Capítulo 5: Módulo de Elasticidad

El módulo de elasticidad, también conocido como módulo de Young, es un parámetro que caracteriza el comportamiento de un material elástico, relacionando su tensión con su elongación. Entre mayor sea su valor, más rígido será el material.

—Lo siento, joven. Me temo que el edificio estará clausurado por lo que resta del fin de semana.

Camus presionó el puente de su nariz con su dedo índice y pulgar. Estaba enojado consigo mismo por haber pensado que sería buena idea despertarse tan temprano en sábado para ir a la universidad. La verdad era que hacía tiempo que no hacía algo así. Prefería quedarse entre semana hasta las ocho o nueve de la noche antes que asistir en sábado. No obstante, se encontraba cerca de terminar su artículo y esperaba poder mostrárselo a Shion el lunes siguiente.

Tristemente, tuvo la mala suerte de que en la madrugada hubiese un conato de incendio —probablemente causado por el viejísimo cableado del edificio—, y ahora el grupo de bomberos y un puñado de policías tendrían que investigar el incidente por el resto del día.

Al ver sus intentos frustrados, Camus decidió regresar a casa. Sin embargo, mientras pasaba frente al parque Skopeftirio se percató de que aquella era una clarísima mañana de octubre y que no era mala idea sacar provecho de la situación para sentarse en una banca a leer.

De ese modo eligió un lugar cercano a unos bebederos y comenzó a leer un artículo que de pura casualidad llevaba en su mochila. Camus disfrutó del silencio por varios minutos, haciendo anotaciones de cuando en cuando y alzando ocasionalmente la mirada para admirar el paisaje frente a él.

Fue en una de esas ocasiones en la que se percató de que una solitaria figura realizaba ejercicios de calentamiento a tan sólo unos cuantos metros de distancia. El hombre llevaba puesto unos shorts holgados y una playera sin mangas que desentonaba con la fresca mañana. A pesar de que se encontraba de espaldas, Camus supo inmediatamente que se trataba de su alumno. Podría reconocer su ensortijado cabello en cualquier lado, incluso sin estar confinado en la trenza que siempre utilizaba para el laboratorio. Sus rizos rebotaban y se mecían ante cualquier movimiento, y los músculos de sus piernas y brazos parecían disfrutar el no tener la bata de laboratorio sobre ellos, ya que se tensaban y relajaban con agilidad al ritmo de los movimientos de Milo.

Camus se sonrojó al percatarse de lo mucho que disfrutaba del espectáculo. Sabía que Milo era atractivo, pero verlo en un estado más natural era todo un deleite. Su interés en los cuerpos masculinos no era una noticia nueva para él —se había percatado de ello a tan sólo unos cuantos meses de haber iniciado su licenciatura—, sin embargo, nunca antes se había conmovido tanto con el cuerpo de otra persona. Mucho menos con el de alguien tan cercano a él.

El calentamiento de Milo no duró mucho —al menos no lo suficiente para Camus—, y no tardó en dirigirse a la sinuosa pista de carreras para iniciar un acompasado trote. El francés intentó retomar su lectura una vez que su alumno desapareció entre los árboles del parque, mas no tardó en darse cuenta de que su mente estaba ya muy lejos del mundo de los polímeros. Aun así siguió intentándolo por varios minutos hasta que una conocida voz pronunció su nombre. Al principio no le prestó mucha atención —lo confundió con un eco de sus fantasías—, así que, cuando se dio cuenta de que Milo estaba de pie junto a él, no pudo evitar dar un brinquito de sorpresa.

—Lo siento; te asusté.

—Está bien —aseguró mientras recobraba la compostura—. ¿Qué haces aquí?

Camus trató de ignorar lo estúpida que había sonado su pregunta.

—Vengo aquí a correr —respondió aún con la respiración agitada y con varias gotitas de sudor en la frente—. ¿Y tú? ¿Estudiando un sábado en la mañana? Qué diligente.

—Me pareció un buen día para leer al aire libre.

Por supuesto que no le iba a decir que originalmente iba a pasar su fin de semana en la escuela. Ya se preocuparía el lunes de fingir sorpresa cuando le contaran sobre el connato de incendio.

—Vives por aquí, ¿no así? —Camus asintió—. Yo también, somos casi vecinos. Es bueno verte fuera del laboratorio. Creo que nunca antes te había visto con el cabello suelto.

Un bochorno cubrió a Camus, obligándolo a esconderse detrás de los largos mechones de su cabello.

—¿Ya desayunaste? —preguntó Milo—. ¿No quieres acompañarme cuando termine de correr? Yo invito.

—No —respondió con más rapidez de la que esperaba y no pudo evitar notar el desanimado gesto del otro—. Quiero decir, yo soy tu asesor. Yo debería pagar.

—Pagarás otro día. Hoy dame el gusto.

—De ningún modo. Yo también sé lo que es vivir con una beca de maestría y no debes gastar dinero en tonterías.

—No eres una tontería, Camus —permaneció en silencio por unos segundos hasta que encontró una solución a su dilema—. ¡Ya sé! ¿Por qué no vienes a mi casa y te preparo algo? De todas formas tengo que regresar a bañarme.

—Eso suena bien.

No. No, no, no, no. NO. Eso no sonaba para nada bien. O más bien, eso sonaba muy, muy bien. Demasiado bien. Peligrosamente bien. ¿En qué diablos estaba pensando? Obviamente no estaba pensando. Si Milo no estuviese justo frente a él, de la pura desesperación se habría golpeado la cabeza en contra el árbol más cercano.

—¿A qué hora terminarás de correr?

Milo leyó la hora en su reloj.

—¿Me das quince minutos?

Camus asintió y Milo retomó su ejercicio. A sabiendas de que su concentración estaría perdida por el resto del día, guardó su artículo en la mochila y se puso a jugar con su celular.

-oOo-

—Por favor disculpa el desorden.

Milo abrió la puerta de su departamento y Camus le siguió con innecesaria cautela. El francés tuvo que esperar varios segundos a que sus ojos se acostumbraran a luz que iluminaba al angosto vestíbulo. Era un lugar pequeño, con una televisión y dos sillones como sala y una cocinita abierta separada únicamente por una delgada barra de melamina. Había dos puertas a la izquierda del recibidor y Camus supuso que se trataba de las recámaras y, medio escondido detrás de un pesado librero de madera, un oscuro pasillo llevaba a lo que, suponía, era el baño. Realmente el lugar estaba lejos de estar desordenado. Las paredes blancas, los muebles estratégicamente colocados para disimular la estrechez del departamento y la bien acomodada torre de películas a un costado del televisor le hizo pensar que el lugar poco entonaba con la locuaz personalidad de su alumno.

—Descuida, está más ordenado que mi casa.

Aquello fue exagerar, pero le pareció que sería un comentario atento. Aceptó la invitación del griego y se sentó frente al televisor. Desde ahí pudo observar con más atención los detalles del lugar y comenzó a encontrar pequeños signos de que realmente era Milo quien viví a ahí. Los cojines de los sillones estaban totalmente desacomodados, el televisor apenas y ocultaba una enorme maraña de cables que se conectaban a varios electrónicos que Camus no alcanzó a reconocer. Además, en varias esquinas de la casa había gruesas capas de polvo y se veía a leguas que el piso no había sido barrido en días. De cierto modo, aquellos detalles le dieron al apartamento un toque mucho más hogareño y Camus se sintió más tranquilo.

—¿Quieres algo de tomar?

—Estoy bien, gracias. Esperaré a que termines.

Milo asintió, entró a una de las habitaciones y unos segundos después salió sujetando un bultito de ropa.

—Enseguida vuelvo. Puedes prender la televisión, si quieres.

Después de eso desapareció en el pasillo y Camus le escuchó cerrar la puerta del baño y abrir la llave de agua. De nueva cuenta intentó terminar de leer su artículo, pero después de varios minutos aceptó que era una batalla perdida y decidió ponerse de pie y curiosear por la habitación. Se percató de que el lugar más limpio de todos era la cocina. Tenía un refrigerador enorme y una estufa que le pareció de tamaño industrial. Sobre la pared colgaban varios aditamentos que Camus no tenía ni idea de para qué servían.

Supuso que no discerniría nada más de aquel lugar y prefirió enfocarse en algo más afín a él: el librero. Sus dos primeros estantes estaban repletos de libros de química y diccionarios técnicos; el tercero tenía recetarios y un par de libros de nutrición; el resto se dedicaba casi exclusivamente a la fotografía y a algunas guías turísticas. Esto último le pareció extraño, ya que Milo le había dicho que nunca había tenido oportunidad de salir del país.

Uno de los libros de fotografía llamó su atención y lo tomó entre sus manos. Se trataba de un pesado volumen recopilatorio de un artista oriental que Camus desconocía. Comenzaba a hojearlo cuando escuchó la puerta del baño abrirse; no tuvo tiempo suficiente para colocar el libro en su lugar antes de ser descubierto.

—Lo siento —dijo mientras regresaba el libro—. Me dio curiosidad.

—No te preocupes —dijo aquello a pesar de que Camus nunca le había visto tan serio—. ¿Te gusta la fotografía?

—No en lo particular —se alzó de hombros—. Tú debes ser un aficionado.

Milo apretó los labios y comenzó a caminar hacia la cocina mientras sacudía su cabello mojado.

—Para nada —aclaró—. Sólo se los guardo a alguien.

Si bien Camus deseó saber más de aquel asunto, el repentino cambio en la actitud de Milo le hizo suponer que lo mejor sería cambiar de tema.

—Por cierto, —murmuró Camus—, me preguntaba si sabías preparar froutalia.

La expresión de Milo cambió completamente tras esas simples palabras. Sus ojos brillaron nuevamente e incluso sus humedecidos rizos parecieron dar un brinco.

—¡¿Qué si sé?!

Después de que Milo rechazara la oferta de ayuda de Camus y lo mandara a sentarse frente a la barra, el griego comenzó a preparar sus ingredientes.

—Y… —dijo mientras freía unas salchichas—, ¿tienes planes para más tarde?

—En realidad no —respondió sin percatarse de hacia dónde se dirigía la conversación.

—Quiero ir al mercado de Monastiraki. Necesito comprar una nueva mochila. ¿Te gustaría acompañarme?

Un simple no era la respuesta más obvia, no porque Camus tuviese algo mejor que hacer, sino simplemente porque no había un buen motivo para decir que sí. Además, a él no le gustaba visitar ese mercado. Era ruidoso y siempre estaba lleno de gente, sobre todo de turistas estorbosos y torpes (aunque él también era algo así como un turista). Fue por eso que Camus casi se golpeó a sí mismo en contra de la barra cuando escuchó su propia respuesta.

—Claro. A mí no me vendría mal una nueva billetera.

—¡Genial!

Camus suspiró. Ese hombre le estaba volviendo totalmente loco.

Comentario de la Autora: Al fin estos dos se encuentran fuera de la escuela, y todo por aquello que nunca falta en las facultades de química: los incendios. Parece que está escrito en el reglamento del colegio que debe de haber al menos un conato de incendio al año. Probablemente pase en otras facultades, pero mi experiencia es sólo en química. :P

En México es muy común que el asesor o mentor sea el responsable de pagar la comida del eslabón más débil de la cadena alimenticia cuando se ven fuera del ambiente laboral (como en celebraciones). En varios países esto no se da, pero quiero creer que como la personalidad de los griegos es tan cálida y locochona como la mexicana puede que también ocurra algo así. Camus no sólo sintió deseos de invitar la comida porque pues... ¿cómo no querer sacar a pasear a Milo? sino porque es lo que se esperaría de él.

La froutalia es algo así como una tortilla española... pero griega y con queso. Puede llevar muchos vegetales, pero las papas nunca pueden faltar y casi siempre va a compañada de salchichas. Es un platillo típico en las Cícladas. Con respecto al mercado de Monastiraki, más que nada es un mercado abierto de recuerditos para turistas. Sin embargo, los fines de semana se abre una parte más 'local' en la que encuentras ropa, artículos electrónicos y muchos artículos de piel. Jaja! Es una pesadilla caminar por ahí, pero las cosas están a buen precio.

Creo que eso es todo por ahora. ¡Muchísimas gracias por sus lecturas y reviews! Sus comentarios me dan vida.