NA: En primer lugar, una super mega hiper enorme disculpa por la tardanza. Quien me siga en mi página de Facebook (Cristy1994) probablemente haya leído la publicación que escribí hace unos días, pero para los que no, lo repito ahora... Estoy atravesando una etapa de mi vida en la que mi salud no es especialmente buena. Necesitaba un tiempo para tratar de recuperarme y ponerme mejor... Siento la tardanza, de verdad, porque estoy muy agradecida por el hecho de que haya personas a las que les guste lo que hago y que dedique su tiempo a leer mi historia, pero sinceramente necesitaba esta pequeña pausa para desconectar.

Quedan dos capítulos más que prometo escribir pronto para actualizar la semana que viene. Sin más dilación, espero que al menos la espera haya merecido un poco la pena :)

Gracias por seguir leyendo.


Capítulo 5: Alturas.


Draco estaba sentado sobre el césped de los alrededores de Hogwarts, rodeándose las piernas con los brazos. Inhaló profundamente. Se sentía bien. Muy bien, a decir verdad. Hacía bastante tiempo que no se sentía tan libre, tan sereno y feliz.
Miró al cielo. Estaba despejado e, inexplicablemente, se sintió mucho más alegre por eso.

En el fondo no lo entendía. ¿Cómo había conseguido liberarse de la ansiedad que se aferraba a su pecho todo el tiempo? ¿Por qué parecía haberse olvidado momentáneamente de la constante presión que suponía ser un Malfoy? Simplemente había decidido sentarse ahí y sonreír. Y lo cierto era que tampoco le apetecía encontrar respuestas a esas preguntas en aquel momento.

Draco cerró los ojos, disfrutando del placer de poder llenar sus pulmones por completo de aire fresco y puro. Lo retuvo un instante en su pecho antes de soltarlo por la boca y volver a vaciarse. Era una sensación maravillosa.

Tardó unos segundos en volver a abrir los ojos, y acto seguido se percató de que aquello estaba muy vacío y silencioso tratándose de un día tan bueno. Giró la cabeza a su izquierda, enfocando los ojos en su intento de encontrar a alguien, aunque fuera a lo lejos. Pero no fue capaz de ver a nadie. Volvió a mirar al frente, extrañándose al no encontrar más movimiento que el de las ramas de los árboles, que se mecían levemente con la agradable brisa que acariciaba la pálida piel del chico, que giró la cabeza a la derecha.

No pudo evitar sobresaltarse al encontrarla allí, sentada junto a él. Frunció el ceño. ¿Qué hacía Granger ahí? ¿Cuándo había llegado?
Su expresión se relajó al recordar el estúpido castigo que Dumbledore les había impuesto… ¿Cómo había podido olvidarlo? Lo que no lograba entender era que, teniendo cinco metros, se hubiera sentado tan cerca.

De repente, Hermione alzó los ojos para mirarlo, y él no pudo hacer otra cosa que sumergirse en ellos mientras ella se pasaba una mano por el denso pelo… Hermione se dio cuenta, y en sus labios apareció un atisbo de sonrisa. No dio tiempo a que se convirtiera en una sonrisa propiamente dicha, ya que, repentinamente, su rostro estaba tan cerca del de Draco que casi podía sentir su aliento.
Hermione salvó la mínima distancia que existía entre ellos y presionó los labios contra los suyos. Él ni siquiera hizo el amago de separarse. Le devolvió el beso, lento, cálido, suave.

Granger lo estaba besando, y él no sólo lo permitía, sino que no le desagradaba del todo.

No le desagradaba nada.

Agradeció entonces estar completamente solos allí, así podía estirar la mano y acariciar su mejilla antes de introducir los dedos en su pelo y acercarla más a él, así podía respirar la fragancia que emanaba de su acalorada piel, así podía sentir sin preocupaciones los latidos de su corazón a milímetros de su cuerpo… Sin embargo, ella se apartó lo suficiente como para separar los labios de los suyos. Luego, hizo una mueca y se alejó un poco. Draco consiguió agarrar su brazo antes de que pudiera levantarse, pero unos repentinos murmullos y gritos ahogados le hicieron mirar a su alrededor y darse cuenta de que no estaban solos.
Todo el colegio los miraba sorprendidos. La mayoría de los alumnos parecían perplejos, los compañeros que Draco pudo reconocer le dedicaban miradas llenas de repugnancia.

—Qué decepción —oyó decir a su madre, en algún punto entre la multitud.

—No te reconozco como mi hijo —bufó su padre, notoriamente enfadado.

Draco los buscó con urgencia, mirando a su alrededor y empezando a sentirse levemente mareado. Sin embargo, a pesar de la vergonzosa situación en la que se encontraba, no dejó de agarrar el brazo de Granger en ningún momento. Por alguna razón no quería que se fuera. Por increíble que pareciera no se quería separar de ella, aunque hubiera sido ella la culpable de aquel revuelo que acababa de hundir por completo su reputación. Se había acostumbrado a su presencia, se había habituado a tenerla cerca.
Los abucheos empezaron a intensificarse, haciéndole sentir más pequeño que nunca.

Draco se despertó sobresaltado y bañado en sudor, a pesar de estar completamente destapado. Se incorporó sobre la cama, todavía con la respiración entrecortada, e intentó enfocar los ojos en la oscuridad. Granger dormía encogida en la esquina más alejada del sofá, tapada con la manta de su Casa.
Draco suspiró. Aquel había sido el sueño más surrealista que había tenido nunca… Y el primero en el que aparecía ella. Pero no dejaría que ese insignificante detalle alterara su descanso, por lo que estiró de nuevo las sábanas que había empujado hasta el borde de la cama en su pesadilla, se dio media vuelta y se dispuso a volver a dormirse.
Pero los minutos pasaron sin que pudiera conciliar el sueño de nuevo. Inconscientemente recreaba una y otra vez aquel beso imaginario y sus posteriores consecuencias, y aunque admitirlo le sentara como un golpe de Bludger en la boca del estómago, la realidad era que ese estúpido sueño se había quedado grabado a fuego en su mente.

Una hora más tarde, cuando se cansó de dar vueltas en la cama, decidió incorporarse y levantarse. No iba a buscar una explicación a lo que había soñado ahora. Es más, no iba a buscar una explicación nunca. Cuando consiguiera dormirse de nuevo lo borraría de su cabeza y mañana ni lo recordaría. Pero necesitaba una distracción, algo que consiguiera entretener su mente para que el sueño volviera a aparecer.
Caminó en dirección contraria a donde dormía ella, intentando divisar algo que le sirviera en aquel momento… Pero pronto recordó que no podía alejarse demasiado, así que, a regañadientes, volvió sobre sus pasos. Se acercó a la parte del sofá donde Hermione dormía plácidamente y sus ojos volaron hacia ella sin quererlo. Draco hizo una mueca de desagrado. No entendía por qué él tenía que estar despierto por su culpa y ella podía dormir sin mayor problema.
No era justo.

Una inesperada irritación empezó a nacer en su interior y a recorrer cada parte de su cuerpo, por lo que se obligó a dejar de mirarla y a seguir caminando… Pero pronto divisó el bolso de cuentas que yacía en el suelo, junto al sillón. Draco recordó el libro del que no había querido hablarle el día anterior, la "novela" muggle. Se quedó clavado en el suelo un segundo mientras miraba aquel pequeño bolso y sopesaba si debería rebuscar en él o no…

Cinco minutos más tarde, Draco había vuelto a sentarse en la cama, esta vez con el libro en el regazo. Leyó el título para sus adentros: "El cuaderno de Noah".
Después, debajo de la fotografía de dos sillas de madera, rezaba "Una novela de Nicholas Sparks".

Draco se mostraba un tanto receloso. No sabía qué esperar de aquel libro que parecía sumir a Granger en otro mundo, así que decidió abrirlo por la mitad y leer una página al azar. Un pequeño diálogo llamó su atención.

"—Dime lo que quieres que sea, y lo seré por ti.
—Eres tonto.
—Podría serlo."

Draco arrugó la nariz un tanto desconcertado, pero pasó varias páginas más y volvió a leer un párrafo cualquiera.

"Les costaba ponerse de acuerdo. De hecho, rara vez estaban de acuerdo. Discutían todo el tiempo y se desafiaban todos los días. Pero a pesar de sus diferencias tenían algo importante en común: estaban locos el uno por el otro."

Volvió a hacer una mueca. Así que una novela era una de esas historias de amor para brujas aburridas. Bufó. Estaba seguro de que no conseguiría leer tres páginas seguidas, pero no había nada más que pudiera hacer para coger el sueño, así que volvió a abrir el libro por el principio y empezó a leer.


—¡Malfoy!

Draco se sintió zarandeado de repente, abriendo los ojos de par en par.

—¿Qué haces? —murmuró, todavía medio dormido.

—¡Has estado hurgando en mi bolso! —lo acusó una bastante enfadada Hermione.

—¿Qué? —preguntó él, confuso.

Ella levantó un libro con la mano y lo puso a la altura de su cabeza, haciendo que Draco se pusiera rígido de repente. Lo último que recordaba era haberse leído 54 páginas seguidas y estar haciendo un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos para, al menos, terminar aquel capítulo. No entendía cómo aquella historieta muggle había conseguido que se metiera de lleno en ella, pero obviamente no iba a admitirlo frente a Granger.

—Anoche no podía dormir —confesó—, ese libro era lo que tenía más a mano para volver a conciliar el sueño. Era tan aburrido que no tardé en volver a dormirme.

—Me da igual que no pudieras dormir, no tienes permiso para coger mis cosas —respondió ella, alzando la mano para que la dejara terminar cuando él hizo el amago de decir algo—. También me da igual que ésta sea tu Sala Común.

—¿Y para qué quiero yo tocar tus cosas? —preguntó, haciendo una mueca. Hermione se dio media vuelta y se sentó en el sofá de malas maneras. Draco observó que ya estaba vestida con la túnica de su casa. Luego aguzó el oído, esperando escuchar el usual barullo de las mañanas—. ¿Dónde están todos?

—En clase —respondió ella, frunciendo aún más el ceño—. La hora del desayuno ya ha pasado y no había manera de despertarte.

Draco se desperezó y bostezó, haciendo que ella se enfurruñara al ver lo poco que le importaba no sólo perder clases él, sino hacérselas perder también a ella.

—Ya te lo he dicho, esta noche no he dormido bien —comentó despreocupadamente, levantándose de la cama y quitándose la camiseta del pijama. Lo cierto era que no le importaba demasiado no ir a aquella seguramente aburridísima clase de Historia de la Magia—. Ven.

Hermione se levantó del sofá a regañadientes y lo siguió por la desierta Sala Común hasta su dormitorio. Éste caminó hasta uno de los armarios, lo abrió y se quedó unos minutos sopesando qué prenda descolgar.

—Maldita sea Malfoy, todas las camisas son iguales, coge una de una vez —se quejó ella, unos pasos más atrás. Draco giró la cabeza, mirándola de arriba abajo por encima del hombro de una manera tan fría que le heló la sangre… Pero ella no dejaría que lo notase siquiera—. Vamos, no tengo todo el día.

—¿A qué se debe tanta prisa, Granger?

Ella alzó la barbilla, cruzándose de brazos.

—Si estamos perdiendo clase al menos iremos a la biblioteca a aprovechar la mañana —respondió.

Draco arrugó la nariz. No le apetecía meterse en la biblioteca tan temprano, pero mucho menos le apetecía ponerse a discutir. Porque si él se negaba discutirían. Era seguro, iban a pelear, y no tenía ganas de escuchar a Granger berrear sin haber desayunado. Para eso necesitaba unas fuerzas que no tenía en aquel momento. Así que volvió a girarse de mala gana, cogió una camisa cualquiera y empezó a abrochársela. Luego se quitó el pantalón del pijama, lo hizo una bola y lo lanzó sobre su cama. Hermione no pudo evitar que sus ojos volaran un segundo a su trasero. Los boxers le estaban tan ceñidos que se le marcaban las nalgas de una manera que no dejaba demasiado a la imaginación. Hermione sólo se dio cuenta de que se había quedado mirándolas de reojo cuando Draco se enfundó otro par de pantalones limpios y se giró a medida que se subía la cremallera y abrochaba el botón.
Ella ocultó su sonrojo tras una cortina de pelo cuando él pasó por su lado para volver a la Sala Común. Ambos se pusieron las túnicas de sus respectivas casas, cogieron los libros y salieron por la puerta.


Se habían sentado en la mesa más cercana a las estanterías, la más alejada de la puerta. Hermione había dejado que él tomara asiento primero para ponerse un poco más alejada, no justamente enfrente. Había abierto el libro de Aritmancia por la última lección que recordó haber dado en clase. También había sacado su pluma y ahora la movía entre los dedos mientras miraba embobada el pergamino. Quería escribir una respuesta a la carta de su madre, pero no tenía claro si quería mencionar el castigo. Y si lo hacía, no tenía ni la más mínima idea de cómo redactarlo para suavizar las cosas. Lo último que quería era escandalizar a su madre –porque lo haría–, mucho menos cuando ya quedaba tan poco para volver a caminar libre por el castillo.

Lo miró por el rabillo del ojo. Draco fruncía el ceño mientras estudiaba lo que parecía ser la correcta colocación de los símbolos obtenidos a través de la resolución de unas operaciones matemáticas para la creación de enigmas ocultos. Parecía realmente sumido en la lectura, así que Hermione decidió empezar a escribir haciendo referencia al tema de su prima.

Querida mamá,

Me puse muy contenta cuando leí lo que escribiste sobre Sophia… Es decir, no me alegro de que aquel pobre niño saliera volando y se diera de bruces contra el suelo, sino de que mi prima haya experimentado un primer atisbo de magia. Si resultara ser una bruja significaría que tu familia tiene ancestros de sangre mágica, y eso cambiaría muchas cosas que daba por irrefutables.
Al principio pensé que no podía ser. Ya sabes, nuestra familia ha sido siempre muy muggle (normal) y nunca se ha hecho referencia a la magia o nada parecido. Ni papá ni tú recordáis haber hecho magia, ni siquiera que sucediera a vuestro alrededor en vuestra infancia… Pero luego recordé que hace tiempo leí en un libro de la biblioteca (no recuerdo cuál) que, aunque no sea usual, puede suceder que en una familia la magia se salte décadas de generaciones y reaparezca de repente muchos años después… A veces incluso los suficientes para que el recuerdo de la magia se perdiera en el tiempo y los familiares vivos no tuvieran constancia de que a sus antepasados les corría sangre mágica por las venas.
Sería genial descubrir que en nuestro árbol genealógico sí existieron brujas y magos.
Creo que incluso hay un término específico para denominar a aquellos que descubren con el tiempo que tuvieron antepasados mágicos… Así que ya no sería una nacida de muggles.
Estoy deseando volver en vacaciones para hablarlo más detenidamente. Tal vez podamos investigar y conseguir información suficiente como para poder verificarlo.

Esta semana he estado bastante ocupada. Las clases requieren de toda mi atención y las tareas son continuas y abundantes. Pero no te preocupes, he estado pasando tiempo fuera de la biblioteca.

Hermione alzó los ojos de nuevo. La biblioteca estaba desierta, y no se había escuchado otra cosa que el rasgar de la pluma sobre el pergamino y el sonido que hacían las páginas del libro de Aritmancia cuando Draco las pasaba. Comprobó disimuladamente que seguía inmerso en la lectura antes de volver a fijar la vista en el pergamino que tenía delante. Se mordió un labio mientras sopesaba si mencionar aquel pequeño detalle, ese castigo que le habían impuesto injustamente.
Se sentía mal por estar siquiera pensándolo. La relación que tenía con su madre era muy, muy estrecha, y siempre le había contado todo lo que sentía o lo que le sucedía. Sobre cualquier tema.
Su madre siempre había sido la amiga que nunca había tenido… Y ella sentía la necesidad de desahogarse de alguna manera… Así que, tal vez, si suavizaba un poco las cosas no se vería tan horrible, ¿no? Por supuesto no mencionaría la limitación del espacio ni la total falta de intimidad que ello conllevaba.
Decidida, volvió a acercar la pluma al pergamino y a seguir escribiendo.

Resulta que el lunes Ron y Harry volvieron a discutir con Malfoy (el chico rubio Sangre Pura del que te hablé) y sus amigos… Y terminamos todos en el despacho del director. Éste decidió imponernos el castigo de ponernos en parejas durante una semana para fomentar la comunicación y tratar de conseguir que logremos entendernos. El chico con el tengo que estar es él, Malfoy.
Al principio no pude evitar sentirme desdichada por el hecho de que siempre tengo que pagar por lo que hacen mis amigos, porque siempre estamos juntos y no soy capaz de controlarlos, pero creo que ambos estamos poniendo de nuestra parte para hacer que los días que quedan sean más llevaderos. Hoy por ejemplo ha accedido a venir a la biblioteca a primera hora de la mañana sin rechistar (porque no sabes cómo son los Malfoy, pero si los conocieras te resultaría difícil de creer)
El caso es que, sinceramente mamá, creí que iba a ser peor. A veces me saca de quicio su carácter, pero supongo que puedo aguantar tres días más.

Harry y Ron parecen haber empezado a llevarse mejor con Crabbe y Goyle (los amigos de Malfoy), así que espero que al menos podamos sacar algo positivo de esto.

Dale besos a papá de mi parte.
Os quiero.

Hermione.

—¿Le hablas a tu madre de mí? —Hermione estaba terminando de escribir su nombre al final del pergamino cuando aquella voz a su espalda hizo que se sobresaltara e hiciera un tachón.

—¡Malfoy! —exclamó ella, sintiendo sus mejillas empezar a ruborizarse mientras movía las manos rápidamente sobre la mesa intentando esconder la carta que acababa de escribir, y haciendo caso omiso a la advertencia de la bibliotecaria, bramó—. ¿Es que nadie te ha enseñado a no leer cartas ajenas?

La bibliotecaria los mandó al orden por segunda vez. Draco puso los ojos en blanco y empezó a caminar, rodeando la mesa y volviendo a sentarse donde estaba.

—Me he levantado a coger un libro y al volver lo he leído por casualidad —comentó despreocupadamente—, no es lo mismo.

—Pues no deberías leer cartas ajenas por casualidad. Ni meter la mano en bolsos que no son tuyos. Ni coger sin permiso las pertenencias de los demás para tu uso y disfrute —espetó ella con brusquedad, girándose hacia la molesta señora detrás del mostrador que volvía a mandarlos a callar—. ¡Oh vamos, si no hay nadie más aquí aparte de nosotros! —dijo, haciendo un gesto de indignación con los brazos—. ¡No estamos molestando a nadie!

La bibliotecaria puso mala cara antes de darse la vuelta y desaparecer por entre las estanterías sin decir una palabra.


Hermione caminaba tan rápido que a Draco, a pesar de tener las piernas más largas que ella, se le hacía complicado seguirle el ritmo. Los pasillos todavía estaban vacíos, y lo único que se escuchaba eran murmullos dentro de las clases cada vez que pasaban por delante de un aula.

—No vayas tan rápido —dijo él con voz clara y firme, unos pasos más atrás. Draco esperó unos segundos prudenciales, pero ella ni aminoró el paso ni dijo una sola palabra—. No vamos a llegar tarde —continuó diciendo.

Pero ella necesitaba llegar cuanto antes. Lo único que quería era encontrarse con Harry y Ron y poder olvidarse por un momento de que estaba encadenada a Malfoy y de que aún le quedaba todo el viernes y el fin de semana por delante. Realmente había creído que aquella especie de tregua podría haber durado hasta el momento en el que les devolvieran la libertad a cada uno… Pero lo que no iba a permitir era que Malfoy se metiera en sus asuntos, ni que rebuscara en sus cosas. Eso era pasar el límite.

—He dicho que no vayas tan rápido —repitió Draco, empezando a perder los estribos.

Hermione tampoco dijo nada entonces, pero empezó a sentir cómo los pasos de Malfoy se escuchaban cada vez más lejanos. Lo miró por encima del hombro. Parecía decidido a hacerla chocar contra la barrera invisible. Supo por su expresión que había descubierto sus intenciones.

—Te aturdiré —le amenazó, cuadrando los hombros y volviendo a mirar al frente.

Hermione creyó haber ganado la disputa al sentir cómo Draco aceleraba el paso. Pero sólo lo pensó por un momento, hasta que unas grandes manos atraparon su brazo y tiraron de ella para arrastrarla a un pasillo más estrecho y oscuro.

—¿Qué diablos haces? —exclamó ella cuando su espalda golpeó con fuerza la rocosa pared.

—Escúchame bien, Granger —respondió Draco, sujetando sus brazos pegados a la pared—. Que nos hayan impuesto este ridículo castigo y que tengamos que estar juntos todo el día no te da derecho a pagar conmigo tus malos humos.

Ella apretó los labios y golpeó con las palmas de las manos el pecho de Draco con todas sus fuerzas, haciendo que éste retrocediera un paso y la soltara.

—¿Un ridículo castigo? —preguntó ella, indignada—. ¡A mí me parece una condena!

—Te aseguro que esta experiencia me repugna más que a ti —respondió él, levantando el labio superior con expresión de desagrado y dedicándole una mirada envenenada.

—¡Al menos yo he respetado tu privacidad en la medida de lo posible!

—¿A qué te refieres?

—¡A que decidiste por tu cuenta que podías mirar dentro de mi bolso!

—¡Por Merlín! —bramó él, completamente enervado—. ¿Cuántas veces vas a mencionar lo del endemoniado bolso? ¿Qué pude haber tocado mientras buscaba el libro? ¿Ropa? ¿Unas bragas? ¿Un sostén? ¡Nada que no hubiera tocado antes!

—¿Quieres dejar de ser tan egoísta por una vez? ¡No se trata de ti! Por increíble que te parezca el mundo no gira alrededor tuyo —Draco arrugó la nariz, buscando las palabras adecuadas que la hicieran callar de una vez por todas—. ¡Se trata de que has estropeado la poca confianza que habíamos logrado establecer en estos días!

Hermione se pasó una nerviosa mano por el pelo mientras seguía hablando. Draco supo que seguía hablando porque la oía de fondo, pero ya no podía escuchar lo que decía. No, porque aquel simple gesto le había recordado la manera en la que la Hermione de su sueño se había peinado con los dedos antes de besarlo.
Draco se sintió un poco aturdido de repente, y el hecho de que sus ojos se posaran en sus labios sin su consentimiento no ayudó en absoluto. Un pensamiento cruzó su mente de lado a lado… ¿Cómo sería besar a Granger? ¿Se sentiría como en su sueño? ¿Serían sus labios igual de suaves?
Ella seguía moviéndolos con asombrosa rapidez mientras seguía diciendo algo para tratar de hacerlo entender su punto de vista. Pero lo que ella no sabía era que para un Malfoy la única verdad era la suya propia. Sin importar nada más que sus propios intereses. Porque un Malfoy siempre tomaba lo que quería, en cualquier momento y lugar, y daba igual si tenía que pasar por encima de otras personas para conseguirlo.
Draco entreabrió los labios. Él era un Malfoy, y por disparatado que pareciera, lo que él quería en aquel momento y lugar era besar sus labios. Pero besarlos de verdad. Porque recordaba aquel beso que nunca sucedió con todo lujo de detalles, su mente no lo había borrado por completo como pensó que haría… Y ahora quería hundir los labios en los suyos, simplemente por curiosidad.

Hermione estaba tan metida en su riña que no se percató de que se estaba acercando a ella hasta que tuvo su rostro a escasos centímetros del suyo. Fue tan repentino que contuvo el aliento instintivamente. Apoyó las palmas de las manos en la pared mientras él hacía lo mismo con los dedos a medida que se inclinaba sobre ella. Hermione entreabrió los labios para preguntarle qué se suponía que estaba haciendo, pero se encontraba demasiado confusa como para proferir palabra. Draco se acercó en aquel momento lo suficiente como para que sus labios se rozaran levemente. Inhaló. ¿Cómo era posible que oliera igual que en su sueño? Ella parecía haber aceptado que iba a besarla, porque había cerrado los ojos y parecía estar esperando a que terminara de presionar los labios contra los suyos. Y él estaba dispuesto a llegar hasta el final… Pero una marea de voces y pasos empezaron a llenar los pasillos y Draco recordó la parte del sueño en la que se da cuenta de que no estaban solos, sino rodeados de gente.

Sus extrañadas miradas se cruzaron un instante antes de volver a separarse.


Hermione entró en el Gran Comedor con paso ligero, llegando a la mesa de Gryffindor en tiempo récord y sentándose junto a Ron y frente a Harry, que hablaban animadamente con Crabbe y Goyle.

—¿Dónde habéis estado en Defensa contra las Artes Oscuras?

Su tono debió haber sido bastante brusco porque todos se giraron y la miraron con los ojos muy abiertos, incluida Ginny, que leía El Profeta al lado de Harry. Draco se deslizó sigilosamente por el banco y se sentó a su lado sin hacer ruido.

—Esto… Eh… —balbuceó Ron torpemente.

—Pues… Fuimos a la clase programada para los Slytherin —dijo Harry, confuso.

Ella enarcó una ceja.

—Sí… Hemos estado yendo toda la semana a las nuestras. Nos parecía justo que ellos también fueran a sus clases —añadió Ron.

Hermione apartó la mirada de sus amigos para servirse un poco de pollo con verduras. Le parecía genial que aquel castigo estuviera logrando limar asperezas entre ellos cuatro… ¿Pero tenía que ser aquel día, que los necesitaba más que nunca?

Ellos siguieron comiendo, ahora en silencio, y Draco y Hermione empezaron con sus platos.
Ambos devoraron lo que se habían servido, poniendo otra ración en sus platos de inmediato. Con todo lo que había pasado se habían olvidado de que estaban muertos de hambre.
Estaban tan concentrados en los alimentos que no escucharon cómo Harry carraspeaba.

—¿Y qué tal el día? —preguntó en un desesperado intento por devolver el buen rollo a la mesa.

Hermione levantó la mirada hacia él, dejando de masticar las patatas que tenía en la boca.
¿Que qué tal el día? ¿Le estaba preguntando cómo le había ido el día?
Después de unos incómodos segundos en silencio, estaba a punto de tragar para decir que no podría haber ido peor. Porque, sinceramente, pensaba que no era posible que aquel día empeorara. Pero de repente una voz a su espalda llamó la atención de todos.

—¿Todavía estás así? —Hermione se giró para mirar a Blaise, que no vestía la túnica de Slytherin, sino un atuendo un tanto diferente con el escudo verde en el pecho.

—¿Qué? —preguntó Draco, que acababa de levantar la vista de su plato.

—Que tenemos entrenamiento… ¡Espabila!

Hermione se atragantó con las patatas, y Ron tuvo que darle unos golpecitos en la espalda mientras ella trataba de beber agua de su copa a la vez que tosía.

—Maldición, me había olvidado por completo —comentó Draco, haciendo el amago de levantarse rápidamente de la mesa.

—Pero no puedes ir —dijo Hermione, agarrándolo del brazo y tirando de él hacia abajo para que volviera a sentarse.

—Claro que puedo —espetó él.

—¿Te tengo que recordar lo del castigo? ¿Cómo vas a volar en cinco metros cuadrados? —preguntó, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.

—No seas estúpida, Granger. Tú irás en la parte de atrás de mi escoba —comentó despreocupadamente.

—¿Qué? —exclamó ella—. Ni lo sueñes.

—Es eso o ir suspendida en el aire. Elige.

—Malfoy —dijo ella, tomando aire para no desesperar—. Le tengo pánico a las alturas.

—Eso a mí me da igual. Si no entreno hoy no podré jugar el próximo partido, que por cierto, es contra vosotros —comentó, mirando a Ron y Harry, que asintieron con la cabeza.

—Guapa —dijo Blaise a sus espaldas, llamando la atención de Ginny—, ¿vendrás a vernos entrenar?

—Claro que sí —respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja—. No me perdería a Hermione montada en una escoba por nada del mundo.

—¡No pienso hacerlo! —dijo Hermione, que le dedicó a su amiga una mirada asesina que hubiera achantado a cualquiera… A cualquiera menos a ella, por supuesto.

—Vamos tía, enróllate un poco —la animó—. Además, al menos sabes que si te caes de la escoba sólo te das una hostia de cinco metros.

Todos empezaron a reírse con ganas, pero Hermione no le encontraba la gracia por ningún lado.

—¡Que tengo vértigo!

—Entonces no mires abajo —dijo Draco, levantándose de la mesa y echando a andar dirección a las mazmorras.


Hermione se había sentado en la cama del dormitorio de Draco y se aguantaba la cabeza con ambas manos.
Draco se vestía a toda prisa frente a ella.

—Ya me siento mareada y todavía no hemos levantado los pies del suelo —se quejó.

Él puso los ojos en blanco, y justo después llamaron a la puerta.
Blaise entró un instante después.

—¿Para qué llamas? —preguntó Draco.

Su amigo se encogió de hombros.

—Por si estaba desnuda —comentó, encogiéndose de hombros y dejando sobre el regazo de Hermione la equipación de Quidditch de Ginny—. Ya deben de haber empezado, me voy tío, nos vemos allí.

Draco asintió con la cabeza y lo siguió con la mirada hasta que salió de la habitación.

—Granger —dijo, volviéndose hacia ella.

—¿Qué? —espetó ella.

—Que te desnudes.

—Te haré los trabajos durante una semana.

Él negó con la cabeza.

—Durante un mes.

—No.

—Todo el curso.

—Tampoco.

Hermione suspiró, frustrada.

—Deja de quejarte y vístete ya, por Merlín.

Sabía que no tenía alternativa, porque aunque se negara él la llevaría a rastras hasta el campo y la montaría en la escoba a la fuerza… Es decir, aquel día volaría sí o sí… pero tal vez pudiera sacar beneficio de aquello. Porque incluso Malfoy, que sabía a ciencia cierta que se saldría con la suya, sabía que no era lo mismo obligar a alguien a que hiciera lo que él quería que conseguir que aceptara y fuera por su propio pie.

—Vale —concedió ella—. Montaré contigo en la escoba.

Draco la miró entrecerrando los ojos.

—¿Cuál es la condición?

—Financiarás a la P.E.D.D.O

—¿A la qué?

—A la P.E.D.D.O. Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros.

Draco parecía a punto de perder la paciencia.

—¡Maldita sea! ¡Te daré todo el oro de mi familia, pero desvístete ya!

Hermione se puso en pie y empezó a quitarse la ropa.

—No hay tiempo para doblarla —dijo él, quitándole las prendas de las manos, tirándolas sobre la cama y entregándole el equipamiento de su amiga.

Ella miró aquella ropa unos segundos.

—No sé cómo se pone esto.

Draco bufó, quitándosela de las manos y empezando a vestirla. Hermione observó la manera en que abrochaba botones a sus costados, entrelazaba prendas con otras y ajustaba los pantalones con cuerdas. ¿Cómo diablos había pensado que sabía cómo ponerse aquello sola?


Todos los miembros del equipo de Slytherin ya estaban en el aire, lanzándose las Quaffles y golpeando las Bludgers. Hermione divisó a Harry, Ron, Ginny, Goyle y Crabbe en las gradas. Ginny la señaló diciendo algo a los demás, y todos se volvieron para mirarla. Los gritos de ánimo de sus amigos se escuchaban lejanos, y ella no fue capaz de decir si era debido a la distancia o al ligero mareo que estaba empezando a sentir.

—Vamos, sube —dijo él.

Hermione pasó una temblorosa pierna por encima de la escoba y tomó aire. Pero Draco despegó más rápido de lo que pensaba y ella estuvo a punto de perder el equilibrio y caer. Con los ojos cerrados con fuerza y los brazos rodeando firmemente el cuerpo de Draco, Hermione hundió el rostro en su espalda y trató de dejar la mente en blanco hasta que volvieran a aterrizar.