NOTAS: No he tenido de revisarlo para corregir fallos, así que hay alguno disculpen. No actualizaré en una semana porque me voy de vacaciones, así que disfruten de este capítulo y gracias por seguir leyéndome. Espero que no sufráis demasiado con este capítulo.
Fueron al lugar donde habían capturado a Lauren. Era un complejo enorme, una auténtica locura construida a espaldas de los faes. Era imposible que la doctora hubiera hecho todo aquello. El trabajo que se debió de invertir allí era de muchos años y ella no pudo haberlo hecho sin que los faes se dieran cuenta. Kenzi y Hale estaba impresionados por aquel lugar y muy intrigados por lo que se hubiera estudiado allí. Sin embargo, estaban más preocupados en hallar algo concluyente para ayudar a Lauren. Por cada minuto que gastaban buscando sin resultados, más inquietos y nerviosos se iban poniendo. De hecho, nada más llegar y observar el panorama les produjo un miedo y desasosiego imposible de calmar. Después de un largo rato, Hale y Kenzi se miraron desolados. Habían gastado casi catorce horas de las veinticuatro que le había dado la Ash y no habían encontrado nada. El complejo entero era pasto de las llamas y lo que no estaba envuelto en fuego era ya ruinas. Registraron lo que pudieron, pero simplemente era una tarea en vano.
—Tiene que haber algo… —dijo Kenzi desesperada.
—Hemos buscado durante horas por los alrededores, hemos tratado de entrar al complejo…
—¡No! —le gritó ella—. No podemos permitir esto, Hale, no podemos darnos por vencidos tan fácilmente, tenemos que hacer algo.
—Ojalá pudiéramos… —suspiró el sireno impotente.
—Lo haré yo si hace falta, la sacaré de ahí —dijo Kenzi dirigiéndose hacia el coche.
—¿Estás loca? —Hale la retuvo agarrándola por un brazo—. No podemos, los faes están al borde de una guerra, los líderes de ambos bandos han perdido su poder, la mayoría de ancianos han huido o se han escondido, los faes más poderosos intentan hacerse con el control. Si sacáramos a Lauren, si nos la llevamos y huimos, podemos provocar un desastre mayor del que está por venir, podríamos provocar que los faes comenzaran una cruzada contra los humanos o algo mucho peor. Mierda —maldijo furioso—. Tiene que haber otra forma de evitar su muerte, tenemos que pensar otra cosa.
—¡No hay otra forma! ¡Se lo prometí! No pienso dejar que la asesinen injustamente —gritó histérica—. La tipa esa cree que matando a Lauren puede ganarse el respeto de los demás faes, es lo que quiere para poder ser Ash. No va a descansar hasta conseguirlo — dijo ella con rabia. Hale suspiró y liberó a Kenzi. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas antes de volver a hablar—: Si Bo estuviera aquí no permitiría que le pasara nada a Lauren, no permitiría esta situación y haría lo que fuera para salvarla.
—Pero resulta que Bo no está, se ha ido o… —El sireno se calló y miró hacia la humana reteniendo el aire, temeroso de su reacción.
—No está muerta, ni Dyson tampoco —le respondió con la voz temblorosa.
Hale quiso decirle muchas cosas, pero nada salió de su boca. Precisamente, echaba demasiado en falta a su compañero, si alguien podía rastrear alguna prueba a favor de Lauren, ese era Dyson. Seguramente, a Bo se le hubiera ocurrido alguna locura para poder liberar a la doctora. ¿Dónde se habían metido ambos?
Kenzi y Hale caminaron bosque adentro durante un rato, tratando de encontrar algún rastro, algún detalle. Casi gastaron una hora cuando llegaron a un pequeño claro. Había algunas huellas de pisadas y el sireno pudo ver, más allá, unas manchas de lo que parecía sangre. Siguió examinando cerca y encontró mucha más sangre y lo que parecían restos orgánicos. Hale tuvo que admitir que se asustó, hasta que reconoció algunas marcas como signos de caza de lobos. Le vino Dyson a la cabeza, quizá luchó contra alguien allí.
—¡Hale! —lo llamó Kenzi desde el otro lado.
Hale corrió hacia ella. La humana había llegado hasta una carretera. Él la miró impaciente por recibir información y ella le señaló al asfalto.
—¿Qué? —dijo sin entender.
—Son huellas de neumático y ahí atrás hay huellas de pasos profundas. Creo que un coche se paró aquí y recogió a alguien —le contestó ella.
Hale examinó el terreno y encontró un trozo de lo que parecía carne, aunque era muy pequeño, no podía estar seguro. Lo que sí había eran algunas diminutas salpicaduras de sangre. El sireno quiso pensar que se trataba del mismo rastro de sangre que había encontrado más atrás.
—Sigamos esta carretera, a ver a donde nos lleva —ordenó Hale.
Ambos fueron a trote ligero por la vía. Esto era lo único que había encontrado desde que habían llegado y merecía atención. Kenzi señaló hacia una curva, Hale lo pudo ver también. Había huellas de un frenazo brusco y las vallas de contención estaban rotas. Los dos llegaron exhaustos hasta el lugar y observaron con cierto temor el fondo del barranco tras la curva.
—¿Eso es un coche? —preguntó Kenzi.
—Voy a bajar —anunció Hale—, espera aquí.
—¿Cómo? —protestó la otra—. Eso es un poco machista, dejando a la pobre damisela atrás.
Hale, que ya estaba empezando a descender por el sendero, se dio la vuelta y la miró, incrédulo. Kenzi tenía los brazos cruzados y fingía molestia.
—No es machismo —se defendió—, ¿por casualidad te has fijado en el tamaño de tus tacones?
—¡Ya estamos! —exclamó ella—. No es mi culpa que este mundo sea injusto y no te permita lucir bien y ser práctica al mismo tiempo.
Ambos rieron casi a la vez, pero no se lo permitieron por mucho tiempo, aunque agradecieron poder hacerlo. Los dos comenzaron a bajar después. Hale tuvo que ayudar a Kenzi un par de veces antes de que cayera de cabeza hasta el fondo.
—Este coche me es familiar —dijo él cuando llegaron abajo.
—¿No es el de Tamsin? —señaló Kenzi.
Intercambiaron miradas confusas mientras se acercaban a él. El vehículo estaba bocabajo, parcialmente aplastado. Todo alrededor estaba lleno de cristales. Hale fue el primero en asomarse para ver su interior.
—Vacío —murmuró confuso.
Kenzi se asomó casi seguidamente a él. No había nadie dentro, ni rastro de que lo hubiera. No existían manchas de sangre, ni alguna prenda rota u objeto personal.
—Bo me dijo que Tamsin la estaba ayudando a rescatar a Dyson —recordó de pronto Kenzi.
—¿Así que ella está perdida también junto a ellos? —preguntó él y ella solo se encogió de hombros, ya que era bastante posible, dadas las circunstancias.
—¿Qué es eso? —dijo de pronto ella señalando a algo entre los asientos del coche.
—Parece un teléfono móvil, pero no puedo alcanzarlo —indicó Hale—, pero ni de broma quepo por aquí.
—Lo intentaré yo.
Kenzi aprovechó su flexibilidad y delgadez para colarse por la ventanilla aplastada. No le costó demasiado alcanzar el aparato y salir de nuevo para mostrárselo a Hale algo decepcionada.
—Está roto, quizá sea solo la pantalla —dijo—. Puedo llamar a mi primo y ver si puede sacar información de él, pero necesitaré más horas.
—Vale —le respondió—, trataré de ganar tiempo con la Morrigan.
—¿La Morrigan? –se rió Kenzi.
—Quiero decir —sonrió él—, la Ash.
De nuevo, rieron, pero muy brevemente, y se dirigieron hacia donde habían dejado el coche con el que habían ido hacia el complejo de Taft. Tenía trabajo qué hacer y no podían perder ni un minuto más.
Tres horas más tarde, Hale llegó a dónde estaba la Ash. Tuvo que rogar bastante para que sus secuaces dejaran que la viera, y pronto se halló otra vez en aquel cuarto. Ella estaba sentada en su silla, leyendo atentamente algunos documentos, con una pose de superioridad que no intimidó a Hale ni lo más mínimo.
—Supongo que no habrás encontrado nada —dijo ella con aire arrogante sin apartar la vista de sus papeles. El sireno se quedó observándola escrupulosamente mientras asentía incrédulo.
—Fuiste tú —la acusó—, tú quemaste el complejo para que no halláramos nada.
—¿Cómo? —exclamó ella mientras se levantaba de la silla y lo miraba—. ¿De qué estás hablando?
—No te hagas la sorprendida, por favor. Todo lo que te importa es ser Ash y si tienes que matar a un inocente mientras tanto, qué más te da.
—¿Cómo te atreves a venir y acusarme de esta manera? Justo después de abandonar a tu gente a su suerte.
—¿Cómo lo llamamos entonces? ¿Casualidad?
—Vienes de nuevo llenándote la boca de palabras vacías sin ningún valor. Si has venido a insultarme más vale que salgas por esa puerta.
—Vengo a traerte una prueba.
—Bien —dijo ella seriamente—, ¿dónde está?
—Necesito un poco de tiempo para traerla.
La Ash comenzó a reír mientras volvía a sentarse en su silla.
—Pensé que lo de los sirenos era cantar y no contar chistes —se burló ella—. Te he dado más de lo que cualquiera pudiera jamás pedir por la vida de un humano traidor —dijo mientras su rostro volvió a ser serio—. Tienes las cinco horas que te faltan y después de eso nada más. Ahora lárgate antes de que mi buen humor termine y cambie de opinión.
Hale quiso abalanzarse sobre su mesa y llenarle su cara de golpes. Tuvo que contenerse muy pacientemente y casi no pudo explicarse cómo salió de allí sin perder el control.
Tan pronto como se cumplieron las cinco horas, la líder de las luces convocó nuevamente a los ancianos y nobles. Todos estaban impacientes y molestos por los últimos acontecimientos. Ella tuvo que disculparse numerosas veces, pero esta vez nada podía interrumpir la ejecución de la doctora. Cuando trajeron a Lauren a la sala, Kenzi y Hale entraron como un torbellino. Por un momento, la Ash temió que realmente hubieran encontrado una prueba, pero su plan había salido tal y como planeó y no pudieron rescatar nada de entre las llamas. Lo supo en cuanto la chica comenzó a proferir insultos y amenazas.
—Sois unos asesinos, ¡es inocente! —gritó—. ¡Estáis cometiendo un error! Bastardos, idiotas…
Hale tuvo que agarrar a Kenzi antes de que saliera disparada hacia donde estaba Lauren.
—Saca a esa chiquilla de este lugar o lo haré yo y no será nada agradable —ordenó furiosa la Ash a Hale.
Kenzi se sacudió entre los brazos de Hale con los ojos inundados en lágrimas. El sireno suspiró mientras la comenzó a arrastrar hacia afuera. La rabia y la impotencia se apoderó de él, pero lo único que se le ocurría hacer era enfrentarse a todos los que estaban allí presentes y eso era una absoluta locura, no duraría ni medio minuto en pie, por no hablar de lo que duraría Kenzi…
—Hale… —le suplicó ella.
—Lo siento, pequeña —dijo mientras sus ojos se humedecieron—. No podemos…
—¡Ni se te ocurra! —le gritó ella sacudiéndose con más fuerza.
Hale suspiró mientras la empujó hacia afuera. Kenzi se resistió todo lo que pudo mientras gritaba el nombre de Lauren. Ésta sentía escalofríos por todo su cuerpo, quiso decirle a Kenzi que no pasaba nada, que ella estaba bien, que sabía que habían hecho todo lo que pudieron por ella, pero el nudo que tenía en la garganta no le permitía apenas respirar.
La Ash puso los ojos en blanco y pidió calma a la sala. Una vez Hale sacó a Kenzi de allí, la líder fae tomó aire impaciente e hizo un gesto para que continuara la ceremonia. Lauren cerró los ojos fuertemente e inclinó su cabeza hacia delante. Sintió un escalofrío cuando el metal de la espada rozó su nuca. Su cuerpo comenzó a temblar violentamente inmediatamente.
Dicen que en los últimos momentos, uno ve su vida entera como una secuencia de imágenes. Quería llorar, pero sorprendentemente, sonreía, porque todo lo que veía era Bo. Tomó aire mientras escuchaba la hoja alzarse hacia arriba buscando impulso. Oyó los latidos de su corazón latir con fuerza. Esperó que fuera rápido, que la muerte no se hiciera de rogar…
La multitud observaba en silencio la escena, ni siquiera se escuchaban pájaros cantar en el exterior. Todo estaba sumido en un silencio imperturbable. Y en medio del gélido ambiente, alguien comenzó a aplaudir. Los nobles y ancianos se miraron los unos a los otros confusos buscando al autor, dudando si se debían unir a él. La Ash, el verdugo y los guardias que rodeaban a Lauren levantaron la vista hacia el grupo de espectadores que se apartaban, dejando paso a la persona que aplaudía.
—Bonito espectáculo, me da pena interrumpirlo justo ahora —cesó en su gesto—, pero esta parodia debe acabar de una maldita vez.
Lauren encontró familiaridad en aquella voz femenina. Cuando levantó la vista, se encontró con una sonrisa arrogante y unos ojos verdes que la miraban con fijeza.
