NOTAS: Voy a ser breve esta vez, solo quiero agradecer vuestra lectura y vuestros comentarios, y espero conocer vuestra opinión al respecto de este capítulo. No sabéis lo importante que es para mí saber vuestra opinión. Disfruten de la lectura.
Su corazón pareció detenerse cuando ella murmuró algo inteligible y sus párpados se movieron, aún cerrados. Lauren se levantó de la silla y se puso de pie lentamente, sintiendo sus ojos pesados por el cansancio y una pequeña jaqueca al mover su cabeza, producto de no haber dormido nada en horas. Bo volvió a murmurar algo mientras cerraba los puños sobre la cama. La doctora se acercó rápidamente y colocó la palma de su mano sobre la frente de la fae.
—No hay fiebre —dijo casi en un susurro.
Bajó su mano hasta la muñeca de Bo, buscando su pulso. En ese momento, la súcubo abrió los ojos y trató de incorporarse. Lauren lo impidió tomándola por los hombros y empujándola hacia abajo. La fae gruñó.
—Bo, soy yo —le dijo la doctora en un tono amigable.
La morena la miró en silencio. Se relajó cuando escuchó su voz, pero no la reconoció todavía, ante ella solo veía una figura borrosa. Bo cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir, pero su visión no enfocaba. Trató de incorporarse de nuevo y Lauren volvió a impedírselo.
—Tranquila, Bo, estás a salvo, pero permanece un rato más tumbada.
Después de unos segundos, la fae asintió con lentitud y Lauren liberó sus hombros, aliviada.
—¿Te duele algo? —le preguntó la rubia.
Bo negó con la cabeza. La súcubo sintió unos dedos viajando por su cuerpo, acomodando su pelo oscuro, dejando caricias mientras comprobaba sus heridas. La fae cerró los ojos de nuevo y su mente fue reconstruyendo poco a poco los últimos acontecimientos que había vivido.
—¿Lauren? —dijo abriendo los ojos de golpe.
—Aquí estoy, Bo —le dijo sonriendo—. Voy quitarte el catéter de la mano.
La doctora sacó con cuidado la aguja de la vena y colocó sobre el lugar un trozo de algodón.
—Aprieta aquí —le indicó a la súcubo mientras agarraba su mano.
Bo obedeció siguiendo los movimientos de la doctora con su mirada. Lauren colocó el catéter y la manguera sobre la mesilla, al lado de la cama. Luego, descolgó la bolsa casi vacía de suero, que había puesto provisionalmente sobre un perchero, y la colocó también sobre la mesa.
—¿Esto es real? —dijo de pronto Bo—. ¿Estás viva?
La rubia giró su rostro hacia la súcubo y se encontró sus ojos oscuros, humedecidos, mirándola fijamente. Su sonrisa se esfumó cuando vio el miedo en la mirada de Bo. Lauren se puso de rodillas junto a la cama donde seguía acostada la súcubo y colocó sus manos sobre el brazo de la morena.
—Bo, estás a salvo —le dijo casi en un susurro.
—En la iglesia… Oh, Lauren, casi te mato —exclamó la súcubo con la voz quebrada.
—Bo, estoy bien. Tú estabas herida y te alimentaste de mí. No pasó nada, tú supiste cuando parar.
Lauren se quedó mirando hacia la fae con una sonrisa sincera que trataba de transmitirle calma, mientras que con las manos dejaba suaves caricias sobre su brazo. La morena se movió bruscamente y se sentó sobre la cama sin que la humana pudiera detenerla.
—Bo, tus heridas —le advirtió.
La fae tomó el rostro de Lauren entre sus manos y todas las palabras que pretendían salir por la boca de la doctora, se agolparon en su garganta. La rubia miró con detenimiento hacia los ojos de la súcubo y se estremeció. Sintió que había pasado una eternidad desde que aquellos ojos oscuros la habían mirado tan de cerca y con tanta intensidad. La súcubo la observaba con seriedad y con la respiración acelerada, admirando su rostro.
—Estaba tan asustada… —dijo después de un rato—. Te vi morir en ese lugar y luego… No sé qué pasó, qué era real.
—Ahora estás aquí y yo también estoy aquí contigo —le respondió a media voz—, y esto es real.
Cuando los pulgares de la fae se movieron formando caricias en sus mejillas, las emociones hicieron que en la garganta de Lauren se formara un nudo. El rastro de calor que dejaban sus dedos sobre su piel, tiraron abajo todas sus defensas, todos sus pensamientos racionales, pero Bo se adelantó a sus deseos y se acercó hasta sus labios, dejando a la humana totalmente paralizada. Cuando la súcubo atrapó su boca con la suya, el mundo que existía fuera de ellas, pareció detenerse por un instante. Después de todo lo que había sucedido entre ellas, de los últimos acontecimientos, Lauren sintió que aquel beso estaba terriblemente mal, pero qué difícil era resistirse a Bo. La fae hacía que todo careciera de importancia, excepto estar con ella.
Fue breve, pero con la intensidad necesaria para que ambas sintieran sus corazones a punto de salir desbocados de sus pechos. Bo apoyó su frente sobre la de Lauren, sin dejar de acunar su rostro entre sus manos. La doctora cerró los ojos sintiendo la cercanía de la súcubo con ella. Su pecho ardía en una batalla de sentimientos que se avivaron con sus caricias y con el sabor de sus labios que aún seguía presente en su boca. La humana volvió a abrir los ojos lentamente y la realidad la golpeó de lleno de nuevo.
—¡Oh, dios mío, Bo! —dijo Lauren alarmada mientras se separaba de la súcubo.
—¿Qué pasa?
Bo siguió con la mirada los ojos de Lauren que bajaron hasta su vientre. La doctora acercó las manos hasta allí y vio su ropa manchada de rojo.
—Está bien, solo es un poco de sangre, ni siquiera me duele —habló Bo tratando de restarle importancia.
—Eres una mentirosa terrible —le dijo torciendo su boca en una sonrisa.
—Pero está bien, quizá me moví demasiado y se me abrió la herida.
—Bo, necesitas curarte —le respondió volviendo la seriedad a su rostro.
—Estoy bien, solo necesito un vendaje y…
—Bo —la regañó.
—Lauren —protestó la súcubo.
—Por favor, estás muy débil.
La morena suspiró dándose por vencida.
—¿De quién? —le dijo retirando la mirada hacia otro lado.
—Tamsin.
Bo volvió su mirada hacia Lauren frunciendo el ceño.
—¿Qué? —preguntó queriendo asegurarse de que había escuchado bien.
—Yo… yo confío en ella y es la única fae en la que ahora podemos confiar.
—No puedo pedirle a ella que haga eso, es mejor que repose y me cure como el resto de las personas.
—Bo, escúchame bien —le dijo pausadamente y con cierto tono de gravedad en su voz—. Con tu aparición en la iglesia, expusiste a los faes a los humanos, Tamsin y yo estamos en una situación comprometida con las Luces y estamos poniendo en riesgo a Kenzi y… —Lauren tomó aire sintiendo una ola de ansiedad azotarla de repente, mientras recordaba todos los problemas que tenían encima—. No tenemos tiempo para esperar a que te recuperes como el resto de las personas.
—Espera un momento, ¿por qué vais a poner a Kenzi en riesgo? ¿Ella está aquí, Kenzi está aquí? —preguntó exaltada, tratando de ponerse en pie.
—No hagas movimientos bruscos, por favor —le respondió Lauren colocando las manos sobre sus rodillas, empujándola hacia la cama mientras le hablaba con suma tranquilidad—. Tenemos muchas cosas que contarte y, sí, ella está aquí, pero la verás cuando te cures.
—Tamsin no va a querer… ya sabes, hacer eso.
—Yo hablaré con ella —le dijo ofreciéndole una mirada llena de seriedad.
Bo dejó salir una bocanada de aire mientras asentía, aunque estaba totalmente en desacuerdo con aquello. Por su parte, Lauren se puso en pie y se dirigió hacia la puerta de la habitación sin vacilar y sin querer dirigirle ninguna mirada a Bo que la convenciera de hacer otra cosa diferente a lo que sentía que tenía que hacer.
Al cabo de quince minutos, Bo observó la puerta de la habitación abrirse de nuevo. Esta vez, fue Tamsin la que entró con cierta inseguridad y sin mirar directamente a la súcubo.
—Bueno, la Bella Durmiente se ha despertado —fue lo que dijo cuando cerró la puerta y por fin se atrevió a mirarla vagamente.
Bo le respondió con una mueca que pretendía ser una sonrisa amistosa, pero no le salió nada parecido a eso. Tamsin caminó hacia ella mirando hacia todas partes menos hacia Bo, suspirando y moviendo los brazos de un lado a otro; su incomodidad era evidente para la súcubo.
—No hago esto con gusto —le dijo Bo.
La valquiria se detuvo a una distancia prudente y la miró con indiferencia.
—No voy a hacer todo el trabajo yo —le habló molesta—, así que mueve tu culo súcubo hasta aquí y terminemos cuanto antes con esto.
—Tomaré solo chi —dijo Bo secamente.
—¿Tengo pinta de camarera? Toma lo que necesites y deja de dar vueltas —le respondió tornando los ojos en blancos—. Debes de ser el primer súcubo en la historia al que hay que rogarle para que se alimente.
La morena se levantó con esfuerzo de la cama y se dirigió hacia Tamsin agarrando su costado con una mano, caminando algo encorvada por el dolor. La valquiria comprobó que Lauren no exageraba cuando le dijo que Bo necesitaba curarse.
—Espera —le dijo Tamsin acercándose a ella para sujetarla.
Bo agarró las manos de la valquiria para mantener el equilibrio e inspiró aire indecisa. Después de unos minutos sumergidas en un incómodo silencio, la súcubo se atrevió a tomar el rostro de la rubia entre sus manos para acercarla más a ella. Bo la miró directamente a los ojos, pero Tamsin tenía la vista hacia el suelo, esquivando su mirada.
—Estás sangrando —murmuró la rubia—. Deberíamos dejarnos de preámbulos. Cúrate de una vez.
La morena se acercó a los labios de Tamsin, y apenas los rozó, comenzó a succionar su chi. Los ojos de Bo se volvieron azules casi instantáneamente. Sus manos tomaron el rostro de la valquiria con más fuerza. Cerró los ojos, dejándose inundar por un poder y una euforia excitante que la envolvían en un remolino de furia y placer. Empujó a Tamsin a la pared más cercana. La valquiria se quejó cuando su espalda golpeó la superficie, pero Bo la ignoró completamente perdiendo sus manos en su cuerpo. La súcubo bajó por sus labios, mordiendo la barbilla de la rubia, besando la columna de su garganta mientras escucha su murmullo excitado como respuesta a sus gestos.
Tamsin recordó por qué odiaba a los súcubos y la forma en la que hacían que perdieras el control embargado en un empuje de deseo y desespero que solo era sosegado por sus manos, por sus besos, por su roce… Pero no estaba allí para alimentar a Bo.
De pronto, la temperatura de la habitación cayó unos cinco grados. Bo sintió escalofríos por su piel como consecuencia de la sensación térmica y se separó bruscamente de la valquiria.
—¿Tamsin? —dijo tratando que su respiración acelerada no ahogara sus palabras.
En el rostro de la rubia se dibujó media sonrisa y sus ojos comenzaron a oscurecerse mientras se elevaban hasta los de Bo.
—¿No lo sientes? —dijo la valquiria casi en un susurro.
—¿Qué diablos haces? —inquirió la súcubo con cierta confusión.
—Lo sentí desde la primera vez que te alimentaste de mí, cuando fuimos a salvar a Kenzi de la kitsune.
—¿De qué hablas?
—Y en el complejo del doctor Taft… No me digas que no lo sentiste, que no lo sientes ahora.
—¿Te golpeé la cabeza sin querer? —preguntó Bo insegura.
—Tus ojos son azules y marrones al mismo tiempo, tú eres ella, su hija y tienes su poder. Por eso te sentí y te siento dentro de mí como si fueras Él.
—Tamsin, ¿estás bien? ¿De qué narices estás hablando?
—Lo intuía, en mi corazón, intuía lo que pasaba.
—Vale, ¿tomé demasiado chi de ti? ¿Es eso?
—Cuando te clavaste la lanza de Gungnir en Helheim, tú pudiste resucitar y volver. Eso solo puede hacerlo Él, pero tú lo hiciste también porque tienes sus poderes.
Bo la miró con intriga. Desde la primera vez que probó el chi de la valquiria sintió algo diferente, pero no estaba segura de si era algo de lo que estaba hablando ahora. Sintió la necesidad de tener precaución hacia la rubia, de mantener una distancia entre ellas.
Tamsin ladeó su cabeza y comenzó a desabrochar su camisa lentamente. Bo observó atónita cómo en su piel se iban dibujando símbolos dorados.
—Tamsin, en serio, ¿qué diablos estás haciendo?
La camisa de la rubia se deslizó por sus brazos y cayó al suelo. Los símbolos por su piel se volvieron más brillantes y sus ojos más oscuros. La valquiria se acercó a ella con una rapidez sobrenatural que tomó a Bo por sorpresa. Las manos de la rubia se agarraron con fuerza a las caderas de la súcubo, empujando su cuerpo contra ella, obligando a que se tocaran.
—Tú necesitas curarte y yo necesito hacer algo más —dijo acercándose frenéticamente a su rostro.
—¡Detente! —le gritó Bo empujando sus hombros.
—Realmente eres más difícil de llevar a la cama que Lauren —maldijo la rubia perdiendo la paciencia por la resistencia que le ofrecía Bo.
—¿Qué? —dijo agarrando con más fuerza los hombros de la valquiria.
—Oh, tu doctora no te habló de eso… Vaya boca la mía —exclamó entre risas—. No te preocupes por eso, nos lo pasamos muy bien. Lauren sabe cómo hacer sentir el placer extremo a una mujer.
Bo echó la cabeza hacia atrás y luego la movió con energía hacia delante, golpeando el rostro de la valquiria. La rubia retrocedió separándose de la súcubo, llevándose la mano a la nariz y luego viendo sus dedos manchados de sangre.
—Eso está mejor, súcubo —le dijo con la voz más ronca de lo normal.
—Tú…
Un dolor agudo interrumpió sus palabras, Bo se inclinó hacia un lado, con una mueca en su rostro mientras se llevaba la mano a su vientre, su herida volvía a sangrar.
—Necesitas curarte, chica —dijo Tamsin permaneciendo inmóvil en el mismo sitio.
Bo le devolvió una mirada enfurecida y ella le respondió con una sonrisa arrogante. La nariz de la valquiria estaba probablemente rota y comenzaba a salir de ella un chorro de sangre que bajaba por su cara, su cuello y se perdía entre su escote. Bo sintió a su súcubo interno vibrar, hambriento; y Tamsin lo sabía, por eso desabrochó su sujetador y lo dejó caer al suelo sin apartar sus ojos de Bo.
La valquiria deslizó sus manos desde su nariz, bajando por su cuello lentamente, mojando sus dedos en su sangre, mientras caminaba de nuevo hacia Bo, mordiendo su labio inferior sensualmente. La rubia levantó la camisa de la súcubo con cuidado, cuando estuvo cerca, y fijó sus ojos negros en los centelleantes ojos azules de la morena, mientras ésta se incorporaba de nuevo y la miraba con atención.
—Tengo que intentarlo —dijo quitando el apósito de su vientre y metiendo sus dedos ensangrentados en la herida de la súcubo.
Bo no pudo gritar, apenas su boca se abrió, Tamsin la selló con la suya, y todo lo que pudo hacer fue tomar su chi para calmar el dolor.
