Capítulo 3: El Lord Comandante

El golpe de la puerta cerrándose volvió a sacarla de su ensimismamiento. Lo primero que hizo fue avanzar rauda hacia la puerta de entrada y correr el cerrojo. Avanzó hacia la accesoria un segundo más tarde de recordar que esta no tenía cerrojo para ella. Se mordió el labio nerviosa; no le gustaba eso.

Se desvistió rápidamente, echando ojeadas de soslayo a la puerta que no podía controlar, y se puso rápidamente las prendas marrones; eran cómodas, anchas y poco favorecedoras. Eran perfectas. Se dejó el pelo suelto: a ésa altura, las ondas le tapaban parcialmente el rostro si mantenía la mirada baja. Tardó escasos minutos en estar lista. Tras esto, se retorció las manos observando su cuarto, pero no había mucho que le llamase la atención: tan sólo había una cama y una mesilla al lado de la cama. Ni siquiera tenía un armario.

La mirada iba, constantemente, hacia la puerta accesoria. Avanzó sigilosa hacia ella y pegó la oreja. Ningún sonido salió. ¿Y si...? Con suavidad, accionó el pomo para intentar abrirla. La puerta no cedió; estaba cerrada por el otro lado. Eso le dio algo de tranquilidad: si iban a abrirla, se enteraría al escuchar el sonido del cerrojo descorriéndose. Tras un instante de pausa, comenzaba a entrar en calor, y una ola de cansancio la invadió. Bostezó sin poderlo remediar… ¿Qué hora sería? Tenía hambre, pero estaba tan cansada…

Un par de golpes secos resonaron en la puerta principal, sobresaltando a la chica.

—¡Traigo algo de comer! —Vociferó una mujer al otro lado de la puerta. Ella se apresuró a levantarse y descorrer el cerrojo, abriendo la puerta. Al otro lado estaba una mujer, que frunció el ceño con desagrado al verla, mirándola de arriba abajo—. Le traerás problemas al Lord Comandante. Es un buen hombre, y le traerás problemas.

A continuación le tendió la escudilla bruscamente, y se alejó visiblemente molesta. Ella se quedó unos segundos perpleja, viendo cómo se alejaba, con la escudilla aún apretada contra su pecho. Se dio cuenta de que le dolía el esternón por la fuerza con que la mujer se la había estampado contra él. Oyó un ruido en el pasillo y, por instinto, cerró la puerta corriendo, puso el cerrojo y comenzó a devorar el contenido de la escudilla, con los dedos. Los tenía sucios, llenos de mugre, y la comida era poco más que bazofia, pero no importaba.

Cuando se terminó la escudilla, intentó rebañar con la lengua todo lo que pudo, la dejó sobre la mesilla y se tumbó en la cama. La ropa de cama estaba doblada en una esquina, pero ella estaba demasiado cansada para hacer nada más. Pronto la venció un sueño inquieto, en el que una bandada de cuervos le perseguía chillando. Daba igual cómo se escondiera o lo mucho que corriera, porque los cuervos, al final, siempre conseguían alcanzarla.

Le despertaron unos bruscos golpes en la puerta. Abrió los ojos sobresaltada, y observó que habían pasado las horas: por el ventanuco no se filtraba ni un solo rayo de luz. Los golpes volvieron a resonar, insistentes. Ella se levantó de un salto y se apresuró a descorrer el cerrojo, abriendo la puerta. Ante ella se encontraba la misma mujer malhumorada que le había llevado la escudilla con otro plato en la mano, y el mismo ceño que la vez anterior.

—La cena —dijo abruptamente, y volvió a estampársela contra el esternón. Tras esto, cerró la puerta dando un portazo. Ella abrió la boca, le hubiese gustado preguntar algo, pero no sabía muy bien el qué. ¿Es que la iban a tener en esa habitación sin hacer nada? Abrió la puerta de golpe, y vio cómo la mujer se alejaba por el pasillo.

—¡Eh! ¡Eh! —La mujer paró y volvió la cabeza— ¿Tengo que quedarme en esta habitación? ¿Cuándo me recibirá el Lord Comandante… para asignarme mis tareas? —rectificó pronta la frase; había estado a punto de exigir, y eso no lo hacían las criadas muertas de hambre.

—Tienes que quedarte en la habitación hasta que alguien te diga lo contrario, sí —gruñó ella, con un vozarrón que resonó a través del pasillo— y el Lord comandante no te asignará las tareas, seré yo quien lo haga. ¿Crees que él tiene tiempo para criados y para explicar cómo se hace la cama? —La señora se dio la vuelta y, mientras se alejaba, ella escuchó cómo se carcajeaba. Frunció el ceño, pero al instante descubrió que le daba igual: estaba a salvo, al menos por el momento.

Volvió a devorar con ansia el plato, que parecía contener la misma bazofia que al mediodía. Esta vez, antes de volverse a tumbar, colocó la ropa de cama. Sin embargo no llevaba más de unos minutos tumbada, la vista fija en el techo, cuando volvieron a resonar golpes en su puerta. Ella abrió la puerta para encontrarse con un hombre de aspecto adusto, de mirada negra y ceño fruncido. ¿Es que aquí todos fruncían el ceño?

—El Lord Comandante te espera. Y no tiene toda la noche —gruñó, al ver que la chica no se movió de su sitio. Ella asintió, dando un respingo, y con paso raudo salió de la habitación y cerró la puerta tras de ella. No tenía llave con qué asegurarla pero, como pensó un segundo más tarde, tampoco tenía ninguna propiedad que proteger: ni siquiera lo que llevaba puesto era suyo. El hombre se puso en marcha y, sin parar, señaló la puerta contigua. No se despidió.

Mientras sus pasos se fueron perdiendo en la oscuridad del pasillo, ella se puso frente a la puerta, carraspeó y se alisó las ropas en un intento por calmar su nerviosismo. No debería estar tan nerviosa. Estaba a salvo. Conocía perfectamente a la persona que estaba al otro lado: era un muchacho (hombre, ya era hombre) amable, bueno y justo, con los férreos valores y principios que Eddard Stark le había inculcado. Entonces, ¿por qué le invadía ésa sensación de desasosiego? Llamó a la puerta, primero tímidamente y, al darse cuenta de que su toque ni siquiera se abría escuchado al otro lado, con más fuerza.

—Adelante —ella abrió la puerta, con la mirada baja y tras pasar se volvió para cerrarla, quedándose unos segundos apoyada en ella. Cerró los ojos, inspiró un par de veces y se volvió para enfrentarse a él. Sin embargo, el Lord Comandante no la miraba: sentado en un escritorio enorme, garabateaba furiosamente con una pluma sobre un pergamino, el ceño fruncido concentrado en la tarea.

Ella esperó nerviosa pero, a la vez, agradeció esos segundos para observarlo más tranquilamente, a él y a su entorno.

La habitación no era como ella esperaba: sí era amplia, pero nada ostentosa. Un monstruoso escritorio la presidía, en el centro, plagado de pergaminos y diferentes papeles, así como objetos diseminados (el tintero y su pluma, el sello, el candil y otros utensilios que Jeyne no reconoció). A un lado había un camastro, no demasiado grande (ella había imaginado una señorial cama de postes y cabecero de dibujos intrincados). Al otro había una ventana, también alta y pequeña como la suya, aunque algo más grande. A un lado del escritorio, descansaba apoyada una enorme espada que le recordó a la de su padre. El dibujo, en la base de la empuñadura, asemejaba una cabeza de lobo.

Una vez hecha la inspección rápida del cuarto, Jeyne observó a Jon Nieve. Su rostro, como el de ella, había cambiado: sus facciones eran más afiladas, más duras, las curvas redondeadas de la niñez habían dejado paso a unos rasgos cincelados y angulosos. La incipiente barba le daba un aire serio y regio, que se sumaba a su porte. Tenía la cabellera más larga de lo que recordaba, y unos bonitos rizos oscuros caían a ambos lados de su cara. Vestía unos ropajes oscuros que, sumado al encorvamiento sobre la mesa, parecían hacerle una chepa y una envergadura que no era la suya. Alas negras, palabras negras. Se fijó en sus manos: estaban callosas, eran fuertes, no correspondían a un muchacho de apenas… Jeyne contó mentalmente, ¿diecisiete años aún? Parecía mucho mayor. Recordó esas mismas manos, más blancas, más suaves, sin callos, cuando empuñaban el arco en la arena de Invernalia hacía tan poco tiempo… parecía que había pasado una eternidad. No, no eran manos de un muchacho…

Con un sobresalto, se dio cuenta de que habían dejado de escribir. Alzó la cabeza, y tuvo que reunir todo su coraje para no tambalearse ante la directa mirada que recibía. Todo él era inquietante, más oscuro, más hombre que antes, pero nada comparado a su mirada. Fría, helada, una mirada oscura de alguien que no quiere ni teme a nada ni a nadie. Recordó haber deseado, allá en el Nido de Águilas, poder verle de nuevo; si hubiese visto este desconcertante cambio operado en él, quizás sus pensamientos no hubiesen sido los mismos. En ese momento, ella entendió por qué él era Lord Comandante, y se preguntó si sería el puesto el que le había cambiado o el cambio el que le había posibilitado el puesto. El Comandante que los tiempos requerían era, desde luego, sobrecogedor. Perdió la noción del tiempo; no supo cuánto tiempo se habían sostenido la mirada hasta que él habló, con una voz clara y más grave de lo que recordaba.

—Jeyne sin apellidos —hizo una pausa, recostándose ligeramente en la austera silla— estás aquí como castigo por haber intentado atacar a un hermano de la Guardia de la Noche. Estarás tres meses bajo mi supervisión, y harás las tareas que corresponden a mi ayuda de cámara. Mary Ann, el ama de llaves del castillo, se encargará de asignarte esas tareas; creo que ya has tenido el placer de conocerla —¿Había cierta sorna en sus palabras? Lo desechó: ese hombre era demasiado serio como para bromear acerca de nada —. Ah, y algo muy importante: debes utilizar siempre la puerta principal de mi habitación. De hecho, la puerta lateral que nos comunica permanecerá siempre cerrada; no creo conveniente su uso bajo ningún concepto. Eso es todo, puedes retirarte.

Él bajó la mirada, y continuó escribiendo. Ella se quedó clavad, en el mismo sitio, con los ojos muy abiertos y la mirada aún fija en él. ¿Era posible que no la reconociese? ¿Era posible que no..?

—Jon… —él levantó la vista bruscamente.

—Lord Comandante, Jeyne.

—Lord Comandante —corrigió ella, ligeramente irritada. Hizo una pausa, carraspeó, y le miró fijamente. Su voz salió casi en un hilillo— ¿No sabes… no sabes quién soy? Tú… tú eres mi medio… hermano…

—Sé que eres Jeyne sin apellidos —cortó él bruscamente, levantando de nuevo la mirada— No tienes ningún otro nombre para mí. Y todos los hermanos que yo tengo están aquí, y visten el negro, —ella abrió la boca, pero él cortó su leve protesta con un movimiento de la mano— corté mis lazos. Tuve una hermana parecida a ti, en aspecto, pero ella no tenía tu cabello. Ni tus arrebatos, bien lo sé. Tampoco se llamaba Jeyne. Si mi hermana hubiese venido en las condiciones en las que tú estás, habría supuesto que huía de algo. Supongo que es mejor que, ahora, esa hermana esté muerta, como todos los demás. Son tiempos aciagos para los que portan el apellido Stark.

Jeyne (se obligó a pensar en sí misma con ese nombre) se mantuvo quieta, clavada en el sitio. Sí la había reconocido, sí había sabido quién era en el instante en que le vio. Habían crecido juntos, ¿cómo había siquiera osado pensar que él no la…? Había sido listo, mucho más listo que ella. Había sabido leer en sus ojos y en sus gestos, que necesitaba ser escondida, que necesitaba ser lo que ella estaba eligiendo ser. Le había otorgado protección y seguridad a pesar de poner su rectitud en entredicho.

Sin embargo, él era ahora diferente. Tenía otros hermanos, y ella no podía esperar volver a retomar la relación donde la habían dejado. Nunca fueron amigos, de todas maneras. Ella era más Tully, más como su madre, aunque nunca odió a Jon. Indiferencia, ésa sería una palabra más adecuada para lo que había sentido por ése muchacho. Recordaba a Arya (el sólo recuerdo hizo que el dolor por el desconocimiento de su procedencia le pinchase como un aguijonazo) gritándola, enfurecida, por llamar a Jon medio hermano. Jeyne no entendía el por qué: no pretendía decirlo con maldad, ni quería herir sus sentimientos. Simplemente, no era hijo de su madre, como los demás. Ahora entendía la soledad que podía llegar a experimentar un bastardo: ella también lo había sido.

Sí, indiferencia era un sentimiento que describía bien su comportamiento hacia él en un pasado. Por lo tanto, era lo más justo que, a pesar de ofrecerle esa ayuda que ella cogía sin dudarlo, él le pagase con la misma moneda. Se dio cuenta de que Jon (Lord Comandante, así debía de pensar en él de ahora en adelante) había vuelto a escribir, y se obligó a, sin mediar palabra, hacer una reverencia y darse la vuelta para retirarse.

—Y Jeyne, —murmuró él arrugando el ceño. Ella se volvió, expectante— espero de mi servicio pulcritud y limpieza. Tu olor me llega hasta aquí, y es bastante desagradable—. Ella se sonrojó violentamente, y murmuró unas palabras de disculpa.

No pudo ver, tras cerrar la puerta, que el hombre dejaba de escribir cuando supo que ella había salido y, con un suspiro, levantaba la cabeza y se quedaba con la vista clavada en la puerta, mirando sin verla, y sumido en unos pensamientos desgarradores. Unos pensamientos dedicados a otra vida, una lejana, una feliz.

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***Nota del autor: ¡Hola! Espero que os esté gustando el comienzo de mi relato. Si hay alguna duda/sugerencia/crítica (constructiva, please), no dudéis en escribir es el primero, y estoy determinada a terminarlo, así que espero saber si os gusta o no :)

¡Un saludo y gracias!