A diferencia de los compuestos convencionales, los pesos moleculares de los polímeros son sumamente altos. El método más común para determinarlos es por medio de la cromatografía de filtración en gel.
—¿Tienes alguna pregunta?
—Tengo muchas preguntas, pero sobre el cromatógrafo ninguna.
Camus frunció el ceño ante la despreocupada respuesta de su alumno. Llevaba al menos dos horas discutiendo con él sobre los principios de la cromatografía de filtración y su importancia en la caracterización de los polímeros. Se tomó la molestia de demostrarle cada uno de los pasos que tenía que seguir para usar el equipo y durante todo ese tiempo tuvo que soportar la burlona sonrisa del muchacho —Camus casi podía palpar su condescendencia— y sus bobos movimientos de cabeza que pretendían aparentar que prestaba atención.
—En dado caso supongo que no tendrás problemas en medir esta muestra —le ofreció un pequeño vial etiquetado con un escueto código numérico.
Milo asintió y con un rápido movimiento lanzó hacia atrás la abultada trenza con la que había aplacado su cabello. Con una mano sujetó y abrió el vial y con la otra preparó la jeringa. En menos de diez segundos la muestra estaba lista para ser inyectada al cromatógrafo y, de no ser por la triunfante sonrisa del otro, Camus habría apostado que su habilidad se debía única y exclusivamente a su gran capacidad como maestro.
—Ya has hecho esto antes.
—¿Bromeas? Esto es lo único que hacía cuando era becario.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—¡Ah! Lucías tan emocionado explicándome que no tuve el corazón para interrumpirte. Además, refrescaste mi memoria.
—En el futuro quiero que me digas si ya estás familiarizado con una técnica. Aunque no lo creas tengo mejores cosas que hacer.
—¿Mejores cosas que asegurarte de que no explotaré el laboratorio?
Camus se cruzó de brazos y el otro dejó escapar una molesta risilla mientras inyectaba la muestra al equipo. Pulsó algunas opciones en la computadora y el cromatógrafo comenzó a hacer sus característicos ruiditos mientras bombeaba el líquido por todo su interior.
—¿Cuánto tomará correr la muestra? —preguntó el rubio—. ¿Ocho, diez minutos?
—Unos diez.
El laboratorio se hundió en un silencio interrumpido únicamente por el bombeo del instrumento.
—Si tienes mucho trabajo puedes dejarme solo por un rato. Te prometo que no me pasará nada en diez minutos.
—Está bien. Una vez que termine la prueba tengo que mostrarte cómo exportar los datos.
Milo arqueó la ceja y sonrió de medio lado.
—Admítelo: crees que voy a meter la pata y que incendiaré el piso y a todos los que trabajan en él.
—No a todo el piso —murmuró.
Camus esperaba que el resto de los minutos pasaran en un agradable silencio, pero como debió de haberse imaginado, su nuevo alumno era incapaz de mantenerse callado por más de dos minutos.
—Y… ¿hace cuánto que vives en Atenas?
—Desde que empecé el doctorado hace cuatro años.
—Eres francés, ¿verdad? ¿De qué parte?
—París.
—Nunca he ido a París —rio—. En realidad no he ido a muchos lados.
Camus suspiró mientras veía el monitor del cromatógrafo. Le pareció que la gráfica aparecía con dolorosa lentitud.
—¿Y tú siempre has vivido en Atenas? —supuso que la plática haría que el tiempo pasara un poco más rápido y se atrevió a continuar con la conversación.
—De hecho me mudé aquí para la universidad. Nací en Milos —entrecerró los ojos—. Sí, lo sé. Es estúpido. Para colmo, mis padres todavía creen que fue una gran idea nombrarme como la isla.
El francés tuvo que contener una sonrisa.
—Tienes cara de Milo.
—Gracias, supongo —posó su mano sobre su nuca y exhaló largamente—. La verdad que fue difícil salirme de casa. A pesar de que al principio vivía con mi hermano mayor, extrañaba mucho a mis padres. Iba a verlos cada quince días. Hasta les llevaba mi ropa para que la lavaran.
—Entonces no extrañabas a tus padres tanto como el que te hicieran el quehacer.
—Una cosa va con la otra.
Camus jaló una silla cercana y se sentó en ella. No se consideraba un hombre muy empático y le costaba comprender a las personas nostálgicas. Se enfocaba tanto en su trabajo que apenas y tenía tiempo para extrañar a sus padres, ni se diga de su ciudad. Le parecía extraño que alguien añorara un lugar que se encontraba a un par de horas de distancia.
—Cuando mi hermano acabó la universidad y consiguió trabajo se mudó a otro departamento —continuó mientras fruncía el ceño—. Decía que no era apropiado que siguiera viviendo en una zona estudiantil. ¡Bah! Ni que la pobreza fuese contagiosa; he estado ahí por nueve años y no me he hecho más pobre. ¿Tú tienes hermanos?
—En realidad no. En casa sólo éramos mis padres y yo.
Milo alzó ambas cejas de modo sugerente.
—¡Hijo único! Eso lo explica…
No quería preguntar. Definitivamente Camus no quería preguntar a qué se refería con eso. Desafortunadamente, su boca cedió ante su curiosidad.
—¿Qué explica?
—El por qué te gusta tenerlo todo bajo control. Apuesto que tus padres siempre hacían todo lo que tú querías.
—No conoces a mis padres —bufó—. Si crees que yo soy un maniático, deberías de verlos a ellos. Acomodan todo por orden alfabético y, literalmente, hicieron un inventario de todas las cosas que tienen en la alacena.
—¿Literalmente?
Camus asintió extrañamente entusiasmado. Su alumno le estaba ofreciendo la oportunidad de desahogar sus traumas infantiles y no pensaba desaprovecharla.
—Escribieron las fechas de caducidad y todo. Dicen que así nunca se les echará nada a perder y no comprarán más de lo que necesitan. Una vez discutieron por media hora sobre el método más eficiente para acomodar las latas.
—Vaya…
—Al final determinaron que las latas cilíndricas no eran adecuadas para una alacena y desde entonces sólo compran latas rectangulares.
Milo posó su mano derecha sobre su hombro y cerró los ojos con solemnidad.
—Has pasado por tiempos muy difíciles.
—Aunque admito que me contagiaron algunas de sus manías, siempre que voy a casa me doy cuenta de lo relajado que soy a comparación de ellos.
—Suena espeluznante. Con razón te mudaste para acá.
El joven sonrió por un par de segundos antes de abrir ampliamente los ojos y darse un sonoro golpe en la frente.
—Lo siento. No debí haber dicho eso. A pesar de todo estoy seguro de que los extrañas.
—No tanto como pareciera —admitió—. Me gusta esta ciudad y disfruto mi trabajo; quedarme en París habría sido menos satisfactorio.
Milo desvió su mirada hacia el monitor. El pequeño pico de la señal que esperaban comenzaba a aparecer.
—Me gusta tu inglés; es muy propio. Ojalá se me pegue algo de tu vocabulario durante el año que estaremos juntos.
Camus sintió una extraña oleada de calor revolotear desde su pecho hasta sus mejillas. Afortunadamente Milo no tuvo oportunidad de percatarse, ya que seguía concentrado en el modo en el que la gráfica tomaba forma. Su alumno le parecía extremadamente extraño. A pesar de que tenía una apariencia tan infantil —juraba que esa trenza le quitaba al menos cinco años—, había un cierto dejo de madurez y sensatez en sus palabras y gestos. En realidad no era para sorprenderse; al igual que él se acercaba a sus treinta años. Sin embargo, su informal apariencia desentonaba con lo que, parecía, llevaba el griego en su interior.
—Ya quedó —dijo el rubio mientras se acercaba al teclado—. ¿Qué te parece?
—Tiene sentido —dejó a un lado la silla en la que estaba y colocó su mano sobre el ratón de la computadora—. Como me figuro sabes, primero tenemos que relacionar estos datos con nuestra curva de calibración.
El programa mostró el resultado final después de dar varios clics y, una vez que Milo superó la idea de que tendría que transferir los datos con un disquete de 3 ½ pulgadas, guardaron la información necesaria.
—Tendrás que medir el peso molecular de cada una de las reacciones que hagas. Ahora el equipo está casi siempre desocupado, pero conforme pasen las semanas habrá más gente utilizándolo. Lo mejor es juntar varias muestras y medirlas el mismo día. En la oficina tenemos una hoja donde apartamos el equipo por sesiones de mañana y tarde. Prográmate para que no se te acumule el trabajo.
—De acuerdo.
El francés leyó la hora en su reloj. Pronto serían las dos de la tarde, hora en la que casi todo el grupo se iba a almorzar.
—Dejemos esto por ahora. Mediremos otra muestra cuando regreses de comer. Si nada explota consideraré que ya estás listo para trabajar en esto por tu cuenta.
—Gracias por la confianza —gruñó con sarcasmo.
Entonces, la puerta del laboratorio se entreabrió lentamente hasta que Afrodita asomó su cabeza por la angosta abertura.
—Nos vamos a comer, Camus. ¿Dejarás libre a tu alumno o le darás el mismo destino que al anterior y lo matarás de hambre?
—Ya hemos terminado. Puede ir a comer con ustedes.
—¡Perfecto! —abrió completamente la puerta—. ¡Ven, novato! Vamos a comer hamburguesas. ¡Shura invita!
Milo sonrió y caminó hacia la salida. Sólo miró hacia atrás cuando se dio cuenta de que Camus no iba tras él.
—¿No vienes?
—Déjalo, Milo. Camus es fotosintético. Se alimenta de agua, luz y sopas instantáneas.
—Que tengan buen provecho —murmuró el aludido mientras buscaba entre las gavetas del laboratorio la caja en la que guardaba las muestras que tenía pendientes para medir.
Milo emitió un par de palabras como protesta, pero fue sujetado del brazo por Afrodita segundos antes de que cruzaran la pesada puerta a prueba de incendios.
Después de inyectar una segunda muestra al instrumento, Camus se percató de lo solitario y silencioso que podía llegar a ser el laboratorio.
Comentario de la Autora: Bien, este par ya está comenzando a conocerse. En este capie aprendimos un poco más de ellos y pronto comenzarán a complicarse las cosas... y con complicarse me refiero a que empezarán a pasar cosas más chuscas. *coff*
En los laboratorios siempre está ese loco que nunca sale a comer y que vive a base de cosas instantáneas. El ramen es lo más común, aunque los estudiantes comenzaron a evolucionar con pastas de microondas y ensaladas de atún ya preparadas. Bien por ellos. =D
Recuerden la importancia del equipo de seguridad en los laboratorios: lentes, zapatos, bata, guantes y el cabello recogido. En pocas palabras: kudos para mí por la imagen de Milo con trenza.
¡Gracias a todos por las lecturas y reviews! *hugs*
