Capítulo 5: Confesiones.

Lo intentó, y lo hizo con todas sus fuerzas. Trató desesperadamente de dejar la mente en blanco por su propio bien, pero el viento azotando violentamente su cuerpo le recordaba a cada segundo que se encontraba a muchos (no quería imaginarse cuántos) metros del suelo. Y la forma en la que Malfoy manejaba la escoba no lograba tranquilizarla en absoluto. Se movían en el aire con una rapidez vertiginosa, y sus giros y maniobras le hacían preguntarse cómo era que todavía no habían perdido la estabilidad y habían caído al vacío.
Hermione escuchaba con resignación los gritos e indicaciones que se hacían los unos a los otros durante el entrenamiento y sentía de vez en cuando el latigazo de algún que otro mechón de pelo en partes del rostro que no podía ocultar en la espalda de Draco.

De repente Malfoy hizo un movimiento brusco, provocando que Hermione profiriera un grito ahogado y se aferrara con más fuerza a su cuerpo mientras él se encargaba de blasfemar lo suficientemente alto como para que alguien lo escuchara. Aunque sabía de sobra que tenía la garganta seca Hermione intentó tragar saliva. A pesar del susto no tardó demasiado en intuir que habían estado a punto de ser el blanco de una de esas pelotas locas que golpean a diestro y siniestro sin miramientos.

Hermione hundió aún más el rostro en la espalda de Draco. No sabía cuánto tiempo llevaban en el aire, pero realmente necesitaba volver a tocar tierra firme cuanto antes. Se había percatado de que Malfoy había aminorado la velocidad, así como de que ahora se movía sin una dirección aparente, así que pensó que tal vez hubiera perdido de vista a la Snitch… Y que quizás su entrenamiento como cazador finalizara cuando la atrapara. Fue entonces cuando Hermione decidió obligarse a abrir los ojos muy lentamente para asomarse por encima del hombro de Draco.
Le costó varios intentos mantener los ojos abiertos al principio, pero pasados unos minutos al fin pudo conseguirlo. Apretando los labios contra el cuerpo del Slytherin para no gimotear cada vez que miraba hacia abajo, buscó desesperadamente la pelota alada con la mirada.

—¡Ahí! —exclamó un poco más tarde.

Hermione sintió el sobresalto de Malfoy, que no había esperado escucharla hablar durante el entrenamiento. Éste giró la cabeza para mirarla, percatándose con sorpresa de que miraba hacia abajo por encima de su hombro.

—¿Qué?

—La Snitch —aclaró ella—. Está ahí.

Draco volvió a girar bruscamente la cabeza para seguir la dirección de su mirada, pero no la encontró. Hermione chistó, aferrándose con más fuerza a su cuerpo con el brazo izquierdo y separando el derecho para señalarle por dónde se movía inquieta la pequeña pelota. Cuando Draco por fin la visualizó a lo lejos, Hermione deseó no haberle ayudado. Volvió a aferrarse a él con ambos brazos y a hundir la cara en su espalda cuando éste emprendió la caída en picado.
La escoba alcanzó una velocidad que hizo al estómago de Hermione lamentarse con ella. Su cabeza comenzó a dar vueltas y ella empezó a sentirse peligrosamente mareada.

—¡Necesito bajar! —consiguió exclamar.

—¡Ya casi la tengo! —respondió Draco, que se sujetaba a la escoba con una mano y alargaba la otra para tratar de alcanzar la Snitch.

Hermione retuvo una arcada en la garganta. Draco rozaba la Snitch con la yema de los dedos. Hermione retuvo otra arcada.


Una vez que Draco al fin se hizo con la Snitch, Hermione casi se tira de la escoba en marcha cuando ésta descendía hacia el suelo. No tuvo tiempo de buscar un lugar mínimamente apartado, cuando sus pies tocaron el césped sus temblorosas piernas no fueron capaces de aguantar el peso de su cuerpo y cayó de rodillas. Se inclinó sobre sí misma y se agarró a la hierba como si temiera caer en un abismo imaginario.

—¿Granger? —logró escuchar a lo lejos.

Pero su cabeza daba tantas vueltas que era incapaz de pronunciar palabra. Sus oídos habían empezado a proferir un molesto pitido que le impedía seguir escuchando las voces que parecían haberse formado a su alrededor.
De repente su estómago se contrajo, expulsando agresivamente una amarillenta bilis que le corroyó el esófago y le dejó un agrio sabor de boca los pocos segundos que pasaron hasta que perdió el conocimiento.


Sus compañeros de equipo enseguida bajaron de sus escobas para ver qué había pasado. Algunos se limitaban a mirarla desde la distancia, otros no se molestaban en reprimir una sonrisa y comentar con el de al lado lo delicada que era la Gryffindor.
Draco no tuvo que dar demasiados empujones para llegar hacia ella. Le entregó la Snitch a Blaise, que era el que se encontraba más cerca de Hermione, sorteó el asqueroso vómito del suelo y se arrodilló ante ella. La observó tendida en el suelo durante unos segundos, pero al ver que no volvía en sí suspiró sonoramente y puso los brazos alrededor de su cuerpo, volviendo a ponerse en pie mientras la cargaba.

—Guarda mi escoba —le dijo a Blaise al pasar por su lado, sin molestarse en detenerse a recibir una respuesta.

Draco caminaba hacia el castillo mirando al frente y con los labios fruncidos cuando Hermione se revolvió débilmente entre sus brazos. Éste desvió la mirada hacia ella sin mover la cabeza. Las facciones de su rostro se marcaban más intensamente con la palidez que había adquirido su piel, que contrastaba con los mechones de pelo que se pegaban a su sudorosa frente. Parecía tener serias dificultades para volver a abrir los ojos a juzgar por el fruncidísimo ceño y la mueca de dolor de su expresión.

Draco volvió a fijar la vista al frente al percatarse de que había recorrido más de la mitad del camino mirándola.

—¡Hermione!

El rubio resopló al escuchar las voces de Potter y los Weasley a lo lejos, y en vez de esperar a que llegaran aceleró el paso. Ella volvió a moverse ligeramente, apoyando una mano en su pecho.

—¡Hermione! —Malfoy sintió cómo una mano agarraba su brazo fuertemente, y una cabellera pelirroja apareció a su lado—. ¿Es que estás sordo, Malfoy?

Draco movió el brazo bruscamente para soltarse del agarre de la Weasley, provocando que Hermione gimiera por lo bajo.

—No me toques —farfulló mientras arrugaba la nariz y la miraba de arriba abajo.

Ella le hizo una mueca y Draco miró por encima del hombro mientras seguía caminando. Al parecer Potter y el pequeño de los Weasley arrastraban, literalmente, a Crabbe y Goyle en su intento de llegar hacia donde se encontraban.

—Creo que va a… —musitó Ginevra.

—¿Qué? —preguntó él, volviendo la vista hacia la pelirroja antes de desviarla hacia la más que evidente enferma Hermione—. Oh. Eso sí que no. Granger, ni se te ocurra, ¿me oyes? Ni se te ocurr…

Malfoy paró en seco cuando, después de varias arcadas, Hermione se llevó la mano al estómago y volvió a vomitar, esta vez sobre su pecho. Draco cerró los ojos y respiró profundamente. No podía creerse que hubiera permitido que alguien le vomitase encima, y pensándolo bien, al tratarse de Granger era incluso más humillante todavía. Estaba seguro de que su reputación se vería seriamente afectada cuando todo el colegio se enterara.

La chica Weasley miraba muy seria a Hermione y a la horrible mancha amarillenta en el pecho de Malfoy de manera intermitente. Draco clavó unos severos ojos en ella para advertirle de que no era una buena idea contar lo que acababa de pasar a nadie, pero en el momento en el que la pelirroja volvió la cabeza hacia él y sus ojos se encontraron, ésta estalló en una sonora carcajada, doblándose por la mitad mientras se sujetaba las rodillas para no caerse al suelo.

—¿Qué te parece tan gracioso? —escupió él.

Ginny se incorporó y se secó un par de lágrimas, incapaz de proferir palabra mientras seguía desternillándose de risa.
Draco se encontraba tan enfurruñado por la reacción de la pelirroja que no escuchó la llegada de los otros.

—¿Qué pasa? —preguntó Potter, provocando que Draco diera un respingo—. Ginny señaló la camiseta pringada y Harry y Ron a duras penas consiguieron aguantar la risa. Crabbe y Goyle llegaron unos segundos más tarde, ambos con la lengua fuera y respirando irregularmente. Entonces Harry se volvió a poner serio –no sin cierta dificultad– y volvió a hablar—. ¿Pero se encuentra mejor?

—Eso parece —respondió su pelirrojo amigo, observando cómo Hermione abría los ojos poco a poco.

Draco los ignoró a todos y siguió caminando hacia la enfermería con paso más que ligero.

—¿Malfoy?

Aquella voz quebrada llamó repentinamente su atención. Éste le dedicó una rápida mirada antes de volver a fijar la vista en la puerta del castillo.

Ginny Weasley no tardó en unirse a ellos mientras que Harry y Ron tenían que caminar al ritmo de los Slytherin.

—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo, tratando de incorporarse sin éxito.

—Que te has desmayado —respondió su amiga—, y que acabas de vomitarle encima a Malfoy.

—¿Qué acabo de hacer qué? —murmuró horrorizada, abriendo la boca de la sorpresa al percatarse de la mancha—. Malfoy, yo…

—Oh, cállate —le interrumpió.

Los tres entraron en el castillo y recorrieron los desiertos pasillos hasta llegar a la enfermería. Por suerte para Malfoy, todos seguían en clase. Le explicaron lo que había pasado a la señora Pomfrey y ésta inmediatamente hizo un gesto con la mano para que la siguieran.

—La poción para la fatiga y el vértigo no tardará mucho, son remedios bastante sencillos —comentó despreocupadamente mientras le indicaba a Draco que dejara a Hermione sobre una de las camas—. Ya puedes ir a cambiarte.

—No —espetó él—. No puedo.

Ginny se tapó la boca con la mano para contener de nuevo la risa y Draco le dedicó una mirada envenenada. La señora Pomfrey, que ya se había dado la vuelta para dirigirse a su despacho, se giró para mirarlo con ternura.

—Oh cielo, no te preocupes, estará bien en menos de una hora. Yo la cuidaré por ti.

Draco sintió los ojos de Hermione clavados en su espalda, por lo que se apresuró a aclarar la situación.

—No, es que no puedo separarme de ella —comentó.

—Ay, el amor… ¡Pero si tienes toda la ropa manchada! Ve a asearte, que luego te dejo volver a entrar.

—¡Que no! —exclamó Draco, perdiendo la paciencia—. ¡Que no es que no quiera, es que no puedo!

—Señora Pomfrey —murmuró Hermione a su espalda. Todos se volvieron a mirarla—. Tiene razón. El director nos ha castigado con un hechizo fusionador. No podemos separarnos, literalmente.

—Oh —dijo la enfermera—. Nunca había oído que se les hubiera impuesto a los alumnos un castigo como ese…

—Ni usted ni nadie —espetó él de mala gana.

—En ese caso déjame al menos limpiar la mancha —comentó, sacando la varita del bolsillo de su bata y apuntando con ella a su pecho. El asqueroso vómito pareció despegarse de su ropa y desaparecer por la punta de la varita, y aunque Draco agradeció aquel gesto, seguía sintiendo mojada la piel bajo la camiseta. La enfermera volvió a darse la vuelta y a caminar hasta su despacho, cerrando la puerta tras ella.

Potter, Weasley, Crabbe y Goyle llegaron en ese preciso instante.

—¿Cómo estás? —preguntó el pelirrojo mientras se sentaba a los pies de la cama.

—Mareada —respondió Hermione—. Pero la señora Pomfrey ya me está preparando una poción. Ha dicho que no tardará mucho.

—Pues nos quedaremos contigo hasta que estés bien —dijo Harry.

—Oh, no tenéis que hacerlo.

—De hecho creo que sí que debemos. Al fin y al cabo fuimos nosotros los que te insistimos en que te subieras a la escoba —aclaró él.

Ginny, que ahora parecía más serena que antes, le acarició el pelo a su amiga mientras asentía.
Hermione sonrió, acomodándose un poco en la cama.

—Al menos voy a sacar algo bueno de esto —comentó.

—¿Darte cuenta de que somos los mejores amigos que puedes tener? —preguntó Ron.

—No. Es decir, eso ya lo sabía… Pero me refería a que Dra… —Hermione se aclaró la garganta para disimular—, Malfoy va a financiar a la P.E.D.D.O.

—¿Que vas a financiar qué? —preguntó Crabbe, extrañado.

—La Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros —dijeron los Gryffindor al unísono antes de echarse a reír.

Draco rodó los ojos y la señora Pomfrey apareció de repente.

—Despejad la cama, vamos —ordenó. Ron se levantó de ella y todos se echaron a un lado para dejarla pasar—. Toma cielo, bebe esto.

Hermione tomó la copa y se inclinó un poco para mirar dentro. Un mejunje espeso de color gris claro con burbujas y humeante le provocó una arcada más.

—¿Está segura de que eso sirve para hacer desaparecer la fatiga? —preguntó Ginny con incredulidad—. Parece que provoca todo lo contrario.

Todos hicieron una mueca de asco cuando el olor llegó a ellos, Hermione se puso una mano en la boca. La enfermera se alisó la bata con dignidad.

—Así son las pociones medicinales —espetó, indignada—. No esperéis venir aquí y que sepan a pastel de puerros. Ahora querida, cuanto antes bebas antes podrás irte.

Hermione tragó saliva, respiró hondo, y cerrando los ojos se llevó la copa a los labios, bebiendo todo su contenido de una vez. Cuando terminó, volvió a tumbarse en la cama con un estremecimiento. La enfermera alargó el brazo para coger la copa.

—Quédate media hora. Si cuando pase te encuentras mejor, podrás irte —dijo, dándose media vuelta—. Si no, estaré en mi despacho.

Todos se quedaron en silencio mientras observaban a la mujer desaparecer por la puerta.

—¿A quién le gusta el pastel de puerros? —preguntó Ron, rascándose la cabeza.


Tal y como había dicho Ginny, aquella poción provocó que el ya de por sí revuelto estómago de Hermione se revolviera más. Fue capaz de contener las arcadas, y al menos se recuperó del vértigo, pero para cuando la señora Pomfrey le dejó marcharse ya era la hora de la cena.

Cuando los siete llegaron al Gran Comedor, los alumnos más cercanos a la puerta sólo le dedicaron unos segundos antes de seguir cenando, aunque alguno que otro se quedó mirando las equipaciones que Hermione y Draco seguían llevando. Al parecer todos se habían acostumbrado a ver a ambos grupos juntos, por imposible que pareciera.

Todos se dirigieron a la mesa de Gryffindor, cuyos estudiantes también habían asimilado que compartirían comidas con los Slytherin hasta el final de la semana, por lo que a diferencia de los primeros días nadie pareció alarmarse cuando se sentaron.
Crabbe fue el primero en meter la mano en el cuenco de las patatas fritas, seguido de Goyle, que se sirvió una buena porción de pastel de carne. Todos llenaron sus platos y empezaron a cenar. Todos menos Hermione, que a pesar de sentirse completamente recuperada de las náuseas no quería forzar demasiado a su estómago en aquel momento.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —preguntó una alegre voz a sus espaldas. Blaise se hizo un hueco entre Hermione y Ginny, sentándose entre ellas—. ¿Cómo estás?

—Mejor —respondió Hermione—. Gracias.

—No hay de qué —dijo él, arremangándose los puños de su túnica—. Oh, no recuerdo que hayan servido alitas de pollo en nuestra mesa —comentó, tomando una y dándole un mordisco.

—Blaise. —El aludido se giró hacia Draco, sentado al lado de Hermione—. ¿Qué haces aquí?

—Ah, sí. —Tragó y se limpió los dedos en una servilleta—. Había venido a proponeros ir mañana a Hogsmeade.

—¿Quién? —preguntó Draco.

Blaise se encogió de hombros.

—Todos. Es decir, ya que tenéis que estar así hasta el lunes… ¿Por qué no aprovechar y tratar de sacarle el lado positivo? —Blaise hizo una pausa en la que miró a Ginny. Luego, tratando de reprimir la sonrisa de su rostro, continuó—: Podemos ir a Las Tres Escobas a tomar algo. Tal vez este castigo consiga su objetivo y consigamos dejar nuestras diferencias a un lado. Además, estoy cansado de que no podáis jugar partidos por estar castigados. Sin ti el equipo claramente se resiente —comentó, mirando a Draco—. Y jugar contra Gryffindor sin vosotros es tan fácil que casi pierde toda la emoción —prosiguió, dirigiéndose a Harry y Ron.

Todos se quedaron mirándolo un momento.

—Yo voy —anunció Ginny echándose el pelo hacia atrás en un elegante gesto.

—Yo también —sentenció Ron, observando desconfiado cómo el Slytherin miraba embelesado a su hermana.

—Eso arrastra a… ¿Crabbe?

Éste asintió con la cabeza mientras se chupaba los dedos.

—Puede ser interesante —musitó.

—Yo no tengo nada que hacer —comentó Harry—. ¿Goyle?

—¿Uh?

Goyle acababa de levantar la cabeza del plato y parecía no haberse enterado de nada de la conversación. Harry rodó los ojos.

—Que si tienes algo que hacer mañana.

—¿Yo? —Se quedó pensativo un momento—. No.

—¿Quieres ir a Hogsmeade a tomar una cerveza de mantequilla mañana?

—Oh, sí, sí —respondió antes de volver a su plato.

Los ojos de todos –menos los de Goyle– se posaron entonces en la última pareja. Draco y Hermione se miraron un par de segundos antes de pronunciarse.

—Vale —dijeron al unísono.

—Estupendo —dijo Blaise, cogiendo de nuevo su alita de pollo y despidiéndose de todos con la mano—. Te veo mañana, preciosa —le susurró a Ginny, que pestañeó un par de veces de manera muy natural y distinguida mientras le dedicaba una amplia sonrisa y su hermano se ponía rojo frente a ellos.


Hermione movió las manos bajo el agua, haciendo espuma. Estaba tratando de no mirarlo mientras se desvestía, no porque le resultara algo obsceno o indecente, sino porque precisamente se había convertido en algo extraña e inapropiadamente natural entre ambos y no sabía hasta qué punto aquello era correcto.
Seguía jugando con la espuma cuando lo sintió meterse dentro. El agua ondeó débilmente y ella levantó la cabeza por primera vez desde que él había propuesto –o más bien impuesto– que aquella noche se dieran un baño. Y después de vomitarle encima no podía negárselo. Ni quería.

Malfoy miraba fijamente un punto en la pared de enfrente y Hermione se preguntó si era buena idea romper el silencio en ese momento. Ambos dejaron que la quietud los inundara un buen rato. Había sido un día largo y el sonido del agua caliente ondeando cada vez que alguno se movía un poco era del todo reconfortante. Y la habitación volvía a oler a vainilla.

Hermione clavó la vista en él. Las duras facciones de su rostro se suavizaban al final de cada día, cuando dejaba atrás a todos y por fin podía relajarse. Sus ojos ahora no mostraban la ira o rudeza de la que hacía gala desde primera hora de la mañana, sus labios tampoco formaban su característica mueca, sino que estaban relajados en una suave línea que incluso parecía curvarse levemente hacia arriba. Su pelo parecía mucho más real encrespado por los vapores del baño y por su mente no parecía estar pasando nada perturbador. En definitiva, ahora parecía mucho más humano.

Hermione respiró silenciosamente. No quería dejar que sus pensamientos fueran más allá, por lo que pronto sintió la necesidad de decir algo para distraerse.

—Perdona. —Su voz, aunque había hablado en un tono completamente normal, pareció llenar la estancia de repente. Malfoy volvía a tener el ceño fruncido y los labios apretados al mirarla. Hermione suspiró—. Por lo del vómito.

Éste se encogió de hombros y volvió a apartar la mirada. Estaba claro que no estaba por la labor de iniciar una conversación… Pero había algo que llevaba rondándole por la cabeza a Hermione desde hacía unas horas, y ya que había conseguido romper el silencio decidió no dar pie a que éste volviera indefinidamente.

—¿Qué fue lo de antes? —dijo sin pensar.

Draco rodó los ojos antes de clavarlos en ella de nuevo.

—Han pasado muchas cosas durante el día ¿Podrías ser más específic…?

—El beso —le interrumpió.

Draco entrecerró los ojos.

—¿Qué beso?

Hermione ladeó la cabeza, confusa. No era posible que no lo recordara. Aunque si lo pensaba detenidamente…

—Está bien —concedió—. No llegó a ser un beso propiamente dicho. Pero estoy segura de que me has entendido.

—Claro que te he entendido —afirmó él—. La que no me está entendiendo eres tú.

Hermione trató de leer la expresión de su rostro, que se había vuelto oscura y férrea de repente. Ya no había nada de tranquilidad y calma en su mirada, ahora sus grisáceos ojos la penetraban con una intensidad que la hizo mirar hacia abajo un momento para recuperar la compostura. Porque inesperadamente se había sentido intimidada, amenazada.
Cuando reunió la valentía suficiente para mirarlo de nuevo, éste no tardó en volver a pronunciarse.

—¿Qué beso, Granger?


A la mañana siguiente, ambos parecían haber olvidado los infortunios ocurridos el día anterior. Se dieron los buenos días y se arreglaron para bajar al Gran Comedor.
Ya habían pasado lo peor, pronto volverían a ser libres y no tendrían que volver a mirarse a la cara si no querían. Pero mientras tanto los dos coincidían en que lo mejor era tratar de hacer aquel fin de semana lo más agradable posible… Y si habían soportado toda la semana, con las clases, los trabajos y el agotamiento que ello conllevaba, ¿por qué no iban a superar un simple fin de semana? Eran sólo los días, y dos días en los que podían pasar todo el tiempo durmiendo si querían, o leyendo, o simplemente estando sentados en el Gran Comedor con los demás. No tenían que hablar más de lo estrictamente necesario, ¿verdad? Estaban seguros de que esos dos últimos días pasarían volando.

Cuando llegaron a la mesa de los Gryffindor sólo encontraron a Ginny desayunando con Blaise y Theo. Draco puso los ojos en blanco, incrédulo. Una cosa era aprender a tolerarse y otra muy diferente era fusionar ambos grupos. Que ni de coña. Ya se encargaría él de quitarles esa idea de la cabeza a sus compañeros.

—¿Y los otros? —preguntó Hermione al percatarse de que ni Ron ni Harry, y por consiguiente Crabbe y Goyle, estaban ahí.

—Alguien ha escondido toda la ropa de los Slytherin y no la encuentran —respondió Ginny, encogiéndose de hombros—. Usamos Accio pero no pasó nada.

—Vaya…

Dicho aquello, todos empezaron a desayunar.
Draco mordía su segunda tostada y Hermione se servía un poco más de leche caliente cuando Harry y Ron entraron al Gran Comedor seguidos de Vincent y Gregory… en pijama.
Un estallido de risas se hizo eco en la estancia enseguida. Los cuatro caminaron hasta la mesa con apremio, Harry y Ron visiblemente incómodos con la situación y los otros cabizbajos y sonrojados.
Hermione no pudo evitar echarle un rápido vistazo a sus más que llamativos pijamas antes de mirar alrededor. Quiso callarlos a todos a golpe de varita. No estaba bien reírse de nadie, mucho menos cuando ellos no tenían culpa… Pero en cierto modo podía entender por qué les hacía gracia.
Regordetes como siempre, ambos rellenaban sus correspondientes prendas. El pijama de Vincent era blanco, de cuadros verdes y volantes en el cuello, el de Gregory era azul marino y con puntitos blancos, cuya camiseta era abotonada y dejaba ver claramente cómo casi se salía de ella.
Cuando se sentaron a la mesa y dejaron de estar a la vista de todos, las risas se fueron aplacando.

Unos segundos más tarde, Hermione creyó escuchar un "te lo dije" en alguna parte de aquella mesa. Giró la cabeza y buscó con la mirada quién podría haber dicho aquello. Pronto unas palabras de Dean llamaron su atención.

—Maldición —dijo él.

—Me debes un galeón —comentó Seamus.

Hermione se levantó sigilosamente, salvó la poca distancia que los separaba y se agachó para ponerse a su altura.

—¿Tenéis algo que ver con esto? —susurró, haciendo que ambos dieran un brinco en sus asientos del susto.

—¿Qué? —preguntó Seamus mientras se erguía—. No, no.

—No me mientas —le advirtió ella.

—No, no —repitió, esta vez mucho menos convincente.

—¿Dean? —quiso saber Hermione.

Éste miró a su amigo un momento antes de morderse el labio.

—Ha sido una broma…

—¿Una broma? —dijo ella sin dar crédito—. Las bromas se hacen para que todos puedan reírse. Vosotros sólo habéis conseguido avergonzarlos.

—Bueno, está bien, tal vez nos hayamos pasado un poco —admitió Seamus—, pero es que ayer nos quedamos observando esos pijamas tan feos y yo dije que si no tuvieran otra cosa que ponerse serían capaces de bajar así al Gran Comedor por tal de comer. Dean opinó que de ninguna manera, que nadie en su sano juicio se atrevería a exponerse así sólo por comida y…

—Surgió la apuesta —confesó Dean.

—Y surgió la apuesta —asintió Seamus.

—Pues no tiene ninguna gracia —les reprendió por lo bajo—. ¿Qué habéis hecho con su ropa?

—Está en el armario de las escobas, junto al retrato de la señora Gorda —contestó Finnigan.

—Pues id a buscarla y devolvédsela —ordenó ella—. Y pedidles perdón.

Ambos la miraron con el ceño fruncido y una mirada incrédula en el rostro, como si se hubiera vuelto loca.

—¿Pedirles perdón? Si no ha sido para tanto —dijo Seamus.

—¿Recuerdas cuando incendiaste –que todavía me estoy preguntando cómo– aquella poción para el hipo que estudiamos en segundo? Fuiste con la túnica quemada, o más bien chamuscada durante una semana, hasta que pudiste comprar otra. ¿Ya has olvidado cómo te sentías cuando la gente se te quedaba mirando? Y tú —dijo, ahora dirigiéndose a Dean—, ¿no te acuerdas cuando el año pasado aquellos caramelos Saltaclases te dieron reacción alérgica y tuviste el pelo verde durante unos días? No es de gusto de nadie que los demás se rían de uno. Vosotros habéis sido los causantes, merecen una disculpa por vuestra parte.

Mantuvo contacto visual con ambos durante unos pocos segundos, se incorporó y volvió a su sitio. Draco la miró de manera interrogativa, pero ella se limitó a cuadrar los hombros y terminarse la leche de su taza.


Un par de horas después del almuerzo, Harry, Ron, Gregory, Vincent, Theo, Blaise, Ginny, Draco y Hermione se encontraban sentados a una de las mesas de las Tres Escobas. A pesar de que Ginny no cursaba su último curso, el director estuvo dispuesto a darle permiso para ir a Hogsmeade cuando ella le comentó la intención del grupo.

—Dumbledore me ha pedido que os comunique que le parece, y cito textualmente, que —carraspeó un poco y unió los dedos, juntando las yemas de ambas manos en un gesto muy Dumbledore— «es estupendo que ambas Casas hayan encontrado la manera de omitir sus diferencias y se muestren dispuestas a entablar una relación más afable y cordial entre ellas».

Todos, incluido Draco, se mostraron divertidos ante la precisión con la que había logrado imitar al director.

Pasaron quince minutos en los que hablaron de varios temas muy diversos, como la filtración del próximo examen de Aritmancia o de lo increíble que había sido que nadie se hubiera enterado de que Hermione le había vomitado encima a Draco el día anterior. Aunque nadie descartaba que terminaran descubriéndolo algún día. Theo se puso colorado cuando le preguntaron si estaba viéndose con Lovegood, a lo que respondió un escueto "tal vez", y Ron pareció echar humo por las orejas cuando Blaise y su hermana empezaron a susurrarse cosas al oído en una actitud bastante cariñosa. Hermione consideró pisarle el pie a su amigo por debajo de la mesa cuando éste estuvo a punto de soltar algún improperio contra ambos.
Un rato más tarde, cuando las jarras de cerveza estaban a punto de terminarse, Blaise bebió un sorbo más de la suya e hizo un gesto para que le prestaran atención.

—Es sábado por la tarde, prácticamente ya no queda nada para que hayáis cumplido con el castigo y volváis a recuperar vuestra libertad —comentó. Todos los aludidos asintieron con la cabeza—. ¿Cómo ha sido la experiencia?

—Creo que hablo por todos al decir que al principio me pareció una locura —respondió Harry seriamente—, pero poco a poco me fui dando cuenta de que, por raro y excesivo que pareciera al principio, estar las veinticuatro horas del día de una semana entera con una persona ayuda a interactuar y a conocerla mejor. —Miró a Goyle, que por un momento había dejado de comer los frutos secos que la camarera había puesto sobre la mesa al servirles las cervezas—. He descubierto que no es un mal tío.

—En cierto modo ha sido incluso divertido en algunos momentos —afirmó Ron—. Y me he dado cuenta de que Crabbe no es el cabeza de chorlito que pensaba. Es decir, no es que hayamos hablado demasiado a decir verdad, pero ha dicho cosas inteligentes las pocas veces que ha abierto la boca.

—Tú también me has… sorprendido —respondió Vincent en un murmuro.

Todos sonrieron por un instante, pero la expresión de los rostros de Draco y Hermione cambió de repente cuando todos se giraron para mirarlos. Ambos se quedaron paralizados hasta que Ginny le dio un leve codazo en las costillas a su amiga, que se aclaró la garganta y abrió la boca para contestar.

—Ha sido…

—Horrible —le interrumpió Draco.

Hermione lo miró con un deje de dolor en los ojos. ¿Tan mala había sido su compañía? No es que la suya hubiera sido maravillosa, pero ella sí que había conseguido empezar a ver el lado positivo del asunto, por insignificante que fuera.
Draco se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos al ver cómo todos lo miraban con la boca abierta.

—Vamos tío —le sonrió Blaise—, seguro que no ha sido tan malo.

Draco arqueó una ceja.

—¿Que no? Vuestra experiencia ha sido buena porque estáis acostumbrados a tratar, hablar, dormir y asearos con chicos —farfulló—. Imaginad tener que ir al baño estando pegados a una chica. Pensad lo que supone vestirse y desvestirse ante una persona de diferente sexo. Además incluso la hora del baño, una necesidad tan básica y sencilla, se hace insoportable. Cuando nos bañamos, claro, porque intentamos evitarlo lo máximo posible… Y ya ni mencionemos su afán por pasar las horas y las horas en la biblioteca. Más de una vez creí que iba a perder los nervios al estar todo el día ahí metido. Y sus cambios de humor, ¿cómo los soportáis? —preguntó, dirigiéndose a Harry y Ron, que parecían haberse quedado mudos.

Un incómodo silencio se hizo entre ellos un breve instante, instante que Ginny no dejó que se alargara demasiado.

—Eres un completo imbécil, Malfoy —dijo la pelirroja con una mueca en los labios.

—Yo… —prosiguió Hermione, sin dar paso a que Draco respondiera—. Yo iba a decir que a pesar de haberme sentido desdichada durante los primeros días, a pesar de que sigo creyendo que este castigo vulnera todos los derechos de los alumnos –ahí entra algunas cosas que ya ha dicho él, como el derecho a la intimidad– y a pesar de que chocamos continuamente porque está claro que somos muy diferentes… Saco como conclusión que siempre se puede lidiar con cualquiera, incluso con el peor de tus enemigos. Ha sido difícil ponernos de acuerdos en casi todo, pero al final creo que logramos llegar a un acuerdo mediante tiras y aflojas —comentó, pasándose una mano por el pelo—. Los dos hemos dado nuestro brazo a torcer en diversas ocasiones y eso nos ha hecho aprender, al menos a mí, que no siempre puedes tener lo que quieres. A veces es bueno salir un rato de tu zona de confort, sobre todo si se hace por mantener el ambiente calmado. Tú casi pierdes los nervios en la biblioteca por permitirme hacer lo que me gusta y yo sufrí vértigos por montarme en tu escoba para que pudieras entrenar. Esto ha sido difícil para todos, para unos más que otros, pero al final hemos conseguido llegar al sábado sin matarnos. Es algo.

Draco no respondió. En vez de eso apuró su cerveza y dejó la jarra sobre la mesa con un golpe sordo.

—Ya que has terminado, tengo que ir a hacer unas compras —dijo Hermione, levantándose de la silla—. Nos vemos luego.

Ella se despidió del grupo con la mano y Malfoy se levantó y la siguió fuera sin decir ni una palabra.
Entraron en una papelería, donde esperó pacientemente que comprara un taco de sobres y algo de cera para sellar, así como un bote de tinta negra para escribir. Luego volvieron a salir fuera. Él comenzó a caminar hacia el castillo, pero ella tomó la dirección contraria. No tardaron en darse de bruces con la barrera invisible. Ambos se quejaron y se volvieron para mirarse.

—¿Qué haces? —quiso saber él.

—No he terminado —respondió ella.

Malfoy bufó y salvó la distancia hasta ella. Aquel porrazo había sido tan inesperado que había dolido el doble. Aunque a decir verdad, desde el principio pensó que se daría contra ella más veces de las que realmente fueron. Draco bufó de nuevo al verla tirar de la puerta de Modas Tiros Largos.

—¿No puedes esperar a venir a comprarte ropa el lunes?

—No vengo a comprar ropa —aclaró ella—, tenía una cita con la modista para…

Una bruja menuda, de unos treinta y pocos y con el rostro fino y la nariz un poco más larga de lo normal salió a recibirlos enseguida. Vestía una camisa de raso verde oscuro y una falda de tubo negra hasta los tobillos que le hacían caminar de una manera de lo más graciosa.

—¿Hermione Granger? —preguntó con una agudísima voz.

—Sí, soy yo.

—Estupendo. Yo soy la señora Puffy. Pasa, pasa por aquí. —Los dos la siguieron por un estrecho pasillo hasta una puerta al final del mismo—. ¿Tú vas a ser su acompañante? —preguntó, mirando a Draco—. Si es así convendría que esperaras fuera… No queremos arruinar el factor sorpresa, ¿eh?

—Oh, no —se apresuró a decir Hermione—. Él no es…

—¿A qué se refiere? —quiso saber él.

—A su acompañante para la graduación —aclaró Puffy.

—¿La graduación? Pero si todavía falta un mes —comentó Draco.

—Ya, pero prefiero comprar el vestido cuanto antes. Así evito las colas y el estrés del último día.

Draco se encogió de hombros y la modista volvió a hablar.

—Bueno, aunque no seas su pareja… es decir, voy a tomarle medidas.

—No se preocupe —dijo Hermione—. Tiene que entrar. Es una larga historia.

La mujer no hizo más preguntas y abrió la puerta.
Una enorme sala perfectamente iluminada, rodeada de espejos de pared y con una pequeña tarima redonda en el centro apareció ante ellos.

—Pasad, pasad. Desvístete, ¿quieres? Ahí tienes unas perchas para colgar la ropa. —La mujer sacó su varita del bolsillo trasero de la falsa y la agitó abarcando toda la habitación. A juzgar por el repentino calorcito que empezaron a notar, había utilizado un conjuro Caldeador—. Vuelvo enseguida.

Draco se dejó caer sobre un mullido sofá rosa palo pegado a la pared y Hermione empezó a quitarse la túnica. Se mordió el labio mientras la colgaba en la percha. Las palabras que había escuchado de sus labios hacía menos de una hora le provocaba una cierta sensación de incomodidad al desvestirse frente a él. Tuvo la impresión de que habían vuelto al primer día, que la extraña confianza que creía que se había formado entre ellos se había evaporado de repente.

—Siento hacerte pasar por esto —dijo al fin, dándole la espalda disimuladamente mientras se desabrochaba los botones de la camisa—. Pero me costó mucho conseguir una cita con ella y llevaba dos semanas esperando.

—Está bien —respondió él, quitándole importancia.

Hermione colgó la prenda sobre la túnica y se bajó la cremallera de la falda, dejándola caer a sus pies. Draco observó la curvatura de su espalda al agacharse para recogerla. Luego, se quitó los zapatos y dejó que un grueso mechón de pelo le tapara la cara. Se había quedado en ropa interior frente a él, y aunque no era la primera vez, se sintió mancillada. Draco desvió la mirada y ella se cruzó de brazos.
Casi podía sentirse el latido de sus corazones desbocados cuando la señora Puffy llamó a la puerta y entró cargada de cintas métricas, telas blancas, hilos y alfileres.

—Ya estás lista, ¿verdad? Súbete a la tarima por favor.

Hermione calculó la distancia hasta ella y miró a Draco, que también había pensado lo mismo y se había levantado. La modista les dedicó una mirada un tanto rara, pero dejó caer todo lo que llevaba en las manos y se acercó a ella, que ya se había subido a aquella pequeña plataforma. Los utensilios de costura la siguieron por el aire hasta llegar a la Gryffindor. Draco se mantenía todo lo apartado que los cinco metros le permitían.

—Cuéntame guapa, ¿cómo querías que fuera tu vestido?

Hermione le dio un par de explicaciones bastante escuetas y ella se puso a trabajar enseguida. La cinta métrica tomó vida y rodeó su pecho, cintura y caderas con una velocidad vertiginosa. De la nada habían aparecido una libreta y una pluma que parecían estar en concordancia con ella, ya que apuntaba por arte de magia cada medida que la cinta iba tomando. Luego la mujer movió la varita y rodeó a Hermione con aquella tela blanca, y ordenaba a las agujas dar puntadas o a los alfileres ser puestos en la tela de vez en cuando. Charlaron sobre las ganas que Hermione tenía de que sus padres visitaran Hogwarts por primera vez y de lo alucinados que quedarían al caminar por sus pasillos. Ambas coincidieron que, si la graduación de un hijo ya era algo emocionante, sin duda alguna para alguien no mágico sería mucho más impresionante en Hogwarts que en cualquier colegio muggle.

Para cuando se quisieron dar cuenta, Hermione estaba dentro de un vestido de tirantas y un disimulado escote que se ceñía perfectamente a su cuerpo y acentuaba sus curvas hasta las rodillas, donde se abría a una perfecta cola trasera. Ella contuvo el aliento de la sorpresa y él no pudo evitar quedarse mirándola.

—¿Es esto lo que tenías en mente? —preguntó la voz aguda y orgullosa de la modista.

—Es mucho más… —respondió ella.

—Bueno, es sólo el prototipo del vestido final. Si le das el visto bueno, claro está.

—Por supuesto que se lo doy —contestó Hermione, pasándose las manos por las caderas.


Cuando volvieron al castillo la mayoría de los alumnos ya estaban cenando, por lo que se unieron a los demás. Luego se dirigieron inmediatamente a la Sala Común, donde Hermione terminó de hacer unos deberes y Draco optó por tirarse en la cama y comerse un par de ranas de chocolate que alguien se había dejado olvidadas sobre una mesa.
Los estudiantes de Slytherin fueron llegando, y aunque algunos remolonearon un poco por la Sala Común, todos terminaron yéndose a la cama, por lo que Hermione y él volvieron a quedarse solos una noche más.
Ella se tumbó en el sofá tapándose con la manta, y se puso a leer aquella novela suya en silencio. Él cogió el libro de Aritmancia y se puso a repasar lo que habían dado la clase anterior.

Media hora más tarde, cuando Draco levantó la cabeza para guardar el libro, se encontró con que Hermione se había quedado dormida con el suyo en el regazo. Malfoy se levantó sin hacer ruido, dejó el libro del colegio sobre la mesita más cercana y se acercó a Hermione sigilosamente. Parecía profundamente dormida. Draco apartó sus finos dedos de la novela y lo tomó, volviendo a meterse en la cama. Ahora sólo tenía que tener cuidado con no volver a quedarse dormido otra vez con él. Cuando el sueño amenazara se levantaría y dejaría el libro junto a ella, en el suelo. Lo cierto es que sentía una extraña curiosidad por lo que pasaría con Allie y Noah, pero su lectura se vio interrumpida por un inesperado susurro.

—¿Qué haces?

Draco casi ataca a Blaise con la varita en medio de la tenue oscuridad de la habitación.

—¿Qué haces tú? —susurró, ocultando la novela entre las sábanas—. Me has dado un susto de muerte.

—Sólo bajaba a por unas chocolatinas que me dejé por aquí antes, ¿las has visto?

—Sí —respondió Draco—, y me las he comido.

Blaise chistó y Malfoy lo mandó a callar poniéndose el dedo índice sobre los labios antes de echar un rápido vistazo a Hermione. Su amigo miró a la chica, que dormía plácidamente en el sofá.

—¿Qué pasa entre tú y Granger? —susurró. Draco entrecerró los ojos, frunciendo el ceño a su paso—. Vamos, he visto cómo la miras cuando crees que nadie te mira a ti.

—No sé de qué hablas —espetó él, arrugando un poco la nariz—. Yo no soy como tú en ese aspecto.

—¿Qué aspecto?

—La chica Weasley… ¿En serio?

—¿Por qué no?

—Ni ella ni Granger son para nosotros, Blaise.

Su amigo apretó los gruesos labios.

—Siempre me ha parecido ridícula la rivalidad entre las Casas.

—No se trata de las Casas. Que ellas sean Gryffindor y nosotros Slytherin es lo de menos. Se trata de nuestra naturaleza ¿no te das cuenta? —Draco parecía bastante enfadado—. Weasley es una traidora a la sangre y ella es nacida de muggles —dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia Hermione—. No sería natural.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Blaise se decidió a volver a hablar.

—Nunca das más explicaciones de las necesarias. Jamás, para nada. Siempre das por hecho que los demás entendemos y aceptamos lo que dices. Sin embargo, antes te ensañaste con ella. Pusiste demasiado interés en que todos pensáramos que realmente ha sido una pesadilla para ti. Quizás sí que lo ha sido, pero no en ese sentido.

—¿Qué diablos hablas? ¿Qué puede haber peor que no poder separarse de Granger en una semana?

Blaise curvó los labios en lo que parecía una reprimida sonrisa.

—Darte cuenta de que te gusta.