Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 5
—¡Acabé! Por fin, maldito ensayo sobre pociones antídoto, pensé que no acabaría nunca y eso que es para mañana, ¡mañana! Casi muero —dijo Emery alzando los brazos y dejando el largo pergamino en la mesa que había frente a los sillones de la sala común.
—No era para tanto, lo que pasa es que ayer pasaste la tarde jugando snaps explosivos —objetó Altais levantando un momento la cabeza de su libro.
—Ninguno de los dos lleva las tareas al día y luego pasa lo que pasa —agregó Leyna mirando también a Zaniah que seguía con su ensayo.
—Los profesores son unos tiranos, no comprenden que tenemos vidas, ¡derecho a vivir y divertirnos! —protestó Zaniah.
—También tenemos obligaciones como estudiantes, se puede tener un equilibrio —repuso la rubia divertida.
—No es cierto, yo trato de llevar un equilibro, está el tiempo de dormir y comidas y el resto lo divido en dos y no da para hacer trabajos, las clases me consumen la mitad de la vida, ¿qué sentido tiene vivir así? —dramatizó.
La rubia rodó los ojos. —A mí me da tiempo de sobra para divertirme —aseguró.
—Acepto como diversión meterle la lengua a él —señaló a Altais con su pluma de azúcar—, pero leer más para las asignaturas no.
Leyna la miró mal. —A mí me gusta leer, no sólo leo para las clases —protestó—. Y también entreno.
—Da igual, no divides el tiempo al cincuenta por ciento que es lo que estoy diciendo —replicó y volvió a mirar su ensayo mientras mordisqueaba la pluma de azúcar.
Ella volvió a rodar los ojos y miró la hora.
—¿Nos vamos? —le dijo a Altais, ese día habían decidido hacer una clase de duelo.
—Sí —aceptó levantándose y dejando el libro apartado para más tarde con un hechizo para que no lo cogieran, había gente bromista que escondía libros para que Madame Pince quisiera decorar la biblioteca con tus entrañas, lo mismo podía pasar allí.
—Son las seis, y no te has divertido en todo el día, es imposible que por mucho que incluso os saltéis la cena eso sea el cincuenta por cierto —hizo ver tu punto Zaniah.
—Vamos a practicar los duelos —contestó la chica también poniéndose en pie.
—¿Qué clase de duelo? —preguntó pícaro Emery alzando varias veces las cejas.
—El de siempre —replicó Altais y echó a andar hacia la puerta.
—Claro, claro... cuidado no se os enreden las lenguas —rio el chico desde el sillón antes de que ellos salieran.
Ambos negaron con la cabeza y recorrieron los pasillos hasta meterse en un aula en desuso tras asegurarse de que nadie los veía. Altais atrancó la puerta y se quitó la túnica y el jersey para estar más cómodo para el duelo.
Leyna realizó un Froteggo para dejar su propia túnica, deshizo el nudo de su corbata y se quitó el jersey.
—¿Listo para morder el polvo? —preguntó sonriendo de lado.
—No, creo que esa pregunta debes hacértela a ti misma —replicó.
Ella negó con la cabeza. —Esta vez vas a ser tú quien lo haga, tengo trucos bajo la manga —contestó pasándose la lengua por los labios.
—Me parece que no hablas precisamente de los de la manga. No te van a servir —advirtió.
—¿Seguro? —preguntó caminando hacia él, desabrochando un botón de su camisa y mordiéndose el labio inferior.
Altais sonrió de lado y pasó su varita por la piel descubierta así como sus ojos. —Mucho.
La chica se estremeció con ese toque, puso una mano en su pecho, la que no tenía la varita, y acercó sus labios a los de él.
—Igual deberíamos hacerle caso a Zaniah por una vez.
—Tal vez —aceptó bajando la varita siguiendo el camino de los botones de la camisa de Leyna hasta el ombligo—. Eres tú la que pierde una práctica —añadió y la imitó aflojándose la corbata despacio para finalmente deshacer el nudo y después desabrochar el primer botón y el siguiente, muy despacio.
Ella se relamió ante la visión y lo miró a los ojos con el deseo ya en ellos, quería besarlo. —Convenceré al profesor para que me dé una extra —dijo, acercó más su rostro al de él pero en el último segundo, antes de que sus labios se tocara, se desvió sorpresivamente y empezó a dejar besos en su cuello.
Altais soltó un jadeo sin haberlo esperado, decidió que le gustaba, mucho, y ladeó la cabeza para dejar que siguiera haciéndolo más fácilmente. Llevó su mano a la base del cuello de ella, a esa parte descubierta para acariciar desde ahí hasta la nuca. Guardó la varita y puso su otra mano en la cintura de ella.
Leyna tomó confianza con ese jadeo y el espacio ofrecido para sus labios, sonrió contra su cuello y se aventuró a subir hasta la unión de éste con la mandíbula y lamer el lóbulo de su oreja, tirar un poco y volver a bajar, raspando suavemente con los dientes allí donde encontró el pulso de él. Sus manos se habían colocado sobre su pecho, aferrándose a la camisa, caminó hacia atrás hasta dónde estaba la mesa del profesor y empezó a tumbarse ahí lentamente.
El chico sonrió y la observó cuando estuvo tumbada antes de ser él quien probara su cuello, jugando con el lóbulo de la oreja, besando y mordisqueando en su descenso y siguió tan abajo como ella se había abierto la camisa. Subió por el lado contrario y al fin atrapó sus labios con los propios, sacándole un jadeo en el beso.
Ella correspondió con intensidad, permitiéndole el paso de su lengua cuando él tiró de su labio inferior. Sus manos subieron a los anchos hombros, los dedos jugaron con el pelo de su nuca y las volvió a bajar pasando a acariciar el fuerte pecho. Sintió y lamentó la pérdida del contacto directo con la piel de él cuando tuvo que acariciarlo sobre la camisa, podía sentirlo menos así, pero no por eso detuvo su avance, su investigación del cuerpo de Altais.
Una mano de él bajó de la cintura a una pierna, recorriendo la falda hasta la rodilla y tanteó el dobladillo, pero finalmente lo dejó y apoyó ese brazo en la mesa, a un lado de la cabeza de Leyna para estar más cerca. La otra mano descendió por el costado y al llegar a la cintura se encontró con la agradable sorpresa de que la prenda estaba levemente subida, permitiendo que sus dedos tocasen su piel y se aventuraran un poco en busca de más. Ese toque hizo que ella se estremeciera y jadeara de nuevo en el beso. Se alejó un poco tirando del labio inferior y lo miró con los ojos oscurecidos. Sus dedos se habían detenido en el tercer botón, ese que estaba sin desabrochar y jugaban nerviosamente con él.
—¿Puedo?
Altais se lo pensó, no porque le importara quitarse la camisa, no tenía ningún problema con eso, sino por poner como condición hacer lo mismo, lo deseaba, pero decidió por esa vez portarse bien y dejar que fuera a su ritmo, tal vez no era el mismo, las chicas tenían sus complicaciones incomprensibles, y que fuera ella quien se ofreciera.
—Todos los que quieras.
Leyna sonrió y con movimientos lentos, pero firmes desabrochó ese tercer botón, y después el cuarto, y poco a poco fue desabrochando todos los de la camisa de Altais hasta que su torso quedó al descubierto para ella y pudo mirarlo largamente, con deseo evidente. Con sus manos en las caderas de él fue subiendo poco a poco, volvió a descender por el frente y pasó a recorrer cada centímetro con sus dedos al tiempo que su boca retomaba las acciones al cuello de él. La acción combinada de un mordisco cerca de su pulso y las manos pasando sobre sus pectorales le sacaron a Altais un jadeo más parecido a un gemido y se mordió el labio inferior, como acto reflejo la mano en la cadera de ella la apretó por esa sensación tan placentera, que lo recorrió hasta acabar en el sur.
Leyna volvió a besarlo en los labios mientras sus manos seguían con sus caricias, bajó de nuevo a su cuello y recorrió los hombros haciendo que la camisa quedara un poco bajada. Cuando regresó a jugar con el lóbulo de su oreja pensó que tal vez también quisiera tocarla sin ropa. Ese pensamiento la hizo detenerse por completo y mirarlo.
—¿Quieres… también?
Altais sonrió de lado, la paciencia había tenido sus frutos.
—Sí, lo deseo —contestó.
Ella se mordió el labio inferior, cogió con una mano la que él tenía en su cadera y la movió haciéndola pasar entre sus pechos hasta el segundo botón de su camisa.
—Todos los que quieras —repitió las palabras de él.
Él lo hizo despacio, quería observar el momento en que esa nívea piel iba apareciendo, pero también las reacciones de ella cuando con cada botón la rozaba en su camino. Apartó los lados de la camisa y la observó sin prisa, recreándose con la vista de sus pechos contenidos por el sujetador. Llevó esa mano aventurera a su cuello y acarició sus hombros, descendiendo para dibujar el contorno del sostén, por el momento sin tocar allí, aunque sólo cómo se sentía la parte alta de sus pechos le hacía anhelar hacerlo. Siguió por su vientre hasta el límite de la ropa.
Alzó la vista a los ojos de Leyna y vio cierto nerviosismo, expectación.
—Ahora te ves incluso mejor —dijo antes de besarla con un poco más de pasión.
Esas palabras la hicieron reír suavemente, sus pechos subieron y bajaron con esa risa y su vientre se contrajo unos segundos, y sus nervios se disiparon con esas simples palabras.
—Tú también te ves demasiado bien así —contestó pasando sus manos por su pecho mientras lo miraba a los ojos—. Tu piel es caliente, ¿sabes? —comentó dejando un corto beso en sus labios.
—Será que soy caliente para ti —susurró en su oído y jugueteó con el lóbulo de su oreja.
Ella jadeó y su cuerpo onduló un poco pegándose a él.
—Me gusta que lo seas —contestó, sus manos pasaron a su espalda bajo la camisa y lo pegó a ella, sus pechos apretándose contra el de él.
—Me calientas —admitió en un nuevo susurro, colocándose mejor entre las piernas de ella.
Esa confesión la hizo sonrojarse, inconscientemente abrió un poco más sus piernas, lo deseaba, sabía que lo deseaba, pero…
—No estoy segura de cuanto puedo darte ahora —musitó apenada por eso.
Altais se separó un poco, la proximidad le había frito alguna neurona haciendo que dijera e hiciera cosas que podía desear, soñar, pero para las que tampoco estaba seguro a la hora de la verdad, y se vio azorado por eso.
—Lo siento, no pretendía ahora… nada… —contestó, odiándose por la duda en sus palabras, ¿al final no podría contra la marea de hormonas adolescentes? Tal vez no tanto como le gustaría.
Leyna bajó la mirada un poco aunque sin soltarlo, tampoco quería que se separara.
—No te disculpes, no pasa nada —aseguró y volvió a mirarlo—. Me gusta que me digas esas cosas, se siente bien, pero necesitaba decir eso. No dudo de ti, pero… necesitaba estar segura —explicó y sonrió suavemente—. Me gusta mucho estar contigo, tú me gustas mucho.
Él asintió y cuando la besó ella pudo sentir que estaba sonriendo, esa vez fue más despacio, de todas formas, ¿cuánto más tiempo podrían seguir así antes de que realmente lo calentara y tuviera un problema serio con el que lidiar bajo los pantalones? Leyna sonrió también en el beso, dejó de apretarlo contra sí y siguió ese beso relajado recuperándose poco a poco del calor que ambos sentían.
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El libro en sus manos era demasiado complejo e interesante para dejarlo y dormir sólo para darle el gusto al nundu. Había pasado la hora del toque de queda, todo el mundo se había ido a dormir, pero él seguía en el mismo sofá en que antes había estado con sus amigos, aunque cuando la sala común se había vaciado había decidido ponerse cómodo, no era una posición decorosa y propia de alguien de su estatus, pero lo de cómodo no se lo quitaba nada. Estaba totalmente arrellanado en la superficie, con un brazo doblado bajo la cabeza y éste sobre el brazo del sofá, una pierna doblada y la otra colgando del mueble. Se había quitado la corbata y desabrochado el cinturón del pantalón. En la otra mano sujetaba su varita con la que hacía levitar el libro sobre su cabeza y pasaba las páginas cuando hacía falta.
El libro en cuestión era sobre el flujo mágico del cuerpo, era una materia muy avanzada que tenía que leer despacio para poder comprender todos los conceptos y los que no los apuntaba para al día siguiente buscar referencias. Los medimagos no habían encontrado nada extraño en su magia ni en su cuerpo, pero era claro que lo había, tal vez estaba oculto por alguna poderosa magia, y esa lectura le estaba dando ideas de lo que podía causar su cansancio, porque ese maldito nundu era como una sanguijuela. La maldición que tenía podía haber ido abriendo un flujo de su energía que fuera a parar al animal, algo con lo que nutrirse para funcionar. Le podían haber maldecido meses antes de que comenzara a sentir los síntomas, pero no lo había sufrido hasta que el flujo no había sido lo suficiente grande para que se produjera el cambio. Cuando comprendiera todos esos conceptos podría inspeccionar su propio núcleo mágico y los flujos que salían de él a todo el cuerpo del mismo modo que sucedía con el sistema circulatorio, esos medimagos no habían podido verlo, pero tal vez él sí pudiera ver a través de la maldición ya que era quien la estaba sufriendo. Se sentía un poco esperanzado después de un mes desde el suceso, después de años.
Unas voces que no esperaba alcanzaron su conciencia y se sorprendió al ver a Alya con Yuni, ¿qué hacía esa Ravenclaw allí a esas horas? Iba a moverse para esconderse, pero la vio sentarse sin detener su charla, al parecer no le había visto y decidió que lo mejor sería no moverse.
—¿Estás segura de eso? Es un buen rumor, pero podría hacer que pusieran su empeño en buscarnos —escuchó que decía Yuni.
—Lo vi con mis propios ojos esta mañana en los lavabos de los chicos del tercer piso —contestó Alya y se notó en su voz algo picante por el recuerdo de lo que había estado haciendo allí—. Será nuestra obra cumbre para hundir a la parejita, merece la pena.
—No puedes estar segura si no es algo que le haya dado Poppy y no esa cría —repuso la Ravenclaw.
—¿Acaso importa? Y no ha tenido ningún altercado por el que deba ir a la enfermería, nos creerán, como en todo —aseguró la otra.
Yuni asintió despacio y escribió en un pergamino. —Altais Black adicto a las pociones que le suministra su novia, Leyna Samuels, ¿será por eso por lo que están juntos? —leyó en voz alta para que la otra le diera el visto bueno.
—Eso sirve para prender la llama del escándalo, después lo iremos avivando —dijo con una evidente risa maquiavélica en su voz.
—Entonces esa molesta pareja habrá desaparecido.
Altais no podía creerlo, después de todo esas tocapelotas metomentodo eran las que estaban detrás de eso. ¿Por qué siempre tenía que ser el mismo aborrecible grupito? Pero ahora lo más importante era hacer que olvidaran esa información, no porque le importara que lo dijeran en la radio, nadie le daría credibilidad cuando las destaparan, porque ahora que sabía que eran ellas las culpables sería sencillo hacerlo, sólo tenían que seguirlas ya fuera directamente o pidiéndole a Teddy que echara una ojeada en su Mapa de Merodeador; sino porque no era algo inventado, Vasier lo había visto, sabía que tenía una debilidad y eso podía explotarle en la cara, era un recurso que no iba a consentir que guardara en su manga. Repasó en su mente cómo ejecutar un Obliviate, era una magia compleja, tanto como lo era el propio cerebro, pero se trataba de memoria a corto plazo, había ocurrido esa misma mañana y conocía el momento exacto, no sería tan complicado y si se dañaba algo en sus mentes no se notaría mucho, ¿cierto? A él no podía importarle menos.
Se incorporó y realizó un Inmobilus susurrando el hechizo así como un hechizo desilusionador y de silencio sobre sí mismo. Se aproximó por la espalda y eliminó el pergamino en el que habían escrito. Ejecutó el encantamiento de memoria, indagó primero en la mente de Alya borrando esa información, despacio, cuidando los detalles, entrando en la mente con suavidad con la idea clara de lo que quería borrar y saliendo del mismo modo, y después borrando el recuerdo más reciente de Yuni. Deshizo el hechizo de inmovilización y se alejó con sigilo hacia el dormitorio, lo mejor sería no tentar a la suerte, seguiría leyendo en la cama.
Las escuchó quejarse de un fuerte y repentino dolor de cabeza mientras subía las escaleras y sonrió con malicia, estaba claro que tendría que mejorar sus hechizos de memoria, pero no era que le preocupara en esas dos. No estaba mal para un principiante.
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Se sentó en el suelo, justo debajo de Altais, miró hacia arriba y sonrió a su novio. El ambiente en el grupo era mucho más relajado desde que esas víboras de Ayla y Yuni habían sido descubiertas como las autoras de la radio cotilla, al menos ahora ella y Altais estarían más tranquilos sin rumores molestos intentando separarlos y hacerles daño. Sin embargo, seguía estando el problema del monstruo del bosque. Hacía un par de días el huerto de calabazas de Hagrid había sido destrozado, machacado, y además habían encontrado restos de sangre y partes de criaturas por él, como si hubieran estado huyendo de algo y esto los hubiera hecho salir del bosque.
—Yo quería hacer una fiesta de fin de curso junto al lago, pero con esa bestia suelta… ¿y si sale y me destroza los adornos en último momento? Incluso podría atacar mientras se toman canapés —se lamentó Zaniah.
—Igual se une a la fiesta porque le gustan los canapés —contestó Leyna rodando los ojos y apoyando la cabeza en una pierna de Altais.
—No bromees con eso, Leyna —se quejó la otra chica, abrazando el brazo de Emery en busca de consuelo.
El castaño palmeó su cabeza y dejó un beso en su pelo. —Lo que ella te intenta decir es que no es momento de pensar en fiestas, Zaniah —le dijo suavemente—. Se está acercando mucho al colegio.
—Pero las fiestas son lo mejor del mundo, llenan de alegría en cualquier momento, cuando hay peores momentos es cuando más hay que hacerlas, da igual lo que digan, es así —aseguró la chica.
—Podemos hacer una muy grande cuando pillen a esa mantícora —contestó el castaño.
—No hay mantícoras en el Bosque Prohibido. ¿Cómo estás tan seguro de que lo es? —indagó Altais.
Emery se encogió de hombros. —Hay pequeñas señales en cada uno de los ataques —contestó—. Para empezar no hay muchas criaturas que tengan garras de león de ese tamaño. En el campo de Hagrid había huellas de esas.
—¿Son de león concretamente? —preguntó el moreno, sintiendo que una esperanza crecía en él, tal vez no todas las muertes de ese año fueran culpa suya.
Él asintió. —Para alguien que estudia las criaturas sabe distinguir los tipos de huellas de los felinos, esas eran de león, sin duda —aseguró—. Lo más complicado ha sido distinguir entre la esfinge, mantícora o un animago con malas pulgas.
—¿Y cómo lo hiciste? —preguntó Leyna interesada también.
—Sonsacándole información a Hagrid, por supuesto. Dijo que el centauro tenía muestras de picotazos venenosos —les contó tranquilamente.
—Me pregunto si los aurores hacen algo aparte de picnic en el bosque —dijo Altais cínicamente—. Si Hagrid lo sabe también lo han de saber ellos.
—No es tan sencillo atrapar a una mantícora, son muy listas —contestó Emery—. Esperemos que para el año siguiente al menos la hayan atrapado, aunque sería interesante poder estudiarla, no es tan peligrosa como un dragón, pero interesante sin duda —se veía la emoción en sus ojos.
—Canturrea mientras come y no va por ahí borrando sus huellas, no es precisamente discreta —objetó el moreno—. Tal vez ahora que lleva días sin llover la encuentren más fácilmente.
—Que no sean discretas no quiere decir que no sepan esconderse, además el bosque es enorme… —repuso—. Pero la falta de lluvia sí que puede facilitar las cosas, a parte de las huellas se mantiene el olor, y tienen uno característico por esa mezcla de seres en ellas.
—Entonces sí podré hacer mi fiesta si se dan prisa —dijo Zaniah nuevamente animada.
Los otros tres no pudieron evitar rodar los ojos ante las palabras de ella, Zaniah no dejaba de sorprenderlos con su amor por las fiestas.
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El paisaje cambiaba frente a sus ojos, pero no le estaba prestando atención, su mente volaba a esa semana después de los exámenes, cuando los aurores aún no habían atrapado a la mantícora y él se había sentido frustrado por eso, cuando había decidido cometer una temeridad. Había salido del castillo por la noche y se había adentrado un poco en el Bosque Prohibido para concentrarse como había aprendido y dejar salir al nundu conscientemente, esperando que los instintos territoriales de éste le llevaran a buscar y aniquilar al otro animal mezcla de felino. La frustración de sólo observar no se la había quitado nadie, pero se había sentido satisfecho cuando tras horas de merodear y atrapar pequeñas presas había dado con la mantícora y había acabado con ella. Esa vez no se había sentido nada horrorizado por la sangre en sus mandíbulas y en sus garras, por los violentos hábitos alimentarios del nundu, y eso lo inquietaba un poco, sólo un poco, pero sin duda sería mejor acostumbrarse que acabar llorando como un niño pequeño asustado después de cada vez, eso no lo ayudaría a controlarlo, tenía que ser más fuerte que esa bestia.
Sintió una caricia en su mejilla y un beso. —¿Todo bien? —le preguntó Leyna, no quedaba mucho para llegar a Londres y Emery y Zaniah se habían marchado para dejarles algo de intimidad, aunque al parecer Altais no se había dado cuenta.
—Sí… claro —contestó interrumpiéndose cuando efectivamente descubrió el asiento vacío frente a ellos.
Ella sonrió dulcemente. —Estabas en otro lado. Ya sé que me vas a echar mucho de menos este verano, pero podemos aprovechar —bromeó.
—¿Qué dirán tus padres cuando te vean y sepan que has estado profanando el tren? —bromeó él a su vez.
—Yo no se lo voy a contar, ¿acaso planeas enviarles una carta? —contestó ella con una ceja arqueada.
—No hará falta, para cuando lleguemos a Londres será evidente lo que habré hecho contigo —aseguró sobre sus labios.
—¿Y si no te dejo? —cuestionó apartándose juguetona.
—¿Cómo no vas a hacerlo si eres tú quien lo ha propuesto? Tienes que asumir las consecuencias —repuso volviendo a acercarse, inclinándose sobre ella.
Leyna rio y lo rodeó con los brazos por el cuello. —Me refería a hablar, planear el verano —repuso dándole un corto beso.
—Creía que tu verano ya lo había planeado Zaniah —objetó Altais besándola más largamente.
Ella negó con la cabeza y sonrió orgullosa. —Este año no todo el verano, a ella no le gusta el quidditch.
—Una vez cada cuatro años puedes tener un verano mejor —bromeó él.
La chica volvió a reír y asintió. —Quiero ir a ver algún partido contigo, al menos uno —dijo tirando de su labio inferior.
—Está bien. No sé si voy a ir a alguno más aparte de la final, te avisaré cuando lo sepa —aceptó, no veía problema en verse allí.
—Va a ser raro ver llamar a mi ventana a tu lechuza —lo picó un poco.
—Agradecerás que no llame mucho, es… particular —contestó él sin ceder a su pique, era un hecho que no le hacía ilusión mantener un correo regular, y mordisqueó y tiró del lóbulo de su oreja.
Leyna jadeó un poco por esa acción. —Tú agradecerás que no te cuente todas las fiestas de Zaniah —respondió, puso una mano en su mejilla y unió sus labios—. Sin duda echaré de menos esto.
—No lo pongo en duda. Y si en vez de "no todas" es ninguna tampoco me voy a quejar —agregó él, besó sus labios y abrió un par de botones de la camisa de ella para besar más fácilmente su cuello.
—Me lo pensaré… —aceptó ladeando la cabeza para darle más espacio.
Altais se afanó en besar su cuello y metió una mano bajo la camisa, subiéndola y acariciando su cintura. Leyna gimió cuando mordió en su pulso, enredó sus dedos en su pelo y la otra se hizo camino bajo su camisa, acariciando su torso. La mano aventurera de él salió de la camisa y ascendió hasta ponerla sobre un pecho, la otra se enredó en el pelo de ella. Ella se arqueó hacia ese toque, lo miró a los ojos con deseo, las mejillas sonrojadas y los labios rojos por mordérselos para no hacer demasiado ruido.
Por los labios de él se extendió una sonrisa presuntuosa.
—Te dije que sería evidente —reiteró justo cuando el tren reducía la velocidad para entrar en la estación.
—Espero que no haya venido mi tío, por tu bien —aseguró.
Acarició la mejilla de él con cariño y lo besó lento, dulce, lo iba a echar de menos. Altais le regaló una sonrisa, una de esas escasas genuinas sin más pretensiones y se levantó al saber que el tren se había detenido.
—Hablamos para el mundial —dijo ella arreglándose la ropa un poco.
—Sí, te avisaré. Suerte sobreviviendo el resto del verano —dijo a modo de despedida y salió del vagón sin mirar atrás.
Leyna se tomó unos segundos más en el vagón antes de salir de él, esperando que sus labios dejaran de estar tan rojos y también haciéndose a la idea de que en más de un mes no iba a verlo, iba a ser más largo que cualquier otro verano.
Fin del cuarto año
N/A: Pues hasta aquí llegó el cuarto año. Vamos entrando en materia en varios aspectos, en adelante mucho más amor y misterios.
