Capítulo 6: Conductividad
Los polímeros son, en lo general, materiales que aíslan el paso de los electrones. Sin embargo, en épocas recientes se ha descubierto que algunos de ellos son capaces de conducir electricidad de un modo tan eficiente como los metales. Un modo de mejorar considerablemente la conductividad de un polímero es añadiéndole una molécula dopante que favorezca el movimiento de electrones a través de la cadena polimérica.
Aquella había sido una gran semana para Camus. Todo inició desde el sábado en el que se encontró con su alumno y éste tuvo a bien no sólo de prepararle un buen desayuno, sino también de invitarle a pasear por el centro de la ciudad e incluso compartir con él un almuerzo al pie de la colina de la Acrópolis. Camus nunca creyó que pudiera disfrutar tanto en algo tan sencillo como curiosear por las tiendas de baratijas o vagabundear por las angostas e inclinadas calles al este del Partenón. Gracias a Milo tuvo un excelente fin de semana y parecía que el efecto de aquella emoción seguía resonando por todo su cuerpo.
Su buen humor le dio la inspiración necesaria para terminar su artículo el lunes por la noche y, milagrosamente, Shion se tomó el tiempo para revisarlo y entregarle las correcciones ese mismo jueves. Era viernes por la mañana y Camus sabía que le tomaría sólo algunas horas el corregir lo necesario y así comenzar con el proceso de publicación.
Aunque la culminación de tantos meses de trabajo era por sí misma un motivo de celebración, Camus tenía un motivo adicional por el cual sonreír. Después de más de un mes de espera repararon el tensiómetro de la universidad y Death Mask pudo terminar las mediciones que necesitaba para su tesis.
Después de algunas semanas más de escritura y de realizar las revisiones pertinentes, el italiano finalmente recibió las copias impresas de su trabajo y esa misma tarde el grupo se iría a celebrar que pronto tendrían a un nuevo doctor entre ellos. Si bien Camus nunca fue especialmente cercano a Death Mask, estaba feliz por su éxito y —no lo negaría—, pensar que si alguien tan desidioso como él pudo graduarse, Camus no tendría ningún problema.
Aquella mañana de viernes, Death Mask les mostró a todos las varias copias de su tesis y, por supuesto, los presentes no dudaron en hacer sus acertados comentarios.
—Es impresionante, Death Mask —admitió Afrodita—. Estoy sumamente orgulloso de ti. Escribiste todo un libro por tu cuenta… y yo que te creía analfabeta.
—Di lo que quieras, Köttbulle. Estoy de tan buen humor que nada de lo que digas me hará enojar.
—¿Estás seguro? —preguntó Aioria—. Porque haber gastado tanto dinero en los encuadernados para luego darme cuenta de que escribí mal el apellido de Shion me haría perder la razón.
—Muy gracioso, enano —Death Mask le arrebató la tesis de sus manos y con ella simuló darle un golpe en la cabeza—. Revisé su apellido un millón de veces. Podría equivocarme con mi propio nombre, pero nunca con en el de Shion.
—Los ejes de esta gráfica no tienen título —señaló Camus sorprendiéndose de su propia malicia.
—Tus quejas no cuentan. Sólo tú te fijas en esas cosas.
—¿Ya tienes fecha para tu disertación? —como era de esperarse, fue Shura quien trajo un poco de orden a la tertulia matutina.
—Aún no. Shion espera que podamos organizarla la próxima semana, dos a más tardar.
—Bien —el español cerró los ojos y asintió—. Eso quiere decir que tienes tiempo suficiente para estudiar.
—¡Debes estar bromeando! ¡La tinta de mi tesis sigue fresca y ya hablas de ponerme a estudiar otra vez!
—No puedes estudiar 'otra vez' si nunca antes lo has hecho.
—¡Tú cállate, Köttbulle!
—Estás en la recta final, Death Mask. Has hecho un buen trabajo y sería absurdo que tiraras todo por la borda por tomarte las cosas a la ligera.
—Ya, ya. Te prometo que estudiaré. ¡Sólo déjame en paz por hoy, ¿quieres?! ¡Hoy es día para celebrar!
Los compañeros comenzaron a discutir los detalles de su salida cuando Milo entró a la oficina. Les lanzó un rápido saludo y se sentó frente a su computadora para sacar unos datos que necesitaba para su reacción.
—Oye, Camus, ¿qué le picó a tu alumno? —preguntó el italiano mientras recogía sus tesis y las acomodaba en una montañita sobre el escritorio.
—No estoy seguro —murmuró mirando de reojo al hombre en cuestión.
Milo comenzó a actuar muy extraño desde el jueves por la tarde. Camus supuso que el hombre estaba cansado de la larga semana y no se tomó a mal el hecho de que apenas y respondiera a sus preguntas y que no iniciara sus usualmente largas conversaciones. No es que pareciera deprimido o molesto. Simplemente su mente parecía estar en otro lado. Toda la tarde se la pasó mordiendo su bolígrafo y mirando el reloj constantemente. Camus esperaba que su actitud mejorara para el viernes, pero el hecho de que se encerrara en el laboratorio tras apenas haber llegado era una mala señal.
—¡Milo! —la gangosa voz del italiano sacó al griego de su ensoñación—. Ven para acá y deja que te presuma mi tesis.
—Estoy ocupado; la veo al rato.
Después de anotar un par de números en su cuadernillo, Milo tomó su bata y lentes de seguridad, listo para dirigirse de nueva cuenta al laboratorio.
—¡Espera! Dime que al menos nos acompañarás al bar.
El griego dio media vuelta y, por primera vez desde la tarde del día anterior, les prestó verdadera atención.
—Lo siento mucho, Death Mask. Me surgió un compromiso importante. Te prometo que el día de tu examen yo pagaré la primera ronda, ¿de acuerdo?
—No prometas algo así si no estás seguro de que lo cumplirás.
—Lo cumpliré, lo cumpliré —abrió la puerta de la oficina—, siempre y cuando no seamos más de diez en la mesa.
—No lo va a cumplir —aseguró Death Mask una vez que Milo salió de la habitación—. Es un muerto de hambre.
—Todos somos unos muertos de hambre —arguyó Aioria.
—Por cierto, enano, ¿sí nos va a acompañar tu hermano?
—¡Claro! Tiene clase hasta las seis, pero nos alcanzará. Dice que no puede perder la oportunidad de felicitar a Shura por haber logrado que te graduaras.
Camus dejó de prestar atención cuando Death Mask comenzó a insultarlos a todos con una mezcla de inglés e italiano. Milo era uno de los motivos por los cuales aceptó asistir a la reunión y le molestaba que éste decidiera echarse para atrás a último momento. Sobre todo cuando desconocía el motivo que lo alejaba de sus compañeros.
Con la esperanza de que el trabajo le permitiera distraerse, comenzó a corregir su artículo. Afortunadamente no tuvo que pensar demasiado; las observaciones de Shion eran concisas y de hecho logró avanzar en su tarea a lo largo del día. No obstante, no podía evitar perder la concentración cada vez que Milo entraba y salía de la oficina.
Sólo hasta mediodía se percató de que Milo no le preparó nada para el almuerzo.
-oOo-
El día pasó muy lentamente para todos los del grupo. Los últimos minutos antes de que dieran las cinco de la tarde fueron especialmente terribles. A excepción de Camus y de Milo, todos se preparaban para irse y fue sólo hasta que Afrodita interrumpió su trabajo que el francés recordó que se suponía que tenía que ir con ellos.
—¿Qué esperas, Camus? ¿O será que ya cambiaste de idea?
—No, no es eso. Es sólo que estoy a punto de terminar. ¿Sí iremos a La Destilería? Los alcanzo en cuanto acabe con esto.
A pesar de que Afrodita no pareció estar muy convencido con su respuesta, todos los demás comenzaban a irse y no tenía intenciones de quedarse atrás.
—Está bien. Más te vale que llegues, ¿escuchas? Nos vemos el lunes, Milo.
—Se divierten —respondió descuidadamente—. Se toman una a mi salud.
Después de eso Camus y Milo se quedaron solos en la oficina. Por varios minutos lo único que se escuchó fue el teclear del primero y los insistentes golpecitos en la mesa del segundo. Camus comenzaba a creer que perdería la cordura cuando fue sorprendido por el timbre de un celular.
Milo buscó su teléfono con tanta desesperación que casi se le cae de las manos.
—¿Kanon? ¿Ya estás aquí? —el griego se puso de pie al instante y sonrió amplísimamente—. ¡Si! ¡Te espero afuera! Si, en la entrada principal. ¡Nos vemos!
Con torpeza guardó su celular y apagó la computadora. Como pudo logró meter en su mochila todo lo que había sobre el escritorio —por poco se llevó el teclado— y, después de deshacer su larga trenza, se tomó unos segundos para tranquilizar su respiración.
—¡Te veo el lunes, Camus! ¡Te diviertes!
Tres segundos más y Milo despareció detrás de la pesada puerta de madera.
Camus trató de no pensar demasiado en lo ocurrido. Releyó por última vez su artículo y se lo envió por correo electrónico a Shion. Esperando que la velada le ayudara a tranquilizarse, empacó sus cosas y bajó hasta el recibidor. Justo antes de que abriera la puerta de vidrio, se percató de que Milo aún estaba ahí. Miraba con insistencia hacia la calle en espera a que llegara el tal Kanon.
Pensó en armarse de valor y salir en ese instante, pero entonces un lujoso automóvil negro se detuvo justo frente a su alumno. De ahí salió un hombre alto, de cabello largo y con una sonrisa tan descarada que Camus tuvo ganas de rompérsela de un puñetazo.
Milo no tardó en alcanzarle y en abrazarle fuertemente mientras balbuceaba algo entre sonoras carcajadas. Kanon respondió a su efusividad apretando el abrazo y dándole varios besos en la frente.
Después de un par de minutos se separaron y Milo se subió al asiento de copiloto y Kanon regresó al volante. El automóvil arrancó y avanzó por la avenida sobrepasando el límite de velocidad.
A sabiendas de que lo mejor que podía hacer en esos momentos era distraerse, Camus se decidió a alcanzar a los demás en el bar. Si bien no tenía intenciones de ahogar sus penas en alcohol, en esos momentos socializar le parecía más sensato que irse a sentir miserable a su departamento.
Ya tendría todo el fin de semana para preocuparse por el fuerte dolor en su pecho.
Comentario de la Autora: =D
Para leer más del sufrimiento de Camus, favor de esperar un mes más. ¡Muchísimas gracias por las lecturas y por los reviews! Espero no lo hayan odiado.
Camus sí.
