CAPITULO 1

Isabella Masen entró en el estudio y vio con alivio que el hombre con el que llevaba once meses casada se hallaba de pie en el umbral de la puerta del patio en lugar de trabajando en su escritorio. Con una mano apoyada en el marco y la otra metida en el bolsillo delantero de sus vaqueros, Edward contemplaba con ex presión taciturna las sombras del patio trasero.

Isabella supo que le había oído llegar porque notó la repentina y sutil tensión de sus hombros. Sí, últimamente se había mostrado muy tenso cada vez que la tenía cerca, pero también había captado en él cierto matiz de inquietud e insatisfacción. ¿Se habría recuperado lo suficiente de la muerte de Sarah como para replantearse seriamente sobre lo que habían hecho?

Aquella pregunta había agobiado a Isabella durante semanas, y ya no podía soportar por más tiempo su temor a la respuesta. Lo mejor sería enterarse cuanto antes de la verdad.

Pero, por muy cuidadosamente que planteara sus dudas, Isabella ya sabía que la respuesta de su marido nunca sería la que esperaba. Edward sepultó su corazón destrozado cuando enterró a Sarah, y lo poco que le había quedado lo había dedicado de lleno a su hijo. No había quedado nada para la mujer con que tan repentinamente se había casado, e Isabella se había ido haciendo más y más consciente de ello según habían ido pasando los meses.

Conocía a Edward lo suficiente como para saber que nunca le pediría el divorcio, de manera que iba tener que ser ella la que diera el paso. Estaba segura de que aquello supondría un alivio para él, y cuando le asegurara que estaba dispuesta a lle gar a un acuerdo pacífico para compartir la custodia del pequeño Anthony, se alegraría de poder seguir adelante con su vida.

Aunque Isabella había sabido desde el principio que aquel momento sería inevitable, había esperado tontamente que Edward llegara a desarrollar alguna clase de afecto por ella. La amistad entre un hombre y una mujer solía convertirse a me nudo en amor, tal vez no la clase de amor apasionado que Edward había sentido por Sarah, pero sí un amor tranquilo y satisfactorio.

Pero según había ido pasando el tiempo se había visto obligada a reconocer que, sencillamente, no había nada entre ellos. Nunca había habido una palabra cariñosa entre ellos, una mirada que interpretar. Y ya estaba segura de que nunca las habría. Finalmente había llegado a la conclusión de que amaba a Edward lo suficiente como para querer volver a verlo feliz, aunque no fuera a compartir aquella felicidad con ella.

Lo que más lamentaba era que Anthony fuera a tener que crecer yendo y viniendo entre un padre y una madre adoptiva que habían llegado a un acuerdo tan insensato. Aunque Edward se había casado con ella para que el niño estuviera protegido en caso de que a él le sucediera algo, Isabella había llegado a comprender con el paso de las semanas y los meses que habría sido más prudente esperar.

El hecho de haberse aprovechado de la preocupación de Edward por motivos egoístas era algo que probablemente nunca llegaría a perdonarse. Y ese era el motivo por el que quería hacer aquello por él. De todos modos, ya no estaba segura de cuánto tiempo más iba a poder vivir con él, por que el distanciamiento que había entre ellos ya era demasiado doloroso.

Cuando Edward bajó la mano del marco y se volvió, Isabella sintió de nuevo el pesado dolor del anhelo y el amor que la habían torturado secreta mente durante años.

Edward Masen era un hombre grande, de más de un metro ochenta, con hombros anchos, brazos musculosos y piernas largas y fuertes. Se había duchado antes de la cena y vestía unos vaqueros y una camisa blanca recién limpios. Perpetuamente triste y taciturno, su piel morena y curtida le hacía parecer un hombre duro y áspero. Su rostro, abiertamente varonil, resultaba aún más dramático a causa de sus ojos oscuros, sus cejas negras y su fuerte mandíbula. La delgada línea de su boca contenía un matiz de crueldad de la que Isabella ja más había sido testigo.

Sin embargo, su aspecto era totalmente distinto al que había tenido cuando Sarah aún vivía. Entonces era un hombre más suave, menos intimidante, más dado a las sonrisas y las miradas burlonas. También era más abierto y hablador, y su sentido del humor y encanto masculino resultaban irresistibles.

Pero entonces Edward se encontraba en la cima del mundo, completamente enamorado de Sarah y feliz ante la perspectiva del hijo que iban a tener.

A pesar de lo culpable que se había sentido siempre por amarlo, Isabella echaba de menos al hombre que Edward había sido casi tanto como a Sarah.

Su corazón se encogió al pensar aquello y es tuvo a punto de echarse atrás. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para seguir donde estaba.

-¿Sigue pareciéndote bien que hablemos ahora? -preguntó.

La oscura mirada de Edward se posó en su rostro. Cuando sus miradas se encontraron, Isabella tuvo la desagradable sensación de que había leído sus pensamientos. Y tal vez había sido así, porque su sombría ex presión se endureció.

-Nunca has necesitado una cita para hablar conmigo, Isabella. Ya te lo he dicho antes.

Isabella apoyó las manos unidas en su regazo y notó que temblaban.

-Es cierto -dijo-, pero parecías muy pensativo.

Edward entrecerró los ojos. Era evidente que se estaba fijando con gran atención en la expresión de Isabella y en su actitud, cosa que a ella no le extrañó, dada la tensión que sentía.

-Siéntate -dijo.

Isabella ocupó una silla mientras él permanecía de pie. Como siempre, su actitud era claramente distante. Ella trató de concentrarse en lo que pretendía hacer, pero le estaba costando verdaderos esfuerzos conseguirlo.

Si hubiera creído que había la más mínima posibilidad de que Edward llegara a sentir algo por ella, no estaría a punto de hacer aquello. Pero la profunda incomunicación que había entre ellos era prueba suficiente de que aquello nunca llega ría a suceder. Decidió empezar con algo suave.

-Aún no me has dicho si piensas ir al rancho Donovan para la barbacoa del sábado pero, decidas lo que decidas, quería que supieras que yo sí voy a ir. Ya he arreglado las cosas para que alguien se haga cargo de Anthony, a menos que quieras quedarte tú a solas con él. Si decides ir, podemos llamar a la canguro o llevárnoslo con nosotros. Habrá otros niños en la barbacoa, así que creo que les gustará.

-¿Cuándo has decidido todo eso? -la voz de Edward sonó como un gruñido de clara desaprobación.

En todos aquellos meses, Edward no había cuestionado en ninguna ocasión sus decisiones. Le había preguntado a menudo por las decisiones que había tomado referentes al niño, pero solo para in formarse. Nunca había hecho comentarios sobre las decisiones que ella había tomado en referencia a sus actividades personales, de manera que aquello era una primicia.

Isabella jugueteó nerviosamente con las manos sobre su regazo.

-Cuando te lo recordé la semana pasada no pareciste muy interesado. Como no estamos acostumbrados a hacer las cosas juntos, pensé que no te importaría que fuera.

La sombría expresión de Edward se había vuelto casi pétrea, y la ansiedad de Isabella aumentó. Lo había irritado, aunque no entendía por qué. Aun que el genio de Edward era legendario, jamás lo había manifestado contra ella ni contra su hijo. Informarle de que iba a ir a la barbacoa de un vecino parecía algo demasiado nimio como para que aflorara.

Sin embargo, un tenso silencio fue creciendo entre ellos. Isabella tuvo que recordarse que Edward era un hombre bueno y justo. No tenía nada que temer de alguien como él, por mucho genio que tuviera. Nunca habría aceptado aquel acuerdo, ni lo habría adorado durante todos aquellos años, de no haber sabido aquello con completa certeza.

El verdadero peligro residía en que Edward llegara a enterarse de algún modo de cuánto lo amaba, y que entonces la rechazara abiertamente o, peor aún, que se apiadara de ella.

-No has obtenido mucho de nuestro acuerdo, ¿verdad?

La pregunta de Edward fue totalmente directa, y un indicio de que tal vez había adivinado el verdadero motivo por el que Isabella quería hablar con él. El tono de su voz se había suavizado, aunque no su expresión.

Isabella sintió algo, tal vez pesar, tal vez culpabilidad, pero descartó enseguida aquella sensación. Un corazón anhelante siempre vería un banquete en unas migajas. El orgullo se alzó en su interior para impedirle revelar el más mínimo destello de sus verdaderos sentimientos.

-He obtenido justo lo que esperaba -dijo, y se obligó a sonreír-. Y tengo a Anthony. Poder amarlo y criarlo es más que suficiente.

Isabella trató de no parpadear tras la mentira a medias de la última parte. Aunque a sus veinticuatro años solo había sido precipitadamente be sada en una ocasión por un chico que lo único que pretendía era avergonzarla, sentía la misma necesidad de afecto y ternura que cualquier otra mujer.

-De manera que estás satisfecha con cómo han ido las cosas -las palabras de Edward fueron una afirmación, no una pregunta.

Isabella captó un brillo de cinismo en sus ojos y no entendió a qué venía. Tampoco entendía por qué había hecho aquel comentario.

Los once meses anteriores habían girado en torno al niño, el rancho y la cooperación entre una esposa que se ocupaba de la casa y el niño y un ranchero que pasaba muchas horas del día trabajando al aire libre y ocupándose de los papeleos en su despacho. La esterilidad emocional entre ellos había resultado tan entumecedora que Isabella se había preguntado en más de una ocasión si eran siquiera amigos.

-Ambos hemos hecho lo que acordamos hacer -dijo, y tuvo que bajar la vista ante la penetrante mirada de Edward.

-Recuerdo que hablamos de algo más que de proteger al niño cuando empezó todo esto.

Aquel recordatorio descentró por completo a Isabella. Recordaba los comentarios de Edward sobre el tema con angustiosa claridad. Los había hecho en aquella misma habitación y casi a la misma hora del día.

Había sido la única ocasión en que uno de ellos había mencionado la posibilidad de tener más hijos.

-Supongo que el sexo formará parte del trato, ya que estamos hablando de casarnos -había di cho Edward, y a ella aún le dolía recordar su expresión desolada, casi como si estuviera resignado a la tarea solo porque la consideraba una obligación marital-. Supongo que durante un tiempo no pasará nada -continuó, y apartó la mirada antes de añadir-, pero ambos tenemos necesidades.

Por su tono, Isabella tuvo la impresión de que la idea de mantener relaciones sexuales con alguien que no fuera Sarah no solo le desagradaba, sino que tampoco podía imaginar que el sexo pudiera volver a ser algo más que una función meramente biológica.

Al menos, Edward no había insultado su evidente falta de atractivo rechazando de lleno la posibilidad de mantener alguna vez relaciones sexuales con ella. Y ya que le había hecho saber que estaba dispuesto a tener otros hijos con ella si así lo quería, al parecer no la había considerado una receptora indigna de su semilla.

Pero habían pasado once meses y si Edward había sentido en algún momento una «necesidad», Isabella nunca había llegado a enterarse de ello, lo que venía a confirmar su idea de que la valoraba tan poco que ni siquiera pensaba en ella en términos de sexo.

La profunda voz de Edward le hizo volver al presente.

-Lo recuerdas, ¿verdad?

Deslizó rápidamente su oscura mirada por el cuerpo de Isabella, tan rápidamente que casi pareció un gesto mecánico.

Isabella sintió que se ruborizaba con una mezcla de vergüenza y de indignación femenina. Sin haberse tocado ni siquiera por accidente durante aquellos meses, y sin la más mínima muestra de afecto personal por parte de Edward, el sexo era lo último en que se le ocurriría pensar. Sobre todo cuando la mirada que acababa de dirigirle Edward había sido tan claramente obligada. Ni siquiera ella estaba tan hambrienta de amor como para permitir que la utilizaran con tanta frialdad.

-Creo que hemos ido más allá del punto en que las cosas de las que hablamos aquella noche podrían haber tenido sentido -dijo rígidamente, sin mostrar su dolor-. Creo que tú también te habrás dado cuenta de ello.

El corazón le latía con tal fuerza que se sentía un poco aturdida. Su rechazo había hecho que la mirada de Edward pareciera desprender chispas. Se esforzó por mantener un tono de voz calmado.

-Ninguno de los dos podía pensar con claridad tras la muerte Sarah -continuo"-. Ahora que hemos tenido estos meses para poner las cosas en perspectiva, creo que ambos tenemos dudas respecto a seguir juntos.

Ya estaba. Lo había dicho y el mundo no se había terminado. Edward seguía en silencio. Isabella trató de no moverse en el asiento mientras el la ta ladraba con la mirada. Había algo en su forma de hacerlo que la compelía a seguir, algo que sugería que necesitaba escuchar más para quedar convencido. Isabella lo intentó.

-Como he dicho, tomamos la decisión de casarnos en un momento en que no éramos nosotros mismos -dijo con calma-. Últimamente me has parecido... infeliz. De un modo distinto que antes, así que... he pensado que ha llegado el momento de hablar de la necesidad de un cambio, aunque el cambio que parece más razonable es el divorcio.

El silencio que siguió a sus palabras invadió la habitación como si se hubiera tratado de un trueno. Y tal vez lo había sido, porque la tormenta se hizo repentinamente visible en el duro rostro de Edward. Abrió los ojos con enfadada sorpresa y la impla cable línea de su boca parecía más una promesa que una vaga amenaza.

-¿Me estás pidiendo el divorcio? Isabella sintió que su corazón latía aún más de prisa y se obligó a mover la cabeza.

-Hay una diferencia entre pedir el divorcio y ofrecerle -en el momento en que aquellas palabras salieron de su boca se preguntó por qué lo había expresado de aquella manera. Podría haber respondido con un simple «sí»-. He hecho la oferta -dijo, y logró que su voz no fuera un reflejo del dolor y la infelicidad que sentía-. Lo que ha gas con ella es cosa tuya.

Se puso en pie sin saber muy bien si lo hacía para reafirmarse en sus palabras o para salir corriendo de allí.

El curtido rostro de Edward era como un monolito de granito. Isabella reconoció la furia en su ex presión, pero supo por su intenso silencio que no iba a descargarla sobre ella.

-Voy a ver a Anthony antes de meterme en la cama. Buenas noches.

Se volvió con toda la naturalidad posible y fue hacia la puerta. Sentía las piernas débiles y como si fueran de goma, pero se las arregló para salir con dignidad.

Había hecho lo que tenía que hacer y no lo había hecho mal del todo, porque Edward no había adivinado nada respecto a sus verdaderos sentimientos hacia él.

Se encaminó rápidamente hacia la habitación de Anthony, que se encontraba entre el dormitorio de Edward y el suyo. Ambos estaban comunicados por una puerta interior con el cuarto del niño.

Mientras entraba en el dormitorio pensó en lo reveladora que era la disposición de las habitaciones. Al principio había sido lógico que Edward y ella no hubieran compartido el dormitorio. La muerte de Sarah estaba aún muy presente para ambos, y ya resultaba suficientemente escandaloso que se hubieran casado de forma tan inmediata.

Pero según habían ido pasando los meses sin el más mínimo indicio de que Edward pretendiera acercarse a ella, Isabella había tenido que recordarse que no podía esperar más. Excepto por el bebé, lo único que había entre ellos era un certificado de matrimonio.

Edward había necesitado una mujer que lo ayudara a criar a su hijo y había pretendido normalizar en lo posible una vida que se había visto des trozada y alterada por la muerte de su esposa. También había pretendido evitar que, en caso de que le sucediera algo a él, su hijo acabara en manos de sus abuelos maternos.

Isabella había sido el medio de conseguir una madre adoptiva para su hijo y de mantener la vida de su hogar en orden. Al parecer, no había pensado mucho en la esposa con la que iba a tener que convivir para lograr todo aquello.

La habitación de Anthony estaba tenue mente iluminada por una lámpara enchufe que siempre es taba encendida. Se acercó a la cama y miró el dulce rostro del niño dormido. Lo acarició y sintió que su corazón se desgarraba de amor. No habría podido amar más a aquel niño ni aunque hubiera sido suyo. Sabía que sería capaz de hacer cual quier cosa por él. Ni siquiera el amor que sentía por Edward era más poderoso que el que sentía por aquel querubín de pelo oscuro.

Tras arroparlo, fue a su dormitorio y dejó la puerta entrecerrada, como hacía todas las noches.

Mientras se preparaba para acostarse empezó a plantearse mil dudas respecto a su conversación con Edward, pero lo importante era que había sacado a relucir el tema del divorcio.

Estaba convencida de que Edward no necesitaría mucho tiempo para tomar una decisión. Probable mente la habría tomado ya y se la comunicaría al día siguiente, durante el desayuno. Después, solo les quedaría hablar sobre lo que iban a hacer con Anthony.

Pero aquello no preocupaba a Isabella. Ella se ha bía ocupado del niño hasta entonces y seguiría siendo responsable de él mientras fuera joven. El resto se iría resolviendo según el niño fuera creciendo.

No temía que Edward pretendiera alejarla del niño, sobre todo porque la necesidad de protegerlo había supuesto que ella lo adoptara legal-mente. Tenía los mismos derechos sobre el niño que Edward y, casados o no, ambos jugarían un papel importante en su vida.

Mientras permanecía acostada en la oscuridad, su sensación de alivio por haber hecho lo que se había propuesto fue dando paso poco a poco a otra de profundo pesar. Lo que había hecho aquella noche había certificado la muerte definitiva de su sueño más querido e imposible. Aunque había necesitado once agónicos meses para matarlo, lo que había hecho al ofrecer a Edward el divorcio había sido reconocer que el sueño de amarlo abierta mente y de ser correspondida por él estaba definitivamente perdido.

Y era lógico que aquel sueño no fuera a hacerse nunca realidad. Se había enamorado de Edward hacía años, mucho antes de que él empezara a salir con su mejor amiga, pero no había sido ca paz de dejar de amarlo, ni siquiera cuando se casó con Sarah. Había sufrido un terrible sentimiento de culpabilidad por ello, pero no el suficiente para superar sus sentimientos.

Luego había estropeado aún más las cosas aferrándose a la oportunidad de casarse con él cuando enviudó, probablemente en el momento más vulnerable de la vida de Edward. La culpabilidad que había sentido y que probablemente seguiría sintiendo por sus egoístas sentimientos hacia el marido de su mejor amiga era un castigo adecuado que aceptaba totalmente.

Al menos, Sarah nunca había sospechado nada. Y esperaba que Edward tampoco lo averiguara nunca.

Se dio la vuelta en la cama y contempló largo rato la oscuridad. Debió quedarse dormida antes de que se hiciera demasiado tarde, porque no llegó a escuchar los pasos de Edward cuando se en caminaba a su dormitorio, como normalmente su cedía.

Este es el primer capitulo :) es historia muy bonita y no es larga. espero le guste y me digan si quieren el resto :D