Solté todo el aire que retenía en mis pulmones, viendo como el vaho salía de mi boca.
Estábamos todos de espaldas al sol sobre el claro en qué habían acordado nuestros padres con los gigantes que tuviera lugar la batalla. Ellos no participarían, les bastaba contemplar como sus hijos morían como moscas. Seguro que alguno se viendo con palomitas en la mano.
Estaba montada en Gullfaxi al frente de los míos, para intentar mostrar confianza y que se les pegara. Mi capa de piel de lobo caía sobre Gullfaxi mientras estaba tiesa sobre ella. Freki iba a mi lado, con la cabeza en alto.
Paseé la mirada sobre mis soldados, mis amigos. Mi familia. Estaban aterrados, tensos, algunos ansiosos y otros parecían a punto de romper a llorar, por las numerosas perdidas de ayer. Pero estaban allí, listos para morir por los que estaban a su lado y los padres que nos miraban desde Asgard.
Se nos habían unido todos los adultos de los pueblos y los universitarios. Sólo se habían quedado en los pueblos los mayores de cincuenta y cinco años y los menores de diez. En total éramos más de setecientos cincuenta.
Mira a Dave, que estaba entre nuestros amigos, sin ninguna expresión, como si fuera incapaz de sentir nada. Sólo había llorado una vez, y después se había quedado en ese estado. No había soltado ni una palabra, y tenía miedo de lo que pudiera hacer. Había encargado a los chicas expresamente no separarse de él pasará lo que pasase.
Pero con el caos del campo de batalla... Uno nunca puede aestar seguro.
Entonces oí varios gritos abogados de mis compañeros y me volví para ver el ejército que se acercaba. La única cosa inteligente que habían dicho nuestros progenitores a los gigantes era que sólo ellos podían estar presentes. Ni trolls, ni orcos ni nada por el estilo. Algo era algo, pero aún así parecía que tendríamos que vencar a más de mil gigantes. Y vi una cosa más grande que es resto.
-Venga ya- murmuré.
Era Moreno,al contrario que el resto de sus congéneres, y le superaba ampliamente en altura y musculatura, con un taparrabos que cubría demasiado poco para mí gusto. Era Grendel, el monstruos con el se había enfrentado mi ídolo, Beowlf, que casi habia muerto en la pelea.
Esto cada vez mejoraba un poco más.
Me puse al frente de todos, con los gigantes que ya estaban a cincuenta metros de nosotros y levanté mi espada.
-Hermanos y hermanas- rugí-. ¡Vamos a tomar nuestra venganza con esos bastardos! ¡Que se enteren con quienes no deben meterse!
Todos rugieron de acuerdo como una fhorda de energúmenos y salieron corriendo para intentsr empalar a los gigantes.
Benditos dioses, algunas cosas no cambian nunca, aunque pasen varios milenios.
Espoleé a Gullfaxi, y en menos de tres segundos dos, ya estábamos en la retaguardia de los gigantes, habiendo abierto un paso para nuestros hermanos, con al menos una veintena de montones de cenizas sobre la nieve. Geri y Freki tampoco se quedaban atrás, pintando la nieve de escarlata a su paso.
Giré la espada en mi mano, haciendo que Gullfaxi diera la vuelta y paré un mandobles que me hubiera partido en dos y le di una patada en el pecho, haciéndole tropezar con un compañero. Freki le cogió por la quijada y tiró, desgarrandole la garganta al infeliz.
Había otros montados a caballo, pero ninguno tenía la ventaja de que ese caballo fuera Gukl, así que seguí matando a gigantes antes de que estos se dieran cuenta, hasta que acabé llena de cenizas, con churretones de sudor. La herida de la mejilla me escocía mucho, pero debía evitar pensar en ella. Esto era más importante.
No sabía qué hora era ni cuantos gigantes había matado, pero el sol ya estaba alcanzando su cenit cuando me paré un segundo para ubicarme.
Habrían caído unos cien de los míos, y quedaban quinientos gigantes. En el repunte final, nos estaba llendo mejor que a los espartanos en la Termópilas, así que no me iba a quejar.
¿Cómo sé cosas de los griegos siendo vikinga? Bueno, digamos que tenía una investigación pendiente.
Entonces oí un rugido atronador y vi cómo Grendel partía a un pobre desgraciado por la mitad, dejando que sus tripas colgasenenrre los dos pedazos. Lo había hecho con las manos.
Me bajé de Gullfaxi y silbé en dirección a ese bruto, sin daber muy bien lo que estaba haciendo, por la sangre que me hervía en las venas. E hice lo más estúpido que se había hecho en toda la maldita historia de la humanidad.
-Kom hit, dum hodek kork(ven aquí, estúpido cabeza de alcornoque)- rugí con todas mis fuerzas, haciendo a Freki una seña para que viniera conmigo.
Todos se quedaron estáticos, girando la cabeza hacia nosotros. Grendel tardó exactamente seis segundos en prosecar lo que esa pequeña impertinente rubia le había gritado. Pasados esos seis segundos gritó y avanzó corriendo hacia mí, haciendo temblar el suelo por el peso de su cuerpo y pisando el cadáver que acababa de desmenbrar. Cuando oí el sonidp de los huesos que cedían, no pude evitar una mueca de asco.
Esas cosas siempre son desagradables.
Freki se agachó, y yo esperé a que estuviera a tres palos para moverme, rodando por el suelo a su derecha. Freki fue a la izquierda y le mordió la pantorrilla y tiró, haciéndole caer. Yo me levanté y giré, poniendo todo el peso de mi cuerpo en el golpe que le dio detrás de la rodilla derecha, seccionando los tendones y la arteria femoral.
Bufé cuando el chorro de sangre caliente y apestosa me golpeó la cara, la mejilla escociendome como el demonio.
Grendel rugió de dolor e intentó darse la vuelta para matarnos, pero Freki se le puso encima, tirándolo de boca al suelo y yo levanté mi espada sobre mi cabeza, los brazos doliendome por todo el esfuerzo del día.
La baje, y le corté la cabeza, haciendo una mueca cuando no conseguí despegarla del todo por el grosor del cuello y por la sangre que nuevamente me llegó a la cara.
Entonces, antes de que me diera cuenta, su mano me agarró por el cuello.
Dioses, está cosa tenía resistencia, pensé mientras se levantaba sobre las rodillas, ignorando a Freki que le había abierto las tripas, intentando que me soltase. Me llevó a su cara y cuando me acercó, cogí mi tesoro y le apuñalé el ojo, llegando al poco cerebro que debía tener.
Me soltó, dejándome coger aire mientras veía los puntos negros que nublaban mi visión.
Y lo vi, una visión rápida, como a veces me pasaba. Era Percy, lo supe al instante. Esos ojos verde mar no podían ser de otra persona, y esa sonrisa torcida tan adorable, prometiendo problemas. Jamás había visto a un hombre tan atractivo, sobretodo llevando una camisa naranja desastrada y ese curioso collar de cuentas de barro pintadas.
Suspiré de vuelta a la realidad, apretando la daga en la mano mientras miraba la inscripción que llevaba en griego antiguo.
&%&
Nada me importa. ¿Qué sentido tiene? Sin ella, ninguno.
Pero de todas formas, peleé hasta que me dolió todo el cuerpo, matando a un par de gigantes.
En un momento oí un rugido, y vi a mi hermana. Estaba llena de sangre y ceniza con el pelo teñido de rojo. Alzó la espada y le cortó la cabeza a una bestia enorme.
Bueno, al menos ella estaba bien.
Entonces tropecé con un cadáver rubio y le vi.
-Sønn av en tispe(hijo de put*)- no pude evitar decir.
Axell se giró hacia mi en cámara lenta, y yo me lancé sobre el, con mi hacha en mano.
Por su culpa Elyn había muerto, por culpa de él y del bastardo de su hermano. Habían dejado pasar a los gigantes y nos habían masacrado.
Karee debería de haberlos matado hace mucho.
No se cuanto tiempo pasó hasta que me pusieron una mano en el hombro y me tiraron de espaldas.
-Ya está, Dave- dijo Karee con calma-. Esta muerto.
Señaló con la barbilla la masa de carne sanguiolente y astillas de hueso que antes había sido Axell, dejándome impresionado por lo que había hecho. Porque había sido yo, ¿no?
Me levanté tambalenate y la miré. No pestañeo, cuando levanté la mano, ni intentó esquivar el golpe, sólo dio un paso atrás cuando mi puño aterrizó en su mejilla derecha, reabriendo la herida.
En ningún momento separó sus ojos de los míos. Eran tan intensamente azules...
-Bueno- dijo con algo en su voz que no supe identificar-. Supongo que me lo merecía.
-Te lo mereces- asentí.
Y nos fuimos, con mi brazo pasando por encima de sus hombros, porque no sabía cómo me había hecho un esguince.
Sólo pude maldecir a los dioses por no haber muerto hoy.
La fuerza de una mujer no es sólo acerca de lo mucho que puede manejar antes de llorar, tambien se trata de lo mucho que puede manejar después de romperse.
