NA: ¡Hola! Estoy muy contenta porque la historia quedó en tercer puesto en el reto :) ¡Algo es algo! ¿No?
Bueno, lo cierto es que he estado unos días un poco "en blanco", no sé si debido a los exámenes, al estrés, al calor... O a una mezcla de todo, pero me sentaba a escribir y no era capaz de sacar nada en condiciones :( Así que fui escribiendo poco a poco cuando me iba viniendo la inspiración (con eso me refiero a escribir unas 200 palabras al día, que es como si no hiciera nada xd)... Hasta hoy. Hoy me he levantado y he dicho "toda yo está inspirada hoy, tengo que aprovechar..."
Y pues nada, aquí traigo el segundo capítulo. Espero que os guste, porque me ha costado horrores escribirlo x'''D
Capítulo 2: Pixies.
Hermione había caído rendida sobre el sillón al instante. Había sido un día largo, muy, muy largo. Y movidito, y lleno de malas noticias… como tener que aguantar a Malfoy una semana entera.
Sin embargo, un terrible alarido la despertó una hora más tarde.
—¿Qué está haciendo ella aquí?
Hermione dio un brinco sobre el sillón y abrió los ojos desmesuradamente, buscando la procedencia de aquel grito por toda la habitación… Pero todo le resultó demasiado confuso. La Sala Común de Slytherin había empezado a llenarse de todos los que habían terminado de cenar, y ahora sentía decenas y decenas de ojos clavados en ella… Unos pocos mostraban sorpresa, otros repugnancia, y la mayoría, enfado.
Hermione no sabía dónde meterse mientras los veía avanzar hacia ella, extrañados pero llenos de cólera por el hecho de que una Gryffindor, enemiga natural de la casa de las serpientes, se hubiera atrevido a pisar su territorio.
—¿Cómo has conseguido entrar aquí? —preguntó alguien que se le acercaba demasiado rápido. La castaña pudo ver con horror de quién se trataba, y no dudó en levantarse de un salto del sillón y esconderse tras el mismo.
—Maldita sea, Pansy —dijo Draco, levantándose del sofá y estirando el brazo para evitar que la morena avanzara más—. El demente de Dumbledore nos ha castigado, ¿o acaso crees que estaría durmiendo tan alegremente en el sofá si no fuera así?
—¿Dumbledore os ha impuesto como castigo dormir juntos en nuestra Sala Común? —preguntó la Slytherin, completamente contrariada.
—No seas estúpida —espetó Draco.
—En parte —dijo Hermione, asomándose un poco por detrás del sillón.
Draco dio un sonoro resoplido y empujó a Pansy al otro lado de la sala.
—No podemos separarnos a más de cinco metros en una semana —dijo él entre dientes, sin intención de dar más explicaciones—. Y ahora largaos, vamos, despejad la habitación, quiero seguir durmiendo.
Hermione terminó de salir de su escondite justo a tiempo para ver la cara desencajada de Pansy Parkinson mientras se alejaba, con una expresión de desconcierto en el rostro. Ya no parecía enfadada, ahora parecía algo celosa.
"Qué tontería", pensó Hermione, rodando los ojos.
Recogió su túnica del suelo y volvió a encogerse en su asiento a la vez que Draco se daba la vuelta en el sofá y trataba de volver a coger la postura… Pero al cabo de unos minutos, Hermione lo miró por el rabillo del ojo al percatarse de que movía mucho.
—Granger —dijo él de repente, levantándose del sofá rápidamente—. Tú obtuviste un sobresaliente en Transformaciones el año pasado, ¿cierto?
Ella frunció el ceño y le dedicó una mirada desconfiada.
—¿Cómo sabes eso?
—No lo sabía, pero acabas de confirmármelo —respondió, apartándose del sofá—. Veamos si es merecido o si estás sobrevalorada.
—¿Perdón? —preguntó Hermione, sin terminar de entender lo que quería decir.
Draco resopló sonoramente y se llevó una mano a las sienes, intentando no perder la paciencia. Unos segundos más tarde, volvió a mirarla.
—Que me conviertas el sofá en una cama, Granger —espetó.
Ella hizo una mueca mientras negaba con la cabeza.
—Definitivamente no puedo decir que tú hayas sacado la misma nota en Historia de Hogwarts —comentó. Él arqueó una ceja y se cruzó de brazos—. Si fuera así sabrías que el mobiliario de las Salas Comunes tiene un hechizo barrera que impide que se pueda modificar su forma.
Él relajó la expresión de su rostro, un tanto sorprendido. Ella puso los ojos en blanco… ¿Cómo era posible que alguien, en el último año de Hogwarts, no supiera algo tan esencial?
Malfoy empezó entonces a vagar por la habitación, moviendo la cabeza de un lado a otro y tratando de no darse de bruces de nuevo con el muro invisible. Se acercó a una mesa cercana y cogió un libro que había sobre ella.
—Transforma esto —ordenó, dirigiéndose hacia ella y tirándoselo al regazo.
Hermione cogió el libro antes de que resbalara y cayera al suelo, y reconoció la portada. Era un libro de Pociones de segundo año. Abrió la tapa gruesa del libro y leyó el nombre escrito con una caligrafía exquisita en la primera página.
—Pero este libro no es tuyo —le acusó.
—Me sorprende lo observadora que eres —dijo él con rudeza.
—Y a mí tu falta de educación —replicó la castaña—. ¿No te han enseñado que no puedes coger las cosas de los demás sin permiso?
Draco terminó de perder la paciencia. Avanzó hacia al sillón donde estaba sentada, puso ambas manos en los reposabrazos y se inclinó hacia ella de manera amenazante, provocando que ésta tuviera que echarse hacia atrás y casi hundirse en el respaldo.
—Todo lo que hay aquí es de mi propiedad, Granger —dijo, escupiendo su apellido.
A pesar de sentirse tremendamente intimidada por el hecho de estar rodeada de gente que no le deseaba nada bueno y tener a la persona que probablemente más le odiara de todo el colegio siseándole a escasos centímetros de la cara, no pudo evitar que su sentimiento de justicia la embargara, y contra todo pronóstico, le mantuvo la mirada lo que le pareció una eternidad.
—No voy a participar en el hurto a un niño de doce años —zanjó ella, intentando sonar todo lo firme que pudo, cuando él empezó a alejarse lentamente de su rostro.
Él terminó de alejarse bruscamente, dedicándole una mirada envenenada. Le arrancó el libro de las manos y lo tiró al suelo con desprecio, dándole la espalda. Luego se acercó al sofá, donde estaba su varita. La cogió y apuntó hacia el libro con decisión, haciendo un movimiento exacto y pronunciando el hechizo correspondiente. Del extremo de su varita salió un pequeño haz de luz que cubrió el libro por completo y lo hizo rebotar un par de veces en el suelo antes de convertirse en una cama perfectamente hecha.
Malfoy giró la cabeza para mirarla de nuevo, esta vez con una sonrisa de suficiencia en el rostro. Deshizo la cama y se metió dentro, contento con su excelente trabajo.
Hermione chirrió los dientes. Se vio tentada a usar un contrahechizo Destransformador, pero sabía que, en el hipotético caso de poder hacerlo pasar por un accidente, él no se conformaría con volver al sofá y la arrastraría escaleras arriba, obligándola a dormir en la habitación de los chicos. La sola idea le hizo estremecer.
No quería verse pasando por eso, pero podría…
Se acomodó en el sillón, sacó la punta de su varita por debajo de la túnica y apuntó a las patas, haciendo que se doblaran hacia afuera. La improvisada cama de Malfoy cayó con un golpe sordo, y Hermione fingió sorprenderse ante el ruido. Él se incorporó de inmediato, observando las patas rotas y el somier en el suelo.
—Vaya, Malfoy —comentó Hermione, tratando de sonar adormilada—. Tus notas en Transformaciones seguro que dejaron mucho que desear.
A la mañana siguiente, Hermione se despertó antes de que los demás empezaran a levantarse.
En la Sala Común no se escuchaba más que la tenue respiración de Malfoy, que dormía plácidamente en la cama sobre el suelo. Ella apartó la vista tan pronto como se dio cuenta de que se había quedado mirándolo, cogió su ropa y caminó lentamente por la habitación, procurando no hacer ruido. Estiró un brazo cuando consideró que ya debía haberse alejado algo más de unos cuatro metros y suspiró aliviada cuando pudo alcanzar a esconderse detrás del sofá. Echó un rápido vistazo a la estancia y, tras comprobar que efectivamente estaba sola y que Malfoy seguía durmiendo, se quitó el pijama y se puso la túnica del día anterior. Luego, volvió sobre sus pasos y metió el pijama bajo los cojines del sillón donde había dormido.
Era temprano, pero no sabía decir cuánto. Cuando en su Sala Común los rayos de sol empezaban a entrar débilmente por las ventanas, sabía que iba siendo hora de levantarse… Sin embargo, no sabía cómo los alumnos de Slytherin podían distinguir la noche del día encerrados en las mazmorras, sin ningún tipo de luz natural que iluminara las habitaciones.
Se sentó en el sofá y subió las piernas, encogiéndose. No había pasado ni un día entero y ya estaba harta de la situación. Estaba segura de que ese castigo estaba completamente injustificado para ella. No se lo merecía.
De repente sintió la urgencia de coger un pergamino y una pluma y escribirle una carta a su madre contándole lo sucedido… Pero enseguida desechó la idea. No quería preocuparla... Así que aguantaría lo que le quedaba de castigo, y rezaría porque Malfoy no se lo pusiera más difícil de lo que ya era.
Draco se despertó, como de costumbre, con el tiempo justo para vestirse, bajar a desayunar, y llegar a clase derrapando. Se incorporó en la cama y se esperezó antes de levantarse. Le extrañó encontrarse a Granger dormida en una postura extraña sobre el sofá, como si se sintiera totalmente indefensa en aquel sitio. Se acercó a ella y comprobó que ya llevaba la túnica con el escudo de Gryffindor puesta… ¿Cuándo se había vestido?
—Granger —dijo en un tono nada amable.
Ella no hizo ningún movimiento, y siguió respirando acompasadamente con la cabeza apoyada en las rodillas.
—Granger —repitió, esta vez más alto.
Esperó unos segundos y resopló sonoramente al no obtener respuesta. Estiró un brazo y puso una mano sobre su hombro, zarandeándola bruscamente. Ella se despertó sobresaltada, y tardó un par de segundos en enfocar los ojos y descubrir que era él.
—Levántate —ordenó, poniéndose en marcha—. Vamos.
Ella se llevó las manos al rostro y se frotó los ojos, adormilada. Estaba segura de que cuando se había despertado aún le quedaban unas horas más para dormir… Pero, claro, era imposible saberlo encerrada en las mazmorras. Se levantó del sofá lentamente, estirándose y bostezando mientras trataba de espabilarse… Pero algo la golpeó por detrás y la hizo caer al suelo de rodillas. Puso las manos justo a tiempo para no darse de bruces con él, pero la fuerza seguía arrastrándola, provocando que se raspara tanto las rodillas como las palmas de las manos.
—¡Malfoy! —gritó, intentando hacer fuerza contra la barrera invisible.
El rubio se giró, sorprendido, pero pronto dejó escapar una risita al verla tirada en el suelo. Ella se levantó de un salto, sacudiéndose la túnica y dedicándole una mirada asesina.
—¿Dónde vas? —preguntó, todavía molesta, mientras lo seguía por la Sala Común.
Él no respondió, empujó una puerta y entró dentro. Hermione creyó que iba a aguantarle la puerta pero, en cambio, ésta se cerró de golpe, dándole en toda la cara. Furiosa, la abrió de nuevo de un empujón, dispuesta a recriminarle a Malfoy aquel gesto… Pero lo que vio la dejó completamente sin palabras.
Se quedó clavada en el suelo al ver cómo Nott, Blaise, y otros compañeros de Malfoy se encontraban en calzones frente a ella. Todos se giraron para mirarla, y ella palideció al instante. Deseó no encontrarse tan estupefacta para poder mover las piernas y echarse a correr en dirección contraria, pero la limitación de los malditos cinco metros volvió a empujarla por detrás, obligándola a caminar hacia la mitad de la habitación.
Ninguno hizo ningún comentario, pero se pudieron escuchar alguna que otra risita por parte de los Slytherins. Hermione agachó la cabeza y se cruzó de brazos, fijando la vista en las pecas de sus antebrazos y entreteniéndose en contarlas para intentar olvidar dónde se encontraba y bajo qué circunstancias.
Por suerte, Malfoy no tardó en volver a pasar por su lado en dirección a la puerta, esta vez con la túnica de su casa. Ella no dudó en seguirlo fuera todo lo rápido que pudo.
—Eso ha sido un golpe bajo —le acusó.
—¿Qué pasa, Granger? ¿Nunca has visto a un hombre desnudo?
El rubio le dedicó una sonrisa sarcástica y ella estuvo tentada a darle un puñetazo en su blanca y refinada cara… pero se contuvo.
"Todo sea por sobrevivir esta semana", se dijo.
Al salir de las mazmorras, Hermione sintió una agradable brisa acariciarle el rostro. Respiró profundamente. Allí dentro incluso el aire parecía congelarse.
Caminaron en silencio hacia el Gran Comedor, pero al entrar, ella tuvo que tirar de la manga de su túnica cuando él se disponía a dirigirse a la mesa de su casa.
Malfoy se deshizo bruscamente de su agarre y le dedicó una mirada de repulsión antes de seguirla en la dirección contraria.
Observó con indiferencia cómo se le iluminaba la cara al divisar a sus amigos y bufó cuando aceleró el paso, haciéndole apresurarse a él también.
Cuando llegaron, le quitó de la mano a Crabbe el cruasán que acababa de coger y le dio un gran mordisco mientras se sentaba a desayunar rodeado de Gryffindors.
—¿Dónde habéis pasado la noche? —oyó preguntar al pelirrojo.
Lo miró por el rabillo del ojo, y pudo apreciar cómo Granger giraba un poco la cabeza para mirarlo.
—¿En las mazmorras? —volvió a preguntar, completamente consternado—. ¡Venga ya!
Granger asintió levemente mientras se servía el desayuno, cambiando rápidamente de tema.
—¿A qué clases vais a asistir hoy? —quiso saber—. Habrá que organizarnos…
—Veamos —intervino Potter—. Hoy tenemos Defensa contra las Artes Oscuras, Encantamientos y, Ron y yo, Adivinación… ¿Qué clases tenéis vosotros? —dijo, girándose hacia los Slytherins.
Pero Crabbe y Goyle estaban demasiado ocupados engullendo dulces y pasteles como para escucharlo, y Malfoy no parecía por la labor de empezar a dirigirle la palabra sin insultos de por medio, por lo que Harry tuvo que coger una bolita de cereal y lanzárselo a Goyle más fuerte de lo necesario. Ésta impactó en la frente del objetivo, y Potter y Weasley casi no pudieron aguantarse la risa.
—¿Eh? —dijo Goyle, levantando la cabeza, desconcertado.
—Que qué clases tenéis hoy —repitió Harry, divertido.
—¡Ah! Pues… no me acuerdo —respondió, rascándose la cabeza y girándose hacia su amigo—. ¿Qué clases tenemos hoy?
Crabbe dejó de masticar un par de segundos, lo justo para encogerse de hombros y seguir comiendo.
Malfoy suspiró, sin llegar a entender cómo esos cabezas huecas habían llegado a ser sus amigos.
—Historia de la magia y Transformaciones… Luego yo tengo Aritmancia y estos dos Pociones de sexto.
—Pues a ver cómo lo hacemos —dijo Hermione, visiblemente molesta por el hecho de tener que faltar a algunas de sus clases.
—Realmente no tengo muchas ganas de asistir a Historia —respondió Draco despreocupadamente—. Podríamos ir a Defensa contra las Artes Oscuras, que es años luz más divertida… Luego podemos ir a Transformaciones —dijo, dándole un pequeño sorbo al zumo—, que todavía no me ha quedado muy claro si eres tan buena como dicen o si sobornaste a la profesora con artículos de Sortilegios Weasel.
El pelirrojo hizo una mueca ante sus palabras, y ambos la miraron, esperando su respuesta, sin entender absolutamente nada.
—Soy completamente capaz de aprobar las asignaturas sin necesidad de recurrir al chantaje —espetó la castaña, mirándolo fijamente a los ojos—. Y sin la ayuda de ningún profesor particular.
Malfoy palideció todo lo que su albina piel se lo permitió.
—¿Quién da clases particulares en Hogwarts? —preguntó el pelirrojo, confuso—. ¿Existen profesores de refuerzo en el castillo?
—No lo sé —respondió ella, apartando la vista del rubio—. Lo dije como dato.
—Qué lástima… Me hubiera venido bien un poco de ayuda para aprobar unas cuantas asignaturas.
A Draco casi se le escapa un "no tenéis dinero para comer, vais a tener dinero para profesores particulares", pero se mordió la lengua a tiempo… No quería darle motivos a Granger para descubrir que era el único de la escuela que gozaba de ese privilegio con Snape.
Aquel día tuvieron que explicarle al profesor de Defensa contra las Artes Oscuras por qué se colaban en la clase varios alumnos que no pertenecían a las casas establecidas en los horarios, y aunque no quedó muy convencido, dejó que se quedaran.
La clase fue totalmente teórica, cosa que no ayudaba mucho a mantener a los alumnos despiertos a primera hora, pero al menos pudieron encontrar dos filas de asientos lo suficientemente cerca como para que Hermione se sentara con sus amigos y Draco con los suyos, haciendo un poco más amena la hora.
—Os veo luego —dijo Hermione, saliendo del aula junto a Malfoy y caminando en la dirección opuesta en la que iban sus amigos—. Espero…
Caminaron en silencio, aprovechando al máximo los cinco metros de gracia que tenían para separarse, hasta que llegaron al aula de Transformaciones. Varias miradas curiosas de los Slytherins más despistados y de los alumnos de la casa Ravenclaw se clavaron en ambos cuando traspasaron la puerta, pero sobretodo en Hermione, que era la única Gryffindor de la estancia. McGonagall, que ya estaba allí, asintió y les urgió a que tomaran asiento.
—Ella ya debe estar enterada —comentó Hermione en voz baja.
—Gracias por compartir tu sabiduría conmigo —rechistó el rubio en un susurro, sentándose en una mesa vacía—. No habría llegado a esa conclusión por mí solo.
Ella hizo una mueca de desagrado mientras tomaba asiento a su lado, pero no respondió a su provocación.
—Bienvenidos a una clase más de Transformaciones, queridos alumnos —empezó a decir McGonagall, y todos los alumnos dejaron de hablar con sus compañeros—. Como habéis ido aprendiendo a lo largo de los años, la Transformación es un arte característico de aquellas personas que gocen de la concentración y el sosiego suficiente como para imaginar con todo lujo de detalles el objeto, animal o cosa final, es decir, el resultado de transformar otro objeto, animal o cosa —hizo una leve pausa en la que se paseó alrededor de la mesa del profesor y se apoyó en ella—. Me congratula decir que, después de estas semanas de repaso de lo que se vio el año pasado en la asignatura y de dedicar unos días a la parte teórica de este nuevo curso, al fin ha llegado el momento de poner en práctica el apartado más complicado y que requiere de más esfuerzo para lograr el éxito…
En la clase se instauró un profundo silencio que inundó cada esquina de la misma.
McGonagall sonrió levemente mientras caminaba hacia un gran objeto, de casi el doble de tamaño que ella, tapado con una tela de diferentes tonalidades de marrón.
La profesora movió la varita, y la gran manta salió volando hacia el fondo de la habitación. De repente, unas pequeñas criaturas azules que parecían dormidas, empezaron a abrir los ojos y despertar, profiriendo agudísimos grititos y zarandeando las barras de la jaula donde estaban encerradas.
—Hasta ahora sólo habíamos aprendido a transformar objetos y animales sencillos como ratas o conejos. La tarea con ellos era más difícil que con objetos físicos, pero relativamente sencilla si considerábamos que se movían realmente poco sobre la mesa de trabajo… Sin embargo, hoy trabajaremos con seres con mucho más movimiento y mucho más difícil de apuntar…. Hoy transformaremos…
—Pixies… —dijo Hermione en voz baja, totalmente alucinada.
—Correcto, señorita Granger —respondió la profesora, famosa por su excelente sentido del oído—. ¡5 puntos para Gryffindor!
Draco bufó a su lado, completamente en desacuerdo. Aquella clase era sólo de Slytherins y Ravenclaws, no era justo que una Gryffindor obtuviera puntos así, gratuitamente.
—Pixies —siguió diciendo McGonagall—. ¿Alguien había visto alguno alguna vez?
Granger levantó la mano, demasiado emocionada como para esperar a que la profesora le diera la palabra.
—Los estudiamos en tercero, aquellos que elegimos Cuidado de Criaturas mágicas como optativa, profesora… pero nunca los vimos más allá de los libros.
—Osea, es la primera vez que veis a estas criaturas en persona… De acuerdo, ¿alguien puede decirme la primera regla de toda Transformación?
Hermione volvió a levantar la mano, y Draco resopló con aversión.
—Conocer las características del animal o la cosa que va a ser objeto de transformación —respondió rápidamente.
—Correcto, otros 5 puntos para Gryffindor, pero por favor, espere a que le dé la palabra, señorita Granger.
—Lo siento —se disculpó ésta, hundiéndose en el asiento.
—¿Quién puede decirme las características de estas criaturas tan peculiares? —preguntó la profesora, alzando la voz debido a que la intensidad de los gritos estaba subiendo cada vez más.
—Tienes que estar de broma —susurró Draco con antipatía cuando Granger levantó la mano por tercera vez, como si le hubiera dado un espasmo de repente.
McGonagall recorrió la clase en busca de algún otro voluntario, pero ante la falta de ellos, le hizo un gesto a Granger para que compartiera con la clase lo que sabía.
—Los Duendecillos de Cornualles, más conocidos como Pixies, son pequeños seres con estatus de bestias por carecer de ningún tipo de empatía hacia otros seres, o incluso entre ellos mismos. Son traviesos y pueden llegar a causar el caos si se junta el suficiente número de ellos en una misma habitación. Se caracterizan por tener una fuerza increíble para su tamaño y por su voz aguda y sus gritos… Entran en un profundo sueño cuando no les alcanza la luz del día, y se enfadan con facilidad cuando les encierran…
Draco arrugó la nariz cuando terminó de escupir todo aquello. Realmente parecía que acababa de memorizarlo, pero él sabía que no había sido así. Hizo un mohín cuando McGonagall le otorgó otros 10 puntos a su casa.
—Exacto… Son criaturas extremadamente traviesas y salvajes que no dudarán en tiraros de las orejas o jalaros de las túnicas, así que debéis tener mucho cuidado con ellos.
Una chica Ravenclaw de la primera fila levantó la mano tímidamente.
—Profesora, ¿va a soltar a esas cosas? —preguntó, horrorizada—. ¿No serán peligrosas?
McGonagall sonrió, infundiéndole ánimos a la alumna.
—No si tienes bien sujeta la varita entre tus dedos y los reflejos de un auténtico Guardián en el campo de Quidditch. Ahora, quiero que uséis la Transformación libre con ellos, es decir, que tratéis de transformarlos en cualquier cosa que se os ocurra. Recordad apuntar fijamente al objetivo y pronunciar el hechizo todo lo claro posible —la profesora puso la mano en la puerta de la jaula, dispuesta a abrirla de un momento a otro—. Por favor, que sean cosas más pequeñas que una silla.
Y acto seguido, un montón de criaturas azuladas invadieron la habitación y revolotearon por entre los alumnos, que empezaron a gritar y a dar manotazos al aire para que ningún Pixie se les acercara.
Hermione, por su parte, mantuvo la calma y trató de divisar un Pixie distraído, o quizás uno que fuera más anciano y se moviera con más lentitud, pero pronto Malfoy llamó su atención profiriendo palabras malsonantes y maldiciones, mientras trataba de atizarle un puñetazo a una criatura que se había posado en lo alto de su cabeza.
Granger rio por lo bajo mientras se apresuraba a agarrarle el brazo a Malfoy para evitar que le pegara, pero el Pixie pronto empezó a jalarle de los pelos, y él trató de deshacerse de él moviendo la cabeza como loco. De un brusco tirón se soltó de la mano de la chica y lo cogió, apretándolo con fuerza.
La gente seguía gritando, y de vez en cuando se escuchaba a alguien que se había atrevido a lanzar algún que otro hechizo transformador, seguramente sin éxito alguno.
Granger apuntó con su varita al Pixie que chillaba al ser apretado en la mano de Malfoy y dijo el hechizo en voz alta, pero éste mordió con sus pequeños colmillos uno de los dedos del rubio, que dejó de apretar y lo dejó escapar, y el haz de luz creado por Granger casi le alcanza la palma de la mano.
—¡Maldita sea! —gritó él—. Ten más cuidado, por Merlín.
Las criaturas seguían revoloteando por entre los alumnos, pero Draco y Hermione parecían los únicos dispuestos a transformar uno de ellos en algo, lo que fuera, antes que el otro. Aquello era una competición implícita. No había sido firmada, ni siquiera dicha en voz alta, pero ambos sentían la necesidad de demostrar que eran mejores que el otro en ese aspecto.
Draco lanzaba hechizos al aire de manera aleatoria mientras Hermione se entretenía en fijar un objetivo para hacerlo.
De repente, un Pixie distraído se estampó en la cara de Granger y, del susto, clavó sus diminutas pero afiladas uñas en su rostro, haciéndola proferir un grito ahogado y retroceder en el asiento hasta golpear a Malfoy con el hombro. Éste la empujó hacia el otro lado, pero ella seguía moviéndose hacia él, completamente cegada por el bicho.
—¡No me toques! —le gritó, poniendo una mueca de asco cuando ella dio con la espalda en su brazo.
—¡Cállate Malfoy! ¡Me hace daño! —espetó ella, tratando de quitárselo de encima con una expresión de dolor en el rostro.
Él la tomó por los hombros y la hizo girarse hacia él, agarrando así a la pequeña criatura y tirando de ella para quitársela.
—¡Ah! —gritó ella, sintiendo las garras del Pixie clavándose aún más en su cara, pero Malfoy consiguió arrancárselo al cabo de unos segundos.
Hermione se llevó las manos a las mejillas, doloridas, y pronto comprobó que sangraban levemente. Malfoy no pudo contener la risa, pero volvió a ser mordido de nuevo.
—¡Ah! —dijo él, chupándose el dedo cuando la criatura salió volando.
Al final de la clase, la profesora se había encargado de atrapar a todas esas endemoniadas criaturas y de meterlas en la jaula, tapándola de nuevo con la tela marrón, haciendo así que sus gritos fueran cesando poco a poco. Sólo unos cuantos habían conseguido alcanzar a un Pixie y convertirlo en otra cosa.
—Todos los que hayan cumplido con el objetivo de la clase, que se acerquen, por favor —dijo McGonagall.
Un par de chicas Ravenclaw se levantaron, entre ellas la tímida muchacha de la primera fila. También lo hicieron Nott y Hermione, que arrastró a Draco con ella.
La profesora examinó los objetos con especial cuidado. Primero el pequeño caldero del Slytherin, luego las gafas de sol y el pergamino de las Ravenclaw, y por último el libro de Pociones de segundo año de Hermione.
—¡Excelente! 15 puntos para Slytherin y Gryffindor, y 30 para Ravenclaw. Podéis quedaros con los objetos, pero procurad ponerles un hechizo protector para asegurar que se queden en ese estado y no se destransformen —comentó la profesora, viendo a los alumnos empezar a levantarse para salir de clase—. ¡Intentad practicar un poco para la clase del jueves!
—Malfoy —dijo Hermione cuando salieron del pasillo.
Él giró la cabeza para mirarla.
—¿Cómo tengo la cara? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
—Horrible —respondió el rubio—. Aunque no es que estuviera mucho mejor antes…
—No he pedido tu opinión —espetó ella duramente—. Sólo cómo estaba, así que eso último sobraba… Acompáñame al baño.
—¿Es totalmente necesario? —preguntó, horrorizado, pero la mirada asesina que ella le dedicó fue suficiente para obedecerla.
Cuando llegaron al baño de las chicas más cercano, Draco no rechistó y entró tras ella, que se dirigió con paso ligero hacia los lavabos y se miró la cara, completamente enfurruñada, en uno de los espejos de la estancia.
Una chica Hufflepuff de cuarto año, que en ese instante se encontraba lavándose las manos, lo miró de arriba abajo.
—Buenas —saludó él, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Maldito bicho —se quejó Hermione, mirándose las pequeñas heridas en la frente, mejillas y barbilla. Luego, se echó un poco de agua por la cara y se dirigió a los aseos—. Mantente alejado, Malfoy —le advirtió.
—En mi lista de deseos no entra verte mear, Granger.
Ella dio un portazo, y él saludó a otra chica Ravenclaw que acababa de entrar.
Cuando Hermione salió fuera, ambos miraron las duchas a la vez, casi con anhelo. Luego, como si acabaran de recordar que estaban juntos, se miraron un momento.
—Ni lo sueñes —dijo ella, echándose a caminar.
—Para nada —respondió él.
Durante la comida, el principal tema de conversación fue el ataque del Pixie a Hermione, que aún sangraba un poco a causa de las garras de la criatura, pero ella pronto dio un golpe en la mesa, y con el ceño fruncido prohibió que se siguiera hablando de ella mientras estuviera presente.
Potter y Weasley, así como Longbottom y Patil, dejaron de comentar su aspecto al instante. Todos eran conscientes de lo fatal que podía resultar Granger cuando se enfadaba, y aquella era una de esas veces. Harry apretó los labios, y él y Ron miraron un momento a Draco, compadeciéndole de tener que lidiar con ella en ese estado.
Malfoy se encogió de hombros y siguió comiendo, como si no le preocupara demasiado... Al fin y al cabo sólo era Granger, ¿no?
Estaba claro que se equivocaba.
NA: Puedo adelantar y adelanto que en el siguiente capítulo habrá ducha conjunta. Ahí lo dejo.
