Capítulo 8: Tacticidad

La tacticidad se refiere al arreglo esteroquímico de los centros quirales de una macromolécula. En un polímero isotáctico, el grupo funcional se ubica solamente en un lado de la cadena, es decir, en solo un eje del plano tridimensional. Los polímeros sindiotácticos poseen también un orden constante de los substituyentes, sin embargo, estos se encuentran enlazados de forma alternante en el carbono quiral de la cadena principal del polímero. Finalmente, en los polímeros atácticos, los substituyentes se encuentran distribuidos de manera aleatoria a lo largo de la cadena de la macromolécula.

Camus Carlier no solía ponderar sobre la existencia o inexistencia de dios. Prefería aprovechar su efímera vida para solucionar preguntas que de hecho tuviesen respuesta, manteniendo un punto de vista objetivo y cabal. No se consideraba a sí mismo una persona espiritual y no deseaba serlo, sin embargo, ocasionalmente ocurrían en su vida extraños acontecimientos que le hacían considerar la posible existencia de una divinidad.

La mañana en la que se encontró con Milo en el parque fue uno de esos momentos. Después de todo, habían sido vecinos desde hacía cuatro años y sólo entonces se encontraron fuera de la escuela. La probabilidad de que eso ocurriera era casi nula y, sin embargo, ocurrió. Ocurrió y provocó que Camus tuviese uno de los mejores fines de semana de toda su vida. El conato de incendio, sus ganas de leer en el parque, el hecho de que eligiese una banca a un costado de la pista de carreras, todos esos acontecimientos se mezclaron de un modo tan eficaz que, sin duda, alguna divinidad tuvo que ver en el asunto.

Curiosamente, también sospechaba que el mismo dios fuese el responsable de que, días después, acabase su artículo a la hora justa para encontrarse con Milo y su otro pretendiente.

Camus no estaba seguro de si existía o no un dios, pero de algo estaba seguro: si acaso existía, seguramente disfrutaba verle sufrir.

Incluso después de escuchar las alentadoras palabras de Afrodita, su fin de semana le pareció eterno y melancólico. Se pasó los días atrincherado en su departamento, durmiendo sólo un par de horas por noche y mirando aburridas series de televisión mientras comía pizza recalentada acompañada con una botella de vino tinto.

La mayor parte del tiempo se dedicaba a lucubrar decenas de escenarios posibles a lo que ocurriría el lunes. Planteaba su confesión de mil y un modos y se atormentaba con las posibles consecuencias de su decisión.

Su angustia fue tal que el domingo tuvo que tomar una pastilla para dormir. Se sentía exhausto y sabía que no sobreviviría la semana si no pegaba el ojo aquella noche. Afortunadamente, el medicamento fue lo suficientemente fuerte como para permitirle cerrar los ojos a las nueve de la noche y no abrirlos sino hasta el lunes a las seis de la mañana.

Aun así, la incertidumbre de lo que ocurriría no tardó en regresar y en el camino a la universidad comenzó a sufrir náuseas y dolor de estómago. Por unos minutos consideró seriamente el regresar a casa, no obstante, sabía que lo mejor sería enfrentar la situación ese mismo día.

Una vez que llegó a la oficina se sintió agradecido de que sus compañeros estuviesen demasiado ocupados remembrando la velada del viernes como para prestarle atención. El no sentirse observado alivió un poco su angustia y sólo le quedó ser paciente hasta que Milo llegase a la universidad, cosa que no ocurrió sino hasta pasadas las nueve de la mañana.

Camus se sorprendió no sólo de que su alumno llegase una hora después de lo usual, sino que también por su decaído rostro. Su coqueta sonrisa había sido reemplazada por una mal encarada mueca de hastío, y sus usualmente brillantes ojos lucían opacos y oscurecidos por unas marcadas ojeras. Era claro que el hombre había pasado una noche terrible y, después de saludar parcamente a los demás, tomó asiento frente a su computadora para iniciar una larga sesión de escritura.

Conforme pasaron las horas, Camus comenzó a sentirse ligeramente culpable por hallar cierta diversión en la pesadumbre de Milo. Se atrevería a apostar la mitad de su beca mensual a que el culpable de su decaimiento no era otro sino el famoso Kanon. El hombre seguramente había perdido muchos puntos ante Milo y eso significaba que era la oportunidad de que Camus recuperara el terreno perdido.

Al menos ese era el plan original ya que el francés intentó en vano armarse de valor y decir algo. Cualquier cosa. Tal vez un "¿qué tal el fin de semana?" o un "¿mala noche?". Sin embargo, Milo no parecía estar con ánimos de ser interrogado y Camus dedujo que no era el momento ni el lugar para iniciar una conversación tan íntima.

La hora del almuerzo llegó antes de que uno u otro se percatara y, cuando el resto del equipo comenzaba a organizarse, Milo fue rápido en rechazar la invitación.

—Lo siento, chicos. Estoy a punto de acabar con la introducción de mi tesis. Quiero acabar esta semana para evitar que me asesine mi supervisor —aunque sus palabras fueron dichas en tono de broma, su sonrisa distaba mucho de ser sincera.

—¡Tonterías! —espetó el italiano—. ¡Primero mi fiesta y ahora el almuerzo! Pasas demasiado tiempo con Camus.

—¿Y qué con eso? —inquirió Milo—. Es un buen ejemplo a seguir.

—Ciertamente es mejor ejemplo que Death Mask —interrumpió Aioria.

—¡Bah! ¡Es un ñoño!

—Todos somos ñoños —señaló Shura—. Incluso tú.

Death Mask comenzó a insultar a diestra y siniestra y de no ser por Afrodita, quien insistió en que ya tenía mucha hambre y que lo mejor sería adelantarse, se habría quedado maldiciendo hasta que diesen las cinco de la tarde. Afortunadamente, después de algunos tropiezos, tanto Camus como Milo se quedaron solos en la oficina.

—No he tenido tiempo de cocinar, Camus. ¿Podrías compartir conmigo tu dotación de sopas instantáneas?

Camus bufó y caminó hacia el archivero en donde guardaba su variada y valiosa colección.

—Creí que estas cosas eran terribles para mí y que me matarían tarde o temprano.

Le mostró uno de los paquetes circulares y después de recibir un movimiento de cabeza como aprobación lo llenó con agua y lo metió al microondas.

—Pues sí, hacen eso cuando las comes a diario. Yo todavía soy inmune.

A sabiendas de que no debía enfocarse en una discusión tan nimia, Camus se ahorró el resto de sus comentarios y siguió con la laboriosa preparación de su almuerzo. Tras cinco largos minutos, dos botecitos con ramen estaban listos para ser ingeridos.

—¿Sabes? Esto no huele tan mal después de todo —murmuró mientras ponía la copita a enfriar.

—¿Qué es lo que ocurrió, Milo?

Camus se reprendió mentalmente al escuchar lo directa que sonó su pregunta. Él no estaba acostumbrado a… hablar con las personas y sabía que su franqueza muchas veces cruzaba la línea de la descortesía. Generalmente no le importaba ser considerado grosero, pero no quería darle a Milo esa impresión. Mucho menos en un momento como ese.

—¿Tanto se me nota? —susurró de mala gana—. Está bien. No tenía intenciones de ocultar mi mal humor.

—No tienes que decírmelo si no quieres —admitió a regañadientes—. Sólo diré que nunca está de más desahogarse con alguien.

—No necesito a alguien para desahogarme —respondió con el ceño fruncido y Camus tuvo que contener una sonrisa al reconocer al orgulloso Milo que había aprendido a querer—. Aunque sí me gustaría contártelo.

Camus tragó saliva, puso a un lado su copa de ramen —de cualquier forma seguía demasiado caliente—, y giró su silla en torno a él. Podía sentir los latidos de su corazón pulsar a través de sus oídos y poco a poco la acidez en su estómago regresaba. ¿Le hablaría de Kanon? ¿Tendría oportunidad de confesarse?

—El viernes no pude acompañarlos porque tuve que verme con alguien —Camus enderezó su espalda de modo expectante—. Quizá me escuchaste cuando hablé con él por teléfono. Kanon vino de visita.

—Algo escuché —admitió.

—Me llamó el jueves diciéndome que estaría en Atenas para el fin de semana y desde entonces no pude pensar en nada más. Hacía cuatro años que no le veía.

Milo bajó la mirada y Camus notó el vidrioso aspecto de sus ojos.

—Me divertí mucho —rio quedamente y Camus sintió una oleada de enojo—, pero ahora se ha vuelto a ir y he recordado lo mucho que lo odiaba cuando se iba.

El cerebro del francés comenzó a trabajar a mil por hora para comprender hacia dónde estaba yendo la conversación. ¿Qué debía hacer? ¿Darle por su lado y decirle que Kanon era un imbécil? —claramente lo era, sólo un estúpido se atrevería a abandonar a alguien como Milo. ¿O callar y esperar a que pudiera dilucidar algo más de aquella conversación? Astutamente optó por lo segundo.

—Los libros de fotografía son de él, ¿sabes? Siempre le gustó; desde pequeño. Logró que le compraran una de esas camaritas baratas y la llevaba a todos lados. Nunca perdía oportunidad para buscar algo nuevo para fotografiar.

¿Desde pequeño? De acuerdo, la cosa se ponía aún más extraña. ¿Kanon? ¿Por qué Milo le hablaba como si ya le conociera? Si bien sabía que tenía un hermano mayor, no recordaba que ese fuese su nombre. ¿Sería acaso un amigo de la infancia? Trató con todas sus fuerzas recordar si ya había escuchado aquel nombre antes.

—Se fue de la isla apenas cumplió los dieciocho años. Mis padres pegaron el grito en el cielo —padres, exclamó Camus mentalmente, esa era una buena pista—. Mi hermano mayor lo tomó con más filosofía; supongo que porque él lo conocía mejor que nadie.

¿Kanon sería otro hermano? ¿Por qué sólo solía escuchar del mayor? Tal vez era un primo o algo así. ¿Un primo lejano?

—Yo me enojé tanto como mis padres. Kanon era mi mejor amigo; me hacía reír y era en quien más confiaba en todo el mundo —sonrió de medio lado—. Por mucho tiempo sentí celos de mi hermano mayor por ser tan cercano a él; yo también quería ser su gemelo, conocerlo desde antes de nacer, comprenderlo como Saga lo hacía —suspiró—. Creo que aún le tengo algo de celos.

Camus no escuchó las últimas palabras de Milo. Estaba demasiado emocionado festejando su descubrimiento.

¡Gemelos! ¡Esa era la respuesta! ¡Saga era el mayor y Kanon era el otro! Saga equivalía a 'hermano mayor' y Kanon equivalía a 'Kanon'. Realizó la anotación en su cuadernillo mental y varios fuegos artificiales retumbaron en su imaginación. Era su hermano nada más. ¿Quién diría? La repentina aclaración le ayudó a aceptar que sí existía un dios después de todo. Un dios amable, generoso y del que nunca debió de haber dudado.

—Fue un mal momento para mí —continuó Milo—. Kanon se fue a conocer el mundo y Saga se mudó a Atenas. Me tomó cuatro años alcanzarle y a final de cuentas sólo convivimos un año. Después me quedé solo en el departamento. Fue una época complicada. Todo un semestre consideré la idea de regresar a Milos, pero Kanon siempre me telefoneaba y me convencía de que era estúpido, de que yo tenía la fortaleza para seguir adelante y para hacer lo que quería hacer. Siempre me decía que nunca debía dejar de hacer las cosas que quería por miedo a hacerlas.

Camus le vio parpadear varias veces e instintivamente le cubrió con su brazo izquierdo.

—Me costó, pero lo logré. Logré terminar y hasta descubrí que me gustaba estar aquí. Tanto así que cuando acabé la licenciatura decidí quedarme a trabajar. Sinceramente creí que ya lo había superado, pero la visita de Kanon me descontroló. Esperé mucho tiempo para verle nuevamente. Ahora ya está en quién sabe dónde y no sé cuándo nos volveremos a ver. La despedida me hizo recordar malos tiempos —hundió su rostro entre sus desarreglados cabellos—. Muy malos.

—Son sólo recuerdos —susurró Camus—. Ya no estás solo, o más bien, ya sabes que no estás solo.

Milo asintió.

—Soy un adulto y sigo llorando porque Kanon se fue de la casa. Incluso hoy me molesta hablar de él porque me entristece. Algunos de mis amigos ni siquiera saben que tengo un segundo hermano. Es patético.

—No lo es.

—Entonces es estúpido. Sé por qué se va; sé que no podría ser feliz quedándose en sólo un sitio y sé que yo nunca podría acompañarle. Aun así no puedo evitar…

—No se deja de tener sentimientos por ser adultos, Milo. La única diferencia es que uno aprende a controlarlos y, muchas veces, a censurarlos tanto para bien como para mal. Está bien que te desahogues. Es catártico.

Milo fracasó en contener una risilla.

—No sé lo que esa palabra signifique —Camus repitió el término—. ¡Ah! Kathartikós.

—Eso —asintió el otro pensando en lo bien que se escuchaba Milo hablando en su lengua natal.

—Como siempre, tienes razón, Camus. Gracias.

En lugar de responderle, el francés optó por contemplarle en silencio. Pensó que aquella faceta de Milo era fascinante. Generalmente se presentaba como alguien muy alegre y seguro de sí mismo; sin embargo, al igual que cualquier otro tenía debilidades y momentos de tristeza. Camus sabía que él tenía las mismas fallas y pensó en lo agradable que sería tenerse el uno al otro para acompañarse en los malos momentos.

La cercanía también era buena, pensó: su cálido cuerpo debajo de su brazo, el sonido de su respiración y el poder admirar sus ojos a sus anchas.

¿Sería ese el momento apropiado?

Camus se convenció a sí mismo de que lo era. Cuidadosa y lentamente alzó su brazo derecho hacia el rostro de Milo, acunó su mejilla en su mano y poco a poco comenzó a dirigir sus labios hacia los suyos. El menor abrió ampliamente los ojos, claramente sorprendido por las acciones de su tutor, mas no hizo nada para detenerlo. Cuando la distancia se acortó a tan solo un par de centímetros, Milo cerró los ojos y ladeó el rostro en lado opuesto al del francés.

—Disculpa, Camus.

Los hombres se separaron al instante. Milo tomó su sopa instantánea y comenzó a darle largos sorbos a los fideos, mientras que Camus giró su silla hacia quien había interrumpido la escena. Se trataba de Shion y el francés suspiró con alivio al darse cuenta de que éste no se percató de lo que acababa de interrumpir: sus ojos estaban fijos en un conjunto de hojas que llevaba entre las manos.

—El doctor Matyjaszewski me ha compartido su presentación del congreso de Warwick —señaló sin alzar el rostro—, pero no sé qué diablos hice con mi computadora que todo el formato se desarregló. ¿Puedes ayudarme a imprimirlo? Llevo dos horas intentándolo.

—Haré lo que pueda —aseguró Camus demasiado abochornado como para rehusarse.

Se puso de pie y salió de la oficina dejando atrás tanto su sopa instantánea como su estudiante.

—¿Milo? —preguntó el doctor—. ¿No te fuiste a comer?

—Quiero acabar mi introducción esta semana.

—No te esfuerces demasiado —aconsejó—. Sólo porque Camus esté loco no quiere decir que tú tengas que estarlo.

Milo le dedicó una nerviosa sonrisa y, una vez que le dejaron solo, golpeó su cabeza contra el teclado.

Comentario de la Autora: Jaja!