Los personajes de SCC son obra de CLAMP. Esta historia es un copy-paste, por lo que nada es de mi autoría.

La traducción de este libro tampoco es mía.

Noches Oscuras

Capítulo 16

Había llegado el momento de la guerra.

Aeron estaba contento. Necesitaba luchar, asesinar. Quizá si mutilaba unos cuantos Cazadores, dejaría de imaginarse su cuchillo rasgando el cuello de Danika, seguido rápidamente del de su hermana, su madre y su abuela.

No se lo había dicho a los demás, pero su necesidad de matar ya no era un leve movimiento en su interior estaba empezando a teñir todos sus pensamientos y a volverlo loco. Los dioses no habían exagerado. La bestia que llevaba dentro estaba ansiosa por cumplir la orden que le habían dado.

Su ansia se incrementaba con cada hora que pasaba.

Aeron sabía que cada vez sería mayor. Crecería, crecería y crecería hasta que él destruyera a aquellas cuatro mujeres inocentes.

Apretó la mandíbula. Con suerte, quizá pudiera saciar su sed de sangre, aunque sólo fuera durante un rato. «Soy un monstruo, soy tan malo como el espíritu que me posee». Si los guerreros no encontraban el modo de salvar a aquellas mujeres, Aeron tendría que despedirse de los últimos vestigios de sí mismo. Soy un demonio.

« ¿Acaso no lo eres ya?».

—¿Crees que la mujer de Shaoran está ahí fuera? —preguntó París, interrumpiendo sus negros pensamientos.

—Puede ser —respondió.

No habían podido encontrarla y habían abandonado su búsqueda por el castillo. Se habían ido a la ciudad, de todos modos. El estaba furioso por el hecho de que un cebo estuviera libre por ahí.

Lucien había ido primero al cementerio, pero no había encontrado nada sospechoso. Sin embargo, había enviado de vuelta a Torin para que esperara y vigilara con unos cuantos de sus juguetes. El había protestado pero al final había accedido. Al menos, los habitantes del cementerio ya estaban muertos, así que Enfermedad era inofensiva.

En aquel momento, Aeron y los demás avanzaban rápidamente por las calles empedradas de Buda. Sin Sakura, tendrían que atraer a los Cazadores de otro modo. Habían decidido actuar ellos mismos como cebo.

Aunque había pasado la media noche, las calles se encontraban muy animadas. La gente estaba sentada en las terrazas y paseando por la calle. Los edificios que flanqueaban las calles eran una sinfonía de curvas y picos. De vez en cuando pasaba algún coche.

Los humanos se apartaban sobresaltados del camino de los inmortales. La gente susurraba y especulaba. «Los ángeles han bajado de la montaña... Creo que voy a buscar a esos hombres que preguntaban por ti en el Club Destiny...».

—¿Unos hombres han preguntado por nosotros? —dijo Aeron. Mientras hablaba, una mujer cruzaba para saludarlos. Se quedó helada al ver a París—

—Un beso—le pidió.

—Siempre —dijo París, y con una sonrisa movió la cabeza para complacerla.

Aeron ladró:

—Más tarde. Llévanos a ese dichoso Club Destiny.

Si Promiscuidad comenzaba a besar, Promiscuidad no podía parar hasta que la ropa había volado y resonaban gritos de pasión.

—La próxima vez —dijo París a la mujer en tono lastimero, y siguió caminando hacia la discoteca.

—¿Me lo prometes? —pidió la mujer.

Sin embargo, la mirada de lujuria se le borró en los ojos cuando Lucien pasó a su lado con su rostro lleno de cicatrices.

Unos minutos más tarde, los guerreros habían entrado al club y estaban inspeccionando la escena. Había muchos humanos bailando al son de un ritmo rápido, enloquecedor, bajo luces multicolores que parpadeaban. Quienes los veían, se quedaban impresionados la mayoría se apartaba.

Aeron sintió algo. Un ligero zumbido de poder, quizá. Frunció el ceño.

—¿Los ves? —le preguntó Reyes con tensión.

—Todavía no, pero sé que están aquí.

—Vaya, esto es el cielo. Mira qué preciosidades hay por aquí —comentó París, con la voz ronca por la excitación.

—Deja ya de pensar en sus piernas —le espetó Reyes.

Ojalá aquélla fuera su única preocupación, pensó Aeron, necesitar el sexo. Las mujeres humanas lo miraban con terror. Y él estaba contento por eso. Debían temerlo. El no querría hacerlo, pero se las comería y las escupiría de un solo mordisco.

—Cinco minutos —dijo París, con la voz cargada de placer—. Es lo único que necesito.

—Más tarde.

—Ahora.

—¿Acaso eres un niño? Reprímete por una maldita noche.

—Por todos los dioses —dijo Lucien de repente, y señaló hacia el centro del club con un movimiento brusco de la cabeza—. Mirad.

Todas las miradas de los guerreros se dirigieron hacia un grupo que estaba al fondo del local, observándolos.

Aeron inspiró profundamente y se llevó la mano a uno de sus cuchillos. Parecía que las sorpresas no habían terminado.

—Sabin —dijo.

No creía que volviera a ver nunca a Duda. Aquel hombre, a quien había considerado un amigo, había estado a punto de matarlo.

—¿Qué hace aquí? ¿Y por qué ahora? —en cuanto hubo formulado las preguntas, supo la respuesta—. Todavía sigue luchando con los Cazadores. Probablemente es él quien los ha traído hasta nuestra puerta.

—Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Lucien. Sin embargo, ninguno de ellos se movió.

Aeron se dio cuenta de que los pies se le habían vuelto de plomo. Los recuerdos de aquella noche negra y trágica invadieron su mente.

Tenemos que matarlos —había gritado Sabin—. ¡Mira lo que le hicieron a Badén!

Ya hemos matado suficiente —había respondido Luden, con su tono de voz calmo—. Les hemos infligido a ellos y a sus familias mucho más dolor que ellos a nosotros.

La cara de Sabin se congestionó de rabia fría.

¿Es que Badén no significaba nada para ti?

Yo lo quería tanto como tú, pero seguir con la destrucción no nos lo va a devolver — le había respondido Aeron. Después se había dado la vuelta, porque era incapaz de soportar el dolor de los ojos de Sabin, que era un reflejo del dolor que él mismo sentía—. Yo no puedo continuar, porque mi corazón se vuelve más negro cada día que pasa. Necesito paz. Un refugio.

Yo preferiría morir que dejar con vida a un solo Cazador.

Hemos matado al hombre que decapitó a Badén. Es suficiente.

¿Suficiente? Yo tuve el cuerpo sin vida de Badén en mis brazos; su sangre me manchó el alma. ¿Y tú quieres que lo deje? Eres peor que los Cazadores.

Sabin lo había atacado y le había hundido un cuchillo en el cuello antes de que él pudiera darse cuenta.

Quizá hubiera podido perdonar una lucha limpia, pero ¿un ataque por la espalda? No.

Después de vencerlo, Aeron sólo quería marcharse. Marcharse de Grecia, alejarse de la guerra y de los recuerdos dolorosos. Sin embargo, Sabin y unos pocos más todavía querían sangre.

Entonces los Señores se habían dividido irrevocablemente.

Aeron observó en aquel momento a aquellos guerreros a los que conocía pero no conocía. En apariencia eran los mismos, aunque su atuendo había cambiado con los tiempos. Gideon tenía el pelo azul y un brillo pecaminoso en los ojos, un brillo depredador. A Aeron le recordó el brillo de los ojos de Lucien la única vez que su amigo había explotado, cuando nada ni nadie había podido contenerlo.

Carneo seguía siendo la mujer más bella que él hubiera visto nunca, pero al mirarla tuvo ganas de atravesarse el corazón a sí mismo. Strider seguía siendo guapo, aunque los años le habían endurecido los rasgos, Amun ya no llevaba túnica, sino una camisa negra y unos pantalones vaqueros.

¿Dónde estaba Kane? ¿Acaso los Cazadores también lo habían asesinado a él?

Sabin y los otros comenzaron a aproximarse lentamente. Aeron los observó con suma atención hasta que ambos grupos se encontraron en el medio de la pista de baile; los humanos se apartaron rápidamente de su camino.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó Lucien. Aeron se dio cuenta de que hablaba en inglés, probablemente, para que no los entendieran.

—Yo podría preguntarte lo mismo —respondió Sabin.

—¿Has venido a apuñalar a alguien más por la espalda, Duda? —preguntó Aeron.

Sabin arqueó una ceja.

—Han pasado un par de miles de años, Ira. ¿No has oído hablar de algo llamado perdón?

—Eso es gracioso, viniendo de ti.

El guerrero sacudió la cabeza.

—No hemos venido hasta aquí para luchar con vosotros. Hemos venido a enfrentarnos con los Cazadores. Están aquí, por si no lo sabíais.

Aeron resopló.

—Ya nos hemos enterado. ¿Los habéis atraído a la ciudad?

—No. Ellos se enteraron de dónde vivís antes que nosotros.

—¿Y cómo?

Sabin se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Dudo que hayas venido hasta Budapest sólo para luchar —dijo Lucien.

—Muy bien. ¿Queréis saber la verdad? —intervino Strider, que extendió las manos para demostrar que no estaba armado—. Necesitamos vuestra ayuda.

—Demonios, no —respondió Paris, negando con la cabeza—. Ni siquiera necesitamos oír el motivo, ni el cómo, porque nuestra respuesta no va a cambiar.

«No pensarás que puedes vencer a estos tipos, ¿verdad?». Una extraña duda invadió la mente de Aeron, clavando las garras en sus pensamientos.

—No somos los mismos guerreros de antes —dijo Carneo, atrayendo la atención de todos con sus tristes ojos—. Al menos, escuchadnos.

Todo el mundo se encogió. Hablaba como si toda la pena del mundo descansara sobre sus delicados hombros. Probablemente era así. Al oírla, Aeron tenía ganas de echarse a llorar como un niño.

—Necesitamos vuestra ayuda —dijo Sabin—. Estamos buscando Dim Ouniak. La caja de Pandora. ¿Sabéis dónde está?

—¿Quieres la caja después de todos estos años? — preguntó Lucien, confundido—. ¿Por qué?

«Si te enfrentas a ellos, podrías morir. ¿Por qué no les das lo que desean y vuelves a tu vida?».

Aeron apretó los puños. El era fuerte y poderoso. No había ninguna razón para dudar tanto. Dudar...

Con un gruñido de rabia, recordó la habilidad de su antiguo amigo.

—Sal de mi cabeza, Sabin.

—Lo siento —dijo el guerrero con una sonrisa débil—.Es la costumbre.

—Así que eres tú el que intentó que fuéramos al cementerio desarmados. Pensaba que no querías lucha con nosotros.

La sonrisa de Sabin se hizo tímida.

—No estaba seguro del recibimiento que nos daríais. Ya que fracasé en mi intento de atraeros allí, Kane val pasar una noche muy aburrida con los muertos. ¿Que estáis haciendo aquí, a propósito? ¿Acaso también habéis oído decir que los Cazadores iban a venir?

—Enviamos a Torin al cementerio, así que Kane no se va a aburrir —dijo Lucien, mirando a su alrededor—. Y sí, hemos venido en busca de los Cazadores, aunque no veo ninguno.

—¿Enfermedad está con Kane?

Sabin frunció el ceño y se sacó una cajita negra del bolsillo. Mientras lo hacía, Reyes le puso un cuchillo en la garganta, pensando que iba a sacar un arma. Cuando Reyes se dio cuenta de que era un transmisor portátil, bajó el cuchillo.

Con cara de pocos amigos, Sabin se llevó la radio a la boca y dijo:

—Kane, no ataques. Fuego amigo.

—Comprendido.

Sabin se metió el transmisor al bolsillo.

—Entonces ¿estamos a buenas ahora?

—Ni lo sueñes —respondió Aeron.

Strider se sacudió con enfado, y fijó su mirada virolenta alrededor. Algunas personas habían vuelto a bailar de nuevo, sintiendo los efectos del alcohol y la lujuria mientras se frotaban los unos con los otros.

—¿Sabéis lo de los Titanes?

Lucien miró a Aeron antes de responder.

—Sí.

Carneo se mordió el labio.

—¿Tenéis idea de lo que quieren de nosotros?

—No —respondió Aeron, para evitar que alguien contestara por él. No quería que supieran lo que le habían ordenado.

—Mirad, viejos amigos, sé que nos odiáis —dijo Sabin—. Y que queremos cosas distintas. Pero hay algo que tenemos en común, y son las ganas de vivir. Hace un mes supimos que los Cazadores están buscando la caja de Pandora. Si la encuentran, corremos el peligro de que succionen dentro a nuestros demonios. Eso significa que estamos en peligro de muerte.

—¿Cómo sabes que la caja no ha sido destruida? — preguntó Reyes.

—No lo sé, pero no quiero arriesgarme a que esté intacta.

Durante todos aquellos años, Aeron no había pensado en la caja. Su demonio había estado dentro, y ya no lo estaba, y él había aceptado las consecuencias de sus actos. Fin de la historia.

En aquel momento volvió a recordar la fatídica noche en que su demonio fue liberado. El había ayudado a contener a los guardias de Pandora mientras Lucien abría la caja. Los demonios habían surgido desde el interior imparablemente, y habían devorado la carne de los guardias.

El olor de la muerte y la sangre impregnó el aire. Los gritos invadieron la sala. Algo le había atenazado la garganta a Aeron y le impedía respirar. Había caído de rodillas y se había arrastrado por toda la habitación en busca de la caja, desesperado por encontrarla, pero la caja se había desvanecido.

Lucien se pasó una mano por el pelo.

—No sabemos dónde está. ¿De acuerdo?

De repente, una mujer se abalanzó sobre París y comenzó a lamerle el cuello. París cerró los ojos, y Reyes sacudió la cabeza.

—Deberíamos hablar en otro sitio.

—Vayamos a vuestro castillo —sugirió Sabin—. Quizá entre todos recordemos algo de cómo desapareció.

—No —dijeron Aeron y Reyes al unísono.

—Yo puedo quedarme toda la noche aquí alegremente —dijo Gideon con evidente irritación.

—¿A vuestro castillo? —insistió Sabin—. Yo estoy dispuesto a ir cuando queráis.

—No —repitió Aeron de nuevo.

—Muy bien. Nos quedaremos aquí. Dadme un momento para que envíe a todo el mundo a casa.

Sabin cerró los ojos, y su expresión se hizo muy intensa. Aeron lo observó atentamente, agarrando la empuñadura de su daga, sin saber qué podía esperar. La música cesó de repente. La gente dejó de bailar. La incertidumbre se reflejó en sus caras y comenzaron a murmurar y a caminar hacia la puerta. En cuestión de minutos, todo el edificio estaba vacío.

Sabin relajó los hombros y exhaló un largo suspiro. Abrió los ojos.

—Ya estamos solos.

Amun, que no había dicho ni una sola palabra, ladeó la cabeza y miró a Aeron de hito en hito. Sus ojos eran como un rayo láser. El rostro de Amun era indescifrable, y Aeron se sintió inseguro. Aquel guerrero estaba poseído por Secreto; ¿podría adivinar lo que Aeron guardaba en lo más profundo de su alma?

De repente, la mirada de Amun se clavó en la suya, y Aeron percibió tristeza en sus ojos. Sí. Lo había adivinado.

Sabin inspiró profundamente, haciendo acopio de paciencia.

—¿Por qué no hacemos un trato? Nosotros nos encargaremos de los Cazadores que han invadido vuestra ciudad si vosotros nos ayudáis a encontrar la caja. Es un trato justo. Nosotros hemos luchado durante mucho tiempo con ellos y sabemos cómo defendernos.

—Yo encontré uno antes y lo interrogué —dijo Strider—. Así supimos que iban a venir a esta discoteca, aunque todavía no hemos visto a ninguno.

Aeron percibió un movimiento en las sombras del fondo de la sala y frunció el ceño.

—Se ha quedado alguien.

Todo el mundo se puso rígido.

Entonces, Aeron vio la silueta de cuatro humanos. Eran hombres musculosos.

—Cazadores —gruñó—. ¿Te parecen suficientes cuatro?

Aunque habían matado a Badén, Aeron había estado dispuesto a dejarlos en paz. El les había causado mucho dolor siglos atrás, después de todo. Pero ellos habían vuelto. Comenzarían una nueva guerra si tenían la oportunidad.

Al darse cuenta de que los habían visto, uno de los humanos se adelantó.

Era un mortal joven, y sonreía. Se frotó la muñeca derecha con el pulgar izquierdo, y bajo las luces de la discoteca, Aeron distinguió el símbolo del infinito.

—¿Quién habría pensado que nos encontraríamos todo el mal del mundo junto en la misma habitación? —dijo el hombre. Tenía una pequeña caja negra en la mano—. ¿Es que estamos en Navidad?

Varios de los guerreros gruñeron. Algunos sacaron armas, otros dagas. Todos estaban preparados para la batalla. Aeron no esperó. Se dio cuenta de que no podía, no quería. Estaba ansioso por actuar. Ira ya había juzgado a aquel hombre y lo había declarado culpable del crimen de matar inocentes en su misión de matar Señores.

Aeron lanzó sus dagas, y ambas se hundieron hasta la empuñadura en el pecho del hombre.

La sonrisa se le congeló en la cara. Cayó de rodillas, jadeando, sufriendo. Aún viviría durante unos minutos, pero ya nadie podría salvarlo.

—Suplicaréis la muerte cuando hayamos terminado con vosotros —jadeó.

— ¡Quémate en el infierno, demonio! —gritó otro de los mortales, y le arrojó una daga.

Otro de los Cazadores disparó una pistola mientras la cuchilla del puñal se le hundía en el pecho a Aeron. Aeron frunció el ceño. Miró la empuñadura. Su corazón continuaba bombeando sangre, abriéndose a cada latido. Ay. Esos Cazadores tenían buenos reflejos. Debería recordarlo.

Lucien y los demás se adelantaron.

El Cazador no se retiró.

—Espero que disfrutéis del fuego —gritó. Tomó la caja negra de manos de su amigo muerto y ¡bum!

Una tremenda explosión hizo tambalearse todo el edificio e hizo volar por los aires la piedra y el metal. Aeron salió disparado como si fuera un saco de plumas.

«Vencido por humanos. Increíble».

Fue el único pensamiento que tuvo antes de que todo su mundo se fundiera en negro.