Capítulo 4: Una nueva vida

Al día siguiente, pronto (más pronto de lo que Jeyne nunca se había levantado) los característicos golpes bruscos en la puerta le despertaron. Al abrirla se encontró con la mujerona aunque, esta vez, no portaba ninguna escudilla.

—¿Mary Ann, supongo?

—Supones bien, mocosa —gruñó ella— soy el ama de llaves. Te explicaré tus tareas y mandaré a algún criado que te enseñe el castillo. Pon atención; no quiero tener que buscarte porque te has perdido por algún rincón oscuro y deshabitado. En el Castillo Negro cada vez hay menos aposentos vacíos, pero aún los hay. —Se interrumpió para olisquear, y Jeyne sintió que se sonrojaba violentamente al notar la mueca de repulsión que Mary Ann esbozaba—. Pero primero te enseñaré dónde están las dependencias para asearse. Apestas.

Jeyne había imaginado una bañera de agua tibia para limpiarse la suciedad, pero nada más lejos de la realidad: cubos de agua apenas calentada, un paño húmedo y un balde sobre el que tenía que ponerse. Por supuesto, no tuvo ninguna ayuda para el baño. Eso no le importaba demasiado, pero el agua semifría le dejó tiritando. Se frotó con brío para eliminar el frío a la vez que la suciedad, y tuvo que aclarar el paño varias veces en el balde jabonoso para limpiar la suciedad.

No se había dado cuenta de lo sucia que estaba hasta que vio el agua marrón a sus pies, llenando el balde sobre el que estaba. Durante su viaje no se había aseado nada más que en los ríos. Y sólo a veces; al principio había pensado que el olor podría ser un repelente de encuentros indeseables, después simplemente había dejado de darse cuenta.

Cuando, a pesar de frotar con energía, del paño no salió más suciedad, Jeyne dejó de restregar. Tenía toda la piel sensible y sonrosada y estaba tiritando, pero se sentía bien. Salió del balde y cogió un paño más grande para secarse con rapidez. A pesar del castañeteo, el frío intenso le recordó a su niñez en Invernalia y, de alguna manera, le gustó que su aliento congelado saliese en forma de vapor condensado. Se puso apresuradamente las prendas marrones y buscó un espejo para ver su aspecto; no encontró ninguno. Los característicos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento.

—¡No tenemos todo el día, princesa! —Ella abrió la puerta y se dispuso a salir, pero Mary Ann le cortó el paso con el ceño fruncido— ¿Quién te crees que va a recoger eso? ¿Yo? —Soltó una carcajada, que se cortó tan abruptamente como había empezado—. Carga con eso y vacíalo fuera. Deprisa, no tengo todo el día.

Jeyne asintió, y llevó a cabo la difícil tarea de coger el balde sin derramar agua. Había echado mucha, y apenas conseguía cargarlo. No importaba, se acostumbraría. Trabajaría duro, le daba igual… aquí estaba a salvo.

Atender a Jon (Lord Comandante, debía ser Lord Comandante) no parecía especialmente difícil. Limpiar su habitación por las mañanas, después de que él se levantase, y hacerlo mientras hacía su ronda por el castillo. Siempre comenzar después de que se hubiera ido y terminar antes de que él volviese. Además debía encargarse de llevarle la comida si decidía comer en sus aposentos (cosa que a veces hacía) y asegurarse de que vaciase el plato; el Lord Comandante parecía a veces olvidarse de sus necesidades más mundanas. Por la tarde debía volver a acomodar su habitación, igual que por la mañana, sin ser vista y aprovechando el tiempo en que el Lord Comandante entrenaba con sus hombres. La cena por la noche y, eso parecía ser muy importante, mantenerse despierta hasta que él también durmiese. Mary Ann puso especial empeño en insistirle que, aunque él le dijese que podía retirarse, ella debía estar disponible hasta que él estuviese trabajando. Muchas veces se quedaba hasta altas horas de la noche, y dormía poco. Eso era algo que iba inherente al trabajo de ayudante de cámara de Lord Nieve: dormir poco. Una bebida caliente siempre ayudaba a reconfortar al Lord Comandante y, aunque él no la pedía, nunca la rechazaba.

Jeyne iba asintiendo y repitiendo sus quehaceres mentalmente. Si a partir de ahora iba a ser una criada de verdad, más valía que lo hiciese bien. Arrugó el ceño al imaginarse vaciando el orinal de Jon (Lord Comandante, debía ser Lord Comandante) pero apartó ese pensamiento de la cabeza. Él le había dado una protección que no habría conseguido en otro sitio, y no podía volverse remilgada.

—Bien, ¿has entendido todo? ¿O te lo tengo que repetir?

—No, señora, creo que lo he entendido todo.

—Bien. Y ahora, una advertencia de índole más… personal— Mary Ann arrugó el ceño (Jeyne comenzaba a acostumbrarse a eso) apuntándole con el dedo índice, amenazadoramente—. No soy quién para discutir las decisiones del Lord Comandante, pero he de decir que ésta ha sido una, como poco, extravagante. El Castillo ya murmura que Lord Nieve tiene una bonita criada que calienta su cama —Jeyne se volvió a sonrojar, e intentó hablar, pero Mary Ann se lo impidió— me da igual lo que hagas con él o lo que te pida que hagas —Jeyne sintió como su cara ardía— y, aunque no me esperara tal cosa del Lord Comandante, debes aprender a mantener la boca cerrada —otra vez veía, como en el hermano Bold, la expresión de decepción pintada en el rostro—. Como me entere de que vas esparciendo chismes maliciosos, o que hablas lo más mínimo de una relación más allá de lo… estrictamente profesional con el Lord Comandante, me encargaré yo misma de arrancarte la piel a tiras. La labor que hace él es sumamente importante y supongo que, aunque todos pensemos que es de piedra, todo hombre tiene sus necesidades, y debilidades. Sea lo que sea para lo que te requiera, yo no quiero saber nada, y no quiero que se escuche ni un solo rumor a ese respecto que provenga de tu boca. Y deja ya de sonrojarte, niña tonta —rezongó, mirándola con exasperación.

Un joven pasó por su lado, vestido con las anodinas ropas marrones que ella también llevaba. Mary Ann le hizo un gesto con la mano y le indicó que enseñase a Jeyne, la nueva ayuda de cámara del Lord Comandante, las dependencias del castillo, volviendo a recordar a ésta que esperaba que pusiese atención en no perderse ni una sola vez.

—Con el tiempo verás la poca paciencia que tengo. Y contigo, chiquilla, tendré menos. Así que más te vale no darme más quebraderos de cabeza que los absolutamente necesarios —rezongó mientras se alejaba por el pasillo.

—Y más te vale no darme más ñañañaña —imitó el chico en voz queda cuando vio que Mary Ann ya no podía oírle.

Jeyne le miró asombrada pero vio que, a pesar de su altura, no debía de tener más de once años. Él la miró con una sonrisa y, al ver que ella le miraba, se sonrojó ligeramente.

—Vaya, ya me habían dicho que eras guapa, sí señor —pareció sobresaltado al escuchar su propia voz—. Oh, vaya, eso era un pensamiento. Siento haberlo dicho en alto. No es que murmuren de ti ni del Lord Comandante, no señor, ni murmuran que eres una chica muy bonita, eso tampoco, no. Pero bueno, las dependencias, la cocina primero, ¿verdad? Yo llevo aquí tan sólo un año pero a pesar de eso, soy uno de los más antiguos. Antes no tenían criados, ¿sabes? Y ahora aún tienen poquísimos. Casi todos los que estamos aquí estamos para cocina y algo de limpieza de las salas comunes. Cada hermano se limpia su propia habitación excepto, por supuesto, el Lord Comandante. Cocina, limpieza, llevar cosas de acá para allá… incluso hay algunos hermanos que nos ayudan en las tareas. Sí señor, el castillo lleva muy poco tiempo siendo habitado por otras personas que no sean esos cuervos oscuros —las últimas palabras las dijo en un susurro, mirando a ambos lados para comprobar que el pasillo estaba desierto—. Recuerda por dónde estamos yendo, ¿eh? Mary Ann se enfada bastante si te pierdes por las dependencias. No sobramos, nosotros, los criados, y no podemos estar dedicándonos a buscar gente por el castillo. Además, es inmenso. Una vez, tardamos más de dos días en encontrar a McArthur, un muchacho que había comenzado…

Jeyne dejó de escuchar la cháchara ininterrumpida, y puso especial atención en fijarse por dónde iban. Siempre había tenido buena orientación, pero el castillo era algo que superaba sus expectativas: enorme, pobremente iluminado, con pasillos sin ninguna decoración (todos parecían iguales) y sin ningún tipo de orden aparente. Jeyne comenzó a memorizar, mentalmente, el recorrido del cuarto del aseo a las cocinas. Afortunadamente, las dependencias del servicio estaban cerca de las cocinas, el único recorrido complicado que aparentemente y, de momento, debía memorizar, era el de su cuarto y el de Jon (no debía llamarlo Jon, no debía ya…) hasta las dependencias del servicio. Se dio cuenta, con alivio, que para desempeñar su trabajo correctamente no le hacía falta entrar en ningún momento al comedor principal, ni a ninguna de las salas comunes. De hecho, para desempeñar correctamente su trabajo casi no necesitaba ver a nadie: era justo lo que ella quería.

Aún así, al muchacho le había dicho que debía enseñarle todas las dependencias. Él siguió parloteando alegremente cuando entraron al Salón Central, ajeno a los murmullos que se habían instaurado cuando los hombres, que tomaban el desayuno, empezaron a fijarse en ellos. El chisme había corrido como la pólvora, y todos tenían, cuanto menos, curiosidad por ver a la muchacha por la que el Lord Comandante había flaqueado y cometido tamaña indiscreción.

—Es más guapa que la otra, yo la conocí —oyó que uno murmuraba a su paso— aunque esta es más… corriente. A la otra daban ganas de arrancarle la ropa. —Jeyne sintió que sonrojaba y, bajando la vista, procuró que sus ondas castañas le tapasen la cara lo más posible.

—¡Jeyne sin apellidos! —Exclamó una voz que al instante reconoció como la de Percy, el primer hermano con el que se había, literalmente, encontrado. Vio cómo se incorporaba y alzaba una copa de vino aguado—. Veo que te has lavado bien para cumplir con tus tareas. —La forma en que dijo la frase, con una cadencia socarrona, hizo avergonzar a la muchacha. Se dio cuenta de que tendría que soportar ese tipo de frases allá donde fuera. Frases, miradas, burlas… debía haberse rajado la cara cuando tuvo ocasión—. Cuando el Lord Comandante se canse de ti, quizás pueda pedirle que me sirvas a mí. O si tú te cansas de él…

—¡Basta, Percy! —La voz del hombre que reconoció como el que se sentaba junto a Jon en la audiencia, que entraba al salón como un vendaval, acalló durante unos instantes a Percy—. Es suficiente.

—¿Es suficiente, Jeremiah? Creo que suficiente es lo que nos ha sermoneado nuestro Lord Comandante acerca de acatar las normas. A pesar de que todos sabemos lo de aquella zorra pelirroja. —Hubo murmullos, muchos indignados, otros de asentimiento—. Y ahora, no puede hacer como los demás y ser discreto. No, él tiene que "condenar" —dijo ésa palabra con la mayor sorna posible— a una pequeña ladrona y una chica que atacó a un hermano con una daga a vivir en las habitaciones contiguas a la suya. Supongo que el hecho de que la niña sea una auténtica preciosidad no tiene nada que ver. No culpo a Nieve, si yo fuese Lord Comandante también haría esas pequeñas concesiones conmigo mismo.

Había dado en el clavo. Los murmullos que se extendían en el comedor dieron paso a palabras airadas y después a gritos indignados de unos con otros. Jeyne se encogió en su sitio, mientras el muchacho que le acompañaba observaba el barullo con la boca abierta. Desde luego, ella sabía que iba a causar ciertos problemas, pero no imaginaba que le causaría tantos. Comprendió que, para comandar un ejército de hombres como ellos, hacía falta un hombre que no lo fuera, una persona tan recta y distante de lo terrenal que rozase lo increíble. Al haber hecho patente esa aparente debilidad, su autoridad se tambaleaba como una silla con tres patas.

—¡Basta! ¡Ya basta! —Los gritos de Jeremiah consiguieron, por fin, acallar el estruendo. Poco a poco, los hombres se fueron calmando, y él dio un golpe en la mesa para terminar de esfumar cualquier murmullo—. Tú mismo dijiste ayer, hermano Percy —Jeremiah escupió el nombre — que la chica tenía el mismo peligro que un bebé. El Lord Comandante ha demostrado con creces ser la persona idónea para este puesto. No volveremos a poner en duda sus decisiones, y mucho menos una tan nimia como ésta. —Jeremiah señaló a Jeyne, que se encogió aún más. Hizo una pausa, y su vista recorrió todo el salón, deteniéndose brevemente en algunas personas—. No volveremos a desafiarle. Ya lo osamos una vez, y no volveremos a hacerlo.

El salón se sumió en un silencio sepulcral, casi tenebroso. Muchos de los hombres miraron hacia abajo, con una mueca de temor, mientras que otros se miraban unos a otros sin, aparentemente, entender. El muchacho que la acompañaba aprovechó para empujar ligeramente a Jeyne, haciéndole una seña apremiante para que se moviese. Ella asintió: tenía, indudablemente, más ganas de él de alejarse de ese salón.

El paseo por el exterior fue mucho más placentero, aunque sentía las miradas clavadas a donde quiera que fuese. Deseó que sus anodinas prendas lo fueran aún más, para conseguir pasar desapercibida. Sin embargo, entre tanto ropaje negro, hasta ése marrón burdo llamaba la atención como si fuese blanco. Las dependencias exteriores del castillo Negro no eran bonitas, ni señoriales. Pero tenían un toque ancestral, añejo, que recubría a todo con un aire de solemnidad. El Muro se alzaba, imponente, como una masa informe de hielo. Ella lo admiró durante unos segundos con la boca abierta: cuando había llegado ni siquiera había levantado la vista hacia él. Ahora lo hacía, y era realmente impresionante.

Jeyne agradeció el frío sobre sus mejillas, que se arrebolaron, y respiró profundamente sintiendo que el viento glacial, de alguna manera, calmaba sus nervios y la tranquilizaba.

—Oh, señor, ¡qué tarde se nos ha hecho! —Exclamó el muchacho de repente, mirando el sol— no te dará tiempo a desayunar, el Lord Comandante debe haber empezado ya su paseo, hace rato. Tendrás que darte prisa si quieres acabar a tiempo. Vamos, vamos, ¡corre! Hoy yo te ayudaré. Como no termines a tiempo, a mí también me caerá bronca.

El muchacho, que entre empujón y empujón se presentó como Peter, le condujo casi corriendo por los pasillos del castillo hacia las dependencias de la servidumbre. Cogió lo necesario (utensilios de limpieza, unas sábanas limpias) y volvieron a correr hacia los aposentos de Jo… del Lord Comandante, que estaban vacías. Peter le dijo lo que debía limpiar y cómo debía limpiarlo (debía poner especial cuidado en la mesa: levantar todos los pergaminos, limpiar, y dejarlos exactamente donde estaban), las sábanas no se cambiaban todos los días, por supuesto y, cómo no, Jeyne se enfrentó a la tarea que más temía: vaciar el orinal. Suspiró sonoramente, aliviada, cuando lo encontró vacío, pero intentó disimular cuando vio la mueca socarrona de Peter ante su alivio.

—Tú no has trabajado mucho de ayuda de cámara, ¿no es cierto?

—Era posadera —mintió ella— servía mesas.

—Yo estuve trabajando un tiempo en una posada. También me hacían limpiar orinales de los huéspedes.

—Pues a mí no, —cortó ella, nerviosa— servía mesas.

—Vale, vale. Ya te tocará —se rió ante el ceño de ella, pero se volvió a sobresaltar al ver el sol por la ventana—. Vamos, vamos, hay que darse prisa. Mientras yo termino ve a las cocinas y trae su desayuno. Agua caliente con tomillo, un huevo duro, y unas gachas. Vamos, ¡vamos!

Ella suspiró de alivio al encontrar la cocina, a la primera. Había temido perderse por los laberínticos pasillos, pero su orientación, esta vez, no la traicionó. En la cocina estaba ya preparado el plato con las cosas que Peter había pedido. Al parecer, el Lord Comandante desayunaba siempre lo mismo. La taza aún estaba humeante y salía un agradable humillo aromático que Jeyne tuvo la tentación de probar. Sin embargo, cogió la bandeja y, lo más rápido que pudo, regresó a las habitaciones donde Peter, que ya había terminado, le esperaba impaciente.

—Vamos, vamos, ¿qué hacías? Ya es tiempo, ya es tiempo. —Jeyne depositó la bandeja en el enorme escritorio y salió, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Y ahora? —Preguntó a Peter, cuando vio que él daba media vuelta dispuesto a irse. Se volvió y se acercó a ella ante la pregunta.

—Ahora… quédate en tu habitación. Siento lo del desayuno, pero el servicio debe desayunar antes, si no… te quedas sin comer. Si el Lord Comandante te requiere para algo, debes estar ahí. Si te necesita, dará unos toques en la puerta y ya tú… —Se sonrojó ligeramente, y Jeyne pudo imaginarse qué pensaba, haciendo que ella también se sonrojase. ¿Es que siempre iban a estar con lo mismo?— acudes. O lo que sea. Adiós.

Ella suspiró y se encaminó a su cuarto. Se tumbó en la cama, y miró a su alrededor. Verdaderamente, no había nada con qué entretenerse. Miró la puerta que comunicaba con la habitación de… del Lord Comandante, y observó la rendija de abajo. Como su habitación era mucho menos luminosa, un haz de luz se colaba por el estrecho espacio haciendo revolotear al polvo que iluminaba. No se quedó mucho tiempo mirando la rendija, pronto el cansancio que seguía arrastrando del viaje la venció y se quedó dormida, sumida en un sueño mucho más reparador que la noche anterior.