Capítulo 10: Resistencia Química
La resistencia química se refiere a la capacidad de los materiales a mantenerse íntegros ante la exposición de distintos agentes químicos. La resistencia química de los polímeros se basa no solo en su composición, sino que también en su grado de cristalinidad, su morfología y su peso molecular promedio.
La hora de la verdad llegó con más rapidez de la que Camus hubiese deseado. Death Mask obtuvo el preciado título de doctor y, después de un par de brindis con todos los miembros del grupo, el no tan selecto comité de celebración partió de la universidad para encaminarse al bar favorito de todos.
Los quince minutos de trayecto le parecieron eternos al francés que trataba de escuchar con atención lo que su alumno le indicaba. Ocasionalmente alzaba la mirada para asegurarse de que no estuviesen rezagándose del grupo, pero cada vez regresaba los ojos al suelo al encontrarse con la pícara sonrisa de Afrodita.
—Tuve problemas cuando comparé la polimerización catiónica con la aniónica —explicó Milo—. Creo que debí haber hecho un subtítulo para cada uno; todo se revolvió. Para cuando me decidí a corregirlo se me terminó la semana. ¿No se te dificultará mucho la revisión? Lamento que haya resultado así. Me enfoqué en otras cosas y apenas hoy me percaté de lo que pasaba. ¿Camus? ¿Me estás escuchando?
El aludido asintió a pesar de que no tenía ni la más mínima idea de lo que su alumno estaba diciendo. ¿Realmente tenía que discutir sobre la introducción de su tesis en esos momentos? ¿No se daba cuenta de lo ocupado que estaba pensando en cómo confesarle sus sentimientos?
—Estará bien. Para eso te pedí la introducción en estas fechas: para que la revisara y te diera mi opinión. Tendrás buen tiempo para corregirla.
—Ese no es el problema, Camus —alzó un poco la voz—. Pude haber hecho un mejor trabajo que éste.
—Déjalo. Ya hablaremos de eso cuando regrese.
Milo apretó los labios y se cruzó de brazos.
—No puedo esperar tanto. ¡Es importante!
—¿No puedes esperar una semana?
—Sólo te estoy pidiendo que no me juzgues con demasiada severidad.
Camus tuvo que admitir que su preocupación le enternecía. ¿Acaso le importaba tanto lo que opinara de su trabajo? En un sorpresivo ataque de valentía pasó su mano izquierda sobre el cabello de Milo y le repitió que todo estaría bien.
—Sé lo mucho que te has esforzado; no pienses más en eso y diviértete.
Un tenue rubor cubrió las mejillas del griego y, tras asentir lentamente, decidió acelerar el paso con la excusa de que los demás ya les llevaban varios metros de ventaja.
Una vez que llegaron al bar, los compañeros se distribuyeron en una larga mesa y Camus tuvo la prudencia de sentarse justo al lado de Milo. La tarde apenas comenzaba y no quería demostrar su debilidad ante la atenta mirada de Afrodita. Estaba seguro de que si pasaba un día más sin aclarar las cosas con Milo, el sueco tomaría cartas en el asunto y aquello era algo que Camus no tenía intenciones de vivir en carne propia.
—Damas y caballeros —exclamó Death Mask una vez que todos tomaron asiento—. Les agradezco a todos por acompañarme en éste, el feliz día de mi titulación. Sin embargo, a nadie le agradezco más que al novato que tan amablemente se ofreció a pagarnos a todos la primera ronda: Milo.
—Eres un imbécil —espetó el aludido—. Te aprovechas de que soy un hombre de palabra.
—Cállate y saca tu billetera, hombre de palabra.
Milo no tuvo posibilidades de descartar la grosera orden y en unos cuantos minutos la mesa estaba repleta de variadas bebidas alcohólicas.
Camus mantuvo su ritmo durante la primera, segunda y tercer rondas. Fue sólo hasta la cuarta que comenzó a quedarse atrás. No sólo su poca capacidad para retener el alcohol le impedía alcanzar a los demás en su afanosa carrera para emborracharse, sino que también tenía muy en mente lo sobrio que tendría que mantenerse si es que quería que su plan tuviese éxito. Aunque, ahora que lo pensaba, si Milo seguía bebiendo de ese modo ni siquiera tendría oportunidad para ponerlo en práctica.
—¿Milo? —con la esperanza de distraerlo de su bebida, Camus decidió iniciar una conversación—. Con respecto a tu revisión bibliográfica…
El griego puso los ojos en blanco y dejó escapar un lastimero quejido. Era claro que el joven ya había tomado lo suficiente como para olvidarse de su diplomacia.
—¿Quién te entiende, Camus? Primero me dices que me olvide del asunto y ahora quieres retomarlo. Lo siento, ya tomé demasiado como para recordar siquiera lo que es una polimerización.
Por supuesto que en esos momentos lo que menos le importaba a Camus era si Milo recordaba algo de química o no. Lo único que le interesaba era que su alumno se mantuviese lo suficientemente sobrio como para recibir una confesión.
—Dijiste que era importante.
—Y tú dijiste que no pensara más en eso y que me divirtiera —rezongó.
—Pues si ya has olvidado de lo que se trata el tema de tu maestría, entonces creo que ya te has divertido demasiado.
Milo se alzó de hombros y se inclinó hacia él, dándole un suave golpe en el brazo.
—Más bien es que tú quien no se está divirtiendo lo suficiente.
—Me estoy divirtiendo —gruñó.
—Ah… ten cuidado. No vayas a explotar de la felicidad —rio burdamente y se recargó por completo en el hombro del otro—. Siempre eres tan… epísimos.
—¿También olvidaste tu inglés?
—No todos tenemos un inglés perfecto, señor Webster.
—Merriam-Webster, por favor.
Por varios segundos Milo rio como si aquel fuese el mejor chiste del mundo y, a pesar de que sabía que gran parte de esa reacción se debía a que estaba tomado, Camus no pudo evitar sentirse bien consigo mismo. ¿Quién diría que a final de cuentas sí tenía sentido del humor?
—Eres gracioso —balbuceó Milo mientras sacudía la cabeza—. Te voy a extrañar mucho.
—No es para tanto. Regresaré en una semana.
—No me refiero a eso —se separó de él para darle un sorbo a su bebida—. Me refiero a cuando te titules y regreses a Francia.
Camus se quedó sin palabras por varios segundos. No comprendía de dónde venía aquella idea. Si bien nunca había hablado con Milo sobre sus planes futuros, le parecía extraño que diese por sentado que regresaría a París cuando para él mismo era una idea absurda. ¿Desde hacía cuánto que tenía aquella idea en la cabeza?
—¿Y quién dice que voy a regresar a Francia? —el menor le miró con tanta sorpresa como si le hubiera salido una segunda cabeza—. Pensé que era obvio. Ya le he pedido a Shion que me admita como posdoctor.
—No tenía idea —admitió el otro con un gesto bastante avergonzado.
—Te dije que me gustaba vivir en Atenas.
—Sí, pero no creí que te disgustara vivir en París.
Camus suspiró mientras acomodaba uno de sus mechones detrás de su oreja. Aquel asunto le parecía tan sencillo que no comprendía por qué Milo lucubraba con tanto fatalismo. París era una ciudad hermosa, llena de cultura y artes y escenarios idílicos. Amaba a su tierra natal y a su familia, sin embargo, ahora que conocía a la vibrante ciudad griega, París se le antojaba serena y gris. Aunque hacía algunos años consideraba los días lluviosos y los atardeceres silenciosos como lo más afín a su personalidad, ahora sentía que las casas coloridas y las mañanas ruidosas le hacían más feliz. No era que una ciudad fuese mejor que la otra. Simplemente eran diferentes y Camus quería permanecer en la que le parecía más viva.
—No es eso —murmuró—. Es… es sólo que me gusta más aquí, ¿de acuerdo?
Milo pareció conforme con la simple respuesta, ya que sonrió amplísimamente y retomó su lugar recargado en el hombro de Camus.
—Entiendo. Lamento haber tomado las cosas por sentado.
—Está bien. Yo tampoco dejé las cosas en claro.
Por unos momentos Milo tornó su atención a sus compañeros, pero no tardó en decidir que su conversación con Camus era mucho más interesante que la del resto de la mesa.
—No tienes que darme explicaciones —aseguró—. Aun así, estoy feliz de que te quedarás. Podremos seguir viéndonos una vez que me titule, ¿verdad?
El francés dejó escapar una débil risa y le aseguró que así sería.
Los intentos de Camus para evitar que Milo se emborrachara hasta la médula funcionaron sólo a medias. Su torpe conversación logró distraer a Milo lo suficiente como para extender sus descansos entre trago y trago y Camus sospechaba que sería capaz de recordar la mayor parte de los eventos de aquella tarde, incluida su confesión. Por otro lado, tampoco era como si el muchacho estuviese completamente sobrio. Es más, sabía que si la velada se extendía por una hora más sería imposible que cumpliera su cometido. Envalentonado por el alcohol, Camus decidió tomar cartas en el asunto.
—Me temo que es hora de que me retire —indicó con voz lo suficientemente alta para ser escuchado por Death Mask.
—¿Bromeas? ¡Apenas estamos empezando! ¡Después de esto iremos a casa de Shura!
—¿Cómo que a mi casa? —exclamó el mayor casi atragantándose con los cacahuates que comía—. ¿A qué hora se decidió eso?
—No te preocupes, hombre. Al rato arreglamos los detalles.
—He de insistir —continuó Camus sin permitir que la discusión virara en otra dirección.
—¡Si no han dado ni las diez de la noche! —espetó nuevamente el italiano.
—Mi vuelo sale mañana temprano —exageró sin reparos mientras juntaba su mochila y chamarra—. Tú te vienes conmigo, Milo.
—¿Y yo por qué? —Camus frunció el ceño ante el agudo tono de sus palabras—. Yo no tengo un vuelo mañana.
—Has tomado demasiado y alguien tiene que llevarte a tu casa. Somos vecinos y es la solución más lógica.
Milo miró detenidamente el vaso entre sus manos como preguntándose a sí mismo si realmente estaba más borracho de lo que pensaba.
—¡Déjalo en paz, Camus! Si él se quiere quedar, déjalo.
—¿Y tú lo llevarás a su casa cuando terminemos? —canturreó Afrodita y Camus sonrió disimuladamente para agradecerle su ayuda.
—¡Es un adulto! ¡Puede cuidarse a sí mismo! ¿No es así, Milo?
El griego rascó su cabeza por un par de segundos antes de alzarse de hombros.
—Quizá Camus tenga razón —dijo no del todo convencido—. Además, tuve una semana difícil. Lo mejor será que me vaya a descansar.
—¡Par de aburridos! ¡Ustedes se lo pierden!
Después de intercambiar algunas despedidas y de reiterar las felicitaciones, Camus y Milo salieron del bar. Mientras caminaban por las frías calles, el francés se congratuló a sí mismo por la maravillosa escena que acababa de montar. Estaba seguro de que sus compañeros sospechaban los verdaderos motivos por los cuales se llevaba a Milo consigo —sólo Death Mask parecía ser demasiado bruto como para comprender lo que había pasado. No obstante, Camus mantuvo su frialdad y actuó como si no le importara lo que los demás pensaran de él aunque por dentro se moría de vergüenza. Su táctica fue descarada e infantil y estaba seguro de que sería la comidilla del laboratorio por semanas. Sin embargo, el hombre que caminaba pausadamente a su lado merecía eso y más. Las burlas de sus compañeros adquirirían un dulce sabor una vez que tuviese a Milo entre sus brazos.
Llegaron a la zona estudiantil en completo silencio, disfrutando de la mutua compañía y de los apagados sonidos de la noche otoñal. Aunque la noche era tibia, un fresco viento soplaba desde el sur, recordándole de las frías y húmedas noches parisinas que tanto le gustaban. Después de un par de cuadras apareció el viejo edificio en el que Milo vivía y entre más cerca estaban de su meta, más nervioso se sentía Camus.
—Creí que nunca llegaríamos —balbuceó Milo—. ¿Por qué tuvimos que ir a un lugar tan lejano?
Camus evitó comentar el hecho de que sólo llevaban un cuarto de hora caminando.
—Ya casi llegamos, sólo falta un poco más —Milo emitió un lastimero quejido y un traspié le hizo colgarse de su brazo—. Esto no hará que lleguemos más rápido.
El griego balbuceó un par de oraciones que Camus no pudo descifrar, por lo que siguieron caminando y pronto llegaron al edificio. Después de tres intentos Milo encontró las llaves que guardaba en su mochila y, tras dos intentos más, logró abrir la puerta principal. La subida de las escaleras fue una verdadera faena y si Camus no se arrepintió y decidió cargar a Milo fue porque dudaba de su condición física para hacerlo. Lo menos que necesitaba en esos momentos era caerse con todo y alumno por las angostas escaleras del edificio.
Camus exhaló con alivio cuando llegaron al tercer piso y Milo logró abrir la puerta de su departamento. Una vez dentro, Milo azotó la puerta, lanzó sus llaves sobre la mesita de centro y dejó caer su mochila en una esquina de la sala.
—¡Al fin! —exclamó mientras le tomaba de ambas manos.
Sin molestarse en encender la luz, Milo lo condujo hacia la habitación mientras el pobre francés entraba en pánico. ¿En qué diablos estaba pensando ese muchacho? ¿Estaba tan tomado como para hacerle una propuesta indecorosa? ¿Estaría Camus lo suficientemente sobrio como para resistirse? Ahora que lo pensaba, quizá sería incapaz de resistirse incluso sin la influencia del alcohol. Meneó la cabeza. No, no, él no haría algo así como aprovecharse de alguien en estado de ebriedad. Incluso si ignoraba el factor de la ilegalidad, estaba seguro de que Afrodita lo mataría antes de que la policía diese con él. ¡No quería morir tan joven!
—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó a sí mismo mientras Milo se tiraba sobre la cama sin soltarle de las manos—. ¿Por qué? ¿Por qué estoy haciendo esto?
En lugar de buscar la respuesta a sus preguntas, se dejó llevar y se recostó a un costado de Milo. La luz de una ventana vecina apenas y le permitió reconocer algunos de sus rasgos. El hombre sonreía torpemente mientras contenía una carcajada, removiéndose descuidadamente sobre la colcha.
—Te quedarás, Camus —dijo con voz entrecortada—. Creí que te irías en cuanto te titularas. Creí que sería como con Kanon, pero tú sí te quedarás. Camus… —ronroneó mientras le sujetaba de la camisa—. Ven.
Una oleada de calor inundó el vientre de Camus cuando Milo lo haló hacia él y unió sus labios en un muy esperado beso. El contacto inicial fue torpe y agresivo. El griego lamía y mordía los labios del mayor sin mucho decoro y emitía lastimeras palabras que Camus no pudo entender. En tres ocasiones intentó separarse del otro, sin embargo, las tres ocasiones escuchó a una pequeña vocecilla que le instaba a continuar con aquello que tanto placer le prometía.
Sin pensar en las consecuencias, Camus decidió dejarse llevar y se movió hasta colocarse sobre Milo. Un gemidito se escuchó entre la grave risa del menor, quien no dudó en abrazarle del cuello y en profundizar el beso.
El corazón de Camus comenzó a latir desbocadamente. Apenas y podía creer que aquello con lo que había soñado desde hacía meses se estaba haciendo realidad. ¡Y de qué forma! Aquellos sueños, antes tan bienvenidos y disfrutables, ahora le parecían poca cosa a comparación de la excitante realidad. El calor de su cuerpo, su aroma, su sabor y los roncos sonidos que emitía se conjuntaban hermosamente, abrumándolo con emociones que nunca antes había experimentado y que prometían enloquecerle.
Durante toda su vida Camus había sido amante del orden y de la razón. Se sentía cómodo únicamente cuando navegaba en el mar del raciocinio y de la lógica. Sin embargo, ahora que Milo lo conducía con tanta ligereza hacia aguas profundas y desconocidas, se preguntaba a sí mismo por qué pasó tanto tiempo lejos de aquel territorio. Tan placentero era; tan satisfactorio. Milo le daba la fuerza suficiente para adentrarse en la locura y Camus pensó que, mientras él estuviese a su lado, nunca más se alejaría de ella.
Entre aquellas caricias y suspiros, la noche dejó de parecerle fresca. La alcoba era cálida y estrecha y pronto una delgada capa de sudor comenzó a cubrir su piel. Camus se preguntó si Milo estaría experimentando algo semejante y decidió comprobarlo por sí mismo, abandonando sus labios para probar la tersa piel de su nuca. El salado sabor le dio la respuesta que buscaba y sonrío con satisfacción cuando Milo ladeó el rostro, ofreciéndole más espacio para consentirle. Camus deseó escuchar más de sus complacidos suspiros y lentamente deslizó una pierna entre las de Milo. El mayor tuvo que contener una risa al escuchar el agudo tono que comenzaron a adoptar sus quejidos.
Camus sembró húmedos besos por su nuca y hombros mientras que su mano izquierda se dedicaba a bajar lo más posible el cuello de su playera. Las caderas de Milo comenzaron un lento vaivén que aceleró su ritmo mientras pasaban los minutos.
—Ki'allo… —susurró—. Ki'allo, Camus.
A pesar de haber vivido en Grecia por tantos años, el griego de Camus era bastante malo. No obstante, sabía lo suficiente como para saber lo que aquella palabra significaba: más.
Extrañamente, la invitación tuvo un efecto contrario al traer a Camus de regreso al mundo real. Se separó abruptamente de Milo al percatarse de lo que estaba a punto de ocurrir.
—¿Camus? —el menor le sujetó del brazo—. ¿Qué pasa?
—Esto está mal —murmuró mientras se sentaba en la cama—. ¿En qué diablos estoy pensando?
Precisamente el problema era que no estaba pensando y todo era culpa de Milo.
—¿Mal? —la oscuridad acentuó el nervioso tono de sus palabras—. ¿Por qué?
—Estás borracho.
—No tanto.
Camus le miró por algunos segundos. Aquello era en parte cierto. Milo no estaba totalmente inconsciente, pero eso no quería decir que estuviese completamente lúcido. El francés se decidió a que nada más pasaría mientras Milo no tuviese un completo control de sus decisiones. Sujetó su mano y entrelazó sus dedos mientras le besaba en la frente.
—Hablaremos de esto mañana.
—Camus, ven —el aludido no se dejó convencer por el mohín—. ¡Éla edó!
—Lo haré cuando recuerdes tu inglés —se puso de pie y alisó su desarreglada ropa—. Te prepararé algo de comer.
Milo protestó nuevamente en griego, pero Camus ya había salido de la habitación.
Minutos después, cuando regresó con un par de emparedados, se encontró con que Milo ya estaba plácidamente dormido. Decidió sacrificarse y comerse ambos bocadillos en silencio y a oscuras. Una vez que terminó, se quitó los zapatos y los de Milo y removió la ropa de cama para poder taparle con la colcha. Se convenció a sí mismo de lo absurdo que sería irse a dormir al sofá y no tardó en acompañar a Milo en la cama.
Justo antes de quedarse dormido, Camus pensó que si algún día ganaba un premio Nobel, éste sería el de la Inusitada Fuerza de Voluntad.
Comentario de la Autora: Epísimos= ceremonioso, formal; Éla edó= ven.
Bien, chicos. ¿Ya llenaron sus bingo de clichés de fanfiction? Porque, si este fic ha estado lleno de ellos, este capie estuvo rebosante. ¿Qué puedo decir? No lo puedo evitar. Además, tengo una cierta gran debilidad hacia Miluchis borracho. Tengo headcanon de que no es muy bueno con la bebida. Afortunadamente, Camuchis es sensato y no hizo nada demasiado imprudente. Afrodita no tendrá que matarlo. ¿Qué pasará la mañana siguiente? Esperemos que nada demasiado vergonzoso.
OMG! Ya sólo faltan dos capies! ¿No es emocionante? ¡Gasp! Apenas y puedo creer que este fic ya va para un año. Espero que me acompañen hasta el final!
Review a Shingo: Me hizo muy feliz tu comentario y el saber que te ponías a pensar en una trama para este fic. Creo que elegí un tema algo arriesgado, y mi interés hacia el tema luego hace que me distraiga y escriba más cosas técnicas que las que debería, pero me alegra ver que te haya gustado con todo y eso. Espero que no hayas muerto en este mes que tardé en actualizar! Prometo que ya casi todo va a estar bien. De lo contrario, Camus se nos tira de un edificio. ^^ Muchas gracias por los buenos deseos! También espero que este 2017 te la pases muy bien y que todo esté lleno de salud, dinero y bishies.
