Y... Ahora son unas cuantas horas en coche.
Dos de las cuales Austria va a pasar dando vueltas en el asiento hasta que quiera matar a alguien. Suiza... Es que no es el más parlanchín del mundo. Pone música un rato le mira de reojo, trata de hablar de algo...
—Como odio esto ruido... —comentario habitual.
—Ya vamos a llegar... De hecho creo que puede sorprenderte un poco el desayuno en Zermatt.
—¿Por?
—No es lo que imaginas. Estás imaginando sólo sentarte en el suelo o caminar por horas. Y si, vamos a contarnos en el suelo y caminar por horas, pero antes... Hay que desayunar —le mira de reojo.
—¿Y cómo será el desayuno?
—Con una fogata en un cuarto lleno de humo... Todo de queso con pan.
Austria cierra los ojos y suspira asintiendo y volviendo a revolverse. Suiza extiende la mano y le toca un poco la mejilla con suavidad. El moreno abre los ojos y le mira.
—Creo que podremos hacer algo un poco más acorde a ti... Hoy.
—¿Cómo qué?
—Tenemos que ir a Zermatt, ¿vale? Ahí empieza el ascenso al Matterhorn. Es un pueblo sin coches que se dedica a dar servicio a alpinistas...
—Aja...
—Y, de hecho, hay ahora mismo un festival gourmet —le mira de reojo. Austria levanta una ceja—. De verdad... Al menos no van a darte queso de desayuno y seguro será en un lugar bonito con un mesero con el que podrás quejarte.
—Me gusta el queso en realidad.
—Pueden darte queso también... —se encoge de hombros—. Luego se viene una horrible caminata de veinte horas seguidas.
Austria aprieta los ojos.
—Ya comeré queso en la montaña.
Suiza sonríe un poquito de lado y le busca la mano.
—En realidad, Österreich...
Austria se la toma, porque en cierta medida esto le aterra, no ser capaz de subir, hacerse daño, perderse... sabe de sobras que no está en las condiciones físicas necesarias y que probablemente es una de las insensateces más grandes que podría cometer, pero confía en Suiza y solo por eso es que su sentido común no le ha detenido de hacerlo.
—Vamos a ir en telesilla un buen tramo —le acaricia la mano con el pulgar.
—¿Cuánto es en realidad?—pregunta sonriendo.
—¿En realidad? Son cuatro horas caminando... Que se resumen en una hora veinte minutos en telesilla.
—Nein, me refiero a cuanto es andando entonces.
—¿La subida? Son cuatro innecesarias horas que no vale la pena que andemos porque ya bastante lo haremos arriba. Una vez abajo de las telesillas escalaremos tres horas y media a una cabaña... Y ahí termina el día de hoy. Esa parte, las tres horas y media, son lo peor del día de hoy, y lo cansado... Vas a aprender alpinismo.
Le mira de reojo, es cierto que ha intentado toda su vida huir todo lo posible de cualquier actividad parecida, pero no se puede ser un país de los Alpes y no saber NADA de alpinismo.
—Mañana podríamos llegar a la punta, pero he... Decidido ir a otra cabaña y decidir ahí si queremos o no ir a la punta, de acuerdo a como te sientas.
Le mira de reojo otra vez pensando que seguro van a tardar el doble de lo que ha planeado el suizo, pero aun así quiere subir arriba del todo.
—Creo que... Hay cosas de allá arriba que podrían gustarte. Quizás no sean de tu estilo del todo, pero... Es bonito, y es muy... mi casa, me alegra que quieras subir.
—Sé que te sientes cómodo con esto.
—Ja, aunque me preocupas. Tienes que cuidar bien tus manos.
—Tengo crema hidratante y árnica por si acaso.
—Guantes, Liechtenstein te ha comprado unos guantes —sale de la autopista hacia lo que parece la naaada. Austria sonríe—. Y la altura también me preocupa con tus articulaciones —cielos Suiza basta con todas las preocupaciones.
—¿Te preocupa?
—Pueden dolerte... —coche en terreno escarpado. Austria se agarra del asa.
—Creo que no es la altura lo que más va a hacer que me duelan.
—Vas a estar bien. Fuera de verte extraño con esas botas y acabar muy cansado —se orilla y detiene junto a unos árboles y de hecho Austria debe notar que no es el único coche estacionado por ahí. En realidad mira alrededor notando todo el lugar—. Bienvenido a Zermatt... Primera parada —mira por la ventanilla. Es una zona boscosa y montañosa, agreste... Detrás de unos gruesos abetos puede verse imponente el Matternhorn.
Austria mira la montaña y se le acelera la respiración.
—¿Ves eso? En un rato estaremos más o menos... Ahí —le señala la base.
Austria se humedece los labios aun con el corazón acelerado. El rubio se acerca un poco a él y le sonríe de lado. El austriaco le mira de reojo.
—De verdad va a estar bien. Puedo cargarte todo el trayecto si es necesario.
Austria niega con la cabeza. Suiza le da un beso en la mejilla.
—Tengo hambre.
—Vamos —hace un gesto con la mano.
—¿Cómo sientes las botas?
—Mal.
—¿Por queeeeé? ¿Te sacan ampollas?
—Lo harán en un rato.
—¿Quieres...? Es que las mías van a quedarte pequeñas.
—Nein. Siempre lo hacen, todas las botas —hay que decir que la última vez que se puso unas eran de cuero y madera, no de plásticos con fibras almohadilladas que no pesan nada.
—No sabes comprar botas entonces, Österreich. Son cómodas. Me preocupa... Las ampollas van a ralentizarte. En fin... Vamos a dejar de preocuparnos —en voz alta—. Vas a ver las estrellas de noche, ¡hace años que no las ves así!
—Eso si no caigo dormido antes de que se ponga el sol.
—Ehm... Bueno, eso también es posible... La escalada será cansada.
—Espero que al menos tú disfrutes de ello.
—Jugar a la cabra?
—Justo.
—Me gusta mucho, ya lo sabes —se encoge de hombros—, pero más si vienes conmigo, esto... Me gustaría ir conmigo a los cinco años a decirme: ¿sabes? Alguna vez va a escalar esa montaña contigo. ¿Y sabes que pasaría entonces? Me parecería inaudito.
—Puede que haya algunas cosas más que a tu yo de cinco años le parecerían inauditas de esta excursión... —nerviooos.
—Ah ¿sí? ¿Cuáles? —le mira de reojo...lo que es no tener ni idea —. ¿Poderte cargar aun cuando seas así de grandote? creo que mi yo de entonces te podía cargar...
—Evidentemente nein, crecimos a la vez en ese aspecto.
—¿En ESE aspecto? ¿Insinúas que en otros no?
Si Austria no lo insinúa, yo lo afirmo. Tú permaneciste MUY inocente hasta ser bastante bigardón.
—Pues no es como que hayamos tenido vidas muy parecidas —explica mientras ya están desayunando en unas mesitas al aire libre. Afuera del hotel, eso es. Tipo terraza. Así es medio rústico que no diga Austria que no trae el atuendo apropiado. De hecho, ahora mismo, siendo tan pronto y al pie de la montaña, corre un poco de aire incluso. Seguro el que tiene frío es Suiza, entonces. Pero bueno, ya se les pasará. Porque trae ropa térmica para la nieve y plástica para la lluvia, pero no la van a sacar ahora.
—Me parece que tu yo de cinco años sería irremediablemente atrapado por la vorágine que representan tus trapicheos sucios y negocios fraudulentos... —sigue Austria evidentemente con intención de molestarle.
—¿Perdona? ¿Trapicheos sucios? ¿Negocios fraudulentos?
El de ojos violetas mueve la mano vagamente.
—Eso que haces con el dinero. A esa edad aun no sabías... ¿o sí? —entrecierra los ojos—. No recuerdo del todo como es que aprendiste.
—Ningún trapicheo, ¡esto aquí es perfectamente legal! Y aprendí de pequeño, con... Rom.
—Oh... ¿Rom? ¿De verdad? eso suena increíblemente legal.
—Pues... Lo que hacía él no creo que lo fuera —carraspea —, pero él me prestó mi primera moneda.
—¿Cuándo? —pregunta frunciendo un poco el ceño porque de verdad no se acuerda de eso.
—Una vez que vater me llevó a mí sólo a casa de Rom —él se acuerda PERFECTO.
—¿A ti solo? Mmmm... No recuerdo cómo es que... es decir, según yo, siempre te ocupaste tú del dinero, no me había planteado que debiste aprender y que Vater no es como que fuera muy diestro con ello.
—Vater NO tenía idea. Rom era el que sabía eso... Y de hecho pensándolo en perspectiva, qué bueno que me enseñó o hubiéramos muerto todos de hambre — Ejem... Y serías pobre, Suiza, nada más...
—Bueno, tanto como morir de hambre... Vater te enseñó a cazar.
—Pienso en el mundo moderno, lo que vino después. Entonces estábamos muy bien.
—Habríamos salido adelante, a mí nunca se me ha dado tan bien ese aspecto concreto del mundo y no me ha ido tan mal... —pero casi te mueres por meterte en guerras que no puedes pagar más de una vez. Suiza le mira levantando una ceja.
—Claro, casarte con alguien con mucho dinero y luego botarlo todo fue simple las primeras veces —ojos en blanco. Es que siempre le dice lo mismo…
—¿Botarlo todo?
—Ja, botarlo en tonterías idiotas.
—Tal vez fue un poco así con Spanien... aunque daba igual porque NADABA en oro en esa época, pero no tanto con Ungarn.
—¡Lo botaste todo en una guerra idiota! ¡Todo! Hasta a Liechtenstein.
—ESE asunto... —responde porque de lo de Liechtenstein aún se arrepiente o más bien no es tanto que se arrepienta como que le sabe mal. Al final, algunas veces piensa que Liechtenstein salvó más a Suiza de lo que él la salvó a ella. Seguro. SEGURO. Liechtenstein es la mayor bendición en la vida de Suiza—. ¿A qué hora hay que ir al telesilla?
Suiza mira su reloj.
—Veintitrés minutos.
—Es evidente que en aquel momento no parecía una guerra idiota y desde luego no era mi intención perder a Liechtenstein. Aun así pienso que no le fue tan mal.
—Nein, desde luego no, pero ella lo pasó fatal.
—Todos lo pasamos fatal, la crisis provocó la guerra, no al revés.
—La perdiste.
—Como tantas otras. Por eso ahora soy neutral... como tú.
Suiza desfrunce el ceño de inmediato y casi hasta sonríe.
—Y aun así, hay un punto que quiero aclarar porque me parece que tienes una idea equivocada sobre mí.
Suiza levanta una ceja
—¿Was?
—Nunca me casaría nada más por dinero. Es cierto que, sobre todo en el caso de Ungarn una boda era el mejor arreglo a nivel fiscal por los tiempos que corrían, pero desde luego no lo habría ni planteado de no haber sentimientos de por medio, no soy esa clase de persona TAN interesada.
Suiza le mira fijamente... Y es que... Sigue generándole conflicto. Él le sostiene la mirada porque este es un punto importante. MUY que pasa es que sin pensarlo... Aún le genera cierto conflicto a Suiza que les quisiera a todos. Sólo... Lo pasó mal.
—Bah, que demonios me importa —gira la mirada.
—A mí me importa. Es la concepción que tienes de mí. Supongo que es más fácil para ti pensar que estaba con ellos por su dinero pero aunque sea más fácil, no es justo.
—Bueno, me parece perfecto saber tu amor infinito por tus ex marido y esposa — se revuelve un poco.
—No tan infinito cuando es que ambos terminaron.
—Pues tú eres el que habla de tus profundos sentimientos que me dan igual —murmura levantándose y poniendo un billete en la mesa.
—Espera, espera, espera, no te muevas —se pone de pie y le hace quedarse quieto.
—Was?
—No te muevas —busca su teléfono en los bolsillos, acercándosele mirándole a los ojos.
—Was? ¿Qué pasa? —se sonroja un poco sin poder evitarlo
—No muevas la cabeza, mira a la montaña —la señala y pone la cámara del móvil para enfocarle los ojos donde se ve le reflejada, sacándole una foto.
Parpadea y le cuesta no moverse la verdad, pero ahí que lo consigue más o menos.
—¿M-Me acabas de tomar una foto?
Y aprovechando el momento de confusión, piensa en darle un beso rápido pero... traga saliva y no se atreve. Así que se vuelve al teléfono y le muestra la foto de sus ojos.
—Oh... Se ve el Matternhorn —levanta las cejas y toma el teléfono con todo y la mano del austriaco. Parpadea—. ¡Es... Buena foto!
Austria sonríe, dejándole. Suiza le mira de reojo.
—A ver, tú... Ponte aquí.
Austria se humedece los labios y se ríe un poco con esa respuesta.
—No estoy muy cómodo con esta ropa para que me saques muchas fotos.
—A mí me parece que te ves muy bien —suelta sin pensar colocándolo donde se le refleje en los lentes.
Austria levanta una ceja. Suiza le mueve un poco más y levanta la cámara.
Así que igual que antes se ha escondido un poco detrás de Suiza para la foto de Liechtestein, ahora se cruza de brazos no por frio o porque esté enfadado, sino porque sabe que se ve raro con esta ropa y no le gusta del todo.
—Estás de verdad incómodo —le mira a los ojos—. No voy a sacarte mucho más que el torso.
—Vamos a perder el telesilla si no te apresuras.
—Eso no te conviene a ti, en NADA. Son cuatro horas, ya te dije —toma la foto.
—Más motivo para reñirte —sonríe de lado.
—Tú a mí no me riñes.
—Ah, nein?
—Claro que no —le toma del brazo y tira de el con suavidad.
—¿Tan bien lo haces todo?
—Nein, pero no vas a reñirme, no soy Preussen o un niño.
Sonríe y no es como que no le riña en realidad, dejándose tirar.
—Pues créeme que vas a oírme quejarme sin parar las ocho horas que dure el camino de aparentemente cuatro, como perdamos el telesilla.
—Österreich... Es un telesilla... Pasa uno cada minuto —le aclara haciendo los ojos en blanco y sí, te ha tomado el pelo sólo para apresurarte.
—Suerte que tienes —de hecho lo sabe más o menos, solo pretendía protestar—. Aun así seguro perdemos el del minuto correcto solo porque estabas haciendo fotos para luego poder mirar y recordar cuanto te gusta que esté aquí —ya empieza a sentir más pesadamente que el momento se acerca.
—¡No voy a hacer eso! ¡Ni a mirarlas luego! ¡Y están en tu teléfono! Sólo... Es estético —tú tan interesado en la estética.
Y Austria sigue preocupado por la altura de la montaña que parece más imponente desde aquí en el valle. Preguntándose internamente si no podría haber elegido una más fácil. Se frota las manos una con otra en un claro signo de nerviosismo mientras mira hacia la cima y no creas que no sigue considerando idiota subir nada más porque... está ahí. En cierto modo y por primera vez en la vida, admira un poco a España entendiendo lo que hizo en la corrida de toros cuando se lo pidió a él y le envidia un poco porque eso ya pasó y le salió muy bien.
—¿Estás bien? —pregunta notándole nervioso. Si te conoce.
—¿Eh? —sale de sus pensamientos y se coloca bien las gafas—. Ja, por supuesto. No me tensa ni nada la idea de subir más de cuatro mil metros de una escarpada piedra.
—Vas a estar bien. No hubiera venido contigo de no estar seguro —le vueeeelve a tomar la mano y entrelaza sus dedos.
Suiza se ha convencido a si mismo de ello pensando que en el PEOR de los casos si realmente no pudiera más, podría bajarle cargando el hasta un sitio donde pudieran ayudarle. Y va a hacer la escalada juntos y él sabe hacerlo muy bien y... Tiene unas ganas tremendas de hacer algo así con Austria. Se queda un poco en silencio en lo que suben al telesilla
De hecho hay un par de cosas más que le tensan además de esa, pero tú aun no lo sabes. Aun así, Austria le mira de reojo y agradece las palabras de aliento.
Cuando al fin se sientan en el sillín, Suiza hace un movimiento torpe, mecánico y tieso intentando abrazarle poniendo la mano detrás del respaldo, pero sin quererle soltar la mano. Como es obvio es un desastre y termina sin mano, sin abrazo y sin nada, abrazando más a su mochila, que trae las cosas de ambos, que al austriaco.
Austria se revuelve un poco porque se está clavando su cajita y además le preocupa que se le caiga, así que se mueve para acomodarla intentando que no se note lo que hace.
Suiza le mira de reojo y vuelve a asaltarle una duda que pensó el viernes pasado que Austria había dicho que él había propuesto este viaje... ¿Por qué? Siempre se negaba a hacer cualquier deporte o actividad física... Ejem, con él hacia una excepción... Pero fuera de eso, todo solía ser pasivo.
—Creo que mi yo de cinco años estaría más impresionado que el tuyo de todo esto —comenta Austria volviendo al tema de antes que le ayuda a evadirse un poco de las ideas que le tensan.
Y esta vez, en realidad, era obvio que se estaba esforzando... MUY obvio. Y no sabía por qué lo estaba haciendo... pero la primera cosa que se le ocurría hacer con ello era desconfiar y pensar que era por algo horrible que incluía historias de engaños y tonterías así... Sin embargo Austria le había pedido confianza, claramente y de manera bastante directa, y esta vez, por primera vez en años, estaba dispuesto a confiar un poco... Otra vez... Ciegamente.
—¿Eh?
—¿No lo crees? —le mira de reojo.
—¿Creer que?
—Que lo estaría.
—¿Estarías qué? No te he oído.
—No importa. ¿En qué estás pensando tan concentrado?
—Nein, nein... En nada en realidad —Suiza se sonroja un poco y carraspea.
—Decía sobre lo que hablábamos antes de cuando éramos pequeños y si nos viéramos ahora.
—Ah! ¿Y qué piensas? —se relaja visiblemente con el cambio de tema.
—Que mi yo pequeño estaría más impresionado que el tuyo.
—Tu yo pequeño —repite y levanta un poco las cejas pensando que, hala, empatiza entonces con chibiAustria entonces—. ¿Qué diría?
—No lo sé, seguramente sorprenderse de que haya pasado tanto y sigas haciendo las mismas cosas.
—No hago solo esas cosas... Y yo creo que no se sorprendería sólo por eso — Ojos en blanco y arruga la nariz porque no es la respuesta que esperaba.
—¿Qué crees tú?
—Te preguntaría por qué has dicho que si vendrías —miradita de reojo. Eres bien obvio Suiza.
—Seguramente él tampoco lo entendería.
—De hecho... Creo que entendería mejor si la pregunta fuera "¿por qué crees que no ha dicho Austria mayor que no?"
—No creo que no entendiera la pregunta, sino que me parece que no sabría responderte.
—Todo era más fácil entonces, tampoco se le haría tan raro. Si físicamente puedo cargarte todo el camino, no le preocuparía en lo absoluto.
—Es verdad.
—Aunque si le digeríamos que hay que caminar por todo el día hasta el anochecer pensaría "Schweiz va a cansarse".
—¿Tan preocupado por ti crees que estaría?
Suiza arruga la nariz con ese cuestionamiento y mira hacia abajo. Austria se ríe un poco con su cara.
—Seguramente no, le parecía que yo era tus piernas o algo así. Eras... tonto —vacila un poco porque no suele nunca insultar a chibiAustria en su cabeza en lo absoluto, de hecho hasta se siente un poco mal por decirlo.
—¿Así me recuerdas? — le mira de reojo. Suiza se humedece los labios y mueve un poco las piernas nervioso sin estar seguro de querer hablar de Austria bueno con Austria malo.
—Nein, en esa época sí... —vacila, traga saliva porque en realidad ese pequeño Austria preocupado y que le quería de verdad le dio marcha por muchísimos años —, e-eran otros... Eras...
—¿Aja?
—Yo creo que entonces sí te preocupaba—se encoge de hombros sin mirarle.
Austria sonríe un poco.
—Es verdad, no me volví un cínico hasta la adolescencia.
—Ahí te volviste alguien más —el suizo arruga más la nariz en una genuina cara de asco.
—Alguien más... quizás echas de menos a esa persona que de algún modo fue el que acabó logrando que te fueras de casa.
—En lo absoluto —le mira—, eras un cínico imposible y utilitario.
—Y tú un cabrero maloliente miembro de la servidumbre.
—¡No era un cabrero maloliente! ¡Y no era miembro de la servidumbre! Era YO —protesta en chillidos, igualito que de pequeños. Austria se ríe un poco con esa respuesta tan pasional—. ¡Además te ríes! —se sonroja un poco—. De hecho eras tú el que olía a tonterías asquerosas, por cierto y... no se realmente como no te maté entonces —se cruza de brazos.
—Admite que los perfumes olían mejor que los chivos.
—Yo no olía a chivo... cuando nos veíamos —yY es que, se bañaba meticulosamente cuando podían encontrarse, incluso en invierno, sólo para evitar que lo molestarás con eso.
—Claro que lo hacías, aun lo haces, es parte de tu propio olor.
—¡¿Was?! —se plancha contra el sillín alejándose de él, se lleva la mano al cuello de la camiseta y se lo lleva a la nariz—. ¡Nein! ¡Eso NO es verdad!
Austria levanta una ceja sonriendo.
—¡No huelo a cabra! —es que sabe, Austria, que lo odias. De hecho no sé a qué viene el escándalo, Suiza, si tú tienes mejor olfato que él.
—Claro que lo haces —insiste. Además, genial momento para decírselo ahora que está encerrado en un sillín y que no va a ducharse en tres días.
—No es verdad. Huelo a desodorante —esta olisqueándose como loco súper sonrojado.
—No me refiero a las cosas que te pones o al detergente con el que lavas.
—¡Me estás diciendo que YO huelo a cabra! ¡No es verdaaaad!
—Pues si has vivido rodeado de ellas... toda tu vida y más conociendo a tu madre.
—Deja en paz a mi madre —quien sí huele a cabra a veces—, además ahora ni siquiera tengo cabritas, las tiene ella y... ¡Es que nein! ¡No huelo a cabra ni a cabrero! ¡Siempre te lo inventas!
—Claro que no me lo invento —insiste y la verdad es que el olor a cabras le recuerda a ti independientemente de cómo huelas. Suiza le mira fijamente, sonrojado.
—P-Pues... Eres tú el único idiota que lo dice —probablemente le escriba a Liechtenstein para preguntarle.
—¿Así esperas tener razón, insultándome?
—Nein. ¡Esto no es de tener razón, es de hechos! Y el hecho es que NO puedo oler a cabra porque tú además odias el olor a cabra.
—Yo odio bastantes cosas de ti —se encoge de hombros. Suiza abre los ojos como platos por un instante y creo que hasta le da un escalofrío. Le mira con los labios entreabiertos. Austria diezmando la confianza de Suiza en un viaje de poco más de una hora en sillín.
—¿C-Cosas como cuáles?
—Pareces sorprendido. No te creerás perfecto.
De hecho está peleando consigo mismo por eso, porque el todo el rato habla de las cosas que el odia de ti, es lógico que tu odies cosas de él, pero no acostumbra a pensarlas. Traga saliva.
—Nein, sólo no sueles decirlas —carraspea decidiendo que preferiría oírlas constantemente como hace él—. Además de mi olor a... lo que tú crees que es cabra, y a veces las manos en tu pelo... ¿Qué es lo que odias?
Austria se humedece los labios y piensa cabronamente en destruirle un poquito, nada más que por la catarsis.
—Tu absoluta falta de sensibilidad tan abocada a lo práctico. No todo tiene que ser práctico y útil.
—Oh.
—Entre otras cosas que no te voy a decir porque tenemos que pasar tres días en la montaña en compañía uno del otro y no quiero que los pases enfadados conmigo.
Suiza le mira con unos grandes ojos.
—Dime.
—Nein.
—Bitte, dime. Porque si no cada cosa que haga voy a pensar que es algo que odias, como lo del pelo que siempre... —se sonroja —, bueno, ya sabes. ¿Qué más odias?
—Odio bastante la forma en que me miras y el tono en el que me hablas.
Paaaarpadea.
—¿W-Was?
—¿Ves por qué no quería decírtelo? —ojos en blanco.
—¿Cómo te hablo y te miro?
—Pues así, tan duro y seco, como si fueras a enfermar si fueras dulce, amable y sonrieras un poco.
—Oh ¿Y cómo te miro? —baja un poco el volumen de voz.
—Igual de duro... salvo cuando lo haces con desprecio. Ya te he dicho que no es un buen momento para hablar de ello.
Suiza se rasca un poco la cabeza. Parpadea un par de veces mirándole y luego desvía la mirada hacia los árboles. Pensando.
—Bueno —murmura para nada convencido, deteniendo la baranda de la sillita con más fuerza de lo que lo hacía hasta ahora. Le mira un poquito de reojo y abre la boca para decir algo más, se detiene y la cierra otra vez.
Austria le mira un poco de reojo sabiendo que ahora va a estar traumatizado con eso todo el día y hasta lo siente un poco cruel de su parte, aunque puede que Suiza intente hablarte más suave y sonreír lo cual no garantizo que no te dé pesadillas.
Eso también lo piensa.
El rubio balancea un poco los pies adelante y atrás mirando el reloj y con ciertas ganas de ponerse un cubo en la cabeza, porque... Bueno, ¿a quién le gusta hacer cosas mal y que odie alguien a quien más o menos te esfuerzas por agradar? Además, claro que sí le hablaba dura y secamente, pero él no era dulce y propiamente amable con nadie. Aprieta los ojos.
Se quedan en silencio lo que queda hasta bajarse del telesilla.
Suiza es especialmente cuidadoso con Austria a la bajada ayudándole un poco aunque no habla más de una o dos palabras; se pone la mochila a la espalda y escucha las instrucciones del guía que les cuenta sobre cómo subir, aunque le sean innecesarias. Se pone un poco nerviosito pensando que después de caminar media hora son tres horas de escalada y van a tener que romper el silencio antes de llegar a ese punto.
Austria escucha las instrucciones completamente de los nervios, apretando los ojos e intentando calmarse a sí mismo escuchando con mucha atención.
Después de asegurarle al guía de planta de ahí que traen todo lo necesario y de enterarse de que, Austria tiene buena suerte, hace un muy buen clima, Suiza vacila un poquito y toma a Austria con demasiada delicadeza del brazo.
—Hay que empezar a caminar. Ehm... ¿Va-Vale?
—Ja.
Suiza se arregla un poco la mochila en los hombros y le mira de reojo.
—Aún no nos amarraremos porque no es necesario, pero sí... te sientes más seguro podemos hacerlo en cuanto quieras.
—Nein, no hace falta —suspira sin sonreír, concentrándose en lo de andar, serio... no porque esté enfadado, porque necesita hacerlo. Suiza le mira de reojo preocupadillo.
—Sería mejor que fueras tú adelante. Te diré por dónde ir y tú así establecerás el ritmo que te parezca cómodo —propone
—Nein, prefiero seguir tus pasos —poner los pies es un punto crucial y necesita mucha más concentración que nada más imitarle, además, el ritmo no es el problema. Sabe perfectamente cómo seguir un ritmo para respirar, es música en su cabeza, un paso a cada golpe de percusión.
—Si voy muy rápido, dime. No quiero que te quedes atrás —asiente y piensa en lo de ser muy duro —, bitte, Österreich
—Nada más es undostresundostres —le explica el ritmo.
Inspiración, paso, música, inspiración, paso, música. Así funciona en su cabeza.
De hecho, hasta le mueve la mano cómo se enseña a los aprendices a seguir un ritmo. Lo que pasa es que eso es algo que en el cerebro de Suiza hace una lógica perfecta sin tener problema alguno con ello.
—Yo tengo que dar más pasos que tú para recorrer la misma distancia. Dame un ritmo para eso.
—Yo pongo los pies donde tú, haré pasos más cortos —le sonríe un poco.
—¿No te cansarás más?, podrías llevar los dos en tu cabeza —propone pensando que el hará pasos más largos sino.
—Me preocupa más lo que viene después.
—No te preocupes ahora por lo que viene después, es muy temprano aún, hace buen clima, podremos tomarnos todo el tiempo necesario —asegura.
Austria sonríe un poco de nuevo
Suiza traga saliva, se sonroja y no sin esfuerzo levanta una mano y le toca un poquito la mejilla. Austria le mira de reojo con eso.
El suizo carraspea un poco y le quita la mano, empezando a caminar. Él le sigue.
Quiero aclarar que a lo lejos tienen el lago es mona. Nada que creo que sorprenda realmente a Austria por diferente, él tiene otros iguales pero no está de más decir que aún es boscoso. En minutos dejará de serlo.
Pues... Yo sólo te digo lo que leo. Son como 45 minutos, que tiempos de Austria quizás sea hora y media, verdad, luego escalarán tan monos sus tres horas. En fin, al cabo de unos diez minutos de andar, Austria ya empieza a estar cansado.
Suiza lo nota al minuto veinte, cuando Austria empieza a rezagarse un poquito, mirando el reloj y apretando los ojos. No para ni baja el ritmo contándole un poco la historia de los monjes que construyeron un monasterio en el borde del lago, pensando en distraerle.
No lo creo, al minuto veinte ya está pidiendo parar. Y Suiza para... Si se lo pide, para, sin estar muy feliz, pero sin protestar demasiado, volviendo a mirar el reloj.
Austria pide agua... y se asegura de beber nada más que un par de sorbos. De no haber tenido la plática en la telesilla Suiza le hubiera reñido o hubiera protestado un poco que TAN pronto se hubiera cansado. No dice nada de eso, mirándole sufrir pacientemente.
En cuanto vuelven a ponerse en marcha, Austria trata de tararear algo para concentrarse mejor en el ritmo, casi sin aliento.
Suiza le escucha mientras camina relajándose un poco y recordándose a sí mismo que el haría esta escalada en cuatro horas... Con Austria puede aún tomarse NUEVE horas en hacerla y llegarían aún antes de que oscureciera completamente. Bendito dios que era verano.
Pues... sí. Esas cosas pasan y no creas que no le sienta como una patada haber tardado una hora y quince en llegar. Ah venga, Austria... No te autoflageles. Es que sí quiere hacerlo bien.
Suiza mira su reloj y en realidad... Es que ya está sorprendido de que hayan llegado hasta aquí sin que Austria haya dicho que vuelvan. Le ofrece una galleta de chocolate mientras saca los arneses.
—Danke. Sácame los guantes también.
Suiza lo hace y se los extiende antes de ponerse su arnés con cuidado. Austria le mira de reojo.
—Tienes dedos muy fuertes —le recuerda.
—Ja, pienso que quizás preferiría escalar nada más por la cuerda.
Suiza parpadea un poco porque claramente eso no es el alpinismo convencional y no crean que no es cuadrado.
—Que yo suba... ¿Y luego en algún punto me detenga, ponga en tensión la cuerda y tu subas trepando?
—Nein, no voy a hacer eso.
—No entiendo.
—Era una broma.
—¡Ahh! —le mira a los ojos... Y hace un esfuerzo de verdad por sonreír—. Me habías asustado.
—Explícame entonces.
—Se ve ahí la guía, mira —se le acerca, extiende una mano y le señala los puntos en donde sí que están marcados los puntos—. La última vez que vine había menos puntos. Te iré buscando lugares donde poner los pies y las manos.
Austria mira los puntos e intenta desde ya leer las presas.
—Quiero que estemos cerca. Si en algún punto simplemente no puedes detenerme DIMELO y te ayudaré. ¿Vale? —pregunta ayudándole a ponerse el arnés.
Austria asiente.
—¿Estás bien?
Le mira pensando que no, que le da MUCHO miedo romperse los dedos y caerse y quedar colgando.
—Puedes hacerlo. Si no creyera que puedes no habría venido contigo —le asegura.
—Vamos a ello.
Y ahí van a ello, Suiza delante de él despliega y fija las cuerdas, antes de explicarle donde poner una y la otra mano, más preocupado de lo que dice. Austria tiene manos fuertes y brazos más o menos fuertes por el piano, el violín y el cello. Debe poderse sostener a si mismo.
Lo que pasa es que esto le tensa y le da mucho más miedo, precisamente por las manos.
Suiza se relaja un poquito al ver que no solamente se sostiene, sino no parece hacerlo mal, concentrándose y avanzando lo más posible mientras el austriaco se mueva con buena velocidad. Un poco más adelante le pregunta que qué tal se siente.
Al tener brazos y piernas largos, es capaz de llegar a las presas con más facilidad que Suiza, el problema es que no se atreve a poner todo su peso en los dedos.
A Suiza deben brillarle un poco los ojos porque nota que esto es algo que Austria PODRÍA hacer mejor con sólo un poco de entrenamiento físico, porque tiene la habilidad y el cuerpo apropiados.
De hecho sí, es más un problema de miedo que a Suiza le parece que es algo más superable. Quizás si puedan llegar a la punta de VERDAD. Le ayuda a subir a una zona plana a la mitad del trayecto, ofreciéndole una mano de la última presa al borde del risco y tirando de él.
Austria resbala un poco con los pies pero está bien agarrado de él y le abraza cuando le sube del todo. Suiza le abraza de vuelta con bastante fuerza, muy muy orgulloso de haber llegado hasta aquí con él.
—Lo estás haciendo muy bien.
La verdad es que el austriaco tiembla en sus brazos de la tensión y la adrenalina.
—Estás bien, estás conmigo —asegura apretándole contra sí.
—Tengo... —susurra pero ni siquiera lo sabe, si miedo, hambre, cansancio, sed, calor, se está meando... de momento no siente nada por la adrenalina.
—Estas bien, no pasa nada. Lo haces muy bien. Mira, estamos a la mitad y no has titubeado siquiera.
Es que va a seguir temblando, es una reacción por la tensión. No importa, de verdad, le sigue abrazando y de hecho sin pensar le mete la mano en el pelo acariciándole un poco la cabeza.
Poco a poco Austria se va relajando, sobre todo el corazón.
Y la mejor cosa es que Suiza sabe, porque lo sabe perfectamente bien, que Austria no ha ido ni por asomo tan lento como esperaba, así que hay más que tiempo de sobra, así que no le apresura, sólo le sostiene cerrando un poco los ojos y destensándose un poco, porque él también ha tenido miedo al principio y también le preocupa mucho que se haga daño.
—¿Vamos a comer aquí? —susurra Austria.
El helvético asiente.
—Si tienes hambre, sí. ¿Estás bien? ¿Tus manos están bien? ¿No te has lastimado nada?
El moreno parpadea y le suelta, mirándose a sí mismo... y luego se masajea las manos haciéndose tronar los nudillos.
Suiza extiende una mano hacia el tomándole una mano y quitándole un guante. Austria le deja hacer, mirando lo que hace.
El rubio le mira los dedos con cuidado, masajeándoselos y notando que en realidad no tiene nada.
—Pensé que eran fuertes, pero no pensé que tanto —admite.
Austria sonríe un poco y le toma las suyas para tirar de él y hacerle sentarse. Suiza se sienta descargando la mochila y le mira con una leve sonrisa de lado.
—Tienes razón —anuncia sacando los emparedados.
—¿En qué? —le miran de reojo los ojos violetas y se vuelve a las vistas.
—No todo tiene que ser útil y práctico.
—Nein?
—Esto no es práctico ni necesariamente útil y es una de las cosas más perfectas que hemos hecho últimamente
—Perfectas...
—Ja, perfectas. No hay un lugar en el mundo en el que preferiría estar ahora en vez de aquí —de verdad que está contento. Muerde su emparedado y se sonroja un poco.
—Conmigo —se burla un poquito abriendo su bocadillo también.
—Bah —se sonroja más y le da otra buena mordida mirando sus montañas.
Austria sonríe un poco más, relajándose intentando disfrutar de esto, comiendo el bocadillo que no está tan bueno, pero tiene mucha hambre. Suiza le mira fijamente un poquito más terminándose el emparedado. Se gira a buscar las nueces mientras Austria mira aun el paisaje.
—Vamos a buen tiempo, llegaremos temprano a la cabaña y podrás dormir mucho. Si quieres, incluso, antes de que se meta el sol —ojos en blanco.
—Was?
—Dormir, que mañana toca madrugar otra vez.
—¿Cuánto falta al refugio?
—Menos que lo que llevamos —estima.
Austria sonríe de nuevo.
—Quizás tarde o temprano le pierdas el miedo y cuando lleguemos a la punta me salgas con alguna sorpresa.
El moreno levanta las cejas
—Schweiz...
Éste le mira con el corazón encogido por un instante.
—... voy a dedicarme al alpinismo profesional —suelta una carcajada... que suena casi como un grito de la tensión. Suiza levanta las cejas con el grito/risa.
—Vale, vale, absurdo.
—Muchísimo.
—En realidad no sé tampoco si quisiera.
—¿Por?
—No podrías hacer las dos cosas a la vez... Quiero ver que tocarás el violín después de escalar una montaña.
—Evidentemente implicaría dejar la música.
—¿Ves? Nein, no puedes.
—¿Por? —sonríe igual.
—Porque no, tú eres el que hace eso. No puedes dejar de tocar música o componer, es TU cosa.
El austriaco sonríe más y se vuelve a las vistas.
—Ni te sientas tanto... Eres un tonto igual.
—A menudo esto —las señala —es lo que inspira a la música. Supongo que por eso accedí a subir después de todo.
Suiza se calla y deja de llamarle tonto en el "tont..." Escuchándole.
—Para hacer música... Te inspiras con cosas así, ¿entonces? ¿Querías... Hacer algo especial? ¿Con mis montañas? —se le ocurre, además, sonrojándose un poco.
—En eso consiste el arte. En hacer cosas especiales.
—Me gustaría entenderlo mejor.
—¿El arte?
—Ja. Eso tan maravilloso, esa inspiración que sientes.
—La inspiración brota de un sentimiento, el arte solo es una manera hermosa de decir "lo he sentido, estoy vivo"
—Quizás es que de verdad soy un completo insensible.
—Nein —niega—. Es que creo que no tienes esa necesidad tanto de expresión o como la tienes por... compartir. Haces cosas hermosas, cosas que a la vez son útiles. Salvo el chocolate. Creo que eso es lo más parecido al arte que haces —explica—. En el fondo no sirve para nada y la gente sobreviviría sin ello, pero el mundo sería un poquito más feo si no existiera, porque en el fondo, sirve para que las personas se sientan bien.
—Pero no es que yo vea un paisaje hermoso y piense que quiero hacer más feliz a la gente. Yo lo hago sólo porque es necesario, porque nadie más lo hace y porque está bien que se sientan bien las personas.
—No es cierto que nadie más lo haga.
—¿El chocolate? Ah, bueno, está esa chica...
—En realidad creo que a ti más bien te inspira el dolor y malestar, al que quieres ponerle remedio. Es más o menos el mismo el mismo concepto, solo que lo tuyo no se llama creatividad, sino bondad.
Se sonroja y arruga un poco la nariz porque eso suena ridículo. Austria se encoge de hombros.
—Eso es más bien el no ignorar perezosamente las necesidades de la gente. No es ser "bondadoso". A cualquiera le molesta el dolor y malestar de los demás sólo hay quien simplemente lo ignora —percepción equivocada, Suiza.
—¿Entonces sostienes que la gente es buena pero eligen ser malos?
—Ja. Como tú en tus malas épocas. Estabas loco y perdido, pero no es que seas propiamente malo.
Ceja levantada.
—Yo digo...
—Es una bonita manera de verlo —decide Austria.
—Aunque entiendo un poco una analogía con la necesidad de hacer algo. Yo no PODÍA tenerte a ti con Russland y Frankreich peleando en mi jardín sin salir a curarles.
—A curarnos, más bien alguien pensaría que querías que la guerra durara más.
—Oh ja, era fantástico tenerles matándose en mi casa. A mí que tanto me gustan las visitas —protesta recogiendo la basura y sacando un poco de agua para ambos. Austria sonríe de lado.
—Pero aun cuando no quisiera, no era posible ayudarles. ¿Eso te pasa con la música?
—Ja, a veces siento que no es posible no componer una pieza. Te ronda por la cabeza como una idea y puede llegar a no dejarte dormir hasta que la plasmas.
—Si compones algo con esto... —señala las vistas —. ¿Me dejarás oírlo?
—Nein.
Parpadea y le mira.
—¿Por qué?
Austria se encoge de hombros porque EVIDENTEMENTE que va a componer algo con esto, salga como salga, pero está molestándole. El de ojos verdes frunce el ceño sin entender, poniéndose de pie.
—Hay que seguir.
—¿Ya? —Austria le mira un poco unos segundos y suspira.
—Vale, diez minutos más —concede. El austriaco sonríe complacido. Suiza se vuelve a sentar en el suelo y acomoda un poco las cuerdas.
—¿Por qué no querrías dejarme oír lo que compongas aquí?
—Por... no sé, ¿molestar?
El rubio frunce el ceño y gruñe un poco.
—Veo que esa es respuesta a la mayoría de las cosas —le mira de reojo.
Y luego se acuerda de lo que dijo en los sillines sobre odiar como le miraba y le hablaba tan serio y poco dulce, y sobre las cosas que tenían que ser prácticas que tampoco le gustaban. Intenta buscar una respuesta ingeniosa o bromista, frunce más el ceño para concentrarse en qué hacer o decir para hacerle sonreír. Piensa un poco ansiosamente por unos segundos qué decir, con la mente del todo en blanco.
—Es una buena respuesta.
—Molestarme... Para ser alguien tan supuestamente serio y respetable te gusta demasiado molestarme.
—Se puede ser serio y respetable a la vez que molesto.
—¿Sabes que a England le cuesta trabajo creerme?
—Por supuesto que le cuesta, no soy molesto cuando él puede verlo.
—Eso es el problema, la imagen que das de ser una persona respetable y seria cuando en realidad eres un idiota, indeseable, que... —se detiene y carraspea.
—Idiota no, molesto —corrige.
—Ja. Molesto. Aunque... Ehm... Tienes algunas otras virtudes.
—Ah, ¿ja?
"Sé dulce, sé dulce, sé dulce"
—Pues... Ja. N-No es verdad que sólo haces cosas desagradables —afirma.
—¿Y qué cosas agradables hago?
—Ehm... No eres del todo malo con Liechtenstein.
—Menos mal que te conozco —sonríe negando con la cabeza.
—Was? ¿Por qué?
—Pensaría que nada más te gusta eso.
Suiza traga saliva y se aprieta un poco el arnés. "Sé dulce, sé dulce, sé dulce", se repite a sí mismo sonrojándose.
—Me gusta... Que... Me busques, que vayas a verme, aunque a veces me interrumpes y me parezcas molesto —murmura girándose a la pared para no verle.
—Lo que te decía ayer de que me esperabas —sonríe un poco maligno. MAAAS sonrojo.
—Pues después de que vienes varias veces, es difícil no esperarte —responde desanudándose y volviendo a anudarse la cuerda a la cintura, sólo por hacer algo.
—Lo difícil es que quieras que venga.
Hace los ojos en blanco.
—En realidad, Österreich, sabes bien cuales sin mis métodos cuando realmente no quiero que alguien venga.
—Precisamente.
—No recuerdo haberte disparado ni sacado de mis tierras desde hace bastante tiempo. Tampoco recuerdo haberte recibido mal —le mira.
—Bueno, todos sabemos que tu sentido de la hospitalidad es peculiar.
—De hecho una de las cosas que pensaba era que tu entendías esas cosas... —se revuelve un poco, preocupado, pensando que es un pésimo momento para volver a hablar de esto.
—Pues claro que las entiendo.
—Aunque las odies —murmura para sí haciéndose los ojos en blanco a sí mismo—. Hay que seguir.
Austria remolonea de nuevo porque ahora le está saliendo todo el cansancio.
—No vas a sentirte más descansado por quedarte aquí más tiempo, al contrario, entre más tiempo pasemos sin movernos, peor te va a parecer volver a empezar.
—Esto es terrible...
Suiza suspira.
—Lo siento, quizás no debí haberte traído aquí.
—Venga, vamos —respira profundamente tomando fuerzas.
El suizo extiende las dos manos para que le de las suyas y ayudarle a levantarse. Austria se las toma. Suiza tira de el con suavidad para que se levante y le abraza un poco de la cintura cuando lo hace. El moreno le mira de cerca, dejándole.
—Si me gusta que vayas y me gustan cosas... ¿Desde cuándo te sientes mal por cómo soy? —pregunta con cierta solemnidad y preocupación.
—Pues desde siempre, ya le pasaba a ese niñito morenito que tanto quieres.
Suiza toma aire y le mira a los ojos apretándole un poco y sonrojándose igual por la parte del "que tanto quieres".
—Vamos a seguir —pide con suavidad —. Hablaremos de esto más tarde.
El austriaco sonríe igual. Suiza se monta la mochila y empolva un poco las manos antes de acercarse otra vez a la pared.
Austria le mira nervioso, fijándose en lo que hace para ir luego detrás.
—Lo haces muy bien, de verdad. No pienses en nada más que en escalar —le recomienda.
Austria aprieta los ojos y aprovechando que está contra la pared, comprueba su cajita... por un momento no la siente y se asusta, buscándola, pero solo se había movido un poco.
—Quizás podrías... Cantarme algo.
—¿Algo como antes?
—Pues... Algo así, ja, si me cantas me concentro mejor —le mira de reojo —, sólo si quieres y no te distrae.
El austriaco se acerca a la pared ahora que Suiza ya está más arriba y empieza a cantar algo tirolés... porque así son los dos.
Suiza sonríe un poquiiiito de lado, sinceramente pegando la frente contra la pared, disfrutando todo esto. Austria, te lo digo, sé que te está costando uno y la mitad del otro pero te aseguro que está cumpliendo su cometido.
Probablemente Suiza tararee un poco, pero en realidad sólo se concentra en seguir avanzando a ritmo lento para que al austriaco no le cueste trabajo, mirándole de reojo todo el rato sin perderle de vista casi ni un segundo.
No solo es la excursión física, es la excursión mental hasta la petición. Y el hecho de que Austria toooodo lo toma con una desesperante calma. Por cierto, si alguien quiereconocer la historia de Suiza y su primera moneda, se oublicará pronto bajo el título "Haciendo dinero" ¡No olvides agradecer a Kaarla su beteo y edición!
