NOTAS: Siempre suelo avisar en el capítulo anterior sobre algún pequeño hiatus que me tengo que tomar por no poder actualizar. No pudo ser en este caso porque me surgieron cosas antes de poder publicar el capítulo antes del hiatus, así que pido disculpas. He tenido un fin de semana terrible y me he puesto a escribir para despejar mi cabeza y me ha salido esto, algo diferente a lo que tenía pensado en principio, pero estoy conforme. Espero que les guste y gracias por leerme. No duden en dejar sus opiniones y espero publicar nuevo capítulo pronto, ya que voy recuperando mi tiempo libre poco a poco :D
Hubo un breve silencio tenso mientras sus ojos se estudiaron. Bo apretó sus dedos alrededor del mango de la daga y Aife dio varios pasos sin apartar sus ojos de los de su hija, manteniendo la misma distancia entre ellas en todo momento.
—Luces mejor que la última vez que nos vimos —dijo Bo de pronto.
—Cosas que tiene el no estar bajo cautiverio —respondió la otra con una falsa sonrisa.
—Estabas realmente mal cuando te dejé. —Bo frunció el ceño al recordar los eventos que vivió con su madre en el complejo de Taft y cómo ella había intervenido arriesgando su vida para salvarla del ataque del científico—. No pretendía dejarte allí, pero… —dijo con cierta culpa.
—Está bien —la interrumpió Aife—. Sigo de una pieza. Un simple cuchillo no puede matarme —le indicó alzando una ceja, refiriéndose al intento fallido de Taft de matarla, pero también al arma que su hija seguía apuntando hacia ella.
—¿Qué ha sido de ti este tiempo? —preguntó la otra mujer con cierto miedo de la respuesta que pudiera recibir.
—Es realmente una larga historia y no tenemos ese tiempo ahora mismo —le contestó mientras sus ojos examinaban con cierta inquietud los alrededores—. He oído que has estado desaparecida —le dijo con un tono serio, volviendo los ojos hacia su hija.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó prudente.
—Cariño, eres como una celebridad —le habló como si la respuesta fuera obvia—. La fae que no tiene bando, que prefiere rodearse de humanos y que no deja de meter sus narices en todos los asuntos de los faes, de pronto, nadie sabe de ella y deja a sus mascotas por ahí tiradas y abandonadas.
—Yo no tengo mascotas —espetó con ira dando un paso amenazante hacia su madre.
—No pretendía ofenderte, es lo que dicen por ahí —trató de calmarla con un tono dulce y levantando las manos.
—¿Para qué me has citado aquí? —preguntó Bo con peligro en su voz, moviendo ligeramente la daga a través del aire.
—Una vez me preguntaste cosas que no pude responder —le dijo ella ladeando la cabeza con cierta arrogancia—. Pero necesito que antes me respondas algo con total sinceridad, ¿dónde estuviste todo este tiempo que te dieron por desaparecida?
Los ojos de Bo examinaron atentamente los rasgos de su madre que temblaron ligeramente al formularle aquella pregunta. No estaba segura de si debía de responderle. Siempre fue difícil ver las intenciones de Aife, entender por qué se comportaba de una forma u otra.
—Conocí a mi padre —respondió simplemente.
Ella vio el gesto y el pequeño espasmo que hizo el cuerpo de Aife cuando escuchó sus palabras. Bo podía asegurar que lo que vio fue miedo. Los ojos de su madre revolotearon alrededor suyo, como si temiera que alguien las estuviera escuchando desde las sombras, y de pronto, se acercó a ella hasta quedarse a unos centímetros. Sus ojos la miraron profundamente y un suspiro nervioso se escapó de entre sus labios antes de que pudiera volver a hablarle a Bo.
—¿Qué te dijo? —preguntó con la voz temblorosa.
En ese momento, sintió el terror de su madre y vio la debilidad en su rostro. Aife colocó la mano sobre el brazo de Bo y casi le imploró con la mirada una respuesta.
—Él me habló de tu rebelión y cómo mi abuelo te entregó para evitar el comienzo de otra guerra porque tú mataste a un anciano de las sombras —comenzó a hablar con cautela sintiendo la mano de su madre alejarse de su brazo lentamente—. Me dijo que tu rebelión lo inspiró y gracias a la Gran Guerra Fae entendió que la separación entre faes y humanos debía terminar. Se convirtió en una amenaza para el Rey Sangriento por sus ideologías y lo quitó de en medio. Él me dijo que perdonó tu vida pero que no podía hacer más por lo que habías hecho, que me cuidó cuando nací y estaba dispuesto a darte la libertad para que estuvieras conmigo —continuó Bo a pesar de la expresión de confusión en el rostro de su madre—. Me contó que tú me entregaste a los humanos para protegerme de mi abuelo, porque iba a derrotarlo, y que él solo deseaba la unión entre los bandos faes con un gobierno común. Fue raro, pero me dijo que él no iba a ser el que gobernara a todos, que ese no era su plan.
Cuando Aife entendió que Bo había dejado de hablar, una risa amarga salió de su boca. Sintió la mirada de su hija mientras caminaba de un lado a otro y murmuraba cosas entre dientes que solo ella misma podía escuchar.
—Aife —habló Lou Ann, que se encontraba a varios metros de ellas—. Debes contarle y debemos irnos de aquí cuanto antes.
—Claro… sí —dijo ella sin dejar de caminar de un lado a otro.
Bo dirigió su mirada hacia atrás para encontrar la figura de Lou Ann apoyada sobre la pared del callejón, vigilando cautelosamente los alrededores.
—Aife —la volvió a llamar tratando de obtener su atención, pero la súcubo parecía que había entrado en un trance—. Está bien —suspiró incorporándose y dirigiéndose hacia Bo—. La historia es un poco diferente a eso.
—¡Un poco! —gritó de pronto Aife sin darse cuenta que corría el riesgo de ser descubierta—. Ese bastardo, hijo de puta —espetó llena de odio, apunto de golpear cualquier cosa que se interpusiera delante de ella.
Lou Ann corrió al lado de su amiga y la sostuvo entre sus brazos tratando de tranquilizarla. La súcubo se movió violentamente contra la mujer al principio, pero luego pareció que se calmó un poco y se quedó quieta, observando a su hija con los ojos humedecidos.
Bo las miró en silencio, decidiendo que podía guardar su daga y que era mejor hacerlo, porque le daba un poco de miedo que su madre perdiera los nervios. Ella realmente quería respuestas sobre su padre, sobre su pasado y toda aquella historia que nadie quería contar, o que temían, quizá era eso… Esta parecía su oportunidad para obtener respuestas y no deseaba desperdiciarla. Sin embargo, no parecía ser un tema que agradara a su madre y era evidente el miedo y toda la rabia que sentía en aquel momento por las palabras que había dicho Bo. Por su parte, trataba de ser escéptica con lo que su padre le había contado en Helheim, pero Trick nunca le dio más detalles sobre el asunto, su abuelo callaba más de lo que le contaba, y Tamsin no parecía saber nada sobre la historia que concernían a Bo y a sus orígenes. Ambos, siempre le habían pintado a su padre como un monstruo, pero ella era incapaz de juzgarlo sin que le dieran una razón sobre ello que hasta ahora todo el mundo le había omitido. Y, no obstante, recordaba cómo Dyson corroboraba la historia que le había contado su padre, aunque podría haber estado bajo el influjo o amenaza de Odín, por supuesto. ¿Quién le iba a decir los detalles de aquella historia entonces?
—Llevo buscando respuestas desde hace años, estoy harta de que todos me cuenten las cosas como les interesa —habló buscando la mirada de su madre—. Tú eres la única que puede contarme la verdad.
Aife se separó de su amiga con cuidado y luego levantó su rostro hacia Bo. El movimiento provocó que una lágrima resbalara por su mejilla, y ella procuró limpiarla con rapidez. Trató de esconder el dolor que sentía y posó con un talante arrogante, preparándose para verter por su boca aquello que siempre se esforzaba por esconder en lo más hondo de sus recuerdos. Dejó salir un largo suspiro, posó las manos sobre sus caderas y su mirada cayó al suelo antes de comenzar a hablar:
—Culpo a tu abuelo de muchas cosas, pero hizo algo bien —dijo con cierta rabia latente en sus palabras—, mandar al cabrón de tu padre lejos de aquí. Aún así, no puedo perdonarle todo lo que me hizo. —Aife llevó una mano a su pelo y lo echó hacia atrás mientras suspiraba. Bo pudo ver su nerviosismo, aunque trataba de ocultarlo bien—. Tu abuelo creyó que me opuse a sus leyes y comencé una rebelión porque lo odiaba por la muerte de mi madre. Esa solo fue la primera de muchas cosas. Yo animé a la rebelión porque estaba harta de su tiranía y no era la única, eso es cierto, pero nunca asesiné a ningún anciano de las sombras. Al principio, pensé que tu abuelo me había tendido una trampa, aún así huí pidiendo su protección y traté de explicarle que no había hecho nada. No me creyó. —Aife calló un instante para humedecerse los labios con la lengua y luego continuó hablando, aún sin poder levantar la vista hacia su hija—. Entonces, vino él, el Rey de las Sombras, tu padre, pidiendo justicia. Tu abuelo quería una solución que no llevara a los dos bandos de nuevo a la guerra, así que tu padre dijo que si me entregaba, no habría represalias.
»No fue solo el hecho de entregar a su propia hija para que la ejecutaran —dijo con un ligero temblor en la voz—, él no me creyó, no quiso escucharme cuando le conté que me habían tendido una trampa. Pero pronto descubrí quién lo hizo —rió amargamente—. Tu padre. Me lo confesó cuando perdonó mi vida y me dijo que necesitaba que yo estuviera con él. Entonces, pensé 'quizá quiere salvarme porque desea acabar con la separación entre faes', 'a lo mejor pretender vengarse de mi padre porque no está de acuerdo con sus leyes'… Quizá, quizá… —Aife agitó su cabeza durante un momento como si quisiera espantar a un fantasma invisible que la estaba atormentando—. Años y más años pasaron, de violencia, maltratos, vejaciones… Él hacía con mi cuerpo lo que le daba la gana, yo era de su propiedad al fin y al cabo, ¿no? —dijo casi en un susurró con la voz quebrada.
»Cuando quedé embarazada comprendí todo. Él te quería a ti. Él estaba tan feliz de tenerte, te llamaba 'mi reina' —continuó, levantando su mirada hacia Bo—. Y te odié tanto y traté de matarte tantas veces antes de que nacieras… Solo pensar y sentir que algo de él estaba dentro de mí me ponía enferma —le espetó con rabia observando las lágrimas silenciosas que rodaron por las mejillas de su hija—. Y el día del parto llegó, pero él cometió un error. Contrató a Lou Ann como matrona y parecía que no sabía nuestro pasado juntas, que ella luchó a mi lado cuando nos rebelamos contra las leyes de tu abuelo —rió como si se burlara de Odín mientras contaba aquello—. Cuando ella te puso entre mis brazos, yo… —dijo pausadamente—. Me embargó la idea de que él te hiciera lo mismo que a mí, que te convirtiera en un monstruo como él y le pedí a Lou Ann que huyera contigo, que te llevara lejos de aquí, de los faes, de todo este mundo. Cuando se enteró, se puso realmente furioso, y a pesar de todo el dolor que me hizo pasar, él no pudo borrar mi sonrisa al verlo derrotado.
Bo tomó aire profundamente y fue consciente de que apretaba sus puños demasiado fuerte cuando sintió el dolor de sus uñas al clavarse en la palma de sus manos. Ella negó con la cabeza enérgicamente ignorando las lágrimas que empapaban su rostro.
—Tenemos que irnos ya —habló de pronto Lou Ann.
Bo observó a Lou Ann. Recordó cuando la conoció en la cárcel y ella le había asegurado que no sabía nada sobre ella o su pasado.
—No ahora —le respondió Aife.
La súcubo se acercó hasta su hija y tomó sus manos. Bo levantó la vista hacia ella, pero solo vio su rostro emborronado por las lágrimas.
—Lo último que me dijo fue que te encontraría y que tú lo traerías de vuelta —le contó Aife casi en un susurro.
—¡No! —exclamó Bo haciendo una mueca de disgusto—. No voy a hacer eso. ¿Por qué lo haría?
Aife la miró asintiendo. Se mordió el labio nerviosamente mientras apretaba sus manos alrededor de las de su hija.
—Tienes que evitar por todos los medios que regrese, por favor, solo tú podrías detenerlo —le rogó soportando el tormento de evitar llorar frente a ella.
—Él no puede volver —dijo Bo lentamente.
—Pero podría entrar en tu mente, ¿has soñado con él? ¿Lo has visto en alguna visión?
—Lo vi en mi Amanecer.
El rostro de Aife se contorsionó con miedo y se alejó unos pasos de su hija.
—Debemos de irnos —habló con preocupación Lou Ann, mirando a su alrededor, nerviosa.
—No te dejes envenenar por sus mentiras —le dijo Aife a Bo—. Ahora vete rápido.
Su hija la miró durante un momento antes de pasarse una mano por sus mejillas para limpiar las lágrimas que quedaban en ellas. Luego, titubeó unos segundos antes de asentir y murmurar un «ten cuidado» hacia Aife e irse del callejón en carrera.
En cuanto Bo desapareció, otra figura emergió hacia allí antes de que Aife y Lou Ann pudieran huir. Era un hombre con un traje elegante, que caminaba con cierta gracia hacia ellas. Vieron sus ojos oscuros, su pelo canoso, la estructura ósea de su cara ancha y marcada, y ese extraño atractivo que poseía. Se tranquilizaron al reconocer a su amigo.
—Theodore —murmuró Aife al verlo.
—Lo siento mucho —dijo con una voz profunda y tranquila—. Pero realmente lo de que teníais cinco minutos lo decía en serio.
—No importa —intervino Lou Ann—, ya nos podemos ir.
—No podéis —dijo él interponiéndose en su camino—. Aunque Aife tiene unos veinte segundos para desaparecer antes de que aparezca ese policía fae de las luces.
—¿De qué narices hablas? —le espetó Aife furiosa.
—Sabéis todo lo que he arriesgado por tratar de mantenerlas ocultas, siempre he sido vuestro aliado y amigo desde las guerras faes, pero ya no puedo hacer nada más —dijo agachando la vista—. He ganado influencias como líder de Dögun, pero no puedo evitar esto. ¿Mataste al Morrigan? —preguntó con cierto horror dirigiéndose hacia Lou Ann.
Ella no respondió y solo empujó ligeramente a Aife, indicándole que se fuera de allí.
—Dios no… —murmuró el hombre llevándose las manos a la cabeza—. No puedo seguir ocultándote, saben que estás viva y lo que hiciste.
—Aife vete —dijo la mujer a su amiga—. Vete de aquí.
—No —le respondió la súcubo—. Yo te ayudé, ¿recuerdas? Y esa puta de Evony también estuvo involucrada en el asesinato. La maldita nos la ha jugado… Seguro que ella misma me liberó para que trajera hasta ti.
—El tiempo se acaba, Aife —apremió Theodore—. Debes irte ya.
—Estaré bien —dijo poco convincente Lou Ann—. Por favor, vete, no les des el gusto de que vuelvan a capturarte.
—Te he fallado de nuevo, lo siento —dijo Aife antes de huir de aquel lugar con rapidez.
Theodore levantó sus ojos oscuros hacia la que había sido su compañera y confidente desde hace muchos años atrás. La culpa inundó su pecho dificultando su respiración y volviéndose una sensación desagradable y pesada. Pero Lou Ann también parecía entender que no tenían más elección que entregarla para no poner al grupo de nuevo en peligro. Ninguno de los dos podía olvidar aquella época en la que el Rey Sangriento ordenó la exterminación de todos aquellos que pertenecían a Dögun. Pocos se salvaron, ellos, entre esos pocos.
—Lo siento mucho, Lou —dijo él—. Sé por el infierno que has pasado y no te mereces esto.
—Si no hubiera matado a Vex seguramente no habría comprometido mi tapadera —confesó ella con pesar—. Pero antes de nada, necesito que sepas un secreto.
Él la miró atentamente, alzando sus cejas grises con curiosidad, aunque a la vez temía cualquier cosa que esa mujer quisiera revelarle.
—El Rey Sangriento vive y está en esta misma ciudad —le contó.
Antes de que Theodore pudiera añadir nada, el policía fae de la luz hizo acto de presencia en el callejón. Lou Ann no tardó en reconocer al heredero del Clan Zamora una vez se postró enfrente de ella.
—Has cumplido tu palabra —dijo Hale a Theodore con desconfianza.
—Te dije que no pretendo causar ningún conflicto —respondió el hombre de pelo gris aparentando una sonrisa afable.
—Los demás apreciaran eso —continuó el otro hombre mientras esposaba las muñecas de Lou Ann—. Serás recompensado por tu colaboración —concluyó mientras se llevaba a la mujer consigo.
Hale la introdujo con cuidado dentro de su coche, asegurándose de que no pudiera armar ninguna artimaña para escapar, y luego se metió él también. Observó el rostro ausente de la mujer a través del espejo retrovisor mientras encendía el motor y ponía el vehículo en marcha.
—¿Cómo me encontraron? —preguntó ella después de un rato de largo silencio.
—No fue difícil, puesto que él es de los pocos que conocen la verdadera historia de Dögun —le explicó Hale—. Lo realmente complicado fue dar con alguien tan antiguo como tú y que compartiera un pasado contigo.
—¿A quién te refieres con él? —preguntó Lou Ann.
—Fitzpatrick McCorrigan —contestó mientras golpeaba suavemente el volante con los dedos—. Él dijo que te protegería, aunque has complicado las cosas con el asesinato de Vex.
—¿Qué tengo que ver con eso? —trató de disimular ella.
—No sé cómo lo averiguó Evony —dijo él—, pero se lo contó a una fae de las suyas a la que estoy vigilando y que está investigando este asesinato. Lo que quizá no están tan seguras es de que sigues viva, aunque nunca se sabe con esa mujer.
Lou Ann pensó cómo Evony podría saber que ella había matado a Vex. Aife le dijo que nunca le reveló a quien había contratado para hacerlo y de ninguna manera la Morrigan podría sospechar que ella seguía viva. Entonces, recordó que Aife le dijo que Evony la había mantenido en cautiverio después de engañarla para que le contara cosas sobre el Rey Sangriento. El estado en el que se encontró a su amiga, malherida y golpeada, cuando llegó a su puerta, le indicó que la Morrigan no se había conformado solo con mantenerla encerrada. Quizá la torturó, quizá la manipuló de alguna manera que Aife no recordaba y le había revelado a la líder de las Sombras que ella había sido la que asesinó a Vex.
—¿A dónde me llevas? —volvió a hablar ella.
—Con Fitzpatrick. Quiere hablar contigo.
Ya no conversaron más durante el trayecto. Ella sintió cierto alivio de que no la llevaran frente a la Ash o la Morrigan, pero ciertamente, tampoco sabría cuál sería su destino con ese hombre. Lou Ann no podía olvidar que alguna vez ese hombre, que la salvó de la pena de muerte, también condenó su vida y acabó con la de muchos a los que ella amaba años atrás.
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Kenzi condujo en silencio, lanzando alguna que otra mirada hacia el espejo retrovisor. Detrás, veía a Lauren dormir plácidamente sobre el hombro de Bo y a su amiga perdida en sus pensamientos mientras miraba por la ventana la quietud de la noche.
Kenzi suspiró regresando sus ojos hacia la carretera. Ella sentía que algo rondaba dentro de la cabeza de Bo, pero no estaba en condiciones de enfrentarse a alguno de los dramas de su amiga. Quizá por la mañana, después de diez horas de sueño y un café bien cargado, su mente estaría más dispuesta. En aquel momento, su propia cabeza parecía estar bien lejos de su cuerpo. Se sentía más despejada que hacía unas horas, lo cual lamentaba, porque le permitía pensar con más lucidez sobre lo que había ocurrido. Kenzi volvió a suspirar y se mordió el labio sin poder evitar que su cuerpo se estremeciera al recordar las manos de Tamsin recorrerla. Casi quedaban reminiscencias del calor y la humedad de su boca sobre su piel. La pequeña mujer sintió su cuerpo alterarse repentinamente y sacudió su cabeza maldiciendo en voz baja. Casi pudo ver los ojos oscuros de Bo estudiarla desde el asiento trasero, muy cerca de donde había ocurrido todo, pero no le dijo nada. Su amiga permaneció en silencio y ella pensó que debía preguntarle por la mañana si sucedió algo en la fiesta. Ahora no podía lidiar con nada.
Llegaron a la vieja casucha que Bo y Kenzi llamaban hogar. La súcubo meditó durante un rato si debía despertar a Lauren, pero luego decidió que no era la mejor idea y cargó con ella en brazos hasta su habitación. Bo y Kenzi intercambiaron un «buenas noches» únicamente y la gótica se metió en su habitación rápidamente. Se deshizo de su vestido y buscó algo cómodo para dormir. Hubiera sido más acertado decir, para intentar dormir, porque una vez se metió debajo de las sábanas, sus ojos se quedaron fijos en el techo. Ella dio varias vueltas por la cama, probó con diferentes posiciones… Nada.
Kenzi bufó dándose por vencida y volvió su vista al techo. Observó las maderas viejas y pensó en la posibilidad de que algún día se podrían caer sobre ella y matarla mientras dormía.
—Estupenda forma de conciliar el sueño —se burló de sí misma en voz baja.
Necesitaba concentrarse en algún pensamiento que la ayudara a dormir. Movió sus pies bajo las sábanas y sintió el roce de la tela sobre sus piernas descubiertas. A su mente le pareció fabuloso si esta vez pensaba que aquellas caricias eran producidas por las manos de Tamsin. Kenzi tembló ante la idea y tiró de la almohada para colocársela sobre la cara. Quiso gritar pero se contuvo porque no quería que Bo o Lauren se despertaran.
Kenzi apartó la almohada de su rostro porque necesitaba respirar. No podía enfadarse por cómo se sentía y ella tenía que ser honesta consigo misma, le había gustado lo que había ocurrido con Tamsin, fueran las causas que fueran las que la habían llevado allí.
«Y ahora qué», se cuestionó a sí misma. ¿Iban a hacer como si no hubiera pasado nada? ¿Quizá repetirlo? «¿Yo quiero repetir?», pensó con cierto rubor. Puede que Tamsin sí quisiera, porque ella podría sentir que debían terminar completamente con aquel encuentro.
—Oh dios… —murmuró llevándose las manos a su boca pensando en su nula experiencia con una mujer.
No podía ser tan difícil, ella era una mujer también y conocía su propio cuerpo. ¿Estaba realmente cuestionando la posibilidad de volver a repetir? Kenzi se preguntó cuál serían los puntos que harían flaquear a Tamsin… Ella había conseguido que le rogara por un beso. Sonrió con orgullo al recordarlo. Quizá era de ese tipo de personas que se derretían por un beso en el cuello…
Se irguió rápidamente hasta quedar sentada sobre la cama. Realmente se lo estaba cuestionando. Resopló inquieta si sería buena idea o mejor lo dejaba como una experiencia más que contar a sus nietos y no volvía a intentar nada así. Bueno, a sus nietos precisamente no les contaría esos relatos. Rió torpemente mientras apoyaba su frente contra su mano. Necesitaba dormir.
Entonces, vio su teléfono móvil descansar sobre la mesilla de noche. Quizá debería escribirle algo. Ella no quería que Tamsin pensara que había sido solo un calentón sin sentido. Dios, habían pasado muchas cosas los últimos meses. Kenzi la había llegado a apreciar y habían compartido muchos momentos juntas. Ella a lo mejor no llegaba a ser su amiga, pero tampoco era cualquier persona. Kenzi agarró el teléfono pensando en cómo debía dirigirse a ella sin sonar de una forma extraña, pero el aparato vibró en su mano y su pantalla se iluminó: «Mensaje recibido», leyó, «Tamsin». Se estremeció y casi no atinó a abrirlo.
Kenzi se mordió nerviosamente el dedo mientras leía el mensaje una y otra vez: «Espero que hayáis llegado a casa sin problemas».
No decía nada raro, solo se preocupaba por si habían llegado bien, en plural, no específicamente a ella. Aunque nunca Tamsin le había escrito antes preguntándole nada, ella pensaba que tenía mejor relación con Lauren, ellas compartían recuerdos y… A Kenzi se le dibujó un gesto de disgusto en el rostro al pensar que habían compartido cama también. ¿Bo sabría sobre todas las cosas que habían pasado en su ausencia? Pensó en si debía de contárselas ella o esperar a que lo hiciera Lauren. Porque Lauren se lo contaría, ¿verdad? O quizá era mejor que Bo no supiera nada, porque ella la conocía y sabía cómo se tomaba estas cosas, quizá por el bien de la vida de Tamsin… Kenzi se golpeó la frente. Tenía que contestarle algo a la valquiria.
«Llegué a casa bien. Apunto de dormir»,le envió.
Mierda.
«Bo y Lauren también… quise decir», volvió a escribirle.
En seguida tuvo respuesta: «Espero no haberte despertado».
A Kenzi se le puso una sonrisa absurda en su boca y volvió a golpearse la frente. Ella también debería preguntarle si estaba bien, aunque claro, si no fuera así, a lo mejor no le habría escrito en primer lugar. Rió entre dientes por la repentina estupidez que se había apoderado de ella y le contestó velozmente:
«Todavía no estaba durmiendo. Llegaste bien a casa… supongo(?)».
Pasaron dos minutos sin respuesta.
«No debí haberme ido en primer lugar. Buenas noches… Descansa ;)», contestó ella finalmente.
Kenzi lo leyó varias veces para asegurarse que lo había leído bien cada una de las veces que lo revisó. Escuchó los latidos veloces de su corazón golpeando sus oídos con fuerza. ¿Qué se supone que ella debía responderle ahora? Si le decía algo indebido a lo mejor Tamsin malinterpretaba toda la situación… Kenzi se mordió nerviosamente el dedo de nuevo mirando las letras dibujadas en la pantalla del teléfono. No importaba lo que pensara Tamsin, sino lo que ella misma quería que pasara… Aunque no lo sabía con certeza.
«Puede… Buenas noches».
Sintió su cuerpo temblar ligeramente nada más enviarle ese mensaje. Pasaron algunos minutos y no hubo contestación. Es posible que la detective diera por finalizada la conversación, era posible muchas cosas…
Kenzi colocó el teléfono sobre su pecho y pensó cautelosamente en qué era lo que quería realmente de Tamsin. Se durmió antes de obtener una respuesta.
