Capítulo 11: El entrenamiento

—Quién —dijo él en un susurro ronco, respirando agitadamente. Sus ojos, llenos de cólera, le miraban penetrantemente—. Sólo dime quién. Le atravesaré el corazón.

Ella le miró, con una expresión amarga, y esbozó una triste sonrisa.

—Ya lo hice yo. A mi marido. Con su propia daga.

Él se la quedó mirando, sin decir palabra. Tras unos instantes que a ella se le hicieron eternos, Jon cerró la puerta accesoria son suavidad y se puso frente a ella, apoyándose en el escritorio.

—¿Quién era H.H? ¿Quién era el dueño de la daga?

—Harrold Hardyng. Heredero del Valle de Arryn y Nido de Águilas —susurró ella, sintiendo que sus fantasmas se cernían sobre ella. Sin embargo, Jon la miraba, esperando que continuara, y ella ya no pudo negarse.

—Cuando hui de la corte, tras la muerte de Joffrey, fue Petyr Baelish quien lo orquestó. Consiguió que Ser Dontos me sacara de Desembarco y me llevó a Nido de Águilas. Allí me oscureció el pelo —se tocó sus ondas castaño oscuras— y me presentó ante todos como Alayne Piedra, hija suya. Él… siempre decía que yo era como mi madre. Primero eran sólo besos, cortos, en la boca, pero al final siempre quería más…

—¿Te… —la voz de Jon se quebró por la furia— te…?

—No me violó, si es eso a lo que te refieres. Él era más sutil. Tampoco llegó a nada demasiado… drástico —la mueca de Jeyne reflejó el asco que sentía— le interesaba virgen para el matrimonio. Consiguió desembarazarse de Lysa, ahora sé que no fue para protegerme, lo iba a hacer desde el principio. Su hijo quedó como heredero del Valle, pero era demasiado débil, muy enfermizo. Todos sabíamos que no duraría. Y Petyr consiguió prometerme a Harrold Hardyng, al que llamaban el Heredero, o El Halcón. Era el siguiente en la línea sucesoria. Petyr me contó sus planes: quería revelar mi verdadera identidad en mi propia boda, aclarándome el cabello y haciéndome lucir una capa con el emblema Stark. Decía que todos quedarían cautivados ante su Joven Halcón casándose con Sansa Stark, la heredera legítima de Invernalia, y que conquistarían el norte para mí. Sin embargo, Harrold lo estropeó todo con su lujuria.

Ella miró a Jon, sin derramar ni una sola lágrima; sentía que estaba seca.

—Llegó un día por la noche a mis aposentos, borracho, con un cura a su servicio. Dijo que era suya por derecho propio, y que quería casarse conmigo en ése mismo momento. Me obligó, poniendo sobre mi cuello esa misma daga que tú cogiste, a repetir los votos matrimoniales. Luego despachó al cura y me violó hasta que no pudo más —la voz de Jeyne tembló ligeramente—. Yo era Alayne. Era una bastarda con sólo eso que ofrecer. Al principio lo hizo a la fuerza, sujetándome, obligándome a abrir las piernas. Luego cogió la daga, la dichosa daga, y me la puso en el cuello para obligarme a hacer… otras cosas. Cuando acabó se quedó dormido a mi lado, aún borracho. La daga resbaló de su mano y calló al suelo con un tintineo. Yo la cogí y se la clavé en el pecho. Varias veces —Jeyne se estremeció—. También en la cara. Cuando acabé, su bonito rostro quedó irreconocible. Después limpié la daga en sus ropas, me hice con una capa de viaje, unas provisiones y un caballo; sabía que, una vez tomado eso de mí, Petyr no se conformaría con sólo besos. El resto es historia que ya conoces.

Jon se quedó sin palabras. Sólo miraba a Jeyne, desolado. Ella tenía la mirada dirigida a su pecho, pero era como si la atravesase y estuviese mirando un lejano punto; parecía perdida en sus pensamientos.

—No sabes… no sabes lo que es, Jon, vivir siempre con miedo. Vivir con la certeza de que no puedes defenderte, de que estás a merced del monstruo que tenga más poder. Primero fue Joffrey: no pude impedirle darme palizas cada vez que Robb ganaba una batalla, ni pude impedir sus amenazas. No pude impedir que me desnudase delante de toda su Guardia. No pude impedir que Sandor Clegane me obligase a cantarle una canción y me besara mientras me sujetaba. No pude evitar que me casaran con Tyrion Lannister, ni pude evitar el pánico que tenía cada vez que sentía que él entraba en la habitación, cada noche. No pude defenderme del acoso de Petyr ni de los celos de tía Lysa. ¿Cómo iba a poder defenderme de Harrold? No pude; nunca pude.

—Tyrion... me pareció un buen hombre cuando lo conocí —murmuró Jon, desolado. Ella lo miró, y se encogió de hombros.

—Supongo que lo era. Fue él quien me cubrió con una capa cuando Joffrey me obligó a desnudarme. Nunca me forzó a consumar el matrimonio, a pesar de que tenía… —recordó a Tyrion, frente a ella, con su miembro hinchado, oscilando como un péndulo— ganas. Pero nunca pude sentirme segura con él. Es un Lannister, al fin y al cabo.

Hubo un denso silencio, en el que Jeyne se quedó mirando al infinito, y Jon a ella. Observó su rostro y de repente vio claramente cuál era la diferencia que tanto había acusado: No era el cambio en sus rasgos, no eran sus afilados pómulos y ni su delicada mandíbula, ni su pelo oscuro y corto. Era lo que expresaban sus ojos, su rostro entero: una determinación de una mujer que había florecido en la adversidad, y que había salido victoriosa. Una mujer que, a pesar de haber sido tratada como un muñeco, no estaba rota, sino que era más fuerte que nunca. Sintió como una oleada de admiración crecía en su pecho, y miró a Jeyne bajo una nueva luz.

—Mañana por la mañana, antes de que despunte el alba, en el patio de armas accesorio. A esas horas no hay nadie allí. —Jeyne le miró y le sonrió débilmente. Se puso de pie y, cogiéndole la mano, le miró a los ojos.

—Gracias, Jon. —Él negó con la cabeza y, apretando su mano, la acercó a él y la envolvió en un largo y reconfortante abrazo.

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Jon escogió la espada más pequeña que vio. Recordó a Aguja, la espada de Arya, y se preguntó si ella estaría viva, y si le habría sido útil. Cuando se la regaló, jamás se imaginó tiempos tan aciagos para los Stark.

Por fin, encontró en la armería la espada que buscaba: era relativamente pequeña, no tan fina y delgada como la de Arya. Era más ancha, pesaba más, y estaba algo gastada por el paso de los años, pero era corta y todo lo manejable que podía esperar. Seviría, de momento.

Cuando fue al patio de armas accesorio, Jeyne ya estaba allí esperándolo. Sus ondas castañas bailaban al son que el viento imponía y, a pesar del frío, se mantenía erguida esperándolo. Cuando le vio aparecer, un amago de sonrisa se esbozó en su rostro. Jon pensó que tenía la sonrisa más bonita que había visto.

Él le enseñó la espada, y se la tendió para que la cogiese. Ella la aceptó, sopesándola y sonriendo al ver que su peso era aceptable. Con su mano libre, acarició suavemente el filo, desde la empuñadura hasta la punta. Cuando terminó la inspección, alzó la vista y le miró, expectante.

—Te daré la misma lección que le di a Arya —Jon señaló la punta de la espada— tienes que clavarla por el extremo puntiagudo.

—Muy gracioso, Lord Comandante —dijo ella mirándole con fastidio. Él se echó a reír.

—¿Sabes lo siguiente que le dije? Que no… se entere… Sansa —ella lo miró con la boca abierta, sin saber si indignarse o sorprenderse, y una sonrisa socarrona se dibujó en la cara del muchacho. Ella bufó.

—Pues se enteró, listo.

—Creo que la lista era ella —dijo Jon, y ambos se echaron a reír.

La siguiente hora fue más teórica que práctica. Jon enseñó a Jeyne cómo coger la espada, cómo conseguir el equilibrio y el ángulo en el que debía colocarla para que el peso del brazo contrarrestase el peso de la espada. Después, le habló de cómo enfrentarse a su oponente.

—Siempre tienes que conocerlo, aunque sea mínimamente. En cuanto lo veas, tienes que intentar buscar su debilidad. A veces es que tan sólo luchan con la derecha, cargándola y dejando la izquierda desprotegida. Ésos son fáciles de desequilibrar y sabes dar un buen golpe en el momento adecuado. Otras veces es su precipitación: las prisas son malas aliadas de un luchador. Los sentimientos fuertes también pueden desestabilizar a un hombre: la rabia, el enfado, el orgullo. Nunca subestimes el poder de saber que un hombre es orgulloso: eso puede ser, y será, lo que incline la balanza a tu favor.

El tiempo pasó volando. Para cuando se quisieron dar cuenta, el castillo empezaba a despertar, y ellos no querían ser vistos ahí. Acordaron verse tres veces por semana, en ése mismo lugar, y no hablar fuera del patio nunca de esto. Sin embargo, al igual que el no utilizar la puerta accesoria que comunicaba sus habitaciones, incumplieron el pacto.

Todas las noches, Jeyne llevaba dos tazas de infusión humeante, que compartían, antes de irse a dormir. Era el momento preferido de ella: con él podía ser ella misma, no tenía ni quería fingir, no necesitaba guardar las apariencias. Con él no era una criada, ni una dama, ni ninguna de las cosas que durante toda su vida había estado obligada a ser. Con él era simplemente ella.

Entre el entrenamiento con Jon, el tiro con el arco de Lan, la nueva ayuda que prestaba a las cocinas y el rato que pasaba por las noches junto a su medio hermano, Jeyne ya no tenía tiempo para mucho más. Los días pasaban rápidos en el Muro, y ella sentía que, por primera vez en mucho tiempo, era feliz. Sin embargo, nada dura eternamente, y Jeyne estaba a punto de descubrirlo.