Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 4

Bajó las escaleras a la sala común despacio, sin hacer ruido, arrebujándose un poco en la manta que se había pasado por los hombros. Desde hacía más o menos una semana tenía la sospecha de que Altais no dormía. No era que se le notara en su aspecto y tampoco había aumentado su dosis de poción revitalizante, pero sí había cosas que le hacían pensar eso. De un día para otro el comportamiento de su novio había cambiado, estaba más callado, taciturno, sabía que él nunca había sido de hablar mucho, pero desde que empezaron a salir dos meses atrás siempre que estaban solos hablaban bastante y de cualquier modo él siempre había estado pendiente de las conversaciones que tenían cuando estaban todos juntos comentando algo cuando lo consideraba preciso. Sin embargo, esa semana parecía que su mente estaba en otro lugar, incluso cuando lo besaba lo notaba distante, realmente había algo que debía estar inquietándolo mucho. Esa misma mañana Emery le había confirmado que Altias no parecía usar la cama, al despertar estaba tan impoluta como el día anterior. Leyna estaba muy preocupada por él, había esperado que le contara qué era lo que le ocurría, pero él no lo había hecho y aunque no pensaba obligarlo, al menos había pensado que podía apoyarlo un poco.

Cuando llegó abajo se quedó observándolo sin llamar su atención. Estaba frente a la chimenea que se mantenía encendida, solo en la sala común, y leyendo con el ceño fruncido un grueso libro. En sus ojos pudo ver ese tinte de preocupación que alguna vez en esa semana había apreciado, aunque fueran escasos segundos, también había visto algo de miedo y tristeza, pero siempre duraba tan poco que dudaba si era su imaginación o no.

Compuso una sonrisa en su rostro y se acercó a él haciendo un poco más de ruido para no pillarlo totalmente por sorpresa al acercarse por la espalda. Lo rodeó con los brazos desde atrás y dejó un beso en su mejilla.

—Hola.

Altais se tensó, a pesar de los intentos de la chica estaba tan centrado en encontrar algo útil en ese libro que lo sorprendió igualmente. Maldijo interiormente, no tenía la varita en la mano y de cualquier forma hacer un hechizo glamour requería un poco más de un segundo, al menos aún tenía la poción para no dormir en la túnica y no había pruebas también de ello a la vista de ella.

—Hola. ¿Qué haces despierta?

Ella se encogió de hombros aunque no la viera y sonrió contra su cuello. —Algo me dijo que estabas despierto y tenía ganas de un momento cursi —bromeó.

—Sabía que tenía que hacer un contrato mágico vinculante —bromeó también.

Leyna rio y rodeó el sofá para sentarse a su lado, subiendo los pies y acurrucándose un poco contra él.

—No me podía dormir y decidí bajar un poco —explicó, no era mentira del todo, no podía dormir sabiéndolo ahí—. ¿Y tú? ¿Te atrapó el libro?

—Sí —respondió escuetamente—. ¿Qué te impedía dormir?

—Nada preocupante, creo que comí demasiado pastel en la cena y aún no he hecho la digestión, voy a volverme una gorda —rio relajadamente, poniendo el marcador en el libro de él y cerrándolo suavemente para coger una de las manos de él y jugar con ella distraídamente.

—Sí, es horrible cuando te empachas —comentó y se sintió enfermo al recordar esa vez que había coincidido con el asesinato de las lechuzas. Pero después también se abstrajo, la bestia se había comido los pollos a principio de año, pero no se había sentido empachado entonces, eso no cuadraba. ¿Habría algo más ahí fuera? En cualquier caso eso no cambiaba nada, había matado múltiples lechuzas y a la señora Norris.

Leyna esperó un poco a que él regresara, pero al ver que volvía a abstraerse dejó un beso en los labios de Altais, dulce, corto, suave, apenas un roce.

—Ey, ¿seguro que está todo bien? —preguntó acariciando su mejilla.

Altais fue a decirle que sí de nuevo, pero sabía que esa vez ya no colaría, tenía que contarle algo, algo superficial, una ínfima parte.

—Sólo hay veces que estoy cansado de estar cansado, de dormir para nada —confesó, era la verdad, aunque no su verdadero problema actual, eso no iba a contarlo a nadie, ni siquiera a Teddy a quien siempre había contado más que a nadie.

Ella pensó que debía haber algo más, pero no insistió, en cambio dejó un nuevo beso en sus labios.

—Igual podemos investigar por nuestra cuenta cuál puede ser la razón de tu cansancio, seguro que somos más listos que todos esos medimagos —contestó sonriendo de lado.

—No te preocupes, la poción está bien —trató de disuadirla de una búsqueda infructuosa, ya sabía cuál era la razón, lo que tenía que averiguar era cómo le había pasado aquello y cómo se podía deshacer de esa bestia o al menos cómo controlarla para que no saliera cuando él trataba de dormir.

La chica asintió levemente, apoyando su cabeza en el pecho de él y empezando a dejar suaves caricias en su pelo.

—¿Está interesante? —preguntó señalando el libro.

—Sí, es un buen libro complementa bien el que me dejaste de animagos —contestó, ya había visto el título, no servía de nada ocultarlo, y sintió que esas caricias lo calmaban, aunque no quería relajarse, no debía dormir y permitir que la bestia volviera a pasear a sus anchas por el castillo.

—Entonces debe ser muy interesante —concordó pasando la mano por la tapa del libro, pero sin abrirlo—. En la siguiente salida al pueblo tenemos que volver a perdernos por la librería.

—Eso estaría bien —aceptó, la miró y llevó su mano a su mejilla, usualmente era un toque fugaz en su camino a la nuca, pero esa vez la acarició con el pulgar y cambiando el ángulo sus labios.

Ella giró la cabeza hacia ese toque y recibió gustosa sus labios, se besaron despacio, sin ninguna prisa. Sus dedos se metieron entre el pelo de su nuca, jugando con él, acariciándolo. Altais la rodeó con el otro brazo por la cintura, sin apretarla, la estaba besando más dulcemente que nunca antes, se sentía vulnerable y no debería estar haciendo eso, siendo tan evidente que estaba un poco roto, pero la verdad era que él también a veces necesitaba eso, mimos. Leyna se giró un poco sobre sí misma, la otra mano la subió hasta la mejilla de él, acariciándola y bajando a su cuello. Se sentía tan cálido ese beso, pensó que podía quedarse así por horas, sólo sintiéndolo a él.

Altais se detuvo, no podía seguir así, tenía que recomponerse. La soltó despacio y volvió a mirar al frente, más bien al libro.

—Deberías dormir.

Ella se sintió abandonada cuando él se separó, una sensación estúpida a la que no le prestó atención. Besó un par de veces su mejilla y se escurrió un poco para quedar más tumbada.

—En un poquito, pero sigue leyendo, no te molesto más —prometió sonriéndole.

Las palabras estuvieron en la punta de su lengua para contradecirla, hacerle saber que no molestaba, pero al final soltó un suave suspiro para que no fuera muy perceptible y abrió el libro para seguir leyendo. Sólo tenía que dar con una solución, se había prometido que lo haría, que no cedería otra vez a los nervios, el horror, la angustia y desesperanza como esa primera noche, se había roto del todo esa vez y nunca más. Se recordó que no estaba solo, que Leyna podía abrir los ojos en cualquier momento y ver todo eso en su rostro, ya era bastante malo que lo hubiera visto como estaba realmente, sus ojeras, la rojez de sus ojos… y se recompuso.

La siguiente vez que prestó atención a la chica se quedó mirándola, al final no había sido un poquito, se había quedado dormida. Cogió su varita e hizo que la manta la cubriera bien para que no se enfriara y continuó leyendo.

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Salió de la biblioteca ignorando los cuchicheos y las palabras mal afortunadas dirigidas hacia su persona, siempre con la cabeza bien alta y una sonrisa arrogante en sus labios. Sabía que esa altanería era lo que más les jodía a ellas, que las ignorara, que no entrara en su juego ni para confirmar ni para desmentir lo que esa estúpida radio estaba diciendo de ella y su relación con Altais. Sabía que todas las chicas, sobre todo las de su curso y las de años inferiores, esperaban hacerla sentir como un cordero rodeado por un millar de lobos, sin embargo, ese cordero no era tal, ella era una serpiente y por lo tanto no dejaría que se la comieran tan fácilmente.

Desde que ese rumor sobre la infidelidad que había cometido con Emery había salido a la luz, las chicas habían empezado a fijarse de nuevo en Altais y, al parecer, habían descubierto aquello de lo que ella había sido consciente mucho antes que ellas, por eso ahora querían hacer que se hundiera, para que él volviera a estar libre para ellas. Leyna no pensaba dejarles, él era suyo, y si para conservarlo tenía que poner permanentemente una máscara y hacer ver que todas esas palabras acusadoras no la afectaban lo haría.

La única que realmente sabía cómo lo estaba pasando era Chealse, esa pequeña Hufflepuff era tan condenadamente suspicaz, muchas veces se preguntaba por qué no había acabado en la Casa de Salazar, pero luego se recordaba que tenía un corazón demasiado dulce, nada de orgullo o ganas de conseguir poder en su vida, sin duda la Casa de los tejones era la perfecta para ella. Aun así ella se alegraba de haberse hecho su amiga, Zaniah era una gran chica, divertida y cariñosa, pero había momentos en los que exageraba las cosas o se exaltaba con facilidad, momentos en los que no necesitaba escuchar sino ser escuchada, o simplemente en los que necesitaba estar con alguien en silencio, para esos momentos estaba Chealse.

Pasó de largo frente a la puerta del gran comedor, ya iría luego a comer algo rápido, o en su defecto cogería algo en las cocinas, el truco de la pera era una de las cosas que más le agradecía a la Hufflepuff, y se dirigió a los jardines del colegio. Ya había pasado Pascua, lo que quería decir que el frío había desaparecido, al menos todo lo que podía desaparecer en el norte de Escocia. Además ese día no parecía amenazar con lluvia, por lo que había pensado que sería una buena idea tomar algo de aire fresco mientras repasaba su tarea de Encantamientos y Pociones, quería aprovechar las últimas horas de Sol.

Giró en uno de los pasillos para ir por un camino más directo, pero algo la detuvo. Una chica de quinto, al parecer una Gryffindor, la apuntaba con la varita, parecía muy dispuesta a lanzarle un hechizo, pero Leyna no se amedrentó, la miró con ese aire de superioridad que había aprendido de su madre, copió la perfecta sonrisa ladeada de su tío y se irguió todo lo alta que era, no mostró miedo ni cuando se percató de que otras dos chicas que estaban un poco más alejadas también iban con la "valiente" Gryffindor.

—¿Necesitas algo, quien seas? —preguntó con desdén y aburrimiento.

—Que pagues por todo lo que le has hecho y seguro que sigues haciendo, a saber con cuántos, no lo mereces —contestó en claro tono acusatorio.

—Creo que no te conozco —comentó tranquilamente, ignorando las acusaciones.

La chica se rio y miró al grupito a su espalda que le siguió la gracia.

—Vas a conocerme, cuando te ponga en tu sitio y dejes a Altais. Es demasiado bueno para ti.

Leyna arqueó una ceja. —Altais… ¿te crees tan importante como para llamarlo por su nombre? Tan patética, seguro que ni te has atrevido a acercarte a él para hablarle —respondió mirándose las uñas de una mano, la otra estaba rozando su varita—. Siento informaros, pero no voy a dejarlo —agregó volviendo a mirarlas.

—Tú no eres más que una víbora y una furcia, a saber qué haces para que te siga aguantando. Pero vamos a abrirle los ojos —dijo antes de lanzar un hechizo que cortó el uniforme de arriba a abajo dejándola casi en cueros.

La rubia dejó que vieran por un solo segundo la rabia en sus ojos, caminó hacia la chica con paso tranquilo y puso la varita en su cuello con un rápido movimiento.

—No creo que a Altais le moleste precisamente verme así —siseó y sonrió casi maquiavélicamente—. Pero creo que a ti nadie querría tocarte con el cuerpo lleno de forúnculos, ¿verdad? No vuelvas a hacerme perder el tiempo, ninguna de vosotras —dijo con un tono mortalmente serio, sin lanzar ningún hechizo, tampoco era tan estúpida, si lo hacía todas atacarían y eso sería peor que un uniforme roto.

Se separó de la Gryffindor que respiraba entrecortadamente, valentía, ja, esas tipas eran incluso más cobardes que un gato rodeado de agua. Alzó de nuevo la cabeza mirándolas del mismo modo arrogante y siguió su camino al exterior del colegio, sin molestarse en arreglar su uniforme aún, no les daría el gusto.

Fuera decidió que el mejor sitio era ese sauce al lado del lago, estaba alejado y era un lugar escondido, nadie la molestaría. Se sentó en un hueco de las raíces, conjuró un Reparo y arregló el uniforme, dejando caer entonces su máscara y mostrando la impotencia que sentía, la rabia, la desazón por esos rumores, no quería perderlo y sentía que en cualquier momento podría pasar si eso seguía.

-o-o-o-

Caminó por los pasillos, como siempre repasando sus pequeños avances de las cortas vacaciones de Pascua y la nueva información que iba obteniendo cada día. Durante ese breve tiempo había estado practicando los pasos para convertirse en animago y se había sorprendido por la facilidad que tenía. Su deducción hasta ahora era que su magia estaba acostumbrada a la dualidad, a transformarse, y por eso siempre había tenido cierta facilidad para las Transformaciones, que si lo meditaba se daba cuenta de que había llegado a ser un don desde el segundo año. No obstante, no había logrado completar el proceso de animago propiamente, no alcanzaba a ver su animal interior, cuando lo intentaba esa bestia se interponía y si seguía enfocándose tomaba forma.

Ese había sido todo su progreso, podía transformarse a voluntad, pero teniendo en cuenta que seguía sin descansar la bestia seguía saliendo a pasear por la noche en esas veces que las pociones no podían hacer tantos milagros y colapsaba. Se había preocupado mucho, pero al parecer no atacaba a compañeros ni a sus padres, en casi tres años no lo había hecho, así que tal vez no lo haría ahora, mentalizarse de eso lo tranquilizaba un poco, aunque tampoco quería que fuera por los pasillos matando más familiares. El comportamiento le había causado curiosidad, no podía controlarlo aún, pero podía tratar de averiguar qué era. Una tarde se había encerrado en el sótano de su casa, había cubierto las paredes de espejos y se había transformado. Identificó fácilmente lo que era, era un nundu, un animal mágico similar a un leopardo, pero de gran tamaño, actualmente medía algo más de dos metros hasta la cruz, era más del doble que un leopardo, y su aliento causaba las enfermedades más virulentas, capaz de acabar con poblaciones enteras y hacía falta cien magos para doblegarlo, diez veces más que los necesarios para hacerlo con un dragón. Era el animal más peligroso del mundo, pero había algo más, una ventaja más para esa bestia letal. Su pelaje era plateado y sus ojos eran negros, y lo más preocupante era que podía hacerse invisible. Por muy inverosímil que le hubiera parecido en un principio, tuvo que admitir que sólo podía ser un híbrido y esas características coincidían con las de un demiguise. Los demiguise eran animales pacíficos, similares a un mono con grandes ojos negros y pelaje largo y plateado con la capacidad para hacerse invisible, por lo que se utilizaba para hacer capas de invisibilidad.

Sabía lo que era, pero la extraña mezcla le hacía pensar que sólo podía ser producto de la magia oscura, ¿sería por eso por lo que Hogwarts lo atacaba? ¿Podía notar esa magia en él? Sin duda el interrogante más grande era cómo había llegado a esa situación, quién, cuándo y por qué le había lanzado esa maldición, fuera la que fuera. En lo que quedaba de curso seguiría investigando, aunque no creía que fuera a encontrar nada en la biblioteca, tenía más esperanza de dar con algo que lo ayudara a controlar al nundu híbrido. Esa iba a ser su prioridad para las vacaciones, si podía controlarlo podría entrar en la Sección Prohibida sin que nadie lo viera, eso abriría nuevas vías de investigación, más esperanza de dar con las respuestas a sus preguntas. Sólo le fastidiaba tener que posponer sus planes para seguir con el Kung Fu, pero era necesario.

Llegó al exterior del castillo, el aire fresco le haría bien para despejarse y se sorprendió cuando divisó a Leyna sentada junto al árbol solitario frente al lago. Eso le recordó que también tenía algo que hacer con ella, retribuir su preocupación y cuidado a finales del trimestre anterior cuando él había descubierto lo que estaba mal con él. Leyna podía engañar a otros haciendo que no le importaba, pero su máscara no era tan buena como la propia y podía ver a través cuando se la ponía, ella no tenía tanta práctica como él.

—¿Cómo llevas Encantamientos? —preguntó al ver el libro y sentándose a su lado.

Ella se sobresaltó al escucharlo, no había esperado ver a nadie ahí por eso tardó en poner una sonrisa en sus labios.

—Lo estaba revisando, por si me había dejado algo en el trabajo, pero está de extraordinario como siempre —contestó orgullosa.

—Por supuesto —contestó con media sonrisa—. Aunque pensé que ya lo acabaste ayer, ¿por qué no iba a estar bien? —preguntó llevando una mano a su nuca, tentándola, distrayéndola con lo que vendría.

Leyna se humedeció un poco el labio inferior ante esa acción. —Pensé que podía haberme distraído —confesó.

—No recuerdo haber hecho esto mientras trabajabas —dijo como si él fuera la única razón por la que pudiera hacerlo, lo único que podía invadir su mente, antes de besarla despacio y detenerse con una sonrisa presuntuosa en los labios.

—Aunque sé que piensas que eres lo único que puede nublar mi mente, hay otras cosas que pueden distraerme —repuso cuando él se separó, aunque en su mirada se veían las ganas de más de esos besos.

—Deberíamos hacer algo para solucionar ese grave fallo —dijo con decisión y volvió a besarla, un beso demasiado breve—. ¿Qué es? —preguntó haciendo un intrépido avance y lamiendo el labio inferior de ella lentamente, le gustó el jadeo que causó y tiró del labio con los dientes suavemente antes de separarse más que antes y mirarla fijamente a los ojos.

Leyna abrió los propios unos segundos después, aunque cuando lo hizo maldijo interiormente, esos ojos parecían poder leerla con tanta facilidad que no le daba posibilidad de evadir la pregunta.

—Es una tontería, no debería afectarme —contestó bajando un poco la mirada.

—Entonces con más razón, cuéntamela para que deje de ocupar mi espacio —repuso tocando su barbilla instándola a volver a alzar la mirada, no le alzó la cabeza o miraría al cielo en vez de a él.

Los ojos verdes volvieron a mirar los de él mostrando lo que sentía claramente. —Es por los rumores de la radio, tengo miedo de que al final hagan daño a esto de alguna manera —confesó—. Sé que no debería preocuparme porque sabes que es mentira y eso, pero es una molestia más para ti.

—Pero no es sólo lo que digan, te están atacando —afirmó moviendo la mano para juguetear con unos hilos en el uniforme, el Reparo debía haber sido hecho de modo apresurado, con el ánimo alterado, y en algunos puntos parecía más un remendado muggle—. Cuando decidí salir contigo te convertiste en asunto mío completamente, mucho más que antes. Molestia o no me preocuparé si algo te daña.

Leyna miró el uniforme que claramente había sido roto. —Unas chicas de Gryffindor me interrumpieron cuando venía para aquí. Dijeron lo de siempre, que no te merecía y esas chorradas —le contó por encima—. Creo que no volverán a molestarme, les amenacé con forúnculos.

—Les asustó tener que hacer una poción de primero, es comprensible —se burló un poco.

Ella rio y asintió. —Valientes Gryffindor, ya ves —contestó y suspiró—. Me pasó un par de veces más, aunque lo del uniforme es nuevo…

—Mucho más útil —bromeó con una de esas sonrisas pícaras más propias de cuando volaba, al menos hasta entonces.

La chica se sonrojó y lo golpeó suavemente en el hombro. —Qué pervertido —lo acusó frunciendo los labios.

—Y aun así sigues esperando que me calle y te bese otra vez —la molestó y puso un dedo en los labios de Leyna cuando fue a replicar—. No he acabado. Espero que de verdad no te creas una sola palabra de lo que te digan, pero de todas formas te lo voy a decir otra vez. No podría ser otra. No soporto a la gente, nunca lo he hecho y sólo hago el esfuerzo porque es importante en esta sociedad. Pero tú eres la persona con quien es más sencillo fuera de mi familia —explicó con sinceridad—. Así que da igual las tonterías que digan de merecer, y si te siguen afectando me uniré a la marea de estupidez, haré de caballero y las invitaré a jugar con el calamar gigante.

Sus últimas palabras la hicieron reír al imaginárselo con una armadura y una espada echando a esas Gryffindor al lago. La calidez que le provocaron el resto de esas palabras calmaron por completo su miedo, su inseguridad; ella era la única para él y daba igual lo que esos chismosos de la radio dijeran, lo que esas estúpidas se creyeran. Asintió haciéndole saber que lo había entendido, que lo creía, y sonrió pícara.

—Entonces dices que ya acabaste de hablar, ¿no?

—Podría hablar más, por ejemplo, la importancia de las combinaciones de los números de dos dígitos —la molestó.

Leyna lo miró arqueando una ceja, llevó una mano a la mejilla de él y se inclinó para ser ella la que lo besara.

—Esto es más interesante —dijo sobre sus labios.

Altais esbozó una sonrisa ladina y llevó una mano a su nuca para besarla con ímpetu, ya estaba todo aclarado, los besos lentos eran para otro momento, ahora quería probar si podía hacerla jadear de nuevo. Tiró del labio inferior de ella con los dientes y pasó a lamer la zona dañada con la punta de la lengua. Un gemido reverberó en la garganta de Leyna que lo rodeó con los brazos por el cuello y lo instó a tumbarse con ella, sobre ella. Él volvió a tirar de su labio y lamió más despacio sus labios, sacándole finalmente un jadeo, haciéndole abrir más los labios. Ante esa acción Altais dudó un segundo, pero finalmente se decidió a seguir explorando las virtudes de usar la lengua. Se aventuró a lamer el interior del labio y cuando su lengua rozó la de ella fue él quien soltó un jadeo, lo que sólo lo animó a conseguir más de eso.

El juego de sus lenguas fue sintiéndose cada vez más natural, se acariciaban, se tentaban, exploraban la boca del otro. El calor de ese beso era mucho mayor que el que habían sentido en los otros. Los dedos de ella se metieron entre el pelo de la nuca de Altais, tirando un poco de él y ejerciendo cierta presión para que no se separara, no quería perder la intensidad de ese beso.

Se detuvieron, no era el lugar para lo que estaban sintiendo, mucho más intenso y placentero que cualquier otro beso. Altais quería experimentar más cosas, todas esas ideas que su calenturienta mente adolescente se ocupaba de proporcionarle sin permiso.

—Te ves muy bien justo así —dijo en un tono bajo.

Leyna le devolvió la mirada con los ojos brillando de deseo. —¿Así como? —preguntó, ya había estado bajo él mientras la besaba, tenía curiosidad sobre qué era diferente.

Altais se tomó unos segundos para contestar, porque podía estar madurando más rápido que la media en ciertos aspectos, podía razonar cada situación y así apartar reacciones que lo asaltaban por la edad y la inexperiencia para hacer lo que quería en cada momento tal y como lo visualizaba en su mente, en vez de tartamudear y esas cosas que había visto en sus patéticos compañeros cuando hacían el intento, pero aun así era un chico de catorce años que estaba dando sus primeros besos y que usualmente tenía la mente más ocupada con estudios que con sexo a diferencia de lo que era más normal en chicos de su edad.

—Pues… bajo mí y con tus ojos diciendo que me deseas más de lo que quizás crees.

Ella sonrió, sonrojándose un poco más de lo que ya estaba por el beso. —Me gusta estar debajo de ti —confirmó—. Y odio saber que aquí nos pueden ver y no debemos seguir —confesó, no estaba segura de qué era exactamente lo que quería seguir haciendo con él, pero sabía que quería más que simples besos, el resto de su cuerpo también vibraba por algo de atención.

—Seguir… —pareció meditar la palabra—. ¿Cómo quieres seguir, Leyna?

La chica abrió mucho los ojos ante la inesperada pregunta, abrió la boca para contestar pero no encontró nada coherente que decirle. Podría decirle que quería todo de él y no sería mentira, pero sabía todo lo que implicaban esas palabras y aún no estaba lista para llegar a tanto, así que… ¿qué quería decir con seguir? Se mordió el labio inferior y lo miró largamente antes de decidirse a contestar.

—Me gustaría… poder tocarte más que sólo rodearte con los brazos. Y también que tú lo hagas.

—Estoy de acuerdo —contestó recorriéndola descaradamente con la mirada—. Una pena que tengamos Astronomía —informó separándose y sentándose, aunque no era ni por asomo lo que le apetecía en ese momento.

Ella se quedó unos segundos más tumbada antes de incorporarse y peinarse el pelo rubio con los dedos.

—Estoy odiando la Astronomía —murmuró antes de ponerse en pie—. ¿Vamos a comer algo?

—Sí, vamos a cenar —se levantó y se sacudió los trocitos de hierba con un giro de la varita.

Leyna cogió sus libros, hizo lo mismo y se dirigieron juntos al interior del castillo.

Continuará…

N/A: ¿Habéis acertado con lo que era el bicho? ¿No? Bueno, queda otro interrogante, ¿cómo ha quedado maldito? Se aceptan nuevas apuestas.

¿Y veis como son adorables? Lo dijimos, raros, pero adorables.