NOTAS: Lamento mucho el retraso para actualizar, me han surgido muchas cosas y estoy a tope con las clases. Agradezco que me sigan leyendo y aportando sus opiniones, son muy importantes para mí. Les dejo el nuevo capítulo y espero poder actualizar pronto (y que os guste el capítulo).


Bo suspiró aburrida por la conversación que mantenían Trick y Hale. Tomó otro sorbo de su cerveza observando a su abuelo caminar por detrás de la barra del Dal, que se encontraba vacío a aquellas horas del día, mientras se rascaba la barbilla y escuchaba lo que decía el sireno. ¿Cómo pretendían que pusiera atención después de saber que su amiga, de alguna forma que no podía ni llegar a imaginar, se había convertido en fae? Luego, para tratar de calmarla, estaba la Morrigan, presunta madre de Lauren, el silencio de la Ash después de acusar a Kenzi de haber atentado contra su vida, Dyson, su padre… Bo tomó otro largo trago de cerveza. Iba a necesitar algo más fuerte que una cerveza…

—¡No puedo más! —dijo de pronto—. No puedo estar aquí asintiendo como una idiota sin hacer nada. Me voy a ver a Kenzi.

—Está con Lauren, ella está bien —trató de calmarla Hale.

—Bo, esto es importante, tenemos que concretar los detalles para que te infiltres en esa fiesta y averigües todo lo que puedas sobre el grupo Dögun —añadió rápidamente Trick—. Recuerda que cuando la Ash quiera puede culpar a Kenzi del atentado y no sabemos si podremos defenderla. Así que tenemos que saber si esos anarquistas faes están detrás de eso o si están tramando algo más.

—También tenemos buscar la forma de traer a Dyson de vuelta y miles de cosas más —protestó Bo—. ¡Ya lo sé!

—Lo cierto —dijo Trick seriamente—, es que la única forma de traer a Dyson es abriendo el portal hacia el plano donde se encuentra tu padre, utilizando mi sangre. No sabemos si podríamos cerrarlo antes de que tuviera tiempo de volver y las consecuencias de si lo consigue…

—¡Basta! —gritó Bo—. No tengo la cabeza para seguir escuchando más problemas. Voy al laboratorio a ver a Kenzi y se acabó —dijo poniéndose de pie—. Llamadme cuando acabéis de concretar los detalles de la misión.

Con estas palabras, la súcubo salió con paso enérgico por la puerta del Dal, sin que ni Trick, ni Hale, pudieran objetar nada. Caminó por la calle, refunfuñando entre dientes para sí misma, hasta que llegó a donde había dejado estacionado su camaro amarillo. Allí, se encontró a una mujer de pelo anaranjado apoyada sobre la puerta de su coche, absorta en su teléfono móvil, tecleando incesantemente en él.

—Disculpa —le dijo Bo molesta, tratando de llamar su atención para que se apartara de allí—. Ese es mi coche.

La mujer levantó su rostro y unos ojos azules se fijaron en la súcubo. El fleco de color anaranjado de la mujer, cayó con gracia sobre su cara hacia un lado, dejando ver su piel blanca manchada por algunas pecas.

—¿Este es tu coche? —preguntó la mujer incorporándose y alejándose unos pasos del vehículo.

—Sí, es mi coche —le dijo la súcubo frunciendo el ceño, bastante molesta—. ¿Tienes algo que decir de él?

—No del coche, precisamente —le respondió mordiéndose el labio y sonriendo.

Hasta que se dio cuenta de que la atractiva mujer de pelo naranja estaba coqueteando con ella, no se percató de que hacía mucho tiempo que no se había alimentado completamente. Bo suspiró dándose cuenta de que estaba de mal humor por eso. La historia volvía a repetirse.

—Lo siento —se disculpó la súcubo—. Tengo un mal día y estoy siendo una completa idiota.

—Lo veo —respondió la otra—. Para ser súcubo, no tienes buen aspecto…

—¿Cómo sabes…?

—La tía buena del camaro amarillo —se anticipó la mujer de pelo naranja con una sonrisa—. Eres un poco famosa, ya sabes, por lo de no ser alineada y esas cosas. —Bo le devolvió la sonrisa mientras buscaba las llaves de su coche entre su escote—. No te preocupes, seguro que tú sabes cómo disculparte por ser una idiota conmigo —siguió hablando la otra—. Suelo frecuentar el Dal los viernes por la noche, quizá nos encontremos un día —concluyó dándose la vuelta y alejándose seguidamente, sin darle tiempo a Bo para responder.

La súcubo por fin logró sacar las llaves de su coche y trató de abrir la puerta con ellas, sin apartar la mirada de la figura de la misteriosa y atractiva mujer, que se contorneaba cada vez más lejos. Sacudió la cabeza tratando de concentrarse en lo que estaba haciendo y maldijo en voz baja aquella hambre insaciable.

Bo se subió a su camaro y cerró la puerta de golpe. Apoyó los codos sobre el volante y enterró su rostro entre sus manos. ¿Por qué ahora que su relación con Lauren era todo lo perfecta y normal que había deseado, sentía esa maldita necesidad de alimentarse? ¿Cómo le iba a explicar a Lauren que tenía que acostarse con otra persona además de ella?

—Añadamos una mierda más al montón —bufó harta de que todo se complicara cada vez más.

Después de un rato, se irguió y dirigió los ojos hacia el espejo del coche. Se quedó inmóvil observando unos flashes azules iluminar sus iris brevemente. Tenía que ver a Kenzi, nada más que eso, no debía de pensar en nada más por el momento. Sacudió su cabeza ignorando lo que su súcubo necesitaba.

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El silencio se apoderó del Dal mientras Trick pasaba un paño sobre la jarra, de la que hacía unos minutos había estado bebiendo su nieta.

—Entonces, ¿qué hacemos con esa fiesta? —preguntó Hale, cansado del silencio y de la tensión que había dejado Bo en el ambiente antes de irse.

—Le dirás a Lauren que vaya con Bo y Kenzi, o busca a otra persona de confianza, porque tú tienes que hacer otra cosa. —Trick le dirigió una mirada fría acompañada con un semblante serio—. Necesito que busques a alguien.

—¿Y quién puede ser tan importante como para que no participe en la misión que podría demostrar la inocencia de Kenzi? —dijo el sireno apoyando los codos sobre la madera de la barra y observando al sabio de sangre fijamente.

—Lou Ann —respondió el tabernero con parsimonia.

—¿Qué? —rió Hale—. ¿Sabes que fue ejecutada, verdad?

—Yo estaba allí —le espetó Trick—, y fui yo quien la salvó de morir. Es una larga historia.

—¿Y por qué ibas a hacer semejante locura? —habló Hale atónito.

—Porque necesitaba información de ella y tenía que asegurarme de que nadie nos escuchara y de que ella pudiera hablar libremente. Le ofrecí protección y escondite, pero he perdido su rastro desde hace tiempo. Todo lo que está ocurriendo últimamente en nuestro mundo me preocupa y me urge encontrarla.

—Bo casi pierde la vida tratando de salvar a esta mujer, ¿ella sabe que está viva?

—No —dijo tajantemente Trick—, y no debe saberlo. Lou Ann fue usada como ejemplo para los faes, por elegir a los humanos por encima de los de su propio clan, y fue condenada de acuerdo tanto por las luces como las sombras. Todo el mundo debe de seguir pensando que está muerta, así que sabes que eso significa que debes ser extremadamente discreto. —Trick dejó la jarra sobre la madera y se inclinó sobre la barra para acercarse más al sireno—. Estoy depositando una extrema confianza en ti —añadió en voz baja.

Hale asintió entendiendo sus palabras y pensando en si todos estos secretos y tareas de las que le hablaba Trick era el trabajo de Dyson. ¿Eso significaba que el sabio de sangre estaba dando a su amigo por irrecuperable? ¿No pensaba hacer nada por tratar de traerlo de vuelta? El sireno observó detenidamente las facciones serias en el rostro del tabernero y se dio cuenta de lo poco que sabía de ese hombre.

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Volvió a golpear la puerta, sosteniendo con su otra mano el costado dolorido. Se había golpeado al huir de unos hombres que creyó lacayos de la Morrigan y era posible que tuviera alguna costilla rota. Se apoyó sobre la pared y trató de respirar con ritmos marcados y tomando mucho aire, el dolor no le permitía hacerlo con normalidad. Después de un rato, volvió a golpear la puerta con insistencia. Miraba de reojo de vez en cuando a su alrededor, temerosa de que en cualquier momento alguien apareciera para devolverla a la prisión a la que la había sometido, estos días interminables, la líder de las Sombras. Aife no podía explicar si había sido demasiada suerte que pudiera escapar de allí.

La estrecha, maloliente y mal iluminada callejuela, estaba desierta y lo único que alcanzaba a escuchar era al sonido de la ciudad a pleno día.

Antes de que le diera tiempo de volver a golpearla, la puerta se abrió lentamente y unos ojos asustados se abrieron de par en par al reconocer a la súcubo malherida.

─¡Estás viva! ─exclamó la mujer al otro lado del umbral de la puerta.

Aife levantó la mirada, reconociendo la voz que le hablaba, aún sin creer quien lo hacía. Después de tantos años, era la primera vez que la veía en persona y escuchaba su voz.

─Eso debería de decirlo yo ─le respondió tratando de esbozar una sonrisa, apenas con una voz audible, apagada por el dolor─. No puedo creer que estés viva…

─Ven –dijo con apremio la otra mujer─. Entra antes de que te vea alguien.

Aife la usó como apoyo para poder entrar en la estancia, y la mujer la ayudó a tumbarse en una cama deshecha al fondo de un pasillo.

—Nadie te ha seguido, ¿verdad? —preguntó.

—Nadie me ha seguido, Lou —dijo casi en un susurro acostándose con cuidado sobre la cama.

—¡Dios, tengo tantas cosas que preguntarte que no sé por dónde empezar! —exclamó nerviosa la otra mujer mientras sujetaba su mano.

—Lo sé —dijo la súcubo mirando hacia el techo—. Cuando los de ese grupo supieron quien era, me dijeron donde podría encontrarte.

—La gente de Dögun nos protegió durante la guerra y después de ella —dijo suavemente Lou Ann—. Pudieron masacrar a sus gentes, asustar al resto, pero en sus corazones y en lo más profundo de sus vidas, sus ideas y costumbres nunca murieron. Yo solo les di el empujón para volver a unirlos ahora que el sistema fae cada día es más débil.

—Y yo me alegro de volverlos a encontrar —le respondió Aife en voz baja—. Después de que el loco humano ese me secuestrara, huí lejos. Para volver, tuve que esconder mi identidad junto con otra súcubo y un íncubo. En realidad, sospecho que ella no era una súcubo, pero eso no me importaba demasiado. Creo que a los dos los mataron apenas llegamos aquí, por eso, no estamos a salvo aquí.

—Los nobles están muy involucrados con Dögun, por ahora estamos seguras. Ellos están preocupados por sus inversiones y su diversión, no temas por eso ahora. Debes curarte —acabó de decir Lou con un mirada llena de preocupación.

─Vi tu ejecución —dijo de pronto la súcubo—, bueno, al menos el principio, no pude ver más.

─Fue tu padre quien me salvó —confesó la otra mujer.

─No lo llames así.

─Lo siento.

─No importa ─Aife suspiró desviando la mirada hacia otra parte, tratando de vencer al cúmulo de emociones que sentía cada vez que pensaba en ese hombre─. ¿Por qué él querría salvarte, con qué fin?

—Él quería saber qué relación tenía contigo y con tu hija, y todo lo que supiera sobre lo que te pasó con… —Lou dejó de hablar, temerosa de que al nombrar al Rey Oscuro, produjera dolor innecesario al recordarle cosas que ya era mejor mantener enterradas.

─¡Él y sus malditas intrigas! —bufó furiosa la súcubo.

─Aife ─habló a media voz mientras se acercaba hacia ella para tranquilizarla─. Ha pasado mucho tiempo, necesitas vivir tu vida.

─¿Qué vida? Yo jamás he tenido una vida y lo único que me ha mantenido viva es mi odio hacia él. No tengo más nada por lo que mereciera seguir viviendo. —Aife miró fijamente a su amiga con el semblante muy serio—. Tú, de todas las personas, deberías entenderlo.

─La venganza no cura nada, eso puedo asegurártelo —le habló llevándose la mano en el pecho, sintiendo ansiedad al recordar cómo le había quitado la vida a Vex días atrás.

—Pero hará justicia. ¿No sientes que ese mesmer ha pagado por la muerte de tus hijos?

—Fue el ejecutor, pero no el que lo orquestó. No he terminado aún. —Lou dejó salir una risa nerviosa—. Aún sueño con ellos… con sus pequeños rostros cubiertos de sangre…

—No te tortures más —la calló Aife acariciando su mano para darle consuelo.

—¿Vas a matar a Fitzpatrick? —preguntó Lou tratando de cambiar de tema de conversión y luchando contra las lágrimas que trataban de salir de sus ojos.

─No, primero tengo algo muy importante que hacer. Debo encontrar a mi hija y advertirle sobre su padre. Después… No puedo asegurarte lo que pasará después.

—Conocí a tu hija —afirmó Lou mientras Aife la miraba con sorpresa—. Ella trató de salvarme, pero no dejé que condenara su vida por mí. Tú hiciste bien alejándola de su padre, de los faes… Ella creció con un corazón bondadoso y fuerte, no tiene miedo y…

—Y aún así es su hija… —la interrumpió Aife—. Lo intento, pero no puedo pensar de otra manera cuando pienso en ella —dijo a media voz bajando la mirada hacia el suelo—. No puedo dejar de verlo en ella.

—Hablaremos más tarde —habló después de un rato la otra mujer, tras un largo suspiro—. Voy a buscar a alguien de quien te puedas alimentar.

Aife no le respondió, simplemente cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre la almohada, escuchando los pasos de Lou Ann alejándose de allí. Luego, respiró hondamente y miró hacia el techo. Después de que Bo la salvara del complejo de Taft, incluso si había intentado matarla y con todo lo que había pasado entre ellas, sentía que debía de terminar con todos los secretos que había en su familia. Si Trick no había podido acabar con aquel bastardo que la mantuvo siglos prisionera, puede que Bo sí fuera capaz, puede que ella sí tuviera el poder necesario. Al fin y al cabo, ella era su hija y compartía el legado de las más poderosas razas faes. Y sí se equivocaba en eso, él volvería de nuevo y sometería, no solo a los faes, sino al resto de criaturas vivientes bajo su reinado, y no habría nadie capaz de detenerlo. Así que Bo tenía que saber la respuesta a aquella pregunta que no fue capaz de responder la primera vez que se la hizo, la respuesta que revelaba la identidad de su padre.

Aife volvió a cerrar los ojos tratando de sobreponerse al dolor de su cuerpo, apartando los tormentosos recuerdos de su cautiverio y con la única certeza en su corazón de que Trick iba a morir pronto.

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—Abre la boca más —le dijo Lauren.

—¿Otra vez? —se quejó Kenzi.

—Sí, otra vez —repitió.

La gótica murmuró algo y abrió la boca todo lo que pudo. La doctora tomó su barbilla con cuidado para poder observar el interior de la cavidad. Kenzi balanceó los pies y empezó a dar golpecitos con las manos sobre la camilla mientras la mujer rubia la examinaba.

—Kenzi… —se quejó Lauren.

—Ya no la puedo abrir más —le dijo de malagana con la boca totalmente abierta.

—Estate quieta, me estás poniendo nerviosa —le regañó mientras observaba las amígdalas de la boca de la otra mujer. De fondo se escuchó la risa de Tamsin, que estaba al otro lado de las cortinas, leyendo, supuestamente, unos informes que Lauren le había preparado.

—Ya está —dijo la doctora dándose la vuelta para coger la tableta que dejó sobre la mesa del laboratorio y tomar unas anotaciones.

—Dónde habrá quedado la intimidad de los pacientes —se quejó Kenzi llevándose las manos a sus brazos desnudos.

—La cortina no me deja ver, lamentablemente —dijo Tamsin desde el otro lado.

—Pervertida —murmuró Kenzi.

Lauren dio unos pasos y levantó los ojos de su aparato para ver a Tamsin, que quedó a su vista desde la posición en la que estaba. La valquiria tenía una sonrisa en su boca mientras leía los papeles que le había dado sobre las pruebas de ADN que le había pedido el otro día. La humana luego dirigió los ojos hacia Kenzi, que estaba jugando con las dobleces de la sábana que cubría la camilla donde estaba sentada. Lauren sintió una extraña inquietud dentro de ella al observarlas a las dos, pero no estaba segura qué podía ser, así que la ignoró.

—¿Puedo ponerme la camisa ya? —preguntó la gótica.

—En un momento, primero tomaré una muestra de sangre —le respondió dejando de nuevo la tableta sobre la mesa y acercándose hacia donde estaba la otra mujer.

—No —dijo tajante Kenzi, dando un brinco de la camilla al suelo—. Nadie me dijo que iba a haber agujas de por medio.

—Será solo un pequeño pinchazo, ni te vas a enterar.

—¡No! —gritó de forma infantil mientras se echó a correr por el laboratorio, sin recordar que Tamsin estaba al otro lado, y frenándose en seco cuando atravesó las cortinas y estuvo delante de ella.

La valquiria levantó los ojos de los papeles y se encontró a la mujer morena enfrente, mirándola con un extraño gesto en su cara. La fae lanzó una sonrisa socarrona cuando descubrió su torso semidesnudo, únicamente cubierto por un bonito sujetador negro de encajes. De forma inoportuna, le vino a su mente el encuentro en el gimnasio y sintió su pecho estremecerse. Decidió girar sobre sus talones para darle la espalda a Kenzi. Tenía que dar por concluida aquella situación frustrada, simplemente olvidarla. Al principio, le había parecido divertido molestar a Kenzi con algún coqueteo, pero no se imaginaba que ella estuviera interesada en seguirle el juego. Hasta donde ella sabía, creía que Hale y ella se profesaban amor eterno, no obstante, aquel beso puede que significara otra cosa. Sin embargo, podía sentir el recelo y la incomodidad de la gótica después de aquello, lo que le hacía pensar que quizá para ella fue solo una forma de alimentar su curiosidad y no deseaba nada más. Tamsin suspiró tratando de volver su atención a la lectura que Kenzi había interrumpido, no tenía tiempo para hacer caso a los juegos infantiles de nadie.

—No te va a doler —escuchó hablar a Lauren que se acercó hasta ellas.

La gótica se cubrió el torso con las manos y dio media vuelta para mirar a la doctora, tratando de darle pena con la mirada.

—Es realmente necesario usar agujas —dijo con tono agudo.

—Necesito hacerte unos estudios preliminares —insistió Lauren.

—Pero estoy bien, solo fue un estúpido mareo, seguramente —lloró con fastidio.

—Perdiste el conocimiento, no fue un mareo, y tu cuerpo está sufriendo cambios por tu nueva condición. Necesito saber qué te está pasando. No sé qué te hizo Massimo y quiero asegurarme de que estás bien.

El escuchar el nombre del Druida, provocó un pequeño tirón desde la boca de su estómago y Tamsin se dio la vuelta para dirigir su vista alarmada hasta las dos mujeres que seguían hablando.

—¿Massimo? —dijo la valquiria—. ¿Fue Massimo quién hizo esto? —repitió incrédula—. Por supuesto, quién si no… —murmuró frunciendo el ceño.

—No hace falta que lo digas —añadió Kenzi sin darse la vuelta para mirarla—. Es mi broche final en la sarta de estupideces que he hecho y voy a batir el récord mundial si no lo he superado ya —concluyó dejando salir un largo suspiro de pesar.

—Estabas sola y desesperada, hiciste lo mejor que creíste —le dijo Lauren tratando de que no se sintiera culpable.

—Si eso es lo mejor, no quiero saber qué es lo peor —le respondió Kenzi dándose un golpe sobre la frente—. ¡Cómo pude siquiera escuchar lo que me decía!

—¿No sabes qué te hizo Massimo? ¿No recuerdas lo que ocurrió? —preguntó Tamsin dejando los papeles que tenía sobre un mostrador cercano y acercándose al lado de la morena.

—Él… —Kenzi tragó saliva comenzando a sentirse nerviosa—. Solo recuerdo que me recostó sobre un sillón y me dio una especie de droga… —Se rascó nerviosa un brazo mientras hablaba, sintiéndose incómoda por revelarles todo aquello.

—Si me dejas, podremos saber qué hizo —la cortó Lauren, tratando de suavizar la tensión de la situación con una sonrisa—. Volvamos a la camilla, ¿de acuerdo?

Kenzi desvió la mirada hacia el suelo y se quedó pensativa durante unos segundos. Suspiró y miró de reojo hacia Tamsin, que no apartaba los ojos de ella. Se sentía muy incómoda con la valquiria cerca, sentimiento que crecía cuando sentía la piel de su torso al descubierto.

—Vamos —dijo después de un rato, agarrando el brazo de Lauren mientras caminaban hacia la zona que cubrían las cortinas.

Kenzi se sentó de nuevo en la camilla y la doctora se sentó a su lado y le habló en voz baja:

—¿Quieres que le diga a Tamsin que nos deje a solas?

—¿A solas? —dijo elevando las cejas y mirando a la doctora con una mirada maliciosa—. ¿Estás planeando hacerme cochinadas? —bromeó Kenzi.

—Sí —respondió seriamente.

—¡Lauren! —exclamó empujando el hombro de la humana—. ¡Estaba bromeando! Ahora entiendo por qué tú y Bo hacéis tan buena pareja… —añadió entre risas. Lauren sonreía divertida por su reacción, pero su sonrisa se había congelado al escuchar las últimas palabras que había dicho Kenzi.

—¿Lo somos? —preguntó casi como un acto reflejo, con cierta inseguridad en el tono de su voz.

—¿Unas pervertidas? —dijo la morena—. Sí, lo sois —volvió a bromear y sonrió satisfecha al escuchar la risa de Lauren—. Veo que Bo te quiere y tú a ella —añadió en un tono más serio—, así que más os vale hacer que funcione.

La humana curvó sus labios en una sonrisa y tomó la mano de Kenzi en silencio. De pronto, en su pecho había demasiadas emociones, la mayoría miedos. Lauren tenía miedo del hecho de que Bo era una súcubo y de que ella no pudiera soportar que su novia tenía unas necesidades que no podía ignorar por el bien de su salud.

Al otro lado de la cortina, Tamsin tomó los papeles de nuevo y se dispuso a salir de allí. De todas formas, con el alboroto que estaba formando Kenzi, no podía concentrarse. Luego, estaba Lauren y sus continuos miedos, dudas y otras cosas que Tamsin no soportaba sentir cada vez que los sentimientos de la doctora eran revividos en su cuerpo.

La valquiria caminó por los pasillos del complejo de las Sombras hasta encontrar la salida. Agarró los informes de Lauren y los pegó a su pecho mientras caminaba por la calle. Unas pocas nubes manchaban el cielo azul. El sol brillaba con fuerza, pero una ligera brisa perturbaba la calidez del día. Tamsin torció en la primera esquina mientras pensaba en el trabajo que aún le quedaba por hacer. Vislumbró su coche al final de la calle y suspiró pensando en lo ideal que sería que estuviera Dyson para que hiciera su trabajo. Ella se estremeció recordándolo, aunque más le perturbó por pensar en el lugar en el que él estaba y el hecho de que no sabía cuál había sido su suerte.

Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando apenas unos metros la separaban de su vehículo, y seguidamente, lo vio, posado sobre una rama del árbol que daba sombra a su coche, un cuervo de plumaje negro observándola fijamente a través de sus ojos oscuros. Tamsin tragó saliva y le devolvió una mirada amenazante. El animal movió la cabeza hacia un lado sin apartar la vista de ella, y sin esperarlo, extendió las alas y graznó fuertemente mientras se alzó en vuelo sobre la cabeza de la valquiria. La fae se agachó instintivamente, pero el ave se alejó de ella y, tan misteriosamente como apareció, se esfumó.

La detective se puso en pie y observó a su alrededor. Había algo diferente en el ambiente. Sus sentidos querían alertarla de algo que ella no era capaz de ver. Una quietud se hizo a su alrededor. No se escuchaba ningún sonido, la brisa desapareció e incluso el cielo pareció ensombrecerse. «Es solo un estúpido pájaro, estoy empezando a imaginar cosas», se dijo a sí misma, tirando de la manilla para abrir la puerta de su coche. Se arrojó en el interior y dejó los informes que traía sobre el asiento contiguo al que estaba sentada. Cuando cerró la puerta, un frío sacudió su cuerpo y sus ojos verdes nerviosos se fijaron sobre la pintura que alguien había hecho sobre la luna delantera de su coche.

Tamsin se quedó en silencio durante cerca casi de un minuto, sin poder apartar la mirada del dibujo que se mostraba ante ella: tres triángulos entrelazados entre sí. Un silencio sordo se instauró en sus oídos, solo perturbado por el latido de su corazón, que era cada vez más fuerte. Cerró los ojos, pero cuando los volvió a abrir, la figura seguía en su cristal. Habían pasado siglos, muchos cientos de años, desde la última vez que sus ojos vieron el Nudo de la Muerte. Ella sabía lo que significaba, conocía a la perfección lo que sucedería después, y su cuerpo se llenó de terror. Sin que pudiera evitarlo, su mente se llenó de recuerdos vívidos del pasado, que volvieron como una advertencia.

Su vista nublada por la sangre, apenas la dejaba distinguir su figura cuando el hombre se inclinó sobre ella. Su cuerpo agonizante en dolor, era sostenido en el aire por unas cadenas sujetas a sus brazos. Sus rodillas doloridas, caían en el suelo de tierra. Ella sintió las manos de él sujetar su pelo rubio con fuerza y tirar de él hacia atrás, para poder levantar su rostro y que sus ojos pudieran ver su cara.

—Respóndeme, ahora, Brynhild, ¿merecía la pena vuestra traición? —Su voz grave e intimidante golpeó sus oídos, y aunque quisiera contestarle, no pudo—. Tenías un reino próspero, un ejército leal, un rey dispuesto a concederte el matrimonio… Y decides traicionarlo y favorecer a nuestro rival. Fue lo único que te pedí y tú decidiste defraudarme. Te advertí y, aún así, me diste la espalda. No digas que esto es injusto porque te lo buscaste.

Ella pudo enfocar un poco su vista y observó la mirada de deseo sobre ella del guerrero que los acompañaba, incluso si su cuerpo desnudo estaba herido, sucio y cubierto de sangre.

—No puedes amar, tú lealtad es conmigo —volvió a hablarle—. Ahora lo habrás comprendido y lo recodarás siempre porque llevarás tus manos manchadas con la sangre de tu amado para toda la eternidad.

Ella lo escuchó reír y su estómago se revolvió lleno de náuseas. Su cuerpo tembló lleno de ira, pero era incapaz de hacer nada. Cuando él soltó su pelo, su cabeza cayó hacia delante y un quejido de dolor se escapó de entre sus labios. Entonces, sintió el calor del hierro en rojo vivo sobre la piel de su muslo derecho. Ella gritó, aunque no supo de dónde sacó las fuerzas para hacerlo.

—Nunca ignores el Valknut cuando se te presenta —dijo con su tono intimidatorio habitual.

El hierro se despegó de su piel y pudo ver grabado en ella, en trazos rojos encarnecidos, tres triángulos entrelazados. Ese era su símbolo. Él quería que ella supiera que todo lo que le estaba pasando era su castigo por su desobediencia.

—Haced con ella lo que queráis —dijo a su soldado—. Solo deseo que os cercioréis de que pronto pueda encontrarla de nuevo en el Valhalla. Así que, lo que sea que le hagáis, que termine con su muerte.

Tamsin temblaba y su piel estaba cubierta de una fina capa de sudor frío. Sus manos se aferraban con fuerza sobre el volante de su coche. Sacudió su cabeza tratando de espantar los recuerdos de una vida pasada que quería sacar para siempre de su mente.

Fue hasta después de un largo rato, que se percató de que alguien la estaba llamando a su teléfono. Sus ojos verdes observaron la pantalla iluminada mostrando el nombre de Lauren en ella. Tuvo que haber sentido su miedo, el terror que vivió al volver a ver el Valknut otra vez, la advertencia de Odín. ¿Era porque había descubierto al fin su engaño al devolver a la vida a Lauren? ¿O podría ser porque podía sentir lo que le había hecho a su hija la noche en la que la súcubo se había curado con ella? Quizá no importaba, porque de todas formas venían a por ella y no para darle muerte, sino un destino que era mucho peor.