Capítulo 3
Tras subir las escaleras, con los brazos cargados de bolsas de Tesco, John empuja la puerta para entrar al salón y se detiene. Sherlock está sentado en el sofá, con las manos estiradas frente a los labios, los ojos entrecerrados en contemplación mientras mira fijamente la pantalla de ordenador que tiene enfrente suya. La pantalla de ordenador de John.
Con un suave suspiro de resignación, John avanza con dificultad en su camino hacia la cocina señalando en voz baja:
- No te preocupes por mi... - lo primero que saca es una caja de té y, dándose la vuelta, abre el armario justo a la derecha de la cocina solo para encontrar... té. De hecho, bastas cantidades de té.
- ¿Sherlock?
- ¿Mmmmm?
- Dijiste que necesitábamos té.
-Sí.
- El armario está lleno de té.
- Sí.
John levanta la mano para apretarse los ojos mientras empieza a contar antes de preguntar:
- Si el armario está lleno de té, ¿por qué dijiste...?
- No nos queda mi té favorito.
John parpadea y resopla:
- ¿Y qué, no podías hacerte una taza de algún otro tipo de té?
La cabeza de Sherlock se vuelve hacia él por primera vez. La mirada que le lanza a John está llena de una falta de comprensión por cuál es exactamente el problema, recubierto con un leve aire de irritación porque John se esté molestando con una idea tan ridícula. Ni siquiera agracia a la pregunta con una respuesta, solo gira de nuevo la cabeza hacia la pantalla. Tras unos minutos de John refunfuñando, Sherlock interrumpe en voz baja:
- Supongo por tu reacción que no has comprado el tipo correcto de té.
- Esa no es la cuestión, Sherlock. La próxima vez, si quieres un tipo específico de té, tienes que decírmelo. No leo la mente – abre el frigorífico y se queda mirándolo fijamente, recoge el tetabrick de leche que está en el interior, su peso indicando que está casi lleno - ¿Por qué me hiciste comprar leche si ya tenemos cuatro cartones enteros?
Las manos de Sherlock han caído sobre el teclado, bailando sobre él con una elegancia y una velocidad que John nunca cesa de envidiar. Lo mejor que puede hacer es teclear con un solo dedo.
- Mmmmmmm, no bebas eso. Experimento.
- Santo D... ¿qué tipo de experimento has realizado en nuestra leche? ¿Y por favor podrías al menos marcarla si la has manipulado? La última cosa que necesito es beber leche mezclada con bilis o algún coctel con bacterias tóxicas que hayas estado incubando – una vez más, Sherlock no se digna a responder, la cuestión ante él mucho más llamativa que las quejas de John. Tras encontrar un gran rotulador negro, John dibuja una enorme X en la leche misteriosa y coloca el cartón nuevo en el lado más alejado de la nevera – Bien, he marcado la leche en cuestión. Asegúrate de no usar la leche nueva por error, ¿vale?
- Té.
- ¿Qué?
- Quiero té. ¿Por qué no lo has hecho todavía?
John no puedo evitar sino balbucear. Quiere a Sherlock, realmente lo ama, pero a veces incluso la paciencia de un ángel puede ser puesta a prueba.
- ¿Qué, eso es todo? ¿Para eso querías que volviera al piso después de abandonarme sin decir una palabra? ¿Querías que te hiciera una taza de té?
Esta vez los ojos de Sherlock se mueven hacia John con confusión, su expresión inocente y divertida como si la respuesta fuera obvia.
- Es mejor cuando lo haces tú.
John tiene que sofocar con firmeza la pequeña llama de ternura que invocan esas palabras. Sherlock prefería esperar por el té que él hacía, porque John lo hace mejor. Eso es de lejos una mejor forma de tomarse esas palabras que: "Sherlock es demasiado perezoso para hacérselo por si mismo y ese es el porqué es mejor cuando John lo hace".
De repente se detienen las teclas, los ojos de Sherlock ahora entrecerrados y considerando a John con intensidad, recorriendo su figura en busca de pistas.
- ¿Dónde has estado? Has estado fuera más tiempo del estrictamente necesario para ir de compras y volver a casa desde donde estamos.
- ¿Cómo sabes eso? ¿Cuándo has ido alguna vez a hacer la compra? - la encimera ya está limpia de comida, John se inclina hacia delante y coloca las manos en el borde, con la cabeza girada para estudiar a Sherlock y considerar su respuesta no dada. Decir que Sherlock tiene problemas con su hermano sería quedarse a medias. Poniendo su mejor cara Watson de "agravio", intenta mentir – Me he peleado con una caja de pago automático.
Sherlock arruga la frente, una expresión de perplejidad le roza el rostro cuando pregunta, solo para asegurarse de que ha oído bien.
- ¿Te has peleado... con una máquina?
- Sí. No me vendía nada y le ajusté las cuentas.
Sus ojos plateados se movieron hacia las bolsas vacías de la encimera mientras Sherlock señala divertido:
- Pero veo que triunfaste al final, así que cómo... - pero su mirada se vuelve afilada a medida que estudia a John, levantando una ceja repentinamente mientras se asegura – Eso es mentira. ¿Por qué estás mintiendo?
John suspira.
- ¿Cómo lo sabes?
- Fácil. Cuando estás realmente molesto, tienes cierta arruga entre las cejas. No hay arruga, no hay molestia, es mentira. También estabas cojeando ligeramente al subir las escaleras. Haces eso a veces, cuando estás preocupado por algo tedioso y estás reflexionando sobre ello. Una frustración pasajera haciendo la compra no causaría tu cojera.
Si los ángeles jugaran a las cartas, nadie sería capaz de decir que están mintiendo. Todos tienen una cara de póquer perfecta, completamente desprovistas de cualquier emoción o de tics físicos. ¿Sin embargo, John Watson? Lleno de nada pero que le hace aparentar, a menos que esté siendo estoico y soldadesco. Sherlock puede lanzar una simple mirada a su rostro y leerlo como un libro la mayor parte del tiempo. Pero una verdad a medias debería ser suficiente para detener su escrutinio.
- Tu hermano intentó sobornarme para espiarte.
- ¿Mi hermano? - ahora es el turno de Sherlock de fruncir el ceño con irritación antes de que la lógica lo calme. Reclinándose, estira su larga figura a lo largo del sofá para meditar sobre esta nueva molestia – Mmmm, sí, bueno, supongo que debería haberlo esperado. En realidad, le ha llevado más tiempo del habitual. No me lo digas. Te secuestró en mitad de la calle, ¿no? Tiene un terrible gusto por la teatralidad.
John resopla y pasa por delante de Sherlock, apartando la cortina con una mano para ojear por la ventana con curiosidad. Efectivamente, el coche conteniendo a la misteriosa Anthea se ha marchado.
- Sí, bueno, es cosa de familia – las palabras son solo ligeramente más afectuosas que sarcásticas.
La mirada de Sherlock se desliza tímidamente hacia donde está John, de pie junto a la ventana, con los ojos entrecerrados y llenos de sospecha mientras pregunta con una voz suave y sedosa:
- ¿Aceptaste la oferta?
John se gira para mirar fijamente a Sherlock, un poco ofendido.
- Por supuesto que no.
- Lástima, podríamos haber ido a medias. La próxima vez, piénsatelo.
Dándose la vuelta, Sherlock lleva los pies al suelo y vuelve a inclinarse hacia delante, con los dedos apretados contra los labios mientras mira fijamente la pantalla del portátil de John.
- Tu blog aún sigue en blanco. ¿Creía que esa terapeuta inútil tuya quería que llevaras un diario?
A John se le escapa un pequeño resoplido cuando señala:
- Sabes muy bien que realmente no me va la tecnología. Ya sabes que tengo un diario escrito a mano en lugar de un blog. En realidad, eso es algo de este siglo que nunca entenderé: ¿por qué la gente tiene el irreprimible impulso de escupir cada uno de sus pensamientos mientras están despiertos a una gigantesca piscina pública para que cualquier persona del mundo pueda echarle un vistazo? Algunas cosas son privadas, o deberían serlo.
Sherlock eleva sus ojos plateados hasta los de John, entrecerrándolos cuando dice:
- Tu diario es particularmente privado... solo escribes narraciones ridículas de los casos que tenemos.
John toma aire y lo contiene, luego lo suelta, junto con un inesperado estallido de rabia, sin duda causado por el sentido de la propiedad de Watson.
- ¿¡Has estado leyendo mi diario!? - levanta la mano izquierda, se pellizca el puente de la nariz con los dedos mientras cierra los ojos y se responde a si mismo – No, espera, por supuesto que has leído mi diario. Mi diario el-que-todo-el-mundo-sabe-excepto-Sherlock-Holmes-que-es-propiedad-privada-no-leer – ¿esa arruga que Sherlock mencionó antes? ¿La que se forma entre los ojos de John cuando está realmente enfadado? Ahora está muy presente. Abre los ojos de golpe, mirando hacia donde está Sherlock – No tienes ninguna comprensión por los límites, ¿no? No respetas el espacio personal, o la propiedad privada – John agita la mano, señalando a su propio ordenador, el que Sherlock ha estado usando alegremente todo ese rato.
Sherlock parpadea, esperando a que John llegue al punto en cuestión, aunque la duda en su expresión sugiere que realmente no piensa que haya uno.
- No veo porqué estás enfadado – responde con calma – No había nada en tu diario que fuera "privado", así que evidentemente esperabas que lo leyera.
Con las manos en las caderas, John gruñe:
- Vale, Bien, supongo que una parte de mi se dio cuenta de que lo harías, ¡pero eso no significa que esté bien! Tal vez solo una parte de mi esperaba que me demostraras que me equivocaba.
Normalmente sabría todo en lo que andaba Sherlock, pero ahora tiene todas esas irritantes cosas que ocupan su tiempo y lo alejan de la presencia de Sherlock. ¡Maldita sea la necesidad de hacer recados, y de dormir y de todas esos otros detalles molestos de ser humano!
- Así que, sí, como vivo en un piso contigo, donde la privacidad es virtualmente inexistente, guardo un diario solo sobre nuestras aventuras. Si quisiera guardar algún secreto, sospecho que necesitaría una caja de seguridad en un banco, e incluso entonces no dudo en que encontrarías alguna forma de acceder a la información.
Eso sí, hasta ahora se las ha arreglado para esconder de Sherlock el hecho de que viven con un Brownie llamado Tuppences en secreto, pero es que las Hadas son famosas por esconderse bien ellas solas de aquellos por los que no quieres ser vistas.
- Mmmmmm – la sonrisa de Sherlock no hace nada por negar esa posibilidad – Hablando de bancos y de casos, tenemos uno nuevo.
Dejándose caer en la silla tras su pataleta aparentemente ignorada, John mira a Sherlock por encima, preguntando malhumorado:
- ¿Ohhh? ¿Qué es esta vez?
- Aparentemente, un misterio de una habitación cerrada. Por el momento no hay detalles. Un viejo... conocido mío de la Universidad me dejó un correo electrónico solicitando mi ayuda. Algo que ver concerniente a seguridad y confidencialidad, quiere mantener la investigación en privado y con discreción.
- ¿Y confío en que te pagarán por tu "discreción"?
Agitando la mano de forma desdeñosa, Sherlock recuerda:
- No es por el dinero, John, es por el trabajo.
- Sí, y un trabajo tiene como resultado una paga, lo que generalmente toma forma de dinero. Se que no te importan mucho esas cosas, pero personalmente disfruto comiendo y teniendo un techo sobre mi cabeza. Si quieres seguir disfrutando de ese té endemoniadamente caro que te gusta tanto, puede que quieras considerar eso la próxima vez.
- Vale, puedes ser mi biógrafo y mi contable, pero no me molestes con esas trivialidades...
Gruñendo por lo bajo, John señala:
- No son tan triviales cuando estás muerto de hambre y muriéndote de frío... - se impulsa fuera de su sillón y se dirige hacia la cocina para prepararse una taza de té. Hay un suspiro de irritación, dirigido hacia él para variar, cuando termina y mira hacia abajo. Ha preparado automáticamente dos tazas en lugar de solo una y había usado la caja que acababa de comprar, el favorito de Sherlock.
Al entrar al elegante entorno de Shad Sanderson, John sigue el paso de Sherlock, arrastrándose detrás de él como era su costumbre. Intenta decirse a si mismo que no es así, lo cual no es verdad, porque el cuerpo que ha heredado tiene unas piernas inusualmente cortas, o porque las de Sherlock son ridículamente largas. Se queda desconcertado cuando después de anunciarse en recepción son escoltados a la oficina de un tal Sebastian Wilkes. El hombre en cuestión le lanza a Sherlock una sonrisa zalamera y ronronea:
- Sherlock, me alegro de que hayas podido venir – le estrecha la mano con firmeza como si fueran los mejores de los amigos aunque John sabe muy bien que eran los peores enemigos. La ira y el resentimiento que nunca habría podido sentir antes de convertirse en humano estallan dentro de John, aprieta las manos a los costados mientras empieza a rechinar los dientes al recordar como Sebastian había utilizado a Sherlock cruelmente una vez. Y aquí está, presumiendo de "utilizarlo" de nuevo.
Para su inmensa sorpresa, Sherlock le lanza a Sebastian una amigable sonrisa y le estrecha la mano con la misma calidez antes de volverse y ofrecer:
- Este es John Watson, mi... - hay un breve momento de duda antes de que lo aclare - ...colega.
Al mismo tiempo John habla y dice enfatizando demasiado:
- Amigo – levantando la barbilla en un sutil desafío, los ojos centelleantes.
Sebastian le lanza a Sherlock una mirada de sorpresa apenas disimulada, teñida de burla, mientras repite:
- ¿Amigo? - como si sugiriera que la misma idea de Sherlock teniendo un verdadero amigo fuera risible.
Sherlock mira de reojo a John, levantando una ceja ante su comportamiento, pero sin decir nada. Su actitud es extrañamente comedida, lo cual confunde y frustra a John. Incluso cuando era un ángel, sabía que Sebastian era un completo gilipollas. Vio una oportunidad para obtener lo que necesitaba, usó a Sherlock de forma abominable, y luego lo arrojó a un lado cruelmente una vez que tuvo lo que quería, burlándose de él a sus espaldas y contando historias a todo aquel que tuviera curiosidad. Por supuesto, Sherlock no se lo tomó a la ligera y le hacía parecer como un idiota en más de una ocasión, pero el hecho de que Sebastian estuviera rodeado de amigos, mientras Sherlock no tenía ninguno, disminuía el triunfo en esos momentos.
- Por favor, por favor, tomad asiento – les ofrece Sebastian, como si intentara suavizar la chanza y dejar atrás la aparente ofensa de John.
Sherlock, por su parte, le explica a John:
- Sebastian y yo fuimos juntos a la Universidad.
John se muerde el labio y simplemente asiente, intentando fingir y actuar como si no supiera exactamente como esos dos se conocieron. En su lugar, echa un vistazo a la habitación, encontrando por fin el Ángel de la Guardia de pie junto a la ventana, mirando fuera hacia el mundo, en lugar de a su encargo. La voz petulante de Sebastian atraviesa las reflexiones de John.
- Mmmm, sí. Este lumbreras de aquí tenía el más molesto de los hábitos al pregonar los asuntos de todo el mundo a todos los que pasaban por ahí. Quien se había estado acostando con quién, quién estaba haciendo trampas en los exámenes, y así sucesivamente. Nos sacaba totalmente de quicio.
A John no se le escapa la forma en la que el rostro de Sherlock se cierra. Es algo sutil, pero inconfundible, el cómo sus ojos se vuelven vacíos y lejanos, su mirada se aparta y desciende. Cuando evoca una sonrisa en sus labios, es fría y distante.
- Mmmmmm – es su única respuesta – Entonces, ¿cuál es exactamente el problema?
Es casi como si Sebastian hubiese olvidado la razón por la que ha pedido a Sherlock que acudiera en primer lugar, cayendo fácilmente en sus viejos y conocidos roles. Se inclina sobre el escritorio, un leve gesto de disgusto adorna sus facciones mientras confiesa:
- Bien, sí, a los negocios. Estoy seguro de que tendremos tiempo de sobra más tarde para rememorar los buenos viejos tiempos – no puede evitar sonreírse mientras bromea – Es irónico que ahora estés aquí precisamente por todos esos buenos "trucos" que puedes hacer, ¿mmm? ¿Quién hubiese pensado que se volvería en algo útil?
Los ojos de Sherlock se endurecen cuando gruñe:
- No es un truco. Simplemente observo.
Vaya. Sebastian parece darse cuenta de que una vez más ha dicho lo incorrecto, pero en vez de disculparse o coincidir, simplemente pasa por alto su torpeza con una sonrisa astuta y un encogimiento de hombros, su expresión sombría cuando llega a la cuestión que les ocupa.
- Hemos tenido una especie de allanamiento. Déjame que te lo enseñe – levantándose una vez más, Sebastian guía a John y a Sherlock fuera de su despacho y baja por un pasillo señalando – Es el despacho de nuestro difunto presidente, Sir William. Lo mantenemos como una especie de memorial. Pero anoche alguien entró en la oficina y, bueno, ya lo verás.
Sebastian se detiene unos pocos pasillos más abajo y abre la puerta del despacho en cuestión. Al entrar John y Sherlock miran fijamente al gran cuadro del Presidente, o más específicamente a la línea que le atraviesa los ojos y al graffiti en la pared a la izquierda de la pintura.
Sherlock entrecierra los ojos de forma especulativa mientras lanza una mirada a la habitación curiosamente bastante espartana antes de preguntar:
- ¿Se llevaron algo?
Negando con la cabeza, Sebastian responde:
- Nada. Pero aquí está lo que nos preocupa – se dirige al ordenador y teclea algo – Cada noche cuando las oficinas se cierran, todas las puertas del edificio se bloquean electrónicamente de forma automática. Cada puerta de cada oficina, cada escalera, sala de descanso y baño. Incluso los armarios. Si se abre cualquier puerta en fuera de hora, se registra la localización exacta y la hora en el sistema informático.
- Déjame adivinar – responde Sherlock – La puerta de este despacho nunca fue abierta.
- Precisamente. Y echa un vistazo a esto – dando un paso atrás, Sebastian revela la grabación del circuito de televisión interno de la noche anterior, la vista del interior de la habitación. Todo está bien y entonces, de repente, la imagen se vuelve en una áspera estática de color blanco y gris. Un minuto después, la imagen se aclara y ahí, en la pared, está el graffiti – El sistema informático que lleva todas las cámaras están en una zona con un guardia en todo momento. Por ahí no está la manipulación. Tampoco hay forma de que alguien manipulara la cámara de la habitación sin caer en el punto de mira de la lente.
- El guardia de seguridad a cargo es de fiar, imagino.
- Su historial es impecable, pero naturalmente estamos comprobando sus antecedentes – volviéndose hacia Sherlock, la expresión de Sebastian se vuelve por una vez seria y solemne – Tenemos una brecha en la seguridad. Encuéntrala y te pagaremos. Generosamente – sacando un cheque del bolsillo de la chaqueta, se lo ofrece a Sherlock indicando – Esto es un adelanto. Dime cómo entró ese hombre y un cheque mucho más grande le seguirá a este.
Sherlock apenas está ya prestando atención a Sebastian, estudiando la habitación mientras pregunta:
- Mmmm. ¿Puedo?
- Por favor. Tómate tu tiempo. Estaré en mi despacho si necesitas algo o tienes alguna otra pregunta.
El cheque flota en el aire un momento antes de que John se adelante y señale:
- Yo solo, tomaré eso y lo guardaré por él, ¿puedo? - de alguna forma sale menos como una pregunta y más como una orden.
Sebastian se gira hacia John, ofreciéndole una conciliadora sonrisa, como si intentara desesperadamente averiguar exactamente cómo ha dado un paso en falso con él. Entregándole la hoja de papel, Sebastian observa a Sherlock un momento antes de darse cuenta de que esencialmente ha sido despachado.
- Bien, vale, te dejaré con ello pues.
Sherlock empieza a merodear alrededor lentamente, tomando fotografías de las marcas amarillas y estudiando la habitación casi vacía mientras John se queda firme a un lado, observando. El silencio es confortable, pero John no puede contenerse a si mismo de romperlo.
- Lo odias.
- ¿Mmmmm?
- Wilkes. Tu viejo "compi de la uni". Lo odias por completo.
- No me complazco con pequeños sentimentalismos, John. Deberías saber eso a estas alturas.
- Gilipolleces. Lo odias. Así que, ¿por qué no le dices que se meta este caso por el culo? ¿Por qué estás aquí, ayudándolo?
Enderezándose desde donde está examinando el graffiti, Sherlock le lanza una mirada sobre el hombro y parpadea.
- John, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? Es por el trabajo. Me importa un bledo Sebastian. Pero esto – señala, haciendo un gesto a la habitación – esto es interesante.
Abre las enormes ventanas francesas y sale al balcón, mirando hacia el paisaje de Londres un momento antes de inclinarse para mirar abajo y luego estirar la cabeza hacia atrás para mirar hacia arriba, pensativo.
John le sigue afuera, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío que trae el fuerte viento que les azota. Distraído por la vista y por sus propios pensamientos, Sherlock le pilla con la guardia baja cuando vuelve a hablar.
- Entonces, ¿es eso lo que somos?
Parpadeando, John se gira para mirar a Sherlock, que se ha subido al borde de la terraza y está apoyado contra la pared, mirando con atención el lado del edificio, el viento balanceándolo ligeramente.
- ¡Jesús! - lanzándose hacia delante, John agarra con firmeza uno de los extremos del abrigo de Sherlock que se sacuden por el viento, totalmente preparado para tirar de él antes de que el viento lo tire del balcón y caiga cuarenta plantas - ¿Qué?
La mirada de Sherlock baja hasta John, mirando cada uno de los nudillos blancos de la mano que sujeta su abrigo antes de que esos calmados ojos plateados se encuentren con los frenéticos azules de John.
- Amigos.
John farfulla un momento antes de balbucear.
- Oh. Bueno, sí, eso creo, ¿tú no? Quiero decir, ya hemos sido compañeros de piso por dos meses, y... - Y he estado contigo durante toda tu vida y renuncié a mi puesto como Ángel para salvarte la vida y eres básicamente en todo lo que pienso y eres todo lo que me importa y maté a un hombre por ti a sangre fría y... - bueno, a pesar de tu extraño comportamiento y tu incapacidad para limpiar nada o ser amable, en general me gustas – mucho – y creo que yo, ¿te gusto? ¿Y por favor podrías bajarte de ahí ya?
Los ojos pálidos centellean con diversión cuando Sherlock pregunta:
- ¿Qué es esto, el instituto? ¿Me estás preguntando en serio?
Apunta con la barbilla hacia delante, indicando que va a saltar y que John tiene que quitarse de su camino. Apartándose ligeramente, John sigue sujetando uno de los lados del abrigo de Sherlock, respirando más fácilmente una vez que vuelve al suelo relativamente firme de nuevo, sonrojándose con fiereza. Afortunadamente el aire frío puede dar una excusa para el color de sus mejillas.
- Está bien. Perdona mi atrevimiento. Soy tu compañero de piso y ocasionalmente tu colega.
- Y autor de mis memorias, no lo olvides.
- Es mi diario, no tus memorias.
- La historia dirá lo contrario, solo espera... - inclina la cabeza ligeramente a un lado introspectivamente antes de añadir – Soy susceptible a que seamos amigos – y entonces se dirige al interior.
Lamentablemente, Sherlock tiene razón. John no puede realmente escribir la verdad de su vida en esas páginas. Pero para mantener la ilusión de ese traje humano que ha adquirido, tiene que escribir algo. Bien podían ser las hazañas de Sherlock. Esas son al menos dignas de leerse.
Durante los siguientes quince minutos, Sherlock merodea y corre por la zona que rodea el despacho en cuestión, zigzagueando de una lado a otros entre los escritorios y los ordenadores, subiendo y bajando como un suricata desquiciado por esteroides. Reduciendo sus pasos poco a poco, llega a un despacho de su gusto, donde puede erguirse y ver el despacho de Chairman o, más importante, el graffiti de la pared dentro de él. Una sonrisa de suficiencia roza sus labios mientras se entretiene junto a la puerta de fuera un momento, tomando el nombre de Edward Van Coon y el puesto de la cuenta de Hong Kong antes de quitar la tarjeta y guardarla.
- Vamos, John. Es hora de darle al señor Van Coon una visita social...
