La furgoneta azul se detuvo en frente del edificio principal y la puerta izquierda del copiloto se abrió de golpe. Un guardia de seguridad bajó del vehículo y se dirigió a la parte de atrás para abrir la compuerta brindada.
Un zapato John Lobb acarició el suelo, seguido de inmediato por el sonido característico de un paraguas al ser utilizado como bastón. Cuando estuvo fuera de la furgoneta, Mycroft alisó metódicamente su traje de tres piezas con una expresión de disgusto. Cuatro horas de viaje dentro de un furgón policial era, sin duda, tiempo suficiente como para agotar su paciencia.
–Lo que hago por ti, hermanito –dijo, y se quedó mirando cómo el guardia de seguridad ayudaba a bajar a un Sherlock esposado del vehículo.
Lo que estaba a punto de quebrar la finísima pátina de flema británica que le quedaba, era la actitud de su hermano. En todo el trayecto de Londres a Everthorpe, sólo se había dignado a responder con monosílabos a sus muchos intentos de mantener una conversación productiva.
Y Mycroft no era de los que malgastaban cuatro horas sólo para disfrutar de la agradable compañía de un ser humano si no había un fin claro y ventajoso en el horizonte.
La supervivencia de Sherlock era su fin en este momento.
En este caso, había intentado hacer comprender a su hermano que su actitud habitual no iba a tener buena acogida en el lugar en el que iba a pasar el próximo año y medio. Ironía, prepotencia, displicencia… no eran plato del gusto ni de vigilantes ni de reclusos. De los primeros podían acarrearle la retirada de privilegios, aislamiento y ampliación de condena. De los segundos… Mucho se temía que las represalias no bajarían de la paliza en los pasillos en el mejor de los casos, y en el peor de una salida antes de tiempo con los pies por delante.
Tenía contactos. Claro que tenía contactos. El alcaide y el administrador comían de su mano: había tenido cuatro meses para trabajar en ello. Pero sus contactos en HMP Wolds no estaban situados donde su hermano realmente los necesitaba: no tenía poder entre los grupos de presos, ni tenía comprados a los guardias asignados a su ala. Los sistemas de seguridad eran circuitos cerrados, por lo que ni siquiera podía poner a alguno de sus empleados a vigilar las cámaras de la prisión.
En HMP Wolds, el Gobierno Británico estaba ciego y sordo.
Por eso era imprescindible hacerle entender a su hermano lo vital que resultaba ser discreto, invisible e insignificante. No destacar. No deducir. No insultar. No ser «Sherlock», en pocas palabras.
Y lo peor es que sabía que aquello iba a ser imposible.
Maldita la hora en la que se le ocurrió que aquello le daría una lección a Sherlock. Había esperado que le condenaran un máximo de seis meses, de los cuales ya habría cumplido cuatro bajo arresto domiciliario previo a la sentencia en la clínica de desintoxicación. Dos meses de cárcel hubieran sido manejables, y hasta provechosos para el detective.
Pero el juez consideró que, aparte de los irrefutables cargos de posesión de más de treinta gramos de cocaína sin adulterar, los cargos de tráfico de estupefacientes también eran obvios. La fiscalía apoyó dichas acusaciones con la innegable intencionalidad de su distribución: en su casa encontraron materiales y reactivos más que de sobra para montar un pequeño laboratorio químico de procesado y distribución de droga.
Los abogados poco pudieron hacer para justificar aquellos materiales como parte del trabajo del detective consultor. Y menos cuando, al preguntar a Sherlock en el juicio, este admitió más que ofendido que por supuesto que contaba con los conocimientos químicos necesarios para tratar aquella cocaína. De hecho, se jactó de ser capaz de cortarla de un modo más económico y menos dañino para la salud que los «quimicuchos» a los que pagaban los cárteles.
Y ahí firmó su propia sentencia. Los dos años de prisión le parecieron incluso poco para lo que podría haber sido tras la intervención de su hermano.
Ahí estaban los dos Holmes, ante la puerta principal de The Wolds, la prisión en la que Sherlock iba a pasar, mínimo, el próximo año y medio. Y eso si mostraba buena conducta.
¿Buena conducta? ¡JA! Mycroft se rio amargamente por dentro.
Sería más tiempo, seguro.
Su hermano estaba de pie a su lado, mirando la anodina fachada de ladrillos con una expresión neutra y vacía. La reconoció como su ensayada «cara de sociópata» y era la fachada que utilizaba para poner una capa más de protección a su alrededor cuando se encontraba en un ambiente marcadamente hostil. Esa capa hacía que todo a su alrededor le resbalara… temporalmente.
Cuando era pequeño también era la expresión que ponía las semanas antes de tener una crisis de ansiedad. Y más recientemente, era la expresión previa a una sobredosis.
–Yo te dejo aquí, Sherlock –dijo el mayor, y miró a su hermano dejando caer todas sus propias capas: la capa de la dignidad, la de la superioridad, la del qué dirán, la capa de la rivalidad entre hermanos y la del demostrar quién era el más válido. Sólo quedó en sus ojos una honda preocupación y un atisbo de cariño.
El detective se giró hacia él, cruzando sus miradas por primera vez desde que salieran de Londres. Su rostro seguía impávido.
–Ponme ojos, Mycroft.
Sólo dijo eso, antes de girarse y empezar a andar hacia la puerta principal.
La frase fue completamente incomprensible para los dos guardias que le flanqueaban, pero no así para el pelirrojo. Sherlock también tenía miedo. Le estaba pidiendo a su hermano mayor, suplicando más bien, que le cubriera las espaldas. Que le mantuviera vigilado. Que cuidara de él.
Mycroft tragó con dificultad el nudo que aquellas palabras le habían dejado en el pecho.
–No… no sé si podré. Lo intentaré –musitó, sabiendo que su hermano aún le escuchaba–. Cuídate, por favor. Por lo que más quieras. Cuídate.
––
Cuando le dejaron sentarse a comer en su celda temporal dentro del pabellón de ingresos, Sherlock se dio cuenta de que habían pasado dos horas y apenas tenía recuerdos del proceso de admisión.
Dejando la exigua ración a un lado, se internó en los salones de su Palacio Mental. Sintió que todo aquello que veía en sus recuerdos no le había pasado a él. Era como si viera una película en tercera persona, pero era una película de dibujos animados: no había detalles, ni pistas, ni ningún indicio que le permitiera analizar nada.
Cuando sus dos escoltas de ridícula corbata le dejaron delante del arco detector de metales, dejó de deducir todo lo que le rodeaba. Visto en retrospectiva podría decirse que comenzó a formar parte de algo más grande que él, y que no le tenía en cuenta como persona. Era como si una gigantesca mano invisible le fuera llevando a través de un proceso, como a un muñeco, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Suponía que aquella sensación iba a ser muy común en los próximos meses.
La Gigante Mano Invisible le llevó primero a dar su nombre, sacarse tres fotos (de frente y de ambos perfiles) y a facilitar sus huellas dactilares. Las manos de la celadora que le tiznó los dedos estaban frías y húmedas, como un pez. Aquel contacto le produjo una nausea, pero le ofrecieron agua y se le pasó pronto.
Después, la Gigante Mano Invisible le llevó hasta un escritorio pequeño y destartalado, donde un hombre también pequeño y destartalado y de corbata ridícula, le tomó los datos para abrir su expediente de prisión. Aquello que Sherlock no respondía, el hombrecillo lo copiaba del informe que habían traído con él en la furgoneta, frunciendo el ceño.
–¿Este tío es tonto o qué? –había preguntado el funcionario a la asistente de dedos fríos después de que no respondiera a cuatro preguntas seguidas.
–Ciento noventa y dos –susurró el detective, sin apartar la vista del suelo.
–¿Cómo dice?
–Ciento noventa y dos. Es mi cociente intelectual. Por encima del de Isaac Newton. No es real, por supuesto. Debería ser bastante más alto, pero los test de IQ tienen en cuenta las nociones de conocimientos generales que, personalmente, considero innecesarias y olvidables. –Su voz siguió siendo un susurro monótono. Su vista siguió anclada al suelo. –Así que la respuesta es «no». No soy tonto.
El funcionario volvió a fruncir el ceño sin responder. Finalmente alzó la vista.
–Bien, Ciento Noventa y Dos, ya hemos terminado con esto. Ahora entra ahí, que te toca reconocimiento médico. Supongo que con tu IQ ya sabrás lo que eso significa. –Una sonrisa maligna, pequeña y destartalada, se dibujó en la comisura de su boca.
La Gigante Mano Invisible le hizo cruzar la puerta de cristal esmerilado. También le hizo dejar sus pertenencias en una bandeja, quitarse el abrigo y toda la ropa menos la interior. Le hizo alzar los brazos mientras otras manos, esta vez enguantadas, le cacheaban por encima de la ropa que le quedaba. También le manosearon en el cabello, deshaciendo sus rizos y dando dolorosos tirones con el látex. Le hizo abrir la boca mientras otro dedo enguantado hurgaba en sus encías y bajo la lengua. Le hizo quitarse la ropa interior para que el mismo dedo enguantado que había estado en su boca palpara su miembro y se introdujera en su interior. Fue brusco, humillante y bastante molesto. Encogiéndose de hombros, supuso que las instituciones privadas ahorraban en materiales prescindibles, como el lubricante.
Hasta ese instante, aquel reconocimiento había sido de todo menos «médico». Los responsables de su cacheo, eran obviamente personal penitenciario sin conocimientos médicos.
No obstante, la Gigante Mano Invisible no tardó demasiado en llevarle a una salita aledaña, donde una doctora titulada le realizó un examen médico de verdad, con mucho más tacto y profesionalidad. En ese momento, se sorprendió queriendo comenzar una conversación con aquella mujer. Supuso que había sido la tensión del ingreso lo que le había hecho buscar la normalidad de un diálogo; era la naturaleza humana. Pero de pronto se dio cuenta de que estaba prácticamente desnudo, tan solo cubierto por sus bóxers grises. Bajó la cabeza y siguió en un silencio sumiso, donde sólo hablaba para responder a preguntas directas.
–Le voy a hacer un análisis, señor Holmes. ¿Ha estado expuesto en los últimos meses a posibles fuentes VIH? Tatuajes, piercings, jeringuillas, sexo esporádico sin protección…
–Oh, por favor… –bufó ante la pregunta.
–Es relevante que lo sepamos. Los análisis nos dir…
–Los análisis les dirán si contraje el VIH hace más de seis meses, pero el período ventana es de entre dos semanas y seis meses, tiempo en el que el virus podría estar en mi sistema y no salir en las pruebas. Casi la totalidad de la gente tiene anticuerpos tras tres meses desde la práctica de riesgo. Lo sé – murmuró sin respirar–. Mi exasperación se debe a su obvia incapacidad para la observación: es evidente que no llevo tatuajes y piercings porque estoy prácticamente desnudo y está mirando mi ficha, y si llevara metal en el cuerpo el arco de la entrada se habría encendido como un árbol de navidad. Sobre las jeringuillas, justo en esa página que tiene delante dice que llevo limpio cinco meses, con pruebas realizadas cada semana. A no ser que en el centro de desintoxicación reciclaran sus jeringuillas para realizar las extracciones, sería mala suerte que justo me tocara a mí ser ese mínimo porcentaje de personas que necesitan seis meses para desarrollar anticuerpos. En cualquier caso, el material que utilizo para el autoconsumo de estupefacientes siempre está esterilizado y es exclusivo para mi uso personal.
La doctora se le quedó mirando un instante, mientras terminaba de rellenar un tercer vial de sangre.
–¿Y el sexo? –preguntó, cuando le quedó claro que Sherlock no pensaba continuar con su monólogo. El moreno frunció el ceño.
–No es mi área.
Un guardia entró sin llamar, y dejó al lado de Sherlock una pila de ropa para el nuevo recluso, preguntando si se lo podía llevar ya. Mientras él se vestía como un autómata, la mujer se acercó a la puerta, llevándose al guardia del brazo para poder conversar con un poco de intimidad.
–Parece que está en shock –dijo. Las palabras se escuchaban sin problemas–. Dejadle un rato de descanso antes de La Charla, o no va a enterarse de nada.
El guardia asintió con la cabeza y esperó a que el moreno terminara de vestirse.
Pantalones largos azul petróleo. Bien de largo. Demasiado anchos.
Camisa azul celeste de manga larga. Enorme y corta de mangas.
Calcetines blancos. Nuevos. Ninguna queja.
Bambas negras con la suela blanca. Horribles. Ofensivas. Pero al menos no le hacían daño.
El resto del montón incluía tres mudas de ropa interior, dos camisetas blancas de manga corta, dos camisas de manga corta y un cambio adicional de lo que llevaba puesto. Aparte, también había un pantalón corto del mismo color que el que llevaba y que no pensaba estrenar ni loco. Mentalmente lo situó en el mismo lugar del infierno en el que deberían estar las bambas.
El guarda añadió al montón una caja con las pocas pertenencias que le iban a permitir conservar: un cuaderno sin espiral, un lápiz y una cajetilla mediada de Pall Mall. Le acompañó hasta una celda abierta con paredes de cristal, y le dijo que se quedaría allí una hora. En seguida le trajeron un sándwich y un vaso de plástico con agua.
Poco a poco había ido saliendo del estupor en el que se había sumido durante todo el proceso. Consideró que aquel era un buen momento para recomponerse y analizar con calma los acontecimientos.
Y allí estaba, en su Palacio Mental, viendo pasar ante sus ojos las dos horas más absurdas y a la vez determinantes de su vida.
Decidió que aquel era el punto en el que debía tomar las riendas y comenzar a comportarse como la persona que pretendía ser dentro de prisión. ¿Qué quería hacer? ¿Ser él mismo o pasar año y medio fingiendo ser otra persona, una más acorde al entorno? Era un maestro del disfraz, pero no estaba acostumbrado a estar de incógnito por más de tres días. Las veces que lo había hecho había terminado francamente agotado y con ganas de asesinar a alguien.
Entonces, la solución era obvia: sería él mismo.
Iban a matarlo.
Mycroft había tenido toda la razón: no se podía meter en una cárcel siendo él mismo. Debía cuidar cada uno de sus movimientos y palabras al máximo. Al menos los primeros días, mientras se hacía un hueco en la vida presidiaria. Suponía que no habría demasiado problema en desfogarse un poco con los carceleros, pero tendría que tener mucho cuidado con los reclusos.
Internet no tenía información útil sobre HMP Wolds: no había planos, guías ni fotografías útiles de las instalaciones. Había estado mirando los días previos y suponía que esa información se mantenía oculta para evitar posibles percances. Sólo contaba con la foto aérea de Google y algunas imágenes tontas de zonas y procesos para visitantes. No obstante, conocía a la perfección el sistema de ingreso de las penitenciarías británicas, ya que era un estándar a cumplir en cualquiera de ellas.
Había pasado la peor parte. En breve le llevarían a realizar una entrevista con el psicólogo, los educadores y los trabajadores sociales. De esa entrevista tendría que salir conociendo todos los procedimientos básicos de la penitenciaría: Horarios, obligaciones, sistemas de incentivos y castigos, esparcimiento, derechos, visitas, solicitudes… Y en ese momento ya tendría una visión global de a lo que se iba a enfrentar.
En su cabeza, sólo existía un miedo atroz al que no hacía más que dar vueltas: el ABURRIMIENTO.
El aburrimiento era el porqué de que estuviera allí; la causa de todo lo censurable que había hecho en su vida.
No había querido pensar demasiado en ello, pero cada segundo le estaba llevando a chocarse de bruces con la dura y cruel realidad de que el aburrimiento era como una mochila muy pesada que todo preso arrastraba en la cárcel. Y él se aburría muchísimo más que cualquiera.
Y el aburrimiento le hacía hacer cosas. Cosas malas: Hablar de más, estar irritable, tomarla con los que le rodean… consumir drogas… Y encontrar droga en los penales era más fácil que en la calle, y más barato, si hacía caso a lo que se decía en internet.
Con droga y aburrimiento juntos, no sabía cómo iba a evitar sucumbir.
Por otro lado estaba el sistema de incentivos: el buen comportamiento conllevaba ciertos privilegios. Visitas, ropa propia, televisión en las habitaciones y, lo más importante, la posibilidad de comprar libros.
Pero para eso tendría que ser muy, muy bueno. Y el aburrimiento le hacía ser muy, muy malo.
Era una gran bola de nieve, una pescadilla que se mordía la cola. No saber qué iba a hacer para pasar tantísimas horas sin hacer nada le estaba matando por dentro.
Una voz llegó hasta los pasillos de su Palacio Mental, y Sherlock parpadeó, encontrándose frente a él a una guardesa que llevaba llamándole un rato. Le llevó sin miramientos hasta una cómoda salita de reuniones, donde pasó las siguientes dos horas conversando sobre sus expectativas y su adaptación al presidio. Las miradas de los presentes eran frías y profesionales, y Sherlock agradeció aquello: sabía cómo tratar con ese tipo de miradas.
Justo antes de salir, el psicólogo se acercó hasta él. Era un hombre joven, de unos treinta años. Le había dicho su nombre, pero como había hecho con el resto de funcionarios, lo había borrado prácticamente al instante. Durante la entrevista se había notado claramente que su interés por el nuevo reo había ido en aumento. Era un interés profesional, pero muy emocional. Sherlock ya lo había visto antes en varios psicólogos cuando trataban su caso. Suponía que debía resultarles fascinante.
–Holmes, ya son las cuatro de la tarde –dijo, y el moreno alzó las cejas al saber que se habían marchado cinco horas desde su llegada–. Si lo prefieres, puedes pasar la noche en el módulo de ingreso, o ir a tu celda definitiva y conocer las instalaciones hoy mismo.
–Sherlock, por favor. Holmes es mi hermano –dijo, con una mueca torcida. El psicólogo sonrió levemente en respuesta–. Dicen que la mejor manera de quitar una tirita es de golpe. Alargarlo no va a servir de nada, así que iré a mi celda definitiva, si no le importa.
–No hay problema. Espera aquí y te traerán los papeles. Mañana te asignaré a un residente para que sea tu guía durante los primeros días –le explicó con calma–. Si tienes cualquier problema, puedes contar conmigo.
–Ajá.
El muchacho estuvo a punto de añadir algo más, pero pareció pensárselo un momento y se marchó, dejándole solo en aquella austera sala de reuniones.
Apareció la misma guardesa que le había traído, y depositó dentro de la caja que culminaba el montón de ropa una carpeta con información sobre el centro. Sin mediar palabra, le tendió una hoja, y Sherlock la leyó con rapidez.
–Je, el mundo está lleno de coincidencias –dijo para sí mismo el moreno, con una sonrisa irónica en los labios.
Y sin más, se internaron en el módulo B, dirigiéndose hacia su nueva celda: la doscientos veintiuno.
