Capítulo 8: El Baile

Jon suspiró, inmerso una vez más en los papeles que se apoderaban de su escritorio. Seguía escribiendo cartas, incansablemente, a todos los dirigentes de las grandes casas, explicándoles lo que los nuevos informes traían: noticias aciagas, noticias de la aproximación del peligro… noticias de invierno.

No se atrevía ya a mandar a demasiados exploradores más allá del Muro: pocos volvían. Incluso a los salvajes, que conocían el territorio como la palma de su mano, tenía que darlos a veces por desaparecidos. Desaparecidos que, si volvían, sería convertidos en cadáveres, dispuestos a acabar con ellos…

La buena noticia era que los dirigentes respondían: mandaban soldados, hombres cualificados, para rellenar los castillos que durante tanto tiempo habían estado deshabitados. La Guardia de la Noche nunca había sido tan poderosa, ni tan influente. El apoyo de Stannis Baratheon fue algo determinante para llamar la atención de los demás en los Siete Reinos, pero no había sido suficiente. Sin embargo, después del… incidente, Jon hizo algo que antes no se hubiese atrevido a hacer. Mandó a sus hombres más Allá del Muro a buscarlos y los encontraron, vaya si lo hicieron: espectros. Los capturaron "vivos" (todo lo vivos que podían estar unos hombres muertos) y los llevaron de vuelta. Jon recordó, sin un asomo de pena, los hombres que habían caído para conseguirlos. Luego, metidos en unas resistentes jaulas de metal, los mandó a través de los Siete Reinos, uno a cada dirigente de una Gran Casa o a cualquiera que tuviese un ejército de soldados. Dejó meridianamente claro que quería que en el viaje fueran extremadamente visibles, para que todo aquel que tuviese la suerte (o desgracia) de toparse con ellos, los vieran.

Pero lo determinante fue lo que, a pesar de las renuencias de sus mensajeros, mandó que hiciesen delante del dirigente al que habían sido enviados: liberarlos. Tenían la orden de esperar a matarlos hasta que hubiese un verdadero peligro y su estrategia, aunque sumamente arriesgada, tuvo éxito: los dirigentes vieron con horror cómo aquel engendro seguía avanzando a pesar de atravesarle con la espada o clavarle una lanza, como un solo monstruo de ésos amenazaba la supervivencia de todos. Sus hombres hablaron, después, de un ejército, en el que estos terroríficos engendros eran sólo los peones de unos monstruos aún mayores, a los que les costaba morir mucho más. Se necesitaba contener ese horror y el único sitio capacitado para ello era el Muro. Si no, los Siete Reinos se quebrarían bajo el dominio de los Otros como un palito se quiebra ante la mano de un gigante.

Después de eso, comenzó a extenderse el rumor del imbatible Lord Comandante. De un hombre que había doblegado a los salvajes, haciendo inclinarse a un rey. De un hombre que tuvo en la palma de su mano al inquebrantable Stannis Baratheon, y a su sacerdotisa Roja (Jon no pudo reprimir un escalofrío al recordarla). Un hombre que podía dominar a los muertos vivientes, exhibirlos como si fueran monstruos de feria, amenazar a reyes y nobles y salir victorioso. Un hombre inmortal, al que no se podía matar.

Jon suspiró, cerrando los ojos y presionándose las sienes mientras sentía el dolor de cabeza ascender. Bien sabía él lo poco ciertos que eran aquellos rumores. Mance nunca se había inclinado ante él, y el pueblo libre nunca fue doblegado: sí, ganaron la guerra, pero un espíritu tan fiero como el que tenían ellos nunca se doblegó. Además, Stannis era el que le había tenido comiendo de su mano, y no al revés. En cuanto a lo de que no le podían matar… se llevó la mano, casi sin darse cuenta, a su abdomen, tocando suavemente las múltiples cicatrices. Recordó el suave toque de Jeyne en su piel, y sus grandes ojos azules abiertos con una mezcla de horror y confusión. ¿Qué pensaría ella si supiese la verdad? Sus ojos, por un momento, perdieron la frialdad que les caracterizaba y hubo una chispa de calor, pero allí no había nadie para verlo.

Volvió a centrarse en los informes: La fabricación de puntas de vidriodragón era rápida, pero no suficiente. Nunca iba a ser suficiente… el ejército de muertos llegaría al Muro de un momento a otro, y cualquier preparación sería poca. Jon sabía que la balanza no estaba inclinada a su favor, nunca lo estaría, y necesitaba un milagro que no veía cómo podía suceder. Sin embargo, el aumento de armas fabricadas con vidriodragón ayudaba: era lo único que podía matar a Los Otros. Sam lo había descubierto cuando, casi accidentalmente, acabó con la vida de uno gracias a una vieja punta de este material.

Su mente volvió a divagar, y pensó en qué estaría haciendo Sam. Le echaba de menos: su apoyo incondicional, su mano derecha, su observador y fiel Sam. Con él a su lado, siempre podía contar con una mano amiga cuando más lo necesitaba. Ése había sido su mayor error y su perdición: alejar a sus amigos, acercar a sus enemigos. Había estado tan concentrado en lo que era mejor para el Reino, para el Muro, para sus hombres, que no se había dado cuenta que estaba haciendo peligrar a una de las cosas más necesarias allí: él mismo.

Ahora lo sabía: la humanidad de las personas modificaba sus conductas, sus rasgos, los hacía menos caballeros y más ruines. La mezquindad se apoderaba de ellos si sentimientos como la envidia o la antipatía cruzaba por sus mentes. No, era mejor desprenderse de vulnerabilidad que los rasgos humanos conferían.

Y sin embargo… volvió a pensar en Sam, y una ola de calidez lo invadió. Ahora, no podía confiar en nadie más… una imagen cruzó su mente rauda, una luminosa, de una chica de intensos ojos azules y sonrisa maravillosa. Se la imaginó, por un momento, con esas ondas espesas que enmarcaban su rostro del color del vino claro, ese castaño rojizo que era tan característico en ella, y se le cortó la respiración. Sí, en ella también podía confiar: desde que había llegado, había menos oscuridad en sus pensamientos, más calidez en su pecho, y dormía mejor por las noches. No bien del todo, nunca podía dormir bien del todo, pero sí había momentos en los que se olvidaba de pensar, y se sumía en un sueño frágil pero reparador.

Sintió la necesidad de complacerla, sólo para devolverle una mínima parte del favor que, sin ella saberlo, le estaba haciendo. Como cuando la condujo al Muro. Jon se quedó por un momento extasiado, recordando cada detalle de su pequeña salida. La maravillada cara de ella, el vaho saliendo húmedo de sus rojos labios entreabiertos, el cálido contacto con su cintura al cogerla.

Se dio cuenta de que, desde… el incidente, no había vuelto a tocar a nadie, ni a mantener una charla distendida, ni a sonreír sinceramente, hasta que ella había llegado. La recordó en Invernalia, tan señorita, tan recta y pulcra y limpia. La recordó con ojos soñadores cuando la septa hablaba de caballeros de armadura reluciente, y recordó su risa sincera cuando jugaba con el cachorrito al que había llamado Dama. La recordó regañándole por, en pequeñas reuniones sociales que tenían, no sacar a bailar a las chicas: ellas querían hacerlo, pero tenían que ser los hombres las que las sacasen, y al negarse él a bailar negaba la oportunidad a una pobre chica.

En ése momento resonaron los dos característicos golpes en su puerta. De inmediato, Jeyne abrió la puerta; nunca esperaba a que él contestase. Era tarde, y llevaba una bandeja con una cazuela humeante. Él le sonrió, sumido en sus recuerdos, cuando ella entró.

—Te he traído… —se interrumpió al ver esa sonrisa en su rostro, y en su cara se pintó la duda y la sorpresa. Se quedó parada, en medio de la habitación, aún con la bandeja de la infusión, mirándole fijamente, atrapada en su sonrisa y en sus ojos cálidos.

Él se levantó y avanzó hacia ella, cogiéndole la bandeja y depositándola con suavidad en la mesa. A continuación, fue hacia ella, hizo una leve reverencia y le tendió una mano.

—¿Baila, mylady? —Ella abrió sus azules ojos en un gesto de sorpresa, mirando la mano de él, sin saber muy bien qué hacer.

—No hay música.

—No importa.

Ella titubeó pero, al final, levantó la mirada para posarla en la suya, y sonrió imperceptiblemente, aceptando la mano de Jon y uniéndola a la suya. Él avanzó y la cogió de la cintura, aún manteniendo la vista perdida en sus ojos y comenzó a conducirla en un baile lento sin melodía, a través de la habitación. Ella se dejó llevar grácilmente, manteniendo el contacto visual, con las mejillas arreboladas e inmersa en el baile, disfrutándolo. Él, aprovechando su cercanía, inspiró su aroma, que se mezclaba con el del jabón y el tomillo. Hubiese cerrado los ojos, si no estuviera tan irremisiblemente perdido en los de ella.

Jon no supo cuánto estuvieron bailando, pero en algún momento pararon, jadeando ligeramente, aún con las manos unidas y aun mirándose a los ojos unos segundos.

—Gracias —murmuró ella, apretando imperceptiblemente su mano, sonriéndole cálidamente.

El carraspeó y se apartó, deshaciendo el contacto. Se volvió hacia su escritorio y miró la cazuela del té: Ya no humeaba. Lo tocó con la mano y comprobó que estaba frío.

—Lo calentaré de nuevo —dijo Jeyne a sus espaldas, adelantándose y cogiendo la bandeja. Él asintió pero, antes de que ella saliera, titubeó.

—¿Jeyne? —Ella se volvió— ¿Podrías traer esta vez dos tazas? Me gustaría compartir el té.

Ella sonrió luminosamente y asintió. Cuando cerró la puerta, él suspiró y se dejó caer en la silla. Sí, había alguien en ése castillo en el que podía confiar incondicionalmente. Una luz que alumbraba una pequeña superficie de su enorme oscuridad.