Capítulo 4: Permeabilidad

La permeabilidad es la capacidad que tiene un material de permitir que un fluido lo atraviese sin alterar su estructura interna. Para los polímeros, el grado de permeabilidad depende principalmente de su grado de cristalinidad y su morfología.

Habían pasado tres semanas desde que Milo ingresó al grupo de investigación Hadjichristidis y Camus tenía que aceptar que el muchacho sobrepasaba por mucho sus expectativas. Debió haberse imaginado que Shion acertaría al haberlo aceptado en el grupo. Milo era un hombre cuidadoso que proponía y hacía preguntas inteligentes, que conocía bien la síntesis de los polímeros y que dominaba más de la mitad de las técnicas que debía utilizar para caracterizarlos.

Al igual que todos tenía sus fallas, por supuesto, siendo su orgullo una de las más claras. No le gustaba pedir ayuda a los demás y eso no sólo atrasaba su trabajo, sino que lo ponía en riesgo de cometer algún error. Además, si bien era puntual, a Camus no le molestaría si el chico se quedase alguna vez después de las seis de la tarde. Estaba seguro de que podría aprovechar muchísimo más su día si no perdiese tanto tiempo en el almuerzo y siguiéndole la corriente a Death Mask.

Aun así, su desempeño le parecía adecuado y Camus sospechaba que su plan de publicar dos artículos en un año podría hacerse realidad después de todo; sobre todo si lograba imponerse lo suficiente como para convencerlo de pasar más tiempo en el laboratorio. Su plan era orillarlo al cambio gradualmente, pidiéndole su apoyo sólo una o dos veces a la semana y extendiendo lentamente su estancia laboral. Ya antes había logrado algo así con otros alumnos y suponía que Milo no sería la excepción. Es más, los engranajes de su plan comenzaron a girar desde que le indicó a su alumno que necesitaban realizar el seguimiento de una de sus reacciones por al menos diez horas. Eso quería decir que el muchacho tendría que llegar al menos a las ocho de la mañana para iniciar el experimento a más tardar las nueve y prácticamente no salir del laboratorio en todo el día hasta que dieran las siete de la noche.

Camus estaba convencido de que si tenía buenos resultados —cosa que probablemente sucedería— se entusiasmaría y se daría cuenta de lo satisfactorio que podía ser el dedicarle más tiempo a la investigación.

Tal y como esperaba, Milo llegó muy temprano aquella mañana de miércoles y hacía algunos minutos que inició su reacción. Camus decidió que aprovecharía la distracción de su alumno para seguir trabajando en el artículo que sacaría con los datos que obtuvo a finales del año anterior.

Tanta era su concentración que cuando Shura entró a la oficina emitiendo un estruendoso gruñido de frustración, Camus saltó de susto.

—¿Qué pasó? —preguntó una vez que se calmó lo suficiente como para discernir pequeñas manchas rojas en la bata de su compañero.

El español arrastró los pies hasta su lugar, donde se sentó y dejó caer su cabeza sobre el escritorio.

—¡Aioros me va a matar!

—¿Mataste a su hermanito? —preguntó Afrodita.

—Casi. Estaba lavando una probeta y se le rompió en las manos. Seguramente ya estaba fracturada. La herida no fue muy profunda, pero había sangre en todos lados.

—Las cortadas en las manos son escandalosas —aseguró Camus—. Seguro no fue la gran cosa. ¿Lo curaste?

Shura asintió.

—Le puse unas gasas y lo mandé al centro médico para asegurar que no tuviera astillas.

—Que le sirva de lección —declaró el sueco—. Siempre tiene que revisar el material de vidrio antes de utilizarlo.

—Cuando Aioros lo vea y le pregunte qué pasó se enfurecerá conmigo. Lo mejor será que le llame y le diga yo mismo.

Camus apenas y pudo comprender lo que el español decía. Su cara parecía hundirse cada vez más en el escritorio y sus desanimadas palabras se escurrían dificultosamente de entre sus labios.

—Como siempre, estás exagerando.

—¡No exagero! —el hombre se incorporó—. ¡Ese niño es lo más valioso para Aioros!

—Exageras —concordó Afrodita—. ¿Recuerdas esa vez que rompiste el reactor favorito de Shion? ¡Casi compras un boleto de regreso a España ese mismo día!

Shura hizo un extraño gesto —algo entre indignación y vergüenza— y se cruzó de brazos.

—Debí imaginar que no lo entenderían. Aioros confió en mí para ser el supervisor de su hermano y lo defraudé. Estoy reconsiderando tu oferta de intercambiar alumnos, Camus. Ésta es demasiada responsabilidad para mí.

Afrodita rio delicadamente mientras cubría sus labios con el dorso de la mano izquierda.

—Por favor, Shura. Camus no cambiaría a Milo ni por un Nobel de Química.

—¿Qué se supone que quiere decir eso? —preguntó indignado.

—Exactamente eso —aseguró Afrodita—. Te fascina.

—Estás loco —murmuró el francés mientras fingía leer las oraciones en su monitor.

—No es fácil encontrar a alguien con quien trabajes bien —dijo Shura—. Aunque Milo sea más comunicativo de lo que quisiera, es un buen estudiante. No es sorpresa que le agrade a Camus.

—¡Ay, Shura! —la voz del sueco resonó por la angosta oficina—. Tú siempre tan ingenuo. La fascinación de Camus va mucho más allá del laboratorio.

—Afrodita…

—Admítelo: te tiene embobado.

Shura se cruzó de brazos y giró su silla en torno a Camus.

—Ahora que lo pienso, has estado de muy buen humor últimamente —dijo después de algunos segundos de profunda ponderación.

—¿De buen humor? ¡Este mes lo he visto sonreír más veces que en los dos años que llevo aquí!

A sabiendas de que sus compañeros le impedirían seguir trabajando por un buen rato, Camus decidió enfocarse exclusivamente en defenderse y en disimular la vergüenza que comenzaba a sentir.

—Estoy satisfecho con su desempeño. Eso es todo.

—¿Y ese desempeño incluye resultados sobresalientes en algo más que no sea química?

Camus frunció el ceño al ver a Shura, siempre tan serio y respetuoso, botarse de la risa.

—Basta ya. Entiendo que deseas con todo tu corazón que haya una historia de amor dentro del grupo, Afrodita, pero te aseguro que sólo ves lo que quieres ver.

—Le gustas —espetó Shura casi para sí—. De eso sí me había dado cuenta.

La expresión de sorpresa de Camus fue totalmente acallada por un agudo chillido de Afrodita.

—¡Claro que sí! ¡Hasta Shura se dio cuenta!

—Es bastante obvio —continuó el español—. Cada que montas una reacción con él te mira con cara de tonto, como si fueses el genio más grande de toda la historia.

—Sólo me presta atención —murmuró sintiendo un molesto ardor en sus orejas.

—¡Vaya que sí! ¡Mucha, mucha atención!

Camus posó su mano en la frente con la esperanza de contener la jaqueca que se avecinaba.

—Esto es absurdo. Milo es efusivo y no me trata de modo diferente a los demás.

La discusión hubiese seguido por muchos minutos más de no ser porque el rey de Roma decidió aparecerse en ese momento. No pareció percatarse del barullo en la oficina gracias a que se entretuvo en quitarse la bata y los lentes de seguridad para dejarlos colgados en un viejo perchero detrás de la puerta.

—¿Cómo está Aioria? —preguntó mientras tomaba asiento.

—Estará bien, supongo. Lo mandé al médico una vez que la hemorragia se detuvo.

El griego tomó impulso y dio un par de giros en su silla.

—¡Vaya! No puedo creer que le haya vuelto a pasar algo así. Uno pensaría que aprendería de sus errores.

—¿Ha pasado antes?

Milo asintió ante la pregunta de Shura.

—El año pasado, durante el laboratorio de síntesis. Rompió un vaso de precipitados mientras lo lavaba. ¡Necesitó tres puntadas! Su bata quedó como mandil de carnicero.

—¿Ya ves, Shura? —dijo Afrodita— . El chico tiene talento natural para cortarse. No es tu culpa.

Aquellas palabras no parecieron reconfortar al español, quien regresó nuevamente a su melancólico estado. Sin entender del todo la situación, Milo encendió su computadora y decidió aprovechar los dos minutos que le tomaba cargar el sistema operativo para conversar con su supervisor.

—Ya tengo una hora de reacción. Dejaré de tomar muestras cada quince minutos y pasaré a la media hora.

—De acuerdo —concordó Camus—. ¿Cómo luce?

—Bien. Ya se está haciendo lechosa. ¡Por cierto! —exclamó Milo mientras arrastraba su silla hacia el pequeño refrigerador que tenían en la oficina—. Ayer preparé calamar frito y pensé en traerte un poco.

Abrió la puertecilla blanca y le mostró un recipiente de plástico con tapa azul. Camus escuchó un extraño silbido en su oído derecho y casi juró que se trataba de un grito telepático que le lanzó Afrodita.

—No tenías que molestarte.

—No es molestia. Quedarán un poco blandos, pero si los calientas en microondas podrás comer y trabajar al mismo tiempo. Tú te evitas tus horribles sopas instantáneas y yo no perderé a mi supervisor por anemia.

—Milo es muy considerado, Camus —dijo Afrodita mientras se ponía de pie—. Deberías agradecerle.

—Estoy agradecido —gruñó.

El sueco se colocó justo detrás de la silla de Milo y recargó ambos brazos en el respaldo de su asiento, moviéndolo de un lado para el otro.

—Ojalá yo tuviese un alumno tan atento como tú.

—No tienes un alumno, pero tienes a Death Mask.

—¡Tonterías! ¡Preferiría tener piojos! —fue interrumpido por un rítmico pitido proveniente de su celular—. Bueno, chicos —dijo mientras apagaba la alarma—, por fascinante que sea nuestra conversación, tengo que retirarme. Tengo una cita con el microscopio y no me gusta llegar tarde.

Afrodita caminó hacia su lugar, guardó un par de cosas en su mochila y salió de la oficina después de despedirse de todos.

Camus pensó que su incomodidad se iría junto con el sueco e intentó retomar su trabajo.

—Por cierto, Camus —dijo Milo mientras abría la ventana de su correo electrónico—, ¿cuál es tu comida favorita? Quizá pueda prepararla la próxima vez.

Shura comenzó a tararear una vieja canción catalana.

—Te digo que no es necesario.

—Y yo te digo que no es molestia. Es difícil cocinar para sólo una persona y casi siempre desperdicio comida.

Paraules d'amor, senzilles i tendres…

Camus dio varios golpecitos en el escritorio buscando ignorar la entonada voz de Shura. No tenía que saber catalán para reconocer al menos un par de palabras de su canción. Poco a poco sintió el calor ascender por sus mejillas.

—Lo siento mucho, Milo —declaró en un momento de desesperación—. Ahora que lo pienso mejor, quizá debas medir las muestras cada quince minutos por una hora más.

—¿Disculpa?

—No hemos hecho esta reacción antes. Será mejor que tengamos muchos puntos; sólo por si acaso.

Milo consideró sus nulas opciones y después de unos segundos suspiró y caminó hacia su bata.

—De acuerdo. Entonces mejor me voy yendo de una vez.

Apenas se puso su equipo de seguridad, el griego regresó al laboratorio.

—Eres cruel, Camus —acusó Shura—. ¿Le harás sacar tantas muestras? Ni siquiera tú haces eso.

—¿Tú no tenías que hacer una llamada?

Shura palideció al recordar su terrible predicamento. Camus se sintió satisfecho por unos segundos, pero luego recordó sus propios problemas. El mayor de ellos se encontraba en esos momentos dentro del refrigerador.

No pudo evitar pensar que debió de haber rechazado la oferta de Milo. Sin embargo, el calamar frito siempre fue uno de sus favoritos.

Comentario de la Autora: Nunca falta el compañero de laboratorio que zaz! se corta con el material de vidrio. La verdad que es una muy mala maña: tomar un material que estás viendo que está roto y decides usarlo porque 'no hay otra opción' o peor aún 'porque me da flojera lavar las otras opciones'. Igual y no te pasa nada, igual y te tienen que suturar. Nunca subestimen el poder del material de vidrio.

La canción que canta Shura es Paraules d'amor, cantada por mi amadísimo Joan Manuel Serrat.

El calamar frito es una de mis comidas más favoritas de todo el mundo, pero ya no es fácil conseguirlo en mi ciudad. XD Yo creo que hubo muchos intoxicados en algún momento porque en los restaurantes donde los comía los dejaron de servir al mismo tiempo. Ni hablar. -.- Yo también quisiera un becario cocinero como Milo.

^^ Muchísimas gracias por todas sus lecturas y reviews. Les daré el Nobel de la Lectura. ¡Kissu!