El título alternativo de esta historia iba a ser "How to steal a Paladin's wallet by Mephisto Peheles", pero era demasiado largo, hahaha.

En fin, espero les guste esta historia que hice con amor sobre la ship que más me gusta de Ao no Exorcist [inserte corazón aquí].


NUNCA CONFÍES EN UN DEMONIO

—¡Tenías que ser un demonio!

La exclamación del paladín, Arthur Auguste Angel, rasgó el aire con frustración. Su rostro se había contraído y, bajo el ceño fruncido, aquellos ojos azules cual zafiros observaron con chispeante enojo a Mephisto. Hasta pocos momentos atrás había hecho lo posible por conservar la calma y no levantar la voz, pero su paciencia fue corrompida.

—Este tipo de cosas son tu especialidad.

—¿Por qué siempre me atacas con esa clase de palabras? —Mephisto rodó los ojos, lagrimeó con la voz quebradiza y fingió una escena dramática de tres centavos que nadie se tragaría. En el proceso se tiró en un sofá de terciopelo rosa que salió de quién-sabe-dónde con un chasquido de dedos.

—Puedo hacerlo con piedras si prefieres —respondió Arthur con una extraña y retorcida mueca a modo de sonrisa a la par en que hacía crujir sus nudillos.

Mephisto dejó escapar una risita lacónica que cubrió con la mano.

—En mi defensa, puedo asegurar que no lo hice con mala intención. ¿O es que vas a llevar este caso al Vaticano? —agregó con un tono burlón para acabar de desquiciar a su acompañante.

Arthur no estaba dispuesto a lidiar con ese malnacido ni un minuto más, lo cual, se manifestó sobre su ceja derecha a modo de tic nervioso. Acto seguido, llamó a su arma con un fiero bramido.

—¡Calibum!

Al materializarse el objeto entre sus dedos, él la desenfundó sin darse el lujo de titubear. El filo brilló de forma amenazante ante los ojos de Mephisto, quien notó el instinto asesino del cual Arthur era portador.

«Dios, dame fuerzas para no acabar empalando a este intento de otaku demoníaco» pensó éste último, y transformó dichos pensamientos en expresiones verbales.

—¡Te regresaré a Gehena así sea lo último que haga! —estaba lo suficientemente lúcido para pelear y mientras lo hacía, pensaría en porqué no había intentado eso antes. De inmediato se lanzó hacia Mephisto y toda su fuerza se tradujo en una estocada certera.

Como era natural en un demonio, éste jugó con la rabia del Paladín, esquivando todos y cada uno de sus ataques en una danza socarrona. Como consecuencia, Arthur terminó destruyendo algunos muebles a su paso. Mephisto entró en verdadero estado de pánico al percibir como el filo de la espada estaba a escasos centímetros de estamparse contra uno de sus preciados bienes.

—¡Cuidado con la computadora! —chilló, y palideció al ver su ordenador apenas intacto, luego de ello esquivó con gracia felina cada estocada—. Pero vamos, ya dije que no fue con mala intención, es más, lo hice desde el fondo de mi corazoncito demoníaco, nosotros también tenemos sentimientos, sabes —habló de una manera empalagosa y nostálgica que, para gusto de Arthur, era una clara declaración de guerra.

—Los de tu calaña no tienen sentimientos —dijo con frialdad.

—¿Entonces cómo piensas que nos reproducimos? —se puso el ìndice sobre una mejilla y ladeó la cabeza en señal de confusión.

—Como cucarachas.

Mephisto soltó otra corta carcajada. Los exorcistas sí que podían ser divertidos de vez en cuando.

Por otro lado, Arthur sintió unos raros impulsos que le inducían a detenerse y a reír un poco, pero ya era muy tarde. Estaba concentrado en separarle la cabeza del cuello a ese desgraciado adicto a los fideos instantáneos que le había hecho aquello.

Fueron pocos los minutos que transcurrieron para que la sala del director de la academia de la Cruz Verdadera quedase patas arriba. Arthur no quería perder más tiempo, así que hizo su movimiento final: dirigió la espada hacia Mephisto y la soltó en el momento preciso.

El demonio la evadió, como era de esperarse, y en cuanto sintió la mano ajena aferrarse a la solapa de su traje pronunció su característico conteo.

Eins, zwei, d… —sus palabras quedaron suspendidas en el vacío, pues lo que ocurrió a continuación fue difícil de procesar.

La secuencia de acciones se produjo en cámara lenta, o así la sintió Mephisto. Primero, aquellos ojos que brillaban con ira, seriedad y, al mismo tiempo, algo capaz de ser catalogado como lujuria; segundo, la súbita cercanía que lo tomó desprevenido y deshizo todas sus defensas; tercero, Mephisto sólo fue consciente de la descarga eléctrica que recorrió toda su espina dorsal, y de la forma tan llamativa en la que sus hormonas (mismas que estuvieron inalteradas por más de mil años) se alborotaban hasta ocasionar en él un éxtasis que le resultó imposible describir.

Tenía a un humano, un hombre, al mismísimo Arthur sobre los labios, y cuando percibió a éste moverse sobre éstos, fue que pudo reaccionar, devolviendo el gesto con la misma intensidad. ¿Por qué? No se dejaría humillar por un maldito sirviente de Dios. No sería la colegiala impactada. No sería el adolescente ruborizado que plasmaba en sus facciones una ridícula reacción ocasionada por su primer beso, segundo, a decir verdad. El primero ocurrió minutos atrás. Arthur le estaba leyendo una interminable carta de condiciones que el Vaticano había enviado para permitir la "crianza de Rin Okumura bajo la tutela del Señor Pheles". No sabía cómo callarlo. El ambiente se tornó soporífero, difícil de soportar y para tornar más dinámico el asunto, decidió que besarlo para hacer que cerrara la boca era una idea magnífica.

Cada que ese recuerdo golpeaba la memoria de Arthur, profundizaba más en la cavidad opuesta, intentando arrebatar cuanto oxígeno le fuera posible, justo como había hecho con él la primera vez. No obstante, por alguna jodida razón, no lo lograba. Todo lo contrario, sólo conseguía grabar con fuego ese pensamiento en lo más profundo del subconsciente. Fue atrapado con la guardia baja y los labios que había mantenido vírgenes por treinta años fueron profanados de la forma más sucia y vil que…

«¡Ese desgraciado…!» dijo para sus adentros.

Ambos permitieron que su aliento escapara y se fundiera en una extraña y competitiva calidez.

Arthur abrió los ojos, topándose con la mirada de Mephisto que, por alguna razón, le resultaba molesta, victoriosa y seductora a la vez. Decidió volver más fiero el contacto y no dejar ni un solo rincón sin explorar con la lengua. Se topó un par de veces con un conjunto de colmillos que no poseían una longitud humana y se sintió ridículo al reconocer que el otro besaba tan bien.

Transcurridos unos instantes, finalizó el desagradable contacto.

Estaban agitados, un poco confundidos y el entrecejo de Arthur comenzó a fruncirse mientras recuperaba el aliento.

«¿Debería preguntar?» en el rostro de Mephisto se formó su sádica e inconfundible sonrisa.

—Eso fue con malas intenciones —dijo Arthur con soberbia, antes de atraer su espada y devolverla a su funda. Dio media vuelta, abrió la puerta y antes de salir agregó—: No olvides entregar tu firma al Vaticano —porque él no planeaba regresar para recogerla. Acto seguido, azotó la puerta.

Luego de unos segundos de mutismo en los que Mephisto se acomodó mejor el sombrero, decidió hablar.

—Qué impaciente.

Por eso le gustaban tanto los humanos, ese en particular.

—¡Bien, debo regresar al trabajo! —añadió con una particular alegría.

Cuando giró sobre sus talones, un tic en su ojo derecho no se hizo de esperar al ver lo destrozada que había terminado su oficina. Sin embargo, lo benéfico de aquel encuentro es que un beso no fue lo único que había tomado de ese Paladín de mal genio.


Arthur tenía que reconocer lo eficaz que resultaba el sistema de Laberinto de Puertas que ese engendro de Satán había inventado hacía varios siglos, de lo contrario, llegar a Roma involucraría largos y tediosos viajes. Tal vez los de su especie no eran tan malditos, después de todo, por generaciones también habían obtenido sus conocimientos (para usarlos en su contra).

Se detuvo frente a una máquina expendedora para refrescar su garganta, pero lo que obtuvo del interior de su cartera, no fue ni un mísero euro, sino pases dobles a Mephy Land.

Había sido una sorpresa más allá de la comprensión humana.

—¡Mephisto Pheles! —con tal rugido, sus cuerdas vocales explotaron como nunca en la vida.

Del otro lado del mundo, Mephisto estornudó.

Pensándolo bien, Arthur se retractaba de lo anterior. Todos los demonios debían arder en lo más profundo y oscuro de Gehena, y sabía perfectamente bien quién sería el primero en hacerlo.