Colgando con Liechtenstein... Van a jugar en silencio mientras Austria se pone nerviositoooo. Y después comerán algo, Suiza obligará a Austria a comer bien.
Y bueno, Suiza se olvida un poco de estar nervioso, habiéndose calmado al hablar con Liechtenstein, aunque nota que Austria está desconcentrado y pierde al juego por cosas tontas y estar desconcentrado. Puede que Suiza le riña un poco, pero en realidad Suiza no es el portento máximo de la competitividad en juegos de mesa.
Austria está medio ausente y nervioso así que el suizo por reflejo se pone un poquito nervioso tambien aunque no sepa por qué.
Al final de la tarde, mirando la hora, los colores del cielo y posición del sol es que decide que ya es tiempo para irse alistando para el atardecer. Deja sentadito al probablemente terriblemente histérico austriaco y se va al cuarto a buscar una manta... Preocupadillo, no lo va a negar, pero asegurándose a sí mismo que no hay nada de que preocuparse hasta que sepa exacto lo que pasa. Tiene a bien pensar que ya que están aquí y van a ver el atardecer y las estrellas y eso que una cerveza no estaría mal... Cuando le dicen el precio de las cervezas subidas en helicóptero, casi se va de ESPALDAS, negándose rotundamente y comprando agua. Que es estúpidamente cara igual.
A medio camino hacia Austria piensa que, joder, ¿y si quiere decirle algo horrible? Quizás sí que necesite una cerveza... Se da la media vuelta y cambia una botella de agua pagando la diferencia.
Luego piensa que no puede llegar con su cerveza y agua para el austriaco... A regañadientes cambia la otra botella de agua por cerveza también y piensa que debería sentirse orgulloso de su gente que sabe hacer buenos negocios. Siempre positivo.
Así que ahí vuelve con Austria, con sus cervezas del millón de dólares y su manta. Suiza el friolero.
Austria esta con la cajita en las manos mirando el interior nervioso cuando Suiza sale a la terraza en la que están las mesitas. El helvético pone la manta con las cervezas en la mesa y el austriaco cierra la caja de golpe.
—Ya estoy —le mira—. ¿Tú? ¿Ya?
—Yo... ¿ya?
—¿Ya estás listo? Hay una pequeña saliente ahí, creo que se verá bien.
Austria mira donde le señala, medio ausente y parpadea sacudiendo la cabeza.
—W-Was? Ja, ja... donde tú quieras.
—¿Te sientes más mal? ¿Te llevo cargando? —pregunta descolocado con el balbuceo.
—Estoy cansado, pero... ja —decide tras pensarlo.
—Mañana estarás mejor, antes de dormir te daré otro antiinflamatorio y de hecho si no mejoras de verdad quizás cuando bajemos de aquí podríamos ir al médico. Toma la manta con cuidado que tiene botellas adentro —se le acerca y le pasa una mano debajo de las piernas.
Austria toma las mantas aun con la cajita en las manos, abrazándole.
—Si no estás tan cansado podemos quedarnos un poco más a ver las estrellas —puede que tú seas el primero en estar histérico y no querer ver nada, querido mío. (Ah, la ignorancia es una bendición...)
—Tal vez... ya veremos —traga saliva apartando la cara.
Así que ahí le lleva, en silencio, mirando el cielo de fondo, entrecerrando los ojos... Nerviosito, porque Austria sigue sin estar "normal". Le aprieta de nuevo un poco contra sí, recordándose a sí mismo que sería estúpido haberle traído aquí para dejarle o alguna otra tragedia por el estilo. Pero hay cierta atmósfera solemne aquí que le agobia.
Austria está distraído aun pensando en cómo hacerlo porque a pesar de todo, aun no se ha decidido, con los nervios. Cosa muy extraña.
Suiza vuelve a recordarse a sí mismo que es estúpido agobiarse por algo que es sólo una suposición, cuando al fin llegan a la saliente que había visto un rato antes, donde poder extender un poco manta y ver el atardecer. Le suelta suavemente las piernas al austriaco intentando que se ponga más o menos de pie.
—Ya estamos aquí... Ehm... Esto, es así como de película — se sonroja un poco porque es súper romántico ver el atardecer con Austria subidos en el Matterhorn.
—¿De película? —se espera a que acomode la manta.
—Ja... Bueno, es un decir, es de ese tipo de cosas que no solemos hacer muy a menudo. Atardeceres en la playa y cosas así.
—¿Y no te gustan? Es muy hermoso —mira hacia el sol.
—No he dicho que no me gustan, he dicho que es de película —mira al sol... Y luego le mira a él pensando que a pesar de todo se ve tremendamente bien con el sol reflejado en los lentes y las sombras que hace en su cara —. Cada cosa que digo crees que es protesta.
—Nada más era una pregunta —responde—. Tú respondes agresivamente todo el día.
Suiza suspira pensando que no tiene mucho con lo cual discutirle eso. El problema es que Austria está nervioso, pero al menos ya se sostiene de pie él solo, mirando lo que hace.
—Lo siento... No noto cuando hablo así. Ven a la manta —murmura tratando de neutralizar un poco el tema.
—No pasa nada —cambia el peso de pie.
—Puedes hasta quitarte las botas si quieres.
—Puedes desatármelas —usa el tono de concesión y la formula de pregunta que no suele usar con Suiza. Tono que suele levantarle las antenas a Suiza de inmediato y hacer que rechine un poco los dientes.
—¿Me estás pidiendo que te las desate? —pregunta sin pensar, acercándose igual y agachándose a hacerlo.
—Eso he dicho.
—Nein, me has concedido el honor de hacerlo —protesta un poco entre dientes poniéndole igual una mano en la pantorrilla y acariciándole un poquito la pierna, nerviosito, sin saber qué es lo que pasa.
Suiza está hincado. Bueno, con una rodilla al suelo. Más o menos con los papeles invertidos. Entonces Austria da un paso atrás alejándosele.
—Was? ¿No me has dicho que te desate la bota? —levanta la cara. Austria traga saliva. El suizo se levanta mirándole con el ceño un poco fruncido—. Was? Puedes sentarte con botas también —parpadea porque no acaba de saber qué pasa que tiene al austriaco ultra tenso.
—Ya... ya lo sé —aprieta los ojos. Ahora el helvético cambia el peso de pie poniéndose tenso en reflejo, notando claramente que ALGO pasa. Carraspea un poco.
—¿Quieres que... Q-Quieres cerveza? Antes de que se entibien.
—Ja.
Saca la sempiterna navaja (suiza) de su bolsillo y vacila un poco antes de dar un pasito hacia él.
Austria le mira hacer. (Porque asumimos que sigue cargando las cervezas). Estira una mano y le quita una de las dos, abriéndola.
—Esta es tuya —Suiza se la extiende, tomando la otra—. Ehm... Bueno... —abre la suya, le mira un poco y se gira a mirar el atardecer, rascándose la nuca.
Austria es quien se toma la suya, un buen par de tragos largos. Valoooor, Austriaaaaa.
El suizo se cruza de brazos, tratando de elegir un tema de conversación... ¿Por qué a veces era tan complejo? Es decir, podrían hablar del paisaje o de Liechtenstein o del trabajo o... Algo, de alguien más, pero seguía sintiendo que algo iba extraño, y Austria... Actuaba extraño. No tarda en mirarle de reojo.
Austria baja la cerveza y suspira, se vuelve a él cuando nota que le mira y parpadea sonrojándose un poco.
—¿Qué pasa? —pregunta dando un pasito de lado hacia él, preguntándose por que ha de ser tan torpe. No nota el sonrojo por los tonos amarillos y rojos del atardecer.
—¿De qué?
Parpadea... Quizás todo se lo estaba imaginando o algo así.
—¿Quieres sentarte?
—Nein.
Otro parpadeo levantando un poco las cejas.
—Mmm... Vale —murmura preguntándose si había hecho algo mal... O algo. Quizás de verdad era algo trágico. Se había quitado con lo de las botas y ahora no se quería sentar con él... Y estaban las cosas que le había dicho que no le gustaban, aunque le había dicho que hoy le explicaría a esta hora, aunque... es que no tenía logicaaaa. Por un momento piensa en algo aún peor así como que tiene una enfermedad progresiva y mortal y esto es lo último que hará en su vida o algo así. Se hace los ojos en blanco a sí mismo.
Paciencia. Eso tenía poco, especialmente con Austria, pero... Si le había dicho que algo le explicaría ahora al atardecer, algo le explicaría. Quizás sólo esperaba que se fuera el sol. Toma aire y lo suelta de golpe.
—En invierno, es más difícil la escalada... Pero a esta altitud ponen unos Jacuzzies en el hielo con agua muy caliente —comenta, raaaaandom.
Austria parpadea saliendo de sus pensamientos sin saber de qué le habla.
—No he venido nunca, lo leí cuando averiguaba esto. Antes no ponían jacuzzi ni nada así —cambia el peso de pie otra vez y carraspea—. ¿Crees que Liechtenstein quiera...? Es... Es igual —se pone en cuclillas por hacer algo y moverse.
—¿Quiera qué?
—No sé, pensé que podría venir pero sólo me falta morirme de la angustia por ella —gesto con la mano para quitarse la idea de la cabeza, suspira y le mira otra vez de reojo levantando un poco la cara.
—A ella se le daría mejor la escalada que a mí.
—Ja, pero ella no querría venir conmigo al Jacuzzi, querría venir con Canadá. Y una cosa es escalar conmigo y otra diferente es con él, que no parece tener siquiera unas montañas muy elevadas —agrega—, así que prefiero venir otra vez contigo en invierno.
—No creo que vuelva a querer subir nunca aquí ni a ninguna otra montaña similar.
En realidad no se puede decir que no lo esperara. Aunque sí piensa que bueno, este momento en concreto con el de pie y todo tenso, dista un poco de ser un momento "de película".
—Entonces ve bien el atardecer, que puede que no veas otro igual —se levanta otra vez, de nuevo porque esta nerviosito y no puede quedarse quieto.
—Puede que nunca haya otro igual —se vuelve al sol.
—Nunca hay otro igual —susurra y le mira de reojo tragando saliva. Da un pasito hacia él y consigue tocarle el brazo con el suyo.
—Nein? —le mira de reojo.
—Nein. Nunca estaremos aquí arriba los dos, así que no habrá nunca otro atardecer así como este.
—¿Cómo sabes qué no? He dicho creo.
Suiza parpadea, le mira y desfrunce el ceño.
—Eso... Suena mejor —se le recarga un poquito—. Lo haces mejor de lo que crees.
—Me duele más de lo que me gusta.
—Si entrenáramos al menos una vez a la semana... Descubrirías que eres más fuerte de lo que crees y mucho menos delicado. Podrías escalar o correr e incluso tocar mejor el violín.
La mirada. LA mirada.
—O puede que no sea necesario —traga saliva —, siempre se puede subir aquí en helicóptero y aun así... Subiste esta vez.
—Lo hice...
—Sólo por eso, no habrá otro atardecer como este nunca —asegura.
—Hay otra cosa por lo que no lo habrá —toma valor.
—¿Ja? —le mira un poquito de reojo y se pone nervioso sólo por el concepto. No tiene IDEA de qué pasa, pero... pasa algo.
Austria le toma del antebrazo para que le ayude a hincarse a él con una rodilla apretando los ojos porque le duele al moverse, pero es así de clásico. Suiza le detiene del brazo y su primera reacción es estirarse para detenerle pensando que se está cayendo.
—Calma, calma —le pide cuando lo consigue, aunque sus piernas le duelen aun así que se mueve tratando de ponerse cómodo en la postura. Suiza parpadea viéndole ahí hincado.
—No entiendo qué...
Austria bufa un poco por el esfuerzo, le mira a los ojos y le sonríe, aun medio agarrado de su brazo. Inserten un par de parpadeos suizos más, aunque se tranquiliza un poco porque sonríe y siempre que sonríe, las cosas van bien.
—¿Qué no entiendes? —ni con esto tiene prisa, de verdad... eres desesperante, Austria
—... haces —termina la frase un poco a destiempo, agachándose un poquito.
—Lo que hago es... —se humedece los labios, toma aire lentamente y vuelve a mirarle a los ojos—. Pedirte matrimonio.
—¿Pedirme qué? —pregunta sinceramente. Ni siquiera le ha caído... ¿Saben lo que es negación absoluta y completa a la ínfima posibilidad? Escucho algo así como "pedirte un mamut".
—Que te cases conmigo —cambia la formula a una más sencilla y busca su cajita.
Y el mundo se detiene. Genuinamente se detiene. Suiza parpadea leeeeeeentameeeeeenteee. De hecho, ha dejado de respirar. Y creo que su corazón ha dejado de latir. Al menos se ha saltado un latido.
Austria consigue encontrar su cajita y abrirla con una mano, porque no quiere soltarle del antebrazo.
—¿W-W-WaAas? —se escucha a si mismo susurrar y le sale un gallo en el susurro. Seguro de que entró a una realidad alternativa.
Austria le tiende la cajita abierta, poniéndosela en las manos como prueba de que no ha oído mal. Suiza traga saliva.
—T-Tu... Me...
—Yo te... —le ayuda a formar la idea en la cabeza y aunque aún no le ha dicho que sí, ya está más tranquilo de haberlo soltado.
Suiza se desploma un poco al suelo no cuán largo es, pero si poniéndose en cuclillas y luego sentándose en el suelo.
—M-Me estas... Me estás de verdad... ¿Por qué? Por qué es que... Pero... Pero es que... —mira la cajita con los ojos muy abiertos donde hay una cosa que parece un anillo. Traga otra vez.
El austriaco trata de sostenerle él tirando del brazo que le sujeta en cuanto le nota tambalearse.
—E-Es un... —susurra aún con los ojotes —, a-anillo
—Ja. ¿Sabes? No soy especialmente notable en paciencia, Schweiz —protesta un poco porque es que... no ha respondido, ni siquiera un "ya veremos" y le pone nervioso que tenga que pensárselo tanto.
Es que no se lo está pensando. Está procesando pero Austria no lo sabe. El tono y la manera de hablar seria y algo dura lo traen de nuevo a la tierra.
Se mueve un poco para sentarse también porque la posición con la rodilla hincada es incomoda como pocas cosas y no sé si se ha quejado suficiente, pero le duele todo.
—Tú... ¿Has ido a comprar esto para mí?
—Nein, me lo encontré tirado en la calle —es que de verdad no es tan fácil y sigue sin responder.
—Fuiste a comprar esto para mí y viniste aquí y... M-me estas pidiendo... A mí... —sigue y se humedece los labios. Parpadea y mira la cajita—, quieres que yo m-me case contigo.
Es que... en serio. Aprieta los ojos porque lo ha hecho todo lo más claro que ha podido, gratuitamente y lo suyo le ha costado. Se muerde el labio para no reñirle otra vez, pero es que... Suiza aprieta la cajita en su mano y se la lleva al pecho.
—Tienes suerte que no te estoy apuntando con un arma, porque de ser así ya estarías muerto con tanta vacilación.
Suiza aprieta los labios y cierra los ojos y aprieta su cajita con fuerza. Austria le mira hacer relajándose un poco porque no parece una reacción mala.
—Me quieres de verdad... —susurra haciéndose bolita apretando su caja como si la vida le fuera en ello.
Austria levanta una ceja y se sonroja un poco. Decide no hacer comentarios al respecto y recuerda que Liechtenstein le pidió una foto, así que saca el teléfono y se dispone a ello mientras espera.
Y antes de que pueda hacer más, Suiza se le echa un poco encima, poniendo la cabeza en su pecho
Austria levanta las manos sorprendido porque no se lo esperaba, mirándole. Suiza sorbe un poquito la nariz y se limpia los ojos con el dorso de la mano.
Un poco torpe, Austria baja las manos hasta su espalda como abrazándole un poco.
—Quieres... Casarte. ¿Por qué querrías casarte conmigo?
—¿Sabes que YO te he hecho una pregunta? —le riñe de nuevo.
—¿Tú? —le mira recargado en él y se sonroja un MONTONAL, repentinamente. Se esconde
—Es bastante maleducado no responder cuando te preguntan —sigue. Cuadradez.
—Hablas de… —se sonroja más aún—, es que tengo que saber por qué.
—No tienes que saber nada, no te hagas el idiota y no hay ningún pormenor que no se pueda discutir luego.
—Ja.
Austria trata de que el suspiro de alivio sea lo más sutil posible.
—Pero es que cómo nos vamos a... Mein Gott in Himmel —se esconde del todo en su pecho.
—¿Pues cuál es el problema? —gira la cámara a sacar una foto a las vistas con lo que queda de puesta de sol que es casi nada
—Es que... es una locura lo que estas proponiendo
—¿Por?
—¿Cómo vamos a... C-Casarnos?
—Pues... en general, como se nos antoje. Ya me imagino que tú prefieres algo más bien pequeñito.
Suiza traga saliva porque esto se le está viniendo encima lento pero seguro.
—Con una... B-Boda
—Suele ser la forma, ja.
—Mein... Pero así una boda con mucha... Pero... —sólo de pensarlo en este momento, quiere un cubo de cabeza grande en el cual meterse.
—¿Pero qué? —Austria se humedece los labios y suspira tras unos instantes—. ¿Por qué de momento no nos limitamos mejor a que nada más te pongas la alianza y nos tomemos las cervezas?
—La alianza. P-Ponerme la alianza —repite y traga saliva—. ¿Por qué te quieres casar conmigo?
—¿Por qué has dicho tú que sí? —le devuelve la pregunta.
—No sé... Porque... —aprieta la cajita contra sí y si no describimos lo que piensa Suiza es porque ha dejado de pensar desde hace un buen rato. Austria decide tomar un poco más de cerveza y ya—. Porque lo pediste. Me lo pediste a MÍ.
—¿Y?
—Tú habías dicho que nunca lo haríamos y que tú y yo teníamos otras cosas...
—Cambié de opinión.
Suiza traga saliva, se revuelve un poco y se acuerda de que tiene un cuerpo, y unas piernas y están en una montaña y de hecho ya está bastante oscuro. Se acuerda también de respirar. Su cerebro le repite brevemente la escena. Austria de rodillas, "pedirte en matrimonio", "que te cases conmigo". Vuelve a latirle el corazón con fuerza. La cosa es que ahora que ya ha dicho que sí, Austria no necesita presionarle y sabe que requiere tiempo hacerse a la idea, que él ha estado madurándola, pero por supuesto al suizo lo ha arrollado como un tren. Tiembla un poco y separa la cajita de su pecho mirándola de reojo.
—Hay algunas personas que ya saben que te traía aquí para esto —comenta.
—¿Was? —le mira de reojo y levanta las cejas volviendo a apretar la caja en la mano como si alguien fuera a venir a quitársela
—Ungarn, Deutschland y Liechtenstein —explica.
Suiza traga saliva y ahora si busca su cerveza, que no sabe dónde dejó siquiera. Austria le deja hacer, soltándole un poco para que pueda moverse.
—Creo que... Esto es demasiado — se talla los ojos con el dorso de la mano que trae su cajita.
—¿Demasiado?
El suizo toma aire y lo suelta un par de veces intentando no entrar en pánico del todo y ordenar su pensamiento. Austria le había llevado hasta aquí. Para pedirle matrimonio. (¡Y él había dicho que sí!) Y la peor parte o la mejor, era que una parte de su cerebro le estaba empezando a decir que no debía alegrarse y que debía desconfiar de todo y que él no hacia alianzas... Y una GRAN parte de su cerebro estaba callando a golpes a esa parte idiota y desconfiada. Toma aire profundamente y lo suelta de nuevo.
—Nunca he creído en el matrimonio. Menos aún he pensado en casarme —suelta. Austria se humedece los labios lentamente.
—Lo sé.
—Siempre he pensado que hace a la gente sobre confiada e idiota y a la larga infeliz y amargada...
—¿Por qué?
—Hace de cada cosa un derecho y una obligación.
—Mmm... Depende de cada pareja, depende de cómo te lo tomes y lo que decidas.
Suiza suspira, porque de todas las cosas que le preocupan esa ahora mismo empieza a preocuparle menos.
—Has venido... Aquí... Por interés personal, ¿verdad? Esto —señala la cajita —, es tuyo.
—¿Qué quieres decir?
Suiza se humedece los labios y cierra los ojos.
—Si dije que sí, es a ti. A ti y sólo a ti y... Confío en ti.
—¿A quién más ibas a... qué te estás imaginando?
Aprieta su cajita en un ataque de desconfianza.
—No volvería a hablarte nunca, NUNCA. Ni Liechtenstein —advierte casi en un susurro con el corazón desbocado, antes de volver a echársele un poco encima, frente a su pecho.
—¿Pero qué estás imaginando?
—Toda una sarta de cosas horribles que imagino ahora y voy a imaginarme.
—Cuéntamelas.
—Dime antes por qué quieres casarte conmigo... —pide.
—Yo sí creo en el matrimonio —se encoge de hombros.
—Ja, eso ya lo sé... Pero...
—¿Aja?
—Eso no explica por qué quieres casarte conmigo.
—¿Crees que podría querer casarme con alguien más actualmente?
Niega un poco con la cabeza
—Pero podrías querer por razones... Extrañas.
—¿Como cuáles?
—Deutschland
Ojos en blanco.
—Este no es un movimiento político.
—¿Entonces? ¿Por qué quieres casarte conmigo? —pregunta poniéndole una mano en el pecho.
—En realidad no se supone que tenga ningún sentido práctico.
Suiza aprieta los ojos y se sonroja porque empiezan a llegar al punto que esta... Preguntando.
—¿Entonces?
—¿Qué hay de lo que te dije ayer sobre que a veces las cosas no tienen utilidad?
—Ya sé por qué dije que sí.
Austria sonríe esperando que se lo diga
—Si tus razones son las mismas...
—¿Aja?
—Podríamos quizás, de verdad, casarnos. ¿Por qué quieres casarte conmigo? —levanta la cara y le mira a los ojos... Y vuelve a sonrojarse.
—Misma pregunta cuatro veces —se pasa una mano por el pelo, nervioso, porque no creas que no le cuesta.
—No me has contestado —se humedece los labios—. Bitte.
—Pues... es que no hay ningún motivo, solo es algo que me apetece.
—Dije que sí porque te quiero —suelta de golpe. Austria levanta las cejas y le mira. El de ojos verdes se sonroja un poco y no debe verse porque está cada vez más oscuro.
—¿Crees que hay otro motivo por el que a mi pueda apetecerme?
—No hay nada de malo en querer... que lo digas.
—He subido hasta aquí, te he dado una alianza y te he pedido matrimonio a la puesta de sol. Quería subir a la cima, pero apenas puedo moverme... ¿de verdad no te haces una idea?
Suiza abre los ojos con la lista cayendo más en la cuenta de todo esto.
—Ja, me hago más que una idea —mueve un poco la mano en su pecho hasta su cuello y se le acerca un poco torpemente —. Nadie había hecho nunca tanto por... Demostrarme una cosa.
Austria se sonroja un poco con eso.
—Me he resistido por años a ver, o a creer... Aun estando contigo —agrega y le acaricia un poco el cuello con el pulgar—. Es momento de parar.
El moreno levanta las cejas mirándole.
—Si vamos a hacer esto, es absurdo seguir en esa línea.
Austria sonríe.
—Voy a confiar en ti otra vez —declara —, completamente.
El austriaco se humedece los labios y siente un poco pesada la responsabilidad de eso, pero le gusta. Suiza traga saliva y le mira a los ojos volviendo a acariciarle un poco el cuello.
—Voy a darte un beso.
Austria se acerca él a hacerlo.
El suizo cierra los ojos, inclina un poco la cabeza y entreabre los labios con el corazón SÚPER acelerado. Austria le besa con suavidad y se tira un poco hacia atrás con él abrazándole para que se tumben.
Suiza se tumba sobre él, cuidando que no se pegue en la cabeza con el suelo, acariciándole el pecho con la otra mano y haciendo un "mmmm" de EXTREMA satisfacción. Es posible que se queden ahí un rato en eso. De hecho es seguro que lo harán, Suiza aun sosteniendo su cajita con fuerza.
Suiza termina por separarse un poco, humedeciéndose los labios y relamiéndose. Austria sonríe abriendo los ojos. El rubio le pasa un dedo por los labios y la peca, de la mano que tiene la cajita. Austria mira la mano y la cajita.
El suizo mueve un poco la caja poniéndola entre su índice y su pulgar.
—Compraste un anillo y todo.
—Ni siquiera lo has mirado.
Suiza recarga la cajita en su pecho y la abre con una mano.
—No puedo creer que hayas comprado un anillo y todo. Debe haber sido caro —deja la cajita abierta ahí y rebusca en su pantalón, sacando la navajita multi práctica, multiusos.
Austria inclina un poco la cabeza sin saber para qué la saca. Suiza la acerca a la caja y se prende una pequeña lucecita de linterna. El señor relojero está preparado.
—No estoy seguro de que te vaya a medida.
—¿Ah no? ¿Cómo lo compraste? —levanta las cejas al notar que es mucho más sobrio de lo que quisiera, puesto que no puede quejarse de el—. ¿Sabes que jamás he usado un anillo? Además... Esto... No puedo usarlo aún.
—Lo hice hacer, pero debe ser el primero que tienes, así que es a la medida de los dedos de Deutschland, que se parecen más a los tuyos.
—De Deutschland —repite tratando de procesar que Austria fue con Alemania a comprarle un anillo de BODAS, sin salir corriendo y esconderse en algún sitio avergonzado. De hecho... Se le esconde en el cuello. Le tiembla un poco la mano cuando deja la linternita en su pecho y saca el anillo de la caja—. Y... ¿Tú? —pregunta y se le va un poco la voz.
—Yo... daré la orden de que hagan el mío cuando volvamos.
Suiza se humedece los labios sintiendo el metal frío entre sus dedos, sin atreverse a ponérselo.
—No puedo usarlo hasta... ¿E-Entonces o sí? ¿Has —carraspeo —, pensado cuándo?
—Aunque ahí mismo empieza ÉL a pensar, cuánto.
—Puedes usarlo cuando quieras.
—Pero aún no estamos... O lo uso hasta entonces y ese día, ¿que no m-me lo tienes que poner? —oh sí, estamos entrando en PÁNICO sólo de pensar en Austria poniéndole un anillo en frente de toooodo el mundo.
—Es día puedes quitártelo por la mañana y te lo pondré yo en el momento. ¿O es que quieres dos anillos?
—Nein, si no sé qué hacer con uno... —aprieta los ojos y toma aaaaaaire.
—Ponértelo.
El rubio traga saliva.
—T-tengo que comprar el tuyo entonces... —comenta intentando alargar el momento de probárselo, acercándolo un poco a su cara para verlo bien.
—Bien, iremos los dos.
Se lo pone (más o menos porque no le baja bien con una mano) en el dedo incorrecto, es decir, en el cordial.
—¿C-Cuando planearías que nos... Q-Que...?
—No lo he decidido. Es algo que habría que decidir entre los dos.
—Las otras dos veces... —murmura intentando bajarse más el anillo. Austria por el amor de dios, ¿podrías ayudarle? Seguro te está abrazando con la otra mano.
—¿Aja? —no le ayuda porque... no. Suiza aprieta los ojos porque el teeeemaaaa.
—¿Tardaste mucho en organizarlo?
—Ja.
—¿Qué es mucho?
—Mucho es MUCHO. Fueron muy grandes las dos, más de un año.
—No voy a casarme con una ridiculez así, ni con el dinero de alguien más que debes haber TIRADO en estupideces. Recuerdo la cantidad de FLORES, era estúpida.
—Ya me lo imaginaba.
—Pero...
—¿Aja?
—No sé, es que sólo de pensarlo... — niega con la cabeza y se acuesta un poco encima de él.
—¿Solo de pensarlo qué? —se acomoda, dejándole.
—Es que imagínalo... ¡Con lo que odio tus bodas!
—Se supone que esta no vas a odiarla.
Suiza se queda un poco callado.
—¿Cómo... La imaginas tú? —pregunta necesitando, de hecho, un poco de ayuda.
—La verdad es que no he imaginado mucho más allá de este momento —confiesa. El helvético levanta la cara para mirarle un poco.
—¿Qué dijo Liechtenstein?
—Estaba muy emocionada en realidad.
—No sé qué le voy a decir —aprieta los ojos otra vez, aunque se atreve un poquito y se acerca, dándole un beso suave en los labios—, no sé cómo va a ser, ni cuando, ni sé qué es lo que voy a... No se mi como hablar contigo de esto sin pensar que es la mayor locura que se te ha ocurrido —carraspea un poco—. Lo que sí sé, es que... Da igual lo que pase al final. Liechtenstein. Liechtenstein no puede salir lastimada.
—Pienso en... —le mira—. Pienso en algo pequeño, sin personalidades ni presidentes o políticos, solo familia y amigos cercanos. Pienso en blanco y rojo... blanco... nieve. En invierno —cierra los ojos mientras lo explica.
Suiza parpadea un poco con esa respuesta, volviendo a olvidarse de todo lo que le agobia, recargando la frente sobre su hombro.
—Tal vez... en Navidad, así vendrá realmente nada más la gente a quienes le importemos lo suficiente. No en San Esteban, porque ahí fue con Ungarn. No me agobies con eso —aprieta los ojos porque eso fue LO PRIMERO que lo agobió.
—No te agobio —sonríe un poco de lado y suspira —. Sé que va a ser lo mejor. Siempre es lo mejor. Y esta va a ser para mí... La música.
—Es posible que tú acabes ocupándote de todo salvo de eso —tan cínico.
—Nein, ni creas que voy a encargarme yo de todo y tú de la música. De hecho los DOS vamos a encargarnos de todo, incluyendo la música.
Austria levanta una ceja.
—Ja. No me importa trabajar mientras tú eliges entre diez o veinte o cincuenta piezas o compones o lo que sea que vayas a hacer. Quiero verte hacerlo. Y tú vas a venir conmigo a... Lo que sea que haya que hacer además de eso.
Austria se ríe
—No te burles, perdona que no sepa las miles de cosas que haya que hacer, ya las averiguaré. Yo no soy tu que me caso cada vez que puedo —protesta —, pero ni creas que voy a resolver todo yo.
—De todos modos llevo yo más organizado que tú, ni siquiera me has dicho que opinas de mis ideas —y piensa además en cuando organizaron la Eurocopa.
—Invierno... Voy a necesitar llevar un abrigo y no prometo que no me congele a la salida de la iglesia. Y... Te imagino de blanco. Como la última vez que te casaste, lo cual...
Austria le mira de reojo.
—Estoy seguro de que podemos cambiar esa imagen de mi cabeza... Aunque el traje blanco es tremendamente pomposo. Y no puedes llevar capa, ni corona.
—¿En serio?
—¡Completamente en serio! Y YO no voy a llevar ninguna de esas horribles pomposidades tampoco. Puedes llevar una Edelweiss en el ojal del saco, eso sí.
—Aja...
—Quizás una cadenita de oro con un reloj. Aunque... Es que tú eres pomposo —aprieta los ojos—. De verdad, sin corona y capa ni demasiadas piedras, bitte. Al menos quiero reconocerte detrás de todo el brillo y que no parezca yo de verdad un cabrero a tu lado.
—¿Algo más desea su alteza?
—Sólo digo lo que imagino. Es decir, no sé el resto de tus previos... No se Spanien o Ungarn, pero a mi sinceramente me gustaría casarme contigo, no con tus cosas, podría casarme contigo en pijama.
—Prefiero no ir en pijama frente a todos.
—Quizás podríamos encontrar un punto medio, en que tú no parezcas un árbol de Navidad y yo... Me ponga algo que a ti te guste.
—Bueno, eso ya lo decidiremos.
—Y... —traga saliva porque ha estado pensando en esto—. ¿Dónde vamos a vivir?
—La verdad... lo he pensado y... no creo que fuera bueno vivir juntos.
Suiza le mira.
—Sé que suena horrible, pero es la verdad.
El suizo parpadea con expresión indescifrable.
—Entiendo —murmura un poquito más frío de lo que ha estado hablando hasta ahora. Austria aprieta los ojos—. Eso no ha funcionado nunca, en realidad —asegura pensando en varias cosas a la vez.
—No es eso, no quiero hacerlo mal de nuevo... y tiendo a ello cuando me relajo.
—Y no vas a relajarte. Mejor vas a seguir viviendo con Ungarn.
—No estoy viviendo con ella, nada más vivimos en la misma casa con tres personas más.
Suiza suspira.
—Schweiz... esto no es un movimiento político, no quiero que tú entres a la comunidad... ni voy a salir yo de ella.
—No esperaba que salieras, en realidad. No sé... No sé qué esperaba. No he pensado en nada de todo eso, siquiera.
—Quizás deberíamos ir a dormir, pensar un poco más en ello y mañana retomar el tema —propone.
—Ja. Deberíamos ir a dormir —asiente un poco distante otra vez.
Había algo en ello que le desilusionaba. Ni siquiera sabía por qué. Parte quizás de su cuadradez personal. Aunque... Ciertamente el no pretendía tener una vida conjunta con el austriaco siendo su criado... ¿Pero que iban a ser sino?
Austria le mira notando el tono y pensando que definitivamente no es esta la forma en que quería que acabara en día. Estaba intentando ir poco a poco para no asustarle demasiado y, ¡ahora resultaba que el asustado era él mismo! Si alguien lo entendía, favor de venir a explicárselo. Además, si lo piensa... ¿que iban hacer? Ir a Viena estaba descartado, igual que a Berlín, la única posibilidad era Berna y de hecho, Austria ya tenía ahí el piano y no estaba seguro de donde pasaba más tiempo en realidad, solo que la ropa se la lavaban en Berlín, las facturas se pagaban en Berlín y él no tenía obligación de nada en Berna. Tal vez el papel de esposa en realidad siguiera realizándolo Hungría, pero estaba claro que Suiza era el amante que se llevaba la parte beneficiosa de vivir con él. No entiende que tiene de malo ese arreglo si no es por parte de la húngara. Nada que no pueda pagarse con hacer la vista gorda a algunas cosas y ayudarla con tantas otras.
Tras otro suspiro Suiza se levanta tratando de entender por qué esto le había parecido tan grave ahora. Era lo más racional y a la vez, le hacía perder el sentido de todo esto. Quizás sólo es que él no tenía la idea clara del matrimonio... ¿No era justamente un compromiso para una vida juntos... O algo así? Y entonces piensa justamente lo que Austria había pensado que pensaría... Que es que... Todo esto, ¿para qué? ¿Para qué cambiar algo que funcionaba bien? Había tenido por un momento la idea de que el austriaco quería un compromiso con el mayor al que tenían ahora. En realidad, Austria no quería cambiar nada, sólo quería casarse... por casarse. Había que pensarlo.
Suiza se levanta del todo estirándose y notando que no ha visto nada del atardecer al final. Y aun así, de verdad que no iba a haber jamás otro igual. Se guarda la navaja en los bolsillos del pantalón y se agacha a tomar su cerveza, que ha quedado olvidada en el suelo. Estaban pasando demasiadas cosas a la vez, tantas que las emociones y pensamientos lógicos se le apelmazaban en la cabeza formando una masa amorfa y confusa.
Austria trata de levantarse.
Suiza le da un larguísimo trago a su cerveza y se pone bien el anillo olvidando por un momento la debilidad y dolores del austriaco, volviendo a pensar en lo grande y agobiante (y agradable, va a negarlo pero se lo parece igual, tiene una extraña sensación de tibieza en el abdomen y el pecho) que está siendo todo esto. Casarse. Con Austria. Le tiemblan un poco las rodillas con la idea. Le había dicho además que confiaría otra vez en él y eso... Eso le daba el suficiente temor como para no querer pensar mucho en ello por ahora. No es que no lo hiciera ya bastante, para ser sinceros, pero podía confiar más... Como cuando eran pequeños. El problema era que Austria no confiaba en sí mismo lo bastante como para vivir con él sin hacerlo mal. Le da otro trago a la cerveza apretando los ojos antes de mirarle de nuevo
Austria está intentando doblar las piernas para levantarse, sosteniéndose en quien sabe que piedra.
—Espera —pide con voz ronca acercándose a él, dejando la botella al suelo a su lado
El moreno le mira. Suiza se agacha a él para levantarle. El austriaco se le abraza y el suizo se queda un poquito paralizado con la cercanía.
Austria está un poco ocupado en hacer gestos de dolor.
—¿Puedes quedarte de pie en lo que recojo la manta y la basura? ¿O vas a caerte?
—Pídele a alguien que venga a recogerlo —gruñidito de protesta.
—No voy a pedirle a nadie que venga a recogerlo, es mi basura —se acerca a la manta y con sus muy buenas piernas hace una sentadilla—. Tómala tú, eso y los dos cascos de vidrio
Ojos en blanco pero lo hace. Porque ahora mismo no quiere discutir más.
—Danke —murmura encaminándose a la cabaña volviendo a pensar en si todo esto no será una locura. Le aprieta, eso sí, contra sí mismo con bastante más posesividad que las otras veces. Austria se deja, claro, sintiendo el abrazo, volviendo a apoyar la cabeza en su hombro, aun no muy convencido con el resultado de todo, pero pensando que Suiza sí necesita tiempo, él ha estado pensando por bastante, pero el helvético no ha digerido nada. Esa idea le consuela.
Hay otra vez ruido y gente en el albergue, los que han bajado Ya de la punta. Por alguna razón a Suiza le da especial vergüenza esta vez el cargar a Austria y ver a personas... Siente por un momento que todos le miran, que TODOS saben y de hecho cuando encuentra al primer grupo en las mesitas de afuera se queda tenso y paralizado. Austria parpadea sin saber qué pasa y mira alrededor.
—¿Qué ocurre?
Suiza sigue ahí como un árbol, pensando que alguien va a venir, alguien le va a decir, lo saben. Cambia el peso de pie y yo no sé cómo va a enfrentarse a la gente que si conoce. Casi corre y se estrella para entrar por la puerta, sonrojado.
Austria se asusta apretándole con el movimiento, aun sin entender. Suiza huye, literal, de la gente, abrazando al austriaco contra sí, yendo por el pasillo y entrando a trompicones al cuarto, sin prender la pequeña lucecita.
—Schweiz... ¿Qué pasa? ¿qué has visto? —pregunta Austria nervioso y asustado también.
Suiza aprieta los ojos. Gente. Lo que había visto era GENTE que estaba ahí y existía y sabrían si le veían la mano que traía un anillo extraño. Y... Le había dado pánico y vergüenza.
Austria sigue nervioso al notar que no responde, haciendo para sostenerse solo por si Suiza cree que la amenaza sigue. En realidad sólo se deja caer sentado en la camita, sudoroso.
—¡Schweiz! ¡Habla! —protesta.
—Gente.
—¿Gente?
Suiza traga saliva de verdad con muchas ganas de hacerse bolita en la cama.
—Ja. Gente.
—¿Te refieres a los excursionistas?
—Nos estaban viendo.
—¿Y qué? —se relaja un poco.
—Y... —es que lo nota, nota que entro en pánico sin razón especial y eso no ayuda para darle menos vergüenza en realidad. Deja de abrazarle con tanta fuerza —, y-yo...
—Cálmate, cálmate, no pasa nada —le acaricia un poco el pelo y tira de él para que se tumben bien. Le suelta un poquito más para tumbarse como le pide, escondiéndose en él.
—No creo que nadie te juzgue por no haber subido a la cima. Puedes decirles que es mi culpa —no tiene NI IDEA de lo que te pasa.
—Was? ¿Cuál punta? —sí, ASÍ de enfocado está en el concepto "casarnos". Austria parpadea un par de veces.
—¿Qué pasa con la gente?
—Podían verme la mano y saber.
Austria le busca la mano y se la acaricia un poco.
—Ni siquiera lo has puesto en el dedo correcto. No estoy seguro que tú lo hayas mirado demasiado siquiera.
El de ojos verdes se deja acariciar aunque se le pone la piel de gallina. Aún con el pánico y la vergüenza su cerebro cuadrado no le permite dejar pasar...
—¿Cuál es el dedo correcto?
—Este —se lo acaricia—. Pero puedes llevarlo en ese hasta la boda.
—¿Crees que si lo ven en ese dedo... —vacila—, no sabrán qué es?
—No consiste en que no lo sepan, en realidad.
—¿Mmm? —se relaja un poco más con los cariñitos y la oscuridad.
—Es más bien todo lo contrario, es una buena noticia y todo el mundo querrá felicitarnos y se alegrará por nosotros. Por eso es una celebración.
Suiza se le hunde en el cuello apretando los ojos.
—Voy a morirme.
—Claro que no, no seas dramático —no creas que él no lo teme—. ¿Qué te preocupa tanto?
—La gente —en general y luego piensa un poco más—. Preussen va a reírse. Y... Van a pensar que soy otro más a tu cuenta... Y yo no soy como los otros, yo te detesto —agrega.
—No eres uno más, este no es un movimiento político. Estaré contigo cuando se lo digamos.
—¿A... quien?
—A Preussen. A quien tú quieras.
—Liechtenstein...
—Ja, me gustaría estar cuando se lo digamos.
—Ja. Puede que con ella no me muera del todo.
Austria sonríe un poco.
—Vater —agrega.
—¿Qué crees que dirá?
—Voy a morirme —piensa después de un segundo apretando los ojos.
—No vas a morirte —le acuna un poco.
—Tú le vas a decir a todos.
—Si quieres sí, aunque me gustaría que les dijéramos juntos.
—Mañana. Vamos a pensar mañana en eso —susurra y le da un besito en el cuello.
—Bien —sonríe.
—Österreich...
—Dime...
—¿Estás... Contento?
—Ja.
El suizo sonríe un poquito.
—Bien —los germanos tan expresivos.
Feliz Cumpleaños, Suiza ^^ ¡No olvides agradecer a Kaarla su beteo y edición!
