Prefacio.

—¿Entonces, Lily? ¿Qué dices? —me preguntó Alice, mirándome tan intensamente a los ojos que casi podía llegar a pensar que con ellos me estaba rogando. Fruncí mis labios, disgustada por la clase de reto que me habían puesto mis supuestas amigas— ¡Vamos! ¡Todas cumplimos con los retos que nos pusieron!

—Y tampoco es como si tú, Lily Evans, no hubieses disfrutando poniéndonos unos retos que eran como para matarte —atinó a decir Bella, mirándome con algo de recelo en sus ojos.

¡Cómo se atrevía! No era como si no hubiese disfrutado besar los labios de Black, ¡si justamente por eso le puse aquel reto! Sabía que era demasiado orgullosa como para admitir que el susodicho le gustaba, por lo que tuve que darle un empujoncito.

Vaya forma de darme las gracias.

Su caso no se parecía en nada a mi caso, cuando yo decía que no soportaba estar alrededor de Potter lo decía en serio, no por orgullo.

—¡No seas aguafiestas, Lily! —exclamó por primera vez Gabriela, logrando captar mi atención. ¡Oh, vamos! ¿También ella? — Además —comenzó a decir con una sonrisa, una que me indicaba que me iba a arrepentir de escuchar lo que ella estaba a punto de decir—, todas dicen que da los mejores besos en todo Hogwarts… ni se diga en la cama… —agregó esto último en un susurro, con una sonrisa pícara y sin mirarme a los ojos. Mis dos compañeras rieron mientras que yo me limité a mirar a Gabriela con los ojos muy, muy abiertos, sin creer que pudiese haber comentado aquello.

—¿Podemos… no hablar de eso? —pregunté, rascándome la nuca con cierta incomodidad al tiempo que sentí cómo mis mejillas se coloreaban de un rosado vergonzoso cuando, para mi pesar, mi cerebro recreó una imagen mental de la pasada conversación.

Mi reacción solo hizo que todas mis compañeras soltaran carcajadas a mandíbula abierta ocasionando que me pusiese aún más colorada. Mierda.

—Oh, vamos, Evans… —comenzó a decir Bella, tratando de recobrar la compostura. Para ser sincera, no lo estaba logrando, aún podía distinguir sus ganas de seguir riéndose. Alcé una de mis pelirrojas cejas en su dirección— no vas a ser virgen por siempre… y por amor a Merlín ojalá que sea James el que se encargue de eso y no el tonto de Amos Diggory —esto último lo dijo frunciendo los labios y la nariz. Sabía que no le agradaba Amos, pero tampoco era como para que pusiese cara de asco cuando hablaba de él.

—¿Qué tiene de malo Amos? —pregunté, con un deje de molestia en mi voz y con el ceño fruncido en dirección a Bella. El chico no merecía tal rechazo por parte de ella.

Mi amiga colocó los ojos en blanco y se echó en su cama, soltando un -muy- audible suspiro.

—¿Qué tiene de malo James? —contraatacó, susurrándolo muy por lo bajo, más como si fuese una pregunta para ella, una que realmente no comprendía del todo, con sus ojos posados en el techo.

Esperé unos segundos antes de contestar y decidí que no valía la pena, así que aún con el ceño fruncido, murmuré con una advertencia entre líneas:

—No me hagas empezar…

Ella me miró, mas no dijo nada.

—¿Entonces? —oí que preguntó Alice, distrayéndome de la conversación anterior.

—¿Entonces qué? —pregunté de mala gana, sabiendo a lo que se refería pero habiendo supuesto -erróneamente- que habían declinado aquella loca idea.

—¿Entonces lo harás o eres demasiado cobarde como para cumplir el reto, Lily Evans? —su sonrisa ladina y satisfactoria me indicó que ella sabía que esa era la única forma de llegar a mí y que se había declarado la ganadora de este round.

Odiaba que las personas pudiesen calificarme con el adjetivo de cobarde, ¡vamos, por Merlín! ¡No había mayor ofensa para un Gryffindor!

Es cierto, no es como si nunca pudiese tener miedo de algo, porque sí lo tenía, la cosa es que éramos caracterizados por superarlo, por controlarlo y por nunca jamás huir de una batalla.

—Una apuesta es una apuesta, Lily… —murmuró Gabriela, echándole más leña al fuego.

Me levanté de la cama, dirigiéndome hacia la ventana con el ceño notablemente fruncido. Merlín, cualquiera que viese la expresión de molestia que tenía en el rostro probablemente se apartaría de mi camino.

Mirando hacia el vacío, me tomé mi tiempo en contestar, consciente de que tenía tres pares de ojos que me observaban con atención, en espera de una respuesta final.

Pensé en lo molesta que era la sonrisa de Potter -la cual, de hecho, parecía nunca borrarse de sus labios-, en la irritante manera en la que se desordenaba el cabello, en sus interminables y fallidos intentos de entablar una conversación conmigo, en la arrogancia que desprendían sus ojos castaños, en su afán por invitarme a salir, en la horrible manera con la que siempre trató a Severus, en su desagradable forma de siempre buscar ser el centro de atención, en lo repudiable que era ver con cuánta desesperación era buscado por la población femenina… y si seguía pensando, jamás iba a aceptar aquella ridícula apuesta.

Con los brazos cruzados y dándoles la espalda, susurré:

—De acuerdo…, fingiré ser su novia hasta que terminemos el año —no necesitaba verlas para saber que en sus labios se estaba plasmando una sonrisa de oreja a oreja. Juro que a veces podía odiarlas—, pero si aquel engreído espécimen termina decapitado será su culpa y nada más que suya.

Sin más que agregar y mucho menos sin ganas de verle las caras de "¡sí!, ganamos" me dirigí a la Sala Común, solo para que al llegar y sentarme en uno de los sillones que ella albergaba, me preguntase cómo dementores iba a hacer para cumplir esa apuesta.

¡Por Merlín! ¿Por qué tenía que ser tan orgullosa? ¿Por qué simplemente no pude haber pedido que me pusiesen otro reto?

Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos con fuerza mientras me recostaba en el espaldar del sillón. Mierda, no llevaba ni cinco minutos de haber aceptado el reto y ya estaba arrepentida. Vaya día de mierda.