Capítulo III.
Mi cuello dolía como el infierno y cada vez que intentaba moverlo me recordaba mentalmente que no podía seguir haciéndolo en el instante en el que oía un crujido, seguido de un dolor punzante que tomaba vida desde la parte superior de mi espalda hasta llegar a la punta de mi cabeza.
No solía tener problemas para dormir, ni para encontrar el sueño ni para mantenerlo. No entendía muy bien cómo era posible eso del insomnio porque apenas mi espalda tocaba la cama y mi cráneo la almohada, era como si tuviese un botón de apagado.
Pero aunque me dolía el cuello lo suficiente como para considerar arrancármelo, me propuse atarme una cola alta de caballo. Era mejor morir de dolor y estar presentable, que vivir y dejar que todo Hogwarts viera el desastre que era mi melena pelirroja ese miércoles por la mañana.
No era una chica que solía llevar puesto maquillaje las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana; sino por el contrario, solo lo hacía cuando la ocasión lo requería, pero cuando sonó el despertador y me dirigí al baño, consciente de que máximo había dormido dos horas y media, tuve que aceptar que me veía horrible.
Tenía unas bolsas negras y alargadas debajo de mis ojos, que lucían especialmente apagados y rojizos, como si estuviesen bañados en sangre. Para completar el paquete, mis labios gritaban por un poco de agua para que los hidratase, estaban excesivamente secos, casi lucían como si estuviesen a punto de partirse.
Había soltado un gemido ahogado al ver mi reflejo, sabiendo lo jodida que estaba. Mi cerebro me gritaba que volviese a la cama y que intentara dormir una vez más, pero ya me había rendido ante esa posibilidad después de que mi cuerpo no respondiese a sus órdenes, así que me resigné y comencé a vestirme, haciendo lo posible por verme no-tan-mal.
Cuando supe finalmente que no podía hacer nada más al respecto, me evalué en el espejo por unos segundos… y solo pude pensar que realmente esperaba no encontrarme a nadie en todo el castillo. A pesar de que, sí, tal vez antes del maquillaje había estado mucho peor, pero es que seguía estando como una persona que no debía, por ningún motivo, salir de su casa.
Quizás yo solo estaba exagerando y no me veía tan mal como pensaba, sino que más bien era la pésima forma en cómo me sentía. Así que un poco más animada, salí de baño para que toda mi positividad fuera arruinada por una Alice que venía frotándose los ojos.
—¿Sí sabes que existe el maquillaje, no? Y la magia también —dijo, mirándome con el ceño fruncido una vez que sus ojos azules me inspeccionaron de pies a cabeza.
Solté un bufido, exasperada, y la vi encogerse de hombros justo antes de entrar al baño que yo había desocupado. Me tiré en la cama, esperando a que el resto de mis compañeras de habitación se terminaran de arreglar, ya era obvio que yo no podía hacer mucho más por mi apariencia.
Mis ojos se clavaron en el techo y pensé en lo mucho que extrañaba a Marlene.
Una mano clavada suavemente en mi hombro izquierdo me hizo olvidar los sucesos de la mañana, justo para encontrarme a aquella hermosa rubia sonreírme con sinceridad.
—Hola, extraña —Marlene estaba preciosa como siempre, perfecta. Su cabello rubio y ondulado caía con gracia sobre su espalda, moviéndose ligeramente a causa de la brisa. Sus ojos, grises como una tormenta, brillaban con vida propia. Hasta las diminutas pecas que tenía aglomeradas alrededor de la nariz y mejillas le daban una apariencia espectacular. No podía ser más hermosa y eso nunca me había molestado, pero ahora me sentía algo avergonzada por mi aspecto. Era fácil notar lo horrible que me encontraba si me veían al lado de esa modelo—. Vaya, te ves como si acabases de morir.
La pequeña risa que emitió la Gryffindor me confirmó que sus palabras no tenían ninguna mala intención, solo planeaba hacer una broma de la cual ambas pudiéramos reírnos. Por mi parte, solo fui capaz de embozar una triste sonrisa.
—Oh, muchísimas gracias. Eso era gusto lo que quería oír —puse los ojos en blanco, tratando de fingir molestia y solo la escuché soltar una carcajada para luego abrazarme por los hombros.
—Vamos, Evans, incluso los zombies pueden ser sexys —murmuró con ánimo latente en su voz, mientras caminábamos juntas hacia el gran comedor. Decidí no responder a ese comentario y solo limitarme a soltar una risita fugaz. De acuerdo, quizás la mayor ventaja de estar con Marlene era que desaparecía tu malhumor en un segundo—. ¿Dónde están el resto de las chicas?
—Se han adelantado, yo tuve que ir a buscar un libro en la biblioteca.
Ella me miró con algo de ternura y burla en sus orbes claros, como si realmente no pudiese creer que yo era su amiga. Y la verdad tenía sentido, éramos polos totalmente opuestos.
—Lily Evans, ni siquiera llevamos una semana de clases y ya estás adelantando deberes. Increíble —bufó, con su mirada clavada en mí. Rodó sus ojos y embozó una enorme sonrisa.
Me aferré al libro que cargaba con fuerza, enterrándolo en mi pecho y sintiendo un poco de vergüenza por mi comportamiento.
—¿Y qué tiene de malo? —murmuré por lo bajo, sabiendo que para entonces mis pupilas se habían dilatado y parecía un perrito pidiendo por comida.
La rubia se quedó mirándome por unos largos segundos, en silencio y con una sonrisa divertida en aquellos labios finos. Finalmente negó con la cabeza, como si no hubiese sido capaz de resolver el acertijo para entender cómo funcionaba mi mente.
—Definitivamente no entiendo por qué James está tan obsesionado contigo —sinceramente, yo tampoco lo entendía, pero aquel comentario logró herirme de alguna manera extraña. Fruncí el entrecejo y bajé la mirada al suelo, tampoco quería demostrarle que aquello me había afectado, pero Marlene no era estúpida—. ¡Hey! No lo digo por nada malo… es solo que… eres tan endemoniadamente diferente a él que no me los puedo imaginar viviendo debajo de un mismo techo.
—Tampoco es como si eso fuese a pasar, Marlene —respondí de inmediato, aún sintiendo que quedaba algo de rencor en mi corazón por aquellas palabras. Pero como siempre, las puse aún lado, permitiéndome olvidarlas.
—Sí, lo sé… supongo que de todas maneras cada quien necesita a alguien que llene los espacios que no es capaz de llenar por sí mismo…
Mis orbes verdes la miraron con atención, mientras que ella solo se encogía de hombros, no era común escuchar la parte filosófica de Marlene McKinnon. Alcé una de mis cejas en su dirección, embozando una pequeña sonrisa.
—¿Qué? No me mires así que es verdad. Nunca pensé que sería amiga de la clase de personas que le encanta estar en un club de libros mientras yo solo he leído uno en mi vida… y porque, ya sabes, tenía que ganar esa apuesta.
Ambas soltamos una carcajada, recordando la anécdota de la infancia de Marlene donde finalmente su madre pudo descubrir que si había algo en la Tierra que la rubia detestase más que leer era perder.
Las puertas del Gran Comedor se abrieron ante nosotras, dejándonos ver a los alumnos de Hogwarts socializar con su grupo de amistades mientras devoraban sus desayunos con agilidad. Para el momento en el que quise comentarle algo a mi compañera, Marlene ya se había apartado lejos de mí y había salido corriendo a abrazar a cuatro de mis personas menos favoritas en el mundo como si su vida dependiese de ello.
—¡¿Dónde dementores se habían metido?! ¡Los estuve buscando como loca! —oí que les dijo la Gryffindor a los Merodeadores con efusividad, mientras le lanzaba una mirada recriminadora al grupo, lo cual ni siquiera logró engañarlos por un segundo porque se notaba a leguas que estaba extasiada por verlos.
Observé a Black embozar una sonrisa ladina mientras tomaba la mano de la leona, acercándola a él de un tirón brusco. Ella aumentó su sonrisa. Por supuesto que lo hizo.
—Si me extrañabas solo dilo, McKinnon.
Marlene soltó una risita y se zafó de su agarre sin mucho esfuerzo, mirándolo con diversión.
—No vayas tan rápido, Black.
—Digamos que estuvimos solucionando algunos problemitas… —entró Potter en la conversación, desordenándose el cabello con una sonrisa pícara. Rodé los ojos, ¿alguna vez se daría cuenta de que ese gesto no es tan irresistible como él piensa que lo es?
Marlene se le echó encima, rodeándolo con los brazos y apretándolo tan fuerte que me hizo sentir una pizca de envidia que ella si lograse tener la suficiente fuerza como para mover el cuerpo de Potter y yo no. Claro que estaba el hecho de que la ojigrís practicaba Quidditch y yo ni por error me montaba en una escoba.
—¡James Potter! ¡Te extrañé como el infierno! —le dio un golpecito amistoso en el hombro mientras le sonreía de oreja a oreja. Él le correspondió con la misma expresión y pasó uno de sus brazos sobre los hombros de Marlene para luego darle un beso en la coronilla. No sé por qué, pero ese acto me conmovió de cierta manera, porque aunque jamás pudiese ser tan cercana a una persona como él, sé que Potter la trataba como su hermanita menor y le agradecía secretamente por eso.
—¿Quién no? —respondió el azabache mirándola con diversión. Ella rio ligeramente y sin separarse de nuestro compañero, centró su atención en la única persona que podía rescatar de ese grupo: Remus.
—Remus Lupin… vaya, luces casi tan mal como Lily —murmuró con una risita. De acuerdo, quizás era hora de que trabajásemos en la sutileza de McKinnon.
Carraspeé una vez que llegué a su lado y nadie parecía darse cuenta de mi existencia. El primero en girar su rostro hacia mí fue… sí, el más arrogante de los cinco seres humanos allí presente: James Potter.
De inmediato su sonrisa disminuyó y me miró de arriba abajo, con el ceño fruncido y la cabeza ligeramente ladeada, tal como si me preguntase "¿qué demonios te pasó?" y vi que se estaba conteniendo de preguntarlo, dudando si sería una buena idea hacerlo. Le rogué a Merlín para que lo iluminara y le indicara que estaba en lo correcto al no emitir una palabra.
—¿Y a ti qué te pasó? ¿Te atropelló un camión o cómo?
Mi cabeza se giró hacia Black, quien recibió un golpe por parte de Potter. Por supuesto, me había olvidado de que él era el rey de la delicadeza. Le sonreí hipócritamente, fulminándolo con la mirada. Él pareció estar más preocupado por el regaño de su mejor amigo que por el mío, ya que inmediatamente volteó hacia él y soltó un incrédulo e inocente "¿qué?", como si realmente no entendiera qué había hecho mal.
—Iré con las chicas —le comenté a Marlene, quien parecía estar disfrutando particularmente de la situación. Ella asintió, sin borrar su sonrisa y quitándole importancia al asunto con un movimiento de la mano.
—No te preocupes. Nos vemos en Encantamientos. Tengo mucho para ponerme al día con estos cuatro guapos, ¿verdad, chicos? —murmuró, observándolos con algo de recelo y yo me alejé rápidamente porque parecía que su interés por las aventuras de esos engendros del demonio fuese más importante que su mejor amiga. Bufé una vez que había dado unos cuantos pasos lejos de ellos.
Comí sin ánimos y porque la parte racional de mí me decía que necesitaba toda la energía que pudiese recolectar después de haber dormido menos de tres horas. Estaba mucho más cansada de lo que era saludable, apenas podía mantener los ojos abiertos, ni siquiera estaba pendiente de la chistosa conversación que mantenían mis amigas sobre, según había entendido, un tonto chico con el que Bella había aceptado salir solo para que la llevara a uno de los restaurantes más costosos de Godric Hollow.
Apoyé mi codo sobre la mesa, de forma en que pudiera descansar mi quijada sobre la mano. No quería hacerlo, no quería espiar en su íntima conversación, más bien pretendía integrarme en la de mis amigas pero no pude evitar dirigir mis ojos hacia los Merodeadores.
Parecían tan… felices.
Black estaba hablando tan fuerte que juraba que podía escuchar el sonido de su voz a pesar de estar como quince asientos alejado de mí y que el resto de las personas que estaban en el comedor también se encontraban gritando para poderse oír entre la multitud. Gesticulaba con tanto ahínco que parecía totalmente innecesario. Al parecer, él era el centro de la conversación, pues los otros cuatro pares de ojos estaban puestos en él.
Pettigrew intentaba inútilmente comer a la misma vez que escuchaba la graciosa anécdota de su amigo, ocasionando que todos los alrededores de su boca se llenaran de mantequilla. Y cuando reía… bueno, cuando reía podía ver absolutamente toda la comida que estaba masticando.
Fruncí mi nariz, algo asqueada por la imagen.
Marlene, por su parte, tenía una sonrisa de oreja a oreja y a veces interrumpía a Black en medio de la historia, como si le estuviera preguntando algo o diciéndole que esa parte no se la creía. Fuera como fuese, cada dos por tres terminaba riendo. Y el ojigrís lo disfrutaba. Se notaba a kilómetros cómo sus ojos se hacías más brillantes cuando la hacía reír.
Sonreí, porque a pesar de que me cayese mal Black sabía que se morían el uno por el otro, solo que ambos eran demasiado orgullosos para admitirlo y les encantaba tanto su libertad que el hecho de estar formalmente con una sola persona les aterraba. Claro que también eran enormemente ciegos como para no darse cuenta de que ninguno de los dos ni necesitaba ni quería estar con alguien más.
Remus, sentado al frente de Black y al lado de Potter, tenía unas ojeras más notorias que las mías y sus ojos también estaban bañados en sangre, la diferencia era que parecía disfrutar ese momento como yo me sentía incapaz de hacerlo.
Potter observaba con atención a su mejor amigo, riendo a mandíbula abierta mientras sus ojos se hacían más pequeños y brillosos al tiempo que soltaban alguna que otra lágrima. Ni siquiera trataba de controlarse a sí mismo para que su carcajada no fuera tan estruendosa, sino que por el contrario, parecía que quisiera que todo el mundo se enterara que James Potter estaba allí, disfrutando de un desayuno típico con sus mejores amigos, tan feliz como un niño al abrir los regalos de Navidad.
No me molestó esa versión de él. Parecía tan sincero, tan puro, que era difícil imaginar que con esos mismos ojos avellanas y esa misma sonrisa pícara pudiese herir con su arrogancia al resto de las personas.
Sin esperármelo, la mirada castaña se clavó en mí. Probablemente fueron las pocas horas de sueño las que ocasionaron que sintiese como si esos ojos fueran lo único importante en el mundo y todo lo demás pareció irrelevante, pasó a segundo plano, congelándose. Lo observé dejar de reír para que se quedase completamente serio por un par de segundos. Luego alzó una de sus azabaches cejas en mi dirección y su sonrisa ladina volvió a robarse todo el escenario.
Me había descubierto mirándolo y sabía perfectamente lo que para su ego significaba aquello.
No obstante, no pude mantenerle la mirada por el tiempo suficiente como parar demostrarle que estaba equivocado en pensar que él era digno de mi atención porque de repente se giró en dirección contraria y cuando sus orbes brillaron con reconocimiento, su sonrisa cambió de pícara a una de pura alegría en fracción de segundos.
Spencer Haden, una Ravenclaw de séptimo curso con los ojos más claros que jamás había visto en mi vida, incluso llegaba a cuestionarme seriamente si poseían alguna clase de pigmentación de lo cristalinos que eran en ocasiones, pero cualquier tipo de teoría que yo hubiese tenido sobre estos se disipaba al instante en el que la veía molestarse por alguna u otra razón: su iris se encendía extraordinariamente, reflejando una perfecta catástrofe en el mar abierto a la que todo ser humano tenía derecho de temer. Se convertían en un ciclón azul eléctrico donde juraba que podía ver rayos caer violenta e inesperadamente para terminar en un estruendo.
Calculaba que medía como un metro setenta y cinco, y la verdad era que, aunque la mujer era preciosa desde cualquier punto de referencia que se tomara, lo que único que le envidiaba era la altura. Toda mi vida había sido más pequeña de la altura promedio y cuando todas mis compañeras y compañeros empezaron a echarse un estirón desde que llegaron a los trece años de edad, yo solo había aumentado unos cuantos centímetros. Incluso me preguntaba en ocasiones si había alguna diferencia notoria en cuanto a estatura entre mi yo de catorce años y mi yo de diecisiete años.
Ha decir verdad lo dudaba. Pero como dicen por ahí, cada quien se engaña con la mentira que más le gusta.
La observé sentarse sobre las piernas de Potter para que al tiempo enrollase uno de sus brazos alrededor del cuello de este. El Gryffindor pareció agradarle dicha acción porque pude notar que sus brazos se movieron con agilidad para atrapar la pequeña cintura de la castaña y sonreírle de oreja a oreja.
Ella le devolvió la sonrisa y se acercó para darle un beso en la mejilla. Una de mis cejas se alzó deliberadamente cuando comencé a leer entre líneas.
Y yo que creía que quienes estaban en Ravenclaw eran puros genios.
Hice una mueca. Al parecer el Sombrero Seleccionador no estaba siempre en lo cierto.
Le di un mordisco al pan con el que había estado jugando minutos antes, incapaz de comérmelo por falta de ganas y hambre. Dirigí una última mirada a la nueva parejita y centré mi atención en Alice, quien estaba planteando los pros y los contras de que Bella volviese a aceptar salir con aquel chico.
—… ¡Y, por último, es asquerosamente rico, Bella! ¡Tienes que darle una oportunidad! —rodé los ojos mientras que la aludida mordía la esquina inferior de sus rosados labios, como si de verdad estuviera en problemas tratando de tomar una decisión— Además, ¿qué sabes? Quizás es hasta mejor que Black en la cama.
Traté de reprimir una risita al escuchar aquel comentario. Sabía que Alice había dicho eso para darle un empujoncito con la toma de decisiones. Sirius era la mayor debilidad de Bella, quien inmediatamente se ruborizó ante el atrevimiento de su amiga.
Frunció el ceño y ladeó la cabeza en dirección de la pelinegra, quien sonreía inocentemente. La observé clavar sus ojos al otro lado de la mesa, donde se encontraban los Merodeadores.
Podía notar lo molesta que estaba al ver a Marlene jugar con el rostro de Black, diciéndole algo acerca de sus cejas —asumo, por la manera en que las tocaba— que parecía estar entreteniéndolos a ambos.
—Ya, da igual —dijo sin ánimos, fijando su vista en el plato mientras Alice, Gabriela y yo nos mirábamos entre sí, sin saber exactamente qué hacer o qué decir.
Bella había envidiado a Marlene por años a causa de la manera en la que Sirius tenía de siempre darle preferencia a la rubia. Ella había estado enamorada del Gryffindor desde cuarto año, luego de que ambos tuvieron una rápida —y en mi opinión, imaginaria— relación. Para el melenudo no había significado absolutamente nada, como cualquier otra cosa que tuviese con cualquier otra muchacha de Hogwarts, pero para Bella…, bueno, eso era algo a parte.
Para nadie era una sorpresa que Sirius Black no hubiese buscado nunca una relación seria o que durase más que un polvo, es más, parecía como si le tuviese cierto tipo de alergia, pero eso no impedía que la lista de corazones rotos que dejaba tras sus pasos fuese creciendo cada día de su existencia…, y Bella había sido una de sus víctimas.
Sin embargo, si había una chica de la que el ojigrís no se aburría jamás era de Marlene, pero esta era tan —o incluso más— alérgica a aquello de desarrollar sentimientos amorosos por otras personas como lo era el pelinegro. Y ellos siempre estaban sin estar, tenían su propia clase particular de "relación amorosa" solo que sin ser relación ni ser amorosa, pero ellos se entendían y parecían estar a gustos con aquella situación.
Por su parte, Bella quería algo que Sirius Black no era ni sería nunca: un príncipe azul. Ella había logrado idealizarlo de una manera que incluso me preguntaba si hablábamos de la misma persona, puesto que el Gryffindor que yo conocía no le traería un ramo de rosas rojas en San Valentín, ni le susurraría cosas empalagosas al oído ni mucho menos se la pasaría agarrado de las manos con ellas en los pasillos de Hogwarts, pero al parecer su Sirius sí.
Quizás esa era la gran diferencia con Marlene, y lo que hacía que Black la quisiera tanto: ella no buscaba cambiarlo, ni le exigía que tuviese detalles o actitudes que a él no le nacían. La rubia simplemente disfrutaba de la compañía del ojigrís tal y como era.
—¿Ves? Incluso otra razón por la cual tienes que volver a salir con él: para ver si así te olvidas de una vez por todas de Sirius.
Alice no era la reina de la discreción, todas lo sabíamos, pero eso no impidió que Gabriela le diera un codazo por debajo de la mesa, que yo la mirase con reproche y que Bella entrecerrara sus ojos, fulminándola.
—¿Qué? —preguntó en un chillido, realmente sin que hubiese alguna posibilidad en su cerebro de que hubiese dicho algo indebido.
—De cualquier forma… —interrumpió sabiamente Gabriela, haciendo que todas olvidásemos aquella tensión latente y centráramos nuestra atención en ella. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó, como si estuviese a punto de decirnos algo que no debía— ¿ya oyeron que hubo un nuevo ataque en Godric Hollow?
De repente, tal como si no me faltasen más de cinco horas de sueño, todos mis sentidos se encendieron.
Era difícil estar enterada de todo lo que pasaba en el mundo mágico si uno era de familia muggle. Las cartas tardaban en llegar e inevitablemente había detalles que se perdían. Hasta ahora, solo sabía que en los últimos tres meses las cosas de los pueblos de gente mágica habían estado rudas.
Había habido cinco ataques a familias con antepasados muggles, uno terminó con todos sus integrantes muertos, tres con ellos gravemente heridos y la última se trataba de una sola persona que había sido lo suficientemente astuta como para salir ilesa. No sabía muy bien los detalles, pero eso no impedía que se me pusieran los pelos de punta: ¿y qué si mi familia era el próximo objetivo?
—Al parecer, fue en una pequeña casa en las afueras del pueblo, a mitad de la noche —para este momento, a las cuatro se nos había olvidado completamente toda conversación anterior a esta—. Se encontraban dos niños, uno de siete años y otro de diez —sentí cómo mi corazón empezaba a palpitar con más rapidez, ansioso por saber el final de lo ocurrido— cuando seis encapuchados habían entrado a la casa…
—¡¿Y dónde diablos estaban los padres?! —interrumpió Alice en un gruñido.
—A eso iba —continuó Gabriela, rodando los ojos ante el comentario de Alice—. Sus padres habían salido a la casa de los abuelos de los niños tras recibir una carta que decía que estos habían sido víctimas de un ataque como el que les sucedió a los niños.
—¡¿Qué?! ¡¿También atacaron a los pobres ancianos?! —como siempre, esa había sido mi amiga pelinegra que no podía mantener su boca cerrada.
—No, no —aclaró la de los ojos castaños, negando con la cabeza—. Eso solo había sido una distracción.
A Gabriela le encantaba el drama, porque ella parecía estar dispuesta a cortar la narración cada tanto si nosotras no le exigíamos que continuase. Era algo exasperante, ¡esto era un asunto serio!
—¡¿Y?! —intervine esta vez yo, a lo que mi amiga me miró satisfecha y sonrió cínicamente.
—Y… nada. Los niños se habían escondido en un armario que descansaba en el ático, justo como sus padres le habían indicado que hiciesen en una situación de peligro. Al parecer, uno de ellos había estado mirando por un espacio que quedaba libre, porque en caso de que tuviese que reaccionar en algún momento, no quería estar desprevenido —aclaró, como si ella también hubiese hecho lo mismo—. Y fue entonces cuando vio que dos de los encapuchados comenzaron a lanzar hechizos en contra de los otros cuatros.
—¿Qué dementores?
—Sí, sí. El niño tampoco entendió muy bien, pero juró que eso es lo que había pasado luego de que había hecho contacto visual con uno de ellos… y bueno, justo cuando pensó que ese sería su fin, los cuatro encapuchados terminaron inconscientes tirados en el suelo hasta unos minutos después que los aurores llegaron.
—¿Y los otros dos?
—Desaparecieron.
—¿Desaparecieron? —repetí, sin encontrarle sentido a lo que decía. ¿Habían dejado a los niños en paz?, me pregunté; aquello sin duda era algo fuera de lo común, no es como si ellos fueran almas generosas— ¿Cómo que desaparecieron?
Gabriela se encogió de hombros, pasando sus ojos por cada una de nosotras.
—Supongo que hasta en el lado oscuro hay guerras de poder y traiciones.
—¿A qué te refieres?
—Que yo creo firmemente que lo que pasó fue que estos seres oscuros vieron una buena oportunidad de deshacerse de su competencia.
—¿Pero no se supone que todos son fieles a… lo que están planeado, sea lo que sea?
—Sí, bueno, supongo. Pero ya sabes, Bella, que el poder es algo demasiado atractivo para el ser humano y que muchos se olvidan de sus principios con tal de obtenerlo.
Gabriela se encontraba defendiendo su argumento, mirándonos seriamente a los ojos mientras tocaba la madera de la mesa con su dedo índice, lo cual, el cualquier otra situación, hubiese sido motivo para que nos riéramos un rato, pero luego de saber que los ataques cada vez se hacían más frecuentes, nadie parecía estar de tan buen humor.
—Sí, bueno. Tienes un punto —admitió Bella, haciendo una mueca con sus labios mientras que la aludida sonreía de oreja a oreja, sintiéndose autosuficiente.
—Lo sé, ¿cierto? Maravilloso lo que mi mente puede llegar a concluir —fue inevitable que Bella pusiese sus ojos en blancos, Alice soltara un bufido, Gabriela aumentase su sonrisa y yo negara con la cabeza—. De todas maneras —continuó, volviendo a captar nuestra atención—, ¿ya se enteraron que James Potter al fin parece haber sentado cabeza?
Entrecerré mis ojos hacia ella mientras notaba cómo las dos chicas a mi alrededor alzaban las cejas de manera sorprendida. Como un balde de agua fría, a mi mente llegó el recuerdo de la noche anterior, lo descarado que se había portado conmigo tras "haberme salvado".
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza cuando mi cuerpo pudo recrear a la perfección lo que había sentido en el momento en el que sus labios se habían posado sobre mi oreja.
Cerré los ojos de inmediato, al mismo tiempo que mi cuerpo hubo un notable tiritar.
—¿Con "sentar cabeza"… a qué te refieres exactamente? —preguntó con escepticismo Alice, habiendo olvidado totalmente el tópico anterior.
—Bueno, dicen que el chico va en serio con esta Ravenclaw. De hecho, pasaron todas las vacaciones bastante juntos, por lo que oí.
—¿Quién dementores te dijo eso? —no pude evitar preguntar, con cierto deje de molestia en mi voz… que rápidamente fue interpretado de una manera errada.
—No me digas que estás celosa, Lily Evans —soltó con burla Alice, sin poder desaprovechar la oportunidad.
—¡No! No es eso…—me defendí rápidamente.
—Bien, porque has tenido más de tres años para estarlo y que lo estés ahora, bueno, puede parecer algo bastante "conveniente" —me interrumpió la pelinegra, quien se ganó una mirada fulminante de mi parte, pero ella solo mostró su hilera perlada de dientes, cero intimidada por mi gesto.
—Es solo que… anoche nos cruzamos y…
—¡¿Espera, qué?! —exclamó rápidamente la que había fulminado segundos atrás y por un minuto me pregunté si algún día me dejaría de terminar la historia— ¿Cómo que te lo encontraste anoche? ¡¿Hay algo que yo no sepa, Evans?! ¡¿Sigues siendo virgen?!
Adoraba a Alice, pero tenía una manera excesivamente molesta de exagerar las cosas, y que para completar, solo parecían tener sentido en su particular cabecita. Porque aquella reacción era —según yo… y creo que el resto de las personas— totalmente ilógica e innecesaria.
Para estos momentos, todo el Gran Comedor se había enterado de nuestra conversación. Alice había gritado aquello a los cuatro vientos e inclusive se había parado bruscamente de su asiento, llamando aún más la atención.
Nunca en mi vida había estado tan roja como en aquel entonces. Ya no sé si eran por las ganas de estrangularla o por el profundo deseo que tenía de que me tragase la tierra.
Sintiendo la sangre bombeando por mi cabeza, la tomé de la manga de la túnica y en un fuerte jalón, la obligué a sentarse. Mi cuerpo temblaba mientras todo Hogwarts me miraba, esperando una respuesta.
Inclusive podía sentir aquellos molestos ojos avellana atravesarme con la mirada, ansioso a que respondiera.
No les di el gusto, lógicamente.
—¡¿Estás loca?!
Mi amiga, solo en ese momento dándose cuenta de lo que había hecho, giró su cabeza hacia todos lados, horrorizada de lo que había causado. Una vez que entendió que absolutamente todo ser viviente del castillo tenía puesta sucompleta atención en nosotras, tragó con firmeza y me miró suplicante, inclinando un poco la cabeza.
—Lo siento, Lily…, no me di cuenta… —susurró esta vez, pero yo estaba tan molesta que me olvidé de lo buena persona que solía ser. A la mierda el perdón, se había pasado de la línea. Sé que no lo había hecho con mala intención, ¡pero igual estaba el daño hecho!
—Sí, bueno, ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? —gruñí entre dientes, tomando todo el autocontrol que tenía para no lanzarle cinco gritos. Yo odiaba ser el centro de atención… y mucho más en asuntos como estos.
—¡Eh! ¿Evans? —por reflejo, mi rostro se había girado hacia donde mis oídos me indicaron que había surgido aquel llamado, justo al otro extremo de la mesa de Gryffindor, pero cuando me encontré con esa sonrisa socarrona, para luego subir mi mirada y observar el brillo burlón que desprendían aquellos ojos grises, supe que nada bueno podía salir de ahí. Yo había cerrado los ojos, haciendo una mueca con mis labios fruncidos, justo como si eso pudiese evitar aquella estupidez que estaba por decir Black…, pero no lo hizo— ¿No vas a responder?
Escuché a todo el comedor reír sin ninguna clase de abstención, mientras Black me alzaba una ceja negra sugerentemente. Incluso Marlene estaba mordiéndose la esquina inferior de sus labios para no reírse en mi cara, así que debí de admitir que me sentí ligeramente traicionada.
Mi estómago se revolvió y me prometí a mí misma vengarme de Sirius Black, justo cuando no se lo esperara y en donde más le doliera. Esto no se quedaba así.
Como era de esperarse, no emití ninguna palabra ante su comentario y solo me dediqué a imaginarlo una y otra vez sentado en una silla eléctrica, suplicando por su vida.
Mis orbes se clavaron en Remus, quien era el único que parecía estar teniendo problemas para no levantarse e ir a mi rescate. Sus ojos miel y cansados me miraban con lástima, y era como si me estuviera dando un reconfortante abrazo en su mente. Él, siempre tan noble, pendiente de mí. ¿Cómo es que podía ser amigo de personas así?
Esta vez, mi atención se fijó en la nueva "parejita". Mis entrañas se retorcieron, pero esta vez no de la forma en la que lo habían hecho antes, sino de una más violenta y que estaba asociada a mi intolerancia cuando vi en Spencer una sonrisita ladina y complacida plantada en su rostro.
Estaba empezando a odiar a aquella chica.
Mi vista no duró mucho más tiempo en aquel lugar, pero fue a parar a uno peor.
La picardía y cinismo con el que me miraba Potter me hizo preguntarme cómo es que había aceptado el año pasado a darle unas clases particulares de pociones. Era un ser despreciable y siempre lo sería.
Dándome la razón, con sus manos envolviendo la cintura de la Ravenclaw mientras esta estaba sentada en sus piernas, no se le ocurrió nada más desvergonzado que guiñarme el ojo, manteniendo intacta aquella sonrisa perversa.
Quise que Spencer me diera lástima, incapaz de ser lo suficientemente inteligente —vaya ironía— para cortar lo que sea que tuviese con Potter, quien no desaprovechaba ni una sola oportunidad para coquetear conmigo, y más aún, teniéndola entre sus brazos. Pero la verdad es que solo sentí una culpable pizca de satisfacción. Sí que se lo merecía después de haberme mirado de aquella manera.
Tomé el tomos de libros que descansaban al lado mío, correspondiente a las clases que tenía el día de hoy, y me levanté, sin saber muy bien si mis movimientos estaban más dominados por la furia que por la pena, pero el asunto es que salí de aquella horrible habitación en cuestión de segundos sin mirar atrás y con el ceño fruncido.
—¡Señorita Evans! —escuché a lo lejos que me llamaban luego de que las puertas del Gran Comedor se cerraran. Había estado tan concentrada de escapar de esa espantosa pesadilla que no reconocí a su portadora, pero no me quedó otra que voltearme cuando sentí una mano posarse suavemente en mi hombro— ¿Ya tiene listos los horarios de las rondas? —la suave y calmada voz de Minerva McGonagall me hizo pisar tierra de nuevo, acordándome que tenía ciertos deberes que no podía dejar de cumplir incluso si mi vida se transformase en una comedia.
—Yo… —comencé balbuceando, rascándome la nuca con la mano que tenía libre. Ni siquiera quería pensar en el aspecto que tenía frente a mi supervisora después de todo los desagradables sucesos que habían ocurrido en tan pocas horas de ese cinco de septiembre de 1976, pero lo más seguro fuese que la profesora me confundiese con un zombie… o peor, un ogro. Sin embargo, fue la única lo suficientemente sensata como para no evidenciarlo— lo siento, no lo he hecho. Ya mismo me pongo con Remus en la siguiente clase a organizarlos.
Una de las delgadas cejas de la jefa de la casa de Gryffindor se alzó con rapidez, mostrando su confusión.
—¿Con Lupin?
—Sí, ahorita mismo tenemos pociones juntos.
Su rostro borró todo indicio de confusión y ahora solo parecía algo incómoda. Alejó la mano que había mantenido en mi hombro y se colocó rígida.
—Lupin no es Premio Anual, señorita Evans. Pensé que ya se lo habían comentado.
Mis labios se abrieron con sorpresa y quise responderle algo, pero las palabras simplemente murieron en mi boca. No sabía descifrar la expresión de McGonagall, o estaba sintiendo alguna clase de sentimiento empático por mi persona o se estaba burlando de mí a mandíbula abierta dentro de sí.
—¿Qué quiere decir con que no es Premio Anual? No hay nadie que conozca que se lo merezca mejor que él, profesora… —puntualicé, temiendo las próximas palabras que saldrían de su boca.
—Potter es el nuevo Premio Anual.
En un principio estuve segura de que solo me estaba haciendo una mala broma, así que me quedé esperando a que lo admitiera y me dijera de una buena vez por todas quién era este famoso candidato que superaba a Remus Lupin, pero cuando su mirada no presentó ni una sola vacilación y su expresión estaba inquebrantable, no hice más que dejar caer mis hombros, golpeada por la ridícula realidad.
—No me joda, Minerva.
La profesora de Transfiguraciones pareció estar tan sorprendida de mis palabras como yo lo estuve luego de que las dije. Se ajustó las gafas, que se habían deslizado un poco por el puente de su nariz; carraspeó y se acomodó el uniforme, sabía que ella estaba tratando de buscar las palabras adecuadas —que yo no había encontrado— para no sonar grosera.
—Señorita Evans, si no la conociese tan bien ni le tuviese el aprecio que le tengo, además de quitarle cien puntos a la casa de Gryffindor, la hubiese suspendido como Premio Anual por usar un vocabulario tan irrespetuoso…
—Lo siento mucho, profesora… —me apresuré a decir, con la cabeza baja y los colores subiendo a ella, consciente de mi grandísimo error. ¿Cómo es que esas palabras habrían salido de mi boca?
—… pero tendrá que quedarse después de clases a limpiar el salón de pociones.
De inmediato, mi rostro se alzó hacia ella con violencia, sin poder creer lo que me tocaba hacer. Era cierto, me lo merecía, pero no estaba acostumbrada a que me castigaran y mucho menos quería perder mi tiempo limpiando los desastres de otros.
La miré suplicante, creyendo ingenuamente que aquello podía hacerla cambiar de opinión, pero ella parecía totalmente decidida en la posición que había adoptado y una vez que entendí que no lograría nada, cerré los ojos con fuerzas y ahogué un largo suspiro. Aunque sabía que la jefa de nuestra casa no tenía porqué abstenerme del castigo, luego de todo lo ocurrido en ese día había una voz egoísta que decía que sí me lo merecía.
—De acuerdo…
Había dicho aquello en un susurro débil y cuando McGonagall asintió en mi dirección, volví a bajar la cabeza y a abrazar los libros contra mi pecho antes de largarme de ahí a paso lento y cansado.
Gemí internamente. Ni siquiera eran las nueve de la mañana…
