Capítulo 7: Resistencia al Impacto

La resistencia al impacto describe la capacidad de un material para absorber golpes y energía sin romperse. En un recubrimiento, los polímeros son los encargados de ofrecer al sustrato la protección mecánica necesaria, por lo que se espera que éstos resistan al menos cierto grado de impacto sin presentar astillas o pérdida de adherencia.

Camus se apresuró para llegar al bar en donde se encontraría con sus compañeros. Después de presenciar la desagradable escena con Milo y el tal Kanon, lo menos que quería hacer era quedarse solo con sus pensamientos. Una parte de él se sentía indignada y traicionada. Después de todo, Milo parecía haber sido claro con sus intenciones —como bien dijo Afrodita, hasta Shura se dio cuenta. ¿Por qué entonces había alguien más?

Por otra parte, el poco optimismo de Camus le lanzaba de cuando en cuando oleadas de esperanza. ¿Qué le aseguraba que Milo tenía algo que ver con ese hombre?

—No lo sé —pensó—, quizá sea el íntimo abrazo que compartieron, el decidido modo en el que Milo se adentró a su automóvil, o el simple hecho de que Kanon sea un hombre alto, atractivo y claramente mucho más acaudalado que yo.

Se golpeó a sí mismo en la frente al percatarse de sus pensamientos fatalistas. Decidió mejor concentrarse en no ser atropellado en el trayecto a la Destilería y, afortunadamente, llegó al bar antes de que sus especulaciones le deprimieran lo suficiente como para convencerle de que lo mejor sería encerrarse en su departamento hasta que llegara el lunes.

El bar era pequeño y poco concurrido a esa hora de la tarde. Camus solía sentarse en la barra para tomar un par de copas de vino, pero en esa ocasión sus compañeros le esperaban en una larga mesa. Además de sus compañeros de oficina, había otros dos muchachos del grupo y un par de chicos mal encarados que, suponía, debían ser amigos de Death Mask.

—¡Camus! —exclamó el festejado—. ¡Al fin llegas! Comenzábamos a apostar si vendrías o no.

—Estoy aquí, estoy aquí.

Tomó asiento en el único lugar que había disponible: uno de los extremos de la mesa justo al lado de Afrodita y de uno de sus compañeros cuyo nombre ni siquiera conocía. Hubo un intercambio de presentaciones a las que Camus no prestó atención y unos minutos después el mesero tomó su orden.

—¿Todo bien? —preguntó el sueco una vez que cada quien retomó la conversación que llevaba antes de que Camus llegara.

—Sí, finalmente quedó el artículo.

Afrodita apretó ligeramente los labios mientras recargaba su rostro en sus dedos entrelazados.

—No preguntaba por el artículo.

—Tendrás que ser más específico, entonces —murmuró.

El otro enderezó su espalda y sonrío con malicia.

—Ah, ese es el viejo Camus gruñón que todos conocíamos y odiábamos —el aludido frunció el ceño—. Ya sabes, ese al que teníamos que soportar todos los días antes de que Milo llegara al laboratorio.

—¿Para esto querías que viniera? ¿Para reírte a mis expensas?

El sueco sonrió con orgullo y se alzó de hombros mientras el mesero le servía a Camus un tarro con cerveza oscura.

—En parte. ¿Y bien? ¿Qué pasó? ¿Discutieron?

Camus exhaló y le dio un largo sorbo a su bebida.

—No precisamente.

—¿Entonces?

—Hay alguien más.

Afrodita parpadeó varias veces y miró a su alrededor como si esperara a que la misteriosa persona apareciese repentinamente en el bar.

—¡Debes estar bromeando! ¡Le encantas! ¿Qué pasó? ¿Qué viste?

—Vi a su compromiso importante. Eso es lo que vi.

El otro gruñó gravemente y entrecerró los ojos.

—¿Salió con alguien más?

Camus asintió y se dio un par de golpecitos para aliviar el malestar en su pecho. No estaba acostumbrado a tomar cerveza.

—Un tal Kanon —refunfuñó—. Debiste haberlo visto: Milo literalmente se lanzó a sus brazos.

—¿Era atractivo?

El francés torció la boca y consideró su respuesta antes de hablar. No podía negar que el hombre era bien parecido. Era alto, atlético e incluso desde la distancia pudo apreciar sus brillantes ojos verdes. Además, su ladina sonrisa iba acompañada de una soberbia presencia. Claramente era mayor que Milo y Camus temía que ese simple hecho lo hiciese aún más interesante para su alumno.

—No tanto —mintió, mas la arqueada ceja de Afrodita le hizo saber que fue en vano.

—¿Con no tanto te refieres a que no está mal o a que es la encarnación de algún dios de la fertilidad?

Camus posó sus labios sobre su tarro de cerveza.

—Olvídalo.

—¡Ah! ¡Entonces es un dios de la fertilidad!

—Más bien es el dios de la prepotencia. Se cree el rey del mundo sólo porque tiene un Audi del año.

Afrodita rio quedamente.

—¿Del año? Con razón Milo le saltó a los brazos.

—No sé ni por qué te estoy contando todo esto.

—Porque necesitas que alguien te consuele y te diga que no importa qué tan maravillosa sea esa otra persona ni qué tan genial sea su automóvil; que le gustas a Milo y que tarde o temprano terminarán juntos.

—¿Esa fue una respuesta retórica o estás intentando darme palabras de aliento?

—Aunque en realidad va a estar difícil que terminen juntos si ni siquiera te atreves a invitarlo a salir —continuó—. Le has hecho esperar por tres meses, Camus. El pobre muchacho tiene su corazoncito.

El francés pensó un momento en las palabras de Afrodita. A pesar de que sabía que su tono era más bien de burla, tenía que admitir que tenían un cruel dejo de verdad. Milo fue claro en su interés desde un principio y, si bien Camus nunca desalentó sus avances, tampoco se atrevía a dar el siguiente paso. Su alumno era orgulloso y ya se había tomado la molestia de mostrar iniciativa; era de imaginarse que no haría nada más hasta que Camus se sincerara.

—De cualquier forma ya es muy tarde para eso.

Afrodita lanzó un lastimero quejido de hastío y Camus instintivamente miró hacia el resto de sus compañeros para asegurarse de que el ruido no llamara su atención. Afortunadamente, todos estaban tan concentrados en sus propios tragos y conversaciones que la melodramática reacción de su amigo pasó desapercibida.

—No puedo creer que estés pensando en rendirte. ¡Estamos hablando de Milo! El hombre que te cocina todos los días y que te mira con cara de estúpido enamorado cada que le explicas algo. ¡Está loco por ti!

—Quizá esté loco por ambos.

—Y quizá tú debas ser sincero contigo mismo y tomar cartas en el asunto.

Camus se encogió ligeramente de hombros tras escuchar las directas palabras de Afrodita. ¡Genial! Le había hecho enojar. Terminó su cerveza de un solo golpe a sabiendas de que tarde o temprano tendría que salir corriendo del bar. Afrodita podía ser verdaderamente terrible una vez que se enojaba y no tenía intenciones de experimentar aquello que sólo Death Mask era capaz de sobrevivir para contar.

—Por favor, Camus —instó Afrodita—. ¡Te trae loco! Nunca antes te había visto actuar así con alguien. Te hace sonreír y, de algún modo, logra sacarte más de diez oraciones por minuto. ¿Lo dejarás ir sólo porque un cualquiera se apareció de la nada?

—Dirás un millonario cualquiera.

—Millonario o no, tú eres su tutor. Eso también cuenta, ¿no te parece? Pasas más tiempo con él que nadie y eso te da la excusa perfecta para invitarlo a tu departamento.

—¿Disculpa?

—¡Ya sabes! Dile que necesitas revisar algunos puntos de su proyecto, pero que prefieres la tranquilidad de tu hogar antes que la bulliciosa biblioteca.

—Eso no es ético.

—¡Al diablo con la ética! ¡Tienes que hablar con él y dejar las cosas en claro! No podrás iniciar una relación con él si permites que algo tan sencillo destruya lo poco que ya tienen.

Camus sabía que Afrodita tenía razón. Él mismo había complicado enormemente las cosas. Hablar con Milo era lo más indicado para acabar con las dudas que le atormentaban y, con suerte, lograría salir victorioso de aquella competencia que él mismo se había inventado. Sin embargo, decirlo era mucho más fácil que hacerlo. Hacía tiempo que no se aventuraba en una relación formal y, por si fuera poco, su estatus como asesor del muchacho le inquietaba. ¿Sería apropiado? ¿No sería más adecuado esperar a que Milo se titulara?

No. Por supuesto que no. No había tiempo para eso; ya sea porque Milo se cansara de esperar o porque Camus perdiera todo su autocontrol y acabara asaltándolo a mitad del laboratorio.

Ético o no, Camus tendría que tomar cartas en el asunto.

—Tienes razón —concordó—. Hablaré con él el lunes, pero no lo llevaré a mi departamento con una estúpida excusa.

Afrodita sonrió amplísimamente y posó su brazo alrededor de los hombros de Camus.

—¡Perfecto! ¡Estoy seguro de que todo saldrá bien! No hay modo en el que Milo quiera a alguien más de lo que quiere a su asesor.

—¡Oigan ustedes dos! —la chirriante voz de Death Mask dirigió toda la atención hacia Camus y Afrodita—. ¿Qué tanto hacen ahí? Les recuerdo que ésta es mi fiesta de celebración y que deberían prestarme toda la atención.

—Te prestaría atención, Death Mask —canturreó Afrodita—, pero no me gusta enfocarme en estupideces.

El italiano estuvo a punto de iniciar una sonora discusión. Sin embargo, justo en ese momento Aioros llegó al bar y los efusivos saludos aplacaron el ambiente. Camus suspiró aliviado imaginándose que todos se enfocarían en el recién llegado y que podría distraerse con las últimas andanzas de Aioros.

—Me da gusto verte, Camus —dijo el mayor mientras jalaba una silla cercana y la colocaba entre su hermano y Shura—. Shura me ha contado algo muy interesante y quería confirmarlo contigo.

—¿De qué se trata?

—¿Es cierto que le has echado el ojo a tu alumno?

Varias risas, gritos de sorpresa e incluso algunos aplausos se alzaron por la mesa. Camus miró con desesperación su vacío tarro de cerveza y decidió que, si quería sobrevivir a la velada, tendría que pedir algo mucho más fuerte.

Comentario de la Autora: Jaja! Los hice esperar un mes para esto. =D ¿No es fabuloso? Éste es mi regalo para ustedes para Día de Muertos.

...

Les prometo que el siguiente capie ya habrá interacción entre Milo y Camus. Pero eso... hasta el próximo mes! ¡Casi lo siento!