NA: ¡Hola de nuevo! ¡Volví al fin! Sé que tengo que disculparme por haber tardado tanto en actualizar... sólo espero que el hecho de que haya escrito un capítulo de más de 8.000 palabras compense un poco la espera.

Bien, tengo varias cosas que aclarar antes de que empecéis a leer:
-Lo primero es que hay una escena donde me invento una poción, así como los ingredientes necesarios para su elaboración y su uso.
-Lo segundo es que el dueño de Cabeza de Puerco no es el hermano de Dumbledore. La propiedad de esa taberna es de un mago cualquiera llamado Tony.
-Lo tercero es que como mis lectoras son muy amables, se encargan de recordarme a menudo cosas que a veces paso por alto, (o eso creen *guiño* *guiño*) como por ejemplo que hay un hechizo para la higiene personal. Sin embargo, con el fin de hacer que la historia sea más divertida, vamos a olvidarnos de su existencia :3 Ya entenderéis a qué me refiero si leéis todo el capítulo.
-Y lo cuarto no tiene nada que ver con la historia xD Pero lo digo por si le interesa a alguien. Me he creado una cuenta de Facebook donde voy diciendo qué fic escribo en cada momento y cuándo actualizo. Sólo tenéis que buscar Cristy1994 en Facebook, es la página de escritor :)

De nuevo gracias por la espera, y recuerdo que se agradecen mucho los reviews :P


Capítulo 3: Agua.


Después de comer, ambos se dirigieron a la clase que tenían conjuntamente, Aritmancia.

Por suerte, a Draco se le daba lo suficientemente bien aquella asignatura como para intentar copiarse de Hermione, la cual aún seguía enfurruñada por su incidente con los Pixies de la clase anterior.

A pesar de que ninguno se dirigió la palabra ni dedicó una sola mirada en lo que duró la clase, el simple hecho de sentarse en la misma mesa seguía levantando murmullos a su alrededor.

Ambos suspiraron aliviados cuando la profesora Vector les dio permiso para irse y pudieron salir del aula. Sin embargo, Draco observó con irritación cómo Hermione caminaba en dirección contraria a donde él tenía pensado ir.

—¿Dónde vas? —preguntó por encima del barullo que acababa de formarse en el pasillo.

—A la enfermería —respondió ella, sin girarse para mirarlo—. Estas marcas no van a desaparecer solas.

Draco la alcanzó con sólo un par de zancadas.

—Creía que eras la bruja más brillante de tu generación —dijo, provocando que ella le dedicara una mirada asesina al instante.

—¿A qué viene eso? —espetó.

—A que se supone que tú misma deberías ser capaz de hacer desaparecer…

—Incluso un squib sabría que para hacer desaparecer heridas provocadas por garras de Pixies necesitas un ungüento especial a base de varios tipos de diferentes hongos —le interrumpió ella, poniendo los ojos en blanco ante su falta de conocimiento.

Él frunció el ceño ante sus palabras, aunque sólo fuera una milésima de segundo… porque el problema no era que él ignorara la manera correcta de curar heridas proferidas por cierta extraña criatura, sino que ella lo sabía absolutamente todo, como buena sabelotodo insufrible.

—Tu cara puede esperar, Granger —dijo abruptamente, y luego añadió en voz más baja—. Tengo clase con el profesor Snape.


Cuando el profesor Snape abrió la puerta, sus ojos delataron un atisbo de sorpresa al descubrir, impasible, el rostro herido de Hermione. Después, desvió la mirada al de Draco, y tras comprobar que éste se encontraba ileso, una media sonrisa asomó por entre sus labios.

—Pensé que sabía defenderse, señorita —dijo, haciendo ondear su negrísima túnica al darse la vuelta para volver a sentarse detrás del escritorio.

—Han sido unos Pixies —comentó ella, tomando asiento en el mismo lugar que el día anterior.

—¿Pixies? —preguntó el profesor.

—Sí, son pequeñas criaturas mágicas que habitan en…

—Sé de la existencia de los Pixies desde incluso antes de su nacimiento, señorita Granger —le interrumpió Snape con un tono de voz rancio y cortante—. Lo que me preguntaba era qué hacen criaturas como esas en el castillo.

Draco rodó los ojos, visiblemente entretenido con la conversación.

—La profesora McGonagall… —dijo, encogiéndose de hombros y fingiendo resignación.

Hermione observó con irritación cómo el profesor no intentaba disimular la mueca de desagrado que acababa de aparecer en su rostro.

—Evitaré hacer comentarios al respecto —dijo, arrastrando las palabras—, ya que no me concierne a mí evaluar la competencia del profesorado… pero debido a que a los examinadores del EXTASIS de Pociones les gusta poner a prueba vuestros conocimientos sobre ungüentos curativos, y ya que ha salido el tema, hoy aprenderemos cómo elaborar la cura para las heridas provocadas por las garras de este tipo de criaturas —Snape hizo un movimiento de varita y todo lo que había sobre la mesa desapareció. Luego, le dedicó una fugaz mirada a la chica, que acababa de abrir mucho los ojos debido a una gran emoción contenida, mientras apuntaba a un pequeño caldero que había en una esquina de la habitación y lo hacía volar hasta posarse frente a Draco.

—¿Podría yo…? —empezó a decir Hermione.

—Usted puede mirar, señorita Granger —dijo el profesor, casi con satisfacción reflejada en la voz.

Draco no pudo evitar soltar una pequeña risita por lo bajo, cosa que no pasó desapercibida para Snape.

—Aparte de los Pixies, ¿qué otras criaturas poseen garras cuyas marcas sólo pueden hacerse desaparecer con éste bálsamo a base de hongos? —le preguntó, inclinándose en su asiento.

Hermione tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no levantar una impaciente mano nada más terminó de formular la pregunta, recordándose que no se encontraban en clase en aquel momento. La respuesta era tan obvia que no pudo evitar girar la cabeza hacia Draco cuando éste no contestó de inmediato. Miraba a una esquina de la habitación y la sonrisa había desaparecido de sus labios.

—Dime al menos el nombre de dicha poción —le apremió el profesor, dándole unos pocos segundos más para que pensara, pero ante la falta de respuesta, continuó—. Me atrevería a decir que la señorita Granger sabe las respuestas a ambas preguntas, incluso diría que sabe los diferentes tipos de hongos y el procedimiento para su elaboración… Si yo fuera usted, señorito Malfoy, me sentiría avergonzado de no poder defenderme frente a un Gryffindor.

El aludido abrió la boca para protestar, pero volvió a cerrarla de inmediato cuando el profesor se levantó de su asiento, plantó las manos muy abiertas en el escritorio y lo miró fijamente.

—¿No está de acuerdo con algo que he dicho? ¿Tal vez considera que no tiene por qué saber algo así? —espetó Snape, vocalizando cada palabra con detenimiento.

Hermione se hundió en su silla, y Draco contuvo la respiración.

—Tal vez no haya entendido lo importante que es para sus padres que usted apruebe satisfactoriamente su EXTASIS de Pociones —siguió diciendo—. Quizás le venga bien que le recuerde que dicha sigla significa "Exámenes Terribles de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas"… alta sabiduría, señor Malfoy —recalcó el profesor—. Mucho me temo que si no empieza a tomarse en serio este curso terminará adquiriendo una calificación muy acorde a sus aptitudes, una calificación que sólo un Troll conseguiría.

Un silencio sepulcral se instaló en el despacho cuando el profesor terminó de hablar y volvió a sentarse en su asiento. Draco dejó escapar un levísimo resoplido, provocando que Hermione alzara la vista hacia él. De repente, él también giró la cabeza y sus ojos se encontraron un momento.

El profesor, que observaba la escena desde su posición, decidió romper el silencio y volver a hablar.

—Los verdaderos Slytherins somos astutos —comentó, haciendo que ambos alumnos salieran de su ensimismamiento para mirarlo—. Cogemos una situación que creemos terrible y la escurrimos sin ningún tipo de miramientos para sacarle algo positivo, para obtener cualquier cosa que pueda beneficiarnos… porque no somos conformistas, porque no creemos que exista algo que no pueda aportarnos algo, lo que sea.

Draco frunció el ceño mientras intentaba comprender las palabras del profesor. Hermione se mordió el labio al entender a qué se refería.

—Tal vez le sirva de algo la continua compañía de la señorita Granger en lo que queda de semana —apuntó, levantándose de la silla—. Estoy seguro de que la humillación que sentirá a continuación le hará recordar lo importante que es el saber frente a los demás… eso y que os quitaré cincuenta puntos a cada uno si no lo hacéis correctamente —dijo, caminando hacia la puerta—. Señorita Granger, le doy potestad para que me sustituya como profesor en las próximas dos horas. Queda encargada de enseñarle al señor Malfoy todo lo referente a la Poción Curazarpas —se giró sobre sí mismo para abarcar todos los estantes que rodeaban la estancia con un gesto de la mano—. En esta misma habitación puede encontrar todo lo necesario para su elaboración. Cuando vuelva espero que el señor Malfoy haya adquirido los conocimientos básicos para dicha Poción y, por supuesto, que hayan sido capaces de elaborarla correctamente. Como ya he dicho, os quitaré cincuenta puntos a cada uno si no son capaces de sacar provecho a estas dos horas en la compañía del otro.

Y dicho aquello, salió de la habitación y cerró de un portazo.
Ambos volvieron a mirarse, esta vez completamente perplejos y confusos. Sin embargo, unos pocos segundos después, Hermione sacudió la cabeza y se puso en pie, haciendo aparecer un pergamino sobre la mesa antes de dirigirse a las estanterías hasta arriba de botes y cajas transparentes llenas de sustancias e ingredientes de todo tipo y colores.

—Apunta —ordenó Hermione—. La Poción Curazarpas es la sustancia previa a lo que comúnmente se conoce como "ungüento Curazarpas", aunque su nombre real es "Pomada Hongulera anti Zarpaz…" —ella dejó de hablar al darse la vuelta y comprobar que Draco no estaba escribiendo lo que decía—. ¿Por qué no estás copiando?

—¿De verdad piensas que voy a obedecer tus órdenes, Granger? —espetó de mala gana.

Ella cerró los ojos un momento y suspiró profundamente. Luego, volvió a abrirlos y se acercó a él con paso ligero.

—Escucha Malfoy, no estoy especialmente interesada en hacer de profesora particular tuya, pero la elaboración de esta Poción dura una hora y media como mínimo y requiere una manipulación bastante precisa de los ingredientes, así que si no quieres hacer perder cincuenta puntos a tu casa, y de paso hacérmelos perder a mí también —dijo, moviendo la varita y haciendo aparecer una pluma en las narices del rubio—, coge la maldita pluma y ponte a escribir.

El joven apartó la pluma de su cara en un primer momento, aunque sólo pasaron un par de segundos hasta que estiró la mano y la cogió a regañadientes.

—Como iba diciendo, su nombre real es "Pomada Hongulera anti Zarpazos", y sirve para las heridas provocadas tanto por Pixies como por Gnomos, Doxys, Erklings y Kneazles, aunque antiguamente las brujas utilizaban dicho ungüento como…

—Gnomos, Doxys… —repitió Draco mientras trataba de seguir el ritmo—. Orkings y Niazes…

—Erklings y Kneazles —le corrigió Hermione.

—Lo que yo había dicho —comentó él.

Hermione rodó los ojos y se volvió hacia los estantes de nuevo.

—¿Por dónde iba? Ah, decía que antiguamente las brujas utilizaban dicho ungüento como mascarilla, dejándosela puesta toda la noche ya que se creía que tenía propiedades beneficiosas para el cutis y que también hacía las veces de antiarrugas —Hermione sonrió levemente mientras se ponía de puntillas para alcanzar uno de los tarros—. Nada más lejos de la realidad. Terminó demostrándose que los efectos de haberse dejado dicha pomada en el rostro durante una hora o más eran desastrosos para la piel. A los cinco años aproximadamente las brujas experimentaban una serie de sarpullidos bastante asquerosos que supuraban una sustancia viscosa de color verde…

—¿Es necesario que sepa esto? —le interrumpió.

Ella giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

—No, supongo que no —dijo. Dio un par de pasos a la derecha y se agachó para comprobar la etiqueta de otro tarro.

—¿No sería más fácil usar Accio? —comentó él, apoyando la espalda sobre el respaldo del asiento.

Ella tomó el tarro que había estado mirando antes de ponerse de pie y girarse sobre sí misma.

—Prueba —dijo.

—¿Que pruebe qué?

—Accio tarro —respondió, dedicándole una fría mirada.

—Hay cientos de tarros en esta habitación.

—Malfoy, recuerda que ahora soy tu profesora.

—No pienso hacerlo.

—Te ordeno que obedezcas.

Draco se quedó mirándola con una ceja arqueada y una mueca en el rostro. Luego, casi con parsimonia, sacó su varita del interior de su túnica.

—Accio tarro —dijo, haciendo un rápido movimiento.

El cuerpo del chico se tensó un momento, pero se relajó al ver que no pasaba nada. Ella bufó por lo bajo, volviéndose hacia las estanterías de nuevo.

—Si hubieras leído la historia de Hogwarts sabrías que no es posible usar Accio en el despacho del profesor de Pociones, precisamente para evitar que alguien lo suficientemente estúpido como para decir "Accio tarro" muera aplastado por los 365 tarros que hay en la habitación —explicó, dando otro paso más a la derecha—. Si hubiera algún otro modo más cómodo de hacer lo mismo, Malfoy, no dudes que cogería el camino fácil, pero como no lo hay tengo que hacerlo de esta manera.

Draco tamborileó los dedos sobre el reposabrazos del asiento, poniendo los ojos en blanco.

—Más vale que aligeres —espetó, aburrido—. No quiero perder cincuenta puntos.

—Levántate —ordenó ella.

—¿Me va a castigar, profesora? —preguntó con una sonrisa divertida en los labios.

—No seas estúpido, Malfoy. Levántate y ven aquí, que se me acaban los cinco metros.

Draco se levantó lentamente y caminó hacia ella arrastrando los pies. Ella terminó de salvar la distancia hasta lo que le había parecido el último ingrediente necesario para la poción pero, aparte de tener ambas manos ocupadas con varios botes, éste último se encontraba demasiado alto para ella.

—Cógelo —dijo, haciendo un gesto con la cabeza.

Draco resopló sonoramente en lo que llegó a su lado.

—¿Cuál, éste de aquí? —preguntó él, estirando el brazo por encima de la cabeza de Hermione.

—No, el del estante de arriba.

—¿Éste?

Sin querer, Draco la había aprisionado entre su cuerpo y la estantería, por lo que ella se apresuró a decir:

—El que contiene una especie de setas lilas.

—Ah, éste —dijo, cogiendo el tarro y separándose unos pasos.

—Sí, ése —respondió ella, caminando hacia el escritorio y dejando todos los tarros que había cogido sobre la mesa. Cuando Malfoy se acercó lo suficiente le quitó el que llevaba en la mano y lo puso junto a los demás—. Siéntate.

Él rechinó los dientes, pero obedeció al observar la mirada de advertencia que Hermione le estaba dedicando.

—Bien, presta atención porque voy a decirte los ingredientes necesarios para la Poción y después tendrás que repetírmelos —se cercioró de que le estuviera escuchando antes de posar su dedo índice en la tapa del tarro más a su derecha, el más grande de todos—. Esto es un hongo que se llama "Melino" —abrió el bote y cogió uno del interior—. A simple vista puede parecer una manzana pequeña, pero resulta mortal si alguien lo muerde sin haber sido previamente cocinado. Se distingue de las manzanas normales por los pelos microscópicos que pasan desapercibidos a simple vista, pero que pueden apreciarse si te lo acercas a los ojos y los enfocas bien. Haz la prueba —dijo, tendiéndole el Melino.

Draco lo cogió y se lo puso frente a los ojos, entrecerrándolos para tratar de encontrar dichos pelos.

—¿Los ves? —preguntó ella.

Unos pequeñísimos pelos blancos salían de la cáscara de lo que parecía una simple manzana verde.

—Sí —respondió él, devolviéndole el Melino.

—Genial. Esto otro se llama "Rolhelí" y es un tipo de hongo que sólo se encuentra en las profundidades del Océano Atlántico —abrió el siguiente tarro y apuntó dentro con la varita, sacando lo que parecía una bola de color naranja de la que sobresalían pequeños tallos puntiagudos—. Ni se te ocurra tocar uno con las manos descubiertas, a menos que quieras que tus dedos parezcan melones durante la próxima semana.

Draco se hundió un poco más en el asiento, observando con horror aquella extraña cosa sobre la mesa.

—Esto otro se llama "Perejil", y aunque en el mundo mágico es un ingrediente bastante desconocido, en el mundo muggle se usa para cocinar —comentó, señalando un pequeño tarro que contenía lo que parecían ser hojas de árboles cortadas en trozos muy pequeños—. Éste líquido es jugo extraído de Lazo del Diablo —dijo, dando unos toquecitos en el cristal de una botella cuyo contenido era amarillo claro—. Y por último, el tarro que tú has cogido contiene el ingrediente principal de la Poción, "Dialetas". Son setas con un alto contenido de propiedades curativas que pueden ser encontradas en cualquier bosque del mundo. Sin embargo, son totalmente invisibles a ojos de muggles.

Hermione sacó un par de Dialetas del interior del bote y las puso sobre la mesa.

—Ahora, Malfoy, dime el nombre de estos cinco ingredientes —ordenó ella.

—Dialetas y jugo de Lazo del Diablo—dijo él, nombrando los de los ingredientes que acababa de escuchar. Luego, se quedó pensativo un momento—. Perijil, Omelí y Malino.

—Perejil, Rolhlelí y Melino —le corrigió—. Apúntalos en el pergamino para que no se te olviden.

Draco escribió la palabra "Ingredientes" en mayúscula y la subrayó. Luego apuntó todos aquellos nombres a continuación.

—Ya no va a dar tiempo a que copies el procedimiento —comentó Hermione, suspirando—, así que te voy a explicar cómo se prepara a medida que la elaboramos. Intenta recordarlo por si Snape te pregunta luego.

Draco asintió, y ella se acercó a una pequeña mesa cerca del escritorio donde había un montón de instrumentos para la realización de Pociones.
Él la observó de espaldas mientras cogía varias cosas de allí. El pelo ondulado cayendo por su espalda le hizo recordar la primera vez que se vieron, cuando él ya se había subido al Expreso de Hogwarts y esperaba aburrido a que dieran la salida de una vez. Sus padres ya se habían marchado y sus amigos todavía no habían aparecido. Miraba a través del cristal cuando descubrió una mata de pelo tan alborotado que llamó su atención por completo. Aquella chica que estaba de espaldas a él y que se despedía de sus padres en el andén, también parecía ser una alumna de primer año. Draco se fijó en los adultos que la llenaban de abrazos y de besos. No le sonaban sus caras ni tenían pinta de ser magos, por lo que no tardó en sacar como conclusión que aquella niña no era más que una simple Sangre Sucia.
Draco decidió que no merecía que le dedicara ni un segundo más de su tiempo, pero cuando estaba a punto de apartar la vista de su espalda, la chica del cabello desastroso se giró con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Sus ojos marrones se clavaron de inmediato en los suyos, y él empezó a sentir un inexplicable ardor detrás de las orejas. Frunciendo el ceño, apartó bruscamente la mirada con irritación.

Todavía no sabía con certeza si aquella chica provenía de una familia de magos o no. Tal vez su estatus fuera tan respetable como el suyo propio y ambos tuvieran los mismos principios y valores, pero debido a aquel primer encuentro se había sorprendido insultándola en un susurro.

Hermione se giró y se acercó de nuevo a la mesa, provocando que Draco saliera de su aturdimiento de repente.

—Bien… el primer paso es verter 330 centilitros del jugo de Lazo del Diablo en el caldero —dijo, empujando hacia él un medidor que acababa de coger.

Draco se levantó de la silla y vertió cuidadosamente la sustancia de la botella en el medidor.

—Trata de ser todo lo preciso que puedas —le aconsejó.

—Está bien, Granger, no soy estúpido —espetó, clavando la medida justa y echándolo en el caldero.

Hermione encendió el fuego y continuó:

—Tiene que calentarse durante veinte minutos. Mientras, prepararemos el Rohlelí. Ponte esto —dijo, tendiéndole unos guantes de cuero negro—. Tienes que quitarle todos los tallos hasta que sólo quede el núcleo.

Draco se colocó los guantes y cogió aquel ingrediente con sumo cuidado. Los tallos se quitaban fácilmente, cosa que fue un alivio para el muchacho.

Cuando sólo quedó una especie de bola naranja, Hermione, que también se había puesto guantes, apartó los tallos y le tendió a Draco una jeringuilla y un vaso de cristal.

—Ahora tienes que sacar el líquido de su interior —Draco clavó la jeringa en el hongo y empezó a sustraerle la sustancia—. Lo único que sirve de los Rohlelís es su líquido. Todo lo demás es bastante peligroso.

Draco lo soltó sobre la mesa cuando terminó de sacarle el fluido, vertiendo éste en el vaso.
Hermione apartó también el deshecho y puso en su lugar aquella manzana con pelos.

—Sigamos. Lo primero que hay que hacer para tratar un Melino es pelarlo —dijo, tendiéndole un cuchillo—. Ya puedes quitarte los guantes.

Él obedeció y le quitó la cáscara al Melino.

—Ahora hay que cortarlo en finas láminas. No te preocupes cuando llegues a la mitad, a diferencia de las manzanas, los Melinos no contienen semillas.

Hermione esperó pacientemente a que Draco acabara, tratando con todas sus fuerzas de no quitarle el cuchillo de las manos para hacerlo ella misma.

—Justo a tiempo —dijo—. El jugo de Lazo del Diablo ya está listo, vierte el líquido que le has sustraído al Rohlelí y remueve durante un minuto el contenido del caldero.

Unas burbujas empezaron a aparecer en la superficie de la mezcla cuando Draco derramó el líquido dentro.

—Esto huele a mierda de Hipogrifo —espetó, arrugando la nariz.

—Deja de quejarte y empieza a remover —dijo ella, tratando de no perder la paciencia. Cuando pasó el minuto, continuó—. Ahora hay que echarle las láminas de Rohlelí y esperar hasta que empiece a hervir.

Draco dejó de remover y agitó la varita para que dichas láminas volaran hasta el fondo del caldero.

—El siguiente paso es cortar el ingrediente principal, las Dialetas. Este corte es importante hacerlo con cuidado, de lo contrario la Poción se echará a perder —comentó, acercándoselas—. Tienes que cortarlas en dados perfectos. Da igual el tamaño, pero deben tener forma cuadrada.

Draco cogió de nuevo el cuchillo y empezó a cortar la primera Dialeta en lo que él consideró dados bien hechos, pero Hermione puso una mano en la suya cuando estaba a punto de alcanzar la otra, haciéndole parar. Cogió uno de los dados y lo observó con detenimiento.

—Es más largo de este lado que de este otro… —dijo, cogiéndole el cuchillo de las manos y arreglando su trabajo. Luego, tomó la otra y la cortó con sumo cuidado. Cuando terminó, se asomó al caldero—. Aún no hierve.

Draco hizo el amago de volver a sentarse, pero Hermione logró agarrarlo del brazo justo a tiempo.

—Falta el perejil —se inclinó sobre la mesa para coger el pequeño botecito y lo abrió, tendiéndoselo a Draco—. Tienes que moler diez gramos en el mortero.

—Menos mal que no eres profesora, Granger… serías una profesora insufrible.

—Creo que ambos ganamos entonces —replicó ella, cruzándose de brazos—. Creo que yo tampoco te aguantaría como alumno.

El caldero empezó a proferir un leve sonido burbujeante en ese preciso momento, haciendo que Hermione moviera la varita e introdujera los dados de Dialetas en el interior.

—Termina de moler eso.

Hermione terminó de preparar la Poción sin decir una sola palabra más, luego se dejó caer sobre la silla contigua a la de Draco y resopló sonoramente.

—Recuerda, sirve para heridas provocadas por Pixies, Gnomos, Doxys, Erklings y Kneazles. Sus ingredientes son Melino, Rohlelí, Perejil, jugo de Lazo del Diablo y Dialetas, ¿entendido?

Draco no pudo contestar porque en ese preciso momento la puerta se abrió de par en par y el profesor Snape entró en la habitación. Caminó hacia el caldero y echó un vistazo al interior, olisqueando brevemente. Luego se giró hacia los estudiantes y caminó hasta sentarse tras el escritorio.

—Veamos… —dijo, mirando al chico—. ¿Puede responderme ahora a las preguntas que le hice antes?

Draco asintió levemente.

—¿Las heridas de qué criaturas cura esta poción?

—Pixies, Doxys… —hizo una leve pausa mientras pensaba—. Gnomos, Erklings y Kneazles.

—Bien —prosiguió, mirando a Hermione por el rabillo del ojo—. ¿Cómo se llama la poción que acabas de elaborar?

—Poción Curazarpas.

—Y dígame, Malfoy, ¿serviría esta poción, tal y como está, para hacer desaparecer las horribles marcas del rostro de su compañera?

Él negó con la cabeza.

—Esta poción es sólo la sustancia previa necesaria para elaborar el ungüento que elimina dichas marcas.

—¿Cómo se transforma esta poción en el ungüento que menciona?

Draco trató de recordar la respuesta, pero Hermione no había caído en mencionarlo. El profesor deslizó los ojos hacia ella.

—Añadiéndole ralladura de Belladona, profesor —contestó ella.

—Búscala y tráemela —le ordenó.

Hermione se levantó de la silla y Snape volvió a dirigirse al chico.

—¿En qué orden se añaden los ingredientes?

—Primero el jugo de Lazo del Diablo, después se le añade el líquido previamente extraído del Rohlelí… luego se le añaden los dados de… no, las láminas de Melino. Los dados de Daletas van después.

—Dialetas —le corrigió el profesor—. Continúa.

—Sí, Dialetas. Y por último el Perejil molido.

El profesor se acomodó en el asiento mientras entrelazaba los dedos de las manos en su regazo.

—Bien…

—Aquí tiene, profesor —dijo Hermione, tendiéndole un pequeño botecito y volviendo a sentarse.

Snape lo destapó y echó el contenido en el caldero, que profirió un sonido muy agudo de repente. Hermione no pudo evitar reírse al ver cómo Draco daba un respingo en su silla.

—¿Qué ha sido eso? —le preguntó en un susurro.

—La ralladura de Belladona provoca que una poción líquida cambie su estado y se convierta en ungüento —explicó ella.

—¿Cómo sabes esas cosas? —volvió a preguntar, visiblemente irritado.

Ella volvió a sonreír, orgullosa de sí misma.

—¿Es la primera vez que elabora esta poción, señorita Granger? —quiso saber el profesor.

—Así es.

—¿Confía en sus habilidades tanto como para probar en su propia piel el resultado?

Ella vaciló un momento, repasando mentalmente todo el procedimiento que habían seguido. Después de unos segundos en los que comprobó que no se había saltado ningún paso, asintió con la cabeza.

—Acérquese. Adelante.

Hermione metió la mano en el caldero y untó los dedos índice y corazón en la mezcla, que se había vuelto de un color traslúcido. Luego se la expandió por el rostro, sintiendo cómo escocía levemente al penetrar en su piel.

—¿Conoce cuánto tiempo tarda en hacer efecto? —quiso saber el profesor.

—Unos pocos segundos —respondió ella.

Ambos se quedaron en silencio, Hermione sintiendo los oscuros ojos del profesor clavados en su rostro. Encontrándose algo incómoda, se giró un poco para mirar a Draco, que seguía sentado en su asiento.

Éste pudo apreciar el momento exacto en el que las cicatrices de su cara empezaron a desaparecer.

—Creo que se han librado de que les reste puntos esta vez —dijo el profesor amargamente—. Más vale que no tarde en lavarse la cara, señorita Granger, los efectos de dejarse el ungüento puesto demasiado tiempo pueden resultar desastrosos.


Después de pasar por los baños y aprovechar para hacer sus necesidades, ambos se dirigieron al Gran Comedor para la cena, aunque cuando llegaron los platos ya estaban medio vacíos. A todos les sorprendió que el rostro de Hermione, de repente, no albergara ni un pequeño rasguño, y Draco tuvo que pisarle el pie por debajo de la mesa para recordarle que no podía revelar que Snape le daba clases particulares secretas.

A pesar de que ya se había hecho tarde y de que el Gran Comedor casi se había quedado vacío, Ron y Harry, y por tanto Crabbe y Goyle, se quedaron a esperar a que Hermione y Draco terminaran de cenar. Después de despedirse, ambos se dirigieron a las mazmorras para dar por concluido un día más.

—¿Dónde vas? —preguntó ella al percatarse de que se dirigía a los dormitorios.

—A ponerme el pijama —respondió secamente.

Hermione, con tal de evitar empezar una discusión, lo siguió de mala gana.
Cuando él abrió la puerta, el interior estaba completamente a oscuras.

—Lumos —dijo él sin tratar de bajar la voz para no molestar a los compañeros que dormían en sus camas.

Ella caminó lo justo para que él llegara a su cama, parándose en seco cuando lo hizo.
Hermione rehuyó mirar cómo se desnudaba, por lo que sus ojos volaron a un punto alejado del rubio… con tan mala suerte que fueron a posarse en las nalgas de Zabini, que dormía bocabajo en calzoncillos. Apartó la mirada rápidamente, sólo para encontrarse con el torso desnudo de Nott que dormía a su lado… Optó entonces por mirarse los pies con nerviosismo, esperando que se vistiera pronto para salir de aquel ambiente cargado de testosterona por doquier.

—Vamos —le dijo por fin, pasando por su lado.

Draco, que había usado "Reparo" en las patas rotas de la cama de la Sala Común, se tiró en ella y Hermione se sentó en el sofá.

—¿Tú no te cambias? —preguntó él.

Ella echó un vistazo a la Sala Común.

—Hay gente —respondió.

Todavía había varias personas que no se habían ido a la cama: Un muchacho moreno que leía un libro tras una mesa, un grupo de chicas de cuarto o quinto año sentadas en otra parte de la estancia y un chico bajito que buscaba algo desesperadamente por todas partes.

—¿Eres Daniel Dawn? —preguntó Hermione al nervioso niño.

Éste se volvió hacia ella y entrecerró los ojos al ver que su túnica no tenía los colores de Slytherin.

—Te ha hecho una pregunta —intervino Draco—. Responde.

—Sí, soy yo —dijo con un hilo de voz.

—¿Buscas esto?

Hermione cogió el libro de Pociones de Segundo año que había logrado convertir en la clase de Transformaciones y se lo mostró.

—¡Sí! —exclamó el niño, corriendo hacia ella y cogiéndolo. Abrió la portada y, tras buscar su nombre escrito en la primera página y no encontrarlo, se quedó mirando a Hermione.

—Tu libro es eso —dijo ella, señalando a la cama—. Deberías tener más cuidado con tus cosas y no dejarlas al alcance de todos.

—¿Mi libro se ha convertido en esa cama? —preguntó, completamente perplejo.

—Así es, pero aquí tienes otro, así que cuídalo mejor.

El niño frunció un poco el ceño, le dio las gracias en voz baja y se alejó lentamente.

—Podrías haberlo usado para transformarlo en otra cama para ti —comentó él, poniéndose las manos bajo la cabeza.

Ella puso los ojos en blanco y se sumergió en la lectura de un libro que había encontrado sobre el sofá antes de quedarse dormida con la túnica puesta.


Hermione se despertó en mitad de la noche debido a un punzante dolor en el cuello por haber dormido en una mala postura. Lo movió lentamente de un lado a otro mientras se incorporaba un poco en el sofá. Luego, dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la estancia y pudo comprobar que Malfoy dormía bocarriba en la cama.

Se levantó y se dirigió al sillón donde había escondido su pijama. Definitivamente, la túnica del colegio no era la prenda más cómoda para dormir. Cogió el pijama y volvió a mirar a Malfoy, que respiraba acompasadamente y parecía completamente inmerso en lo que fuera que estuviera soñando.
Aun así, caminó hasta ponerse detrás del sofá por si acaso se despertaba.

Se quitó la túnica y la dejó bien puesta en una silla cercana. Sin embargo, cuando estaba a punto de ponerse el pijama, divisó en una de las mesas del fondo lo que parecía ser una botella de agua.

Miró a Malfoy, luego a la botella, y luego a su cuepo semidesnudo.

No tardó en decidir que tenía que intentarlo. Debía hacerlo antes de empezar a volverse loca debido a la falta de higiene de aquellos últimos días.

Metió la mano en la túnica y sacó su varita del interior, apuntando a la botella y haciéndola volar hasta ella. La cazó en el aire y la destapó apresuradamente. Cuidadosamente, y sintiendo su corazón acelerándose por momentos, vertió un poco en la palma de su mano y la derramó sobre su cuerpo, frotando su pecho, su cintura, sus muslos… Sentía las gotas resbalar por su cuerpo, humedeciéndolo a su paso, haciéndole sentir un leve escalofrío, arrastrando la suciedad y llevándosela consigo.

Tanto la tela de sus braguitas blancas como la del sujetador a juego ahora se encontraban empapadas.

Hermione se frotó la nuca antes de atreverse a limpiarse un poco más allá. Aquellos días no había dejado de pensar en todas las veces que su madre se había encargado de recordarle que la higiene íntima en las mujeres era algo muy importante, a la vez que delicado.
Vertió más agua en la mano y trató de apartarse un poco las braguitas… pero la botella resbaló de sus manos y cayó al suelo en el intento, mojándole los pies desnudos y resonando por toda la habitación.

Hermione cerró los ojos fuertemente y tragó saliva, quedándose inmóvil de repente… no quería hacerlo, pero el sonido de los muelles del colchón a su espalda le hizo girarse lentamente, deseando con todas sus fuerzas que Malfoy sólo se hubiera dado la vuelta en la cama.

Sin embargo, se encontró con que Draco se había incorporado, mirándola con la boca abierta y el ceño fruncido.
Ella era muy consciente de que estaba en ropa interior frente a Malfoy.

No, era mucho peor.

Estaba en ropa interior y mojada frente a Malfoy. Sin embargo, la sensación de estupor era tan grande que no era capaz de hacer otra cosa que quedarse mirándolo con una expresión horrorizada en el rostro.

—¿Qué haces? —logró decir él al fin, sintiéndose la boca completamente seca.

—Necesitaba… —fue la única palabra que fue capaz de responder Hermione.

Un momento después, Draco apartó la vista de ella y volvió a tumbarse, esta vez mirando hacia la pared, con las mejillas encendidas y ardiendo bajo la piel. ¿Se había ruborizado? ¿Él? Sólo esperaba que en la oscuridad no se hubiera notado lo más mínimo.

Hermione se obligó a reaccionar en ese momento. Se puso el pijama con manos temblorosas y se acomodó en la parte del sofá más alejada de la cama. Tardó una hora en calmarse y otra más en volver a quedarse dormida.


Al día siguiente, la sensación de bochorno no había hecho más que incrementar entre ambos. Ella lo siguió de nuevo hasta la habitación y le dio la espalda mientras se cambiaba, y él ordenó a los demás que salieran fuera para que ella pudiera hacer lo mismo.

En el desayuno tampoco se dirigieron la palabra. De hecho, participaron muy pobremente en la conversación del grupo, respondiendo con monosílabos y con algún que otro gesto de cabeza.

No discutieron sobre a qué clase asistir, ya que se limitaron a seguir a Harry, Ron, Crabbe y Goyle a la clase de los Gryffindors, y luego caminaron hasta que dieron con el aula más cercana a la anterior, donde se impartía clase a los Slytherins y Hufflepuffs.
Llegados a ese punto de la semana, todos sabían ya del castigo impuesto por Dumbledore. Los alumnos dejaron de murmurar a sus espaldas y ellos no tuvieron que dar más explicaciones a los profesores.
Sin embargo, aunque las clases servían para distraerse un poco, ninguno lograba concentrarse del todo. La embarazosa situación de la noche anterior seguía provocando algún que otro sonrojo cuando la recordaban, y lo cierto era que a ninguno se le apetecía abrir la boca para decir una palabra.

Comieron y asistieron a la última clase de la tarde, nerviosos por no saber a qué podrían dedicar el resto del día para olvidar lo ocurrido hacía escasas horas.
Al salir del aula, ambos se quedaron plantados en el pasillo unos minutos, cada uno mirando en la dirección opuesta al otro… hasta que a Draco se le ocurrió algo de repente.

—¿Cómo podría introducir en el castillo algo sin que nadie se diera cuenta? —preguntó.

—Yo tengo un bolso con un encantamiento de extensión en su interior —respondió ella, mirándose los pies.

—Vamos a por él.

—Está en mi Sala Común —comentó sorprendida mientras lo miraba por el rabillo del ojo, ya que él se había encargado de dejarle claro que no pisaría aquel lugar bajo ningún concepto.

—Me da igual. Vamos.

Hermione no preguntó nada, se limitó a caminar hacia allí y a decir la contraseña al llegar ante el retrato.
Ambos entraron en la Sala Común de Gryffindor, donde estaban casi todos los demás, ya que el tiempo no acompañaba para salir a los alrededores de Hogwarts o para ir a pasear a Hogsmeade. Las miradas indiscretas no tardaron en posarse en los dos, que no apartaron la vista de su camino y se dirigieron con paso firme a las habitaciones.

Lavender, que leía Corazón de Bruja sobre su cama, se quedó mirando estupefacta cómo el Slytherin entraba en el dormitorio de las chicas. Algo contrariada con la situación no dudó en abrir la boca y tomar aire, dispuesta a manifestar su desagrado, aunque Draco no le hubiera dedicado ni una sola mirada.

—Será sólo un momento —se excusó Hermione, que se había agachado frente al baúl a los pies de su cama y rebuscaba en su interior.

Pronto encontró lo que buscaba, un bolso de cuentas púrpura con el que había estado practicando años antes los encantamientos de expansión que venían en los libros. Aprovechó para meter dentro varias mudas y ropa limpia, así como todos sus libros de texto y algunos más que leía en su tiempo libre por puro placer, como aquella novela romántica que le regaló su madre cuando cumplió quince años.
Echó un rápido vistazo a sus pertenencias y decidió meter también varias gomillas para el pelo y la ropa de cama y las mantas dobladas que descansaban en la última repisa del armario.

Draco trataba de no mirarla demasiado, aunque era completamente imposible pasar desapercibido todo lo que había metido en aquel pequeño bolso de repente.

Cuando Hermione terminó de meter su colonia, se dio la vuelta, se despidió de la chica con un gesto de la mano, y salió por la puerta seguida del rubio.
Volvieron sobre sus pasos, ignorando los susurros y comentarios de los que definitivamente no aprobaban que su espacio hubiera sido invadido por un tercer Slytherin sin previo aviso, y salieron por el retrato de la señora Gorda.

Una vez fuera, Draco tomó la delantera y caminó hasta las escaleras más cercanas, bajándolas hasta la planta principal. Recorrieron el hall y traspasaron la gran puerta de entrada.

Hermione lo había seguido todo el tiempo sin hacer ningún tipo de comentario, pero cuando vio que ya estaban cerca de los límites del castillo, no pudo hacer otra cosa que preguntar.

—¿Dónde vamos?

—A Hogsmeade.

No sabía por qué razón quería ir allí cuando parecía que estaba a punto de llover, pero tampoco hizo más preguntas.

Ambos se pararon frente a la vieja verja del castillo durante unos segundos, hasta que ésta se abrió para dejarles pasar cuando comprobó que ambos eran estudiantes de último año.
Hacía poco, debido a la gran insistencia de los alumnos y a la aprobación de los padres, Dumbledore había anunciado que a aquellos estudiantes de séptimo año se les permitiría la salida a Hogsmeade cualquier día de la semana y en cualquier momento del día, excepto en la noche, ya que se oficialmente eran adultos en el mundo mágico.

Caminaron en silencio durante un buen rato, cruzándose con algún que otro alumno que corría en dirección contraria debido a las negrísimas nubes que habían encapotado el cielo en poco menos de quince minutos.

Hermione estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no se percató de dónde estaba hasta que Draco no habló de nuevo.

—Una botella de Whisky de fuego —le dijo al camarero de detrás de la barra, cuyo delantal lleno de manchas de todo tipo y colores dejaba ver que aquel sitio no era muy limpio.

Hermione echó un vistazo a su alrededor mientras el camarero replicaba algo. El establecimiento era bastante oscuro, el mobiliario estaba roído y viejo y se apreciaba una capa de polvo de dos dedos allá donde miraras. No había pisado muchas veces ese lugar, pero le resultó inconfundible: Estaba en Cabeza de Puerco y, por desgracia, no estaban solos. Un puñado de hombres gordos y calvos bebían de vasos sucios mientras la analizaban de arriba abajo con repugnantes miradas llenas de deseo que le revolvieron el estómago.

Por primera vez en lo que iba de día, se arrimó a Draco y le agarró del brazo para llamar su atención.

—Vámonos de aquí —le suplicó en un susurro.

Él la miró, sorprendido, y luego echó un vistazo por encima del hombro a los hombres que seguían desnudándola con la mirada.

—Ya te he dicho que Dumbledore me ha prohibido vender ese tipo de bebidas a los alumnos del castillo —dijo el camarero con voz áspera.

Hermione observó cómo Draco volvía la cabeza hacia el camarero con una expresión de cólera en el rostro que sólo le había visto poner en un par de ocasiones, cuando se había enfadado tanto que hubiera empezado a lanzar maldiciones imperdonables por doquier si aquello no hubiera supuesto su entrada inmediata en Azkaban.

—Una botella de Whisky de fuego —repitió, arrugando mucho la nariz e inclinándose hacia adelante con una mirada extremadamente sombría.

El hombre dio un involuntario paso hacia detrás y vaciló un momento, pero no tardó en agacharse para buscar algo bajo la barra.

De repente, Hermione dio un respingo cuando uno de los clientes, borracho como una tuba, apoyó con fuerza su vaso contra la barra.

—¡Otra ronda, Tony! —exclamó, haciendo que Hermione se aproximara más a Draco—. ¡Y sírvele algo también a esta señorita tan guapa!

El borracho sonrió tontamente y estiró un brazo para tocarle la cara con sus roñosos dedos.

—No me toques —le advirtió Hermione, metiéndose la mano en la túnica y buscando su varita en el interior.

—Vamos preciosa —el hombre hipó un par de veces antes de seguir—, no seas así.

Draco la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás, sacando su varita con un rápido movimiento y poniéndosela entre ceja y ceja.

—Ha dicho que no la toques —rugió.

—Está bien, está bien, vamos a calmarnos —dijo Tony, saliendo de debajo de la barra y poniendo la botella sobre ella—. Francis, vuelve a la mesa, ahora os llevo otra ronda —le ordenó al borracho, que se alejó dando bandazos—, aquí tienes muchacho.

Draco cogió la botella y se la entregó a Hermione, que la metió en el bolso de cuentas al instante. Malfoy se metió la mano en la túnica y sacó un puñado de monedas que lanzó sobre la barra de malas maneras.

—Quédate el cambio —espetó.

Hermione se apresuró a salir y Draco la siguió. Fuera había empezado a chispear, por lo que caminaron con apremio hacia el castillo. Sin embargo, para cuando llegaron a la verja ya estaban empapados. Una vez en las inmediaciones, corrieron por los terrenos de Hogwarts hasta que al fin lograron traspasar la puerta de entrada.

Ambos se miraron un segundo, chorreando como estaban, y luego echaron un fugaz vistazo al Gran Comedor, cuyas puertas abiertas dejaban ver las cuatro largas mesas repletas de comida y a los alumnos charlando animadamente mientras cenaban.

—A mí se me ha cerrado el estómago —comentó Hermione con un hilo de voz.

—Yo tampoco tengo hambre —convino él.

—¿Para qué querías esta botella? —preguntó ella. Parecía que el incidente en la lúgubre taberna y el hecho de haberse visto sorprendidos por la tormenta les habían hecho olvidar momentáneamente el desafortunado encuentro de la noche anterior.

Él no respondió. En vez de eso empezó a andar por los pasillos desiertos, seguido de Hermione, que resoplaba de cansancio.
Cuando Draco pasó de largo del pasillo que daba a las mazmorras, Hermione enarcó una ceja y abrió la boca para volver a preguntar, pero él se apresuró a responder:

—Ya lo verás.

Quince minutos más tarde, después de haber subido y bajado escaleras, de haber recorrido pasillos y más pasillos, Draco abrió una puerta y pasó dentro. Hermione la sujetó justo a tiempo y también entró, quedándose clavada en el suelo de repente.

Él miraba, de espaldas a ella, la enorme bañera que había en una esquina de los baños. Luego, se giró hacia ella y dijo:

—Saca la botella.

Ella obedeció mientras él bloqueaba la puerta con un hechizo. Metió el brazo hasta el fondo del todo y rebuscó entre todas sus cosas hasta dar con la botella de cristal. La sacó y se la tendió. Él la descorchó con la varita y le dio un largo trago sin titubear. Después, volvió a tendérsela a ella.

—Bebe —ordenó, dándose la vuelta y abriendo los grifos de la bañera, que más bien parecía una piscina.

—No creo que…

—Escucha —le interrumpió—. Si tengo que elegir entre ducharme contigo y estar una semana sin ver el agua, por más que me pese, elijo lo primero. Y créeme, si hubiera algún otro modo más cómodo de hacer lo mismo, Granger, cogería el camino fácil —comentó, repitiendo sus mismas palabras—, pero como no lo hay, tenemos que hacerlo de esta manera.

Dicho aquello, se quitó la túnica y la echó a un lado, empezando a desabrocharse los botones de la camisa.
Hermione sopesó unos instantes sus palabras, y sólo le dio un gran trago a la bebida cuando Malfoy lanzó la camisa al suelo y se quedó con el torso descubierto.

Una extraña sensación de ardor recorrió su esófago y calentó su cuerpo al instante. Nunca había bebido nada más fuerte que la Cerveza de Mantequilla, por lo que tosió un par de veces debido a la impresión.

—Pásamela —le pidió él.

Hermione volvió a tenderle la botella y se dio la vuelta para empezar a desnudarse. Se quitó la túnica mojada y, tras acercarse al lavabo para ponerla encima, se quedó dudando entre si debía seguir o no.

—Bebe más —le dijo Draco, que ya se había quedado en ropa interior.

Ella cogió la botella y apartó la mirada muy rápidamente, dándole otro gran sorbo, que pareció mucho más ardiente que el anterior. Un pequeño cosquilleo apareció de repente en las yemas de sus dedos, y pronto se extendió por sus manos y brazos, haciéndole sentir levemente mareada.

—Vamos, bebe —escuchó decir al rubio.

Suspiró profundamente, cerró los ojos y le dio un último trago, tendiéndole la botella de nuevo al Slytherin.
Hermione tuvo que agarrarse al lavabo para no caerse de espaldas, ya que había empezado a notar que le fallaban las piernas. Sin embargo, aquella sensación de pesadez pronto se convirtió en una agradable y reconfortante sensación que la invadió hasta el último poro de su piel. Observó cómo Draco se metía en la bañera y de pronto le urgió hacer lo mismo. Terminó de desvestirse mientras escuchaba el agua correr y olía el agradable aroma de lo que parecía ser jabón de vainilla.

No tardó más de un minuto en hacer de sus prendas una bola y lanzarlas a un lado de la habitación sin miramientos.

Draco se frotaba la espalda con la espuma cuando ella metió un pie dentro.
Hermione cerró los ojos, mordiéndose el labio. El agua tenía la temperatura ideal y el vapor que emanaba de él le proporcionaba a la habitación un aspecto tan relajante que no pudo evitar suspirar de placer.
Él la miraba mientras se metía poco a poco. La vergüenza que había sentido la noche anterior ante su desnudez perdió toda importancia en aquel momento. Draco sólo se centraba en lo bien que sentaba estar dándose un baño después de dos días enteros sin ducharse. Se sentía relajado, tranquilo, encantado con el delicioso olor a vainilla que había inundado la habitación desde el primer momento… aunque no pudo evitar fijarse en su cuerpo. Tampoco pensó que estuviera mal hacerlo. Simplemente se permitió admirar la esbelta figura de la Gryffindor… sus pechos pequeños bajo el sostén, la fina y delicada curva de su cintura al llegar a las caderas, los glúteos que sobresalían un poco de la tela de su ropa interior…

Cuando ella terminó de meterse en el agua por completo, volvió a abrir los ojos, que se encontraron de nuevo con los suyos. Luego, le sonrió ladeadamente mientras empezaba a frotarse los brazos.
De repente, Draco sintió la urgencia de decir algo para tratar de obviar el bulto que acababa de aparecer entre sus piernas.

—No vayas a enamorarte, Granger —fue lo primero que se le ocurrió decir, intentando parecer indiferente.

Ella dejó escapar una sonora carcajada, provocando que él arqueara una ceja en respuesta.

—Nunca me enamoraría de alguien que sólo es capaz de amarse a sí mismo —comentó, todavía con la sonrisa en los labios.

A Draco se le cambió la cara al escuchar sus palabras, cosa que Hermione no pasó por alto.
Ambos se quedaron en completo silencio, con el único sonido del agua ondeando lenta e incómodamente entre los dos.