NA: Uf. Ha pasado mucho tiempo desde que dije que escribiría este epílogo, y la verdad es que ha sido un auténtico quebradero de cabeza. Había escrito la mitad, pero llevaba semanas sin inspiración. Hoy me ha venido toda junta y no he podido resistirme a aprovechar el momento :D
GRACIAS POR LEER, POR CADA FAVORITO Y POR CADA REVIEW.
GRACIAS TAMBIÉN POR NOMINAR ESTA HISTORIA EN LOS AMORTENTIA AWARDS.
No puedo estar más feliz :)
EPÍLOGO I: La graduación.
No se había escuchado otro tema de conversación en el castillo durante las dos últimas semanas. Los alumnos de cursos anteriores se habían marchado a sus casas el día anterior con motivo de las vacaciones de verano, pero aquellos del último año que habían logrado ser aptos para graduarse a duras penas podían creer que esas fueran sus últimas horas allí, que estuvieran a punto de dejar atrás los muros del que había sido su hogar durante años para abrir un nuevo capítulo en sus vidas. Algunos tenían muy claro lo que querían hacer. Otros no tanto. Pero lo cierto era que nadie pensaba en eso en aquel momento.
Los alumnos ya iban llegando a la zona de los jardines donde se celebraría la graduación. Los escudos de las diferentes casas levitaban bien visibles al principio del camino de gravilla. Una gran tarima presidía el lugar, y cuatro enormes filas de asientos –cada una con los colores de cada casa– habían sido colocadas frente a ella. Otro gran escudo, esta vez el de Hogwarts, estaba suspendido sobre el estrado, y ondeaba débilmente con la suave brisa que los acompañaba.
Draco observó a un puñado de pequeños pájaros que cantaban alegremente sobre uno de los árboles más altos del lugar. Cuando se había levantado aquella mañana y había mirado por la ventana habría jurado que parecía que el cielo iba a estar encapotado todo el día. Ahora, sentado en la primera fila de los asientos de su casa, vestido de manera exquisita con un delicado y carísimo traje confeccionado por duendes irlandeses y disfrutando del agradable y cálido aire que los envolvía, supuso que Dumbledore habría terminado modificando la meteorología a su antojo.
Unas risas llamaron su atención en las filas de al lado. Se topó con una nerviosa señora Weasley que parecía tratar de poner bien la corbata roja de su hijo menor mientras éste intentaba esquivar las chispas explosivas que los gemelos no paraban de lanzarle desde el otro lado de su fila de asientos. También vio al señor Weasley junto a un par de pelirrojos más que no pudo reconocer. Recordó entonces el instante en el que su hija los había alcanzado a él y a Blaise en el pasillo, justo cuando estaban a punto de salir fuera, alegando que tenía una "sorpresa" para su amigo por motivo de su graduación. No pudo evitar sentir un estremecimiento al imaginar lo que estarían haciendo en ese momento.
Sacudió la cabeza violentamente y, para tratar de librarse de esos pensamientos, fijó la vista en las personas que hablaban con Potter. A su derecha, una mujer pelirroja sostenía la mano de su hijo con fuerza mientras que su padre, cuyo parecido era más que evidente, le hablaba animadamente a su izquierda. Una tercera persona con el cabello descuidado y barba de varios días intervenía en la conversación de vez en cuando. Draco creyó oír a Potter referirse a él como Sirius… Pero realmente no le importaba demasiado quiénes fueran los invitados de esos dos. En medio de todas aquellas personas echaba en falta a alguien. Estaba completamente seguro de que habría superado por mucho las notas mínimas exigidas para graduarse. Miró disimuladamente entre la gente, se irguió todo lo que pudo y alzó un poco más la cabeza con el fin de tener un mejor ángulo de visión. Se percató de que junto a los Potter y Weasley había unos cuantos asientos vacíos, pero una voz a su lado le hizo dar un respingo en el sitio.
—¿Buscas a alguien?
Draco miró a su madre, con su característico pelo repeinado y un elegante vestido de seda verde, sentada a su lado. Ella arqueó una ceja, esperando una respuesta. Por supuesto no había pasado por alto el hecho de que su hijo pareciera tener algún interés en comprobar la asistencia de alguien que parecía no pertenecer a su propia casa. Su padre no había ido a su graduación por temas de trabajo, así que su madre no tenía otra cosa que hacer que observar lo que hacía. Cuando Draco abrió la boca para contestar, todavía no estaba seguro de qué decir exactamente.
—Buenas tardes a todos. —A Draco la voz de Dumbledore nunca antes le había parecido tan interesante. Éste estaba frente al atril mientras que todos los demás profesores se encontraban unos pasos más allá sobre la tarima. Draco se irguió recto en la silla y fingió poner toda su atención en el director, que acababa de salvarle de una situación cuanto menos incómoda con su madre. Ésta escrudiñó la expresión de su hijo con atención durante unos segundos, pero luego lo imitó y miró al frente—. Es para mí un orgullo daros la bienvenida a todos los presentes a este nuevo acto de graduación del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Los muros de este castillo acogieron desde el principio con los brazos abiertos a los alumnos que hoy se marchan para siempre. Y aunque no es propio de mí hablar en sentido figurado, debo admitir que esta última afirmación no puede ser más errónea. Sí, os marcháis para siempre si hablamos de vosotros como estudiantes. Pero este colegio seguirá acogiendo gustoso a las generaciones venideras, ¿y quién os dice que no volveréis dentro de unos años para asistir a la graduación de vuestros hijos? Aunque estoy seguro de que algunos de vosotros no tardaréis en volver a poner un pie en las aulas… esta vez para transmitir conocimientos y enseñar lo que una vez aprendisteis como alumnos. —El director hizo una pausa, durante la cual pareció sonreírle a alguien. Draco siguió su mirada y se encontró con Longbottom, cuyo rostro se había iluminado de repente—. Siete años. Siete años de vuestras vidas en los que habéis adquirido los conocimientos necesarios para salir ahí fuera y conseguir vuestro puesto de trabajo soñado. Y da igual si queréis ser medimagos, trabajar para el Ministerio o sirviendo mesas en alguna taberna de Hogsmeade. Lo importante es que hoy saldréis de aquí con la certeza de haber crecido como personas y con la gratificante sensación de saberos libres para poder perseguir vuestros sueños, pero sobre todo con las ganas y la determinación necesaria para mostrar al mundo lo que os define y hace únicos, más allá del intelecto y la apariencia. —Dumbledore recorrió el lugar y a todos los presentes con los ojos mientras sonreía—. Me constan todos y cada uno de los lazos de amistad que habéis entablado con el tiempo. Si me permitís que os dé un último consejo de vida, sin duda os animaría a no perder esos vínculos que se forjan con tanto esfuerzo pero que se desvanecen con impresionante rapidez si no se cuidan. Da igual la cantidad de Excelentes que hayáis obtenido en los ÉXTASIS, dan igual los logros que hayáis conseguido en vuestra vida, da igual lo que cobréis cuando acaba el mes, si al final del día no tenéis a nadie a quien acudir, con quien hablar y compartir vuestras frustraciones y alegrías, creedme cuando os digo que no tenéis absolutamente nada.
Alguien entre el público empezó a aplaudir en ese momento y una lluvia de aplausos no tardó en unírsele de inmediato. Draco miró un poco por encima de su hombro. Sólo unas pocas personas de su fila de asientos decidieron aplaudir también de una manera un poco más discreta.
El director extendió su discurso unos minutos más y acto seguido dio paso a aquellos profesores que querían contar alguna que otra anécdota y despedirse de sus alumnos. Luego, Dumbledore sacó la varita del interior de su túnica de gala y la movió con precisión, haciendo aparecer una mesa de madera oscura con un montón de diplomas colocados en forma de pirámide sobre ella y enrollados con una cinta amarilla.
—Sin más dilaciones, pido que se acerquen los alumnos pertenecientes a la noble casa Hufflepuff.
Un poco más tarde, fue el turno de los alumnos de Ravenclaw. Draco estaba empezando a hundirse en su silla de puro aburrimiento cuando se percató de que el último chico al que le habían entregado su diploma con la correspondiente cinta azul estaba terminando de bajar las escaleras y volviendo a su asiento.
El director movió su varita por tercera vez.
—Slytherin, si sois tan amables…
Draco se puso en pie de inmediato, se planchó el para nada arrugado traje con las manos y subió a la tarima, seguido de todos sus compañeros de casa.
Cuando dijeron su nombre, tal y como había pasado con los alumnos anteriores, recibió unos cuantos aplausos mientras caminaba con paso firme y determinación hasta encontrarse con Snape, que le tendió su diploma de cinta verde y asintió levemente con la cabeza a modo de felicitación.
Draco mantuvo su buen estar mientras llamaban a sus otros compañeros. Pansy se contoneó con su espectacular vestido rojo cuando fue su turno, Theo lanzó un beso al aire para Lovegood. Tanto a Vincent como a Gregory les faltó superar un par de asignaturas, por lo que ese día no estaban ahí con los demás. Era una lástima. Draco hubiera pagado con su fortuna por verlos aparecer embutidos en un traje de chaqueta. Blaise apareció de la nada, tomó su diploma y se plantó al lado del rubio. No supo decir en qué momento había vuelto, pero estaba seguro de que había llegado por los pelos a juzgar por el nudo mal hecho de su corbata y su pelo alborotado. Draco metió la mano en su bolsillo, sacó la punta de la varita y apuntó con ella al cuello de su acalorado amigo.
—Te recuerdo que somos magos —le dijo con disimulo mientras esperaban a que los demás recibieran sus respectivos diplomas—. El nudo de una simple corbata no debería ser un problema para nosotros.
Un ligero movimiento de muñeca y la corbata de su amigo se anudó correctamente a una velocidad vertiginosa.
—Es una diosa. —Fue lo único que susurró Blaise, que parecía un poco en trance, mientras se pasaba una mano por el pelo. Draco no pudo evitar hacer una mueca al respecto.
Todos ellos bajaron con un aplauso general y Draco volvió a sentarse al lado de su madre. Ésta le había tocado el hombro a modo de enhorabuena, pero ahora se encontraba charlando con la madre de Pansy, sentada a su lado, sobre alguna cosa de mujeres de la que Draco no tenía el mínimo interés.
Dumbledore hizo aparecer el último montón de diplomas, esta vez enrollados con cinta roja. Todos los Gryffindor se pusieron en pie y empezaron a subir a la tarima. Él miraba por el rabillo del ojo la fila de personas que se había formado a su lado. Era extraño que no estuviera… pero aquello era estúpido. ¿Por qué la buscaba? Si no quería ir a su propia graduación era su maldito problema. Iba a dejar de hacer aquello en ese mismo instante. No era algo propio de él, en absoluto.
La sola idea de no verla aquel día le causaba un inusual malestar interior, cosa que, por supuesto, no hacía más que agravar su enfado consigo mismo.
Draco se encontraba inmerso en sus contrariados pensamientos cuando alguien pasó corriendo por su lado. Fue sólo un borrón hasta que consiguió enfocar los ojos y verla subir las pequeñas escaleras y mezclarse disimuladamente entre sus compañeros. Draco se enderezó de repente. Lo único que había logrado distinguir había sido su cabello, el cual parecía haber sido alisado y recogido en un moño despeinado del que se escapaba algún que otro mechoncito y caía de manera desenfadada por su espalda descubierta.
Por lo poco que pudo apreciar en esos breves segundos, su vestido era de un blanco inmaculado, y a pesar de dejar desnuda su espalda se ceñía a su cuerpo con precisión hasta abrirse a la altura de sus rodillas en una cola trasera.
Draco no pudo evitar, después de lo que le pareció una infinidad de tiempo hasta que dijeron su nombre, fijar la vista en ella y en su manera de caminar a través de la tarima para recibir su diploma de mano de McGonagall. Una exhalación llamó su atención en las filas de al lado, haciéndole desviar la mirada. Dos personas a las que no había visto en su vida, cuya vestimenta parecía bastante muggle, se habían sentado junto a los Weasley. El hombre agarraba a la mujer por el hombro, frotándolo con cariño. Ella se había llevado una mano a los labios, visiblemente emocionada.
Draco se encontró conteniendo el aliento. Era igual que ella. Y lo extraño era que parecía evidente que el paso de los años la haría verse exactamente como esa mujer sentada a sólo unos metros de él.
La gente empezó a ponerse en pie y Draco apartó la vista de inmediato. Agradeció sobremanera el hecho de que su madre hubiera estado tan metida en la conversación con su amiga como para haberse percatado de su mirada distraída.
Varias docenas de mesas pequeñas y altas habían aparecido más allá, un poco más cerca del castillo, todas ellas con un par de platos de aperitivos y snacks. Los recién graduados y sus amigos y familiares se dirigieron allí, donde habían empezado a llegar algunos elfos a los que se les había asignado la tarea de hacer aparecer la bebida que se les pedía en el momento con un simple chasquido de dedos.
Draco y su madre, así como Pansy y la suya, habían rodeado una de ellas. Algo lejos de donde estaban, los Weasley habían necesitado un par. El rubio observó cómo uno de ellos arrimaba con magia una mesa más para los Potter. Curiosamente, Snape iba con ellos. La señora Potter le tocó el brazo mientras hablaban y él sonrió ampliamente. Estaba seguro de que era la primera vez que veía a Snape sonreír así. Aunque tal vez fuera más apropiado decir que era la primera vez que lo veía sonreír, a secas.
De repente, Pansy caminó disimuladamente delante de él para llamar su atención. Él arqueó una ceja en respuesta.
—Llevo tiempo esperando este momento —comentó ella.
—Todo el mundo quería graduarse de una vez —dijo él, quitándole de las manos a un elfo que pasaba por allí una copa de vino tinto.
—No me refería a la graduación —respondió ella, mordiéndose un labio mientras lo miraba de arriba abajo—. Lo que tengo ganas es de compartir contigo la pista de baile.
Draco casi se atraganta con el sorbo que acababa de tomar.
—Yo no bailo —dijo tajante. Era demasiado consciente de su nefasta habilidad para el baile, aunque algo le decía que ella no iba a dejarlo escapar tan fácilmente.
—Oh, vamos —Pansy se había acercado a él y ahora le pasaba el dedo índice por la solapa del traje—. Estás muy sexy con esta ropa. Apuesto a que se ceñiría mucho mejor a tu cuerpo si te movieras un poco más con ella.
Su compañera le guiñó un ojo y empezó a alejarse para reunirse con sus amigas. Draco se topó con la mirada de la señora Granger mientras la veía marcharse. A pesar de la distancia entre ellos, sus intensos ojos marrones se clavaban en él mientras su hija le susurraba algo al oído. Intentó apartar la mirada, pero se sentía demasiado intimidado por aquella mujer, que parecía examinarlo con detenimiento. ¿Por qué lo miraba de esa forma? Hermione Granger no estaba hablándole de él, ¿verdad?
—¿Verdad, Draco?
El aludido parpadeó un par de veces antes de girar la cabeza hacia su madre.
—¿Qué?
Ella entrecerró los ojos un momento.
—Le estaba diciendo a Guida que quieres trabajar en el Ministerio, como tu padre.
—Ah. —Eran ellos los que querían que trabajara allí. Su padre incluso le había conseguido una entrevista (amañada, por supuesto) para un puesto en su departamento—. Sí.
Había empezado a anochecer cuando la voz de Dumbledore pidió un momento de atención.
—Me complace anunciar que es hora de despedirse de amigos y familiares. En breves instantes daremos comienzo al baile privado y exclusivo de los graduados. —Draco divisó al director a lo lejos. Mantenía su varita pegada al cuello y la cabeza alta mientras hablaba—. Esta será su última noche en el castillo, por lo que se les permitirá disponer de él en su totalidad. He de recordar que sigue estando prohibido visitar el Bosque prohibido. Aparte de eso, sólo tenéis que tener cuidado con las escaleras si os encontráis en un estado de embriaguez avanzado. No sería la primera vez que varios alumnos olvidan que se mueven a su antojo de camino a sus habitaciones, a las tantas de la madrugada, después de su fiesta de graduación. Se os considera personas adultas, por lo que no habrá supervisión alguna por parte de profesores o mía propia, aunque la enfermería permanecerá abierta toda la noche. —Llegados a ese punto los alumnos parecían ansiosos—. El Expreso partirá hacia Londres en media hora. Todos aquellos que lo deseen pueden tomarlo sin coste alguno. A los familiares muggles se les indicará la salida a King's Cross al llegar.
Un instante después todos empezaron a despedirse de las personas que habían ido hasta allí para acompañarles en su graduación, y cuando no quedó nadie más que los alumnos, las puertas de Hogwarts se abrieron nuevamente para dejarles paso.
Habían desaparecido las largas filas de mesas del Gran Comedor. En su lugar habían colocado una gran pista de baile luminosa en el centro, una enorme barra de bebidas a un lado y una mesa redonda llena de dulces, chocolate y fruta fresca al fondo. Al otro lado, sobre un escenario, esperaba una popular banda a que se llenara el lugar. También había varios bancos de madera repartidos alrededor y una gigantesca lámpara de cristales suspendida sobre ellos. Alguien había decorado la estancia con globos de los colores de cada casa y algún que otro jarrón de pie lleno de flores. La tenue luz que entraba por los ventanales se mezclaba con la que proporcionaban las antorchas en las paredes y las velas en el aire. Hacían de aquel lugar un sitio agradable. Pansy se agarró a su brazo con más fuerza cuando la música empezó a sonar.
—No voy a bailar —le advirtió a medida que tiraba de él hacia la pista.
Pero ella parecía restarle importancia a sus palabras. Había estado comportándose de manera extraña desde que le había pedido que fuera con él al baile de graduación, como si pensara que de repente se había dado cuenta de que ella era la mujer de su vida. Y ya estaba empezando a ponerle de los nervios.
La pista ya se había llenado de alumnos mientras los músicos tocaban una canción muy animada, y tal y como había supuesto anteriormente, Pansy se agarró a su brazo y no lo dejó escaparse en un buen rato. Canción tras canción, Draco intentaba aparentar que se estaba divirtiendo. De vez en cuando trataba de bailar un poco, pero siempre terminaba rindiéndose a la cruda realidad: el baile no era su punto fuerte.
El volumen de la música parecía haber aumentado, y en medio de la multitud Draco tuvo la sensación de que allí había más gente de la que debía. Su acompañante seguía sujetando su mano y tratando de hacerle bailar con ella, pero él había alzado la cabeza e intentaba buscar con la mirada a Theo o Blaise. Cuando por fin encontró a este último, estaba acompañado por alguien con la cabellera pelirroja.
Se acercó a Pansy para que pudiera escucharla.
—Me voy con Blaise —le dijo.
A Draco le daba igual si interrumpía a su amigo, y por lo visto a ella tampoco le suponía un gran esfuerzo seguir molestándolo a él, porque asintió con la cabeza y lo siguió entre la gente.
Blaise y Weasley parecían ser el centro de atención de aquel lado de la pista. Él se movía con gran salero y gracia, parecía que llevaba dedicándose al baile desde siempre. Ella meneaba su cuerpo acorde al de él de manera elegante y grácil, y si no fuera porque sabía que no era cierto, hubiera jurado que aquella coreografía estaba pactada de antemano. Pansy se cruzó de brazos a su lado, y Draco la miró por el rabillo del ojo. Había hecho un mohín y observaba con celos la forma en que parecían compenetrarse el uno con el otro. La gran sonrisa de Blaise relucía desde lejos, la lisa cabellera de su pareja de baile parecía ser la envidia de las chicas de alrededor. Su amigo había puesto una mano en su baja espalda y la apretaba contra él a medida que se movían de una manera sensual y agradable a la vista.
Cuando la canción terminó, la gente fingió no estar mirando. Draco se acercó a su amigo y le dio un par de palmaditas en la espalda. La pelirroja suspiró debido al cansancio provocado por el baile. Pansy la miró con los ojos entrecerrados.
—Pensaba que esta fiesta era exclusivamente para los graduados —espetó.
La pequeña de los Weasley se echó un mechón de pelo hacia atrás con estilo y la miró directamente a los ojos.
—No soy la única que se ha colado. Sólo mira a tu alrededor.
Draco lo hizo. Era obvio que allí había gente de otros años, y no sólo unos cuantos.
—Que podamos disponer de todo el castillo y que no haya profesores supervisando me pone muchísimo. —La confesión de su amigo en su oído le había pillado desprevenido. Parecía desprender testosterona por cada poro de su piel, y Draco se percató de que estaba tratando por todos los medios de ocultar la erección de su pantalón bajo la chaqueta del traje—. Lo mismo me la llevo al aula de Pociones, o a la de Transformaciones… o a la que ella quiera. Me da igual. Pero dudo que pueda aguantar esto mucho tiempo. Créeme cuando digo que es una diosa.
Draco hizo una mueca de asco. ¿Por qué le contaba que se quería tirar a Weasley en las aulas del colegio? Es decir, se trataba de esa pecosa chica pelirroja de Gryffindor. La pequeña del clan Comadreja. No entendía qué diablos veía en ella, y mucho menos qué le hacía querer compartir las ganas que le tenía con él.
Otra canción empezó a sonar y ambos volvieron a bailar, cada vez más pegados. Pansy siguió intentando que él le prestara atención, sin éxito. Finalmente pareció darse por vencida y se puso a bailar con un grupo de chicas Slytherin cerca de donde estaban. Él esperaba a que Blaise dejara de bailar cuando se dio cuenta de que hacía tiempo que no la veía. ¿Estaría allí o se habría cansado de la fiesta y se habría ido a dormir? Era difícil saberlo cuando el Gran Comedor estaba atestado de gente. Sin darse cuenta empezó a buscarla con la mirada, pero realmente parecía una tarea estúpida. No iba a encontrarla, y eso le provocaba malestar en la boca del estómago.
La canción terminó unos minutos más tarde, y Draco se percató de que Blaise tomaba la mano de Weasley y tiraba de ella hacia fuera de la pista sin ni siquiera despedirse. Cuando la pelirroja pasó por su lado, se puso de puntillas y le susurró al oído:
—Está en la otra punta.
Draco se quedó clavado en el suelo mientras la veía guiñarle un ojo a medida que se alejaba con su amigo. Y sin saber cómo, sus pies empezaron a andar. Dejó atrás a Pansy y caminó por entre la gente, dando algún que otro empujón al recibir un par de pisotones y mirando con aire petulante a cualquiera que se interpusiera en su camino. No sabía muy bien a dónde se suponía que iba, ni por qué… pero simplemente se dejó llevar por el impulso.
Ya casi podía apreciar el final a través de la gente, al otro lado podía ver la barra de las bebidas. Apartó a unos cuantos alumnos más y por fin salió fuera de la aglomeración. Estaba solo, así que optó por servirse algo de beber. Cuando terminó de verter el líquido en la copa, le dio un gran sorbo. Aquel whiskey de fuego estaba tremendo. Un ardor empezó a bajar por su garganta, abrasando todo a su paso. Sin nada mejor que hacer, pensó que podría sentarse en uno de los bancos y esperar a ver si pasaba algo interesante a lo largo de la noche… pero llegó antes de lo esperado. Cuando se sentó en el banco libre más cercano se percató de que la persona que bailaba frente a él era nada más y nada menos que Granger. Sorprendido, se pasó una cuidadosa mano por el fino pelo para comprobar que seguía tan repeinado como debía. Luego, todavía sujetando la copa con la mano derecha, se puso cómodo y se permitió admirar la manera en que se movía. Todavía no se había percatado de su presencia, todavía tenía tiempo de apreciar aquel delicado vestido que tan bien se ceñía a su cuerpo. Parecía estar pasándoselo bien, definitivamente mucho mejor que él. Reía y bailaba con ganas con el grupo en el que estaba. Potter, el chico Weasley, Longbottom, las hermanas Patil… todos parecían divertirse bastante. Potter la tomó de la mano y le hizo dar una vuelta sobre sí misma antes de pegarse un poco más para bailar. Los labios de Draco se fruncieron involuntariamente y los dedos apretaron con más fuerza la copa en su poder. Era extraño estar haciendo eso. Era estúpido sentir enfado por verla bailar con otros hombres, a pesar de que era obvio que ninguno la miraba con deseo o interés sexual. Y eso le confundía. Ella le confundía. No se suponía que debía de estar tan buena bajo su túnica del colegio. No era de esperar que deslumbrara en aquella fiesta la persona que más horas había pasado encerrada en la biblioteca de manera voluntaria. No era lógico. Bajo esa apariencia de sabelotodo y ese pelo indomable, Granger engañaba.
Y acababa de pillarlo mirándole el trasero.
Draco quiso apartar la mirada al percatarse de que sus ojos marrones se habían clavado en él con intensidad, pero contra todo pronóstico le sostuvo la mirada. Ella parecía divertida y extrañada a la vez. Había empezado a moverse de una manera mucho más sensual y provocativa a sabiendas de que la miraba. Lo provocaba. Parecía que le gustaba saber que tenía toda su atención. Podía ver en la expresión de su rostro que se sentía poderosa. Ella cerró los ojos y se mordió un labio mientras se pasaba las manos por el cuerpo… primero por las caderas, luego por la cintura, después rozando disimuladamente sus pechos hasta llegar a su cabeza. El moño despeinado parecía mucho más desgreñado que antes, pero a ella no le importó pasarse una mano por él también.
Llegados a ese punto, Draco había olvidado que aquella era una fiesta de graduación llena de gente en la que cualquiera podía ver el bulto que acababa de formarse entre sus piernas.
Sabiéndose poderosa, ella lo miró a los ojos una vez más para que le confirmara si quería salir fuera. Sabía de sobra que iba a decirle que sí. Draco asintió con la cabeza y la miró mientras empezaba a caminar hacia él. Su grupo parecía no haberse dado cuenta de que se marchaba. Cuando estuvo cerca de donde se encontraba, se desvió hasta la salida. Draco dejó la copa sobre el banco, se levantó y, como si aquello le recordara a algo vivido anteriormente, empezó a seguirla como si tuviera no más de cinco metros de separación.
Fuera del Gran Comedor estaba oscuro, sólo unas cuantas antorchas sujetas a la pared iluminaban el lugar débilmente. Para la sorpresa del rubio, Granger empujó la puerta que daba al exterior, y aunque había esperado que un viento helado los envolviera de repente lo cierto era que fuera se estaba bien. Una suave brisa acariciaba sus rostros a medida que se alejaban de allí, dirección a los jardines. La música seguía escuchándose a lo lejos cuando pararon bajo un árbol.
—Te has perdido gran parte del inicio de la ceremonia —le dijo Draco, apoyándose contra el tronco.
Ella asintió, compungida.
—¿Cómo ha ido? ¿Ha sido el discurso de Dumbledore tan conmovedor como imaginaba?
Él se encogió de hombros. No podía esperar a preguntarle aquello.
—¿No ibas a venir?
Granger parecía sorprendida por su ocurrencia.
—Claro que sí. En lo único que he pensado en estos últimos días es en graduarme, y de hecho tenía muchas ganas de escuchar el discurso del director... pero a mis padres les pareció buena idea ir a echar un vistazo al interior del castillo sin mí. Lógicamente se perdieron por sus pasillos y tuve que ir a buscarlos. Casi habían llegado a la torre de Astronomía cuando los encontré. —Draco se rió con ganas ante lo que acababa de decirle. Ella también sonrió—. ¿Cómo has estado?
Malfoy no había esperado que le preguntara algo así, al fin y al cabo no se suponía que debiera interesarle.
—Estudiando —respondió al fin, sin saber muy bien qué decir.
—¿Y cómo te has sentido? Ya sabes, después de lo que pasó. —Su voz se había vuelto algo sombría.
—No he pensado en ello. —Definitivamente había estado evitando hacerlo. Tener un hijo con Granger era una equivocación, pero si pensaba en el bebé que podría haber sido… hubiera sido tan suyo como de ella. Se aclaró la garganta antes de continuar—. Era algo que había que hacer.
Granger parecía estar de acuerdo, pero todavía había algo dentro de ella que se moría por salir al exterior.
—Es sólo que… bueno, me di cuenta después. —Granger se quedó callada un momento. La música seguía sonando tan animada como antes—. Creo que debí haberte preguntado qué te parecía mi decisión.
—Me parecía bien —se apresuró a decir—. No era el momento… ni lo más adecuado teniendo todo en cuenta.
Ella lo miró con firmeza. No había sido el egoísmo la razón por la que había decidido no tener ese bebé. Había sido porque sabía que lo traería al mundo destinado a lidiar con problemas familiares y con falta de afecto por parte de personas que debían quererlo sin condiciones. Pero los padres de Malfoy no iban a aceptar a ese niño, no iban a amarlo nunca. Harían lo que fuera por que no se le considerara parte de su descendencia. El puro linaje de los Malfoy llevaba intacto generaciones y generaciones. No podían permitirse una mancha de tales dimensiones en su familia. Además, ellos nunca perdonarían el desliz de su hijo con una sangre sucia… Y Draco no se merecía eso. No cuando lo que pasó había sido culpa de los dos.
Draco había estado mirándola mientras parecía sumida en sus pensamientos. Era estúpido que su figura bajo ese vestido le pusiera tanto. Era completamente ridículo. Ni siquiera debería estar ahí fuera con ella… pero tampoco quería irse.
Draco se percató del momento exacto en el que algo cruzó su mente de repente.
—Fue raro volver a ser libre —comentó, recordando aquel momento en el que había dejado de estar atada a él con una cadena invisible.
Draco asintió. Aquello le había recordado algo.
—Te dejaste olvidada tu novela muggle en mi sala común —dijo. No la había visto demasiado después de que Dumbledore rompiera el hechizo, y tampoco habían hablado desde entonces.
—Lo dejé allí a propósito.
Draco tuvo que pensarlo un poco antes asimilar su respuesta. ¿Había dejado el libro allí para él? ¿Tan evidente había sido que quería terminar de leerlo? Nunca se le hubiera ocurrido que lo dejara queriendo por él.
De repente, una melodía lenta empezó a escucharse proveniente del castillo, y sin ni siquiera pararse un momento a pensarlo, Draco tendió la mano en su dirección.
—¿Bailas?
Ella puso la mano sobre la suya y asintió con una amplia sonrisa en el rostro. Ambos empezaron a bailar al compás de la música. Draco había puesto la mano libre en su cintura, y ella había rodeado su cuello con el brazo. Para cuando quisieron darse cuenta de lo que estaban haciendo, ninguno de ellos pudo parar. Era una sorpresa para ambos, que no eran grandes bailarines, estar moviéndose de manera compenetrada y para nada torpe. A veces ella se alejaba sólo para dar una vuelta sobre sí misma antes de volver a sus brazos. La noche los envolvía, ocultos pero libres, conocedores de las consecuencias de empezar a sentir algo en su interior pero dispuestos a disfrutar de aquella balada hasta el final. Los segundos pasaban y ellos no dejaban de deleitarse del otro, de sus movimientos, del vuelo del vestido de ella, de las mangas remangadas de él. Una de las veces en que la melodía llegó a un tono un tanto más agudo, Draco la agarró de la cintura y la elevó del suelo con facilidad. Ella puso las manos en sus hombros mientras le daba una vuelta antes de volver a bajarla. La risa de Granger se mezclaba con los acordes de los instrumentos y colaboraba en que él percibiera la música mucho más perfecta. En un movimiento de cabeza, su moño empezó a deshacerse poco a poco. Draco estiró una mano y tomó entre sus dedos la gomilla enredada en su pelo que estaba a punto de caerse al suelo, luego la sostuvo frente a los ojos de la muchacha, que la cogió y se la puso en la muñeca. Un mechón caía por su rostro. Su cabello despeinado y ondulado lo hacía por su espalda desnuda, otorgándole un toque de delicadeza y ternura. Sus mejillas se habían coloreado bajo la piel cuando alzó la mirada para enfrentarlo. La canción estaba a punto de acabar, pero ninguno quería que aquello terminara. Sería como volver a la realidad, como despertar de aquellos minutos de ensueño donde habían conectado más que nunca. Las yemas de los dedos de Hermione rozaban el pelo de la nuca de Draco, las manos de él agarraban la cintura de ella y la mantenían cerca de su cuerpo… e, irónicamente, aquella vez ninguno quería separarse del otro. Ese momento era perfecto. Esa noche, bajo aquel manto de estrellas como testigos, ambos desearon volver a estar irremediablemente unidos.
Draco puso una mano en su cuello y acarició su mejilla con el dedo pulgar. Aquella debía de ser una grotesca burla del destino, pero le apetecía mucho besarla.
Hermione sabía que eso sería tropezar dos veces con la misma piedra, que significaría que no había aprendido de sus errores, que de alguna forma quería volver a caer… pero también sabía que después de esa noche todo iba a cambiar. Esa noche sería la transición que los haría dejar de ser jóvenes para empezar a ser adultos. ¿Y qué daño haría un último desliz adolescente?
Draco pareció leer sus pensamientos cuando presionó sobre su baja espalda para pegarla a él con más firmeza… y ella se dejó llevar. Encontró sus labios en el instante perfecto y ambos cedieron ante ese impulso de sus cuerpos. Era el turno de sus lenguas de bailar en sus bocas. Y se sentía bien. Él para ella, ella para él. El repentino acaloramiento que había invadido sus entrañas hacía que sus corazones latieran a un ritmo desenfrenado y sus pulmones ardieran por la falta de aire al olvidarse de la simple y básica tarea de respirar. Esa sería la última vez que caerían en la tentación, la última oportunidad para sentir el cuerpo del otro fundiéndose bajo el suyo propio. Era como si se les acabara el tiempo, como si supieran de antemano que aquella locura debía cesar tarde o temprano y que, después, ya nunca más podrían volver a recuperar el momento. Parecían bastante conscientes de que la tensión que existía entre ellos sólo podía resolverse en un puñado de segundos más, así que sus calientes labios hinchados parecían querer devorarse con urgencia. Rápido. Deprisa. Ambos estaban excitados hasta el límite de sus posibilidades. La erección de Draco era evidente entre sus piernas, el sexo de Hermione latía y mojaba su ropa interior sin cesar. Pero eso sería llegar demasiado lejos… otra vez. Además, la canción ya había acabado. Draco presionó los labios contra los de ella por última vez. Ya había terminado. Esos minutos de gracia que le había concedido el cielo habían acabado y ambos tenían que volver a la realidad, a secarse los húmedos labios, a separarse de nuevo.
Granger se alisó el arrugado vestido con una mano. Él la miró hacerlo, embelesado. Sus mejillas seguían ardiendo y su corazón había empezado a recuperar su ritmo normal, aunque volvió a acelerarse de nuevo cuando ella se acercó poco a poco y rozó el lóbulo de su oreja con los labios.
—No me gusta este tipo de libertad si tengo que esconderme de lo que quiero —susurró ella, dándose media vuelta y dejándolo atrás, confundido y acalorado.
