Capítulo 4
Entrar en el edificio requirió algo de interpretación por parte de Sherlock. John siempre se había asombrado por cómo Sherlock podía ser totalmente inconsciente de las sutilezas del comportamiento humano, y aún así ser asombroso al imitarlas. En momentos así era como un pájaro miná*, acertado al imitar patrones del lenguaje y emociones sin experimentarlos o entenderlos.
Como resultado, la amable e ingenua nueva vecina les deja entrar en el edificio, pensando que estaba ayudando a un tal Edward Van Coon en lugar de a un par de entrometidos que no tienen la suficiente paciencia para esperar a que el hombre llegue a casa. Un acto de Buen Samaritano que va mal.
En el viaje en ascensor, John se vuelve hacia Sherlock y finalmente pregunta:
- ¿Quieres dejarme saber qué has descubierto o decirme el porqué estás tan ansioso por hablar con el señor Van Coon?
Sherlock mira fijamente las puertas cerradas del ascensor y pregunta a su vez:
- ¿No es obvio?
- Para mi no.
Hay un soplido de aire, el del tipo que Sherlock exhala cuando se pregunta el porqué todo el mundo a su alrededor es un idiota. Podría ser peor. Normalmente suelta directamente la pregunta retórica.
- El graffiti era un mensaje y, gracias a la disposición del piso y a la gran cantidad de columnas, es evidente que solo tenía un destinatario. La única oficina con una vista clara a través de la pared en cuestión era la de Edward Van Coon – hay un breve instante de introspección antes de que las puertas se abran y Sherlock añada – No puedo imaginarme tener que mirar ese retrato todas las noches...
- ¿Noches?
- Van Coon es un banquero con una cuenta de Hong Kong. Naturalmente no tiene las "horas de banquero" tradicionales, John, mantén el ritmo.
Al llegar a la puerta, Sherlock llama varias veces antes de agacharse para examinar cuidadosamente la junta de la puerta, el manillar y la cerradura. Alcanzando su bolsillo, saca un juego de ganzúas, repasándolas de forma experta antes de seleccionar la herramienta perfecta para el trabajo y murmurando casi a modo de conversación:
- Cúbreme...
Volviéndose para ver qué está haciendo Sherlock para que necesite ser cubierto, John se queda sin aire un momento antes de sisear:
- ¡Sherlock! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Eso es allanamiento de morada!
Los ojos pálidos se deslizan a lo largo de la puerta hasta fijarse en la expresión consternada de John antes de volver al trabajo que tiene entre manos.
- Tonterías. No voy a romper nada. La cerradura seguirá funcionando en perfectas condiciones, sin apenas un rasguño – el suave chasquido de la cerradura al abrirse hace que aparezca una rápida y satisfecha sonrisa en el rostro de Sherlock mientras se levanta suavemente y se gira para mirar a John, una mano aguantada descansando sobre el pomo mientras señala – Vamos a entrar, pero no creo que eso sea específicamente ilegal, viendo que la puerta está abierta.
John empieza a farfullar, pero antes de que tenga la oportunidad de protestar, Sherlock se ha deslizado dentro sigilosamente. Levantando los ojos al cielo, John se encoge de hombros y lo sigue, parándose brevemente en la puerta, de pie junto a Sherlock para observar la escena que está ante ellos.
El lugar parece como si lo hubiese golpeado un tornado. Todo está patas arriba. Los cajones están abiertos y su contenido desparramado por el suelo. Los muebles están movidos, los cojines y almohadones sacudidos por todos lados. La cocina es un desastre, el contenido de los armarios y la nevera abierta y todo derramado sobre la encimera y el fregadero. El baño está igual. Aunque hay minuciosidad en el caos, no hay indicaciones de violencia. Sherlock se toma un momento para estudiar la habitación, entrecerrando los ojos con intensidad, como si memorizara cada objeto y su posición.
No hay ninguna señal de Van Coon. Volviéndose hacia la puerta de la habitación, Sherlock intenta girar la manivela. Bloqueada.
- ¿Señor Van Coon? Estoy aquí de parte de Sebastian Wilkes. ¿Está aquí? - No hay respuesta. Sherlock no pierde el tiempo con las ganzúas pues en lugar de eso pone el hombro en la puerta y empuja, haciendo caer la puerta hacia el interior y haciendo que Sherlock tropiece un poco.
El dormitorio está exactamente en el mismo estado que el resto del apartamento, con un añadido notable. El cuerpo de Van Coon está extendido sobre la cama.
- Dios mio – murmura John, corriendo para examinar al hombre, pero el tono azulado de su piel deja claro que ya lleva un tiempo muerto.
Aún así, alarga la mano hacia la garganta del hombre antes de que Sherlock lo interrumpa.
- John, no lo toques sin guantes. Contaminarás las pruebas.
Metiendose la mano en el bolsillo interior, saca dos guantes de nitrilo* y se los lanza a John, que los coge con la mano derecha y se los pone rápidamente antes de tocar la garganta de Van Coon con la izquierda.
Sherlock entra al lugar con cuidado, estudiando el caos alrededor de ellos con los ojos entrecerrados, esperando mientras John examina rápidamente al hombre. La exhalación triste y pesaroso es su señal para darse la vuelta.
- ¿Y bien?
- Bueno, muerto. Evidentemente.
- Evidentemente – repite Sherlock, dando una vuelta más para acechar lentamente por la habitación, examinando el caos con cuidado - ¿Cuál dirías que fue la causa de la muerte? - se quita lentamente los guantes de cuero, sustituyéndolos por un par de nitrilo en su lugar.
Volviéndose hacia el cuerpo, John señala:
- Casi imposible de decir sin una autopsia. Algo causó una pronunciada falta de oxígeno. Pudo haber sido un ataque al corazón, aunque es un poco joven para eso. ¿Drogas o veneno posiblemente? Pero por el estado de su ropa y la expresión de su rostro, no fue una muerta pacífica. Señor – La pequeña epifanía, más una oración que una maldición, es todo de Watson y hace que John se quede rígido un momento, arrugando sus facciones. Incluso aunque la expresión de Van Coon se haya suavizado, los músculos liberando la tensión, aún hay una distinguida mirada horrorizada en su cara – Parece que fue aterrorizado hasta la muerte, pero eso es imposible.
- Mmmm, sí, bastante – responde Sherlock, agachándose junto a una maleta tirada en el suelo, los contenidos una vez empaquetados ahora esparcidos sin orden ni concierto. Con las manos enguantadas remueve la ropa con curiosidad. Se detiene para recoger una camisa, olfateándola de forma experta. Pero su mirada se desliza de nuevo hacia John cuando su compañero de piso saca su móvil y empieza a marcar.
- ¿A quién llamas ahora?
- A Lestrade, por supuesto – John hace un gesto hacia el cuerpo, señalando – Este hombre está muerto, su apartamento ha sido destrozado. Un robo cuanto menos. Evidentemente juego sucio.
Con un suspiro molesto, Sherlock continúa estudiando la habitación, rondando, agachándose en ocasiones para inspeccionar con cuidado esto y aquello mientras John pregunta por Lestrade y luego da su nombre y la dirección y una descripción rápida de lo que han encontrado. Inclinándose sobre Van Coon, Sherlock comprueba sus bolsillos, examinando su contenido con detalle antes de volver a colocarlos, ignorando tercamente las miradas fijas de exasperación que John sigue lanzándole. Sus facciones se arrugan con curiosidad antes de abrir la boca de Van Coon con una mano y la examina por dentro con la otra, sacando un extraño amasijo negro y húmedo de algo. Una vez que la llamada telefónica termina vuelve a enderezarse. Con las manos en las caderas, Sherlock declara con firmeza.
- Esto no fue un ladrón.
Parpadeando por la sorpresa mientras mira a su alrededor, John pregunta:
- ¿Cómo puedes saberlo?
Sherlock suspira, poniendo los ojos en blanco ligeramente mientras indica:
- Nuevo modelo de Breitling*, aún en su muñeca. La cartera en el bolsillo, tarjetas de crédito aún es su sitio y una manejable cantidad de dinero aún dentro. Hay varios Picassos* y un pequeño Goya* en las paredes que no se han tocado, sin mencionar varias piezas de fino arte de gran valor por ahí dispuestas. Su portátil aún está aquí, como su equipo estéreo y un televisor de pantalla plana en el salón. No, estaba asustado y planeando abandonar el país.
- Perdona, ¿qué? ¿Abandonar el país? ¿Cómo puedes saber eso?
- Es obvio. La maleta estaba en la silla, parcialmente llena, cayó al suelo, por supuesto, durante el registro, el pasaporte en la cómoda...
- ¿Cómo sabes que se estaba marchando? - interrumpe John, señalando – Como dijiste antes, él es el enlace con la cuenta de Hong Kong. Por lo que sabemos, acababa recientemente de regresar de Hong Kong. ¿Quizás no había terminado de desempacar?
- John, no seas ridículo. Por su pasaporte ya he deducido que Van Coon acaba de regresar de China. Dado que es probable que fuera a Hong Kong en un viaje de negocios, su maleta estaría llena de ropa de trabajo. Pero toda la ropa de la maleta es informal, camisetas, vaqueros, pantalones, suéteres. Decididamente no hay ropa de trabajo. También está todo limpio, lavadas hace un día diría yo, por la fuerza del olor a detergente que aún impregna la tela. No, esta no es la maleta de un hombre de negocios volviendo de un viaje de trabajo del extranjero. Esta es la maleta de un hombre con prisas y esperando parecer lo más ordinario y normal posible. Supongo que esta ropa es mucho más "informal" que la suya propia.
- ¿Con prisas? ¿Por qué con prisas?
Metiendo una mano en los bolsillo, Sherlock saca un grueso fajo de euros y responde:
- ¿Sabes de alguien que lleve tanto dinero en efectivo con ellos en un viaje en estos días y en la era de las tarjetas de crédito? Debe de haber al menos 10000 euros solo aquí...
- Entonces el mensaje... en el banco... era algún tipo de aviso o amenaza.
- Eso es lo probable. También está esto – señala Sherlock, enseñando a John el extraño objeto negro que había extraído de la boca de Van Coon.
Inclinándose sobre ella, John pregunta:
- ¿Eso es...? Espera, ¿por qué hay un trozo de papel negro en su boca?
- No es solo papel negro, John, míralo con cuidado.
Dado el tiempo pasado en la boca de Van Coon, la presión y la humedad habían dañado el pequeño objeto, pero con una inspección más cercana, John se da cuenta de que fue cuidadosamente doblado y hecho a mano, una pieza de origami.
- Eso es... eso es muy raro.
- Es otro aviso, John. Otra amenaza. Quien matara a Van Coon quería que otros lo supieran. Por esa razón dejó su marca – Sherlock deja el origami arrugado en la cama junto a Van Coon, entrecerrando los ojos cuando su vista capta un trozo de papel casi escondido bajo la colcha. Inclinándose sobre él, Sherlock levanta el pedazo de papel del suelo, lo estudia un momento, y se lo pasa a John.
Tras echarle un vistazo al papel, John levanta la vista y señala:
- ¿Es un número de teléfono? ¿De qué?
- Llama. Es de Bratislava, Eslovaquia. Descubre para qué es...
- Espera, ¿sabes con solo mirar el código del país que el número de teléfono es de algún lugar de Bratislava, Eslovaquia? ¿Quiero de verdad saber cómo sabes eso? - la mirada que Sherlock le lanza a John lo calla llevándole hasta el punto en cuestión – Vale, vale, está bien – responde, rebuscando su teléfono y metiendo lentamente el número - ¿Quieres que...?
- Descubre de qué o de quién es el número de teléfono. Date prisa, John. Lestrade y la policía estarán aquí en cualquier momento y estoy seguro de que no nos dejarán aferrarnos a ninguna "prueba".
Suspirando quedamente, John asiente y sujeta el móvil contra su oreja, los ojos entrecerrándose ligeramente cuando escucha un momento antes de murmurar:
- Perdona, ¿habla inglés? - hay otra pausa antes de que le ofrezca a la persona al otro lado de la línea una sonrisa de disculpa que no tienen posibilidad de ver, respondiendo – Ya veo. ¿Y qué otro tipo de servicios ofrecen? - esta vez la pausa es más larga y Sherlock empieza a pasearse molesto, John le hace un gesto con la mano antes de contestar – Ya veo. Muchas gracias – y cuelga.
- ¿Y bien?
- Es un lugar llamado Medical Beauty, estudio del bienestar Laserove. Aparentemente ofrecen un número de diferentes opciones de cirugía estética y dermatología láser. Como liposucción, varices y depilación láser. Ese tipo de cosas.
Con una ceja levantada, Sherlock considera esta información aparentemente aberrante, mirando por encima del cuerpo con curiosidad, reflexionando un momento antes de presentar los datos para más adelante. Un golpe en la puerta los interrumpe y Sherlock le hace una gesto a John para que vaya, volviéndose de nuevo hacia Van Coon para estudiarlo una vez más mientras tiene oportunidad.
Resoplando suavemente, John se dirige a la puerta y deja al equipo policial entrar, parpadeando ante el hombre que está frente a él, quien decididamente no es Lestrade.
- Hola, soy John Watson. Soy el que llamó – le ofrece una mano enguantada sin pensar.
- Detective Inspector Dimmock – ofrece el hombre, sin tender su mano a su vez, mirando los dedos enguantados de John con disgusto evidente. Inclina la cabeza para indicar a su equipo por donde debería empezar a trabajar, las cámaras tomando rápidamente fotografías de la escena del crimen, moviéndose metódicamente en el interior - ¿Por qué no me explica cómo ha llegado aquí señor Watson?
¡Gánale a Sherlock algo de tiempo! En un instante John se da perfecta cuenta de que este detective no es amigo de Sherlock y es probable que ambos se provocaran en el momento que pudieran. Cada segundo podía ser crucial para el éxito de Sherlock. Aclarándose la garganta incómodo, John ofrece una explicación innecesariamente y obscenamente larga de su presencia allí, resistiendo la presión de las interrupciones de Dimmock y la leve presión física que rezuma en su intento de pasar por delante de John. Pero cuando la historia termina y él exige ver el cuerpo, hay poco que John pueda hacer salvo girarse y abrir camino hasta el dormitorio.
Sherlock está allí, por supuesto, ignorando al equipo cubierto de azul tomando fotografías y recogiendo pruebas. Cuando Dimmock se aproxima a él, Sherlock le lanza una mirada divertida antes de tenderle su mano enguantada, y en un momento remarcable de buenos modales comienza por saludar:
- Ah sargento, hola, soy...
- Sí, soy consciente de quien es usted, señor Holmes. El detective inspector Lestrade nos advirtió sobre usted – su mirada se desliza hasta las manos enguantadas de Sherlock con hastío mientras chasquea los dedos hacia uno de los del equipo forense, dirigiéndolos hacia el cuerpo – Y apreciaría que no manipulara las pruebas. Dios sabrá cuanto ha contaminado ya.
Por segunda vez ese día, la expresión de Sherlock se mueve hacia una que John no ha visto en años. Contenida. Derrotada. Abruptamente cerrada. Hay hastío ahí, eso seguro, ante la misma idea de que él contaminara las pruebas hasta el punto de destruir pruebas valiosas. Pero normalmente eso solo animaría a Sherlock a responder, a hacer algún comentario mordaz sobre la persona de Dimmock. En lugar de eso, permanece callado y resignado, como había estado en la oficina de Sebastian. Hay un momento de duda antes de que Sherlock pregunte con una voz muy suave teñida con incredulidad:
- ¿Advertido?
Con las manos en las caderas, el oficial de policía a cargo mira a su alrededor de la escena del crimen con desagrado, señalando:
- Sí. Entiendo que requiera su asistencia en los casos de vez en cuando. Toda una vergüenza para el departamento, la verdad. Yo no contaría con él para que solicite su asistencia mucho más.
- ¿Y dónde está Lestrade, Detective Sargento? Llamamos y...
- El detective inspector Lestrade está actualmente ocupado con otro caso. Y es Detective Inspector Dimmock, en realidad. Estoy al mando aquí – los dos hombres se miran fijamente el uno al otro, sin gustarle nada lo que ve del otro. Un haz de calor helado entra en la mirada de Sherlock.
Dimmock levanta la cabeza, sus ojos avellana taladrando los de Sherlock mientras establece en términos claros:
- Su asistencia en este caso no es ni requerida ni necesaria, señor Holmes. La policía ha llegado. Seguiremos desde aquí. Solo necesito hacerle una serie de preguntas y entonces es libre de irse.
La mirada de Sherlock se endurece, un escudo de hielo mientras responde:
- Muy bien... - tomando una de las bolsas de pruebas que habían sido colocadas en el cajón, se gira hacia la cama, recogiendo y depositando con cuidado el objeto negro en su interior.
- Aquí el Doctor Watson me cuenta que la puerta principal y la puerta del dormitorio estaban cerradas cuando llegaron. Mencionó que forzó la puerta del dormitorio, ¿pero cómo exactamente entró en el apartamento? - la mirada de John parpadea de un lado a otro entre el detective que trata a su compañero de piso con hostilidad apenas disimulada y Sherlock mismo.
- Entré por el balcón – miente Sherlock con facilidad, su mirada fija y despreocupada.
- ¿¡Por el balcón?! - la incredulidad está pintada en las facciones de Dimmock.
- Sí. Soy muy atlético. Como lo es el hombre que busca y que saqueó este apartamento. Lo hizo, después de todo, viniendo por el mismo sitio.
- Mire, aquí...
- Lo siento, Detective Inspector, pero como ha dicho, mi asistencia no es necesaria, y hoy tengo otros compromisos – empieza a irse a grandes zancadas antes de parar y mascullar – Oh, y tome... - lanzando una bolsa de plástico de pruebas con el objeto de origami dentro, Sherlock añade – Encontré esto en la boca de la víctima. Eso es bastante revelador. Incluso si el forense determina que la causa de la muerte es de alguna forma natural, dudo mucho que el señor Van Coon perdiera el tiempo en hacer una flor de origami y luego ponérsela en la boca mientras moría. Puede que quiera considerar las implicaciones de eso – con la cabeza alta, los ojos echando chispas de hielo, Sherlock sale con una exhalación del apartamento, John siguiéndole el paso que va como un torrente de viento, mirando hacia atrás incómodo a Dimmock y al resto de su equipo antes de desaparecer tras su compañero de piso.
De pie frente al ascensor, el silencio entre ellos era como poco incómodo. Sherlock aún está callado, extrañamente moderado y aún así furibundo, su expresión contenida. John cambia el pie de peso sin descanso, golpetea el muslo con la mano, el cual ha empezado de nuevo a doler.
- Estoy seguro de que no dijo eso. Lestrade, quiero decir – ofrece inseguro. Sherlock no dice nada, solo se estira y mira hacia delante hasta que el ascensor llega y se abren las puertas. Entrando después de Sherlock, John se vuelve hacia él y prueba un nuevo rumbo – No creas que pueda estar en problemas, ya sabes, por consultarte...
- Eres ambidiestro.
John parpadea cuando Sherlock interrumpe sus pensamientos con una completa incongruencia, luego sacude la cabeza levemente y pregunta con desconcierto al igual que con negación.
- ¿Qué?
- Ya lo había notado, por supuesto. Me sería imposible no hacerlo. Pero hay un patrón en ello, eso es lo más curioso – mientras presiona el botón para el vestíbulo con un dedo, Sherlock rebusca en sus bolsillos por sus guantes de cuero – Eres diestro para la mayoría de las tareas físicas: limpiar, comprar, recoger cosas, usar herramientas. Pero definitivamente eres zurdo para otras tareas: escribir, examinar los cadáveres, cocinar... - Sherlock se balancea ligeramente sobre los pies mientras el ascensor los baja, guiñando los ojos pensativo.
- Sherlock, ¿qué hay del caso? ¿Van Coon? - un silencio pesado responde a sus preguntas y un incómodo vuelco en sus entrañas hace que John deje el tema por ahora y complazca a su compañero de piso – Vale. No quieres hablar del caso. Por una vez. ¿A qué viene eso?
- Cuando te lancé los guantes, los capturaste con la mano derecha. Cuando te los pusistes y examinaste el cuerpo de Van Coon, usaste la mano izquierda. Es curioso. ¿Entiendo por tanto que naciste zurdo y algún familiar intentó quitarte la idea? Eso es un poco anticuado. La mayoría de la gente no le importa realmente a día de hoy si eres diestro o zurdo. Evidentemente, el ejército te enseñaría a disparar con la mano derecha. Eso siempre se ha hecho. Mantiene todo consistente y reglamentado, sin necesidad de modificar las armas para su uso con la derecha o la izquierda. Lógico. Práctico. Pero eso no cambiaría tu uso de la mano en general, solo en instancias así de específicas – Sherlock está mirando fijamente ahora a John de una forma que es desconcertante. Como si fuera una escena del crimen a resolver.
John se aclara la garganta ligeramente, adelanta la barbilla y se mete las manos en los bolsillos.
- Realmente no lo había notado... hasta ahora – confiesa con torpeza, apenas haciendo una muy necesaria corrección, con al menos la verdad parcial. John es principalmente diestro. Watson era zurdo. Realmente nunca lo había notado, sin embargo, distintas tareas se realizan por distintas partes de su personalidad. En retrospectiva, tiene sentido. El cuerpo de Watson está acostumbrado a hacer cosas específicas, cosas aprendidas en cierta forma. Pero lo último que John necesita son más pistas para que Sherlock sospeche de su verdadera naturaleza – Mi abuela, de parte de padre – miente, concentrándose en su parte angelical para mantener una expresión neutral – Era un poco anticuada, terriblemente religiosa y supersticiosa. Solía atarme la mano izquierda a la espalda, así me obligaba a usar la derecha. Por eso en las cosas rutinarias tiendo a usar la derecha. Pero para escribir y en medicina, me siento más cómodo con la izquierda.
Sherlock hace una especie de sonido sin definir, del tipo que podría significar que ha encontrado la respuesta a su pregunta plausible, pero aburrida. O que cree que la explicación son paparruchas. Antes de que pueda aventurarse con una opinión hacia un lado u hacia otro, John le interrumpe:
- Mira, Sherlock, ya basta de mi. Estás evitando el tema en cuestión. Eso es, bueno, Van Coon, el caso, Dimmock – frunce el ceño – Era un completo gilipollas, pero nunca has trabajado con él antes y tienes una reputación en Yard, así que no es del todo irracional que él... - la expresión de Sherlock, en ese caso, se vuelve más dura y fría – Aún así, te has enfrentado a eso antes y no ha sido así, bueno... - John resopla, creciendo su nerviosismo bajo el escrutinio de Sherlock, y vuelve a intentarlo – Tú... eres tú, quiero decir, estoy seguro de que no lo decía en serio, Dimmock, eso. Decir lo que dijo – otro fruncimiento de ceño y una corrección – Vale, si, por supuesto que lo decía en serio, algo de ello, menos lo de Lestrade. Lo sabes. Estoy seguro de que Lestrade no dijo lo que insinuó que dijo. Probablemente solo estaba exagerando. Pero claramente tú creíste que lo hizo y te molestó, y antes... bueno – otra profunda inspiración antes de farfullar – Mira,se que dijiste que estás bien, pero, ¿estás bien? Porque primero en el banco y luego con el DI Dimmock, has estado actuando un poco, bueno, raro, a falta de una palabra mejor. Raro incluso para ti. Así que solo quería asegurarme de que estás...
- John – ruge Sherlock, su voz cortante y fría – Realmente necesitas aprender cuando debes mantener la boca cerrada, en lugar de balbucear constantemente y, déjame añadir, sin sentido, de las cosas que simplemente no entiendes. Solo porque hayas compartiendo piso conmigo por dos meses no significa que conozcas o entiendas algo sobre mi – la mirada de Sherlock se aparta, como si John ni siquiera se mereciera su atención, su intervención cortante y afilada, con intención hiriente. - Además, dudo seriamente de que tengas la suficiente capacidad intelectual para deducirme, y mucho menos tener alguna idea de mis acciones y mi comportamiento. De verdad, odio repetirme a mi mismo, pero ya que en tu caso la repetición parece ser el único camino de aprendizaje, supongo que tendré que cargar con el peso hasta que atraviese tu cabeza dura – la diatriba es brevemente interrumpida por una mujer que entra en el ascensor, ofrece a ambos una sonrisa nerviosa, baja un piso, y vuelve a marcharse.
Sherlock aprieta el botón para el vestíbulo de forma incesante, continuando:
- Me importa una mierda lo que Sebastian o el DI Dimmock piensen de mi. Lestrade puede salir volando de una cornisa para lo que me importa. Todo lo que importa es el trabajo. No conectar emocionalmente con otras personas – hay un momento de silencio antes de que murmure – Quizás deberías reconsiderar tus anteriores y apresuradas declaraciones de amistad. Tengo familia, por desgracia, tengo algunos colegas, tengo enemigos y archienemigos y molestos detectives de policía que tengo que aguantar con el fin de tener acceso a las escenas del crimen, pero no tengo amigos. Ni tengo tiempo que malgastar ni la inclinación para lidiar con la carga emocional francamente ridícula e irracional asociada a dichas relaciones.
John se queda ahí, quieto como una estatua e igual de silencioso. Cuando cambia el pie de peso incómodo, la herida invisible del muslo le da un doloroso espasmo, haciendo que vuelva a cambiar el pie de peso rápidamente a su pierna izquierda.
- Yo... bueno, vale, bien, entonces... - ofrece, la sorpresa le sobrepasa por el momento. La puerta del ascensor se abre y Sherlock prácticamente salta hacia afuera, como si no pudiera esperar un momento más para salir de ese lugar. Quizás para alejarse de John. Cojeando tras él, John lo llama - ¿¡Sherlock!? Sherlock, ¿a dónde vamos?
Girando sobre si mismo, Sherlock mira fijamente y hacia abajo a John con una ceja levantada de forma arrogante:
- ¿Vamos? No vamos a ninguna parte. Yo voy a ir al banco a darle a Sebastian un informe de mis descubrimientos y para informarlo del asesinato de Van Coon. Tú, bueno, no se a donde deseas ir. Pero ya que esto es una investigación oficial y no eres mi socio, creo que sería poco profesional por tu parte estar involucrado con el cliente de cualquier manera – al mirar hacia abajo a la mano derecha de John, que está frotando y masajeando su pierna, Sherlock dispara – Tu cojera psicosomática ha vuelto, por lo que veo. En serio, John, y tú te preguntas el porqué evito las emociones. Vete a casa – y con eso Sherlock vuelve a girarse, su abrigo arremolinándose graciosamente mientras camina hacia la puerta principal.
La rabia sigue clavándose como agujas en su interior, la necesidad de matar como un enjambre hambriento a través de su psique, inquieto y despiadado como un tigre atrapado. Pero no se atreve a volver. No con las manos vacías, sin nada que enseñar por sus esfuerzos. Así que espera a ser convocado para su siguiente tarea. Espera y deambula y odia y siente hambre.
Sin embargo, no pensaba que fuera tan pronto que alguien encontrara el cuerpo. La llegada de esos dos hombres lo sorprendió, cuando apretaron el timbre del apartamento de Van Coon múltiples veces antes de engañar a un vecino para que les dejaran entrar en el edificio. Los observó con disimulo, y se preguntó si debería seguirlos. No había instrucciones para esa eventualidad. La urgencia de seguirlos, para ver quienes son y qué es lo que saben es muy poderosa. Quizás estén relacionados. Tal vez son responsables. Pero duda cuando siente el poder del más bajo. No muy grande comparada con la del gweilo* alto, pero es más peligroso para él. El mófǎshī* es poderoso, pero ciego al mundo que controla. Pero el pequeño lo vería. El pequeño lo sabría. Así que espera y observa. Espera mientras encuentran el cuerpo. Observa cuando la policía llega al complejo de apartamentos de lujo. Y cuando la pareja vuelve a salir, con idénticas expresiones de fastidio y frustración, los sigue. Con cuidado.
Es más fácil acercarse aquí, en las concurridas calles de Londres. Demasiadas distracciones. Demasiada gente y otras cosas para confundir la mente y sobreexcitar los sentidos. Se desliza cada vez más cerca, siguiéndolos, escuchando...
- Sherlock, maldita sea, ¡Sherlock espera! - grita el bajo.
El alto no le hace caso, caminando calle abajo con grandes zancadas gracias a sus largas piernas, su abrigo ondeando detrás de él de forma dramática. Ahora el pequeño está cojeando, frotándose la pierna derecha mientras observa al alto desaparecer. La ira estalla en el bajo cuando le espeta a la espalda:
- ¡Oh, bien, no me importa, no necesito a nadie, porque soy el gran Sherlock Holmes y nadie puede compararse con mi enorme intelecto!
La rabia y el dolor son palpables, una llamada de atención, que lo acerca aún más al hombre. Tras parar un taxi, el hombre del pelo de color arena entra y empieza a dar una dirección antes de detenerse y fruncir ceño, mirando por la ventanilla del taxi.
Se desliza para alejarse, a una distancia de seguridad. Nada que ver aquí. Solo tu imaginación. Observa como el hombre con el ceño fruncido encoge los hombros y dice una dirección, pero las palabras se pierden entre el aire libre y los cuerpos pasando. El taxi arranca.
Girándose, considera al otro hombre, ya bastante lejos, pero fácil de pillar. Quizás debería seguirlo. Quizás debería herirlo, descubrir lo que sabe. Quizás podría matarlo. El hambre y el odio se encienden, ardiendo brillante ante la sola idea del placer que eso le daría. La satisfacción. Breve, sí, pero compensaría la pérdida anterior.
Se vuelve, lo sigue, entonces llega. La zhàohuàn*. La rabia surge dentro de él ante el poder cegador de la llamada, la magia de convocación es imposible de resistir. Se detiene, con los labios curvados en un gruñido y pasando al lado de personas de naturaleza más sensible que alteran su camino sin saberlo, rodeándolo. Ha perdido su objetivo. Su víctima potencial. Y ahora debe regresar a su zhǔrén* con las manos vacías.
Pero tras un momento, vuelve a sus labios una pequeña sonrisa. Una sonrisa oscura e inquietante. Puede que no tenga al zhēn bǎo*. Puede que no tenga una dirección. Pero tiene un nombre. Sherlock Holmes. Eso debería valer algo...
nitrilo = es un compuesto orgánico. Se está refiriendo a los guantes de "látex" azules esterilizados.
miná = (del Himalaya), es un ave exótica y vulgar, considerado el mejor imitador de la voz humana, ya que aprende gran cantidad de palabras, frases o sonidos. (Se parece un poco a un cuervo negro, pero más pequeño y con toques de color). Al parecer hay de muchos tipos.
Breitling = marca de relojes deportivos con precios prohibitivos (o imagino que serán prohibitivos, porque la página oficial no los enseña)
Picasso y Goya = Dos pintores españoles que... hombre... espero que sepáis quienes son, pero bueno, aquí estoy yo, que educo y divierto xDD Y también para promover un poco el arte patrio, que no se qué demonios hacía este tío con ese patrimonio en casa. Si ffnet fuera más simpático, pondría enlaces.
Sin duda, dos genios pictóricos en sus respectivas épocas.
gweilo = literalmente "hombre fantasma", un término despectivo para las personas blancas/extranjera.
mófǎshī = brujo/a
zhàohuàn = invocación
zhǔrén = amo
zhēn bǎo = tesoro
