Capítulo 6: El Muro.
—Mira, tú sólo tienes que apostar al número que crees que va a salir. Así, ¿ves? Y si ambos números son mayores que el que tú crees y mi jugada… —Jeyne puso los ojos en blanco, aburrida ante el juego de Peter. No le gustaba apostar, nunca le había gustado, y tampoco tenía dinero. Peter había insistido en que eso no importaba, y habían cogido unas gachas de la cocina, sin cocinar, para poder apostar con ellas. Jeyne veía que Peter estaba tan solo como ella pero él, a diferencia de ella, no buscaba la soledad.
—¿Y por qué mejor no damos un paseo por el castillo? No me atrevo a ir sola, y hay dependencias que aún no conozco. Seguro que tú las conoces todas. —Jeyne dedicó al muchacho una mirada suplicante. Él titubeó durante escasos segundos, pero pudo ver en su gesto que le había agradado que requiriese su compañía para protegerla.
Peter, a la vez que paseaban, comenzó a explicarle todos los recovecos del castillo. Ella había esperado que le contase algo sobre su historia, pero el muchacho parecía no saber nada, y pronto la cháchara del niño se convirtió en un murmullo alejado. Se dedicó a observar los muros, ásperos, de piedra maciza, los techos simples y abovedados, las estancias frías y húmedas. No, el Castillo Negro podía ser cualquier cosa menos acogedor, sin embargo tenía un aire solemne que hacía que a Jeyne se le erizase el vello de los brazos. Cuando pasaron delante de un pasadizo, en la parte baja del castillo, ella paró, asomándose curiosa.
—¿A dónde conduce esta puerta?
—¿Eso? —Peter hizo con la mano un gesto, quitándole importancia— es sólo la sala de manuscritos.
—¿Una biblioteca? —preguntó Jeyne con interés, intentando ver a través del pasadizo.
—Sí, ¡eso! Hay libros y manuscritos y esas cosas. Yo tuve que entrar una vez para llevarle al hermano que la regenta un almuerzo, y no volveré por mi propio pie. Es demasiado grande y húmeda… un poco siniestra, ¿sabes? Sí, demasiados pasillos y demasiado silencio ponen a uno la carne de gallina. —Miró a Jeyne de medio lado— ¿Es que quieres entrar? ¿Para qué? Ni siquiera sabes leer.
—Tienes razón —murmuró Jeyne, mordiéndose el labio e intentando echar un último vistazo antes de darse la vuelta—. No sé leer. Vámonos de aquí, me está entrando frío.
Cuando volvieron del paseo, fueron a la cocina a hervir un poco de agua caliente para entrar en calor. Jeyne se mordió el labio, y miró a Peter dubitativa.
—Hay un sitio al que me gustaría ir, pero… no sé si se puede. No sé si podría ir yo sola…
—Dime. Si está en mi mano, yo…
—Déjate de bravuconerías, muchacho —interrumpió MaryAnn, que les había observado desde que entraron a la cocina. Miró a Jeyne con una mueca de desagrado, y ella tragó saliva— ¿Y bien, chica?
—El Muro —murmuró ella en un hilo de voz— me encantaría subir al Muro y ver… ya sabéis, el otro lado.
Hubo un silencio que se vio estrepitosamente interrumpido por las carcajadas de Mary Ann.
—Muchacha, El Muro no es para ti ni para mí. No está hecha la miel para la boca del asno. Además, ¿qué se te ha perdido allí? Yo nunca he subido. Peter nunca ha subido.
—Ni tengo ninguna gana de ver lo que hay más allá, no señor —murmuró Peter con un escalofrío.
—Sólo suben los exploradores, cuando tienen que hacerlo. O los señores que vienen de visita. Un vez vino Tyrion Lannister —Mary Ann bajó la voz y miró a su alrededor—, el gnomo. Dicen que, una vez allá arriba, se bajó los pantalones y echó una gran meada al otro lado. Dicen que solo subió para eso.
Mary Ann estalló en carcajadas ante la atónica mirada de Peter, y Jeyne esbozó una sonrisa forzada. No tenía ninguna gana de reír cuando recordaba a Tyrion, desnudo, de pie en su cama… Sus mejillas se arrebolaron.
—¿También por esto te sonrojas? Oh, señor, eres más tonta de lo que pensé en un principio —la mujer se alejó moviendo la cabeza— ¡Subir al muro! ¡La señorita quiere subir al muro! ¿Qué os parece?
Oyó unas risitas del exiguo personal de cocina, y unas miradas socarronas. Miró a Peter, que había bajado la vista para evitar mirarla, pero en su expresión había un asomo de burla. No debía haber sacado el tema, lo sabía antes siquiera de formularlo. Sin embargo, intentó imaginar, una vez más, la inmensidad de lo que habría más allá, y un escalofrío le recorrió la médula.
Con un suspiro, recogió la austera comida de Jon… del Lord Comandante, unas verduras salteadas con huevos partidos y se encaminó hacia su habitación. Paró a mitad de camino y, ayudándose del tenedor, hizo una sonrisa con las verduras. Los huevos partidos hicieron de ojos, saltones, y los sobrantes vegetales fueron a parar encima de los ojos, haciendo unas cejas y unos pelos hacia arriba.
—Sigues siendo, definitivamente, una niña tonta —suspiró, mirando su obra de arte.
Sin embargo, decorar los platos aunque fuese mínimamente era uno de los únicos pasatiempos que tenía. Aunque Jon, con el ceño fruncido siempre enterrado en cartas y documentos, no pareciese verlo. Ella se encogió de hombros y le dio la vuelta al plato, que le miraba sonriendo.
—Hasta tú pareces burlarte de mí —murmuró molesta, antes de dar dos toques y entrar, empujando con el hombro la pesada puerta. El Lord Comandante se encontraba con el hermano Jeremiah, a quien Jeyne dedicó una fugaz sonrisa que fue correspondida y, después de depositar la bandeja en el escritorio, hizo una inclinación para retirarse. Antes de cerrar la puerta escuchó a Jeremiah.
—Mira, ¿es eso una cara sonriente?
—Como sea —murmuró Jon, sin echar siquiera una mirada a la bandeja, buscando algo entre los papeles. Jeyne frunció el ceño y soltó un bufido imperceptible antes de cerrar la puerta, prometiéndose a sí misma no volver a poner ni adorno en la comida.
Sin embargo, eso cambió unos días más tarde cuando, tras la cena, oyó unos suaves golpes en la puerta lateral. Le costó identificar la proveniencia del ruido, ya que Jon nunca había usado ésa puerta, y le había dejado bien claro que no se debía usar. Se mordió levemente los labios mirándola, pero no contestó.
—¿Puedo pasar? —la voz de Jon resonó a través de la puerta tras unos segundos de silencio. Jeyne observó a su alrededor con nerviosismo. Todo estaba en orden. Aunque tampoco es que tuviese cosas como para desordenar…
—Adelante —él descorrió el cerrojo y entró. Se quedó unos segundos en la puerta, dubitativo. Jeyne le miró, pero él se dedicó a observar, interesadísimo, la habitación.
—Es pequeña —dijo, a todo comentario.
—Sí —Jeyne se encogió de hombros— ¿Es que no la habías visto antes?
—Sí, la había visto. Solo que no la recordaba tan pequeña, quizás es por verte aquí a ti… —él se interrumpió y Jeyne se encogió de hombros, sin saber qué decir.
Siguió un incómodo silencio en el que él seguía mirando, con interés, las paredes de piedra. Justo cuando ella comenzaba a impacientarse, él le dedicó una sonrisa imperceptible.
—¿Sabes? Me recuerdas a una de mis hermanas, la más exigente, la más señorita. Cuando éramos pequeños, intentaba complacerla para ganarme su afecto. Al principio, al menos. Al cabo del tiempo descubrí que no había nada que yo pudiese hacer para ganarme el afecto ni de la esposa de mi padre, ni de su hija mayor. —Jeyne bajó la vista al suelo, algo incómoda.
—No sabía que tu hermana fuese tan… reacia a ti.
—Lo era. Aunque tampoco me trataba mal. Simplemente… no era un hermano más. —Hubo otro silencio incómodo, en el que Jeyne se preguntaba qué decir. ¿Por qué, de repente, contarle eso? No tenía ningún sentido. Jon volvió a hablar, esta vez con una sonrisa— ¿Sabes algo que nunca querría ella? Subir al muro y ver lo que hay más allá de él. Estoy segura de que pensaría que ése no es lugar para una señorita.
—¿Cómo sabes que…? —Jeyne abrió la boca, pero le miró con desconfianza ante la sonrisa que él esbozaba— si lo que quieres es reírte de mí, como los demás, puedes ir…
—Hay algunas personas que chismorrean sin ver quién hay al lado… se lo escuché comentar a dos criados. Y no, no veo que sea motivo de burla alguna —hizo una pausa, y luego se acercó al pequeño ventanuco— ¿Has mirado por la ventana? Hoy hay luna llena. Es, a mi parecer, uno de los mejores momentos para subir allá arriba. —Hizo otra pausa, y volvió la cabeza para mirarla a los ojos— si te apetece.
Jeyne tardó unos segundos en comprender lo que le proponía, pero su cara entera se iluminó en una sonrisa.
—¿Me llevarás a verlo? ¿Ahora? —Preguntó con excitación, reprimiendo las ganas de dar unas palmaditas. Él sonrió.
—¿Ves? Ésa es la clase de aprobación que buscaba de pequeño en mi hermana. Lástima que no seas ella. —Ella sonrió con una sonrisa luminosa y, en un arranque, se acercó a él para abrazarle.
—Gracias —susurró al oído antes de apoyar la mejilla en su hombro, y sintió cómo Jon apretaba unos segundos antes de deshacer el abrazo. Se separó con una sonrisa sincera, una sonrisa que no había visto desde hacía mucho tiempo.
—Ponte ropa de abrigo. Allá arriba hace mucho frío. —Jeyne asintió, señalando su chal marrón, y Jon frunció el ceño— ¿Eso es todo lo que tienes? Espera.
Él entró en su cuarto, saliendo segundos después con un abrigo negro, hecho de cuero. Ella se lo puso y dio un suspiro. Por dentro estaba forrado de suave piel, y el calor que proporcionaba era muy confortable.
—Qué maravilla.
Caminaron por los pasillos en silencio, hasta el exterior, en que la noche les recibió con una bofetada de aire frío. Sansa se arrebujó más en el abrigo prestado, murmurando una vez más lo confortable que era. Llegaron hasta la enorme pared y, una vez allí, Jon saludó con un gesto a dos hermanos que hacían la guardia.
—Vamos a subir —indicó, golpeando el hombro de uno a modo de saludo. Él asintió e hizo una seña para que se montasen en un enorme montacargas que descansaba en el suelo. Jeyne vio que el hombre la miraba de arriba abajo al pasar junto a él, con el ceño fruncido y un rictus tenso. El otro hombre, sin embargo, le observaba con una sonrisa maliciosa. Cuando empezó a plantearse a qué precio quería Jon enseñarle el muro, él la sacó de su ensimismamiento, apoyando una mano en su espalda, entre sus omóplatos, y guiándola hacia el montacargas. —Espero que no tengas vértigo.
—Nunca lo he tenido —Jeyne alzó la voz para hacerse oír por encima del viento, que se empeñaba en llevarse lejos sus palabras.
La experiencia en el montacargas fue sobrecogedora. Los comenzaron a subir por un sistema de poleas y, poco a poco, brazada a brazada de los hombres que estaban abajo, fueron subiendo. La plataforma sobre la que estaban se balanceaba con el viento, y el desagradable sonido al raspar con la pared ponía a Jeyne la carne de gallina. El viento, conforme subían, aullaba más y con más furia, y pequeños copos de nieve se arremolinaban alrededor suyo. La cuerda, castigada, chirriaba contra los goznes que sujetaban la plataforma, y Jeyne se descubrió a sí misma examinando las junturas para controlar que la cuerda estuviese en buen estado. Miró abajo, y una sensación de vértigo le recorrió desde la punta del pie hasta la cabeza, mareándola ligeramente. Cerró los ojos, agarrándose a una de las cuerdas, y murmuró una silenciosa plegaria a todos los dioses que podía recordar. Mientras, Jon la observaba con una sonrisa divertida en la cara. Sí, puede que su hermana Sansa hubiese reaccionado de forma parecida.
Cuando el montacargas dejó de subir, Jeyne se atrevió a abrir un ojo. Le pareció que Jon le miraba sonriente, pero en cuanto abrió el otro ojo vio que sólo oteaba al horizonte. Él subió al muro y le tendió una mano. Jeyne se lo agradeció y, agarrándola fuerte, tomó impulso para subir.
—¡Ten cuidado! —Le gritó Jon al oído para hacerse entender a través del rugido del viento— ¡El suelo es resbaladizo!
Ella asintió y aferró más fuerte su mano, buscando un apoyo. Maldijo el pobre agarre de los zapatos que llevaba, y envidió las elásticas botas de cuero con tachuelas en la suela de Jon. Paso a paso, mirando al suelo y con cuidado para no caerse, fue avanzando por la superficie escarchada, bajando la cabeza para protegerse del viento y encorvándose para ganar estabilidad a la vez que avanzaba. Sintió que el corazón le dio un vuelco cuando, al ir a dar otro paso, vio que un poco más allá ya no había hielo. No había nada. Abrió la boca y sintió la mano de Jon resbalando por su cintura para agarrarla firmemente, y frenó en seco. Fue a mirarle pero algo más llamó su atención: el vasto paraje se extendía más allá de lo que su vista alcanzaba, y era impolutamente blanco. Había una ladera enorme llena de gigantescos árboles recubiertos de blanco, una pradera inmaculada y, a lo lejos, unas escarpadas montañas que se cernían amenazantes. Jeyne se quedó congelada, sin poder creer el maravilloso paisaje que tenía ante sus ojos; ni en sus más disparatados sueños hubiese imaginado un paraje tan sobrecogedoramente vasto, bello, grandioso.
No era la primera vez que Jon veía el paisaje al otro lado del Muro y, aunque siempre se maravillaba, esta vez miraba otra cosa. Los finos copos de nieve caían, bailando imprevisibles al son que el viento dictaba. Algunos se estampaban contra la suave cara de Jeyne, pero ella parecía no darse cuenta. Con los labios entreabiertos con asombro, sus ojos azules devorando el paisaje y sus mejillas arreboladas por el frío, era un espectáculo realmente bello. Cuando ella giró la cara, mirándole ilusionada, él retiró la vista un momento para volver a mirarla, menos intensamente. Sonreía, y su sonrisa parecía iluminar toda la cara. Sus ojos, brillantes, contrastaban con su piel blanca.
—Jon, esto es increíble. Es… no hay palabras para describirlo. —Él sonrió, asintiendo y volviendo la cara para mirar al paisaje, para no quedarse otra vez embobado mirándola.
—Eso mismo pensé yo la primera vez que lo vi —dijo, perdido en sus pensamientos.
Había sido solo un crío, hacía una eternidad, en otra vida y, sin embargo, se dio cuenta de los pocos años que habían pasado desde ese momento. Los dos se quedaron en silencio, uno junto al otro, dos figuras solitarias que parecían tener el mundo a sus pies, literalmente. Jeyne se dio cuenta de que Jon seguía cogiéndola de la cintura, pero prefirió no decirle nada. Estaban tan cerca del borde… Fue Jon quien la soltó cuando vio una figura oscura a lo lejos. El hombre de la Guardia de la Noche pasó junto a ellos.
—Lord Comandante… —saludó, con un asentimiento de cabeza. Miró a la muchacha y ella pareció ver cómo la indignación bullía en su rostro. Tras unos segundos miró para otro lado, gruñó una despedida y siguió caminando.
—¡Creo que te vas a meter en demasiados problemas por venir aquí a enseñarme esto! —exclamó Jeyne, acercándose a su oído para que pudiese escucharla. Él hizo un amago de sonrisa y murmuró algo— ¿Cómo? ¡No te oigo! —exclamó Jeyne, haciendo bocina con sus manos. Él se acercó a ella y puso los labios en su oído, levantando un ápice la voz. Esta vez, Jeyne le oyó perfectamente, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
—Ha merecido la pena.
Se quedaron un rato más viendo el paisaje, uno junto al otro. La luna llena brillaba con fuerza y, a pesar de que la noche era cerrada, se podía apreciar hasta el más mínimo detalle. Al final, Jon le hizo un gesto a Jeyne para volver, y ella asintió. Pero antes, dubitativa, le miró.
—¿Es verdad que… es verdad…? —murmuró, y a Jon le pareció que sus mejillas se encendían un poco más.
—¿Sí? —le animó con un gesto.
—¿Es verdad que el Gnomo orinó desde aquí arriba? —Jon abrió los ojos genuinamente sorprendido. El gesto de contrariedad de ella, unido a la curiosidad de parecía tener le hizo soltar una sonora carcajada.
La vuelta fue menos impresionante. Jeyne ya sabía a lo que se atenía, e incluso miró un par de veces hacia abajo, antes de volver a cerrar los ojos corriendo y agarrarse a la cuerda. Desandaron el camino hecho a la ida en silencio y, cuando llegaron a las habitaciones, se detuvieron. Jeyne miró a Jon y le sorprendió gratamente al ver que en sus ojos ya no tenía esa mirada tan helada, tan desapasionada.
—Gracias por todo. Por acogerme aquí, y por esta pequeña escapada. Ha sido precioso verlo —tras eso, se adelantó y, poniéndose de puntillas, le dio un suave beso en la mejilla. Él pareció sorprendido durante un segundo, y se llevó sin darse cuenta la mano a donde los labios de ella habían estado un segundo antes. Jeyne dio la vuelta y abrió su puerta pero, antes de entrar, Jon la llamó. Ella le miró.
—Me lo puedes agradecer volviendo a ponerme caritas sonrientes en las comidas. Las echo de menos.
Jeyne sonrió, no sólo con su boca, sino con toda su cara y, asintiendo imperceptiblemente, entró en su cuarto y cerró la puerta, con el corazón saltando en su pecho contento. Se tumbó en la cama y se dio cuenta de que no le había devuelto el abrigo. No importaba, había tiempo… Era tan confortable y ella estaba tan cansada… No tardó en cerrar los ojos y, haciéndose un ovillo, un sueño profundo y reparador se instaló en ella.
