre.

Ignoré todo esto y salí de allí con Freki. Sentía como si el aire de la enfermería me estuviera asfixiando lentamente hasta drenarme la poca energía que me quedaba.

Salí. Estaba desierto después de los funerales, y seguramente nadie tendría ánimos de salir.

Tiré mi capa contra un árbol y me acosté sobre la nieve, con los copos cayendo de a poco sobre mí. Y sentía como me curaba, con el aire frío congelando mis pulmones y llenándome de energía.

¿Lo peor de todo? Había creído a las Nornas. Esas malditas viejas me habían engañado en aquella estación, haciendo elegir algo que sólo llevaría a la infelicidad a todos los que quería. Y era la persona más estúpida jamás nacida.

Aún con los ojos cerrados, noté un flash de luz a mi lado. Suspiré con fastidio y abrí los ojos, para mirar a las inoportunas Valkirias.

-¿Lo sabíais y por eso os fuisteis? ¿Se supone que era alguna prueba? No me sorprendería nada- dije incorporándome.

-Cómo te atreves- gruñó Svava, acercándose a mí con una mano alzada para golpearme.

Dejé que lo hiciera, aunque fuera justo a la herida. Noté el oído pitando y una gota de sangre cayó por mi barbilla hasta la camisa blanca. Las Valkirias me miraron sorprendidas porque hubiera dejado que me tocara.

-Te sientes culpable- dijo Olrún. No era una pregunta.

-Soy culpable- repliqué.

Brynhildr intentó decir algo, probablemente para consolarme, pero Olrún levantó la mano, pidiendo silencio.

-Iremos con los demás para informarles de la batalla de mañana. Los dioses estaban tan furiosos por la incursión de los gigantes aquí, que han exigido una batalla en campo abierto. Los gigantes aceptaron encantados.

Asentí, nada sorprendida. En el fondo era de esperar. No, no esperen a que sus hijos se recuperen de sus heridas y ls pérdidas, sólo mandenlos a un suicidio colectivo, como buenos padres que son. Los suicidios colectivos siempre son la solución de todos los problemas.

-¿Cuando será?- inquirí.

-Mañana al alba- respondió Sigrún.

Volví a asentir spdejando la cabeza gacha y pasaron a mi lado para entrar en la Casa. Sváva me empujó chocando su hombro conmigo. Cuando al fin se fueron, volví a respirar, sentándome en la nieve.

Al final el fjilgja que me encontré en el bosque no había aparecido por mi, pero tampoco por Elyn. Ella era una guerrera desde hacía poco y no podía tener un fjilgja tan fuerte como para ser un oso. Me costaba creer que fuera el de Yorick, también. Quizás era el de Dave; ese ya sería el golpe de gracia para mí. Así me terminaban de matar y me dejaban tranquila de una vez.

Suspire y enterré la cara entre las manos.

¿Qué me pasaba? Yo no era así; débil. Me estaba empezando a dar asco a mí misma. Debía activar me de una vez, así que decidí enfrentarme a la bestia y volver dentro.

-¡Karee! ¡Maldita seas!- rugió Linnae al ver mi herida abierta. La de la cadera también lo estaba-.¿No te puedes quedar quieta dos segundos? ¿Enserio?

Me encogí en hombros, dejándome caer al lado de Dave. Parecía algo más recompuesto que antes, pero en cuanto me tuvo cerca, se aferró a mi como si me fuera a desvanecer, enterrando la cabeza en mi cuello.

Apoye mi cabeza en la suya y le di un beso en el pelo. Miré a mis amigos.

-¿Ya lo sabéis?

Asintieron.

-Debemos irnos preparando- dijo Aaren con gesto sombrío.

-Ya habrá que madrugar- dejó caer Linnae cuñado terminó conmigo por segunda vez. No sé porqué se molestaba. Mañana se volverían a abrir-. Y no voy a señalar a nadie, pero hay algunos que no saben el significado de la palabra madrugar.

Skylar y Holger gimieron en anticipación, pero Astrid sólo sonreía.

-Por favor Linna. Sabes que yo siempre madrugo para las batallas. ¿A que sí, Barbie?

Asentí con desgana. Otra batalla más, con suerte la última.

Sola, terriblemente sola, pero siempre rodeada de gente.