Capítulo 7: Una visita inesperada

Al día siguiente, pronto notó las primeras malas miradas. Hoscas, descaradas, hechas a propósito para hacerle encogerse en su sitio. Primero venían sólo de hombres con el negro, pero a medio día y a mitad de la tarde, las miradas venían igualmente de los pocos sirvientes que había en el Castillo. Incluso Peter, siempre dispuesto a conversar con ella y a regalarle una sonrisa, quitó la vista incómodo cuando la vio. Mary Ann, sin dejar de remover la gran olla que contenía la comida del día, le sonrió con sarcasmo cuando apareció a su lado.

—¿Le gustó el paisaje del Muro, a su señoría? —Jeyne le miró y le devolvió una sonrisa fría, congelada, alzando la barbilla.

—Sí, gracias, me gustó mucho. —Lo único que consiguió con su comentario fue un burbujeo de susurros entre los que estaban en las cocinas. Mary Ann bufó sonoramente y, con una mueca de desagrado, siguió removiendo la olla.

El resto del día no fue mejor. No solía tener que pasar por el comedor general, pero debía ir a recoger unas ropas del Lord Comandante a la sala que estaba justo al otro lado. Varios hombres aprovecharon para decirle, a media o viva voz, comentarios mordaces, la mayoría de los cuales le hicieron sonrojar. El último comentario mientras ella abandonaba el salón, de un hombre que le preguntaba si había conseguido derretir algo de hielo, le hizo apretar el paso, mirar hacia abajo y apretar los dientes. Sin embargo, al ir por uno de los pasillos, chocó de lleno con un hombre. Al levantar la vista, su cara se ensombreció; nunca más volvería a caminar mirando hacia abajo. El hermano Percy, el mismo con el que había topado cuando llegó, la cogió del brazo con una sonrisa socarrona y acercó su cara a la suya.

—Me he enterado de lo de vuestra escapadita… parece ser que como todo el mundo —echó una ojeada al salón. Humedeció sus labios con la lengua, y bajó la voz— ¿Qué se siente jodiendo tan arriba, preciosa? ¿Me lo querrás contar o, mejor, me lo querrás mostrar? —Jeyne se soltó el brazo de un tirón, y le miró con una mezcla de furia y vergüenza.

—No sé cómo te atreves a ser tan grosero y… y… decir esas cosas sobre mí. No quiero que vuelvas a volverme a coger sin mi permiso, ni a… a…

—Menudo carácter —Percy rió— ¿Qué tienes, cinco años?

—¿Qué está pasando aquí? —Jon, seguido de dos hombres más, había aparecido desde el comedor donde, debido a la algarabía, no se habían escuchado los ruidos. Jeyne aprovechó la interrupción para alejarse un poco más de Percy. El hombre se encogió de hombros, con una sonrisa socarrona.

—Le preguntaba si le gustaría acompañarme al Muro esta noche, ya que ella ya tiene experiencia… subiendo allá arriba. —Jon ni siquiera alzó una ceja. Mantuvo la mirada de Percy hasta que éste ante su escrutinio, incómodo, la retiró.

—Venid los dos al comedor —murmuró y se dio la vuelta sin esperar respuesta.

Jeyne siguió a Percy y, en cuanto estuvieron en un espacio más amplio, se intentó separar de él todo lo que pudo. Mientras, el Lord Comandante había caminado tranquilamente al centro del comedor, donde se quedó quieto, callado, hasta que el alboroto se fue convirtiendo en murmullos y éstos, en absoluto silencio. Él bajó la vista al suelo y luego la subió, para mirar a sus hombres y dirigirse a ellos, con una voz potente que llegó perfectamente hasta todas las esquinas del comedor.

—No he podido evitar oíros. Iré al grano. Sí, subí a mi ayuda de cámara, Jeyne, ayer al Muro, porque supe que quería ver lo que había más allá. Igual que hicieron cuando Tyrion Lannister lo pidió. Igual que haría si me lo pidiera cualquier otro. De hecho, si alguien, ¡cualquiera! no ha estado y quiere hacerlo, yo me comprometo personalmente a llevarlo y enseñárselo. ¿Desde cuándo limitamos ése paisaje a unos pocos? ¿Desde cuándo, aquí, unos valemos más que otros? Todos estamos, al final, luchando para conseguir un objetivo final: derrotar a la sombra. Todos tenemos que cooperar. Nosotros —señaló sus ropajes negros— somos hermanos, y como tal debemos tratarnos. Y a los que no lo son, y están aquí haciéndonos un servicio —señaló a Jeyne— debemos respetarlos. Y si alguno no lo hace, yo me encargaré personalmente de que lo haga —la última frase fue pronunciada en un tono más bajo, casi con un matiz de amenaza— porque son ellos los que permiten que podamos centrar nuestros esfuerzos en saber luchar cuando llegue el momento. Se acerca el invierno.

Jon miró a los presentes y, tras unos segundos de sepulcral silencio, cruzó el salón, y sus botas resonaron en la sala haciendo más patente el silencio. Cuando salió hubo aún unos segundos de silencio hasta que comenzaron los murmullos. A Jeyne no le gustó lo que escuchó.

—Ella no nos sirve a nosotros, sino sólo a él. ¿Y habla de igualdad? Que nos la preste para que también nos haga… servicios.

—¡Hermanos! Si su mierda seguro que sale hasta perfumada, ¿cómo va a ser hermano mío?

—Sólo es un bastardo con ínfulas de gran señor.

Ella, sin embargo, también escuchó muchas voces defendiéndolo, otros que acallaban a los hermanos que criticaban, y muchos otros que se mantenían en silencio, mirando huraños a quien protestase. Aún así… Jeyne se mordió el labio, con la culpa reconcomiéndole. Resopló con determinación y abandonó el salón siguiendo los pasos del Lord Comandante hasta su habitación. Cuando llegó, golpeó dos veces, y esta vez esperó a su permiso para pasar.

—…Lord Comandante —se corrigió justo a tiempo, tras abrir la puerta. Tomó aire, respiró hondo una vez, y lo miró con determinación—. Quiero darte las gracias por defenderme en el salón. —Él alzó sus ojos con la mirada fría, tan diferente a la de la noche pasada.

—No te defendía a ti específicamente. Defendía lo que creo, y no me gustan las injusticias ni el abuso de poder.

—Ya… —Jeyne titubeó ante la helada mirada del Comandante— el problema es que muchos… algunos… creen que precisamente eso estás haciendo. Abusando de tu puesto y tu poder para tenerme aquí… —se sonrojó— bueno, tú ya sabes. Y he estado pensando… desde antes de lo de hoy. Quizás sería bueno, para ti, que me cambiases de puesto. A uno de servicio normal, o a uno que estuviese lejos de ti. A cualquier cosa que no implique minar tu posición o hacer peligrar tu puesto. —Jon sonrió con la boca, aunque no con los ojos.

—¿Peligrar mi puesto? Mi puesto no peligra porque se piensen que estoy encamándome con una criada. Mi puesto siempre va a acarrear críticas, pero sé distinguir las peligrosas de las que no lo son. Ahora lo sé. Y esta, aunque es inconveniente, no entraña ningún riesgo.

—¿Y no socava tu autoridad? ¿O el concepto que tienen de ti? ¿No te ha perjudicado en absoluto mi llegada? —Jon titubeó— sabes que sí. Y si me cambiases…

—Si te cambiase de ocupación dirían que me he cansado de ti. O que lo único que hago con mi acción es apoyar su teoría.

—Pues mándame al pueblo más cercano. Con una carta de recomendación de trabajo. Yo… puede que al principio dijesen eso, pero luego se olvidarían. Mi presencia aquí es un recuerdo constante de que el hombre que los lidera no sigue las mismas reglas que hace todo el mundo.

—Un pueblo cercano no me sirve. Necesito tenerte cerca. —Jon, clavando en ella sus ojos grises, se recostó un poco en su silla— ¿O es eso lo que quieres? Dime, sinceramente, ¿es lo que quieres hacer? ¿Viniste aquí para buscar mi protección, y me pides que te mande lejos de nuevo? —Ella respiro hondo.

—No, J…Lord Comandante, claro que no es lo que quiero. Pero estaría dispuesta a hacerlo si la situación lo requiriese. —Hubo un silencio, en el que ambos se mantuvieron la mirada. A Jeyne le pareció eterno y, a la vez, increíblemente corto. Al final, él cortó el contacto visual.

—No. El daño ya está hecho. Y te quiero cerca. Puedes retirarte, Jeyne. —No esperó respuesta. Frunció el ceño y comenzó a mirar un papel, dando por finalizada la conversación.

—Pues vale —murmuró ella, algo molesta porque hubiese finalizado la charla tan abruptamente pero, a la vez, aliviada.

No quería volver a irse. No quería volver a tener la inseguridad de ir a un sitio nuevo. Allí muchos la miraban con hostilidad y algunos, como Percy o Mary Ann, podían ser desagradables con ella. Pero estaba a salvo, y eso era lo que importaba. Eso era lo que importaba.

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A partir de ése incidente, decidió dejarse ver más. Quizás, si se acostumbraban a verla, dejarían de murmurar a su paso… o ella dejaría de oírles. Además, hacía mucho tiempo que no tenía libertad para campar a sus anchas sin tener que dar explicaciones a nadie, y quería aprovecharlo. Le gustaba especialmente ir hasta el muro y contemplar la gigantesca obra de arte que constituía la mayor defensa del Reino. Según la posición del Sol, el Muro tenía un color diferente: a veces era azulado, oscuro, profundo, y otras veces podía llegar a ser tan blanco como la nieve. Los días de tormenta el Muro parecía mimetizarse con el tiempo y su color tornaba a un gris apagado, sucio. Sin embargo, su magnificencia siempre seguía ahí.

Otra cosa que le encantaba observar era a los hombres entrenando, batiéndose con las espadas de madera o con las lanzas de punta roma. Siempre le había gustado ver a los hombres justar, pero ésta vez no le atraía por observar la fuerza y galantería de los caballeros. No, ésa época había quedado tan lejana que le resultaba casi irreal.

Lo que a Jeyne deseaba al verlos combatir era ser tan fuerte como ellos, tan poderosa, ágil y veloz. Si fuera así, nadie se volvería a atrever a ponerle una mano encima, a escupirle palabras cargadas de veneno, o a manejarla como si fuese una marioneta. Cuando El Lord Comandante entrenaba, a media tarde, intentaba no estar presente, para no dar más poder a las malas lenguas, pero a veces no podía evitar quedarse unos minutos. La manera de luchar de Jon distaba mucho de la de los demás, que solían usar la fuerza bruta para inclinar la batalla a su favor. No, Jon hacía todo lo contrario: conseguía que el punto fuerte de su contrincante fuese su máxima debilidad. Luchaba casi como ejecutando un baile, suave, sin brusquedad en sus movimientos. Jeyne siempre tardaba varios segundos en darse cuenta de que la pelea había finalizado, ya que acababa de una manera tan abruptamente suave que era difícil de asimilar. No parecía usar mucha fuerza para ello… ah, ojalá ella supiese luchar así. Ojalá fuese tan ágil…

El tiro con arco también le fascinaba. Recordaba a Arya, allá en Invernalia, practicando a escondidas con el arco, y recordaba haber pensado que su hermana menor estaba loca. Ahora, todo lo que ella había creído le parecía un artificio y ella, la única de sus hermanos que se había dejado llevar por él. Recordó aquella noche aciaga; aquella en que se había escapado, como una sombra, fuera de los dominios de su padre en Desembarco del Rey para ir a hacer lo que ella creía que era lo correcto. El recuerdo le aguijoneó la conciencia de tal manera que tuvo que cerrar los ojos. Le pareció oír, claramente, la terrible sentencia que le retorció el alma y, después, el filo de la espada cortar la carne y el seco golpe contra la piedra. Y luego, la oscuridad.

Tragó saliva, algo mareada, y volvió a abrir los ojos. Ya no podía hacer nada para remediarlo y tendría que vivir con ello, lo sabía, pero eso no lo hacía menos doloroso. Trató de concentrarse de nuevo en el tiro con arco. No parecía imposible de hacer para una chica. De hecho, entre las mujeres salvajes era el arma que más abundaba. Si ella se atreviera…

—La chica criada viene muchas veces a vernos. Te observo cuando nos observas —Jeyne se sobresaltó y se llevó una mano al corazón, sin pretenderlo. Miró a su interlocutora, que se había situado a su lado con tal sigilo que ella ni se había percatado. Era bastante más bajita que ella, y muy delgadita. Lucía una melena oscura, muy rizada y en sus grandes ojos negros había una chispa de viveza que los hacía realmente hermosos. Vestía el negro.

—Me gusta veros lanzar con arco. No parece difícil. —La chica le miró y soltó una risa profunda, grave. Alzó la mano y se la ofreció, cuando Jeyne bajó la vista, vio que sostenía un arco.

—Vamos. Inténtalo. —Ella no dudó. Alargó la mano hacia el arco y lo cogió. Era más pesado de lo que parecía. Acarició, fascinada, la superficie tensora, y luego la crin que permitía lanzar la flecha. Alargó la mano hacia una flecha que la mujer le tendía, y también la examinó. La punta parecía bastante afilada, la madera, flexible y resistente y el acabado estaba remachado con unas plumas blancas— ¿Quieres mirar, o quieres probar?

Jeyne la miró y vio que se había cruzado de brazos. Asintió y cogió el arco con la mano izquierda. Bien, costaba algo sujetarlo… Observó la fina ranura que la flecha tenía donde había que insertarla al arco, y la encajó. Su corazón empezó a latir con fuerza. Fijó su vista en la diana, cerró un ojo, y apuntó. Se tomó su tiempo, y comenzó a tensar. Lo tenía: la punta estaba justo alineada con el blanco de la diana… Tensó un poco más y, cuando ya no pudo más, soltó. La fecha no dio en el blanco, ni siquiera salió disparada: se atascó en la ranura y cayó a sus pies con un suave golpe. Escuchó carcajadas alrededor y sintió su cara del color de la grana. Miró a la mujer que le había prestado el arco, que la miraba con una amplia sonrisa.

—Otra vez. Vamos.

Jeyne miró a su alrededor y vio que se había agolpado una pequeña multitud, la mayoría hombres de la Guardia mirándole socarronamente. Ella asintió con determinación, y volvió a coger la flecha, para repetir el procedimiento… pero volvió a pasar exactamente lo mismo. Esta vez no necesitó ser alentada por la desconocida. Volvió a recoger la flecha y volvió a tensarla. Se dio cuenta de que el problema estaba en que sujetaba demasiado la flecha a la vez que comenzaba a destensar, y que eso hacía que el golpe perdiese fuerza. La tercera vez que tiró, la flecha salió disparada, con poca potencia, para caer cerca de la diana.

—¡Lo he conseguido! —Gritó Jeyne, entusiasmada, mirando a la mujer y señalando la flecha— ¡La he lanzado!

—Conseguido es hincar la flecha en la diana. Eso no es conseguido —argumentó ella, sin perder la sonrisa. Extendió las manos y Jeyne le devolvió los objetos, algo desilusionada—. Quizás la próxima vez, mejor.

La multitud, al menos, ya no reía. Se iba disolviendo, entre sonrisas, sí, pero ya nadie reía. Además, ella ya estaba acostumbrada a ser una paria, ¿qué más daba? Cuando se disponía a alejarse de la zona de tiro con arco, una sombra blanca se lo impidió, abalanzándose contra ella. Tras un segundo de pánico y a pesar del descomunal tamaño que tenía, Jeyne reconoció en el gigantesco lobo blanco al cachorrito albino que una vez recogiera su padre.

El lobo había apoyado las patas en sus hombros, sin ningún esfuerzo, y le olisqueaba la cara con curiosidad. Ella le sonrió mientras le invadía una oleada de cariño, y se permitió alzar las manos para hundir los dedos entre el suave pelaje del cuello, rodearlo con sus brazos y darle un breve abrazo, antes de recordar dónde estaba.

—A ti también te eché de menos, Fantasma —murmuró a la vez que lo bajaba, suavemente, deseando sin embargo mantenerlo entre sus brazos mucho más tiempo.

Él la miró con esos ojos inquietantemente rojos, y se sentó a su lado. Ella lo observó con curiosidad cuando abrió su gran bocaza y, con su lengua colgando fuera, comenzó a jadear, cerrando y abriendo los ojos en actitud relajada. No pudo evitar volver a sentir un aguijonazo de pena, al pensar en Dama, y lo imponente que se vería ahora, tan imponente como Fantasma, si no…

Recordó cómo se posicionó contra Arya y su loba, cómo defendió a Joffrey… El mero recuerdo le dolía físicamente. Ése, ése momento en el que ella cambió a su sangre, su familia, por su prometido, y dejó matar a su loba, ése fue el momento en el que se condenó. Si Dama hubiese estado a su lado, muchas cosas se podrían haber impedido. Dama no habría dejado…

Jeyne sintió que los ojos se le humedecían. A quién iba a engañar. Si ella hubiese llevado a Dama a la Corte, ¿cuánto habría tardado Cersei, Joffrey, o cualquiera de ellos en ordenar su muerte? Estaba condenada… estuvo condenada desde el mismo momento en que Jeyne pidió a su padre, con la ilusión de la inconsciencia, poder acompañarlo a la capital del Reino. Hizo un par de hondas respiraciones, mientras sin poder evitarlo, bajaba la mano a la cabeza de Fantasma, volviendo a hundir sus dedos entre el almohadillado pelaje blanco. Él bajó un poco las orejas ante la caricia, inclinándola imperceptiblemente.

—¿Eres cambiapieles? —Jeyne levantó la cabeza bruscamente. Había vuelto a olvidar totalmente el mundo exterior, sumida en sus pensamientos. La mujer del arco la miraba, ahora con una sombra de respeto en sus grandes ojos oscuros.

—¿Cómo?

—Le gustas al lobo. Te obedece. ¿Eres cambiapieles? Como Jon Nieve. Hombre que domina a los animales.

—Oh, yo… no, yo sólo… no lo soy —terminó Jeyne, negando con la cabeza, sin saber qué más decir.

—Seguro que huele a su amo —dijo alguien en voz alta, y ella levantó la vista, pero no reconoció la cara del que había hablado. Con un sobresalto, se dio cuenta de que la mayoría de hombres que la observaban aún tenían la boca abierta.

El comentario del hombre, dicho en un tono jocoso, alivió la tensión de casi todos, que buscaban una buena razón por la cual el lobo al que todos tenían terror, al menos al principio, había podido hacer tan buenas migas con una simple muchacha la que no conocía de nada. Ella no esperó a que hubiese más comentarios. Con un cabeceo de despedida hacia la salvaje desconocida, se alejó lentamente. Fantasma la miró, pero ella le hizo una seña para que se quedase ahí, y él pareció entenderla, porque no la siguió, aunque continuó con sus ojos rojos clavados en ella.

Mientras se alejaba, Jeremiah le observaba atentamente, mientras los hombres comentaban lo que acababan de ver.

—¿Has visto cómo se ha abalanzado a ella? Le ha faltado lamerle la cara. Nunca había visto a ese monstruo comportarse con nadie así que no fuese su dueño.

—Olerá a él. Ya os lo he dicho —murmuró el hombre que había hablado antes.

—A mí me sorprende más la conducta de ella que la del lobo. ¿No os habéis dado cuenta? Ni siquiera ha pestañeado. Al revés, ha sonreído, —el tercer hombre que había hablado soltó un jadeo, impresionado— la condenada ha sonreído. Se me tira a mí un monstruo de ese tamaño y me faltan reinos para correr.

Jeremiah asintió en silencio. Él se estaba planteando exactamente lo mismo. Ambos (lobo y muchacha) habían reaccionado con una chispa de entendimiento, incluso alegría, al ponerse uno junto a otro. Fantasma había ido directo a ella para olisquearle y mirarle y ella, a los dos segundos de tener al lobo encima, lo había mirado con los ojos brillantes y una enorme sonrisa en el rostro. Diría, incluso, que lo que había presenciado había sido la mirada cómplice de dos viejos conocidos.

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Comentario del autor: ¡Hola! Este texto en verdad eran dos capítulos, pero como ambos me habían salido cortitos... al final he decidido juntarlos. ¡Un saludo!