Capítulo 11: El Ala Oeste

Era tarde. Jeyne iba sumida en sus pensamientos, recorriendo los pasillos del castillo casi inconscientemente; ya había perdido la cuenta de las veces que había hecho ése recorrido hasta la cocina. Todas las noches, sin excepción, tomaba la infusión con Jon, aunque intentaban no alargarla demasiado; él tenía demasiados quehaceres, y ella no quería intervenir en su labor.

Con un sobresalto paró abruptamente cuando se encontró con un muro donde debería haber continuado el pasillo. Miró a su alrededor y ahogó un gemido: no reconocía nada de lo que había alrededor. No estaba el pasadizo que debería haber a su izquierda, ni la enorme mancha de humedad que siempre veía a su derecha. Dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, mirando a ambos lados con la esperanza de reconocer algo, pero fue inútil.

Intentó razonar y volver evocando el camino que solía hacer. Ahora derecha, derecha otra vez, izquierda, recto… nada. Había pasillos que creía reconocer, pero cuando los recorría descubría que tan sólo era la similitud de la construcción lo que la confundía.

—¿Hola? —su voz resonó en los pasillos desiertos, pero nadie acudió a ayudarla. Con un suspiro, intentó mantener la calma. Era un castillo, y tarde o temprano reconocería algo que le llevaría de vuelta a un sitio en el que sí supiese orientarse. De nada servía entrar en pánico.

Estuvo como una hora andando por el castillo, sin hallar la salida. Tenía la ligera sensación de que había perdido la orientación y estaba andando en círculos, ya que el castillo no era tan largo como para andar recta durante una hora. Sin embargo, cuando intentaba ir recta, el pasillo se acababa, tenía que girar, luego volver a girar, luego el pasillo se curvaba ligeramente a la derecha, luego a la izquierda, y perdía la noción de lo que al principio consideraba recto. Así continuó un buen rato hasta que, sin previo aviso, comenzó a oír unos pasos.

Frenó en seco y abrió la boca para gritar pidiendo auxilio, pero ningún sonido salió de su garganta. Una sensación de inquietud le recorrió el cuerpo, dándose por primera vez cuenta de lo sola y perdida que estaba. Allí no había nadie que pudiese oírla si pidiese auxilio… Miró a ambos lados para ver si podía esconderse en algún sitio, al menos hasta poder ver a la persona que se acercaba; no había nada. Retrocedió sigilosamente mientras oía cómo los pasos, decididos, se iban acercando cada vez más a ella.

Entonces vio su escondite: era un pasillo que giraba a la izquierda. Se pegó a la pared, amparada por las sombras, y esperó con el corazón en un puño, suplicando que fuese alguien del que se fiase para pedir ayuda. Si no, quizás pudiese seguirlo sigilosamente hasta que le llevase a algún sitio que pudiese…

Su pensamiento se interrumpió, centrándose en la persona que se acercaba; ya estaba cerca. Cada vez más. A punto… cuando oyó los pasos claramente próximos, rezó para que no virase justo en su dirección, pero él pasó de largo, su negro uniforme proyectando una siniestra sombra gigantesca. Sin embargo, Jeyne suspiró con alivio y salió de su escondite.

—¡Jeremiah! —Él frenó bruscamente y se volvió, mirando a Jeyne sorprendida.

—¿Qué haces aquí, muchacha? Estás en un ala alejada del castillo. La parte oeste está deshabitada.

—No lo sé. Iba a las cocinas por donde siempre, o eso pensaba yo, y derepente estaba aquí. Llevo un buen rato intentando encontrarme, pero esto parece un laberinto —Jeremiah sonrió indulgente, a la vez que caminaba hacia ella.

—La verdad es que esta zona, específicamente, es un laberinto. Lo construyeron los hermanos juramentados para tener una posible vía de escape ante atacantes que llegaran al Castillo Negro. Sin conocer sus pasadizos, no me extraña que te hayas perdido.

—¿Podrás acompañarme de vuelta? Me estoy quedando helada y temo que se ha hecho ya muy tarde.

—Por supuesto, Jeyne —él asintió, acercándose más. Ella sintió un leve estremecimiento al ver un brillo turbio en sus ojos que no supo identificar— pero primero, ya que estamos aquí, me gustaría preguntarte algo.

Ella titubeó, mirándolo. Era Jeremiah. El único, aparte de Jon, que la había defendido, y que había actuado siempre justamente con ella, a pesar de saber que desaprobaba la decisión del Lord Comandante. No tenía nada por qué desconfiar, así que asintió. Él la miró a los ojos, largamente, inquisitivamente.

—¿De qué os conocéis Jon y tú?

—¿Có… cómo? —Jeyne retrocedió sin darse cuenta, pero Jeremiah avanzó un par de pasos, quedando de nuevo a la misma distancia. Él mantenía sus ojos fijos en ella, escrutándola. —De aquí, ya lo sabes. Supiste de mí a la vez que él…

—No me mientas —susurró Jeremiah. Jeyne se estremeció: en su tono había un siseo peligroso, una cadencia en la voz que nunca antes le había percibido.

—No te miento. Yo no… ¡Ah! —exclamó cuando él la agarró del brazo, con fuerza, reteniéndola e impidiendo que volviese a retroceder. Ella intentó retorcer el brazo para desembarazarse de él, pero sólo consiguió que Jeremiah le aferrase más fuerte. Empezó a sentir pinchazos en el brazo.

—No… me… mientras —la voz de Jeremiah, distorsionada, era un siseo cargado de veneno. Jeyne se dio cuenta, con pánico, de que estaba en peligro. Él acercó su cara a la de ella, hasta que sintió su aliento en la mejilla—. Te lo repetiré otra vez, y esta vez me dirás la verdad. Más te vale decirme la verdad. ¿De qué os conocéis Jon y tú?

Jeyne respiró hondo. No podía decirle la verdad. Podrían acusarla de asesinato, podrían llevarla de vuelta al Nido de Águilas y ejecutarla. Y a Jon por acoger y ocultar a una fugitiva podrían quitarle el puesto, condenarle. Les podrían hacer tantas cosas… sólo le quedaba una opción: seguir mintiendo. Y, por desagradable que fuese, sólo se le ocurrió una opción.

—No soy ninguna sirvienta. El Lord Comandante me contrató para hacer este teatrillo y… yo… soy una —Jeyne respiró, notando cómo le costaba horrores que ésa palabra saliese de su garganta— soy una puta.

Jeremiah se mantuvo quieto unos instantes, y ella rezó para que se tragase el engaño. Cualquier cosa mejor que la verdad… Jeyne abrió los ojos horrorizada cuando la mueca de él se desdibujó en una sonrisa que casi era macabra.

—Así que una puta, ¿eh? —escupía las palabras, con desdén. Metió la mano izquierda en su capa y sacó algo reluciente, que puso frente a la cara de Jeyne, casi tocándola: una moneda —demuéstramelo, entonces.

Ella jadeó y le miró, intentando pensar con el corazón desbocado. Sin embargo, no se le ocurrió nada más. Su mente estaba en blanco. Se obligó a recuperar la calma, y le miró a los ojos, simulando una confianza que no sentía. Hizo una mueca forzada que asemejaba una sonrisa, y asintió.

—Suéltame, y te lo demostraré. —Él gruñó y soltó su brazo, arrojando la moneda al suelo, que tintineó un par de veces antes de quedarse estática, en el suelo. Ella, en cuanto se sintió libre, giró bruscamente e intentó echar a correr en la dirección contraria. Jeremiah la agarró del mantón sin dificultad. Ella lo soltó y echó a correr, pero no llegó muy lejos antes de sentir, de nuevo, la mano de Jeremiah agarrándola de la camisa, por la espalda. Ella sintió un brusco tirón en dirección contraria y se sintió arrojada, con furia, al suelo. Aterrizó sobre las rodillas, y un pinchazo de dolor recorrió su cuerpo.

No tuvo tiempo para reaccionar: sintió cómo Jeremiah la levantaba con violencia y la presionaba contra la pared. Usó el brazo izquierdo para aprisionarla, apoyando su antebrazo con fuerza entre sus pechos, y con la misma mano le sujetó la mandíbula para inmovilizarle la cabeza. Con las piernas consiguió inmovilizarle las suyas, y se le quedó mirando.

—Vas a pagar por mentirosa, ya lo creo que sí —su mano derecha se posó en un pecho a través de la camisa, manoseándolo. Ella sintió, de nuevo, la bilis subir por su garganta. Intentó, desesperada y ciegamente, zafarse del contacto y de él, pero Jeremiah la aferraba con manos de acero.

Ella notó cómo el cuervo desgarraba su camisa y después bajaba su mano, intentando levantarle la falda. De nuevo le vinieron a la mente las imágenes de la noche que le obligó Harrold a pasar, y pensó que vomitaría en ése mismo instante. El asco y la repulsión que le provocaban aquellas manos era superior a sus fuerzas. Entonces le vino un recuerdo fugaz de Jon, mirándola con fijeza. "En cuanto lo veas, tienes que intentar buscar su debilidad. Los sentimientos fuertes pueden desestabilizar a un hombre: la rabia, el enfado, el orgullo. Nunca subestimes el poder de saber que un hombre es orgulloso: eso puede ser, y será, lo que incline la balanza a tu favor". Su debilidad, tenía que buscar su debilidad…

Con un estremecimiento, Jeyne se dio cuenta de que la debilidad de Jeremiah era precisamente dar por supuesto la debilidad de su adversario: no concebía que hubiese un claro peligro de derrota, y eso le hacía a él vulnerable. Cerrando los ojos, se abandonó y dejó de resistirse. Se obligó a relajarse y dejó de sentir sus manos aferrándola. Sin embargo, sí se dio cuenta cuando él pensó que tenía la batalla ganada: ella ya no se resistía, y aflojó la tensión. Fue tan sólo un segundo, pero con eso bastó.

Él tenía las piernas abiertas para sujetar las de ella, pero al intentar levantarle la falda ya no estaban inmovilizadas. Ella alzó las manos y sujetó con fuerza los hombros de él, a la vez que alzaba la rodilla izquierda y golpeaba en la entrepierna con toda la fuerza que tenía. Jeremiah soltó un gemido, la soltó y retrocedió, llevándose por instinto sus manos a la entrepierna y encorvando el cuerpo. Ella no perdió un segundo, pero ésta vez no huyó; sabía que podría alcanzarla. Avanzando hacia él, aprovechó el momento para sujetar de nuevo sus hombros empujándolo hacia abajo y volver a alzar la rodilla, esta vez a su cara. El impacto hizo que nuevos pinchazos, como finas agujas, se clavaran por toda la pierna de Jeyne. Sin embargo, Jeremiah sangraba copiosamente por la nariz. Se llevó la mano a la cara y cerró los ojos, y Jeyne aprovechó ése momento para levantar la pierna y propinarle una patada en la base del estómago que derribó al hombre en el suelo. Ella miró, aún con furia, cómo se retorcía en el suelo, gimiendo de dolor y ovillándose patéticamente para protegerse. Avanzó y, con todas sus fuerzas, le propinó una patada en la cara. Él dejó de gemir: estaba inconsciente.

Jeyne se quedó inmóvil, jadeando, observando el cuerpo de su adversario con una mezcla de pavor, ira y satisfacción. Tardó unos segundos en darse cuenta de que tenía que irse de allí: no era un sitio seguro, y no quería averiguar lo que pasaría si le encontraban junto a un hermano en ése estado.

Aún le costó un rato salir del maldito ala del castillo, pero al final lo consiguió: reconoció un pasillo que inequívocamente le llevaba hasta su habitación y, en el momento en que vio la puerta de su habitación, fue como si toda la fuerza que se había acumulado para salir de aquella situación le abandonase. Fue dando tumbos hasta allí y, temblando, entró y cerró la puerta tras ella. Ahogando un sollozo, se quitó la camisa desgarrada y la escondió debajo del colchón, quedándose en la fina camisa interior que usaba para dormir. Se abrazó, mientras sentía cómo los ojos se le empañaban y comenzó a llorar, primero suavemente, pero después no pudo controlar el torrente de lágrimas.

Apretó los dientes, pero aun así comenzó a sollozar, temblando.

—¿Jeyne? —la voz de Jon, al otro lado de la puerta, sonó preocupado. Ella intentó cortar los sollozos desconsolados, pero sólo consiguió que estos saliesen a intervalos, más desbocados que antes— ¿Jeyne?

—Estoy bien. —Intentó proyectar una voz fuerte y segura, pero se maldijo cuando le salió quebrada y se vio interrumpida, al final, por un sollozo que asomó traicioneramente por su garganta. Oyó el cerrojo de la puerta lateral descorrerse y cerró los ojos con fuerza, ordenando a las lágrimas que dejasen de salir. Éstas, traviesas, se negaron a obedecerle.

Jon avanzó hasta ella y, con firmeza, la sujetó por la barbilla para obligarle a alzar el rostro y mirarle a la cara. La expresión de preocupación que al instante esbozó le hizo sentirse más desdichada. ¿Es que siempre iba a necesitar personas que le cuidaran? ¿Es que no podría nunca arreglarse ella sola?

—Jeyne, debes decirme qué te ha pasado. Ahora mismo. —Su voz era urgente, y exigía una respuesta. Sin embargo ella era incapaz de contestarle con la verdad, sabiendo que ésta le dolería. Tampoco era capaz de mentirle.

—No puedo, no puedo contarlo. No ahora. Quizás más tarde. Pero nunca —ahogó un sollozo— nunca volverán a tocarme, Jon, lo juro. Nunca más.

Se soltó de su mano y rompió a sollozar, escondiendo el rostro entre sus manos. De repente sintió los brazos de Jon rodeándola y apretándola contra sí, sus labios apoyados contra su melena castaña, su hombro invitando a recostarse sobre él. Se quedó rígida unos segundos, tan poco acostumbrada a una muestra de cariño sincero que había olvidado casi lo que se sentía, al igual que él… tras esos segundos se duda, Jon sintió cómo el cuerpo de la chica se relajaba, sus brazos avanzaban lentamente para rodear también su cintura, y su mejilla se apoyaba suavemente en el hueco de la clavícula. Besó su cabello con suavidad y apoyó su mejilla, aspirando su suave aroma.

—¿Puedo dormir contigo? —La pregunta de ella, formulada con apenas un hilillo de voz, le hizo abrir los ojos sorprendido. Era lo último que esperaba que le pidiese y, sin embargo, se estaba tan bien abrazado a su cálido cuerpo… él soltó su abrazo para acariciarle el pelo, y le llevó a través de la puertecita a su propio cuarto. Dejó que se tumbara en su cama, bajo sus sábanas, y se sentó en el escritorio para intentar terminar de redactar las cartas que había comenzado.

Le fue imposible; no podía dejar de mirar al bulto que descansaba en su cama. Al principio, los sollozos reprimidos continuaron durante un rato. Jon estuvo tentado a levantarse varias veces y abrazarla, pero había algo dentro de su agitado interior que se lo impedía. Poco a poco, los quedos sollozos fueron disminuyendo hasta que se hizo el silencio. Miró a la carta que tenía a medio redactar, pero no podía seguir escribiendo. Sentía la piel ardiendo donde ella le había apretado, se imaginó su clavícula empapada con el sabor salado de sus lágrimas, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Intentó desembarazarse de esos pensamientos, y miró a la chica que, más tranquila, descansaba en su cama, con la respiración cada vez más acompasada. Su cara, pobremente iluminada con el candil que Jon sostenía sobre su escritorio, proyectaba algunas sombras sobre ella. Sin embargo él podía ver sus labios rojos ligeramente hinchados y sus párpados, que se movían imperceptiblemente sumidos en un sueño ligero e intranquilo.

Siguió observándola, su respiración acompasada, los angulosos rasgos de su cara, sus mejillas aún húmedas. Perdió la noción del tiempo pero, cuando salió de su ensimismamiento, se levantó con un suspiro, intentando no hacer ruido: esta noche no iba a haber más cartas. Avanzó y observó la alfombra; él quería tumbarse a su lado, pero su instinto le decía que la alfombra era la mejor alternativa. Con un suspiro, se dispuso a tumbarse en el suelo, usando su capa como improvisada manta. Ella se despertó de su ligero sueño y, cuando le vio, aún medio dormida, le instó a subir junto a ella, a la cama. Una de sus manos salió por debajo de las colchas y fue hacia él, buscando su brazo. Su cuerpo se deslizó hacia un lado para hacerle sitio.

Él dudó, inquieto, pero terminó recostándose sobre las pieles, bocarriba, intentando no tocarla. Tragó saliva, tenso y recto como un palo, mirando imperceptiblemente al bulto que se arrebujaba a su lado. Ella abrió los ojos, aún algo rojos e hinchados, y acomodó su cabeza en la almohada, mirándole.

—Métete dentro. —La voz de ella, en un susurro, consiguió erizarle toda la piel. No, no estaba bien lo que pensaba. Titubeó— por favor.

Él tragó saliva, sabiendo que no debería, pero sin poder negarse, y se levantó para quitarse la capa y la abriga chaqueta y quedarse en la fina camisa negra. Echó a un lado las pieles que cubrían la cama y se tumbó a su lado, tapándose de nuevo con las mantas e intentando que su respiración no sonase agitada. Bocarriba, mirando al techo, y rígido como una tabla. El calor que notaba en su lado izquierdo le hacía tener que controlar aún más su respiración. Entonces ella se giró, y con un hondo suspiro le abrazó, y él comenzó a perder el poco dominio que le quedaba.

La camisa interior de ella era fina, al igual que la de él, y notó la forma de sus pechos apretados contra sus costillas. El brazo izquierdo de Jeyne se desplazó sobre su camisa, abrazándolo, para posar su mano suavemente sobre el hueso de la cadera. El movimiento levantó ligeramente la camisa y dos de sus dedos se apoyaron en la carne desnuda de Jon. Él sintió cómo si ese contacto quemase y, cuando notó la cara de ella junto a su cuello, cerró los ojos con fuerza e intentó pensar en cualquier otra cosa, muy alejada de lo que estaba sintiendo en esa habitación.

Ella, medio dormida, segura, caliente y protegida, acercó su cara más al cuello de Jon, y sus labios se posaron sobre su base. Entonces oyó cómo Jon soltaba un quedo gemido y sintió cómo se giraba lentamente hacia ella. Las manos de él agarraron sus caderas con firmeza y la acercaron poco a poco a su cuerpo, hasta que ambos quedaron juntos. Ella abrió los ojos sorprendida, mirándole. El rostro de Jon ya no era frío, y en su mirada había un brillo de hambre y deseo que la sorprendió. En ese momento fue plenamente consciente de sus labios entreabiertos, de su mirada sobre la boca de ella, de que sus pechos se apretaban contra el torso de él y de una presión acuciante contra su cadera que señalaba lo despierto que él estaba.

—Jon… —él soltó un sonido gutural y subió sus manos, desde las caderas de ella, acariciando el abdomen con las palmas extendidas y subiendo, a la vez, la camisa, hasta que su mano derecha llegó a uno de sus pechos desnudos. Pasó el pulgar suavemente a través de esa generosa curva hasta llegar al pezón, al que acarició suavemente. Jeyne ahogó una exclamación y notó cómo su pezón se podía duro. No, esto no estaba bien—. Jon, espera, esto no…

Él acercó la cara a la de ella y, sujetándola con firmeza de la nuca, la acalló presionando los labios con los suyos, casi con fuerza, apremiante. Ella se quedó paralizada y él comenzó a mover la boca, suavemente. Notó sus labios aprisionando los de ella, y su lengua húmeda, exigente, acariciando su labio inferior. Las manos de él comenzaron a recorrer sus pechos, hundiéndole las yemas de los dedos en su carne desnuda, su cuerpo moviéndose contra ella.

Una mano bajó hasta sus nalgas y las acercó hacia él mientras se apretaba contra ella, dejándole sentir entre sus piernas su erección. Ella abrió la boca un poco, gimiendo sin darse cuenta, y la lengua de Jon entró en su boca, húmeda, exigente, explorando. Jeyne sentía la cabeza embotada, siendo consciente sólo de las manos de Jon recorriéndola, su lengua buscando la de ella. Sin darse cuenta y abriendo más la boca se vio contestando al beso, tímida pero apremiantemente, sus manos buscando ansiosas por debajo de su camisa, recorriendo el duro torso del hombre y abrazándole para llegar a su espalda. Perdió el control y dejó de pensar, clavándole las uñas y atrayéndolo hacia sí misma para aumentar la superficie de contacto entre ambos.

Cuando él separó sus labios y los fue bajando, besándole el cuello, lamiendo la clavícula, y bajando más, ella respiró hondo. "No, nunca más me tocarán, nunca, nunca más dejaré que me vuelvan a hacer lo mismo"

—Jon, para. No —ella le intentó apartar, débilmente, ahogando a la vez un gemido al volver a sentir cómo el cuerpo de él se juntaba al de ella, casi con furia, con necesidad. Notó que su boca había llegado a un pezón, que atrapaba y succionaba. Ella sintió su dureza, casi dolorosa, ante la caricia. "No me volverán a tocar. No otra vez" — Jon, déjame. —Su cabeza iba a estallar. Sus brazos se volvieron más fuertes— ¡He dicho que no!

Consiguió apartarlo lo suficiente como para alejarlo de ella unos centímetros. Él se quedó mirándola, con los labios húmedos entreabiertos, los ojos oscuros brillantes, abiertos con sorpresa. Aún jadeaba, pero no volvió a acercarse. Sin embargo, retrocedió y salió de la cama a trompicones.

—Yo… yo…

Ella salió torpemente, apartando la vista del bulto aún aparente en los pantalones del chico, y se tambaleó hasta su cuarto. Notaba sus labios rojos e hinchados, y su cuerpo entero palpitando con fuerza. Avanzó hasta su propio cuarto y cerró la puerta. Sin cerrojo. No podía. Él la abrió suavemente y asomó la cabeza, pero ella no se volvió.

—Lo siento mucho, Sansa —murmuró él, para a continuación cerrar la puerta. Escuchó el cerrojo correrse y suspiró, confusa. Quiso llorar, pero no tenía lágrimas. Tampoco ganas. Se tumbó en la cama e intentó dormir pero, incluso los ratos de sueño intranquilo que obtuvo, estuvieron plagados de sueños inquietantes en los que se despertaba con la frente perlada de sudor y, sin saber explicar por qué, otro tipo de humedad entre las piernas.

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Comentario del aut r: He tardado un poquito en publicar, así que para compensar, el capi es más largo. Ah! Y tened en cuenta que para escribir la historia me baso en la teoría R+L=J (Si alguien no sabe cuál es, que me pregunte XD) y, también, que en Canción de Hielo y Fuego hay pocas cosas imposibles. Saludos!