NA: Querido lector. Querida lectora. Mil gracias por la infinita paciencia. Aquí está el último capítulo de esta historia. Ha sido todo un reto para mí escribirlo. Siempre digo lo mismo, pero gracias a todos aquellos que dejan comentarios, son de mucha utilidad para mí, además de una gran fuente de inspiración.

Pero sobre todo gracias a Iris por aguantar mis locas ideas y ayudarme tanto, darme ideas y mandarme fan arts cuando ando escasa de inspiración. Eres la mejor.

Espero que os guste.

Advertencia: Lemon. Lees bajo tu propia responsabilidad.


Capítulo 7: Libres.


Draco se tapó hasta arriba con las sábanas y maldijo a Blaise. Lo maldijo a él y a la maldita hora en la que decidió abrir la boca. Y lo hizo incesantemente, primero por comportarse como un imbécil, y segundo porque no llevaba razón. Ninguna.
Bufó por lo bajo y se dio media vuelta en la cama. Por supuesto que aquel castigo estaba siendo un suplicio, ¿quién diablos era él para venir a decirle que no? ¿Acaso fue él el que tuvo que pasar por todas esas situaciones embarazosas? ¿Había sido él el que tuvo que lidiar con ella?
No. Todo aquello lo había experimentado él mismo, Draco Malfoy, y el estúpido de Blaise no era nadie para poner en duda el martirio de estar pegado a ella las veinticuatro horas del día.
Vale, tenía que admitir que en un primer momento, cuando el director asignó las parejas sintió un atisbo de alegría al comprobar que la suya era Granger… pero porque las otras opciones eran Potter y Weasley y estaba seguro de que habría acabado en medio de un duelo a muerte con cualquiera de ellos desde el primer día. Sabía que ella era más coherente y consecuente con sus acciones, así que se imaginó que podría… dominarla más fácilmente. Lo que no se imaginaba eran todos esos momentos incómodos que tendría que vivir con ella. Era de locos pensar que a él le pudiera gustar Granger después de todo, era total y absolutamente imposible.
Volvió a darse la vuelta en la cama y su pierna se topó con un objeto extraño. Metió la mano entre las sábanas y sacó la novela de Granger. Se había olvidado por completo de que estaba ahí, pero le venía de maravilla para olvidarse un rato de la realidad.
Abrió el libro más o menos por donde creía que lo había dejado la última vez y empezó a leer:

"Los estorninos cantaban en los árboles. Las nubes comenzaban a despejarse y Allie vislumbró el azul del cielo, asomándose entre las manchas blancas. El Sol seguía oculto, pero reaparecería pronto. Sería un día maravilloso. La clase de día que le hubiera gustado pasar con Noah y, al pensar en él, recordó las cartas que le había entregado su madre. Desató el paquete, y encontró la primera. Comenzó a abrirla, pero se detuvo porque podía imaginarse lo que diría. Palabras sencillas, sin duda; un recuento de las cosas realizadas, recuerdos del verano, quizás alguna pregunta. Al fin y al cabo, todavía esperaría una respuesta. Entonces buscó la última carta, la última del paquete. La carta de despedida. Aquella le interesaba más que las otras. ¿Cómo se había despedido? ¿Cómo lo habría hecho ella? El sobre era delgado. Una página, dos, como mucho. Lo que quiera que hubiera escrito Noah, no era largo. Allie miró el reverso del sobre. No había nombre, sólo una dirección de Nueva Jersey. Contuvo el aliento y abrió la solapa del sobre con la uña. Desplegó la carta y vio que tenía fecha de marzo de 1935. Dos años y medio sin respuesta. Lo imaginó sentado a su viejo escritorio, escribiendo la carta, quizá sabiendo que sería la última, y le pareció ver rastros de lágrimas en el papel. Aunque tal vez fueran imaginaciones suyas. Alisó la hoja y comenzó a leer a la luz blanquecina del sol que se filtraba por la ventanilla.

Mi adorada Allie: No me queda nada más que decir, salvo que anoche no pude dormir porque comprendí que todo había terminado entre nosotros. Es un sentimiento nuevo para mí, un sentimiento que nunca preví, pero al mirar atrás, pienso que no podía haber sido de otra manera. Tú y yo éramos diferentes, procedíamos de mundos diferentes. Sin embargo, tú me enseñaste el valor del amor. Me enseñaste lo que significaba amar a alguien, y gracias a ello, me he convertido en un hombre distinto. No quiero que nunca lo olvides. No te guardo rencor por lo que ha pasado. Al contrario, estoy convencido de que nuestra relación fue auténtica, y me alegro de que nuestros caminos se hayan cruzado, aunque sólo fuera por un tiempo tan breve. Si en un futuro lejano volvemos a encontrarnos, cada uno con una nueva vida, te sonreiré con alegría y recordaré el verano que pasamos bajo los árboles, aprendiendo el uno del otro y cultivando nuestro amor. Acaso tú sientas lo mismo, y aunque sólo sea por un fugaz instante, me devuelvas la sonrisa y saborees los recuerdos que siempre compartiremos.

Te quiero, Allie.

Noah."

Draco cerró el libro con más fuerza de la que había esperado, lo cierto es que ya había tenido suficiente. Se levantó y lo dejó en el mismo sitio del que lo había cogido. No quería volver a escuchar a Granger soltar el mismo discursito sobre la propiedad privada. Luego se metió en la cama de nuevo, maldijo a Blaise una vez más y esperó pacientemente a quedarse dormido.


Era algo temprano cuando Draco se despertó. Se estiró un poco antes de incorporarse. Lo primero que vio fue a ella. Estaba sentada y se apoyaba contra el reposabrazos del sofá más alejado de la cama. La manta le cubría las piernas y había un libro en su regazo. Parecía no haberse percatado de que había despertado. Un pequeño mechón se le había soltado del moño despeinado que se había hecho para dormir y acariciaba su rostro concentrado en la lectura. Parecía tranquila, relajada.
Draco carraspeó cuando se percató de que se había quedado observándola unos segundos. Hermione levantó la vista de su libro para mirarlo. Un incómodo silencio se hizo latente en la habitación, pero ella se apresuró a romperlo de inmediato.

—Sólo he visto salir a Zabini y Nott desde que estoy despierta, pero supongo que el desayuno ya estará listo. ¿Tienes hambre?

Draco asintió y ambos se levantaron. Hermione guardó la manta y el libro en su pequeño bolso y se dispusieron a vestirse. Draco se percató del ligero y disimulado movimiento que la hizo quedar de espaldas a él mientras se desvestía, pero sólo fue lo que duró la fugaz mirada que le dedicó sin querer.

Cuando estuvieron listos ella se colgó el bolso en un hombro, salieron de la sala común y se dirigieron al gran comedor. No había mucha gente, tal vez unas veinte personas en total, pero tal y como había dicho ella, el desayuno ya estaba en la mesa. Draco y Hermione se sentaron frente a Blaise, Theo, Ginny y Luna, que habían decidido juntarse en la mesa de los Gryffindor.

—Parece que hoy nos sentimos madrugadores —dijo Hermione a modo de saludo.

Luna ladeó la cabeza.

—A mí me han despertado un par de nargles —comentó—. Bueno, en realidad no eran reales. Es decir, sí que lo son, pero la razón de mi desvelo ha sido que revoloteaban a mi alrededor en mis sueños. —Dicho aquello, metió la cuchara en los cereales, cogió unos cuantos y se la llevó a la boca.

Todos se miraron un momento sin decir una palabra hasta que Ginny se encogió de hombros y volvió a hablar.

—Yo tengo un examen de Transformaciones mañana y no he estudiado nada. Voy a pasar todo el día en la biblioteca, Blaise me va a ayudar a practicar.

Draco casi se atraganta con su zumo de uvas.

—¿Blaise? —preguntó, incrédulo—. Pero si la última vez que intentó transformar un escarabajo en un botón el pobre bicho se quedó paralítico.

El aludido abrió mucho los ojos y se llevó una mano al pecho, como si sus palabras le hubieran herido sobremanera.

—Pero luego lo maté para evitarle el sufrimiento —se quejó.

—Da igual —intervino la pelirroja—, de todas formas no creo que estudiemos mucho.

Todos empezaron a reír, todos menos Luna, que parecía demasiado concentrada en un punto en concreto del techo como para prestar atención a la conversación.
Mientras Draco terminaba su tostada, observó por el rabillo del ojo cómo Blaise y la pequeña de los Weasley se tomaban el pelo el uno al otro, cosa que parecía divertirles lo suficiente como para no dejar de reír. A su lado, Theo miraba a Lunática como si fuera la cosa más interesante que hubiera visto nunca. Ella había dejado que mirar el techo para sonreírle, y él de repente parecía… dichoso.
Sacudió la cabeza y trasladó los ojos a su plato. Le sorprendía bastante los gustos de sus amigos. Dio el último bocado a su tostada y se sacudió las migas de las manos.

—Tengo que ir a la lechucería un momento. —Draco giró la cabeza para mirar a Hermione al percatarse de que le hablaba a él—. Más tarde estará abarrotada. ¿Te importaría…?

—Claro —dijo él, levantándose.

Se despidieron y salieron del gran comedor. Caminaron por el vestíbulo y salieron fuera del castillo, donde un viento helado les pegó en la cara de repente. Hermione se cruzó de brazos para mantener el calor corporal y Draco se frotó las pálidas manos. El frío era casi insoportable aquel día.
No hablaron durante el camino, pero tampoco sintieron la necesidad de hacerlo.
Al llegar, subieron las muchas escaleras hasta el lugar donde cientos de lechuzas vivían, comían y dormían esperando que algún alumno les asignara la tarea de hacerles llegar a sus familiares alguna que otra carta.
En el preciso instante en el que Draco puso un pie en aquel sitio sucio y maloliente, aparte de hacer una mueca de desagrado y arrugar la nariz, cayó en la cuenta de que aunque iba a graduarse aquel año, esa era la primera vez que entraba allí. No solía cartearse con sus padres. A veces llegaba la majestuosa lechuza negra de la familia con una escueta carta de su madre para saber cómo estaba y él respondía, brevemente también y por lo general en el reverso de la que acababa de leer, y le anudaba el trozo de pergamino al animal antes de que volviera a salir volando del gran comedor. Pero por la manera en que ella se movía, parecía que estaba acostumbrada a ese lugar.
Draco observó con curiosidad cómo se acercaba a una lechuza de plumas doradas y le anudaba la carta a una de las patas.

—¿Llevarías esta carta a mi madre, por favor? —la oyó decir en voz baja.

Luego, metió la mano –o más bien el brazo entero– en el bolso y rebuscó en él unos minutos. Cuando la sacó, tenía en la palma de la mano lo que parecía ser un puñado de golosinas de lechuza. La acercó a ella y dejó que picoteara mientras le acariciaba. El animal parecía ahora mucho más que dispuesto a entregar aquella carta, por lo que sacudió un poco las alas y echó a volar, desapareciendo por una de las ventanas de aquel sitio.
Hermione giró sobre sí misma y Draco apartó la mirada, fingiendo observar a los animales.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó ella. Draco desplazó los ojos por el lugar mientras pensaba en una respuesta, sin éxito. Unos segundos más tarde se encogió de hombros—. ¿Sabes jugar al ajedrez mágico?

Esa pregunta le había pillado desprevenido. La miró fijamente de manera inconsciente.

—Por supuesto —dijo. Que considerara posible el hecho de que no supiera era casi un insulto a su inteligencia. Había estado jugando a ese juego desde antes de aprender a hablar—. ¿De verdad quieres jugar contra mí?

Hermione soltó una carcajada en respuesta.

—Oh, no, no se me ocurriría. Nunca he sido buena en eso. ¿Pero sabes quién es el mejor de todo el castillo? —Hizo una pausa mientras observaba cómo él alzaba una curiosa ceja—. Ron.

Draco no pudo evitar soltar un bufido de incredulidad.

—Yo le ganaría a Weasley incluso habiendo sido aturdido.

—¿Tú crees? Lo he visto jugar y ganar muchas veces, pero nunca perder.

—No lo creo, Granger. Lo sé. Estoy seguro de ello —respondió él, poniendo los ojos en blanco.

—No sé… Nunca te he visto jugar a ti, pero creo que es bastante difícil llegar a su nivel —Ella alzó una mano para que no le interrumpiera cuando él abrió la boca para rechistar—, sin embargo quizás esté equivocada. Podemos salir de dudas. Todos los domingos después del desayuno se celebra una especie de torneo en la sala común de Gryffindor en el que los demás intentan desbancar a Ron y robarle el título de mejor jugador de ajedrez mágico. ¿Por qué no lo intentas?

La expresión incrédula de Draco se había tornado horrorizada de repente.

—¿Me estás proponiendo que juegue una partida de ajedrez con Weasley rodeado de decenas de otros alumnos de Gryffindor? —quiso saber mientras la miraba como si hubiera perdido el juicio.

—Eso es exactamente lo que te estoy proponiendo.

Él frunció el ceño y negó enérgicamente con la cabeza.

—De ninguna manera voy a exponerme a eso. Además, no necesito jugar contra él para saber con certeza que no tardaría más de dos minutos en ganarle.

Hermione se encogió de hombros y se colocó bien el bolso sobre él.

—Palabras… —dijo—. Las cosas se demuestran con hechos, ¿lo sabías? —Empezó a caminar y pasó junto a él de camino a la salida. Draco se giró para mirarla—. Aunque entiendo que no quieras arriesgarte a perder —dijo ella por encima del hombro—. Estoy segura de que eres bueno, pero por supuesto no tanto como él.

Draco Malfoy se quedó ahí parado lo suficiente como para que la barrera delimitadora lo empujara por detrás y lo obligara a caminar tras ella.


No podía creer que se hubiera dejado coaccionar tan fácilmente, que hubiera traspasado tras ella el hueco que dejó el marco de aquella mujer Gorda y que ahora se encontrara formando parte de aquel corrillo de túnicas rojas y doradas mientras observaba cómo Weasley parecía beberse a todo el que se sentaba frente a él. Estaba claro que Granger no mentía. Era bueno. ¿Tanto como él? Lo dudaba. Aun así, la idea de jugar rodeado de tantos Gryffindors le seguía pareciendo tan mala como en la lechucería, a pesar de que parecía que ninguno le había prestado demasiada atención cuando asomó la cabeza entre ellos. Cerca del pelirrojo y Potter divisó a sus amigos. Parecían divertirse. Pasaban desapercibidos, nadie los miraba mal.
El Rey de aquella chica de color estalló en mil pedazos cuando Weasley hizo el último movimiento. Ésta se levantó y dejó el asiento libre mientras otros compañeros le daban unos cuantos golpecitos en la espalda a modo de consuelo.

—¿Quién es el siguiente? —preguntó el pelirrojo, alzando la voz entre la multitud, que había roto el silencio en el instante en el que volvió a proclamarse vencedor.

—¡Malfoy! —exclamó Hermione, haciéndose paso entre los alumnos a medida que empujaba a Draco por la espalda. Cuando llegaron al centro del corrillo, ella le obligó a sentarse y se apartó unos pasos, aunque se mantuvo relativamente cerca.

—Vaya —murmuró Weasley, sorprendido de verlos a ambos en la sala común. Crabbe, sentado junto a él, se había quedado con la boca abierta. Potter se acercó a Hermione, y Goyle lo siguió con una magdalena en la mano. Parecía que aquel espectáculo merecía ser visto desde primera fila, ya que de repente todos se mostraban bastante interesados en no perderse ni un solo detalle, los últimos incluso poniéndose de puntillas para tratar de ver mejor—. Nunca había jugado contra un Slytherin.

—Quizás por eso todos creen que eres el mejor jugador del castillo —comentó Draco intentando sonar despreocupado.

Toda la habitación volvió a sumirse en el silencio mientras Weasley arqueaba una ceja. Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a crujirse los dedos antes de coger su varita de encima de la mesa y agitarla frente ellos. Los restos de las piezas de la jugada anterior empezaron a moverse rápidamente por el tablero, reparándose y volviendo a parecer como nuevas.

—Te cedo las blancas —comentó el Gryffindor—. Tú empiezas.

Draco intentó retener un bufido. Como si no supiera de sobra que empiezan las blancas…
Lo que definitivamente no sabía era que la partida estaría tan reñida, que las piezas combatirían tan salvajemente, que la partida duraría tanto tiempo y que, entre toda esa gente, sólo sentiría los ojos de Granger sobre él cuando terminara perdiendo bochornosamente.

Al contrario que las otras veces, nadie se atrevió a abrir la boca cuando terminaron. Draco apretó los labios mientras seguía mirando el tablero de ajedrez con el ceño fruncido. No sabía si habían pasado segundos o minutos, pero transcurrido un cierto tiempo divisó cómo la mano tendida de Weasley entraba en su campo de visión. Alzó la cabeza para mirarlo.

—Has sido un contrincante digno —comentó—. El mejor contra el que he jugado nunca.

Los ojos de Draco se movieron de su rostro a su mano un par de veces antes de estrecharla a regañadientes. Le importaba una mierda que hubiera sido el rival más duro al que se hubiera enfrentado. Lo único que pensaba en aquel momento era que él había sido el perdedor. Había perdido contra Weasley. Aquello era toda una deshonra, por no hablar de lo humillante que había sido hacerlo delante de todas esas personas.
Se levantó de la silla sin mediar palabra y se hizo paso entre las personas a base de codazos. Necesitaba salir de allí cuanto antes, y sólo esperaba que Granger lograra seguirle el ritmo por su propio pie o lo haría a rastras. Le daba igual. No pensaba parar. No hasta perder a todo el mundo de vista. ¡Salazar sabía lo que daría por poder hacerla desaparecer a ella también!
Bajó las escaleras a toda prisa para tratar de borrar esa sensación de vergüenza de su mente. De dos en dos. Podía sentir la respiración entrecortada de Granger tras él. De tres en tres.
Tenía la sensación de que todo aquel que pasaba por su lado sabía que había perdido, que lo miraban por encima del hombro, incluso que alguno que otro lo señalaba descaradamente.
Draco llegó a la planta principal en tiempo récord y siguió caminando velozmente hacia la gran puerta de roble de la entrada. Alguien se había encargado de cerrarla, posiblemente por la temperatura de fuera, pero Draco tiró de ella y la abrió de nuevo. Un viento gélido, mucho más frío que hacía un rato, le golpeó en el rostro con fuerza.

—No pensarás salir, ¿verdad? —Oyó decir a Granger unos pasos más atrás.

Él giró la cabeza para mirarla una milésima de segundo antes de poner un pie fuera y empezar a caminar por los terrenos del castillo. Una helada neblina había empezado a cubrirlo todo, calándolos a ambos hasta los huesos. Ella se quejaba continuamente a su espalda, y él hizo un gesto bastante brusco cuando se le ocurrió agarrarle del brazo para intentar que parara. Estaba loca si pensaba que iba a conseguirlo.

Unos minutos más tarde, Draco por fin paró, aunque Hermione estaba segura de que el único motivo había sido que se había topado con el lago de repente. Trató de acompasar su respiración mientras se apoyaba en el árbol más cercano. El frío se colaba en su interior y le helaba los pulmones cada vez que respiraba. Era una locura estar fuera aquel día. Como mínimo pillarían una pulmonía.

—¿Qué diablos te pasa? —dijo ella al fin, cuando logró recuperar el aliento. Debido a la niebla a duras penas podía divisar a Draco de espaldas, parado junto al lago, pero le pareció ver cómo apretaba los puños a sus costados. No entendía esa actitud—. ¡Es sólo un juego!

—¡Tú no lo entiendes! —exclamó él, sin dignarse a mirarla.

—¿Qué se supone que tengo que entender? Lo que no es demasiado normal es ponerse así por perder en una cosa tan simple como un...

—No me educaron para ser un perdedor —le interrumpió—. Ni siquiera en un estúpido juego.

Hermione analizó sus palabras un momento, llegando a la conclusión de que se remontaban a bastante tiempo atrás. Se preguntó qué clase de castigos le habrían impuesto de pequeño para crearle tal trauma. Estaba segura de que su miedo había sido inducido, y no sabía si quería saber si a base de maltrato físico o sicológico.
Suspiró, acercándose a él.

—No lo sabía —dijo, y a pesar de estar pasmada de frío sacó una mano del bolsillo de su túnica y la puso en su espalda.

Estaba claro que Draco no había esperado ese gesto, ya que se movió de tal forma que cortó el contacto. Ella la dejó caer y miró para otro lado. Él bajó la mirada hacia sus manos. Estaban tan cerca que casi se rozaban. Podía sentir la calidez que poco a poco iba desapareciendo en su piel… Y sin saber muy bien por qué, se vio tentado a tocarla. Sin embargo, algo llamó su atención antes de que pudiera hacerlo. Eran dos siluetas aproximándose hacia ellos. Hermione también se percató de ellas, y unos instantes después aparecieron Theo y Luna caminando de la mano.

—Oh.

Aquella fue una expresión generalizada. Theo se miró los pies y Draco se separó disimuladamente de Hermione. Luna, cuyo rubísimo y encrespado cabello caía en cascada por su pecho, miró a los castigados con aquella típica mirada ojerosa y risueña.

—¿Vosotros también habéis venido a ver a las sirenas?

Hermione desvió la mirada hacia el lago durante un par de segundos antes de volver a clavar los ojos en ella.

—¿Sirenas? —preguntó, extrañada.

—Sí —respondió, moviendo la mano que sujetaba la de Theo en un gesto un tanto infantil—. Mi padre dice que les gusta salir a la superficie cuando hay niebla, ya que se sienten seguras de que no serán vistas. Sin embargo, a veces se acercan demasiado a la orilla y quedan expuestas.

Draco frunció el ceño y Hermione puso los brazos en jarra.

—Eso es imposible. Los libros de texto donde hacen referencia a las sirenas explican justamente lo contrario. Las sirenas son seres introvertidos y desconfiados por naturaleza y jamás saldrían a la superficie a no ser que se tratara de un tema de vital importancia, como por asuntos de seguridad de criaturas mágica a tratar con la gente del Ministerio, y aun así sólo se presentarían un par de representantes de su especie —comentó Hermione.

—Oh, no. Eso no es así —dijo la rubia—. Es cierto que son tímidas, pero les encanta salir al exterior.

—Eso no tiene senti… —Hermione dejó de hablar cuando se percató de los ojos de Nott, que parecían implorarle que no le llevara la contraria con un "qué más da"—. Está bien.

—¿Habéis visto alguna sirenita, Theo? —preguntó Draco, mirándose despreocupadamente las uñas de una mano.

Éste apretó los labios y fue Luna quien respondió.

—No. Pero antes me pareció ver una cola sumergiéndose en el agua. Estoy segura de que si caminamos un poco más por ese lado lograremos ver alguna.

—Ya casi es la hora de comer —se apresuró a decir el moreno—. Podemos regresar al castillo para volver a recuperar una temperatura corporal normal y venir más tarde —sugirió, ignorando las muecas que Draco le hacía desde detrás de Hermione.

Luna, que lo miraba fijamente, pareció tomarse su tiempo para sopesar su idea.

—De acuerdo —dijo al fin.


Ya había bastante gente cuando entraron en el gran comedor. Ambas parejas se separaron y Draco y Hermione se dirigieron a la mesa de Gryffindor, sentándose junto a sus amigos. Él no pudo evitar arrugar un poco la nariz al ver a Weasley. No había olvidado el hecho de que había perdido contra él… Pero lo cierto era que ya no se sentía tan ofendido. Aquel sentimiento de deshonra no había desaparecido por completo de su mente, pero aquel día se sentía capaz de tolerarlo. Al fin y al cabo, mañana volvería a ser libre. No había nada más alentador que eso. Además, que el pelirrojo no sacara el tema y que los demás no lo miraran de reojo ayudó bastante.

Todos charlaban y comían de manera despreocupada hasta que se escuchó un fortísimo carraspeo en toda la estancia. La gran mayoría de los alumnos se quedaron en silencio y giraron las cabezas hasta la plataforma que se alzaba al fondo del gran comedor. El director paseaba la mirada de un lado a otro lentamente, esperando con paciencia a que el más despistado de los alumnos guardara silencio.

—Lo sé —dijo Dumbledore entonces—. Sé que no esperabais que diera un discurso un día como hoy. Yo tampoco lo esperaba. No estaba planeado, ni siquiera había pensado en ello hace cinco minutos. Pero he terminado considerando que sería de lo más apropiado comentarlo hoy debido a que mañana seis de vuestros compañeros ya habrán cumplido con su castigo. —Los tres Gryffindor y los tres Slytherin se miraron unos a otros de repente—. Estoy seguro de que todos estáis al tanto del castigo al que me refiero. Por favor Potter, Weasley, Granger, Malfoy, Crabbe y Goyle, venid.

Hubo un momento de tensión en el que los seis parecían tratar de esconderse detrás de otros alumnos para intentar pasar desapercibidos, pero todas las miradas ya estaban puestas en ellos, por lo que no tuvieron más remedio que levantarse y acudir donde se les llamaba.
Las tres parejas subieron los cuatro escalones hasta arriba y caminaron por la tarima hasta donde se encontraba el director. Éste carraspeó de nuevo ante los murmullos que habían empezado a aparecer por parte de los alumnos. El silencio absoluto volvió rápidamente.

—Los compañeros que se encuentran ahora detrás de mí han sido los primeros en experimentar este nuevo castigo, donde se les obliga a permanecer unidos mediante un hechizo fusionador durante un tiempo determinado, con el límite de 5 metros entre ambos. Su finalidad es la de promover la tolerancia y el respeto hacia la otra persona a través de la convivencia. Los profesores ya me han dado sus análisis sobre el comportamiento que han mostrado en sus respectivas clases, coincidiendo todos en que ha habido una clara mejora en la conducta de ambas partes. Había pensado preguntarles a ellos cuál ha sido su experiencia mañana, antes de volver a devolverles su libertad, pero creo que sería mucho más provechoso que lo contaran frente a todos vosotros ya que el equipo directivo y yo mismo estamos pensando establecer este método como habitual ¿Quién quiere empezar? —preguntó, volviéndose hacia ellos.

Ante la sorpresa de todos, Crabbe dio un paso al frente. Ron lo imitó inmediatamente.

—Mi experiencia ha sido positiva —dijo—. He descubierto que Weasley es una buena persona. Al principio sentía que no me tomaba en cuenta, pero pronto empezó a tratarme como un igual. Tenerlo cerca tanto tiempo no ha sido tan malo como esperaba.

Ron le dedicó una agradable sonrisa.

—A mí Crabbe me ha sorprendido. Siempre había pensado que su cerebro era del tamaño de una Snitch —Las risas no se hicieron esperar, pero cesaron cuando el director mandó al orden—, aunque ha resultado ser de esas personas que no hablan mucho, pero que cuando lo hacen dejan a todos con la boca abierta.

—Definitivamente yo voy a extrañar las migas de galletas en el suelo, junto a mi cama —comentó Harry, mirando a Goyle con diversión.

Más risas, esta vez a ellas también se unió la de Dumbledore.
Goyle se dio cuenta de que los demás parecían esperar que dijera algo, por lo que los mofletes se le pusieron colorados de repente.

—Potter es un buen tío —murmuró.

Todos sonrieron y miraron a la última pareja. Draco se irguió, incómodo, y Hermione lo miró de soslayo. Lo cierto era que tenía varios aspectos que criticar de aquel método.

—Yo considero que hay varios puntos a tener en cuenta a la hora de imponer un castigo como éste —empezó a decir—. Mi compañero y yo hemos tenido serios problemas desde el principio, empezando por decidir en qué sala común alojarnos hasta el dilema de tener que sopesar qué hacer con nuestra higiene personal. —Todo el mundo parecía completamente inmerso en sus palabras, por lo que prosiguió—. Esta forma de castigo tiene muchos defectos, entre ellos el hecho de que no nos han proporcionado un horario especial, ya que al pertenecer a casas diferentes hemos perdido varias de nuestras clases programadas. Pero a lo largo de esta semana he observado cómo Harry y Ron han ido entendiendo a Crabbe y Goyle hasta el punto de, no sólo tolerarlos, sino también empezar a entablar una cierta amistad. Y es admirable. Estar constantemente al lado de una persona y saber que tienes que ponerte de acuerdo con ella para evitar darte de bruces contra una barrera invisible definitivamente fomenta la comunicación. Sin embargo, considero que no deberían sobrepasarse ciertos límites. Me consta que para Malfoy ha sido una semana horrible. Para mí… bueno, supongo que he conseguido ver el lado positivo del asunto. Hemos logrado ponernos de acuerdo en la mayoría de las decisiones que debíamos tomar en cada momento, y… y supongo que ahora lo conozco mejor que antes y entiendo muchas cosas —Draco había clavado los ojos en ella desde que comenzó a hablar, y de alguna forma ahora no podía apartarlos. Hermione esperaba que él, como hizo en Las Tres Escobas, se pusiera a despotricar y a hacerles saber a todos lo malo que había sido convivir con ella esa semana. Sin embargo pasaban los segundos y no decía nada, por lo que giró la cabeza para mirarlo. Se encontró con sus ojos al instante y, de repente, una extraña sensación le recorrió la columna vertebral. ¿Por qué la estaba mirando así? ¿Por qué ella no podía quitarle la mirada? ¿Por qué de repente se había olvidado de todo el mundo? No se había olvidado de los demás compañeros y profesores, en realidad habían desaparecido. Ya no estaban. Ahora sólo quedaban ellos y aquella extraña forma de mirarse. Llegaba a ser… intimidante. Quizás incluso enfermiza. No era normal.

El sonido de un cubierto cayendo al suelo en alguna parte del gran comedor hizo que Draco parpadeara. Luego, entrecerró levemente los ojos y dijo:

—Ha sido… interesante.

Acto seguido, miró al frente y Hermione hizo lo mismo. Sí, todos seguían allí, y no parecían tener intención de perderse el mínimo detalle de lo que fuera a pasar ahora.

—Claro, claro —se apresuró a decir el viejo director. Era evidente que él no había pasado por alto ese momento—. Por supuesto señorita, el método tendrá que ser estudiado y mejorado. Ahora, por favor… —prosiguió, haciendo un gesto con la mano para que volvieran a la mesa.

Hermione fijaba la vista al frente mientras caminaba, consciente de que era a ella quien miraba la gente.

—¿Qué ha sido eso? —Escuchó preguntar a Ron unos pasos por delante. Luego, observó cómo Harry se encogía de hombros.

Unos instantes más tarde volvieron a tomar asiento donde siempre. Hermione ignoró por completo la mirada interrogante de Ginny y pinchó un trozo de carne de su plato. Poco a poco el ambiente volvió a la normalidad y todos empezaron a hablar del tiempo, de Quidditch, de la próxima salida a Hogsmeade, de exámenes…

—¿Cómo? —exclamó Hermione después de casi morir atragantada por una judía verde—. ¿Cuándo has dicho que hay examen de Historia de la magia?

Harry la miró, extrañado.

—Mañana —respondió—. Temas 14, 15 y 16. A primera hora.

Hermione abrió mucho los ojos y Draco se inclinó un poco para escuchar la conversación.

—¿Desde cuándo lo sabes? —exigió saber ella. Parecía una amenaza. Su amigo tragó saliva.

—Desde el viernes —murmuró—. Lo dijo en clase.

Hermione se quedó pensativa un momento, tratando de hacer memoria. Pero no tardó en recordar ese momento.

—El día que te quedaste dormido —espetó, girándose hacia Malfoy. Éste se irguió instintivamente.

—Puede ser —comentó.

Ella abrió la boca del asombro.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Por si no lo sabías, si no se saca una media de 50% en cada examen no podemos hacer el examen final, y eso significa tener que repetir la asignatura. ¡Y vosotros! —dijo, volviéndose bruscamente hacia sus amigos—. Si visteis que no estábamos en clase, ¿por qué no nos lo dijisteis después?

—Iba a hacerlo —dijo Ron, poniéndose una mano en el pecho a modo de juramento—. Pero luego apareció Zabini para decirle a Malfoy que tenían entrenamiento y lo olvidé.

Hermione dejó caer los cubiertos sobre el plato y se levantó, muy rígida.

—¿Dónde vas? —preguntó Draco.

Vamos —corrigió ella—. A la biblioteca. No puedo suspender ese examen.

Hermione echó a caminar y él se metió dos rápidas cucharadas de puré en la boca antes de limpiársela con la servilleta, levantarse y salir corriendo tras ella.


Draco la oyó resoplar por quinta vez en un minuto. Pasaba las páginas tan rápidamente que era imposible que hubiera leído siquiera la mitad de una carilla. Fácilmente llevarían ocho horas allí, sentados uno frente al otro con sus respectivos libros y materiales. Habían salido un par de veces para ir al baño, y ella había aceptado a regañadientes ir al gran comedor para cenar algo rápido e, inmediatamente después, volver a la biblioteca. Sin embargo, ninguno había logrado terminar de estudiar un solo tema.

Draco no estaba acostumbrado a llevarse tanto tiempo metido en aquel sitio, y eso repercutía negativamente a su concentración. Le era imposible leer dos líneas haciendo referencia a la aburrida reconquista mágica sin bostezar o quedarse mirando embobado el tintero frente a él.
Hermione sí estaba acostumbrada a pasar tiempo en la biblioteca, pero su forma de estudio era muy diferente. Ella solía ir absorbiendo la información poco a poco, sin prisas ni presiones, analizando cada hecho o apartado importante con lógica y sentido común… pero aquella vez sentía que estaba saturando su mente con demasiada información en tan poco tiempo. Y por primera vez no lograba retener el 75% del contenido que leía. Y se estaba estresando, se estaba estresando mucho.

Un rato más tarde, Draco alzó la mirada. La gente se había ido marchando a medida que la noche iba apareciendo a través de los ventanales, pero Blaise y la chica Weasley seguían sentados unas mesas más allá. También tenían un libro abierto sobre la mesa, pero lo único que hacían era tomarse de las manos y decirse cosas al oído. Draco puso los ojos en blanco y se dispuso a seguir estudiando, pero sus ojos se toparon con Hermione, que lo miraba irritada.

—¿Qué?

—El tema 14 tiene veinte páginas —dijo en voz baja—. El 15 veintidós y el 16 veintinueve.

Él entrecerró los ojos.

—¿Y qué?

—Que es prácticamente imposible que pueda llegar a aprendérmelo todo en un puñado de horas —dijo, visiblemente molesta. Él no parecía dispuesto a responder—. Voy a suspender por tu culpa.

—Sí —concedió él, bostezando—. Probablemente yo también.

—¿Y te da igual? —preguntó ella, incrédula—. ¡Te da igual!

La bibliotecaria le mandó a callar y ella resopló por sexta vez.

—¿De verdad crees que me da igual, Granger? —Draco se reclinó contra la silla y volvió a bostezar.

—Tu actitud no es la de alguien preocupado, desde luego.

—Mi actitud, Granger, es la de alguien demasiado ocupado como para pasarse todo el día en la biblioteca. Por supuesto, gozo de una inteligencia inusual y la mayoría de las veces apruebo sin necesidad de estudiar…

—Das clases particulares de Pociones —le recordó ella.

—No he terminado —dijo él, fulminándola con la mirada—. Decía que a veces apruebo sin tener que estudiar, pero otras… —se inclinó un poco sobre la mesa, y Hermione lo imitó disimuladamente—, otras veces no viene mal una pequeña ayuda.

Ella frunció el ceño.

—Define una pequeña ayuda.

—Podría traducirse como una copia del examen. —Hermione abrió mucho los ojos, mirándolo horrorizada—. No es la primera vez que lo hago. Todo el mundo lo hace. Al parecer el profesor Binns no es gran fan de la seguridad. Al menos no pone mucho empeño en la de su despacho.

Ella seguía mirándolo con los ojos muy abiertos.

—Me niego a copiar en un examen —susurró.

—¿Prefieres suspender y tener que repetir? —preguntó él, despreocupado. Ella suspiró, pasándose una nerviosa mano por el pelo—. Mira, ni tú ni yo queremos eso. Nuestra trayectoria educativa siempre ha sido brillante. Sería una pena que este estúpido castigo lo arruine todo.

—¿Ahora le echas la culpa al castigo?

—Claro —Draco necesitaba que Hermione aceptara ir con él al despacho del profesor Binns, y como buen Slytherin sabía muy bien cómo conseguirlo—. Si no hubiera sido por él tú te hubieras levantado e ido a clase el viernes. No hubieras tenido por qué no enterarte del examen por el hecho de que yo me hubiera quedado dormido. Hubieras tenido todo el viernes, el sábado y el domingo para estudiar y hubieras sacado una buena nota. —La expresión de Hermione se había relajado un poco y ahora se mordía la uña del dedo índice mientras miraba el libro sobre la mesa—. No ha sido tu culpa. Ni siquiera merecías que te castigaran así. De los seis tú eras la única que no había hecho nada, pero supongo que al chalado director le hacía falta un número de alumnos par para poner este castigo, y tú pringaste injustamente. ¿Vas a dejar que esto también te cueste el curso? —A esas alturas Hermione ya negaba levemente con la cabeza, casi convencida—. ¿Qué dirían tus padres si les dijeras que no puedes graduarte este año porque no has aprobado una asignatura?

Ella alzó la mirada y echó un rápido vistazo a su alrededor. Zabini y Ginny ya se habían ido, sólo quedaba un chico Ravenclaw al otro lado de la habitación. Debía ser tarde. Bastante tarde. Se suponía que si caminaban por los pasillos era para volver a la sala común, no para irrumpir a la fuerza en el despacho de un profesor con el propósito de robar las preguntas de un examen. Corrían el riesgo de ser descubiertos, era muy consciente de ello. Pero también sabía que, de lo contrario, no lograría aprobar. Y Malfoy tenía razón. No sería justo para ella. Siempre había trabajado duro, era una estudiante entregada, siempre con ganas de aprender y mejorar sus habilidades mágicas. Prácticamente había leído media biblioteca. Siempre había hecho los trabajos y deberes que mandaban, los obligatorios y los opcionales. En definitiva, ella era alguien que no se merecía no poder graduarse. No cuando siempre había ido al día en todo.
Lo había decidido. Aquella vez se permitiría esa pequeña ayuda.
Lo miró directamente a los ojos y dijo:

—Vamos.


Los pasillos estaban completamente oscuros, y aunque estaban tratando de no hacer ruido, sus pasos resonaban por todas partes. El corazón de Hermione también se escuchaba a distancia. Malfoy sabía muy bien dónde se encontraba el despacho del profesor Binns, por lo que no tardaron demasiado en llegar.

—Van a pillarnos —susurró ella con un hilo de voz.

—Shhh.

Draco estaba encorvado sobre la puerta, con la varita en la mano y moviéndola de un lado a otro. Durante los minutos que él estuvo desbloqueando aquella puerta de despacho, Hermione tuvo tiempo de pensar en lo que estaban haciendo. Un sudor frío empezó a nacerle en la frente. Aquello no estaba bien, no podía acabar bien. Se vio tentada a salir corriendo, pero luego recordó que no iría mucho más lejos de cinco malditos metros.
Echó otra rápida ojeada a lo que él hacía, empezando a impacientarse de verdad.

—¿De verdad sabes…?

—Ya está —le interrumpió él, abriendo la puerta y haciéndose a un lado para dejarle pasar. Luego la volvió a cerrar tras él. Hermione se había quedado clavaba en el suelo. Era la primera vez que rompía tantas reglas a la vez—. Acércate —le dijo Draco, que no llegaba al escritorio.

Ella dio unos pasos más y él al fin pudo abrir los cajones del mismo.
No tuvo que buscar mucho para encontrarlo. Draco alzó una hoja de pergamino con las palabras "Examen de Historia de la Magia. 7º curso. Temas 14, 15 y 16" escritas en grande al principio. Ella se acercó rápidamente para leer las preguntas, pero él apartó el pergamino de su vista.

—Después —dijo—. Ahora tenemos que irnos.

Hermione asintió mientras él daba unos toquecitos en él con su varita. Una copia idéntica apareció de la nada. Draco dejó el original en su sitio, cogió el nuevo y se dispusieron a salir fuera. Tardó unos minutos en volver a poner el sencillo hechizo de seguridad y luego volvieron a caminar dirección a las mazmorras.
Hermione casi había logrado tranquilizarse del todo cuando iban llegando, pero cuando alzó la vista divisó un gato al final del pasillo. Estaba sentado y los observaba con fijación. Agarró a Malfoy de la túnica y lo hizo parar en seco.

—¿Qué…?

Ella señaló al animal. Él entrecerró los ojos al percatarse de su presencia. Estaba demasiado lejos como para poder distinguirlo. ¿Sería la mascota de algún alumno? ¿La gata de Filch? No tenían ni idea. Lo único que sabían con certeza era que si se trataba de McGonagall probablemente aquello que acababan de hacer les costara un precio muy alto.

Hermione estaba a punto de echarse a llorar. Sin embargo, el gato maulló y a la vuelta de la esquina se escuchó la voz del Squib.

—¿Hay alguien ahí, preciosa?

Malfoy agarró a Hermione del brazo y echaron a correr en la dirección contraria a la que estaban yendo. Filch no tardaría en doblar la esquina, e irremediablemente los vería si no se daban prisa. Tenían que decidir si girar a la izquierda o a la derecha al final del pasillo. No podían tirar cada uno por un lado. Acabarían con una nariz sangrando y una expulsión asegurada. Draco volvió a cogerla del brazo y ambos giraron a la izquierda, pero se quedaron clavados en el suelo. No tenía salida. Giraron sobre ellos mismos y vieron que el pasillo que llevaba a las escaleras estaba a la derecha.

Draco maldijo por lo bajo al castillo, a sus miles de pasadizos y a los pasillos sin salida.
Ya no tenían tiempo de echar a correr hacia el otro lado, pues ya se escuchaba la torpe carrera de Filch por el pasillo contiguo. Draco abrió la única puerta que había y miró su interior, horrorizado. Era un cuartillo de escobas. Pequeño. Pequeñísimo. Pero no había otra opción. Se hizo hueco dando un par de patadas a las escobas y entró.

—¡Granger! —susurró.

—No cabemos —respondió ella, hiperventilando. Y era verdad. No cabían. Apenas había sitio para él.

Pero tenían que intentarlo. La cogió de la mano y tiró de ella con fuerza, haciendo que impactara contra su pecho con violencia. Él se pinchaba los tobillos con las ramitas secas de las escobas, pero no había tiempo para ponerse exigente. Draco se pegó todo lo que pudo a la pared y Hermione puso los brazos alrededor de su cuello. Él movió su varita para hacer que se cerrara la puerta, pero chocaba contra los talones de Granger. Entonces ella se puso de puntillas, lo cual hizo que tuviera que dejar caer parte de su cuerpo contra Draco. Pero hizo que la puerta cerrara.
Escuchaban los rápidos pasos de Filch aproximándose. Si los pillaba, lo lamentarían bastante. Cada vez más cerca. Lo lógico era que mirara hacia la izquierda y al no ver a nadie se desviara hacia la derecha, pero… ¿Y si le daba por mirar dentro del cuartillo? Tensión. Sentían ambos corazones latiendo en los dos cuerpos. Estaban igual de asustados ¿verdad? Completa oscuridad. La respiración entrecortada. Algún que otro estremecimiento. El aliento de uno sobre el del otro. La proximidad. Él la sujetaba por la cintura. Ella sintió algo creciendo bajo su túnica. Y Filch ya hacía bastante que había girado a la derecha.
El corazón de Hermione latió –inclusive– más fuerte que antes ante la perspectiva de decir en voz alta lo que estaba pensando… pero parecía que en la penumbra era mucho más fácil hacerlo.

—¿En qué pensabas antes? —preguntó en un débil susurro.

Draco supo enseguida que se refería a aquel momento delante de todo el gran comedor.

—En tu habilidad para verle el lado bueno a las peores situaciones —respondió. También era más fácil para él decir aquello en la oscuridad—. Y en que tal vez yo también debería empezar a sacar lo positivo de las cosas… como este instante.

Hermione se mordió un labio. Agradeció el hecho de que no pudiera verla.

—¿Esto es positivo, Malfoy?

La erección se hizo mucho más pronunciada entre sus piernas. ¿Lo era? Bueno, había conseguido una copia del examen de mañana, Filch no los había descubierto, y el cuerpo de la Gryffindor parecía solapado al suyo. Olisqueó un poco. Le encantaba el olor a vainilla de su pelo, aunque no podía recordar un momento de su vida anterior a aquel castigo en el que ese aroma en especial le hubiera llamado la atención. Le gustaba el contacto de sus dedos en su nuca, porque él era frío y ellos estaban calientes. Era agradable. Como la curvatura de su espalda, como la sensación que provocaba en él.

—Muy positivo, Granger.

No le dio tiempo a responder. Los labios de Draco se encontraron con los de Hermione, y ella no opuso resistencia. A pesar de que era un idiota, la atracción física que sentía por él era indudable. Innegable. Y, vaya, a él le pasaba lo mismo. No se le hubiera ocurrido jamás… pero sí, sus lenguas ahora se exploraban, iban, venían. Sus manos también, bajo las túnicas. El culo de Granger estaba más firme de lo que pensaba, aunque claro, verlo no era lo mismo que tocarlo.

—Esto está mal —susurró ella, sofocada.

Draco la había escuchado, pero no había respondido. Lo sabía muy bien. Estaba mal, fatal, y tal vez deberían parar... Ella se inclinó un poco más sobre él y le mordió el labio. Él rugió. Había despertado su instinto más animal. Ya no había vuelta atrás.
Le importunaba el hecho de no poder moverse. Lo único en lo que pensaba era en tirarla en la cama, ponerla de todas las posturas posibles, observarla, recorrer sus curvas con los ojos… un cuartillo de escobas no era el sitio más cómodo, pero acabaría haciéndoselo contra una de las paredes del castillo antes de llegar a la sala común. Así que le quitó la túnica y la tiró al suelo. Después se deshizo de su camisa y, por último, desabrochó el botón de su pantalón y se lo bajó lo suficiente como para que terminara cayendo con la fuerza de la gravedad. Ella se hizo cargo del cinturón del rubio mientras éste acariciaba sus pechos. Pronto él también estuvo en ropa interior. Aquello era una locura, lo sabía muy bien. Y lo peor era que Zabini había acabado teniendo razón. ¿La parte positiva? No tenía por qué enterarse.
Draco metió la mano entre sus bragas. Al parecer tenía un efecto bastante fuerte sobre su cuerpo. La completa humedad de su sexo le hacía lamerse los labios mientras su erección empezaba a doler bajo los boxers. La acarició unos segundos antes de introducir el dedo corazón en su interior. Ella suspiró, apoyando la cabeza contra la puerta. Ambos eran conscientes de que estaban llegando demasiado lejos, pero si no podían ver lo que pasaba sería como si nunca hubiera ocurrido… ¿No? La oscuridad guardaría su secreto.
Draco introdujo otro dedo, y luego otro más. Estaba realmente excitada. Él también. Demasiado como para retrasarlo más tiempo. Se deshizo de su ropa interior y la cogió en peso, no sin cierta dificultad debido al tamaño del cuartillo. Ella se sujetó a su cuello con una mano y se apartó las braguitas con la otra. No era su primera vez, pero podía contarlas con los dedos de una mano. Draco hundió el rostro en su cuello. Estaba a punto de hacerlo… de follarse a Granger. Y aunque su instinto depredador era fortísimo, había un pequeño rumor en su cabeza que trataba de hacerle entender lo absurdo de la situación. ¡Era ella! ¡Era Granger! Qué locura. Y qué ardor. Movió la cabeza tratando de deshacerse de esos pensamientos. Podría arrepentirse más tarde, ¿verdad? Sí, seguro que se arrepentiría… pero hasta entonces podía tomarla. Llegados a ese punto ya era pura necesidad. Draco la sujetaba contra la puerta con un brazo, aplastándola con su peso. Con la mano libre agarró su erección y la puso entre sus piernas. Ella contuvo el aliento cuando la introdujo levemente. Volvió a sacarla y a meterla un poco más. El flujo de su cuerpo lo llenaba a su paso. Otra vez fuera, y otra vez dentro. Esta vez hasta el fondo. Ella gimió demasiado fuerte y él estampó los labios contra los suyos para hacerla callar, pero también acabó profiriendo algún que otro gemido. Porque se sentía tan jodidamente bien que era imposible guardarlo dentro. Rasgaban su garganta y salían al exterior sin su permiso. Pero es que sus piernas se habían enlazado a su cintura y lo tenían preso, sus manos se perdían en su pelo y lo atraían a ella con demasiada fuerza… y su interior era tan cálido…
Sentía su sexo latir de puro placer, a ella moviéndose sobre él, algún fugaz beso de vez en cuando.
Todo era demasiado extraño… pero a juzgar por la fuerza con la que la embestía aquello era real. Ridícula y absolutamente real.
Varios palos de escoba resbalaron y se interpusieron entre ellos. Hermione las echó a un lado y volvió a gemir. Qué insensatez… pero qué bien lo hacía. Sus movimientos eran precisos, firmes, y la hacían estremecer a cada momento. Era tal y como alguna vez lo había imaginado. Sofoco. Mucho calor. Los cuerpos de ambos irradiaban fuego, en las palmas de sus manos sudor. Era demasiado bueno. Y cada vez más, y más, y más... Draco agarró sus nalgas con fuerza y la hizo moverse hacia arriba y hacia abajo con más rapidez. El placer concentrado en su sexo se hacía cada vez más y más latente, más y más duro. Hermione era consciente de aquello. Lo sentía arremeter contra ella una y otra vez, como si no pudiera parar, como si no quisiera parar.
Pero el climax era inminente. Ambos lo sabían. Aquel apasionado arrebato estaba a punto de llegar a su fin. Él quiso apartarse, pero ella se lo impidió.

—Acaba dentro —le ordenó.

Draco la agarró del pelo con una mano y atrajo su rostro hasta él. Le metió la lengua en la boca mientras sentía la erección de su sexo estallar poco a poco. Descargas eléctricas. Espasmos. Ni siquiera pensó la de problemas que podría acarrearle un embarazo con ella. En realidad no pensó en nada. Simplemente obedeció. Hermione también llegó a la cima de aquella sensación, y ambos se quedaron quietos un momento. Sus respiraciones entrecortadas les hacían recordar lo que acababan de hacer. Qué vergüenza. Qué delirio.
Draco salió de ella poco a poco y la dejó en el suelo, pero no separó las manos de su cintura hasta unos minutos después, minutos que los dos se habían tomado para asimilarlo todo.
Hermione se recogió el pelo detrás de la oreja. Le urgía volver a vestirse… pero no había forma de hacerlo dentro de aquel lugar, así que giró el torso todo lo que el reducido espacio se lo permitía y abrió la puerta. Una tenue luz entró dentro, iluminando el cuerpo desnudo de Malfoy. Éste, lejos de avergonzarse o tratar de taparse se quedó ahí, mirándola de arriba abajo mientras se mordía el labio con ese toque prepotente y altivo que le caracterizaba. Hermione apartó la mirada y cogió su ropa del suelo. Empezó a vestirse, y Draco hizo lo mismo. Luego, volvieron a cerrar aquella puerta y caminaron en silencio hasta las mazmorras, esta vez sin verse sorprendidos por Filch.
Al entrar, Draco volvió a mirarle el trasero mientras se adelantaba.

—¿Puedo verlo ahora? —preguntó. Él arqueó una ceja—. El examen.

Una sonrisa ladeada se dibujó en los labios de Draco cuando entendió a lo que se refería. Se metió una mano en el interior de la arrugada túnica y le tendió el pergamino. Ella lo cogió y se sentó en el sofá, abriendo el libro de la asignatura sobre su regazo.
Draco se apoyó en la pared y se cruzó de brazos mientras la observaba. Era lo más arriesgado que había hecho nunca. También lo menos inteligente. Y estaba seguro de que era lo mismo para ella… pero a juzgar por su ceño fruncido, parecía completamente capaz de concentrarse después de todo.
Quizás él también debiera…
Unos segundos más tarde, caminó hasta ella y se sentó a su lado.
Él también tenía que aprobar ese examen.


Cuando el profesor Binns anunció el día siguiente que el examen había acabado, las hojas de pergamino de todos los alumnos se dieron la vuelta automáticamente. Se escuchó en el aula alguna que otra queja de aquellos a los que no les había dado tiempo de terminar. Sin embargo, Draco y Hermione habían dejado de escribir hacía bastante. Ella había esperado pacientemente mientras repasaba una y otra vez sus respuestas, él se había hundido un poco en el asiento y miraba a todos con autosuficiencia. Los pergaminos se elevaron de las mesas y volaron hasta el escritorio del profesor, apilándose una encima de otra con gran precisión.

—Ha llegado el momento —dijo Harry, sentado en la mesa de atrás, junto a Goyle.

—¿Os dio tiempo a estudiar? —preguntó Ron al salir todos juntos del aula.

Draco y ella se miraron.

—Supimos aprovechar el tiempo —respondió él. Hermione giró la cabeza para ocultar el atisbo de sonrisa que había amenazado con aparecer en sus labios.

Comentaron el examen mientras caminaban hacia el despacho del director para, por fin, recuperar su libertad. Hermione no hizo demasiados comentarios al respecto. Todavía se sentía un poco culpable por el hecho de haber copiado… se habían arriesgado demasiado y habían acabado dentro de un pequeñísimo cuartillo de escobas para evitar ser descubiertos… todavía no era capaz de pensar en lo que había pasado después. No mientras él siguiera pegado a ella.
Cuando llegaron a las escaleras que daban al despacho, Draco agarró a Hermione del brazo y la retuvo un momento mientras los demás empezaban a subir.

—¿Qué va a pasar con lo de ayer? —preguntó.

—Cuando terminemos aquí voy a ir a Hogsmeade a… —bajó la voz a un susurro—, a comprar una poción anticonceptiva.

—Bien —respondió él, soltándola y dirigiéndose a las escaleras.

Dumbledore los esperaba con una sonrisa en el rostro.

—Tenía mis dudas de que lograrais aguantar una semana sin iniciar un duelo clandestino en cualquier momento. Sin embargo, hoy estáis aquí y no he recibido quejas de vuestro comportamiento —comentó, acercándose a Ron y Vincent con la varita en la mano—. Espero que esta experiencia os haya hecho madurar —Movió la varita circular y ascendentemente ante ambos y luego se aproximó a Harry y Gregory—, entender vuestros diferentes puntos de vista —Volvió a mover la varita durante unos segundos y dio un par de pasos hasta quedar frente a Draco y Hermione—, y, sobre todo, llegar a conoceros mejor.

Ambos se dedicaron una última mirada antes de que la punta de aquella varita los apuntara y volviera a hacerles personas libres.


—Bueno —dijo Harry cuando volvieron a salir al pasillo—. Nos veremos por ahí.

—Eso —coincidió Ron, acercándose a él—. ¿Hermione? —Le hizo un gesto para que volviera a unirse a ellos.

Ella negó con la cabeza y metió las manos en los bolsillos de la túnica.

—Luego me reúno con vosotros. Ahora tengo que ir un momento a Hogsmeade.

—Ah —respondió Harry—, pues vamos contigo. Total, no hay mucho más que hacer hoy.

Draco puso la espalda recta y se apresuró a decir:

—No. Yo iré con ella.

Todos se miraron un momento, un tanto extrañados. Ella prefirió no dejar que pasara más tiempo.

—Luego nos vemos.

Se despidió y echó a caminar, aún con Malfoy pisándole los talones.


Aquel día no era tan frío como el anterior. De hecho el sol brillaba sobre ellos.
Al llegar a la farmacia Mullpepers, Draco sujetó la puerta para que pasara.

—Me quedo por aquí —dijo, apoyándose en la pared más cercana.

Ella se acercó al mostrador con pasos cortos. Era extraño no tener que pensar que iba a darse de bruces contra un muro invisible. Se giró para mirarlo. Él se miraba los zapatos con una mezcla de aburrimiento e impaciencia en el rostro. Definitivamente estaba más lejos de lo que le habían permitido aquellos días. Sin embargo, seguía ahí.
Una bruja de unos treinta y pocos, ataviada con una bata y con el pelo recogido en una cola alta salió del almacén para atenderla.

—Quisiera una… —era la primera vez que necesitaba ir a comprar aquello—, una poción anticonceptiva.

La mujer la miró, luego le echó un rápido vistazo al muchacho que esperaba cerca de la puerta. Asintió y empezó a buscar en una de las estanterías de su espalda. Pronto dejó sobre el mostrador un botecito de cristal con un líquido violeta en su interior.
Hermione pagó y se guardó el bote en el interior de su túnica. Caminó hacia la salida y Draco la siguió fuera. Tenía que tomársela cuanto antes. Pero no allí, a la vista de todos. Tampoco por los alrededores del castillo.

—Ven —dijo él—, conozco un sitio.

Caminaron unos diez minutos por el pueblo hasta dar con un pequeño parque rodeado de árboles y plantas. Siguieron el sendero de gravilla y se sentaron en uno de los bancos más alejados de los edificios. Desde allí no se veía más que naturaleza.

Hermione sacó el botecito y se lo quedó mirando. Leyó la etiqueta que venía en la parte posterior con atención. Draco la miró a ella mientras lo hacía.
Un par de minutos más tarde, descorchó la poción y se la llevó a los labios sin pensárselo dos veces. Cerró los ojos y tragó el contenido de la misma hasta la última gota. Sabía a rayos. Realmente mal. Y el sabor se le quedó en la boca durante unos segundos más.
Luego, percibió por el rabillo del ojo cómo Draco parecía suspirar y relajarse por completo a su lado.

—No tenías por qué venir —comentó ella—. Te aseguro que iba a tomármela.

—Lo sé —respondió él, encogiéndose de hombros—. Quizás haya sido la costumbre. —Se levantó y echó a caminar dirección al pueblo, pero antes de alejarse demasiado dijo algo más por encima del hombro—: Me había acostumbrado a tenerte cerca.

Hermione tragó saliva mientras lo veía marchar. Desaparecía de su vista por primera vez desde hacía una semana. ¿No era lo que tanto había ansiado desde el primer minuto de aquel dichoso castigo? Él se giró una última vez antes de doblar la esquina.

Ahora no estaba tan segura.


NA2: Aunque haya marcado la historia como "completa" tengo pensado escribir un epílogo.

¡Un beso enorme! Gracias por seguir ahí.

Cristy.