Capítulo II.

Por eso exactamente.

Esas palabras seguían resonando en mi cabeza, una y otra vez, mientras yo me daba cuenta de cuánta destreza había adquirido mi subconsciente para torturarme con el pasar de los años.

Hasta ese momento no me había percatado de la actitud que había tomado Severus ante la situación. Dolía darse cuenta de que ni siquiera había tenido una pizca de esperanza de que se pusiera de mi lado y me defendiera. Eran tantas las decepciones que me llevaba de su parte que yo ya no lo consideraba una persona con la cual podía contar.

Sinceramente, no me gustaba que pelearan mis batallas por mí, eran mías y siempre me sentía en la capacidad de enfrentarlas solas y si no era así, ya vería yo cómo me las arreglaría, pero eso era mi problema y de nadie más.

No esperaba -ni quería- que Severus se enfrentara a Bellatrix por mí…, pero para ser completamente honestos, yo sí lo hubiese hecho por él, yo sí lo hubiese hecho por un amigo. Pero el Slytherin ni siquiera lo intentó, ni siquiera intentó persuadirla, no fue capaz de emitir ni una sola palabra en oposición a lo que iba a hacer Black.

Entonces, si esto era así, la idea de imaginármelo a él únicamente de espectador mientras Bellatrix me lanzaba un hechizo que fácilmente hubiese podido matarme no era tan descabellada como lo hubiese pensado años atrás.

Sí, definitivamente podía ver cuánto me extrañaba.

Fruncí el ceño y sentí cómo mi corazón se rompía un poco. Ni siquiera le miré a los ojos cuando se disculpó, simplemente asentí y agradecí internamente que Potter los obligó a retirarse después de eso. No le presté atención a las palabras de la serpiente jurando que se iba a vengar porque no quería levantar el rostro y verlo por error luego de que caí en cuenta de que una vez más me había dado otra razón para alejarme de él.

Mi cabeza estaba hecha un desastre, incapaz de controlar tantas emociones al mismo tiempo, y sinceramente lo único que quería era dejar de pensar, no seguir escuchando a esa parte racional de mí que me decía "te lo dije" mientras que otra le buscaba ingenuamente una justificación a su comportamiento.

Solo fui consciente del frío que tenía cuando mi cuerpo comenzó a tiritar. Me sentía endemoniadamente sola, con el oscuro cielo extendiéndose sobre mí y el viento abrazándose a mi cuerpo, poniéndome la piel de gallina.

"Lo más triste de la traición es que nunca proviene de un enemigo", pensé, recordando esa frase que había leído en uno de los tantos libros que había concluido. Esta vez, no pude discutir con el autor como siempre solía hacerlo.

—¿Estás bien? —me trajo de vuelta a la realidad una voz suave, casi como si temiese mi respuesta.

Levanté la mirada para encontrarme con unos ojos castaños que brillaban con preocupación y algo más que no era capaz de descifrar. Aún sin poder entender completamente lo que su mirada reflejaba, no me había percatado del suave agarre que el Gryffindor mantenía en mis hombros.

—¿Lily? —ladeó un poco la cabeza, agachándose ligeramente para quedar más cerca de mí, intentando que respondiera a sus acciones.

Este movimiento fue el que me hizo reaccionar y me aparté de él algo más lento de lo que pensé que haría. Él no se opuso, pero podía distinguir en sus orbes que aún estaba esperando una respuesta de mi parte.

—Estoy bien —respondí automáticamente, aunque estaba tan hipnotizada por aquellos ojos que ni yo misma me lo hubiese creído. Ocultaba algo y yo quería saberlo.

Observé una de sus pobladas cejas azabache alzarse en mi dirección y no pude evitar desviar mi mirada hacia esa sonrisa ladina que comenzó a formarse, parecía estar disfrutando la situación, de que yo no pudiese apartar mi vista de él.

Lo que el león no sabía es que esto estaba sucediendo porque yo era una persona extremadamente curiosa, a la que le gustaba saberlo todo y estar segura de que las cosas eran como yo esperaba que fueran y había algo oculto en su mirada que no lograba comprender, que me desestabilizaba, no porque él fuera "irresistible", como sabía que había argumentado su ególatra mente.

—¿Estás segura? —volvió a preguntar, con picardía en cada sílaba emitida.

Este gesto despertó mis cinco sentidos, por supuesto, y dejé atrás mi curiosidad. Por nada del mundo le aumentaría el ego a un chico que ya de por sí lo tenía más grande que el Universo mismo.

Rodé los ojos y me crucé de brazos, lo que solo pareció divertirlo aún más a él. Era frustrante cómo podía retorcer las cosas este muchacho.

—Sí, Potter, ¿por qué no habría de estarlo? —pregunté con aburrimiento; él apoyó uno de sus brazos sobre el tronco del árbol más cercano a mí, recostándose en él y ocasionando que la distancia entre nosotros fuera… inadecuada según yo.

—No lo sé, tal vez porque casi resultaste gravemente herida… —probó decir, mirándome de arriba abajo. Me gustaba pensar que lo hizo para chequear si tenía algún rasguño o algo por el estilo, pero el detenimiento a la altura de mis senos ocasionó que le quitara todo el crédito por ser un "buen compañero que se preocupaba por mi bienestar".

—Casi —repetí, entre incómoda y molesta, cruzándome de brazos en un intento de desviar su mirada de aquel lugar—. Ese es el punto.

No sé qué tanta emoción le causó mi comentario, pero lo cierto es que su sonrisa pasó a destellar satisfacción y arrogancia, casi como si lo hubiese felicitado por algo.

—Sí, gracias a mí.

Lo sabía. Sabía que me saldría con eso, sabía que me recordaría el resto de mis días que "me había salvado la vida". El azabache no podía ser más predecible e insoportable.

Mis cejas se colocaron a la altura de mi nariz y con mis labios fruncidos lo fulminé con la mirada.

—No te pedí ayuda —le recordé, aún con los brazos cruzados.

—No —concordó él—, pero claramente la necesitabas.

Sabiendo por dónde venían sus comentarios, murmuré:

—No eres un héroe, Potter —su cercanía me estaba comenzando a molestar… y esa sonrisa, ¡dementores! ¡Cómo quería borrársela del rostro!

—No, solo soy un caballero.

Abrí mi boca para decir algo, pero la cerré inmediatamente cuando me di cuenta de que lo que había hecho sí tenía algo de crédito y eso a él pareció encantarle, porque soltó esa característica carcajada ruidosa de él, mientras se acercaba un poco más a mí, creyendo ingenuamente que yo no lo notaba y que esa sería su oportunidad.

—Oh, vamos, Evans, no puedes negarlo —era casi increíble la facilidad que tenía este Gryffindor para cambiar de humor en tan solo segundos. Sonaba tan jovial, tan tranquilo, tan a gusto… que nunca se me hubiese ocurrido pensar que cinco minutos atrás estaba dispuesto a hechizar a alguien hasta provocarle un dolor inhumano.

—Por supuesto que puedo. No eres un caballero.

Mis palabras salieron de inmediato, claras y precisas, como si esa fuese la mayor verdad del mundo, como si nunca pudiese haber alguna duda al respecto cuando en realidad ni siquiera las había pensado. Solo salieron de mi boca y ya, porque parecía que yo siempre tenía unas respuestas preparadas para aquel espécimen. No logré quitarle la sonrisa del rostro, pero por unos segundos creí darme cuenta de que había disminuido... y aunque probablemente solo era mi imaginación, era un punto a mi favor. Casi nunca lograba aquello.

Pude mantenerlo en silencio por algunos segundos, además. Dirigió su mirada al suelo y luego la volvió a posar en mí, contemplándome de una manera que era algo incómoda.

Lo observé extrañada, sin saber tampoco a qué se debía tal clase de mirada. Nunca me habían mirado así y no tenía manera de saber qué, en el nombre de Merlín, significaba. Claro que Potter siempre era el primero en muchas cosas.

Por ejemplo, fue la primera persona que hechicé con mala intención. En mi defensa, él me estaba fastidiando tanto que logró acabar con mi paciencia.

—¿Por qué no? —me dejó un poco desconcertada el no poder reconocer en sus palabras un atisbo de burla, o de arrogancia, o incluso de doble sentido.

Coloqué los brazos a mis costados y cansada, me recargué también del tronco del árbol que estábamos compartiendo en esos instantes. Eso pareció agradarle a él y por consiguiente, consideré la idea de volver a mi pose anterior, pero rápidamente la decliné, esto era bastante cómodo.

La delicadeza con la que había emitido aquellas palabras me hizo sentir segura a su lado, confiaba -por alguna razón del universo- en que no haría nada para aprovecharse de mi posición. Solo quería una respuesta.

Y se la di, sabiendo que esta vez en mi voz no había ningún tipo de prejuicio. No había rechazo alguno hacia él como solía haberlo siempre. Quizás era por el cansancio, había sido un largo día.

—Maltratas a la gente, Potter, solo por diversión. Mira lo que le estabas por hacer a Severus… y lo que siempre le has hecho.

Su sonrisa desapareció y lo observé apretar la mandíbula, como si le hubiesen dolido mis palabras… o como si quisiera decir algo que sabía que probablemente no debería. Sin embargo, rápidamente decliné mi primer pensamiento, no había dolor en sus facciones, solo rabia y un poco de frustración. Esto me llamó la atención e hizo que lo estudiara con la mirada, luego de que una señal llegara a mi cerebro al recordarme que todavía habían muchas cosas acerca de él que no lograban encajar. ¿Qué estaba ocultando?

—No sabes de lo que estás hablando, Evans… —no sé si fue por vergüenza de que lo viese en aquel estado, o por cualquier otra razón, pero lo cierto es que cuando dijo eso no me miró a los ojos. Bajó la mirada, pateado suavemente algunas hojas que estaban debajo de él. Esperé con paciencia a que continuara y cuando lo hizo tuve que esperar unos segundos para asegurarme de que había entendido bien, lo siguiente que había dicho lo había hecho en un susurro tan bajo y entre dientes que fue casi inaudible— Nunca fue solo por diversión.

—¿Entonces por qué? —me atreví a preguntar con rapidez, sintiendo que quizás pudiese saciar mi curiosidad con esta conversación… y estando consciente de que probablemente esta fuese la más larga -y civilizada- que había tenido con Potter.

El Gryffindor alzó su rostro y clavó su mirada en mí nuevamente, en una advertencia. Podía notar que no estaba a gusto con la conversación, que de hecho no quería tenerla por nada del mundo. Sus facciones no se habían relajado, sino que cada vez estaban más tensas, más alertas, más a punto de explotar.

Luego de lo que a mí me parecieron horas, se dignó a responderme.

—¿Haría alguna diferencia?

Sus palabras, secas, cortantes y certeras me hicieron entender que no debía presionar más al chico de ojos chocolates. Su respuesta tenía filo y cortaba por cualquier lado que la viera. Él no se refería únicamente a esa conversación y ambos lo sabíamos.

No respondí, pero la verdad es que ni falta hacía. Él tampoco estaba esperando una respuesta de mi parte, esa nunca fue su intención.

A pesar de que la respuesta a aquella pregunta parecía demasiado obvia, me quedé pensando en aquella interrogante.

La verdad era que no, no importaba lo que me dijera o hiciera, no haría ninguna diferencia porque siempre dudaría de sus palabras, de sus acciones. Yo no confiaba en él. Fin de la historia.

Permanecí un par de segundos mirándolo, mordiéndome el labio inferior mientras que él parecía estar interesado en cualquier cosa que no fuese yo, puesto a que sus ojos me evitaban con fervor.

Lo escuché suspirar mientras que observé cómo sus ojos se iban apagando, toda esa ira fue poco a poco desapareciendo de él. Pude notar cómo estaba en una lucha interna por dejar atrás todos esos sentimientos que estaban por hacerlo explotar.

Pero era James Potter del que estaba hablando, ¡vamos! De repente, su sonrisa ladina volvió y sus avellanas resplandecieron con picardía. Mis cejas se alzaron bruscamente, sorprendida por el cambio tan radical, intentando inútilmente buscar restos de aquel Gryffindor que parecía querer golpearme por haber iniciado aquella conversación.

—Como sea, Evans —murmuró, totalmente despreocupado, quitándole cualquier peso que pudiesen haber tenido aquellas palabras. Sacó un cigarro con naturalidad, tal como si no me tuviese a mí, la prefecta de Gryffindor y la mayor amante de las reglas en frente. Lo encendió como si nada y le dio una calada mientras yo permanecía atónita, sin poder auricular palabras ante el descaro de mi compañero—. Aunque yo no sea un caballero honorable y todo ese rollo, quizás deberías considerar probarte uno de esos pomposos vestidos que usaban las señoritas en la edad media, ¿no crees?

Sé que yo no le daba prácticamente ningún crédito a Potter, pero realmente no hubiese llegado a pensar nunca que su insolencia llegase a tal punto. Al parecer tenía un concepto de él mucho mejor del que se merecía.

Verlo así, con su sonrisa cínica dirigida a mí, total y absolutamente consciente de lo que estaba haciendo, con el humo del cigarro envolviendo mi rostro, ahogándome en aquel desagradable olor y sus ojos irradiando burla ocasionó que hiciera uso de todo mi autocontrol para no patearle.

Me aparté un poco de él, bruscamente, buscando no seguir respirando aquel contaminado aire y él solo pareció satisfecho, como si fuese eso justo lo que esperaba que hiciera.

—¿Sabes que no puedes fumar, cierto? —siseé, pensando en que estaba molesta no solo por eso, sino que aquel hecho le estaba haciendo daño, destrozando sus pulmones de manera irremediable y convirtiéndose poco a poco e imperceptiblemente en un vicio del cual no podría escapar en un futuro. Ni siquiera estaba de acuerdo con aquella falsa sensación de tranquilidad y felicidad que daban los narcóticos. Me crucé de brazos otra vez y alzando ligeramente el mentón recordé lo que había dicho— ¿Y por qué haría eso? —pregunté, sin encontrarle ningún sentido a sus palabras.

—Porque siempre he tenido una fantasía sexual con los personajes de la edad media —dijo con indiferencia, encogiéndose de hombros e ignorando olímpicamente lo que le había dicho al principio. Mi incredulidad aumentó, considerando firmemente que el descaro de Potter no conocía ningún tipo de límite. Su sonrisa se ensanchó y sus ojos brillaban tanto como una supernova justo antes de explotar; como si eso no fuese suficiente, bajó la mirada hacia el cigarro que bailaba entre sus dedos y me lo extendió—. ¿Quieres?

Ni siquiera lo pensé, le di un golpe a su mano derecha, mandando el cigarro a volar lejos de nosotros. Él desvió su mirada hacia donde había caído, yo no. Cuando volvió a centrar su atención en mí se encontró con mi ceño y labios fruncidos en su dirección, elevó una de sus cejas y su sonrisa se volvió desafiante, pero no dijo nada. Lo odiaba tanto.

—¿Qué dementores te hace pensar que siquiera consideraré cumplir tus supuestas fantasías sexuales?

Él guardó silencio por unos segundos mientras me miraba escépticamente, aunque esa insoportable sonrisa seguía bailando en sus labios. De repente fui consciente de que su actitud me había molestado tanto que me atreví a lanzarle un golpe en su hombro, pero nada bueno salió de eso, Potter ni se inmutó, solo pareció divertirle mi acción. Tomó la mano con la que le había golpeado y la mantuvo cerca de sí, aprisionándola contra su pecho. Desconfiada, traté de alejarme de él, pero era demasiado tarde y su agarre era tan increíblemente fuerte que no pude.

—¿Tal vez que yo sí voy a cumplir las tuyas? —probó decir, con sorna en su voz grave. ¿Cuándo su voz se había vuelto tan grave?

Merlín, ¿tanto tiempo hace que no hablaba con Potter? ¿Y por qué dementores estaba pensando en esto?

Traté de soltarme de su agarre nuevamente, y aunque él no tenía por qué dejarme ir, así lo hizo y conseguí zafarme. ¿Por qué, por todos los cielos, no podía simplemente quitar esa desagradable sonrisa de su rostro?

—No tengo fantasías sexuales —dije con firmeza, agradeciéndole a Merlín de que era de noche, sería humillante estar con las mejillas enrojecidas frente a él.

—¿Ah, no? —fingió extrañarse, como si realmente no pudiese pensar que algún ser humano de esta Tierra no pudiese tener fantasías sexuales. Negué con la cabeza, algo más rápido de lo que debí— ¿Nada de nada? ¿No? ¿Nada de esos clichés de hacerlo en un granero? ¿O en un palacio? ¿O en una oficina? ¿O vestidos de policías? ¿O ángeles? ¿No? ¿Nada? —cada vez que decía algo, yo negaba con más efusividad y la verdad es que no estaba segura si la oscuridad era capaz de cubrir tanto rubor en mis mejillas, no era uno de los temas más cómodos para hablar. Él pareció confundido, como si yo fuera un extraterrestre con cinco cabezas. Permaneció callado por un momento, mirándome a los ojos como si esperase encontrar algo que le indicase que estaba mintiendo. Y aunque no lo estaba, él era tan terco como el infierno— No te creo.

Sus brazos volvieron a cruzarse y había un silencioso desafío irradiando en esos ojos cafés.

—No necesito que me creas.

Él se acercó a mí, mientras yo no le quitaba la vista de encima y mis facciones permanecían contraídas. Él, por el contrario, sonrió. Ni siquiera me di cuenta cuándo me había pegado totalmente la espalda contra el áspero tronco, tratando de huir inútilmente de su cercanía. Él apoyó una de sus manos a mi costado y cuando giré mi rostro hacia el opuesto buscando una salida, me encontré que su otro brazo había terminado por acorralarme completamente.

No me quedó otra que darle la cara…, claro que no esperaba que su cercanía fuese tal que sintiera su aliento chocar contra mis labios. De inmediato y por reflejo, me eché para atrás, dándome un fuerte golpe en la parte de atrás de mi cabeza. Mierda…

Lo sentí reír por lo bajo y tan cerca de mí que pronto un escalofrío recorrió mi cuerpo entero de pies a cabeza.

—No te pongas nerviosa, Evans.

Su voz era más ronca de lo que habitualmente estaba acostumbrada a escuchar y tuve que admitir para mí misma que quizás no me desagradaba del todo oír aquel sonido.

—No estoy nerviosa.

En el preciso momento en el que dije esas palabras me arrepentí. Mis mejillas estaban ardiendo, sentía mis manos sudar y para completar aquello había sido un completo balbuceo. Por supuesto que para él no hubo una mejor respuesta que pudiese haberle dado.

Sin quitar la sonrisa satisfactoria de sus rosados labios, deslizó la punta de su nariz por mi mejilla hasta llegar a mi oreja. Sentí cómo mi cuerpo tembló por un segundo y de inmediato, mis manos fueron a parar a su abdomen, tratando de empujarlo lejos de mí. Pero en seguida también me arrepentí de eso, porque se suponía que debía lograr apartarlo de mí y ni siquiera se movió… y tampoco se suponía que debería de haberse sentido tan bien.

Rio con delicadeza en mi oído y una corriente eléctrica volvió a traspasar cada una de mis vértebras. Trataba con todas mis fuerzas de no cerrar los ojos, pero los párpados se sentían tan pesados que no estaba haciendo un muy buen trabajo.

—¿Estás segura? —mi mente y cuerpo no lograban ponerse de acuerdo en qué clase de respuesta debería dar y en cuáles realmente estaba emitiendo. Era como si no pudiese sacarme del cerebro que debía de estar en cualquier otra parte menos en ese lugar pero a la misma vez no podía hacer nada para salir de allí— Verás…, no hay nada malo en ello.

—Potter… —comencé a decir con dificultad, tratando de que sonara como una advertencia y fallando en el intento, lo que probablemente le dio luz verde a él para seguir con su perverso plan.

—… ni en tener fantasías sexuales —continuó, rozando su labio con la parte superior de mi oído, haciendo que mi rostro se girara para el lado contrario en un acto reflejo. Ni siquiera le permití entrar a mi mente aquel pensamiento de que eso se había sentido más bien de lo que jamás pudiese haber imaginado. Simplemente lo borré, como si nunca hubiese existido.

Gracias a Merlín ya estaba reaccionando como era debido.

—No voy a jugar a este juego contigo… apártate, por favor.

Mis manos dejaron de tocarlo y no fui capaz de mirarle hasta que él, después de lo que pareció una eternidad, se separó de mí lentamente.

Agradeciéndole al cielo de que volvía a tener mi espacio personal, tomé una profunda respiración y me atreví a encontrarme con esos ojos castaños de nuevo.

Y cómo no, también con esa sonrisa ladina.

—Juro que jamás había visto tanto brillo en tus ojos, Evans —murmuró, con ironía y orgullo en cada sílaba. Sabía perfectamente lo que había querido decir.

Mi ceño se frunció. Cómo lo odiaba.

No respondí, pero mi silencio fue lo suficiente para que él estallara en una carcajada. Odiaba que pensara que había ganado, que había tenido un efecto en mí, pero después de todo lo que había pasado había aprendido que realmente sabe cómo tergiversar mis palabras y sacarle provecho a las situaciones, así que había decidido no arriesgarme esta vez.

Sabía que mis ojos estaban echando chispas…, tratando de ocultar en lo posible la vergüenza que se iba abriendo paso en mí. Mi comportamiento había sido ridículo, exactamente lo que él hubiese esperado que cualquier mujer hiciera.

Cuando finalmente el primogénito de los Potter terminó de reír, se dedicó a mantenerse en silencio por unos segundos sin apartarme la mirada. Se la sostuve, en un acto malcriado de no querer demostrarle que me había incomodado, a pesar de que era bastante obvio. Ladeó su cabeza, apoyándola contra el tronco.

—Es tarde, Evans, deberías irte —murmuró con suavidad, cambiando drásticamente el tema de conversación, lo cual no era necesariamente malo, así que no me quejé.

—¿Ahora me estás echando? —respondí yo a la defensiva, alzando mis cejas.

Negó con la cabeza, disfrutando de mi respuesta. Lo observé morderse una esquina de su labio inferior.

—No, solo que es tarde y deberías irte.

—¿Por qué? —quise saber, aunque ciertamente estaba de acuerdo y ya había pagado mi deuda anual y caritativa de pasar un tiempo con Potter, inclusive más cerca de lo que jamás hubiese pensado que estaría, pero así era yo, necesitaba saberlo todo siempre.

—Es peligroso.

Aquello fue como si de repente me pellizcasen; todo mi sistema nervioso se puso alerta, quizás él estuviese hablando del mismo peligro que Bellatrix. Mis cinco sentidos se concentraron en él, inevitablemente.

—¿Qué es lo peligroso?

Él levantó ambas cejas hacía mí, yo me crucé de brazos por cuarta vez en el día al reconocer en su mirada que no me diría a lo que se refería. Él imitó mi acción pero mis ojos notaron -por puro reflejo- cómo las mangas de su franela se ciñeron más a sus brazos, marcando sus músculos. Subí mi mirada de inmediato. Ya era suficiente por hoy.

—Buenas noches, Evans —susurró él, dando por terminada la conversación, sin levantar mucho la voz pero aun así dejaba en claro su firme decisión de no querer comentarme nada más al respecto.

Esto era el colmo.

—¿Buenas noches, Evans? —repetí, atónita, mientras le dirigía una mirada algo molesta, incrédula. ¿Acaso tenía el descaro suficiente como para no decirme después de haber pasado su boca por mi oreja?— ¿Es todo lo que tienes que decir? —para mi mala suerte, él asintió y eso me dejó más desconcertada aún, pues realmente no me esperaba esa respuesta. Pestañé varias veces, negando con la cabeza— No iré a ningún lado hasta que me digas, Potter.

—Sí que lo harás, Evans —aseguró, con su mirada clavada en mi cuerpo, examinando cualquier tipo de reacción que pudiese presentar, como si pudiese controlarlas o prevenirlas. Rodé los ojos internamente. Por Merlín, sé que era mago pero tampoco era para tanto—. Es peligroso y lamentablemente no tengo la noche libre para protegerte.

La seriedad con la que lo dijo hizo que me molestara y olvidase temporalmente el peligro del que todo el mundo menos yo parecía saber. No es como si realmente fuera un perrito abandonado en la calle que necesitaba de lástima y de un alma desinteresada que se dignara a ayudarlo.

—¡No necesito tu protección, Potter! ¡Y lo sabes! —gruñí, clavándole mi dedo índice en el pecho. Si había algo que me sacara de mis casillas era el hecho de que pusieran en duda mis capacidades. El Gryffindor no se movió ni un centímetro, permaneciendo totalmente quieto en su sitio, esperando a que yo continuase, sin tener él la más mínima intención de responder a eso— Es más, tú eres el que no deberías de estar aquí a estas horas sin permiso. ¿Qué demonios haces tú aquí si hay tanto peligro? —pregunté, moviendo mis dedos para simular unas comillas cuando dije "tanto".

—Eso es asunto mío. Y sí necesitas mi protección, Evans.

¿Asunto tuyo? —repetí, mirándolo de mala manera, sabiendo lo patéticas que sonaron sus palabras, ¿acaso las sacó de una mala película? Bufé y negué con la cabeza. Cerré mis ojos con fuerza, buscando una paz interior que en esos momentos no tenía. Los abrí y lo primero que me encontré fueron sus ojos traviesos y atentos. Respiré hondo— No necesito tu protección.

—Por supuesto que sí, Evans, ¿qué no ves que en todo este tiempo ni siquiera has recogido tu varita? Si nos enfrentáramos a alguien ahorita mismo estarías fuera de la batalla sin siquiera empezarla.

Sus palabras eran cautelosas pero aun así firmes y sin derecho a réplica, lo que me hizo sentir como si me estuviese regañando y no creía que estuviera muy lejos de eso, para ser sincera.

Entrecerré mis ojos, sin querer darle la razón pero él inevitablemente la tenía. Sabía que tenía que ir a buscar mi varita, pero no quería hacerlo enfrente de él, era como si todo mi orgullo fuera aplastado y él estuviese en primera fila para contemplar el espectáculo. No obstante, Potter parecía que no se movería de su sitio hasta que yo lo hiciese, de hecho me dirigió una mirada expectante como preguntándome "¿qué esperas? Ve".

—¿Qué haces aquí, Potter? —volví a preguntarle, despacio, pronunciando cada sílaba con detenimiento, intentando que la conversación se centrara en él y no en mí. Él era el que andaba con secretos, no yo.

Pero debí haberlo sabido, él era demasiado obstinado como para dar su brazo a torcer.

—Ya te dije, tengo cosas que hacer —no iba a lograr que me dijera nada, lo tenía muy claro, pero aun así seguía insistiendo porque yo era dos veces más testaruda que él. Lo noté hacerme una seña con las manos para que buscase mi varita y a pesar de que no quería hacerlo, decidí que sería lo mejor. Era más estúpido saber que estaba indefensa y no hacer nada por ello que perder mi orgullo ante mi compañero.

Le di una última mirada de desconfianza y me giré sobre mis talones, buscando con mi vista dónde había quedado mi preciada varita.

—¿Cosas que hacer? —comencé a hablar mientras escudriñaba el suelo. La escasa luz de la noche no era muy favorable que digamos— ¿Qué tendrías que hacer a estas horas de la noche, Potter? —pregunté retóricamente, sin encontrarle sentido a lo que decía el león y sabiendo que este tampoco me iba a responder, pero no por ello se libraría de mí. Me detuve abruptamente cuando un pensamiento invadió mi mente. Por supuesto, pensé, aún dándole la espalda y sintiendo cómo los colores subían a mi cabeza. Cuán ingenua había sido— Oh, ¿es que acaso vas a cumplirle las fantasías sexuales a alguna chica tonta? —ni siquiera esperé su respuesta, no la necesitaba. Vaya que estaba molesta. Muy molesta— Seguro que sí, ¿qué más podría esperar de ti?

Con mis ojos chispeando destellos de furia, casi sintiendo como si pudiera matar a alguien con ellos y moviéndome de un lado al otro sin atrever a mirarlo, finalmente fui capaz de distinguir mi varita entre el pasto. La tomé con fuerza, como si ella tuviese la culpa de que Potter se hubiese estado burlando de mí todo este tiempo, diciéndome que había un supuesto peligro cuando lo único que él quería era deshacerse de mí para poder acostarse con una chica. Comencé a sacudir los pedazos de grama que se habían pegado a mi varita con coraje.

Primero se había aparecido en el bosque cuando nadie lo había llamado, creyéndose un héroe al que debía de alabar. No conforme a eso había intentado seducirme como a si fuese una cualquiera, para después hacerme creer tontamente que debía de irme porque era peligroso, tal como si realmente se preocupara por mí. Y finalmente, cuando creía que podía saber aquel secreto que los Slytherin habían estado ocultándome, me entero de que solo se está burlando de mí y que como ya no era lo suficientemente buena compañía para él, estaba decidido a librarse de mí.

Pero lo más importante, ¡estaba a punto de romper las reglas!... ¡Y yo era la prefecta, por Merlín!

—¿Sabes que tener sexo en Hogwarts está terminantemente prohibido, verdad? Pero claro que a ti eso no te importa, solo te importas tú, ni siquiera te importa la muchacha con la que te vas a acostar porque seguramente no querrás volver a saber de ella luego de eso, o ni siquiera puedes pensar en que si te descubren probablemente le resten tantos puntos a Gryffindor que no tengamos más oportunidad de ganar la copa de las casas en nuestro último año o que…

Estaba tan furiosa, tanto…, que prácticamente estaba golpeando mi varita en vez de sacudirle la suciedad, y posiblemente si yo misma me hubiese estado escuchando, hubiese tenido que pedirme que volviese a repetir todo de lo rápido que hablaba, porque no se me entendía mucho, pero tampoco es que pude continuar hablando porque el desconsiderado de mi compañero me interrumpió.

—¿Lily?

—¡¿Qué?! —exclamé, gritándole, al tiempo que me giraba con efusividad hacia él, sintiendo mi cabelló chocar contra mi rostro a causa del brusco movimiento.

Verlo recostado del mismo tronco en el que yo había estado, tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, con la franela ceñida a su cuerpo, marcando algunos de sus músculos, con los brazos cruzados, con su cabeza ladeada y su media sonrisa, sus ojos brillando y su cabello azabache alborotado más de lo normal por el viento, me hizo enfurecer aún más. Yo estaba agitada, probablemente con mis cabellos pelirrojos más despeinados que los suyos, sintiendo cómo la rabia e indignación hacían vibrar mi cuerpo, mis manos tenían ganas de dejarse llevar y golpearlo. Quería gritarle, regañarlo por ser tan imprudente y por jugar conmigo… y a él no podía importarle menos.

—Ve a dormir —sus palabras fueron tan suave que de alguna manera sentí como si me acariciaran. Él no estaba buscando pelear conmigo, pero eso no quería decir que sus acciones no me llenaran de coraje. Ni que yo no quisiera echarle un maleficio.

Lo miré fijamente por un par de segundos, analizando al personaje que tenía frente a mis ojos, y cuando no encontré nada más que diversión en los suyos, volví a darle la espalda, furiosa.

—Claro, para que así puedas ir a encontrarte con tu novia, ¿eh, Potter? —pronuncié, aún con rencor en mis palabras— Eres un —me giré de nuevo hacia él, solo para darme cuenta de que me encontraba hablando sola porque no había nadie a mi alrededor. Desconcertada, miré hacia todos los lados, buscando un rastro del león, pero él definitivamente se había ido. Desaparecido de la faz de la Tierra. ¿Cómo podía haber hecho eso?—… idiota.

Sintiendo cómo la oscuridad se hacía más inminente, la soledad tomaba vida propia mientras el frío se instalaba en mis huesos y los absurdos peligros de la noche que creía que no existían tomaban la posibilidad en mi cabeza de ser ciertos, decidí que lo mejor era marcharme de allí y volver a la habitación.

Abrazándome a mí misma por la carencia de un abrigo, volví al castillo, sin poder apartar de mi mente que quizás James Potter sí tuviese un secreto.

Aun así lo dejé estar, no traté de buscarlo. Tal vez pudiese encontrármelo en otro momento y obligarlo a que me explicara cómo había sido capaz de hacer eso. No podíamos aparecernos ni desaparecernos en Hogwarts y él definitivamente no era tan rápido.

Y para completar, no tenía ganas de encontrármelo desnudo con una mujer cualquiera. Ya había sido mucho por un día. Ni siquiera sabía que tenía tanta paciencia.