Capítulo 11: Temperatura de Transición Vítrea

La temperatura de transición vítrea se define como aquella en la cual las propiedades mecánicas de un plástico cambian radicalmente debido a los movimientos de las cadenas poliméricas que lo componen. Por sí mismo no representa un cambio de estado, sino una transición termodinámica en la que las cadenas poliméricas comienzan a presentar movimiento.

Camus despertó de golpe al escuchar el pitido de la alarma de su celular. Sin embargo, su reacción fue serena a comparación de la del joven que se encontraba a su lado.

—¿Ca-mus? —su peso se movió sobre el colchón, la colcha crujió y tras un seco golpe Camus se quedó sin colcha y sin acompañante de cama.

El cerebro del francés necesitó varios segundos para comprender la situación: que su vuelo a Francia salía a mediodía; que la noche anterior había ido a tomar con sus compañeros de laboratorio y que terminó por quedarse a dormir en el departamento de un no muy sobrio Milo; que el pobre muchacho, extrañado por el inusual ruido, acabó por asustarse aún más al darse cuenta de que no estaba solo en la cama y que en su sorpresa dio un par de vueltas en el colchón antes de caer al frío piso de loseta.

—¿Estás bien? —preguntó el mayor mientras se asomaba por el borde de la cama.

Demasiado adolorido como para responder inmediatamente, Milo se tomó unos segundos para sobar su cadera y desenmarañar el caos de su cabello. Si bien Camus estaba impaciente por poder retomar la conversación de la noche anterior —esa que no había iniciado siquiera—, optó por esperar a que el griego se recuperara.

—¿Camus? —balbuceó nuevamente—. Hice una estupidez, ¿verdad?

—Así tanto como una estupidez, yo diría que no. ¿Recuerdas algo?

Milo asintió, murmuró algo ilegible y se enredó con la pesada colcha.

—Te besé —su apagada voz sonó aún más ronca por debajo del cobertor—. Me detuviste y me quedé dormido.

—Nos besamos —aclaró Camus—, y si no te detuve antes fue porque yo tampoco estaba muy sobrio.

Milo gruñó fuertemente y abrazó con más fuerza el cobertor, agachándose hasta convertirse en una pequeña bola afelpada.

Aunque irritado por la avergonzada reacción de Milo, Camus decidió ser fuerte y reunió toda la paciencia que poseía en esos momentos. Quiso darle una tregua y dejarle solo por unos minutos en lo que terminaba por recordar y digerir lo que había ocurrido la noche anterior.

—Te prepararé algo para desayunar.

Milo asintió debajo de su protección; Camus se ató los zapatos, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Se tomó la libertad de meterse al baño y comenzó a lavar su cara con agua fría. No entendía por qué Milo reaccionaba de esa manera. Fue él quien lo inició todo y, a final de cuentas, Camus le detuvo antes de que las cosas pasaran a mayores. Esos besos eran algo que ambos deseaban desde hacía meses y le frustraba pensar que el griego se había arrepentido de sus acciones. Por supuesto que la situación no había ocurrido en óptimas condiciones, sin embargo, a Camus tampoco le había parecido tan malo. Se había ido a la cama con la esperanza de que Milo tomase la situación con su acostumbrada alegría y ahora todas esas ilusiones parecían desvanecerse con el viento.

Comenzó a sentir un severo malestar estomacal que, suponía, poco tenía que ver con el consumo alcohólico de la noche anterior, y decidió distraerse a sí mismo en la cocina.

Para ser sincero, el francés no tenía mucha idea de lo que se suponía que podía hacer. Había sólo dos huevos en el refrigerador y justo la noche anterior se había terminado las rebanadas de jamón. Para colmo, ni siquiera había cajas de cereal. Lo único de uso que encontró fue un litro de leche descremada y una botella de jugo de manzana.

Después de asomarse un par de veces por la alacena, decidió arriesgarse y preparar hotcakes. Recodaba haber hecho algo así hacía muchos años y las instrucciones en la cajita de harina le parecieron lo suficientemente claras. Además, era bien sabido que los alimentos con alto contenido de glucosa eran lo mejor para poder combatir la resaca.

Afortunadamente para su amor propio, el preparar los hotcakes era tan fácil como recordaba y los únicos traspiés que tuvo consistieron en encontrar los utensilios necesarios para su preparación. Bueno, eso y el hecho de que se le quemaron los dos primeros panqueques, pero eso era sólo porque estaba cocinando con una sartén y una estufa nuevas para él.

Después de aproximadamente media hora, una rubia torrecita de hotcakes se alzaba a un costado de la estufa. La bella visión fue casi suficiente para subir los ánimos de Camus, quien comenzaba a inquietarse nuevamente porque Milo había cruzado hacia el baño hacía un par de minutos atrás.

Trató de disimular el temblor en sus manos y escogió un par de platos de plástico y colocó tres hotcakes sobre cada uno de ellos. Abrió de nueva cuenta la alacena y comenzó a buscar la miel de maple. Extrañamente, no encontró ninguna botellita ámbar y el estrés lo dominó nuevamente al percatarse de que había pasado por alto tan importante componente del desayuno.

—¿Buscas la miel? —preguntó Milo mientras arrastraba los pies por la sala—. Está arriba, a la izquierda.

Camus removió un par de botes, pero siguió sin encontrarla.

—Creo que ya no hay.

—¡Claro que hay! Compré una botella hace un par de semanas.

Milo le empujó no muy sutilmente y asomó su cabeza por la alacena, saliendo unos segundos después con una enorme botella de miel de abeja. Camus sólo pudo arquear la ceja ante la extraña proposición.

—Buscaba la miel de maple.

—¿Maple? —Milo parpadeó varias veces y miró la botella de miel—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta eso?

Camus puso los ojos en blanco y le arrebató la botella de las manos.

—No tiene que ser maple real. Venden jarabe tipo miel de maple.

—¿Y para qué comprar eso cuando puedo usar miel natural?

—¿De abeja?

—De abeja.

—¿Quién en su sano juicio le pone miel de abeja a sus hotcakes?

—En mi casa siempre hemos usado miel de abeja.

Camus cubrió su rostro con ambas manos y tomó asiento en una de las sillas de la barra.

—No puedo creer que estemos discutiendo por esto.

—Tú empezaste. Tú y tu burguesa idea de usar miel de maple en los hotcakes. Ni que fuera millonario.

—¡Ya, ya! Usa lo que quieras y siéntate.

A sabiendas de que lo peor en esos momentos sería permitir que el volumen de la conversación siguiese elevándose, Milo obedeció y comenzó a comerse su desayuno en silencio. Camus decidió utilizar mermelada de fresa porque eso de usar miel de abeja era una salvajada y sólo los griegos estaban lo suficientemente locos como para hacer algo así.

—¿Camus? —preguntó Milo cuando terminó de comer su desayuno—. Lamento mucho lo que pasó ayer. Las cosas no debieron haber sido de esa forma.

El aludido dejó a un lado su plato a medio comer y le miró de frente sin atreverse a decir nada más.

—Has sido muy bueno conmigo —continuó—, y lo mejor que se me ocurrió hacer para compensártelo fue emborracharme, obligarte a traerme hasta acá y luego… —cerró los ojos y agitó la cabeza—. Cuando Kanon vino de visita me puse a pensar en nosotros. Hasta entonces estaba seguro de lo que quería, pero luego di por sentado que te irías en cuanto acabaras el doctorado. Tuve miedo y no supe cómo reaccionar. Cuando me dijiste que te quedarías me puse tan feliz que hice una locura —rio apagadamente—. Se supone que yo soy muy bueno en estas cosas, ¿sabes? Que se me da eso del romanticismo y los sentimientos y… y tuve suerte de que no te vomitara encima.

Camus tuvo que sonreír ante la idea. Definitivamente las cosas pudieron haber sido mucho peores.

—Me pones muy nervioso, Camus —susurró pesadamente y recargó su rostro sobre la barra—. Y cada vez me pones peor.

De cierta forma, el francés sintió alivio al saber que no era el único que estaba pasando un mal momento con todo ese asunto de la confesión. Es más, tenía que admitir que se sentía algo orgulloso de saberse el responsable del nerviosismo de alguien como Milo. Eso quería decir que, después de todo, sí estaba haciendo algo bien.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó—. Me has enloquecido todo este tiempo. Tenemos suerte de que no haya explotado ninguna de mis reacciones hasta ahora.

Milo rio cansinamente sin despegarse de la mesa. Extendió su mano hacia la de Camus y la acarició levemente.

—Siento haberte echado a perder la noche.

—No la echaste a perder —aseguró—. Sólo… la complicaste un poco.

Milo sonrió avergonzado y Camus le confortó correspondiendo a su caricia.

Disfrutaron el momento por unos minutos hasta que a Camus se le ocurrió mirar el reloj de la pared y se percató de que acababan de pasar las nueve de la mañana. Todavía tenía que regresar a su departamento por su maleta y tomar el subterráneo hasta el aeropuerto. Lo mejor sería que se retirara en ese momento.

—Milo, tengo que irme —el otro asintió lentamente—. No quiero… no quiero decir cosas que me atormentarán toda esta semana. Hablaremos de esto cuando regrese, ¿de acuerdo?

—Igual; mi cabeza me está matando.

—Termina tu jugo y descansa. Regreso el próximo sábado en la noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Cuídate.

Camus se puso de pie y le dio un rápido beso en la cabeza. Escuchó a Milo reír quedamente y, asegurándose de no mirar hacia atrás, tomó su mochila y salió del departamento.

Mientras bajaba por las escaleras del edificio pensó en regresar. Sin embargo, se convenció a sí mismo de que lo mejor sería dejar las cosas en suspenso por una semana más. Después de todo, los boletos de avión no salían baratos y si regresaba con Milo había muchas posibilidades de que perdiese su vuelo.

Sus padres y su bolsillo lo agradecerían.

Comentario de la Autora: Este capítulo es el pináculo de una gran duda que tuve: ¿escribir hotcakes o panqueques o pancakes? Hubo encuesta en tumblr y toda la cosa. ¿Conclusión? La mayor parte de las personas entendía hotcakes... escribí panqueques por ahí, pero en general me terminé yendo por hotcakes porque creo que era lo más universal.

Ejem... ahora sobre el capie. Lamento mucho que haya sido tan corto, pero quise dejarle en cliffhanger porque... pues por que soy mala, ¿no? El siguiente y último capítulo será más largo para compensar.

¿Saben? Algo que me molesta mucho en las películas es el cómo la gente desprecia los boletos de avión. Es típica la escena de que alguien se sube al avión y luego decide bajarse para quedarse con el amor de su vida o algo así. Y... la verdad es que los boletos son demasiado caros como para que hagas algo así. No me hace sentido. Viajas y ya llamas por teléfono a tu corazón y entonces sí se ponen de acuerdo. Si, si. No soy muy romántica, pero eso de tirar dinero a la basura me parece una bestialidad. Por eso Camus se fue porque se fue. Descuiden, regresará pronto.

Inicia chantaje emocional Hoy ando súper triste porque mi mejor amiga del trabajo se fue a trabajar a otra empresa. Así que ando que no me calienta ni el sol y espero que sus reviews me ayuden a que esto sea más llevadero. ¡Dejen revieeeeewwwwws! Termina chantaje emocional

¡Gracias a todos como siempre! ¡La siguiente actualización será la última de este fic *gasp* pero la secuela ya está a punto de salir del horno!

Respuesta a review de Shingo: Jaja! Ve el lado positivo de que apenas te hayas dado cuenta de la actualización, ya no tuviste que esperar demasiado para ésta. Camus definitivamente merece un premio. Creo que la mayoría habría aprovechado la situación. Pero le tuvo miedo a Afrodita y con razón. ^^ Espero que hayas disfrutado este capie! ¡Muchas gracias!