Capítulo 2: Una sentencia
Ella dudó. El hermano Bold la soltó y ella levantó lentamente las manos hacia su capucha pero, cuando llegó a ella, lo único que hizo fue calársela más y dar media vuelta en un intento, desesperado, por huir. Bold la retuvo y la empujó al frente. El hermano Percy, adelantándose con una sonrisa socarrona en el rostro, alargó la mano y, de un tirón, echó hacia atrás la capucha de la chica. De inmediato una melena de cabello castaño quedó suelta en ondas desordenadas. La más larga le llegaba a la barbilla, enmarcando un bellísimo rostro de nariz recta y pómulos perfilados.
—Vamos, bonita, no querrás esconder tu belleza ante nuestro Comandante— murmuró Percy saboreando cada una de las palabras que decía, mientras observaba su piel clara.
La chica tenía los labios entreabiertos que, traicionándola, temblaban ligeramente. Mantenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada, y parecía rezar mientras esperaba a escuchar su sentencia. Jon, sin embargo, no podía abrir la boca. Se había quedado mudo, su respiración agitada y sus sentidos alerta. Miró la daga, la revolvió entre sus manos, y volvió a fijar la vista en ella. Él estaba congelado, pero su cabeza era un torbellino de ideas e imágenes. No se dio cuenta de cuánto tiempo transcurrió, pero sí fue consciente de un ligero movimiento de Jeremiah, a su lado, para llamar su atención. Se obligó a dejar de mirar a la muchacha fijamente, y miró al frente.
—Jeyne sin apellidos, no puedo estar seguro acerca de la daga, ya que el único testimonio que tenemos es el tuyo. Será requisada. En cuanto a la acusación que el hermano Bold ha expuesto, está claro que no se puede dejar pasar y, sin embargo, no veo otra motivación que te llevase a hacer lo que hiciste más que la defensa propia. Dictamino que debes pagar tu servicio con horas de trabajos. Tres meses, para ser exactos. No sé si eres de fiar y espero que no haya ningún motivo oculto que te haya llevado a intentar cometer acto tan vil contra un hermano pero, como soy yo el que dicto sentencia, debo ser yo el que acarree con ella. Por eso, te condeno a tres meses a mi servicio. —Hubo unos murmullos en la sala, que Jon acalló con su helada mirada. Cuando se hizo de nuevo el silencio, continuó— ¿Sabes hacer camas, servir la mesa o limpiar? —ella asintió, imperceptiblemente. Él también asintió— Así sea. Acomodadla en la habitación de mi ayuda de cámara.
Jeremiah hizo un amago de interrumpir a Jon. Sabía que él había prescindido de su ayuda de cámara hacía poco, un muchacho con ganas de aventura que necesitaba más empuñar una espada que servir la sopa, pero la sentencia hacia esa desconocida le parecía totalmente fuera de lugar. Sin embargo, no llegó a decir nada; la mirada helada de Jon se lo impidió. Sin embargo, Jeremiah sabía que esa extraña sentencia daría que hablar. Que la chica fuese toda una belleza no le haría ningún bien a Jon Snow como comandante con puño de hierro. Al menos, la chica no era pelirroja, como ésa de los rumores.
—¡Vaya, yo también quiero ser Lord Comandante y dictar esas sentencias! —tras el grito, hubo risas de muchos de los presentes.
—¡Se le ha olvidado preguntarle si sabía calentar la cama! —gritó otro, y la carcajada ya fue general.
El Lord Comandante se puso de pie, y se hizo un repentino silencio. Un par de gritos en el anonimato era una cosa, pero la autoridad que tenía el muchacho, a pesar de su corta edad, era innegable. Jon caminó, sus botas resonando en el suelo y, pasando junto a la muchacha sin siquiera dirigirle una mirada, abandonó el salón dejando tras de sí un silencio sepulcral. La suerte estaba echada.
La muchacha, una vez aquel hombre que apenas reconocía pasó a su lado, se puso la capucha rápidamente, quizás por costumbre, quizás por miedo. Nunca se sabía con quién podía toparse una… El hermano Percy la cogió con rudeza y la llevó fuera del salón, aunque ella apenas era consciente de hacia dónde la conducían, sumida en sus pensamientos como estaba.
Un mes. Llevaba un mes viajando. Había salido con un caballo, provisiones, dinero y aquella daga bajo la capa. Pronto había tenido que abandonar al caballo; el semental llamaba demasiado la atención sobre ella, así que lo malvendió en una posada a cambio de algo de comida, ya que la que llevaba también se acabó pronto. Lo lamentó por el caballo; con la comida escaseando y malvendiéndolo a aquellos muertos de hambre, sólo quedaba esperar que el pobre animal terminase sus días en un guiso. Pero no podía hacer otra cosa. Desde entonces, se había dedicado a viajar, poco a poco, incansablemente, tapando su rostro incluso con barro, para evitar lo que bien sabía que pasaba si la miraban con detenimiento: las mujeres normalmente la dejaban en paz, pero los hombres que no tenían buenas intenciones, es decir, casi todos ellos, intentaban conseguir algo que ella no estaba dispuesta a dar. Antes muerta. Antes muertos.
Su viaje había tenido un solo objetivo desde el principio: encontrar a Jon Snow, pedirle protección, vivir, por primera vez en mucho tiempo, sin tener que mirar sus espaldas a cada paso que daba. No había esperado encontrarlo tan pronto. Tampoco había esperado que su encuentro fuese tan abrupto. Pero lo que menos había esperado es encontrarse a ese desconocido: ella recordaba a un chico amable, algo tímido, con tendencia al retraimiento y a la tristeza. No entendía por qué; siendo un bastardo como era, había conseguido algo mucho mayor de lo que aspiraban otros bastardos: ser criado junto con los hijos legítimos de su padre. Sin embargo, el muchacho había llegado a Lord Comandante. Y era la única persona que quedaba viva de su infancia. La única.
No pudo reprimir un escalofrío al recordar a los muertos que, como sombras, se cernieron sobre ella con sus mejores sonrisas. Unas sonrisas falsas, huecas, vacías. Y el bastardo de Jon, el único al que podía recurrir, era ahora alguien diferente. Ella había suplicado, rezado, porque él no la reconociese en público. Su intención era hablar en privado, explicarle por qué huía, de qué huía, explicarle que debía seguir ocultando su identidad. Cuando oyó su nombre y levantó su mirada, tan sólo un segundo, sus esperanzas se desmoronaron. Ante él tenía un hombre frío como el hielo, de mirada oscura y dura como una roca. Sus labios, tersos en una mueca y su figura tan oscura como el cuervo. "No es por él" pensó ella de inmediato "es su ropaje, tan sólo su ropaje negro". Pero no era sólo eso: había una oscuridad que le rodeaba, algo que le hacía estremecerse.
Y sin embargo, no la delató. Ni siquiera la reconoció. ¿No la reconoció? Ella pensó en su aspecto, no pudiendo saber si tanto había cambiado. Sus rasgos se habían afilado, abandonando la ligera redondez de la infancia. El pelo era diferente, castaño (en un bolsillo interior escondía los tintes con los que se lo oscurecía) y corto desde que, con la misma daga que llevaba hasta hacía poco, se lo había trasquilado en un intento yermo de cambiar su apariencia. No podía cambiar sus penetrantes ojos azules, ni sus turgentes labios rosas, ni su nariz recta, ni sus altos y señoriales pómulos. Malditos fuesen y maldita fuese su apariencia. Ojalá hubiese sido horrenda. De esa manera, estaba segura de que se hubiese ahorrado más de un quebradero de cabeza. Durante el camino, pensó hasta en desfigurarse: un par de cortes en su bonita cara, y ya no volvería a ver el brillo siniestro y hambriento en los ojos de los hombres. Un par de cortes, y… no se atrevió: era una cobarde. En cambio, lloró. Lloró hasta que sintió que no quedaba ni una lágrima más que derramar.
Tropezó con una piedra trastabillando, y haciendo que Percy la agarrase más fuerte del brazo. Vio que entraban a la fortaleza, pobremente iluminada y, seguidos de Bold, comenzaban a atravesar puertas y pasillos en una estructura que a ella le pareció laberíntica. Hacia los aposentos de la servidumbre de Lord Snow. Y, si no la hubiese reconocido, ¿hubiese dictado esa sentencia? No tenía sentido que lo hubiese hecho… a menos que los gritos maliciosos hubiesen tenido razón. Si él intentaba aprovecharse de ella, si sus intenciones habían sido esas… ella intentó no pensar en ello. Si eso era así, todo cambiaría al hablar con él. Ella era su hermana, su medio hermana, lo era al menos antes de todo esto. Antes de que él rompiese sus lazos para unirse a la Guardia de la Noche, antes de que ella se casase, dos veces, en otra vida, una muy lejana. Habían estado emparentados, y él debía socorrerla. Debía hacerlo.
—Sus habitaciones, mi señora —la voz de Percy, con un matiz de sorna, le sacó de su ensimismamiento. Observó su habitación, pequeña, pobremente iluminada, con una minúscula ventana alta, casi en el techo, al que ella no podría acceder por sus propios medios. Tan diferente a lo que ella estaba acostumbrada... Asintió en silencio.
—Ésta puerta da a los aposentos del Lord Comandante —Percy señaló a una puerta que había en una de las paredes laterales, más bien pequeña. Esbozando una sonrisa siniestra, añadió— Tiene cerrojo, pero sólo del lado de los aposentos de Lord Nieve. Ahí, sobre la cama, tienes el uniforme —ella miró hacia él, eran unas sencillas prendas de color marrón apagado, muy parecidas a las que llevaba puestas, aunque parecían ser más gruesas y abrigas. Con un repentino castañeteo de dientes, se dio cuenta de que lo agradecería—. Si necesitas que te ayude a algo más… puedo ayudarte a vestirte, si lo necesitas…
—Vámonos, Percy. Ya has bromeado suficiente por hoy con la chica. Además ahora está al servicio del Lord Comandante, por muy rara que nos parezca la sentencia. Se habrá encaprichado, ¿no? —éstas últimas palabras tenían un tinte amargo. Ella miró por un instante al hombre, y vio en sus ojos una chispa de decepción. Se dio entonces cuenta de que la decisión del Lord Comandante iba a traer más de un problema. La había reconocido, tenía que ser eso… no se crearía problemas por nada… ¿verdad?
Nota del autor: ¡Hola! Espero que os esté gustando el comienzo de mi relato. Si hay alguna duda/sugerencia/crítica (constructiva, please), no dudéis en escribir es el primero, y estoy determinada a terminarlo, así que espero saber si os gusta o no :)
¡Un saludo y gracias!
