John barrió con la mirada el patio cubierto, con aire aburrido. Estaba siendo un turno muy tranquilo.

Y los turnos tranquilos no solían traer nada bueno.

De repente, algo ocurrió.

El cambio fue intangible pero evidente, y se extendió entre los grupos de reclusos como una ola. Comenzó con pequeños giros de cabeza, luego miradas, después susurros que enseguida se convirtieron en conversaciones y pasaron a los comentarios en voz alta: había llegado uno nuevo.

Siempre que entraba un recluso sucedía lo mismo. Era evidente que los novatos tenían miedo y una gran incertidumbre, pero lo que a John siempre le sorprendía era que la gran masa formada por el resto de los presos también sentía lo mismo: miedo e incertidumbre.

La vida en la cárcel era un delicado entorno que se mantenía en pie teniendo muy claro dónde encajaba cada miembro. El sutil equilibrio de poder, temor y favores era tan endeble que a menudo una simple mirada podía hacer que todo el ecosistema se tambaleara. Por eso, cada nuevo recluso suponía la intrusión de una variable distinta, de más inseguridad y dudas. Los que dominaban el hábitat se veían amenazados al no saber en qué lugar de la cadena se iba a situar el novato, y los que estaban abajo tenían pánico a que un nuevo líder llegara y fuera más opresor que el actual. Se aferraban con uñas y dientes al dicho de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Por tanto, la defensa de todos los miembros del ecosistema ante el invasor era atacar e intentar situarle en el lugar donde menos daño pudiera hacer: en lo más bajo de la pirámide.

John se giró hacia la puerta de entrada para analizar al recién llegado. Era extraño que se incorporara por la tarde. Lo normal es que lo hicieran por la mañana, tras el desayuno, cuando se desarrollaban las actividades y trabajos. Era el mejor momento, puesto que las bandas estaban divididas y no se retroalimentaban las unas a las otras a la hora de proferir insultos.

Cuando distinguió la figura desconocida, sus ojos se abrieron con un poco de sorpresa. Estaba claro que aquel hombre no era un habitual de las cárceles: andaba erguido, con la barbilla alta y el cabello rizado en perfectos bucles. Su rostro era afilado y serio, sin el más leve atisbo de miedo. En todo caso, podía ver una leve displicencia mientras recorría con aquellos ojos curiosos al resto de los reos.

Debía ser el único preso que llevaba la camisa abotonada hasta el cuello, y le pareció que lucía el uniforme de presidiario como si fuera un traje de Armani. Se dio cuenta de aquello cuando comenzó a pasearse lentamente por el patio, mirando con demasiada intensidad a todos los reclusos. En seguida los comentarios e insultos empezaron a volar en su dirección, pero él los ignoró. Los novatos normalmente miraban a escondidas, o no miraban. Nunca jamás metían sus ojos hasta la cocina, como estaba haciendo éste.

El ecosistema se tambaleó.

–¿Qué miras, pijo de mierda? –Uno de los chavs alzó dos dedos en su dirección. Sus compañeros corearon sus burlas y amenazas. Ni un leve gesto alteró los rasgos de alabastro del moreno.

Al pasar junto a la zona de deportes, detuvo un segundo su marcha para mirar cómo parte del grupo de dagos jugaba un partido de fútbol contra los irlandeses. Fue evidente que sus ojos se anclaron en el portero éstos últimos, un joven altísimo y fibroso que estaba jugando sin camiseta, y que no se tomó nada a bien el escrutinio.

–¿Te gustan los pelirrojos, Ricitos? Porque puedes venir y comerme la polla. Ahí también tengo el pelo naranja –gritó, mientras se agarraba con fuerza la entrepierna. El novato bufó con prepotencia, alzó más la barbilla y siguió andando.

Su inmutable expresión sólo se alteró al pasar al lado de los residentes que estaban con los juegos de mesa. Una de las comisuras de sus labios se alzó levemente al contemplar cómo dos presos echaban una partida de ajedrez.

Y de pronto, aquellos ojos curiosos se detuvieron en John.

Fue un instante, pero notó cómo sus pupilas atravesaban su alma. El escrutinio barrió su cuerpo de arriba abajo y de abajo arriba, para clavarse finalmente en sus ojos. Y vio como el moreno sonreía.

Dio cuatro largas zancadas hasta situarse a su lado y, lentamente, sacó un cigarro del bolsillo de su camisa azul.

–¿Podrías darme fuego, Doc? Me han dicho que los mecheros los custodian los celadores –dijo, y su voz fue profunda y vibrante. John se llevó automáticamente la mano al pantalón para sacar un encendedor y darle fuego. Cuando el moreno se acercó, pudo escuchar cómo le susurraba entre dientes mientras se tapaba la boca con la mano, aparentemente para hacer pantalla contra el aire y encender el cigarro con mayor facilidad–. Va a haber una reyerta en breve. Los chicos de las gorras van armados y pretenden atacar a los de procedencia mediterránea que están en las canchas cuando termine el partido. Díselo a tus compañeros para que estén al tanto.

Encendió su cigarro de una calada, le guiñó un ojo y, dando media vuelta, se fue a sentar al lado de los que jugaban al ajedrez.

No volvió a mirarle.

John se quedó parado, con el mechero en la mano. Cuando se dio cuenta, lo guardó en el bolsillo y esperó un par de minutos para apartarse y dar aviso al centro de control. No dijo quién era su informante: los chivatazos eran habituales en la cárcel y se los solía tener en cuenta, pero dudaba que le hicieran caso si el soplo venía de un recluso que no llevaba ni diez minutos dentro del penal.

John Watson se la jugó.

Se la jugó por un delincuente del que no conocía ni el nombre. Un tipo que sabía que era doctor. Y si había sabido eso, ¿por qué no iba a ser verdad en el resto? La verdad es que se había sentido completamente desnudo: la información en prisión es poder, y aquel individuo sabía demasiado sobre él. No le gustaba para nada aquella sensación.

Pero lo más importante es que se la jugó y ganó, porque cuando recluyeron en sus celdas hasta la cena a todos los penados y cachearon a los chavs, incautaron ocho pinchos de entre diez y veinte centímetros y varios objetos contundentes. Más que suficiente para matar a varios de los dagos si hubieran llegado a cruzarse.

Aquella tarde, cuando aún se estaban registrando las últimas celdas de los chavs, y antes de la hora de la cena, John tuvo la oportunidad de revisar el expediente del nuevo recluso.

–Sherlock Holmes, 221 –murmuró, dedicándole unos minutos a absorber la información del documento: Consumo y tráfico, cómo no. El noventa por ciento de los presidiarios estaban en The Wolds por problemas con las drogas. Por el tipo de sustancia incautada le resultó curioso que le hubieran derivado a una cárcel para presos del tipo C, pero los caminos de la ley eran inescrutables.

Se dirigió hacia la segunda planta del bloque B, pidió a Control que desbloqueara la celda doscientos veintiuno y entró sin pensarlo dos veces.

Encontró a Holmes sentado en el borde de la litera de abajo, con las yemas de los dedos unidas y la barbilla apoyada en las manos. Los codos en las rodillas. Los ojos cerrados.

–¿A qué debo tu visita, Doc? –preguntó, sin abrir los ojos.

John, muy lejos de amedrentarse, apretó los dientes e irguió la espalda.

–Levántese –dijo con firmeza, intentando remarcar con el trato distante el abismo que existía entre reo y celador.

Los ojos cerrados se abrieron y le miraron, alzando una ceja en el proceso. A los pocos segundos, se puso en pie, pero la cadencia de sus gestos distaba mucho de trasmitir preocupación.

Su actitud displicente estaba consiguiendo alterar la infinita paciencia de John. Algo dentro de él le hizo sujetar el cuello de la camisa de preso y empujarle contra la pared al lado de la litera, en el ángulo que tenía menos visibilidad desde el exterior.

–Bien, Holmes –musitó con los dientes apretados. Utilizó su antebrazo derecho para presionar las clavículas del moreno e inmovilizarlo contra el muro. Respiró hondo para calmarse y atemperar su voz–. Tiene poco tiempo hasta que mi compañero venga a buscarme. Y quiero salir de esta celda tranquilo y sabiendo todo lo que necesito saber. ¿Cómo supo lo de la reyerta? ¿Por qué me lo contó a mí? ¿De qué me conoce?

Sherlock se tomó un instante para mirar fijamente a los ojos del guardia, y pareció tomar una decisión. Seguía parcialmente inmovilizado, pero alzó sus manos para poder acompañar sus palabras con una serie de gestos que bailaron a los costados de John. Parecía ser del tipo nervioso.

–Por favor, Doc. Cuando me acerqué a ti daba por hecho que ya os habríais dado cuenta de lo de la pelea. Era tan obvio que hasta vosotros podríais haberos fijado: eran el grupo más lejano a la cancha, y aun así eran los únicos que no quitaban la vista del partido. Las miradas no eran de interés precisamente, e iban acompañadas de movimientos de las manos a lugares evidentes de ocultación: frotarse las muñecas, llevarse un pulgar a las gomas de la ropa interior, palmadas en las pantorrillas... Y no había un solo miembro que no llevara algo en los bolsillos. Por las marcas en la tela, eran objetos pesados –dijo, sin pararse un segundo a respirar–. Es francamente lamentable que los funcionarios de una prisión no sepan detectar este tipo de incidentes. ¿Qué tipo de formación os dan? Y yo que pensaba que el Yard bajaba la media estatal…

–Holmes, ¿está insultando a un celador?

–¡Oh, por Dios! Nada más lejos de mi intención. No es un insulto, es una descripción. –La mirada de advertencia de John fue tan afilada, que Sherlock se dio cuenta de que era el momento de hacer lo posible por desviar su atención–. Siguiente pregunta: ¿por qué tú y de qué te conozco? De nada, Doc. Pero estuve observando al resto de los guardias, y me resultó evidente que eras el más adecuado: un hombre paciente y tranquilo, justo la clase de persona dispuesta a escuchar y sopesar como válida la información de un recluso recién llegado. Tienes una clara formación militar pero no de comando: eres médico militar, y aunque estás retirado debido a una herida de guerra, estás lo suficientemente recuperado como para poder ejercer de celador en una cárcel privada. Algún día me tendrás que contar cómo conseguiste evitar esa cojera psicosomática en la revisión médica de la G4S. Tiene que ser una historia deliciosa.

Mientras hablaba, John había ido aflojando la presión que ejercía contra el moreno. Ahora tan sólo su mano izquierda aferraba la camisa, mientras el brazo derecho colgaba a un lado de su cuerpo. Algo en las rápidas explicaciones de aquel hombre le había hecho desear seguir tirando del hilo. Curiosidad y miedo. Miedo, sí, porque en realidad le aterraba que un preso pudiera saber tanto de él con sólo observarlo. Era algo muy cercano a la brujería.

–¿Cómo…?

–¿Que cómo lo he sabido? Es transparente, Doc: de los seis guardias que había en el patio eras el único que no se llevó la mano al walkie talkie cuando pasé a su lado. De hecho, la presilla que sujeta el tuyo está como nueva, mientras que las de tus compañeros están gastadas y levantadas. Eso demuestra que eres una persona tranquila y abierta al diálogo. Me di cuenta de que también eras el único que me siguió con la vista desde que entré, y esa curiosidad innata juega a tu favor, porque era justo lo que necesitaba: una persona curiosa que aceptara como posible lo que yo le contara –explicó, alzando la barbilla y llevando una de su manos hacia la muñeca de John. Con un gesto delicado le invitó amablemente a soltar su camisa, cosa que el guardia hizo de inmediato–. ¿Y cómo sé que eres militar? El porte, el corte del pelo, esa manera de ponerte firme ante una situación de tensión… hay mil factores. Pero, aun habiendo estado en zona de guerra hace pocos meses, en Afganistán o Irak diría yo por las marcas de sol, no has entrado per se en batalla. Tienes las manos sin las durezas propias de las prácticas habituales de campo, pero muestran un eczema generalizado hasta las muñecas en fase de remisión. Es característico del personal sanitario por el uso de guantes con polvos lubricantes. En tu caso está en remisión porque llevas un tiempo sin ejercer, pero no desaparece: es evidente que no has descartado la costumbre de lavarte las manos de manera obsesiva. Y aquí otra de mis dudas: ¿cómo sale herido en batalla un miembro del cuerpo médico? Hasta donde yo sé, el personal médico cualificado no entra en campaña, se queda en las bases. A la batalla sólo salen militares con conocimientos básicos de primeros auxilios. Por lo que supongo que hubo una incursión enemiga en tu base. Tienes un tic en la mano: la abres y la cierras, apretando los dedos, cuando estás nervioso. Es un movimiento adquirido del período de rehabilitación: apretar y amasar bolitas de goma.

John miraba al recluso con los ojos abiertos como platos. Alzó levemente la comisura de su boca.

–Eso ha sido… increíble – dijo, francamente admirado.

Holmes le miró con un gesto de evidente asombro.

–Oh –exclamó–. Eso no es lo que suelen decirme.

–¿Y qué suelen decirte?

–Que me vaya a la mierda, básicamente. –Ambos sonrieron abiertamente, mirándose con complicidad–. ¿Ahora ya me tuteas, Doc?

–Puede que te lo hayas ganado, Holmes –dijo, y supo al instante que aquel moreno le había caído en gracia. También supo que le iba a traer muchos problemas–. Pero… ¿Cómo supiste lo de la cojera?

–¡Oh, por favor! Nada más fácil: tienes un callo en la eminencia tenar propio del uso de bastón, y en el patio cojeabas al moverte, pero cuando has subido las escaleras y has entrado en mi celda, no mostrabas signo alguno de cojera. Es mental –explicó, y aseveró su deducción dándose unos golpecitos con el índice en la sien.

–Demonios… es impresionante –susurró el guardia, y se notó a la legua que el orgullo de Homes se hinchaba como un pavo–. Menudo desperdicio de cerebro.

Sherlock exhaló de golpe todo el aire de sus pulmones, y se pegó de nuevo a la pared como si le hubieran empujado. Su rostro era una mezcla de confusión, humillación e ira.

–¿Desperdicio? –preguntó, con un hilo de voz.

–Sí, ya sabes: las drogas, la cárcel… es una pena que no hayas sabido cómo sacarle provecho a ese don tuyo.

–Sí, ya sé –dijo–. Y ahora, si ya ha satisfecho su curiosidad, le agradecería que me dejara solo.

John no terminó de comprender aquel cambio de actitud, pero asintió y se dirigió a la puerta.

–Claro. Nos vemos mañana, Holmes.

No fue hasta varios minutos después de dejar la celda, que John se dio cuenta de que al final de su conversación el moreno había empezado a tratarlo de usted.

–––

Aquella estaba siendo la noche más larga de su vida: ocho horas y media, desde las diez de la noche anterior, sin tener ABSOLUTAMENTE NADA que hacer, salvo mirar el somier metálico de la litera de arriba.

Leyó al menos diez veces la documentación que le habían dado al entrar, asimilando la versión edulcorada y rosa que le presentaban los funcionarios de los procesos de prisión.

Revisó los kits de productos que había en la habitación: sábanas y mantas lavadas sin demasiado esmero, las mudas del uniforme y el neceser con artículos de higiene básicos. Realmente, tenía que pedirle con urgencia a Mycroft que le enviara un paquete con sus objetos personales: no pensaba utilizar aquellos productos más de lo estrictamente necesario.

Finalmente, se dedicó durante dos horas a hacer danzar entre los dedos la tarjeta monedero que le entregaron al entrar. Su familia podía ingresarle una cantidad semanal para adquirir efectos en la tienda de la prisión, pero había ciertos objetos que sólo podían conseguirse con lo que ganabas al trabajar dentro de la propia cárcel: libros, televisión, consolas... La mayoría estaban orientados al entretenimiento. Suponía que lo hacían para incentivar la «ocupación útil» de los reos. Idiotas.

Mientras no tuviera esos créditos, el tedio iba a acabar con él.

En un alarde de drama, visualizó como sus neuronas gritaban en agonía antes de retorcerse y caer, llevándose sus pequeñas dendritas como manos engarfiadas hacia su núcleo muerto… muerto de ABURRIMIENTO.

Y ahí estaba, a oscuras, con el cerebro en estado de putrefacción y la tarjeta vacía dando vueltas entre sus dedos.

En cierto momento de la noche, y tras habérsele caído la tarjeta varias veces al suelo, su agradable vecino de celda le invitó a dejar de hacer ruidos amablemente.

–¿Por qué no te pasas la PUTA TARJETA por la raja del culo, a ver si tienes crédito, Ricitos?

Sherlock detuvo el movimiento y se tumbó en la litera.

–Según el manual, tengo entendido que ese no es el procedimiento habitual para comprar en el economato –dijo, con un deje de sarcasmo.

Se escucharon un par de risitas aisladas antes de que alguien en la planta de abajo hablara.

–En el economato no, pero te aseguro que con el culo se pueden comprar muchas cosas por aquí.

A las risitas se unieron varias carcajadas aisladas antes de que el celador de guardia diera un golpe a las rejas y exigiera silencio.

A partir de ese momento las horas fueron, si cabe, mucho más aburridas.

–––

Aquel turno fue largo y tenso: siempre lo eran cuando había que hacer el inventario de una incautación. John tendría que haber terminado a las diez, pero ya había pasado una hora y aún seguía en el escritorio de la garita de los guardias redactando su informe.

El resto de sus compañeros se habían marchado, sustituidos por la guardia de noche, pero a él le tocaba justificar el soplo que había recibido. Volvió a pensar una vez más en aquel tal Sherlock Holmes.

Todo un carácter, se dijo. Con una mente tan brillante, podría haberse dedicado a cualquier cosa que quisiera, pero escogió las drogas. Aunque le resultaba muy extraño que alguien tan observador e inteligente se dejara atrapar.

Ese pensamiento hizo que algo en la parte de atrás de su cerebro se revolviera, y sus dedos dirigieron el cursor del hacia el icono del navegador. Se abrió la caja de búsqueda de Google y escribió tan solo dos palabras: «Sherlock Holmes».

Al instante, el buscador vomitó páginas y páginas de resultados, ante la expresión sorprendida de Watson.

–Detective consultor… asesor del Yard… Holmes desvela el caso de la escalera verde… La ciencia de la deducción… Primero en su promoción de química…

John siguió leyendo los titulares, entrando en algunos, ignorando otros, y cada vez más convencido de que había prejuzgado muy duramente al moreno. Había pensado que su medio de vida era el narcotráfico, pero estaba muy equivocado. Tendría que pedirle disculpas en su próximo turno, aunque no volvería por allí hasta las dos de la tarde del día siguiente.

Recordó que aún le quedaba papeleo que terminar, y se esmeró la siguiente media hora en acabarlo. Fichó y se marchó a la pequeña casita que tenía alquilada en el pueblo vecino de South Cave. Eran las doce pasadas cuando al fin pudo dejarse caer en la cama y cerrar los ojos.

Pero su cabeza estaba a mil por hora y, pese al agotamiento, fue incapaz de quedarse dormido. Aquella mirada fría y meticulosa parecía como si le observara desde detrás de los párpados. Un tipo interesante, ese tal Holmes, ¿verdad? Tal vez debería investigar un poco más desde el teléfono mientras le llegaba el sueño.

Cuando al fin se quedó dormido cuatro horas más tarde, la pantalla de su móvil estaba ocupada en su totalidad por un primer plano del detective. Sus pupilas heterocrómicas mirando fijamente a cámara.

Y aquellos ojos, en sus sueños, miraron a John.

–––

¡Y hasta aquí el nuevo capítulo!

Lo primero y principal: Mil gracias y un lametón a mi beta: Rinoa L. Trancy.

Sé que las cosas están yendo un poco lentas, pero es que hay mucho que contar sobre la rutina de la cárcel... Y ya os aviso que, aunque sea por las circunstancias, va a costar una buena cantidad de capítulos hasta que aquí haya chicha de la de muchos jadeos y algún fluido XD. Pero lo que sí que os prometo es que a partir del cap 3 habrá más acción y menos descripción. Al menos aquí ya se han cruzado por primera vez nuestros coprotagonistas: ahora a ver por dónde quieren ir.

Espero poder actualizar mínimo cada mes, y mucho me temo que los capítulos irán siendo más largos de ahora en adelante. Soy de fic largo, qué le vamos a hacer.

Me encantaría que me contarais lo que os va pareciendo, qué creéis que va a pasar, si os parece que los personajes están en canon y, básicamente, todo lo que se os pase por la cabeza. Os juro que hasta un "¡ABURRIDO!" me va a hacer ilusión, que yo soy del rollo masoca :P

¡Ah! Y tengo también un proyecto en mente, a ver qué os parce: si sois observadores y os habéis fijado en la foto de la portada del fic (hay que observar y no sólo mirar, ¿eh?), habréis que Sherly y Johny aparecen un poco plasticosos… ¡Fundamentalmente porque son de plástico! Tengo la gran suerte de tener las figuras escala 1:6 de Sherlock y Watson de Big Chief Studio, y estaba pensando en hacerles ropitas y uniformitos y celditas para caracterizarlos del fic e ir llevando una galería "golosa" de fotos relacionadas. ¿Os gustaría? ¿Lo véis interesante? Porque una no se compra esas figuras para tenerlas en un estante en posturas hetero. ¡Menudo desperdicio!