Capítulo 9: Nuevos amigos y una confesión
Una ráfaga de aire congelado golpeó la cara de Jeyne, haciendo que ésta se detuviera un momento para subirse un poco la improvisada bufanda (un pedazo de tela que había pedido prestado) antes de continuar su camino. El viento se estrellaba contra el Muro furiosamente, pero aun así corrientes de viento helado lo salvaban, trepando por la superficie escarchada para luego bajar con fuerza hacia ellos.
Se encaminó, con paso decidido, hacia la zona de tiro con arco, mientras recordaba la noche anterior. Después de entrar en el cuarto de Jon y verlo con los ojos brillantes, no supo cómo reaccionar cuando él se levantó y le ofreció bailar. No era el Lord Comandante de los ojos congelados, ni el joven tímido y retraído de su infancia, sino alguien diferente, pero a la vez conocido. Alguien con quien podría bailar toda la noche sin siquiera darse cuenta.
La infusión que habían compartido había sido terriblemente reconfortante; no por la infusión en sí, sino por la compañía. Habían hablado de Invernalia, de sus hermanos, de su familia. Ella le había contado, con los ojos empañados, cómo los Lannister habían prometido que su padre podría vestir el negro y ser exiliado, callándose con cierto remordimiento el momento de su traición; no estaba preparada para contárselo. También habían reído recordando a Rickon y a Bran y las travesuras que habían pertrechado.
Sin embargo, en la conversación había un tinte amargo. No podían hablar de la bravura de Arya sin recordar que, o estaba casada con el bastardo de Bolton o estaba desaparecida desde la ejecución de su padre, ni rememorar a Bran y a Rickon sin que la imagen fugaz de sus cuerpos quemados pasase por su cabeza. No podían reír recordando a Robb sin imaginarse la horrenda imagen de su cuerpo unida a la cabeza de Viento Gris. No podían recordar a la septa Mordane, ni a Jeyne Poole, ni a ser Rodrick, ni los anchos muros del sitio donde crecieron, de su hogar, sin un tinte amargo en sus palabras y pensamientos.
Y, sin embargo, había sido reconfortante. Jeyne se había despedido de él, tarde, utilizando de nuevo la puerta accesoria. Aquella que nunca iba a ser usada.
Al llegar a la zona de tiro con arco salió de su ensimismamiento. Miró a su alrededor, buscando la enjuta figura de la salvaje, lamentando no conocer siquiera su nombre. Afortunadamente la vio, tensando el arco y lanzando una flecha, dando con una precisión inmejorable en el centro de la diana. Avanzó hacia ella con decisión. La muchacha, mucho antes de que Jeyne estuviese siquiera cerca, pareció darse cuenta y se volvió, localizándola con la mirada y esperando a que se aproximase a ella.
—No me dijiste tu nombre —dijo Jeyne cuando estuvo a un par de pasos de ella. La salvaje sonrió.
—No pediste. Me llamo Lan.
—Yo soy Jeyne.
—Yo te saludo, Jeyne, la que habla con animales.
—Yo no… no hablo con ellos —ella torció el gesto, mirándola con ésos enormes ojos oscuros.
Jeyne intentó explicarse, pero al final optó por encogerse de hombros. No importaba lo que nadie pensase con tal de que no relacionasen a Fantasma con ella. Hubo un silencio, en el que Lan seguía mirando fijamente a Jeyne. Al final hizo un esbozo de sonrisa.
—Sé lo que tú has venido, Jeyne. Cógelo y practica —le tendió, solícita, el arco y el carcaj, y esperó a que ella lo cogiese para ir a sentarse a una roca cercana— yo miro a ti.
Jeyne le dedicó una luminosa sonrisa y asintió, poniéndose el carcaj cruzando su espalda e ignorando las miradas hostiles de algunos cuervos. Cogió una flecha y tensó el arco. Esta vez le resultó más fácil tensarlo y apuntar, con un ojo guiñado y la lengua, sin darse cuenta, presionando el labio superior. Se permitió unos segundos más para afinar su puntería y soltó. La flecha cayó en el suelo, a sus pies, y Jeyne sintió la necesidad de soltar una palabrota al oír la ronca risa de Lan detrás de ella. Volvió a coger la flecha y volvió a ponerla en el arco, poniendo más atención en que el movimiento de soltar la flecha y destensar el arco estuviese más coordinado. Esta vez la flecha voló, con poca potencia, para caer unos metros más allá. Jeyne sonrió orgullosa, cogiendo otra flecha del carcaj.
Pasó un buen rato fijando el movimiento de soltar y destensar, hasta que ya ninguna flecha cayó a sus pies. Cuando decidió que era el momento de comenzar a desarrollar su potencia, Lan se situó al lado de ella, tendiendo su mano para que le devolviera el arma.
—Tú practicado mucho hoy. Dominado un problema. Mañana vuelve para el siguiente. Yo también entreno ahora.
—¿De qué clan eres? —preguntó Jeyne, devolviéndole el arco. Lan enarcó una ceja—. Quiero decir, eres del Pueblo Libre, tenéis clanes, ¿no? Lo… lo he oído por ahí. Y no hablas bien nuestro idioma.
—Eres potente observadora —el tono sarcástico de Lan la hizo enrojecer levemente—. Yo soy hermana juramentada de la Guardia de la Noche. Ese mi clan ahora. ¿Y tú, Jeyne, amiga de animales? ¿De qué clan eres? No hablas como criada.
Jeyne le miró a los ojos, con seriedad.
—Ahora soy criada. Eso es lo único que soy. —Lan rió con su voz gutural, antes de alzar la mano y darle un golpe amistoso en el hombro.
—Bien, Jeyne criada, lo único que eres… —ella hizo una pausa y la miró intensamente, como midiéndola—. Quizás deberías unirte a clan mío.
Jeyne tardó unos segundos en entenderla, y su rostro se sonrojó estúpidamente.
—Yo… ojalá, Lan, pero yo no sé luchar. Ya me has visto con el arco. No sé luchar, ni tengo valor para salir Más Allá del Muro. No sirvo para eso.
—Arco se practica, lanzar no se nace enseñado, espadas es entrenar. Sé algo tu historia, sí valor. Valor necesario para venir sola y viajar sola, valor necesario para enfrentarse a todos —Lan señaló a su alrededor—. Valor necesario para servir a Lord Comandante —ella rió— Lord Comandante asusta hasta a Tormund Matagigantes.
—Ése es el valor del perro —murmuró Jeyne contrariada— que no tiene más opción que bajar la cabeza y seguir adelante rezando porque no le caiga ningún palo.
—Ése es valor, como cualquier otro —dijo Lan. En su rostro ya no había ningún asomo de jocosidad—. Tú piensa. Otros se acercan, y si perro sabe disparar, perro puede matar como cualquier otro.
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El día había pasado rápidamente para Jeyne. Después de hablar con Lan pasó la tarde en las cocinas, ayudando a preparar la cena para los hermanos, a pesar de la inicial renuencia de los otros a que les ayudara: no querían contrariar al Lord Comandante. Sin embargo Jeyne, sin decir palabra, se sentó al lado de un hombre de mediana edad que pelaba tubérculos y, cogiendo un cuchillo, se unió a la labor. Él no se lo impidió.
Tras las iniciales semanas en las que sólo buscaba estar a solas consigo misma, se había descubierto buscando compañía, intentando ser útil y contribuir. Encontrar un hueco y ser aceptada.
Miró a su compañero de faena: era un hombre de unos veinticinco años, de complexión delgada, que se encorvaba frente a la cuba de los tubérculos. Su nariz aguileña destacaba en una cara alargada de tez más bien oscura. Él la miró, al sentir el escrutinio, y ella bajó la vista rápidamente a su tarea.
—¿Jeyne, no? —ella asintió, aún con la vista fija en el tubérculo. Como él seguía mirándola, levantó la cabeza y le miró con tranquilidad a sus ojos castaños.
—No sé tu nombre.
—Me llamo Kröen –él dudó durante un momento, antes de alargar su mano para estrecharla con la de ella y esbozar una sonrisa—. Gusto en conocerte.
—¿Kröen? Nunca había escuchado ése nombre —se sorprendió Jeyne— ¿Eres del pueblo libre?
Él negó con la cabeza, reanudando su tarea a la vez que hablaba. Jeyne se apresuró a hacer lo mismo.
—Soy de Occidente, de las Ciudades Libres. Provengo de Lorath, una pequeña isla. Quizás no la conozcas, pero seguro que conoces Braavos; Lorath y Braavos son vecinos, sólo que a ellos no les gusta pasar desapercibidos. Son arrogantes, ésos bravoosi.
—¿Cómo acabaste aquí? —preguntó Jeyne. Kröen se encogió de hombros.
—Oyes rumores. Se necesita ayuda al Norte en el Muro. Hay un horrible ejército de engendros. Lorath también recibió el regalito que vuestro —hizo énfasis en vuestro— Lord Comandante mandó, solo que nuestro dirigente es estúpido. Mal elegido, ese hombre. Mató a los cuervos y los mandó de vuelta, junto con el cuerpo sin quemar del espectro. Yo fui uno de los que retornó los cuerpos, pero nunca volví. Hace falta ayuda, aquí, hace falta contenerlos. Dejé esposa y dos hijos en Lorath. No quiero que lleguen, pero no me gusta luchar. Pensé que podría ayudar sirviendo —dijo simplemente. Ella asintió, dirigiéndole una sonrisa.
—También llegó un espectro a donde yo estaba. Pensé que iba a cogerme, ése engendro. Y cuando me enteré que había sido Jon quien… —se interrumpió, maldiciendo su lengua. ¿Tan pronto metía la pata? Kröen alzó la vista mirándola largamente.
—¿Lo llamas por su nombre? ¿Son los rumores ciertos? —ella contuvo la respiración. ¿Rumores? ¿Quizás alguien sabía que ya se conocían? ¿Quizás alguien sabía quién era ella?
—Sí, los rumores. Tú lo sabes, no se callan porque tú estés delante. Los que dicen que… —Kröen titubeó un poco, incómodo— que el Lord Comandante te puso ahí para… para satisfacerse.
Jeyne hizo un aspaviento, sin poderlo remediar, aliviada. No había rumores de que se conocieran. Sólo los de siempre, fastidiosos, que cada vez le importaban menos y resbalaban más.
—Oh, no, no, claro que no es cierto. Es simplemente que a veces me cuesta… mostrar pleitesía. Es una falta de respeto —Jeyne bajó la cabeza, fingiendo sentirse avergonzada. Él le sonrió, dándole ánimos.
—Te acostumbrarás. A mí también me costó al principio.
Cuando acabaron de cortar los tubérculos, Jeyne sabía casi toda la historia de Kröen. Era un hombre afable y con una pizca de humor sencillo. Ella sintió una punzada de remordimiento al contarle su vida como camarera en una posada, e intentó ser escueta y no inventar detalles innecesarios, además de añadir algunos verdaderos sin demasiados pormenores. Le contó que su familia había muerto y su posada había sido saqueada, pero qué iba a hacer ella contra grandes señores. Cogió lo poco de valor que quedaba y se encaminó al Muro, a buscar trabajo. Él aceptó su historia sin ningún tipo de desconfianza.
Mary Ann pasó un par de veces a su lado, mirándola con el ceño fruncido. Jeyne pensó que le diría algo, pero se equivocó: se limitó a rezongar sin llegar a dirigirse a nadie en particular. Y ése día, cenó acompañada por Peter, el muchacho que le había enseñado el castillo, y por Kröen, que hizo reír al niño con anécdotas de su lejana tierra.
Cuando llegó la noche, ella observó la rendija que separaba su cuarto del de Jon, deseando que se colase luz por ella. Efectivamente, él estaba despierto. Jeyne tenía sueño, pero también tenía ganas de volver a estar con él. Esperó hasta que fue prudente y, por fin, fue a la cocina a preparar una infusión. Puso dos tazas en la bandeja.
Cuando llamó y abrió la puerta, Jon alzó la vista, y su semblante ceñudo se relajó al instante al verla. Esbozó un inicio de sonrisa cuando se fijó en el contenido de la bandeja, y la invitó a cerrar la puerta y sentarse en la silla que estaba frente a su escritorio. Ella se dejó caer grácilmente en la silla, para mirar con curiosidad los papeles de su mesa.
—¿Qué hacías? —Él le miró con algo de sorpresa y una sonrisa condescendiente.
—¿De verdad lo quieres saber? Son cosas de…
—¿Cosas de qué, Jon? —dijo ella, con un tinte molesto en su voz. Él titubeó, y ella suspiró— me gustaría saberlo, sí, pero no estás obligado a contármelo si no quieres. Pero oigo rumores y, dada la situación en la que estoy, creo que tengo el mismo derecho que cualquier hombre o mujer que vive aquí a saber la situación a la que nos enfrentamos. —Jon se la quedó mirando largamente, sin asomo de sonrisa. A Jeyne le pareció ver en su mirada una mezcla de aceptación y, ¿orgullo? Al final, él habló.
—Tienes razón. Ahora mismo leía una carta donde me cuentan cómo va la extracción de vidriodragón. —Ella le miró, curiosa, y él se explicó—. El vidriodragón es lo único que consigue matar a Los Otros. Conseguimos encontrar una mina de material en Fuerte de la Noche, nuestro más antiguo castillo; creemos que la antigua Guardia lo construyó allí precisamente por ésa mina. Ellos sabían que los Otros existían, y sabían cómo podían acabar con ellos, pero el conocimiento se fue perdiendo a lo largo de los años. Las noticias que me llegan… no son buenas. La mina se está acabando, y lamentablemente no tenemos más reservas. Necesitamos más vidriodragón, mucho más, necesitamos más del que nunca podremos conseguir. Pero si paramos nuestra producción… ni siquiera tenemos un asomo de posibilidades de enfrentarnos a ellos.
—Va a ser difícil, ¿verdad? —dijo ella en un susurro, mirándole fijamente. Él asintió, clavando en ella sus ojos grises.
—Muy difícil. Aunque seamos muchos… siempre necesitamos más.
—Yo… —ella titubeó, pero en el último momento decidió cambiar su frase— me estoy entrenando, con el arco. Lan…
—¿Quién es Lan? —Preguntó Jon abruptamente.
—Una mujer del pueblo libre. Es Hermana de la Guardia. —Jon sacudió la cabeza, apenado.
—No puedo conocerlos a todos. Ojalá pudiera. Ten cuidado, Jeyne.
—Jon… Lord Comandante —rectificó. Él no pareció acusar el cambio. Ella soltó el aire, dispuesta a decírselo— quiero que me ayudes. Quiero que me enseñes a utilizar la espada.
Él la miró durante unos segundos, perplejo, para luego mover la cabeza negativamente.
—Jeyne, no puedo enseñarte. Hace falta fuerza para manejar una espada.
—Te he visto hacerlo. No utilizas la fuerza, como los demás… tú usas… ¿el equilibrio? No sé cómo explicarlo. Pero sé que tú podrías enseñarme. —Él se quedó pensativo durante unos instantes, para negar de nuevo con la cabeza.
—Yo estoy entrenado, Jeyne. Tengo más fuerza que tú para sostener la espada, y…
—No seas hipócrita —la interrupción pilló casi tan de sorpresa a Jeyne como a Jon, pero ella siguió, el torrente de palabras saliendo sólo por su garganta— ¿Crees que no sé lo de Arya? Le hiciste una espada, confiabas en ella, querías enseñarle. La ví escondiéndola, pero no le dije nada a padre. No os delaté, pero lo vi. Dime, Arya, ¿qué fuerza tenía? ¿Más que yo? Hipócrita —Jeyne prácticamente escupió la última palabra, sintiendo una furia casi ciega. Estaba tan cerca de conseguirlo, y él le negaba esa posibilidad... Jon titubeó ante el arrebato de la chica pero, al cabo de unos segundos, su rostro se volvió piedra y su mirada, hielo. Volvió a negar.
—No lo haré, Jeyne. No tengo tiempo, ni recursos. No puedo favorecerte sobre los demás. No puedo entrenarte. Tengo quehaceres más importantes a los que debo dedicar el tiempo.
—¡Un perro también puede ser importante, también puede marcar la diferencia! —Exclamó ella, sintiendo cómo los ojos comenzaban a empañársele— Un perro también puede entrenar…
—¿Un perro? ¿Pero de qué me estás hablando, muchacha? Creo —él se puso en pie, caminando hacia la puerta accesoria y abriéndola— que es hora de que te marches. Hablaremos otro día, Jeyne.
Ella no se movió de la silla. Notó sus puños crispados y los miró. Tenía las manos blancas de la presión, y las uñas se hincaban en su carne. Aflojó un poco la presión y se dio cuenta de que estaba conteniendo el aire en sus pulmones. Se obligó a respirar, y abrió las manos, apoyándolas en sus rodillas temblorosas.
—Me violaron, Jon. Él… me abrió las piernas y me forzó. Y yo no pude hacer nada…
Él se dio la vuelta. Sus ojos estaban abiertos con horror, su boca tenía un rictus tenso, y ella vio cómo, esta vez, era él el que cerraba los puños. Su semblante era sobrecogedor.
—Quién —dijo él en un susurro ronco, respirando agitadamente. Sus ojos, llenos de cólera, le miraban penetrantemente— sólo dime quién. Le atravesaré el corazón.
Ella le miró, con una expresión amarga, y esbozó una triste sonrisa.
—Ya lo hice yo. A mi marido. Con su propia daga.
